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Extremófilo 3 - La maldición del ejército

Martes 24 de enero de 2012 por robot

EXtremÓfilo TreS: AntipolíticA 3: La maldición del ejército + Leonard Peltier (agosto de 2008)

Extremófilo 3

Destruir el poder comienza por desmontar tres teatros esenciales del capitalismo: el trabajo, el sistema político, el ejército. Y éso sólo por empezar.

Extremófilo 1 habló de la política y la anti-política.

Extremófilo 2 trató la cuestión del trabajo.

Hablemos ahora de otro de los pilares de la dominación capitalista.

La cuestión del ejército es central para la transformación social. Desde siempre, los cuerpos represivos regulares e irregulares es el "último recurso" y juguete favorito de los dominadores. De esos cuerpos, el ejército regular, aparece como uno de los representantes de la "nación". Ejército popular o de la tiranía, el corazón de esta forma de organización es la estricta obediencia y la vida parasitaria de sus elementos: los soldados y oficiales viven del trabajo de los demás. El ejército se dice, es la columna vertebral del capitalismo.
En estos tiempos de delirio por la seguridad, no está de sobra recordar que policías, vigilantes, soldados y demás capataces de lo cotidiano existen por el monopolio de la propiedad ¿O a poco tanta tira nos está cuidando de los "malos"? Los cuerpos represivos son esencia, guardianes de la propiedad de los grandes capitalistas y, sobre todo, mantenedores del orden que nos lleva cada mañana al trabajo, cada tarde al consumo y cada noche frente al televisor.

A pesar de la cruel realidad de los cuerpos represivos, las revoluciones del pasado se han recreado en la idea de tener sus propios especialistas de la represión SEPARADOS DEL RESTO DE LA SOCIEDAD. La tentación militarista ha resultado fatal para los intentos de construir otra sociedad. El dilema de la guerra civil ha hecho aparecer como inevitable la formación de cuerpos militares especializados que hagan frente a la brutalidad de los opresores. En una dialéctica previsible, esos nuevos ejércitos han dado lugar a nuevas dominaciones.

Este drama de las revoluciones podemos constatarlo en las dificultades que tuvieron los ejércitos campesinos durante la Revolución Mexicana para llevar adelante su propio proyecto de país. Tras largos años de guerra y habiendo derrotado al ejército federal, los campesinos se ven encerrados en el dilema guerra o regreso a la tierra, cuando el derribamiento del capitalismo demandaba pasos de estos ejércitos hacia el control autogestivo de la sociedad.

Algo similar se observa con las milicias anarquistas durante la Revolución Española, cuyo liderazgo decidió convertirlas en un ejército regular bajo la idea de que ése era el camino para ganar la guerra al fascismo. El dilema era grande pues las milicias se descubrieron limitadas en su capacidad de combate con el ejército "profesional" de los fascistas de Franco. Y al mismo tiempo, los anarquistas sabían que la rígida disciplina militar mataría la combatividad de hombres y mujeres que hasta entonces habían logrado contener a los fascistas.

De las lecciones pasadas y presentes, la idea de la autodefensa, entendida como un medio más para la construcción de nuestro propio mundo, aparece como una alternativa a la tentación militarista. La autodefensa no separa a una parte de la comunidad o del cuerpo social para que luche por tod@s mientras el resto paga su sustento; la autodefensa organiza a la comunidad para resistir los embates del poder en una división de tareas flexibles. A la disciplina militar la autodefensa opone la autodisciplina. La principal diferencia radica en que los cuerpos de autodefensa nunca adquieren el poder (armas, conocimiento, separación del resto de la comunidad o de la sociedad) para constituirse en poder autónomo capaz de oprimir a la sociedad.

Las milicias o cuerpos de autodefensa se crean como necesidad de la lucha, pero son sólo uno más de los modos que las colectividades se dan para construir el nuevo mundo. Mantenerse ligados al trabajo y al estudio, controlar todos los abusos y combatir los privilegios son prácticas de los cuerpos de autodefensa que se mantienen ligados a su pueblo.

Esto puede parecer para algunos, romanticismo, retórica revolucionarista, pero ha sido puesto en práctica por los campesinos ukranianos que combatieron con el ejército insurreccional makhnovista, por los campesinos mexicanos del norte y el sur del país, así como por las milicias revolucionarias en España entre 1936 y 1939.

Si bien los dilemas de una guerra civil a muerte, como han debido enfrentar las revoluciones, parecen no dejar otra salida que la construcción de una máquina de guerra capaz de hacer frente a los ejércitos de los opresores, acaso la pregunta del futuro sea cómo evitar a toda costa la guerra civil.

Mirando lejos, el fin de la escasez material debe conducirnos a reducir la violencia en el conjunto de nuestras relaciones, de modo que la violencia organizada tenderá a desaparecer. La autoafirmación de los individuos y la construcción reconstrucción de las comunidades darán también motivos y formas para extinguir la violencia de nuestras vidas.

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