4 El anarcosindicalismo en el exilio

Defecciones y abandonos

Por dimisión del gobierno Giral, se formó otro gobierno republicano español en París, presidido por el socialista caballerista Rodolfo Llopis. También dimitió al poco tiempo. Después se formaron otros gobiernos, hasta darse el caso de que fuesen ignorados por la mayoría de españoles refugiados, entre los que yo me contaba, como los ignoraban la mayor parte de los españoles de dentro de España.

Y poco a poco se fue descorriendo el velo. Ya no se llamaban gobiernos de liberación. Pasaron a ser gobiernos de representación simbólica, depositarios de la legitimidad. Cuando yo argumentaba que la legalidad y legitimidad les obligaban a presentarse en España para hacer que ambas situaciones fuesen reconocidas y acatadas, se me miraba con asombro, como si yo fuese un recién llegado del más allá sideral.

 

La CNT se escindió de nuevo, en México, en Francia y en el resto del mundo. Los motivos, como siempre, eran más aparentes que reales. Los del grupo que encabezaba Federica Montseny quedaban expresados en la terca actitud de ser inamovibles, ella y Germinal Esgleas, en sus cargos en el periódico y en el Comité de Toulouse. Se consideraban nacidos para reinar y pensaban realizarlo desde un Comité, un órgano que se parecía a un trono como una gota de agua a otra gota de agua. Pero ambos alegaron un fondo ideológico a las discrepancias. Aspirantes a ser tenidos por anarquistas puros, se confesaron repetidamente arrepentidos de haber sido ella ministro del gobierno de la República española y él consejero del gobierno de la Generalidad de Cataluña. Tales retractaciones arrastraban girones del prestigio de la CNT, de la FAI y del anarquismo español.

El sector opuesto, que englobaba muchos buenos compañeros — como ocurría también en el sector contrario — hizo de la defensa de los Comités nacionales del interior el motivo material de su disentimiento, atrincherados tras los Boletines de Información que recibían de España, órganos de expresión de los sucesivos Comités nacionales, escritos en un estilo delirante y que daban cuenta de las gestiones pro restablecimiento de la monarquía.

La escisión confederal, producto del desgaste espiritual de la mayoría de los refugiados, se mantenía apasionadamente entre las capillitas a que se iban reduciendo los incondicionales. También en los otros sectores de la emigración republicana radicada en México se manifestaba idéntico estado de malestar general. Tras el fracaso del gobierno Giral, la decepción se manifestaba con síntomas tan extravagantes que dábamos la sensación de constituir una comunidad de orates.

Lo que siempre se tuvo por verdad incuestionable, los principios ideológicos por los que se había arriesgado todo, aparecían como algo que no debía ser tenido en cuenta. Había anarquistas que se hacían comunistas, comunistas que se hacían revisionistas antisoviéticos, socialistas negrinistas hasta ayer que dejaban de serlo, mudándose en caballeristas o comunistas ; republicanos giralistas que competían con obedientes moscovitas ; nacionalistas moderados del catalanismo o del vasquismo que amanecían separatistas, etc.

Entre los anarcosindicalistas los desmoronamientos tenían su origen en incubaciones realizadas entre los compañeritos de las Juventudes Libertarias, a las que no era ajena la turbiedad mental de Serafín Aliaga y Fidel Miró. Se fueron dando de baja de nuestras agrupaciones, apareciendo al día siguiente en las filas comunistas. A otros hubo que expulsarlos, por haberse probado que habían convertido en células comunistas el Comité peninsular y el Comité regional de Cataluña de las Juventudes Libertarias. Viejos anarcosindicalistas de la CNT y anarquistas de la FAI se peleaban por ver quién llegaba primero a la meta de las apostasías : Gregorio Jover, Manuel Rivas, Vicente Aranda, y bastantes más, por lo que a los viejos se refería. Entre los jóvenes que fueron dados de baja por su total entrega a los comunistas, deben contarse a Serafín Aliaga, Ordovás, Abella, del Comité peninsular juvenil, y Solsona y Saladrigues, del Comité regional juvenil de Cataluña. Y más, muchos más.

No todas las defecciones lo fueron por motivos ideológicos. Los pretextos tácticos — mejor sería decir oportunistas — contribuyeron bastante. Los comunistas andaban prometiendo el oro y el moro : la pronta liberación de España por el ejército rojo soviético, lo que traería aparejada la creación de un Estado revolucionario nuevo, con cantidad de altos cargos militares, políticos y sindicales, que, como era de suponer, serían concedidos a los desertores de la CNT, de la FAI y de la FIJL. Prometían hasta repartos equitativos en concepto de subsidios, con cargo al oro de España depositado en Moscú.

El oro sacado de España fue, desde que lo dejaron salir de Madrid, fuente de desdichas. Actuaba como bienes del diablo. Al oro había que sumar, en poder disolvente, los « macutos », líos o fardos, que se suponían sacados de España por las organizaciones y los partidos.

La mayoría de refugiados cenetistas, faístas, jóvenes libertarios estaban libres del pecado de aprovechados de la revolución. Los honrados y limpios no perdían de vista a los que despedían tufo de oro, joyas o billetes escondidos. Se decía de ellos que, como los ratones, se comían el queso a escondidas. Algunos de los inculpados o sospechosos, hacían cuanto podían para aparentar la nitidez del cloro, hablando continuamente de cuán dura les era la vida. No les valía, porque nunca faltaban quienes les contaban hasta el último centavo de sus gastos. Tal cosa llegó a ser para mí un problema, pues que hube de dejar de tratar a algunos antiguos compañeros y amigos.

En los demás partidos y organizaciones ocurría lo mismo, con más escándalo cuando se trataba de socialistas negrinistas o prietistas. Estos formaban grupos financieros potentes, que controlaban industrias, comercios, periódicos, revistas, editoriales. Los puestos de administración eran reservados para los más sonados casos de abandono de nuestras filas, como el de Manuel Rivas, ex secretario del Comité nacional de la CNT, ex secretario particular mío. El pobre Rivas, que siempre aspiró a no hacer nada, como no era titulado y no podía aparecer en puesto de dirección o gerencia, cuando se hizo declaradamente comunista, publicó un libro que le escribieron, se sometió a los dictados del Buró y se puso a trabajar en un puesto administrativo de Aceros Esmaltados, S. A., que junto con Machetes y Cuchillos, S. A., Productora Ferretera Mexicana, S. A. y Empacadora El Fuerte, S. A., formaba el núcleo de la Sociedad Mexicana de Crédito Industrial, S. A., fundada con capital de Negrín.

El libro de mi ex secretario particular constituía una ruptura total con su pasado de anarcosindicalista y con su amistad para conmigo. El melifluo y aceitoso Carreras, del Comité central del Partido Comunista, encargado de las captaciones de elementos importantes de la CNT, la FAI y la FIJL, fue espléndido para con Rivas : le había prometido que seda el secretario permanente del Comité nacional de la CNT cuando, liberada España por el ejército soviético, la Organización confederal pasase a ser la central sindical única en España, en oposición a Gregorio Jover, a quien Carreras había prometido la jefatura de España.

No todo era arrivismo en los compañeros que dejaban de serlo para convertirse en camaradas. En ellos se manifestaba, generalmente sin tener conciencia de ello, una protesta patética contra la actitud mayoritaria de no haber querido arriesgar el porvenir yendo a la implantación del comunismo libertario. Utilizaban una lógica que causaba el impacto de los cañonazos. Decían : Si ya no hemos de luchar por el comunismo libertario, porque ello nos conduciría a la dictadura de la clase obrera, ¿ qué razón hay para no ser comunistas marxistas, si el propio Marx admitía que la dictadura del proletariado desembocaba en el comunismo libre ?

Jover, que se hizo el líder de quienes querían llegar pronto a las jefaturas — con su sempiterna simplicidad, aun siendo el más inteligente de ellos —, afirmaba imperturbable que « lo del comunismo libertario y el comunismo dictatorial o autoritario » era un lío que nos habíamos hecho todos, los bakuninistas y los marxistas, y que solamente existía la posibilidad de « un comunismo », con más o menos libertad. « No hay que olvidar lo que él — se refería a mí — nos explicó siempre : “ Son irreales los valores absolutos de libertad y autoridad, porque debe entenderse por libertad un estado de limitada autoridad ; y viceversa, la autoridad es un estado de libertad limitada ” ».

Cuando se produjeron las conversiones de compañeros que habían sido garcioliveristas, amigos personales míos, se pensó en nuestros medios y entre los propios comunistas que también terminaría yo por dar el salto al otro lado. No fue así. Tenía mis convicciones de comunista libertario a las que habían llegado por el año 1919, cuando compartíamos las responsabilidades sindicales con las de afinidad ideológica en los grupos anarquistas de Bandera Roja de Barcelona,[3] con sus diferenciaciones, cierto, pero tan fieles a los principios que la aceptación unánime de la bandera rojinegra del anarcosindicalismo fue como el juramento de que no descenderíamos ni un peldaño del comunismo libertario.

Para nosotros, el conglomerado Proudhon, Bakunin, Kropotkin expresaba en su conjunto las posibilidades de una edificación social, socialista, revolucionaria izquierdista. El conglomerado marxista, desde el punto de vista socialista, eran los derechistas, quedando entre ellos y nosotros los del llamado centro socialista. El sindicalismo revolucionario, anarcosindicalismo para los españoles, era como una fuga que partía de la izquierda anarquista, sin dejar de pertenecer a ella. El marxismo era la rama derechista del socialismo, de la que el leninismo era la fuga conservadora, que pasaba a ser ultrarreaccionaria cuando se convertía en marxismo‑leninismo‑estalinismo.

Este era mi pensamiento cuando propuse el « ir a por el todo », cuando aspiré a que los anarcosindicalistas barriésemos el paso a los estalinistas en España, y lo era en México, no obstante mantener la tendencia colaboracionista con todos los sectores españoles antifranquistas, incluidos los comunistas.

 

Refugiados y gachupines

En 1948, mi situación económica se puso difícil. Tuve que abandonar el trabajo en Vulcano Construcciones Mecánicas, S. A. El personal de confianza de la factoría lo componíamos refugiados, como igualmente lo eran los maestros y oficiales. Mejicanos solamente eran los peones. El verdadero dueño del negocio, por poseer la mayoría de las acciones, era un asturiano « gachupín » y simpatizante de Falange, Manuel Suárez. La mayoría de acciones las compró, antes de entrar yo a trabajar, a la administración negrinista del SERE, cuando la empresa estaba quebrada, por falta de capital y de sentido de responsabilidad. Con Suárez, las cosas marcharon mejor, gracias a la capacidad de un refugiado, ingeniero de los ferrocarriles españoles, Eugenio Alvarez Díaz, a quien confió el cargo de gerente. Ello coincidió con la entrada de los Estados Unidos en la guerra. De los Estados Unidos procedía la mayor parte de los productos metálicos que se consumían en México. En la empresa nos dimos a la tarea de fabricar algunos de esos productos. Vulcano reparaba también barcos en el pequeño puerto de Salina Cruz, adaptado para astillero.

