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4 El anarcosindicalismo en el exilio Voy llegando al fin de esta especial manera de escribir unas memorias. Las que escribí para que fuesen editadas. Con la esperanza de que llegasen a ser pródigas en enseñanzas. Sin embargo, tengo mis dudas. No estoy del todo seguro de que puedan tener alguna utilidad. Acaso contengan demasiadas verdades. O lo que me imagino que lo sean ¿Cómo discernirlo? Pertenecer desde el nacimiento a una determinada clase supone tanto como estar marcado con hierro al rojo. Y es lo que me ocurre a mí. Nací obrero. Es posible que las narraciones contenidas en este libro adolezcan de lo que podría llamarse mira proletaria, o estrechez de miras. Pero he querido exponerlas con un estilo proletario. Hemos tenido, los obreros de la Confederación Nacional del Trabajo, los anarcosindicalistas, muchos defectos. Hemos sido igualmente poseedores de grandes virtudes. Equivocados o no, nos movimos noblemente con el impulso que nos daban los tiempos que vivíamos. No nos faltó grandeza para bien morir. Como la tuvo Aldabaldetreco, que llegó al Sanatorio Español de México, lo revisaron los médicos, lo acostaron las enfermeras, se volvió de cara a la pared y murió. ¡Salud, « Treco » !
Ya estoy en Francia. Acabo de llegar a París. Soy uno más de los que afluyen a la capital francesa. Por doquier me cruzo con españoles. Son como yo: briznas que la ola de las pasiones, en su retroceso, irá dejando en los cuatro puntos cardinales del mundo. Los españoles van entrando en Francia, unos desordenadamente, otros formados en sus unidades militares. Dícese que la División 26, la antigua Columna Durruti, al mando de Ricardo Sanz, entró en tan correcta formación, que al pisar tierra francesa le rindieron honores militares las fuerzas francesas que custodiaban la frontera. Lo que está haciendo el gobierno francés no es nada agradable. Pero es lo único que está a su alcance: meter aquella avalancha de gente, viejos, jóvenes y niños, mujeres y enfermos, en campos de concentración. El gobierno francés cumplió el principal objetivo de aquella hora, cuyas campanadas fueron recibidas con oídos sordos en casi todo el mundo. El principal imperativo era salvar la vida de cuantos iba dejando el oleaje en su retirada. Eso lo hizo el gobierno francés. Si se quería más humanidad en el trato y acomodamiento de tantos miles de refugiados, los países civilizados del orbe deberían haber acudido en ayuda de Francia para aliviarla de carga tan pesada. Se necesitaban muchos buques en los puertos franceses para cargar tanta humanidad doliente. No se veía ninguno. Muchos países habrían podido enriquecerse al acudir en salvamento de la masa de refugiados españoles, enorme riqueza potencial, susceptible de poner a flote a muchas naciones de agricultura incipiente, sin industrias, condenada a pudrirse en los campos de concentración de Francia. México llevó unos miles. Chile, en menor escala, hizo otro tanto. La guerra universal paralizaría aquellas muestras de inteligencia y de buena voluntad. Empero, en pequeñas cantidades, los refugiados españoles llegaron a todas las naciones del orbe y crearon una nueva dignidad: la de refugiado. En París, lo primero que hice fue buscar a mi mujer, Pilar. Se encontraba, desde unos días antes, en una de las colonias infantiles que se montaron con ayuda extranjera, principalmente sueca, a cargo del Spaniens Help Kommitten. Iba a ser padre. Mi mujer estaba por dar a luz. En espera de quién sabe qué, nos colocamos en un minúsculo departamento amueblado de la rue Rome. Ya instalados provisionalmente, me dediqué a ver en qué podía ser útil a los dos grandes problemas que teníamos planteados en tanto que parias sin hogar, sin nacionalidad y sin derechos; por un lado, hallar posibilidades de vida para los compañeros. Enseguida estaba el problema que planteaba la zona Centro‑Sur‑Levante, cuyas fuerzas, en gran parte integradas por anarcosindicalistas, quedaban en situación muy comprometida. Los enemigos franquistas, después de la caída de Cataluña, podían atacar en esa zona, sometiendo a Madrid a un cerco total, cortando la carretera a Valencia o, paulatinamente, tomar Valencia, Alicante y demás posibles puntos de embarque para la salida al extranjero de los cuerpos de ejército que defendían Madrid. Muchos miles de españoles cruzaban la frontera. La mayor parte de ellos iban siendo concentrados en los Campos de Ariège, Barcarès, Saint‑Cyprien y otros más. Algunos, los más viejos o más débiles, perecían a causa de las penalidades, como Federico Urales, Antonio Machado y tantos más, cuyos nombres desaparecían en el anonimato de las multitudes. Pero eran muchos los que llegaban a París. Principalmente, cuantos estaban provistos de pasaportes, ministros y funcionarios de los gobiernos central y de Cataluña, miembros de los altos organismos sindicales y políticos, militares, jueces, gobernadores, alcaldes. Se les encontraba por doquier, en los cafés, restaurantes, bulevares, plazas, parques y jardines. Especialmente, se agolpaban en los consulados y embajadas de naciones americanas, formando colas largas, en solicitud de visados para poder abandonar Francia. La obsesión de todos: abandonar Francia. Porque se empezaba a hablar de la guerra inminente.
