Ké Huelga Radio

Momento de Peligro - Hora de despertar

Lunes 12 de diciembre de 2011 por robot

Momento de peligro

Gustavo Esteva

Hace un mes reflexioné en estas páginas ["Hora de despertar", ver más abajo] sobre la situación radical en que vivimos: ese periodo de despertar colectivo cuando una condición adversa que afecta a todos en su realidad y en sus expectativas coincide con la evidencia de que los remedios en uso agravan las dificultades en vez de aliviarlas, y entonces se desgarra el velo que cubre la mentalidad dominante. Se produce así la ruptura que puede permitir la transformación radical.

Pero estamos también en un momento de peligro.

Las crisis que padecemos no fueron creadas solamente por la codicia irresponsable de unos cuantos y la irresponsable complicidad de sus administradores gubernamentales. Se gestaron también por la resistencia a todas las formas del crimen neoliberal, que limitó su expansión, y porque millones de personas empezaron a recuperar la iniciativa; muchas dieron a su resistencia la forma de rebelión, en iniciativas autónomas en todas las esferas de la vida cotidiana y en el desafío abierto al sistema que recorre el planeta, desde el levantamiento zapatista hasta la primavera árabe, los indignados de España o Grecia y los mil rostros de la ocupación en Estados Unidos. A medida que este viento rebelde se extiende, los gobiernos entran en pánico. Perciben cómo se desvanece su poder político, su credibilidad como gestores de la crisis, y recurren a la fuerza en forma cada vez más irracional y peligrosa.

Hace poco más de un año nos lo advertía Raoul Vaneigem: “No sólo el Estado no está ya en posibilidad de cumplir sus obligaciones en virtud del contrato social, sino que roe los presupuestos destinados a los servicios públicos, desmantela todo lo que al menos garantizaba la supervivencia… en nombre de esa gigantesca estafa bautizada con el nombre de deuda pública. Ya no le queda más que una función: la represión policíaca. La única función del Estado es hacer que se extienda el miedo y la desesperanza. Y lo consigue al acreditar una especie de visión apocalíptica. Esparce el rumor de que mañana será peor que hoy. La sabiduría consiste entonces, según el Estado, en consumir, en gastar antes de la bancarrota, en rentabilizar todo lo que puede serlo, aunque se sacrifique nuestra propia existencia y el planeta entero para que el robo generalizado se perpetúe”.

El Buen fin, ese atroz montaje del gobierno y las corporaciones en el que cayeron muchos miles de mexicanos, es copia fiel de lo que se hace en todas partes. Como si la única esperanza del capital fuese hoy estimular la complicidad consumista de las víctimas…

Es momento de peligro. Nada peor que la combinación de debilidad política e incompetencia en quienes aún pueden usar la fuerza, como es el caso. Pero no es momento de desesperación. Vaneigem dijo también que, "sobrepasando las barricadas de la resistencia y de la autodefensa, las fuerzas vivas del mundo entero se despiertan de un largo sueño. Su ofensiva, irresistible y pacífica, barrerá todos los obstáculos levantados contra el deseo de vivir que alimentan aquellos que, innombrables, nacen y renacen cada día. La violencia de un mundo por crear va a suplantar la violencia de un mundo que se destruye".

Cuando Vaneigem busca ejemplos que apuntalen su esperanza los encuentra ante todo entre los zapatistas. Mientras aquí se les aísla cada vez más y la única visita asidua que siguen recibiendo es la de los paramilitares, otros ven ahí una experiencia que representa verdadero progreso humano. Los zapatistas, dice Vaneigem, “han emprendido la resistencia contra todos las formas de poder organizándose ellos mismos y practicando la autonomía. Estos ‘sin rostro’, que tienen la cara de todos, están a punto de devolver a la humanidad su verdadera faz”. Se pregunta por las lecciones que podrían derivarse de ellos y observa: “Esta pregunta –y eso es lo que le presta una resonancia universal– coincide, en la crisis de nuestras democracias parlamentarias corroídas por la corrupción en todos los sitios y manipuladas también en todos los sitios por las empresas multinacionales, con la urgencia en la que nos encontramos de inventar una democracia… que implique liberar la vida cotidiana de la empresa económica en la que se encuentra reducida a un objeto de transacción mercantil”. (L’État n’est plus rien, soyons tout, 2010; hay traducción de Raúl Ornelas).