Los ingresos eran cuantiosos y las salidas de dinero en concepto de sueldos y jornales irrisorias. El ingeniero Rovira, director de la factoría, ganaba 350 pesos mensuales, que equivalían a unos 77 dólares al cambio de entonces ; el ingeniero Eugenio Alvarez Díaz, gerente general, ganaba 500 pesos mensuales. Mi sueldo era de 150 pesos.

Con la terminación de la guerra universal y la normalización en la producción industrial en los Estados Unidos, se fueron terminando aquellas regalías de fabricar lo que no podía ser importado. Y los buenos trabajos y buenos negocios empezaron a escasear.

Vulcano estuvo al borde de la quiebra. Para Manuel Suárez había llegado el momento de buscar capital de relevo. Si bien se trataba de una sociedad anónima, el mayor accionista se había estado conduciendo como dueño de una tienda de abarrotes sin caja registradora. Entonces asoció a la empresa a otro asturiano, Carús, gachupín de pies a cabeza. Suárez nunca fue problema para los refugiados ; hasta se gloriaba de que en todas sus empresas los puestos de confianza estuvieran en manos de exilados. Carús era todo lo contrario : verdadero gachupín, hombre duro, desconfiado, españolista ciento por ciento, partidario de los franquistas y enemigo de los refugiados. Los gachupines como Carús, que constituían la mayoría de españoles residentes en México desde antes de la guerra de España, fueron, de toda la América, los únicos españoles que se declararon enemigos de la causa republicana y partidarios de los franquistas. Los gachupines — unos 50 000 en todo el país — eran lo que quedaba de la gran colonia de más de medio millón de españoles que residía en el país cuando se produjo la revolución mejicana.

Cuando los republicanos españoles llegamos a México, de labios de aquellos gachupines brotó el adjetivo despectivo : « ¡ refugiados ! » Los exilados devolvieron el golpe haciendo verdaderamente despectivo el vocablo « ¡ gachupines ! » aplicado a los españoles « viejorresidentes », que es como a ellos les gustaba ser llamados.

Con el tiempo el vocablo « refugiado » fue ennobleciéndose. Como refugiados llegaron al país muestras vivientes de lo mejor que había en España. Ser refugiado llegó a tener la equivalencia de « noble trabajador ». Los gachupines fueron suavizando paulatinamente su trato con los refugiados, no rehusándoles el trabajo ni el saludo y llegando a sentir satisfacción por su presencia en los centros regionales, en el Centro Asturiano, el Centro Vasco, el Orfeó Catalá, etc.

El que Carús despidiese a los refugiados de sus puestos de confianza en Vulcano nada tenía que ver con la división existente entre refugiados y gachupines. Al hacer la selección de personal para ser despedido, Carús no me incluyó. Quería que continuase de gerente de ventas. Pero yo — tan pagado de los grandes vocablos — me hice solidario de los que salían y pedí mi separación.

A los dos meses se acabaron los pesos que me entregaron por el despido. Como Vulcano, la mayor parte de los negocios industriales eran víctimas de la crisis que trajo la paz. Paulatinamente, pero de manera constante, las firmas internacionales de Estados Unidos y de Europa se lanzaron a la reconquista de sus mercados en América. Hubo que ir desmontando gran parte de lo que se había hecho para cubrir las necesidades, para lo que se habían adquirido en los Estados Unidos equipos y maquinaria fuera de uso por anticuados. Si durante la contienda universal pudimos con esos equipos y esa maquinaria hacer milagros, en lo sucesivo ya no sería factible. Como alud iban llegando los mismos productos, pero de calidad superior. La industrialización que habíamos iniciado los refugiados iba a sufrir un fuerte golpe.

Para muchos refugiados fueron tiempos muy duros. Y para mí fueron durísimos. Hubo que empezar de nuevo la venta de fábrica en fábrica y de taller en taller de las bandas de cuero para la industria textil. Mis ingresos resultaban cada vez más reducidos. Mi mujer y yo tuvimos que hacer economías hasta en la comida.

Todo eso me iba apartando de lo que había sido el eje de mi existencia. Ya no iba al café porque muchas veces me faltaban los 30 centavos que costaba. Dejaba sin contestar un aluvión de cartas que me llegaban, principalmente de Europa. El compañero Santiago Bilbao, brusco como él solo, se me acercó disimuladamente dos veces para ponerme en la mano un billete de 100 pesos cada vez. No recibí otra prueba de solidaridad.

El exilio nos hacía duros y despiadados. En el verano de 1948, pareció por un momento que había logrado salvar mi situación económica al entrar a trabajar de gerente de ventas en la fábrica de muebles Industrias Mexicanas de la Madera, S. A., que contaba con más de quinientos obreros. Empezaba también a sentir los efectos de la recesión económica y los dueños me pidieron hacerme cargo de las ventas, con miras preferentemente a amueblar hoteles, que ya empezaban a construirse y satisfacer las demandas del turismo. Llegué a obtener los pedidos de un gran hotel de la ciudad de México, otro de Puebla y otro para realizar la ampliación de un gran hotel de Monterrey, y conseguí pedidos de miles de mesabancos escolares. La situación de la fábrica y la mía se presentaban lisonjeras.

No hubo tal. Sin llegar siquiera a firmar el pedido de Monterrey, los accionistas de la fábrica de muebles, tres refugiados españoles, García Borrás del PSUC, Jesús Arenas de la CNT y Arnau de Esquerra Republicana de Cataluña, que a favor de raras combinaciones en negocios de exportación de telas habían amasado un buen capital, decidieron terminar, de la noche a la mañana, con la industria de muebles. De acuerdo con el líder del Sindicato — lo que, desgraciadamente, era frecuente — pusieron la bandera de huelga — que solía ser rojinegra — y la fábrica fue cerrada, quedando en la calle todos los trabajadores. Estos, que por concepto de salarios devengados podían incautarse de la fábrica y trabajarla en cooperativa, me pidieron hacerme cargo de la dirección. Tuve que darles una negativa, fundada en que no se podía trabajar sin capital. Por aquel entonces no existía Banco cooperativo, y los bancos privados no prestaban a cooperativas creadas por incautación de maquinaria y enseres. Como todos los obreros y empleados, yo había sido sorprendido por aquel paro, con pérdida, al no realizarse los trabajos, de miles de pesos de comisiones conseguidos con tanto esfuerzo.

Esos tres refugiados, que ya habían adoptado las características piratas de los capitalistas americanos, se pelearon entre sí, se dividieron el dinero de sus negocios y nos dejaron plantados en la calle, quedándome por todo capital las suelas de los zapatos, para andar otra vez con los muestrarios de cueros a vender de fábrica en fábrica y de taller en taller.

En esos tiempos amargos, Felipe Alaiz, entonces director del periódico confederal de Toulouse, escribía : « Como García Oliver, que desde que fue ministro, ya no ha trabajado más... ». ¡ Cosas de Alaiz !, dijeron algunos. Alaiz había dejado de ser jovial y se había vuelto un terrible amargado, a raíz de la publicación de Quinet, libro pacientemente escrito y que nadie leyó, resultando un fracaso literario completo. Quinet representaba la aspiración de Alaiz a ser admitido como literato. Pero la crítica literaria se mantuvo muda. En nuestros medios, pasó casi desapercibido porque carecía de interés revolucionario y porque eran tiempos de luchas encarnizadas contra las autoridades y los burgueses. Y desde entonces tuvo sus cosas raras. « ¡ Ese Alaiz ! », decíamos.

 

Aquella rareza de Alaiz fue la gota que había de acabar con el escaso depósito de paciencia que había en mí. Nunca había vivido de los dineros de la Organización. El papel desempeñado por mí en la CNT era comparable al de un líder. Pero mi liderazgo era de amateur desinteresado. La proposición presentada ante el Congreso de la CNT de 1931 para atajar el profesionalismo y el burocratismo en nuestra Organización estaba firmada por mí. Que los aspirantes a burócratas no me lo hubiesen perdonado nunca, era cosa de ellos. Pero quedarme callado era otra. Para el caso de Alaiz, la Organización tenía previsto un procedimiento : si una inculpación, por no ser veraz, resultaba difamatoria, el calumniador debía ser expulsado.

Era el procedimiento, cierto. Pero utilizable solamente en una Organización unida. La nuestra estaba tan escindida que el insulto, la invectiva y la difamación constituían la salsa con que eran aderezadas las interminables discusiones pretendidamente ideológicas en que se debatían las varias tendencias que mantenían escindida la Organización.

Eran los tiempos en que los compañeros sensatos se iban retrayendo en busca de la paz de sus hogares. Unos, porque se les expulsaba ; otros porque se sentían difamados. Las tendencias, reducidas a la mínima expresión, adquirían la rigidez dogmática de la beatería. Por mimetismo imitativo, sedicentes anarquistas, anarcosindicalistas o simplemente sindicalistas se hacían más duros y monolíticos que los discípulos de Stalin. Por aquel entonces, el compañero José Jiménez, inteligente y culto, miembro que fue de las Juventudes Libertarias y del mismo grupo anarquista que Fidel Miró, en una conferencia sobre aspectos de la revolución española, explicó que « uno de los más grandes errores que conocía, utilizado antes, durante y después del período revolucionario, era el acuerdo de algunos grupos de la FAI, a propuesta de Fidel Miró, de estar siempre en contra de lo que propusiese García Oliver », lo que explicaba que se hubiese votado contra el ir a por el todo, que se silenciase sistemáticamente cuanto yo había hecho de acertado y se propalase machaconamente que era el responsable de los acuerdos nocivos adoptados durante la guerra. Declaraba que mi posición contra la Alianza Obrera, posición que él había combatido por ser fanático partidario de la colaboración con los comunistas, resultó ser la interpretación correcta del proceso revolucionario español ; lo mismo que mi propuesta de ir a por el todo, que él y su grupo habían contribuido a hacer fracasar, sería lo único que quedaría de toda nuestra actuación a partir del 19 de julio de 1936.[4]

Se llegó a más. En reuniones restringidas de militantes, al ser analizadas las actuaciones personales de Ascaso y Durruti y la muerte de ambos, se expresaron lamentos por no haber tenido yo también una muerte heroica. Muerto, no podría alegar el haber sido proponente de ir a por el todo ; al parecer de los mejor intencionados, porque en lugar de tener que consultarme, podrían ofrecer al mundo el florón de los tres héroes. Hasta de ello se habló en mi presencia en las mesas de los cafés. No hace mucho, ha vuelto insidiosamente sobre el tema Francisco Carrasquer en El movimiento libertario español, editado por Ruedo ibérico.