En un abrir y cerrar de ojos se restableció la vida oficial de la España republicana. Pero en París. Se integraron los Comités, se pusieron en pie los gobiernos. Parte del Comité Nacional y del Comité Regional de Cataluña de la CNT se encontraba ya en París, así como del Comité Peninsular de las Juventudes Libertarias y del Comité Peninsular y del Regional de Cataluña de la FAI. A quien no se le vio fue a Santillán. Con su verdadera personalidad de Sinesio García Fernández, ciudadano argentino, pudo embarcar enseguida, vía Nueva York, para la Argentina. En Santillán se realizaban todas mis prevenciones hacia los compañeros extranjeros que intervenían en la marcha de nuestra organización en España. Actuaban siempre con las espaldas protegidas por la nacionalidad oculta y por el anonimato. Se conocía a Diego Abad de Santillán. Pero, ¿quién tenía la más remota idea de quién pudiese ser Sinesio García Fernández, ciudadano argentino, con pasaporte listo para ir a vivir a su patria? A su llegada a Francia, para los españoles refugiados la condición de paria fue total. No existían derechos civiles: a los juzgados les fue comunicada la prohibición de legalizar los nacimientos de hijos y efectuar matrimonios. No existían los derechos, situación, todavía hoy, inherente a los refugiados en todas las naciones. No se podía tener hogar: los campos de concentración eran para hombres y para mujeres separados. No existía el derecho al trabajo porque la protección de la mano de obra del país asilante o la situación de preso hacían imposible el trabajo libre y remunerado. El estado en que nos encontrábamos sumidos los españoles refugiados en Francia no debe servir para catalogar de injusto e inhumano al gobierno francés. No lo merecía. Sin que hubiese mediado trato al respecto con el gobierno de la República española, admitió nuestra entrada en el país, con o sin pasaporte, ordenadamente o en tropel, y, aunque mal atendidos y tratados, ofreció a los refugiados el cobijo de sus barracones de los campos de concentración. Y lo que es más importante, protegió las vidas de los refugiados, en la medida que lo permitían sus leyes. Entonces, no existía un estatuto internacional de protección a los refugiados políticos, que obligase a los gobiernos a su admisión y cuidado. Cuanto hacía el gobierno francés era improvisado y limitado por nuestro incontable número. Sabemos lo que Francia hizo en aquellas circunstancias. No sabemos de la conducta de otras naciones, porque sencillamente no hicieron nada. Es más, ignoramos lo que, en igualdad de circunstancias, hubiéramos hecho en España. Con un instinto de colectividad admirable, los órganos más o menos gubernamentales, y los reconstruidos Comités de organizaciones y partidos, empezaron a preocuparse de sus miembros y afiliados dispersos por toda Francia o internados en los campos de concentración, y a desparramar, siquiera fuese con cuentagotas, una ayuda económica en proporción a las necesidades y posibilidades. Si bien era cierto que los Comités habían atesorado grandes sumas, no fue para el lucro personal de sus detentadores, sino que, como ración diaria, eran puestas al alcance de los más necesitados. La experiencia de aquellos primeros tiempos reconciliaba al más intransigente opositor