De eso se trata hoy. Esa es la tarea. Entre nosotros el peligro se agrava ante la amenaza de los tres candidatos que afanosamente desvían nuestra atención para que en vez de hacer lo que necesitamos tomemos con ellos su camino hacia el abismo, ese nuevo gatopardismo que promete cambiarlo todo… para que nada cambie.

gustavoesteva@gmail.com


Hora de despertar
Gustavo Esteva
¿C
ómo se hace la revolución? ¿Cómo la gente se vuelve capaz de hacer la revolución y detener la fuerza destructiva de los de arriba? No lo sé. Pero hoy, en Grecia, se despliega desobediencia popular en todos lados. Vivimos dentro de su sistema, vivimos entre ellos, pero pensamos, actuamos y respiramos como si estuviéramos más allá de su mundo cerrado. Nos sentimos más libres. Rompemos todos los días la disciplina que intentan imponer. Negamos cada minuto las nuevas reglas que nos quieren convertir en una sombra. Vivimos entre ellos y sin ellos, trabajando por la mañana y participando en marchas, protestas, asambleas en la tarde, restableciendo la confianza entre nosotros. Ellos no nos escuchan y nosotros no los queremos ver. Creamos en cada barrio pequeños grupos de apoyo para no pagar los impuestos, para reconectar la luz en las casas que no pueden pagar, para ocupar los espacios de trabajo, para reaprender a hacer las cosas a nuestra manera, para no sentirnos solos. Luchamos para liberarnos de ellos y de esta lógica con la que vivimos los últimos años, creyendo sus mentiras. Ellos siguen en el poder, siguen tomando decisiones contra nuestra existencia, siguen la violencia y los golpes, pero ya no los reconocemos. Hemos girado la cabeza hacia el otro lado, hacia nosotros mismos.

Así describe K. N. sus emociones este 28 de octubre, día de fiesta nacional en Grecia. En el desfile acostumbrado los estudiantes y los soldados pasaron frente a las autoridades levantando pañuelos negros y en vez de ver hacia ellas volvieron la cabeza al otro lado, hacia la gente. (youtube.com/watch?v=H5BAxTNhT_o)

Vivimos en situación radical. En todas partes. Necesitamos reconocerla.

Una situación radical es un despertar colectivo que emana de una condición general. No es un resultado espontáneo, una ocurrencia. Está la condición misma, lo que afecta negativamente a mucha gente. Está la evidencia de que la respuesta convencional agrava esa condición y conduce a callejones sin salida. Y está, finalmente, la ruptura. La gente desgarra los velos encubridores de la mentalidad dominante.

La situación radical que hoy vivimos emana de la condición general en que la inmensa mayoría de la población siente en riesgo su modo de vida, aunque sólo una minoría vea directamente amenazada su supervivencia. Se pierden los empleos, los haberes, las expectativas. Sólidas seguridades que eran argamasa de la vida social se desvanecen en el aire.

En una situación radical hay efervescencias y precipitaciones. La gente aprende en una semana más que en años de estudios sociales o concientización. Desconocidos que en condiciones normales no se dirigirían la palabra ni el saludo entran en animada conversación. Personas que no sólo no se conocían antes, sino que tienen ideales y proyectos políticos muy diferentes, forjan en poco tiempo consensos inesperados. Todo esto ocurre repentinamente, de un día para otro. Pero el despertar colectivo que caracteriza una situación radical requiere tiempo para madurar. Su propio tiempo. Su calendario y su geografía.

Al iniciarse el despertar colectivo, cuando la gente se despereza apenas y no acaba de salir de su sueño, puede ser presa fácil de los demagogos. Algunos militantes del Tea Party empiezan a sentirse incómodos dentro de la camisa de fuerza que impusieron a su despertar.

A veces el despertar resulta efímero. Drogas administradas por políticos hábiles restablecen el adormecimiento colectivo. Jóvenes argentinos que hace siete años proclamaron: ¡Que se vayan todos! anunciaron hace unos días su deslinde: Nosotros no somos indignados; somos felices.

En una situación radical, empero, las iniciativas autónomas tienden a predominar sobre los demagogos y los aguafiestas competentes. Se despiertan imaginaciones largamente reprimidas. Lo que era visto como normal parece ahora andar de sonámbulo. Mis sueños no caben en tus urnas, dijeron en la Plaza del Sol. La desnudez del emperador se hace de pronto evidente.

Llamados de alerta aparecen casi siempre en el origen de una situación radical. Esa función habría cumplido El Despertador Mexicano, el periódico del EZLN, cuyo ¡Basta ya! reapareció entre los okupas de Wall Street como señal de identidad. Fue un llamado reforzado en el camino con fórmulas como el ¡Estamos hasta la madre!, de Sicilia, o el ¡Indígnense!, de Kessel.

Una situación radical es un surtidor de novedades. Produce aquí y allá construcciones bien asentadas, que pueden ser destruidas, pero no corrompidas. Produce también improvisaciones fascinantes que a menudo se vuelven duraderas. Pero el cauce de la protesta que ofrece evidencia del despertar y lo contagia es impredecible, hasta en los casos, como ahora, en que resulta casi imposible permanecer dormido y el despertar empieza a tomar la forma de rebeldía.

gustavoesteva@gmail.com


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