 

A Seguí daba gusto oírle hablar

No me ha gustado nunca el papel de llorón. Pero hasta al león de la fábula, viejo y enfermizo, le dolieron las coces de los burros. Lo que más me dolía era el estado de ánimo de los militantes confederales. Como víctima del chisme y la maledicencia, yo no era una excepción. Dividida la militancia en pequeñas capillas, el medio moral se restringía de tal manera que hacía imposible la convivencia entre compañeros. No era nueva la enfermedad del chismorreo. No podía olvidar los sufrimientos morales que padeció el compañero Salvador Seguí, el « Noi del Sucre ». Seguí cayó abatido por las balas de un grupo de pistoleros de la Patronal de Barcelona — no del Libre, como se ha vulgarizado — capitaneado por Homs, un día abogado de la CNT, después pistolero de la policía y finalmente de la burguesía. Seguí cayó en el cruce de las calles San Rafael y La Cadena, del Distrito V, el 10 de marzo de 1923. Fue aquélla su muerte física, la del cuerpo que cae al golpe de hacha del leñador. Pero antes, Seguí tuvo su larga pasión en la campaña de insidias de que era objeto por parte de muchos compañeros, o, lo que era peor, al serle achacadas acciones que no habían partido de él, sino de otros compañeros prestigiosos en aquel entonces, como Pestaña, Buenacasa, entre otros.

Empero, Pestaña, Buenacasa y los otros compañeros callaron siempre la inocencia de Seguí, hasta que éste la puso al descubierto en la asamblea nacional de Sindicatos de la CNT, celebrada en Zaragoza en 1921, acabada la represión ejercida por Eduardo Dato. El pecado mayor que se atribuía a Seguí era el de ser el principal responsable de que los Sindicatos de Barcelona hubiesen aceptado participar en los llamados Jurados mixtos para la solución de los conflictos obrero‑patronales. Pecado enorme, sin duda, pues que anulaba el concepto de lucha de clases, piedra angular del sindicalismo revolucionario. También se le achacaba haber causado el final catastrófico de la huelga de los mineros de Río Tinto, huelga en la que éramos minoría entre los huelguistas, cuya mayor parte pertenecían a la Unión General de Trabajadores.

Habló Seguí al empezar la reunión matinal de la asamblea. Lo hizo sentado, apoyado en una mesa de la sala café de la Casa de la Democracia ¿ Cuánto tiempo habló ? A las tres horas de estar explicándose, yo, que estaba junto a él, le dije : « Por mí, puedes acabar, porque ya estoy convencido ». Me replicó, fugaz : « Pues espera, que todavía tengo para largo ». Y prosiguió la que había de ser su más trascendente oración : « Durante los largos meses que ha durado la terrible represión patronal‑policiaco‑gubernamental que hemos padecido, en el curso de la cual tantos compañeros perdieron la vida, he sido objeto de versiones difamatorias sobre mi persona y mis actividades orgánicas. Como lo haré aquí, me hubiese sido fácil aclarar de un manotazo la serie de infundios sobre bajezas que se me han estado atribuyendo, poniendo las cosas en claro, por lo menos en lo que a mí se refería. No lo hice, por dos razones : una, porque a las tragedias porque estaban pasando nuestra militancia y nuestras organizaciones, hubiese añadido yo el escándalo de hechos que, si fueron vergonzosos, habría que atribuir a otros compañeros, que no a mí. La otra, que yo siempre esperé, y lamentablemente no ocurrió, que los compañeros más responsabilizados en la aceptación de los Jurados mixtos y en la pérdida de la huelga de Río Tinto — y que celebro que estén presentes en esta Asamblea Nacional de Sindicatos —, los compañeros Pestaña y Buenacasa, hubiesen ellos — ya que no sufrieron prisiones durante el tiempo que yo —, aclarado las cosas, siquiera para evitar que se siguiese enlodando mi nombre, que si algún valor tiene siendo limpio, es a la Organización a quien puede llegar a ser útil, pero no a mí, pues no he pensado nunca ponerlo a la venta. »

Y prosiguió : « Es cierto que la Federación local de Sindicatos de Barcelona, siendo yo su secretario, aceptó la ingerencia de los Jurados mixtos en los asuntos de trabajo. Y, lo que fue peor, se aceptó sin haber sido pasado a la deliberación de nuestros afiliados de la base. He aquí cómo fue la cosa : Teníamos unos centenares de presos en la Modelo. Se trataba de compañeros detenidos gubernativamente. En realidad, todos militantes activos y de importancia en la Organización local. Entre ellos, presidentes y secretarios de Sindicatos, y hasta algunos miembros de la Federación local. Entre estos últimos, los compañeros Pestaña y Buenacasa. Un día, la Federación local fue requerida a tener una entrevista con un Comité de Presos de la Modelo, para asuntos, nos dijeron, de suma importancia. Acudimos y oímos a los compañeros de dicho Comité. Los portavoces eran Pestaña y Buenacasa, asistidos de otros compañeros. Nos dijeron que los presos gubernativos podían salir inmediatamente en libertad con sólo que la Federación local admitiese para la resolución de los conflictos obrero‑patronales la participación en los Jurados mixtos. Ellos, los presos, que habían recibido la sugerencia de la autoridad gubernativa, tenían la seguridad de que las promesas de sus libertades serían mantenidas y logradas. Yo — aclaró Seguí — les dije que, de momento, no podía asegurarles que la Organización admitiese arreglos de tal naturaleza, pues de sobras podían darse cuenta de que se trataba de algo de tanta trascendencia que alteraba fundamentalmente nuestras concepciones del sindicalismo revolucionario. Sin embargo, prometí llevar el asunto a las deliberaciones del Comité de la Federación local. Lo que hice. Y los acuerdos que recayeron fueron de rechazo de las exigencias de los compañeros presos. Los presos insistieron en que deseaban discutir de nuevo el asunto con la Federación local. Y nuevamente estuvimos a visitarlos. Pestaña y Buenacasa nos plantearon que si no aceptábamos los Jurados mixtos para que todos los presos gubernativos recobrasen la libertad, dentro de la cárcel crearían otra Federación local, la que se pondría al habla con las autoridades y aceptaría la creación de los Jurados mixtos. Con el fin de evitar el gran escándalo y las terribles consecuencias de una escisión tan sonada, la Federación local se avino a las exigencias de Pestaña y Buenacasa, pues ésa era cosa de ellos dos ; y los presos salieron en libertad. Por mi parte, no llegué a rasgarme las vestiduras por lo que, a todas luces, suponía ser una derrota del sindicalismo, pues desde hacía tiempo pensaba y explicaba cuando la ocasión se presentaba, que el sindicalismo experimentaría muchas derrotas antes de llegar a un triunfo completo y total dentro de la sociedad actual. Pero que ninguna de sus derrotas sería permanente, sino de efectos transitorios, porque es en el sindicalismo, entiendo yo, donde se da la inevitabilidad de las grandes transformaciones sociales, y no en las contradicciones económicas del capitalismo, como asegura Marx. »

A Seguí daba gusto oírle hablar, a pesar de estar muy influido por el romanticismo castelariano. Si de mí pudo escribir un profesor que pecaba de retórico — siempre he entendido que no hay discurso sin retórica — ¡ qué habría escrito sobre los discursos de Seguí !

Este prosiguió : « La huelga de Río Tinto era incumbencia del Comité nacional, por pertenecer a la Regional de Andalucía. Yo no pertenecía al Comité nacional, pero sí era su secretario el compañero Buenacasa, quien, durante el conflicto y antes de que se perdiese, me pidió ir a Río Tinto para tomar parte en un mitin que había de celebrarse. Lo hice, como era natural, ya que siempre estuve a la disposición de nuestros Comités de la Organización. Y vosotros sabéis lo que se ha dicho de mí a propósito de la aceptación de los Comités paritarios : se me ha achacado haber sido quien los impuso a la Organización. Y no ignoráis lo que de mí se ha dicho sobre la pérdida de la huelga de los mineros de Río Tinto : que yo fui quien decidió darla por perdida. Y es de todos conocido que nadie, ninguno de los muchos enterados de la verdad de ambos asuntos, ha salido al paso aclarando las verdades y planteando las responsabilidades para quien o quienes fuesen los verdaderamente culpables, si es que hubo culpabilidad.

Debo terminar diciendo que no es posible para nuestra Organización el desarrollarse con la debida amplitud y profundidad de base y de contenido, si no se logra que los militantes se respeten entre sí, tanto en tiempos de normalidad orgánica como en los casos de estar soportando las represiones de nuestros enemigos ».

A lo largo de toda su intervención, Seguí alcanzó momentos de gran patetismo. Hubiérase dicho que los allí presentes, que más o menos habíamos tomado parte en la campaña de rumores contra aquel compañero terriblemente difamado, no obstante su larga prisión en el castillo de La Mola de Mahón, íbamos a proceder a una limpieza tal de su prestigio, que con la libertad que acababa de recuperar, su estado de ánimo hubiese podido recuperar la ecuanimidad. Ignoro si lo hicieron los delegados de los Sindicatos allí presentes. Por mi parte, delegado por los Sindicatos de Reus, que habían aprovechado mi estancia en Zaragoza, donde trabajaba, lo hice inmediatamente terminadas las tareas de la Asamblea. Pero tengo mis dudas de que lo hiciesen los demás, ya que el oleaje siguió en crescendo y el prestigio de Seguí era de continuo atacado y socavado, como si fuese el enemigo y no tuviésemos enfrente a la sociedad burguesa y a sus armados sostenedores. De tal manera que un año después, en 1923, en el curso de una huelga del Sindicato del Transporte, Seguí fue requerido a tomar parte en un mitin de solidaridad con los huelguistas en el Centro de Dependientes, en las Ramblas. Cuando apareció para dirigir la palabra a los allí reunidos, la ola de rumores que se levantó fue tan impresionante que aquel gigante de cuerpo físico y de talento casi no pudo empezar su discurso, porque realmente estaba temblando.

Asistí al mitin, en compañía de Liberto Callejas, quien me dijo :

— ¿ Te das cuenta ?

— Sí, y te aseguro que si a mí me ocurre « eso » alguna vez, me reuniré conmigo mismo para decidir si ha llegado el momento de que yo condene a la colectividad, y no ella a mí, al ostracismo.

— Lo creo. Tú nunca tuviste madera de mártir.

 

Los hombres de acción de la CNT

El día que asesinaron al « Noi del Sucre », en Barcelona lloraron los hombres fuertes, de que siempre había sido rica nuestra Organización, « els homes d'acció », porque Seguí también había sido uno de ellos. Nuestra Organización nunca tuvo pistoleros, terroristas, ni lo que se ha dado en llamar guerrilleros urbanos. Eran, sencillamente, « els homes d'acció ». Al caer acribillado a tiros « el Noi », nos dejaron los que se creían y decían intelectuales. Se pensó que nuestra Organización hincaría las rodillas y en largo lamento pediría clemencia. No fue así. Los hombres de acción acudieron para formar sus grupos. Y otra vez empezó la « obreriada », sin líderes ni intelectualillos, solamente con hombres de acción. En Manresa, Barcelona, León y Zaragoza se hicieron grandes ajustes de cuentas. Nuestros enemigos ya no se atrevieron a devolver los golpes. Acudieron al ejército para llevar a cabo su golpe de Estado. Cuando España se liberó del ejército y de Primo de Rivera, la CNT resurgió más potente que nunca porque había sido salvada por « els homes d'acció ».

 

En 1936, fueron otra vez sus hombres de acción los que en las calles de Barcelona escribieron las páginas más brillantes de la historia de la CNT. Fueron los únicos héroes de las tres jornadas. Después treparían al carro de la victoria los que habían hecho de espectadores. Y ya no fue posible distinguir entre los unos y los otros, porque la revolución dio paso a la guerra y ésta a la derrota.