con los Comités de cuya honorabilidad se había sospechado. Con esta finalidad se agruparon en París compañeros de las tres ramas del movimiento: CNT, FAI y la FIJL, en un solo organismo: Consejo General del Movimiento Libertario. Por la CNT quedaba integrado por Francisco Isgleas, Valerio Mas, Juan García Oliver y Mariano Vázquez. Por la FAI eran José Xena, Germinal Esgleas, Pedro Herrera y Federica Montseny. Por la FIJL, Juan Rueda Ortiz y Serafín Aliaga. Después de haber cruzado la frontera, completamente desprovisto de representación, me avine a prestar mi colaboración al Consejo General, por dos razones obvias: hacer lo posible por los compañeros de los campos de concentración, y por los que, en la zona Centro‑Sur‑Levante, luchaban contra el franquismo en todos sus frentes, principalmente en el de Madrid. Esgleas, Mas, Isgleas y yo constituimos la Comisión Política del Consejo General, de la que me confiaron la dirección. Teníamos asignados los asuntos del gobierno español y del gobierno catalán, pero no las relaciones con el gobierno del País Vasco y el Consejo General de Asturias y León, como si dichos órganos de gobierno no hubiesen existido nunca. Existía, ya en nuestro país, un Comité de Ayuda a España, presidido por Diego Martínez Barrio. En París, le incorporamos Federica Montseny en representación del Movimiento Libertario. Se le dio el encargo de propugnar su disolución y el reparto equitativo de sus fondos — varios millones de francos franceses — entre todos los organismos nacionales antifascistas. Se creó un organismo de ayuda a los refugiados españoles, cuyas siglas fueron SERE, el cual, con fondos del gobierno Negrín, atendería económicamente las necesidades de los que fuesen a embarcar para México y Chile. Para dicho organismo designamos también a Federica Montseny como representante del Movimiento Libertario. Nos convenía explorar las intenciones del que había sido gobierno de la Generalidad de Cataluña, pues nos enteramos de que Tarradellas disponía de fondos destinados, se decía, a la ayuda económica de personalidades catalanas. A mí me pareció que la explicación que Tarradellas me dio sobre los tesoros confiados en depósito al gobierno de la Generalidad de Cataluña, pertenecientes al Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, era un subterfugio, alejado de la verdad. Tarradellas, que durante mucho tiempo dispuso de un avión para su uso personal, hizo con él muchos viajes a Francia. Era cosa de averiguar lo relacionado con esos viajes, las cuentas del gran capitán que me dio sobre la suerte de los tesoros del Comité de Milicias y sus alegatos de la incautación que de ellos hicieron los carabineros de Negrín, un mes antes del abandono de Barcelona, y las asistencias a los catalanes prominentes del mundo de la cultura. Por la Comisión política, Isgleas se encargó de localizar a Tarradellas y a Companys. El y yo fuimos una mañana a visitar a Companys, alojado en un departamentito, según nos explicó, de un catalán que residía hacía ya tiempo en París. Companys y nosotros dos, desprovistos de las representaciones oficiales que tanto nos habían distanciado, nos sentamos a platicar y comentar lo más reciente: la dimisión y renuncia a la presidencia de la República de Azaña. Porque...