¿ Qué nos quedaba en 1948 ? No gran cosa. Tendencias varias, cada una para glorificar al santo de su devoción y desprestigiar al de la ermita del otro cerro. No se sabía de la existencia de núcleos preparados y dispuestos para la lucha en España. Al contrario, se difamaban las actuaciones frontales.

Los que en julio no habían luchado en las calles de Barcelona, hacían en el exilio esfuerzos inauditos para ocultar que carecían de testimonios que afirmasen su presencia en los combates en que la clase obrera confederal, jóvenes y viejos, batieron a los militares sublevados. Ejerciendo un dominio ideológico parapetados en algunos periódicos y revistas que fueron apareciendo en el exilio, nutridos con semblanzas biográficas de hombres del anarquismo de ayer, al llegar a las fechas en que habían de recordar julio de 1936, era de ver cómo se las arreglaban para ignorar a quienes no solamente se distinguieron en las decisivas 30 horas de lucha, sino que planearon la lucha contra los militares, haciendo fracasar las concepciones tácticas del general Mola. Nunca, como en julio de 1936, el proletariado había llevado su espíritu de lucha a tanta altura ni se había enfrentado tan decididamente a los que serían el ayer.

Al correr del tiempo habríamos de tocar las consecuencias de haber pretendido ahogar los relieves humanos, individuales y colectivos, de la obreriada de julio de 1936. Era una hipocresía que pagaríamos cara, tanto si emanaba del falso pudor de los liberales radicalizados con apariencia de anarquistas, como si procedía de quién sabe qué convento o célula. En el exilio las repercusiones se produjeron en cadena. Si la derrota de los militares no fueron los hombres de la CNT quienes la causaron, y si la CNT carecía de héroes y de grandes luchadores, los jóvenes, valorándonos en poco, optaban por enrolarse en toda especie de grupúsculos de influencia marxista. Y era de verse cómo gran parte de hijos o nietos de compañeros se desgajaban de su árbol ideológico y tomaban rumbos diferentes. Y esto le estaba ocurriendo a la militancia de una organización sindical única en el mundo. Aun con el fallo histórico de no haber ido a por el todo, la CNT — y el anarcosindicalismo — debió salir como la fuerza más prestigiada de cuantas tomaron parte en las luchas del antifascismo.

En tales condiciones, ¿ cabía esperar que en el presente o en el futuro se iniciase en España un victorioso movimiento de liberación nacional ? El tiempo lo diría. Pero yo había llegado al convencimiento de que no sería posible.

 

Ciertamente, todo no estaba perdido dentro del conglomerado confederal. Existían las excepciones. Algo generoso latía todavía en una parte, lamentablemente minúscula, de nuestra juventud. Eran los jóvenes que saltando por encima de la « generación perdida » iniciaban su marcha, ante el pasmo de quienes, atrincherados en los Comités, en las redacciones de periódicos y revistas, aspiraban a reducir todas las inquietudes al canon de sus artículos literarios.

Las minorías de la nueva juventud estaban condenadas por la incomprensión de los mayores de más de treinta años. Pero daba gusto verlos encararse con los ancianos que pretendían ser los depositarios de todas las verdades. Poseían la sana irreverencia de los pájaros que emprenden su primer vuelo hacia más allá de los límites en que deben vivir con sus congéneres. En las asambleas de la Organización, la presencia de aquellos jóvenes, como Octavio Alberola, Floreal Ocaña, Floreal Rojas y otros, era causa de indignación para la mayoría. A mí y a otros viejos — como ellos decían —, me producía gran satisfacción su irreverente conducta, que me recordaba los tiempos de mi juventud, cuando ante el estupor de nuestros beatos, que confundían la edad con la fidelidad a las ideas, afirmaba yo la conveniencia de afeitar las barbas a nuestros venerables santones, los Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Lorenzo, Malatesta, porque en mi juventud, lo revolucionario era precisamente haber dejado de lado melenas y barbas. Afeitarles las barbas a nuestros santones equivalía a reconocer su papel de pioneros y la necesidad de que sus enseñanzas fuesen puestas al día.

Yo iba más allá que nuestros jóvenes irreverentes de hoy. Afirmaba que sin las barbas de Marx y de Bakunin, la Primera Internacional de los trabajadores no habría fracasado. Marx, con sus confusiones sobre el Estado, había sido causa de que los maniáticos de la autoridad se hubiesen apoderado de una gran parte de las organizaciones sindicales de los trabajadores, incapacitándolas para el logro de una sociedad basada en el trabajo de todos, en el respeto mutuo y en una justicia social igualitaria. Bakunin, al conceder carta de naturaleza socialista al concepto « anarquista », sumía las aspiraciones de la clase obrera a un vaivén continuo entre los socialistas libertarios y los antisocialistas individualistas, lo que sería causa de un robustecimiento continuo de las tendencias marxistas y de una letal disgregación de las formaciones creadas bajo el signo « anarquista ».

Yo fui siempre un gran irreverente. Pero, a la vez, era respetuoso con los santones. Solamente pedía que fuesen afeitados. Para mí, Bakunin y Marx eran sospechosos ambos a causa de su origen : procedía de la nobleza rusa el primero y de la burguesía alemana el otro. Y ninguno de los dos había conocido el trabajo de peón. Y así yo afirmaba : Para que los trabajadores logren realizar su emancipación, es menester que la clase trabajadora se reencuentre y suprima a Marx del marxismo y a Bakunin del anarquismo, analizando detenidamente qué cosa es el Estado y qué cosa es el gobierno, qué es la autoridad y qué es la libertad y, por encima de todo, qué es el hombre.

Por los años 1931 al 1936, propugnaba yo la realización de un certamen socialista mundial en el que fuesen revisadas las causas que determinaron la escisión de la Primera Internacional de los trabajadores, bajo los enunciados siguientes : Análisis y consecuencias de la personalidad burguesa de Marx y nobiliaria de Bakunin ; el Estado y el antiestado, motivo del disentimiento de ambos ; ¿ existe el Estado ? ¿ Qué se entiende por Estado ? ; paralelo entre Estado y Dios, ambos causas de todos los disentimientos de los hombres ; libertad máxima igual a autoridad mínima y sus conexiones con autoridad máxima igual a libertad mínima ; la sociedad y el hombre. La sociedad y el individuo ; puerilidades que distanciaron a Bakunin de Marx y sus consecuencias ; la Internacional de los Trabajadores debe crearse sobre realidades históricas y al margen de toda clase de puerilidades ; a la hora del fracaso total del sistema capitalista, solamente la organización de los trabajadores podría salvar del caos a la sociedad humana.

Este, o cualquier otro guión, deberían discutirlo representantes de todas las tendencias socialistas que existen en el mundo, con la finalidad de revisar el proceso que condujo a la división de la clase trabajadora y a la escisión de la Primera Internacional.

Nunca creí que se pudiera ser revolucionario y negar al mismo tiempo las virtudes del revisionismo. Es más, para mí no hay revolución posible si las estructuras de la sociedad no fueron sometidas antes a una exhaustiva revisión. Porque de lo que se trata no es de improvisar, sino de renovar, tanto las estructuras como los conceptos. Cuando los planteamientos de una idea son falsos, se producen montañas de libros con la pretensión de demostrar que es la mejor.

 

Tuve que lanzarme de nuevo a la busca de representaciones de productos. Con el tiempo, vendí de todo, excepto libros y seguros de vida, líneas tan socorridas entre muchos refugiados y que me desplacían enormemente, porque sus ventas están basadas en la explotación de las relaciones amistosas. Empezaba a estar tan desesperado que si me hubieran ofrecido contrato para ir a pescar ballenas, de seguro que hubiese aceptado. Estaba tan cansado de la inseguridad del mañana como lo estaba de las decepciones provocadas por la inconstancia de los compañeros de México y de Francia, entre los que no hacían mella mis prédicas en favor de la unidad confederal. En el fondo, deseaba más huir del contacto diario de los compañeros que de la inseguridad del trabajo.

Lo logré. No se trataba de ir a pescar ballenas a la Antártida, sino de ir de representante de una gran marca de anilinas americanas. Mi demarcación tendría Guadalajara por base, en el Estado de Jalisco, comprendiendo además poblaciones de los Estados de Michoacán, Guanajuato y Nayarit, con importantes industrias textiles y de curtiduría. La División Calco de la American Cyanamid producía casi todos los colorantes y anilinas necesarios a las industrias textil, papelera y curtidora. Mi trabajo sería competir en el mercado con las empresas rivales, americanas, europeas y japonesas. En México, la casa distribuidora de las anilinas de Calco era una compañía francesa, Establecimientos Mexicanos Collière. Buena gente todos, desde el gerente general señor Burguette, al gerente de la división de anilinas, señor Schvarz, y el jefe de laboratorio y laboralistas, Bostelman.

Nos fuimos a Guadalajara, hermosa ciudad, calurosa en verano y cálida en invierno, de gentes generalmente amables. Inicié con buenos resultados aquella nueva etapa de mi vida.

Se seguía hablando de España en los cafés y en las asambleas. La CNT en el exilio y en el interior — en su mínima expresión orgánica de algún que otro comité — estaba dividida. Dividida por motivos sorprendentes, con el quietismo como finalidad compartida por ambas tendencias, que por tener la misma línea resultaban ser los dos cabos de una misma soga.

 

Las dos tendencias que dividían a la CNT eran dos capillas con su beatería de feligreses, terribles razonadores de su respectiva posición, de la que hablaban y escribían incansablemente. Ambas tendencias pretendían ser los auténticos representantes de la CNT. Una, aparentemente legal, cuyas posiciones cambiaban cada vez que el Comité nacional del interior, invariablemente con residencia en Madrid, caía en manos de las autoridades policiacas primero y judiciales después, que les aplicaban largas condenas a ritmo siempre creciente, hasta llegar a la suma de más de diez Comités nacionales presos y sentenciados. No dejaba de ser admirable. Consecuentes con la línea formulada por Leiva en México, nunca fueron detenidos por haber decidido una lucha frontal contra la dictadura. El burocratismo carece de héroes, pero llega a tener muchos mártires. Era el caso de los compañeros, tercos como no hay otro ejemplo, que se dieron a la tarea de que nunca careciese la CNT de Comité nacional en el interior de las fronteras.

Los de la otra tendencia, llamada « la de Toulouse », con buena plana mayor de compañeros de relieve, como Federica Montseny, Germinal Esgleas, Felipe Alaiz y José Peirats, no aspiraba a tener ni mártires ni héroes. Ser burócratas les era suficiente.

Peirats escribía su historia de la CNT durante la guerra y Alaiz, socarronamente, decía de él « que era historiador a sueldo ». Abría, muy astutamente, el paréntesis que, a la larga, haría saltar el baluarte de inexactitudes tras el que se guarecía el « equipo de Toulouse ». Si Peirats era historiador a sueldo, cabía preguntar : ¿ A sueldo de quién ? Leyendo la pretendida historia de la CNT durante la guerra, resultaba obvio que no podían ser otros que los interesados en que no apareciese el acta del Pleno de locales y comarcales de Cataluña, del día 23 de julio de 1936, en la que debían quedar registradas mi proposición de « ir a por el todo », sostenida por la comarcal del Bajo Llobregat, y la proposición de Santillán, respaldada por Federica Montseny y Marianet, consistente en que « no era momento oportuno de ir a la implantación del comunismo libertario », porque a la salida del puerto de Barcelona vigilaban unidades de la escuadra inglesa, « prontas a intervenír ».

Eran de lo más avispado los componentes del « equipo de Toulouse ». De ellos cabía decir que eran tal para cual ; si unos no pensaban dar nunca cuentas de los bienes orgánicos — los hubiese o no los hubiese —, otros con sus firmas en historias o en artículos daban al todo un aire de santidad. Entre éstos y los ingenuos compañeros que nutrían los Comités nacionales del interior, la elección de todo militante no podía ser otra que la de sostener, moral y económicamente, a los del interior.

Los había que no opinaban de esta manera, y tomaban partido por la insurrección personal exclusiva, liándose a tiros con los representantes policiacos del régimen franquista. Eran los que, con precisión sicológica, algunos periodistas franceses llamaban « desesperados ». Cargados con todos los anatemas del equipo de Toulouse, cruzaban los Pirineos, se adentraban en España e iban a recalar en las barriadas obreras de Barcelona, donde se recordaban los ecos de antaño cuando eran recorridas por unos hombres que hacían susurrar a los obreros al verlos pasar : « són els homes d'acció del sindicalisme ». Entre los burócratas de Toulouse y los quiméricos integrantes de los Comités nacionales de Madrid, los hombres de acción preferían el acto desesperado, que inevitablemente terminaba en el gesto del hombre que cae abatido por las balas traidoras del policía o del guardia civil.

Fueron bastantes los jóvenes que cruzaron la cadena pirenaica en busca de su trágico destino, atraídos por la fama que un día tuvieron otros que, como ellos, actuaron como desesperados. Baste citar a Francisco Sabaté y a José Luis Facerías, incorporados a la larga gesta de « els homes d'acció del sindicalisme ».

Casi que con tanta desesperanza se moría también en México. Muertes sin espectacularidad, que, a fuer de silenciosas, pasaban desapercibidas, sumidas en el anonimato de los que nada tienen. ¿ No murió en la miseria Majno, un día gestor anarquizante de la revolución en Ucrania, traicionado por los bolcheviques y por Trotski ? En París acabó sus días, solo y abandonado. Cuando se abrió la puerta lateral de hierro del hospital Tenon, al que se acogían los menesterosos desde Belleville hasta más allá de las Puertas de Clignancourt, para dar paso al cajón pintado de negro, vimos la verdadera dimensión del sacrificio de algunos anarquistas y anarcosindicalistas. Igual fue la muerte del inolvidable compañero Cristóbal Aldabaldetreco en México. Terminó sus días en cabal soledad, pobre, casi miserable. El, como Bienvenido, Granados y otros muchos, anarcosindicalistas sin mácula, enfermos y pobres, tuvieron que acogerse al Departamento de Indigentes del Sanatorio español de la ciudad de México entrando por una puerta que conducía en línea recta a la caja de pino embadurnada de negro que inevitablemente lleva al Panteón español. Aldabaldetreco, « Trecu » como le abreviábamos, no fue un cualquiera. Aunque de origen vasco, anduvo por las barriadas obreras de Barcelona, con paso cauteloso, el de los hombres de acción del sindicalismo. Se batió en las calles los días 18, 19 y 20 de julio, y salió, con Domingo Ascaso, al mando de una columna hacia el frente de Aragón, liberando Grañén, Vicién, Barbastro, muy partidario de « ir a por el todo ».

Cuando ocurrían tales cosas en las calles de Barcelona y caminos de Cataluña y entre los indigentes del Sanatorio español de la ciudad de México, el escándalo escisionista alcanzaba su clímax, en México igual que en Francia. Cobró fuerza entonces un movimiento prounidad confederal, animado por buenos compañeros, que no querían estar con unos ni con otros, pero que sentían cuán nefasta era la escisión confederal. Me mantuve durante mucho tiempo en actitud expectante, sin inclinarme a favor de los llamados reformistas ni de los que entonces aparecían como radicalizados partidarios de la implantación del comunismo libertario como única bandera a seguir para la liberación de España. No dejaba de ser esto sospechoso, porque se trataba precisamente de los incondicionales del Comité de Toulouse, del mismo equipo que más energías desplegó en el Pleno de locales y comarcales de Cataluña para desechar la fórmula en que yo sintetizaba la implantación del comunismo libertario, y por lo que fui catalogado de marxista y bolchevique precisamente por ellos.

El movimiento por la unidad confederal adquiría día a día gran importancia. Los componentes de la Delegación del Movimiento Libertario, autodenominada « poder legal y único de la CNT en México », viendo que iban siendo superados en número por los partidarios de la unidad confederal, adoptaron una actitud heroica : hacer venir de Francia a Federica Montseny para que, con su presencia y su oratoria, le devolviese el prestigio que estaba perdiendo. Llegó Federica Montseny, se apretujaron sus partidarios en el aeropuerto internacional a la hora de llegada, se disputaron entre ellos por brindarle hospedaje y mesa, como suele hacerse en los pueblos a la llegada del diputado del distrito. Y en honor a la verdad, hay que decir que todos los militantes en activo pasaron a saludarla en el local de la Delegación. Todos menos yo.

Y no me arrepentí. Ante la expectación de los compañeros y de muchos refugiados de otros partidos y organizaciones que también acudieron a escuchar su conferencia, no habló para nada de los compañeritos que iban a España a batirse a tiros con la policía y Guardia civil, ni de los múltiples Comités nacionales detenidos. Tampoco dedicó un recuerdo a los que desde el Sanatorio español decían el adiós a su existencia de luchadores. El contenido de su conferencia pasmó hasta a sus más fieles partidarios. Durante muchos días, se abstuvieron de personarse en los cafés, donde el discurso fue objeto de risotadas. Y no había para menos. Haber volado siete mil kilómetros para hacer un discurso contra el régimen franquista, contando que en Barcelona se había efectuado una manifestación de mujeres sonando las sartenes en protesta por la carencia de suministros, y sazonando su narración la propia conferenciante con amplias risas... Daba pena contemplar cuán poco quedaba de quien nunca nada fue.

Los que trajeron a Federica Montseny realizaron un gran esfuerzo antiunitario. Pensaban malograr las energías que desplegaban los partidarios de realizar la unidad confederal, cuyo Boletín estaba adquiriendo mucha influencia entre los militantes anarcosindicalistas. Pero se fueron dando pasos decisivos hacia el logro de la unidad de la CNT. Pasos que, lentamente, condujeron a celebrar un Congreso en Francia, en 1960, del que saldrían dos resoluciones muy importantes. La primera, que se realizase la unidad de la militancia confederal, sin vencidos ni vencedores (si bien a condición de conservar la preeminencia de los integrantes del « equipo de Toulouse », lo que, a la larga, sería otra vez la causa de la división). La segunda, la creación de un órgano de combate, llamado DI, anagrama de Defensa del Interior, puesto que la unidad se realizaba con el objetivo de colocar en primer plano las realidades que prevalecían en el interior de España.

El DI, que agrupó a viejos militantes de probado historial revolucionario con inteligentes miembros de las juventudes, realizó una labor de seis meses de duración, en la que sus miembros tuvieron en jaque a las fuerzas represivas en algunas ciudades españolas (Madrid, Barcelona, Valencia y San Sebastián), manteniendo al dictador Franco en un acoso tan enérgico que éste llegó a prescindir de todos los medios de transporte terrestre, saliendo en helicóptero desde sus jardines de El Pardo.

Al parecer, sólo seis meses de acción conjunta tuvo el DI, brazo armado de la Organización. Hubiese sido menester, por lo menos, un año más para poder terminar la obra emprendida, que no era otra que acabar, como hubiese lugar, con la dictadura. Desgraciadamente, era una lucha que reclamaba abundantes medios económicos. Rico siempre en hombres luchadores, pobre siempre en medios económicos, el DI tuvo que suspender la empresa de liberación de España. Sin embargo, aquélla fue la única vez que la Organización se enfrentó con la dictadura. Y la única también que una organización española, antes de la actuación de ETA, emprendiera una lucha colectiva contra el franquismo.

Creí que la carencia de medios económicos para sostener el DI fue producto, en gran parte, de actividades del equipo de Toulouse, que temía por su prestigio si la militancia consideraba que lo que realizaba el DI a los 17 años después de terminada la guerra universal bien pudo haber sido hecho desde un principio, con las cantidades de dinero que se recaudaban entonces y que sólo sirvieron para sostener a una burocracia.

 

Se hizo la unidad, se creó el DI, se luchó insistentemente, y cuando debió darse un salto para superar la etapa de ensayos, se acabó todo. Hasta la unidad porque otra vez aparecieron las disensiones y las incompatibilidades. La división confederal de nuevo y a esperar. Las asambleas de los divisionistas fueron teniendo tan escaso número de asistentes que terminaron por parecerse a las antiguas peñas de los cafés.

 

El Panteón español de México 

El Panteón español de México era el apéndice del Sanatorio español. Ambas instalaciones fueron obra de los españoles viejos residentes. El Sanatorio español estaba constituido por grandes instalaciones, en su tiempo las más importantes del país en el orden profesional a que estaban destinadas. Admitía tres categorías de pacientes : los de lujo, los de clase media y los indigentes, « pobres de solemnidad » que no tenían dónde caerse.

El departamento de indigentes era obra en parte de la generosidad de los ricos gachupines y de su propia administración, que así cumplía con los compromisos que contrajo con las autoridades asistenciales del país. Era, sin muchos disimulos, un asilo al que se acogían los gachupines de mala suerte, que por nada regresarían a su pueblo en la pobreza ; servía también de amparo a los refugiados, pobres económicamente, que no trajeron dineros ni joyas escondidas, que no hicieron negocios de burgueses, que por nada del mundo, ni siquiera como turistas, regresarían a España mientras Franco estuviese en el poder.

En el departamento de indigentes, los compañeros acogidos llevaban la existencia triste de quienes no esperan volver a la vida de la calle. Indigencias se parecía mucho al departamento de enfermería de la cárcel Modelo de Barcelona, pero la vida de los asilados estaba más vacía de ilusiones y esperanzas que la de los presos de la enfermería carcelaria, porque éstos esperaban salir en libertad. Los indigentes del Sanatorio español, ¿ podían esperar algo ?

Era el caso de muchos refugiados. Y el de muchos compañeros. Cuando entraban en Indigencias no esperaban ni una larga estancia : al decidirse a aceptar su internamiento, ya se consideraban fuera de la circulación, sin mañana posible. Era el caso de Cristóbal Aldabaldetreco. Entró, lo revisaron, lo acostaron, se puso de cara a la pared y murió. Murió de anemia perniciosa por haber resuelto el problema económico a base de no comer.