El día anterior, se produjo el cataclismo moral menos previsible. Azaña dimitió de la presidencia de la República española. Cuando salí a la calle y compré los periódicos de París, en primera plana vi la noticia de la renuncia de Manuel Azaña. ¿Era posible? ¿Se podía renunciar, como si tal cosa, a la presidencia de un régimen que los fascistas habían necesitado casi tres años para abatirlo, con ayuda militar de Alemania e Italia? No salía de mi asombro. Lo hecho por Manuel Azaña era el golpe más bajo que podíamos recibir. Azaña no reunió a los grandes de su República, los que lo sostuvieron al frente de sus mesnadas, contra viento y marea. No. Azaña, por el hecho de que en París los que primero leen el periódico son los porteros, desde su refugio de Saboya presentó en realidad su abdicación a los porteros. La renuncia a la presidencia de la República española entrañaba también la anulación de funciones legales del gobierno Negrín y de todas las autoridades y dejaba a los combatientes de la zona Centro‑Sur‑Levante en la situación de bandas armadas; la dimisión de Azaña les hacía perder la categoría de ejércitos regulares, incapacitándolos para poder negociar una paz digna con el enemigo y, en su defecto, gestionar con los representantes extranjeros la salida del territorio español. Aquella mañana, 28 de febrero de 1939, a las diez, nos encontrábamos todos los integrantes del Consejo general del Movimiento Libertario. En mi función de encargado del Departamento político, informé de las graves consecuencias de la renuncia de Azaña. Estas fueron mis conclusiones: había que proteger con el manto de la legalidad tanto a los refugiados como a los combatientes de la zona Centro‑Sur‑Levante. La única manera de lograrlo era conseguir que Diego Martínez Barrio, presidente del Parlamento y constitucionalmente sucesor de la presidencia de la República, se trasladase a la zona Centro‑Sur‑Levante, tomase posesión de la presidencia, crease un nuevo gobierno y, de acuerdo con el pensamiento mayoritario de los antifascistas, se pronunciase por la continuación de la guerra o por la paz negociada en los campos de batalla. El Consejo general del Movimiento Libertario en pleno, si fuese menester, debía estar presto a acompañar a Martínez Barrio, a ayudarle a constituir gobierno. Todo ello entrañaba entrar en franca colisión con las apetencias de seguir gobernando de Negrín y los comunistas. Deberíamos estar preparados para tomar las decisiones que exigían los intereses generales del antifascismo español, representados en aquellos momentos por la mayoría de las fuerzas militares y del pueblo, encarnados en el Movimiento Libertario y los republicanos, sin desdeñar la minoría socialista caballerista, mayoría efectiva dentro de la UGT. Por unanimidad, se aprobó mi dictamen oral de la situación. Se me confió llevar a cabo las gestiones cerca de Martínez Barrio. A Martínez Barrio lo encontré en su oficina del Comité de Ayuda a España. Me recibió con afecto, expresado en su pronunciado acento andaluz. Alto y con manifiesta tendencia a la obesidad, muy peinado, con ojos que parecían mirar hacia dentro de sí mismo, tenía algo de buda sonriente. La suave manera que tenía de saludar, entregando sólo la punta de la mano, definía su actitud cautelosa. Nadie sabía si políticamente era hombre de derechas, de centro o de izquierda. Se separó de Alejandro Lerroux porque estaba éste demasiado desgastado. Heredarlo hubiese sido heredar una carroña. Martínez Barrio, desprendiéndose de unos y otros, fundó un partido que no parecía tener afán de ser izquierdista, centrista o derechista. Era una mano tendida para saludar, de la que solamente daba la punta de los dedos, para que el interlocutor imaginase el resto. Como político, lo inquietante eran sus mutismos. De nada servía hablarle frontalmente de un problema importante. A la tercera vez que tuve ocasión de hablar con él, me di cuenta de que su hermetismo ocultaba un gran vacío. Por lo que me contó una secretaria suya, a Martínez Barrio las autoridades francesas le habían comunicado el refus de séjour para toda Francia. Y la secretaria me explicó: «Don Diego está ultimando los detalles de su próxima partida a América». Hablé extensamente a Martínez Barrio de nuestros puntos de vista respecto a la situación creada por Azaña con su renuncia y de la absoluta necesidad de que él llenase aquel vacío legal, de manera que la España republicana que todavía luchaba en la zona Centro‑Sur‑Levante no quedase en situación de bandidaje, ni sometida al mando irresponsable de Negrín. Su traslado a la zona republicana era de imperiosa necesidad para tomar posesión de la presidencia de la República, crear un nuevo gobierno y perfilar la actuación a seguir. Al efecto, estaba autorizado para expresarle la adhesión del Consejo general del Movimiento Libertario, que en su mayor parte estaba dispuesto a acompañarle a Madrid, si, como era de esperar, lograba fletar uno o varios aviones. No pretendíamos empujarle a una aventura descabellada, porque allá, en aquella parte de España, teníamos los anarcosindicalistas y los republicanos mayoría en los mandos militares. Y, como garantía, le aseguraba que tanto yo como Federica Montseny y Mariano Vázquez estábamos decididos a acompañarle. Sus lacónicas contestaciones fueron: — Ya había meditado en las nuevas obligaciones que me incumben. Debo meditarlo detenidamente. Debo hacer algunas consultas. Le agradezco su ofrecimiento de acompañante. Si llegase el caso, preferiría la compañía de usted y de Federica Montseny. Veré lo de los aviones ¿Le parece que nos veamos mañana a esta misma hora? ¿Puede dejarme su dirección, para una emergencia?