Se hablaba mucho de los bienes de la Organización, que allá en Francia administraba el « equipo de Toulouse ». Bueno es aclarar que dichos fondos fueron creados, principalmente, con las aportaciones de las requisas hechas en el frente de Aragón por las Columnas de Antonio Ortiz y de Domingo Ascaso y Cristóbal Aldabaldetreco, que al llegar al Comité de Milicias Antifascistas hacía yo derivar al Comité regional de la CNT, al igual que hacía Aurelio Fernández con las sumas requisadas por las patrullas de control.

 

Para la gente humilde de México, especialmente la de pueblos del interior, que me tocó visitar en mi trabajo de vendedor de anilinas, nunca hubo dos clases de españoles, pues ignoraban que los descendientes de los conquistadores hispanos anduviesen a la greña. Las gentes humildes creían que todo los españoles residentes en el país eran contrarios a Franco. No concebían que algunos españoles fuesen partidarios de Franco si en México, del presidente para abajo, todos eran contrarios a los franquistas.

En mi zona de trabajo existían grandes industrias textiles e importantes tenerías, que raramente necesitaban de mis conocimientos. Pero abundaba en fábricas y tenerías de mediana importancia y en talleres donde se fabricaban cobijas de lana y rebozos, generalmente de coloridos muy vistosos. Se trataba de industrias antiquísimas, cuyos productos formaban parte de las artesanías decorativas. Además de vender anilinas a los laneros y a los reboceros, tenía el cometido profesional de enseñarles el manejo adecuado de los colorantes, sus reacciones químicas, sus matizaciones, sus adecuadas maneras de agotamiento, y hasta de orientarles en la modernización de los recipientes donde teñían rudamente sus madejas.

Me gustaba aquel trabajo, porque era una ocupación creadora. Aquellos descendientes de indígenas demostraban en la finura de su trato que eran depositarios de una cultura antiquísima, no aprendida de los frailes, distinta de la nuestra y, en ciertos aspectos, superior. A veces encontraba clientes a los que les gustaba la plática. Cuando me fueron conociendo, muchos esperaban mi visita mensual para hacerme preguntas sobre infinidad de cosas. Mis recorridos por los pueblos de Sahuayo, Jiquilpan, Zamora, Uruapan, Patzcuaro, Moroleón, La Piedad, resultaban de bastante más duración de lo normalmente previsto.

Debería haberme sentido satisfecho. Tenía un trabajo, seguro y bien remunerado, que me permitía estar siempre en contacto con las gentes. Los viajes eran para mí como una válvula de escape. No tenía complicaciones de relación con los pocos compañeros radicados en Guadalajara. Por lo general, todos ellos habían huido de las intrigas que prevalecían en la capital, y sin desdecirse de su fidelidad a los principios ideológicos, procuraban eludir los compromisos de tipo orgánico. Mi caso, en el fondo, tenía algo de parecido. Los viajes, las pláticas con los clientes se me antojaban como una evasión. Una evasión de mi propio yo, que me reprochaba continuamente. Era un conformista más. Mi marcha a Guadalajara se produjo porque mi situación económica era insostenible. Fue una huida. Y huida fue el abandonar Suecia. De Suecia, porque me avergonzaba recibir un subsidio de los compañeros de la SAC y no poder ganarme la vida trabajando. De la capital de México, porque no tenía trabajo ni recibía subsidio.

¿ Qué era yo en definitiva ? ¿ Honrado ? ¿ Imbécil ? ¿ Era sensata mi posición de sufrir y callar ? ¿ Estaba en lo cierto al pensar que mañana, vueltos a España con el prestigio moral de haber sabido renunciar a todo menos a la honradez — éramos muchos —, sería fácil rehacer la CNT y el movimiento anarcosindicalista...  ? ¿ Estaba yo en lo cierto ? ¿ Habría un mañana ?

 

Las deserciones. Una tras otra. Amigos y compañeros de toda la vida. Los expulsados y los idos. Y los que no se habían ido ni habían sido expulsados porque siguieron los pasos de Antonio Muñoz.

El cenetismo se estaba desmoronando ; por lo menos se desmoronaba el bloque de militantes que vinieron a México. Ocurría lo que preví en París : bajo los efectos de una forzada vinculación a las maneras de vivir en América, perderíamos la mayor parte de la militancia si no la enviábamos organizada a la manera de un ejército. Sabía cómo fueron aniquilados los militantes de la poderosa organización anarcosindicalista IWW de los Estados Unidos, asesinados de noche a tiro limpio, achicharrados en hogueras o emplumados ; cómo habían terminado en la Argentina con la poderosa organización anarcosindicalista FORA, corroída por virus de disolución que le injertaron ; cómo desapareció en México el movimiento « Tierra y Libertad » de los campesinos del sur que marchaban con Emiliano Zapata ; y en lo que quedó el fuerte Partido Liberal de los Práxedes Guerrero, Sota y Goma, los Flores Magón.

— No quedará nada, o muy poca cosa, de los compañeros que enviemos a América en busca de trabajo y hogar nuevo, porque serán absorbidos por un medio ambiente del todo diferente al de nuestra tierra. Creo que merecería la pena de militarizar, en lo posible, a los que marchen a tierras americanas.[5]

Así, más o menos, argumenté yo en una reunión del Consejo general del Movimiento Libertario, en París, en que se trató de lo que nos esperaba allá.

Fue Federica Montseny quien, liberal a la manera de la familia Urales, se opuso a mis sugerencias, en nombre de lo que entendía por anarquismo, y que no pasaba de ser liberalismo radicalizado. Recurro al eufemismo de « liberalismo radicalizado », más castizo que lo de « liberal burgués » que nos escupían los comunistas sovietoides.

No fue aceptada mi sugerencia. Para América salieron unos miles de compañeros, sin ninguna preparación sicológica y sin disciplina ideológica.

Como en un pasado entonces reciente, tocábamos las consecuencias de la intromisión de Federica Montseny en los asuntos orgánicos. La Organización, que en París pasó a llamarse Movimiento Libertario, se estaba desmoronando. Sería inútil apelar a la sapiencia de aquella mujer para contener aquel desastre ideológico y humano. Nunca apuntó una solución a los problemas. Limitaba su papel a dejar que otros se arriesgaran en busca de soluciones. Después se limitaba a defenderlas o a combatirlas, reduciendo los problemas orgánicos a la pequeñez de los asuntos personales.

Si algún día se quiere analizar debidamente las causas del inusitado desmoronamiento de nuestras posiciones orgánicas e ideológicas, habrá que revolver despiadadamente el amontonamiento de culpabilidades. Será preciso empezar por los principios ideológicos sobre los que descansó la Confederación Nacional del Trabajo. Sus principios eran ácratas y su finalidad el comunismo libertario. Los principios hacían referencia a una aspiración para el mañana. La finalidad estaba estrechamente vinculada a la solución de los problemas del hoy mismo. Si confundíamos lo mediato con lo inmediato, se produciría una catástrofe.

Y se produjo la catástrofe. La incapacidad mental de unos sedicentes teóricos que ignoraban, olvidaban o silenciaban deliberadamente que los problemas de hoy no pueden ser mezclados con las aspiraciones a un tipo de sociedad lejana, y con demagogia barata lograron sorprender la buena fe de unos delegados sin mandato concreto en el Pleno de Locales y Comarcales del 23 de julio de 1936. Las delegaciones, menos una, votaron a favor de conformarnos con lo que siempre habíamos tenido. Ahora, en plena derrota, nos habíamos quedado hasta sin lo que siempre habíamos tenido. Era el momento de darse cuenta de lo que había ocurrido. Al haberse desmoronado nuestra Organización, teníamos a la vista los materiales, las piezas, de que estaba constituida. Esas piezas no eran uniformes ni en tamaño ni en colorido ni en coiltenido. Constituían un algo de lo que siempre tuvimos intuición pero no sapiencia : La CNT no era un cuerpo monolítico, sino un armonioso acoplamiento de ideologías distintas, pero afines en cuanto a las aspiraciones inmediatas de dar solución justa a los problemas económicos, sociales, políticos y jurídicos de nuestros días, con la mayor cantidad posible de contenido libertario.

El edificio armoniosamente construido con materiales dispares pero afines, se vino abajo, sacudido por una onda que afectaba, no sólo a la masa inerte de los materiales, sino a la vida del conjunto.

La CNT era una organización sindicalista revolucionaria que tuvo sus inicios en el año 1910. A partir de entonces, su desenvolvimiento fue ascendente, pese a los altos y bajos que experimentaba en épocas de duras represiones. Tuvo sus fallos y sus vacilaciones, que supo superar, porque no afectaban al grueso de sus militantes, sino a pequeñas minorías, que se resolvían casi de manera biológica, con sedimentaciones que iba deponiendo y que pasaban a engrosar o constituir los partidos republicanos, comunistas o sindicalistas.

De las crisis, la CNT surgía siempre superándose, sin dar pasos atrás en sus aspiraciones revolucionarias. Hasta su cita con la página en blanco de la Historia : julio de 1936. El tintero fue volcado, y no fueron escritas las páginas, sino manchadas. Desde entonces, los caminos andados fueron de perdición.

Militantes activos de la CNT, ignorábamos de qué se componía nuestra Organización. Fue menester que todo saltase al serle aplicado el freno de la contrarrevolución, para que, a la vista de las piezas diseminadas, nos diésemos cuenta del complejo ideológico de que estaba compuesta : obreristas creyentes en el porvenir de la clase obrera eran la mayor parte ; sindicalistas revolucionarios y sindicalistas reformistas, les seguían en importancia ; colectivistas y comunistas, con influencias marxistas, bakuninistas y kropotkinianas ; anarquistas sui generis y anarquistas individualistas ; liberales pacifistas y liberales radicalizados ; republicanos jacobinos y republicanos federales. La unidad sobre la que descansaba nuestra gran mole orgánica, era la fe profunda en la revolución. El freno de la contrarrevolución los desparramó y ahora yacían por los suelos, formando grupúsculos dispersos.

 

Materia de historia

Para muchos, la CNT solamente era ya materia de historia ; de ella nada quedaría en pie. Se olvidaba que las organizaciones y las instituciones logran sobrevivir a los que de ellas hicieron uso indebido. La CNT, organización sindicalista, podrá sobrevivir durante mucho tiempo todavía, porque el sindicalismo está vivo en el mundo entero, generalmente paralizado en su primera etapa de organización de la clase obrera, en espera de dar el salto a la segunda etapa : la toma de posesión de los medios de producción y de consumo. Hasta entonces es posible que conozca algunas derrotas. Pero se levantará nuevamente y con más fuerza que antes. Y tendrá que hacer historia nueva, rehaciendo las pobres cosas de que se componen las historias de la clase obrera organizada en nuestro país, con sus primitivas sociedades obreras y sus aspiraciones de mejora económica en lo inmediato, sus sueños de un tipo de socialismo humano, profundamente humano. El sindicalismo no ha muerto, no ha muerto el sindicalismo español. Limpiemos nuestra historia de los desaciertos e inexactitudes garrafales con que la han adornado los aficionados a escribirla.

El sindicalismo español, la CNT especialmente, nada debe a Marx ni a Bakunin que pueda ser considerado de provecho en sus luchas por la emancipación. Fanelli, enviado especial de Bakunin, vino a España y se dedicó, en la medida en que lo permitía su desconocimiento del idioma español, a defender la causa de Bakunin en la Internacional. Igual hizo Lafargue, yerno fanático de Marx, cuyo cometido tenía por objeto eliminar a Bakunin y sus seguidores de la Internacional. Debemos limpiar la leyenda que los historiadores baratos han creado en torno a la acción de Fanelli y Lafargue en España. Ambos vinieron a dividir lo poco que existía, y no a crear. No es cierto que sea a partir de la llegada de Fanelli y Lafargue cuando empiezan a sentirse en España las inquietudes por un mañana de mejor justicia social. Porque eran portavoces de dos grandes enajenados de las realidades sociales, Fanelli y Lafargue. Y al correr del tiempo, estaremos en peligro de ahogarnos entre las montañas de pliegos escritos con la pretensión de hacernos comulgar con las teorías bakuninistas o marxistas, que, vistas en conjunto y previa selección, contienen bastante de bueno, pero que por separado y tomándolas a la trágala, como pretenden sus seguidores, son desechables.

Aunque las ideologías dimanantes del bakuninismo y del marxismo se petrifican en capillitas de beatería, el sindicalismo podría sobrevivir y producir sus propios fundamentos ideológicos, con la aspiración de llegar a la total desaparición de la explotación obrera por parte del burgués, a la conversión del trabajador dependiente en productor libre. Podríamos afirmar que a tales resultados se habría llegado sin la interferencia de las escisiones obreras que se derivaron de los pleitos entre Marx y Bakunin.

 

El anarcosindicalismo español realizó una obra que no ha sido debidamente explicada ni glosada, quizá porque, lamentablemente, la CNT careció siempre de teorizantes de sus luchas. El sindicalismo internacional, con excepción de la Sveriges Arbetaren Centralorganisation (la SAC), de Suecia, no prestó la suficiente atención a lo que significaba la gesta del anarcosindicalismo español de decidir el enfrentamiento de la clase obrera organizada sindicalmente al avance del fascismo militar. Esta falta de comprensión supondría, a la larga, que el fascismo no fuese vencido ni desarraigado en las mesas de paz tras la derrota militar de Alemania e Italia. Sutilmente, y con la aquiescencia de la Unión Soviética, se dejó que el franquismo siguiese gobernando a España, perpetuando aquello de que los ejércitos profesionales vencerían siempre al proletariado. El porvenir, que con el ejemplo del anarcosindicalismo español debía manifestarse con claridad meridiana, se presentaba cernido de sombras y confusiones. Por la acción propagandística de los republicanos burgueses, de los socialistas y de los comunistas, y por la vacilante actitud de algunos elementos anarquistas, lo que debió aparecer como una decisiva victoria del proletariado organizado sindicalmente, fue enmascarado por una inconsciente lucha de tendencias políticas entre republicanos y monárquicos, entre liberales y reaccionarios, entre comunistas y falangistas, aunque opuestos en sus disciplinas políticas, concordantes todos ellos en la finalidad de hacer nula la lección que se desprendía del enfrentamiento del sindicalismo revolucionario con el fascismo.

El proletariado sindicalista internacional debía aprender de la conducta del anarcosindicalismo español a prepararse sin descanso para hacer frente a los futuros ensayos fascistas de los ejércitos de sus respectivos países. La linea de defensa antifascista del mundo liberal, democrático y socialista había estado en la causa defendida por los anarcosindicalistas españoles.

La longeva permanencia en el poder del ejército franquista haría que todos los larvados movimientos fascistas del mundo tomaran ejemplo de él para la puesta en práctica de los golpes de Estado militares. Para el mundo libre, el peligro radicaba en la ejemplaridad del golpe de Estado del ejército de casta en España. Para los amantes de las transformaciones sociales, el ejemplo debía buscarse en la acción de los anarcosindicalistas de España. La revolución social y el fascismo están ahí, en España...

 

La CNT es considerada hoy como una fuerza decadente. ¿ Puede desaparecer una organización obrera que tanta vitalidad desplegó en sus etapas anteriores ? Hubo ocasiones en que parecieron evidentes las muestras de desfallecimiento orgánico, cuando sus militantes, cansados de arriesgar la vida y la libertad, la dejaban con escándalo. De muchos de los que la dejaron cabe decir que lo hacían movidos por el mismo idealismo de los que fueron nuestros neófitos. En algunos casos, era verdadera prisa por llegar a la revolución social. « Porque, Juanet — me decía Gregorio Jover, al comunicarme lo que había dicho a los jefes del Partido Comunista —, les dije : “ En mí tenéis un soldado dispuesto a incorporarme a cualquier sección del ejército rojo ”. Porque el ejército soviético estará dentro de poco en los mismos Pirineos. Para entonces, yo ya formaré parte de los cuadros de mando de las tropas rojas que entrarán en España. »

Le contesté : « Jover, tú vives en la luna. Alguien, y yo sé quien es, te está tomando el pelo. Ningún ejército rojo llegará a los Pirineos ; y tú, que mientras estés en la CNT serás, no diré algo, sino mucho, fuera de ella no vales ni la suela de tus zapatos ».

Jover dio el salto. Los soldados soviéticos no llegaron a los Pirineos. Lo que sí es cierto es que pronto murió, no sé si de tristeza. Como Aldabaldetreco, y como tantos otros, murió en el Sanatorio español, también de cara a la pared. En el Excelsior de aquellos días apareció una diminuta nota : « Ayer falleció en el Sanatorio Español el señor don Gregorio Jover ». Fue la última noticia que tuve del amigo y compañero Jover.

Eran muchos los compañeros que, como Jover, se dejaban catequizar por los comunistas. Nuestro fracaso en el exilio, nuestras divisiones actuaban de elemento disolvente. No creyendo en las demagógicas proclamas de Federica Montseny ni en las instrucciones soporíferas de Germinal Esgleas, creyeron que el fin del anarcosindicalismo español era inminente e inevitable. Suponían lógicamente que, desaparecido el anarcosindicalismo español, nadie podría oponerse al Partido Comunista, lo cual estaba bastante bien visto.

El Partido Comunista siempre tuvo en España un freno que imposibilitaba su crecimiento : la CNT. El proletariado español, las masas obreras y campesinas, se sentían perfectamente representadas y defendidas por la organización sindical anarcosindicalista. El mejoramiento de sus salarios lo obtuvieron desde la CNT, la jornada de ocho horas la alcanzaron por las luchas de la CNT. Y fueron los anarcosindicalistas quienes impusieron un trato de respeto para los trabajadores gracias a sus comités de fábrica y taller, a los delegados sindicales en los puestos de trabajo de menor importancia. Este problema tan abstracto del mejor trato que, por carencia de expresión física en los convenios de trabajo, parecía de difícil planteamiento, y que resolvió la manera expedita que con sus ilimitadas tácticas de acción directa tenían los anarcosindicalistas de tratar con los patronos, había conquistado, más que las mejoras de orden material, el corazón y la voluntad de la clase obrera española, que se benefició nacionalmente de los planteamientos que al respecto hicieron los sindicatos de la CNT en Cataluña.

 

Ningún partido hizo nada comparable a la protección que dispensaba a los trabajadores el sindicato de la CNT. Ni el socialista ni el radical de Lerroux. Menos podía hacerlo el Partido Comunista, de escasa fuerza y nulo prestigio. Llegaría el momento en que la CNT realizaría en el plano político lo que ya no era posible que hiciesen los partidos políticos, tanto si eran obreros, como el Partido Socialista, el Partido Comunista y el Partido Sindicalista, como si eran pequeño burgueses y jacobinos, como los republicanos de izquierda, o los de centroderecha. Llegaría el momento en que en España, como antes ocurriera en Italia y en Alemania, el fascismo se lanzaría a la conquista del poder.

Las formaciones organizadas de los partidos políticos de aquellas naciones fueron impotentes para enfrentarse al fascismo en marcha, a su bien explotada demagogia populachera. Hasta los partidos comunistas sucumbieron sin luchar. Todos se rendían a la fuerza absorbente del partido único fascista. En Alemania, el Partido Comunista, que contaba con cinco millones de votantes, se derrumbó como un castillo de naipes. Se había evidenciado que la pluralidad de partidos políticos era impotente para contener al partido totalitario.

En España, con la protección de Mussolini y de Hitler, se creó la Falange, remedo del fascio italiano y del nacionalsocialismo alemán. Pero no lograba progresar entre las capas populares y menos aún entre el proletariado. La radicalización del proletariado español, conseguida por los anarcosindicalistas de la CNT, imposibilitó tanto el desarrollo del Partido Comunista como el de la Falange.

El señorito que creó la Falange carecía de imaginación hasta para aportar una bandera original, y transmutó las dos escuadras del rectángulo de la bandera anarcosindicalista en dos listas apaisadas en la bandera nacionalsindicalista, imitación de la bandera rojinegra aportada por mí a la clase obrera — originalidad ésta que correspondía a todo el proletariado confederal. Su divisa « Imperio azul » era ridícula e incomprensible. Y puesto que la Falange no podría llevar a cabo la reacción fascista a la manera italiana y alemana, se apeló al ejército español, de casta, conspirador y reaccionario.

La CNT iba a dar la gran lección de que, donde fracasan los partidos políticos, el sindicalismo revolucionario, agrupado en potentes sindicatos, puede sustituir a los partidos en todas las funciones de la sociedad, sean de índole política, saliendo a luchar a la calle, o de solución de los problemas económicos.

Alto capital, alto clero, alto mando militar provenían del mismo origen y poseían intereses comunes que defender. Les fue fácil ponerse de acuerdo. Salieron a la calle y, como en Italia y Alemania, los partidos políticos, que estaban en el gobierno, poseían las armas e integraban el Frente Popular, perdieron toda iniciativa.

La CNT era una organización dura, firmemente asentada en lo más profundo del proletariado. Aceptaría el reto de los militares y fascistas españoles. El mundo entero lo calificaría como el absurdo más grande de los anales históricos : « ¿ Hacerle frente al fascismo ? ¡ Absurdo ! ¡ Absurdo ! ¡ Absurdo ! » En Barcelona se inició la « Obreriada ». Pasase lo que pasase, su impacto en la historia sería indeleble y la vida de la Confederación Nacional del Trabajo de España quedaba asegurada para el porvenir.

 

Cuando se ajustició a Dato

La CNT había llegado a ser la gran organización sindical de los trabajadores españoles. Había tenido que vencer, a partir de 1918‑1919, las grandes resistencias que se oponían a su crecimiento. En el medio obrero, tuvo que desplazar a las sociedades obreras de resistencia ugetista, petrificadas en su quietismo gremial proteccionista que impedía el libre juego del trabajo y el libre traslado de una población a otra, para impedir la penetración de lo que ellas llamaban virus anarcosindicalista. Para que la CNT pudiese crecer, tenía que hacer saltar aquella costra. Había que acabar con la influencia del clero sobre buena parte de los trabajadores, atraídos por los Centros Obreros de San José, dirigidos por activistas de la Compañía de Jesús. Tenía que vencer también la CNT a los patronos, agazapados en sus Federaciones patronales y dirigidos desde el Fomento de Trabajo nacional, opuestos a toda reivindicación de los trabajadores, lo que obligaba al planteamiento de huelgas sostenidas por luchas encarnizadas, amparados los obreros por sus grupos de acción y los burgueses por todos los elementos represivos que los gobiernos ponían a su disposición : rompehuelgas, pistoleros, policías, guardias civiles y ejército.

Las cárceles se llenaban de presos sindicalistas, las carreteras de cuerdas de presos en conducción ordinaria, a pie, desde Barcelona a La Coruña, bajo el sol tórrido, bajo la lluvia, bajo las nieves. Los pistoleros del « Libre », entrenados por los jesuitas, protegidos por las parejas de la Guardia civil, acechaban al militante sindicalista a la salida del taller, de su casa, del café, lo abatían a tiros... Uno, dos, tres, hasta treinta y dos una noche célebre en que en el Hospital Clínico ya no tenían donde colocarlos.

Quienes escriben que la CNT no contestó al terrorismo blanco con su propia acción, falsean la verdad. Lo que no hizo la CNT fue cultivar el terrorismo ni el pistolerismo. Terroristas y pistoleros fueron los que defendían a la burguesía. Los hombres de acción del sindicalismo actuaron en defensa de la clase obrera y en su propia defensa. La CNT tuvo « arlequines azules », como los llamó Angel Samblancat, por el traje azul mecánico que generalmente llevaban cuando se trataba de devolver golpe por golpe.

El mundo del trabajo debe aprender de las luchas de la CNT. En ésta, los militantes fueron todos más o menos hombres de acción. Ningún líder hubiese podido serlo si hubiese rehusado la responsabilidad de ordenar, o preparar o ejecutar una acción conceptuada como necesaria. Por ejemplo, la realización del atentado contra el jefe del gobierno, Eduardo Dato, que ordenó las infames conducciones a pie ; que sostenía en el Gobierno civil y Jefatura de Policía de Barcelona a los generales Anido y Arlegui, protectores de las bandas de asesinos y que ordenaban la aplicación a los sindicalistas de la « ley de fugas », el Comité regional de la CNT de Cataluña en pleno lo acordó, con asistencia de todos sus miembros en libertad, desde el secretario Archs hasta Nin, Alberti, Pey, Minguet, y con la conformidad de los miembros destacados por la Comarcal de Reus y en la Comarcal del Alto Llobregat, con sede en Manresa.

De la ejecución del laborioso plan para ejecutar a Dato se encargaron tres obreros metalúrgicos : Mateu, Nicolau y Casanellas. Era un equipo de compañeros jóvenes y desconocidos por la policía, de vida y aspecto intrascendente, trabajadores sin tacha, excursionistas y un poco aficionados al motociclismo. Con este grupo eran cinco los equipos orgánicos que la CNT ponía en marcha para llevar a cabo aquella desesperada operación.

El primer equipo, fue el Pleno del Comité regional, que adoptó el acuerdo. El segundo equipo — Archs, Pey y Minguet — organizó la visita a Dato de la Delegación del Fabril y Textil, en la que incrustó el tercer equipo organizador del plan, compuesto por el secretario del Alto Llobregat y el secretario de la Comarcal de Reus y dos tintoreros de Barcelona, Medín Martí y « Jaume el Pelao ». El cuarto equipo, constituido por el secretario de la Comarcal de Reus y el Comité provincial de Tarragona, que se encargaron de la visita a Evaristo Fábregas, millonario de Reus, a quien convencieron para que entregase cinco mil pesetas para gastos extraordinarios de la Organización, financió la empresa.

Cuando aficionados a la historia escriben que la CNT nunca tuvo participación oficial en las luchas violentas de aquellos tiempos, escriben sobre lo que ignoran. Militantes que en su tiempo tuvieron renombre también hablaron así, dando a entender que la acción sindicalista fue obra de compañeros irresponsables que se movían al margen o por encima de los Comités de la Organización. Nada menos cierto. Lo cierto es que lo decían porque ya eran traidores o porque en ellos se estaba incubando la traición : habían sido delatores o ya tenían un pie en el otro lado de la vertiente.

Aquella acción de la CNT no tuvo las características de la espontaneidad. Las veces que acudió a esa práctica — tantas como se hizo necesario —, lo hizo en defensa de la vida de sus militantes y de la existencia de sus Sindicatos. Cuando el Comité regional de Cataluña dio la orden de ejecutar a Dato, ya no se podía resistir ni un día más al acoso de que era víctima la Organización. En aquellos momentos casi hubimos de hincar la rodilla. Los golpes que nos propinaban eran demoledores. Dato, el clero y los capitalistas habían ordenado a las fuerzas de orden público y a los pistoleros acabar con la CNT y sus militantes.

Pero los Comités, aun en la clandestinidad, seguían su labor. Iban y venían. Genaro Minguet, del Comité regional, hizo llegar al secretario de la Comarcal de Reus, por conducto del compañero llamado « Moreno de Gracia », la orden : « El próximo jueves, a las ocho de la noche, en la farola frente al Wonderbar, en la Brecha de San Pablo ».

— ¡ Hola ! ¿ Cómo estáis allá de dinero ?

— Mal, todo cerrado, bastantes presos y muchos perseguidos.

— Nos han informado de que salís adelante por procedimientos extraordinarios... ¿ Es cierto ?

— Sí, es cierto. Ahora obligamos a los burgueses a cotizar.

— Muy bien. Tú fuiste a Madrid, ¿ no ?

— Sí.

— Pues ha llegado el momento. Pero necesitamos cuatro o cinco mil pesetas. ¿ Podéis aportarlas ?

— Creo que sí, pero tardará una semana.

— De acuerdo. Dentro de una semana exacta, a la misma hora, aquí.

— ¡ Salud !

— ¡ Salud !

Una semana después, a la misma hóra, en la farola del Wonderbar.

— ¡ Hola !

— ¿ Hecho ?

— Hecho. Toma, son cuatro mil pesetas.

— Perfecto. No te doy recibo, pero ya oiréis tronar.

— Si no tenéis quién, contad con nosotros.

— Sí, tenemos con quién. Pero bueno es saberlo. ¿ Quiénes sois, tenéis mecánico ?

— Yo, Batlle Salvat, Saborit, éste chófer y mecánico.

— Conozco a Saborit, es bueno. De ti, ni que hablar. Y tenemos de hace mucho tiempo las mejores referencias de Batlle Salvat. Si fallan los que tenemos, te avisaremos. ¡ Salud !

— ¡ Salud !

 

Tampoco esta vez íbamos a caer de rodillas.

Algún tiempo después José Batlle Salvat y yo estábamos presos gubernativos en la Modelo de Barcelona. Aquella tarde, el oficial de turno de la galería nos dijo que estuviéramos preparados para salir al día siguiente de conducción ordinaria a Galicia. Nos pusimos de acuerdo para intentar fugarnos en el camino. Pero ya no se realizó la conducción de nosotros ni de otros presos. Aquel atardecer, alrededor de las siete, las galerías de la Modelo de Barcelona atestadas de presos se venían abajo a los gritos de « ¡ Ya ! ¡ Ya ! ¡ Ya ! ¡ Han matado a Dato ! »[6] Y por las ventanas enrejadas salían broncos los cantos revolucionarios : 

¡Hijos del pueblo
te oprimen cadenas.
Tanta injusticia
no debe seguir.
Si tu existencia
es un mundo de penas...
Antes que esclavo
prefiere morir. »

Sánchez Guerra, conservador de tendencia liberal, sucedió a Eduardo Dato en la presidencia del Consejo de ministros. Y el mismo día que tomó posesión de la jefatura del gobierno las prisiones de España abrieron sus puertas para dar salida a los miles de presos anarcosindicalistas que sufrían prisión gubernativa. Eran los rehenes que tenía el Estado retrógrado burgués, clerical y militarista.

Fue una gran victoria de la CNT. También fue la victoria de aquella juventud que a punta de pistola mantuvo en pie una organización sindical sin par en el mundo.

 

Cuando asesinaron al « Noi del Sucre »

 La recuperación de la CNT fue rápida. El restablecimiento de las garantías constitucionales lanzó a centenares de sus militantes a la obra de reconstrucción orgánica. Asambleas, mítines y conferencias se producían ininterrumpidamente. Las rotativas y máquinas planas sacaban miles de ejemplares de diarios y revistas. En la imposibilidad económica de convocar un Congreso nacional, la CNT se reunió en Zaragoza aquel verano (1921) en una Conferencia nacional de Sindicatos.

La CNT salió de la represión con más fuerzas que nunca. Fuertes ramas de su cuerpo, como Archs, secretario del Comité regional de Cataluña, y Evelio Boal, secretario del Comité nacional, y otros muchos, fueron asesinados por pistoleros o por la « ley de fugas ». Para la CNT, la pérdida de aquellos valiosos militantes fue como una poda, tras la que le brotaron con mayor vigor nuevas ramas...

Los enemigos de la clase obrera, las derechas retrógradas y los capitalistas, los grandes terratenientes y la nobleza monarquizante, el alto y bajo clero, los carlistas y requetés, todo cuanto sólo puede subsistir con la extorsión de los humildes, se agitaban también, pero en dirección contraria.

Recibí una carta anónima que decía : « Ya sabemos que a las ideas no se las mata. Pero pueden ser desangradas. Es lo que estamos haciendo, desangrarlas. Y ahora te toca a ti ». El anónimo me fue dirigido en carta depositada en el buzón de Solidaridad Obrera, cuya redacción se encontraba entonces en un piso de la calle Conde del Asalto, en pleno Distrito V, que Samblancat llamara « Distrito Huevos de Barcelona ». Me lo entregó Liberto Callejas, que lo recogió con la correspondencia para el periódico.

Lo de « las ideas no se matan, pero pueden ser desangradas » evidenciaba la dirección que seguían los pensamientos de quienes se habían propuesto acabar con nosotros por la vía expedita del asesinato. Acababan de ser asesinados a tiros los compañeros Salvador Seguí y su acompañante Paronas. La ciudad estaba conmovida porque el « Noi del Sucre » era una institución. En los centros confederales se manifestaba una efervescencia hasta entonces nunca conocida. Se hablaba de la deserción de prestigiosos militantes, y se citaban nombres : Simón Piera, Salvador Quemades, Emilio Mira, España, Valero — ¿ cuántos más ? — que prudentemente se alejaban. ¿ Y los que, no tan conocidos, dejarían de aparecer por los locales de la Organización ? ¿ Y los que dejarían de cotizar a nosotros para hacerlo en los sindicatos amarillos del « Libre » ?

¿ Se doblaría la militancia anarcosindicalista de Barcelona ?

Al año justo de haber terminado con el ominoso período de represiones sangrientas contra la CNT, se reprodujeron en Barcelona las violencias. Nuevamente iba a ser puesto a prueba el temple de los militantes del anarcosindicalismo. En Manresa los pistoleros del « Libre&nb