Aquel mismo día, al anochecer, fue entregada en la portería de donde vivíamos una citación urgente, para mí y mi mujer, para que al día siguiente, a las nueve de la mañana, nos presentásemos en el Departamento de Extranjeros de la Prefectura de Policía. Los extranjeros citados a una hora, procuran llegar media hora antes a la puerta de la oficina. Así lo hicimos. Pasamos de los primeros. Mostramos el papel citatorio, el empleado lo mostró al jefe de oficina, éste lo entregó a otro empleado, quien nos pidió que lo siguiésemos; de la planta baja subimos por la gran escalera al último piso, anduvimos por un amplio pasillo, nos detuvimos ante una puerta, el que nos acompañaba nos hizo pasar y nos puso a disposición de un empleado, sentado en su mesa de trabajo, el cual leyó el oficio que le entregó nuestro acompañante, se puso a escribir en un largo libro en que aparecían varias secciones. Cuando hubo terminado, nos pasó el libro, indicándonos dónde debíamos estampar nuestra firma de « enterado ». Se nos comunicaba el refus de séjour. Firmamos. Recibimos la boleta de despido. Era todo. ¿Motivos? Ninguno. La Francia que prevalecía en la Prefectura de Policía, con la mayoría de jefes comprometidos con fascistas de todo tipo que estaban asfixiando el país para adormecerle el espíritu combativo, acababa de apuntarse un buen tanto al obligarnos a mi mujer, que estaba por dar a luz, y a mí a buscar otro país donde poder residir. ¿Otro país? ¿Cuál? En lo sucesivo, cuanto tratase de hacer en el Consejo general del Movimiento Libertario por los compañeros internados en Francia o en lucha todavía en la zona Centro‑Sur‑Levante, adolecería forzosamente de mi rara situación legal en París. Porque...
Era Companys, que nos hablaba a Isgleas y a mí: — La dimisión de Azaña no me ha sorprendido. Creo que no podía hacer otra cosa. También yo estoy considerando la conveniencia de renunciar a la presidencia de la Generalidad de Cataluña. De Azaña, como de mí, se abusó excesivamente. Todos querían manejarnos a su antojo, no al servicio de España o de Cataluña, sino de sus partidos y organizaciones. Aspiro ya a ser independiente. Y poder dedicarme a los míos. En Bélgica tengo un hijo en un sanatorio, muy enfermo, el pobre hijo mío. Ellos, mi mujer y mi hijo, necesitan de mí, como hombre, como padre. Precisamente estoy viendo de arreglar la ida de todos a Nueva Zelanda, lejos de todo lo que fueron afanes de patria y amigos. Se contuvo y prosiguió: — Os pareceré algo ridículo. Cada día y cada hora nos traen un nuevo afán. Pero supongo que vosotros no habréis venido solamente para oírme hablar. Supongo que tenéis que hablarme. Hacedlo, soy vuestro completamente. Habló Isgleas: — Si me dejó asombrado y pasmado la noticia de la renuncia de Azaña, tus proyectos, Companys, me dejan anonadado. Si se os obliga a marchar a Nueva Zelanda, es una cosa, y supongo que nadie podría evitarlo. Pero si voluntariamente renuncias a la presidencia de la Generalidad y abandonas Francia por dicho motivo, serás muy mal interpretado. La derrota que hemos sufrido no nos afecta a nosotros hasta llegar a tan lamentables extremos. Aquí, si nos dejan estar, o donde vayamos, seremos siempre los mismos, sin renunciar a nada. Y hablé yo: — Azaña no debió renunciar en el extranjero. De querer hacerlo, debió hacerlo en España en circunstancias propicias para promover su sustitución. Lo mismo te digo, Companys. No ignoraba el estado de salud de tu hijo. No sé si sabes que tengo mujer y un hijo que está por llegar. Los tres tenemos ya un refus de séjour y no sé que será de nosotros. Pero yo no renuncio a nada... Proseguí... — No hemos venido para tratar de esta clase de asuntos. Algo hay del pasado, que concierne a las actividades del gobierno de la Generalidad y que podría dar lugar a situaciones delicadas, tanto para ti, como presidente de la Generalidad, como para los sucesivos gobiernos que la gobernaron. Me refiero a los tesoros depositados en la Generalidad por el Comité de Milicias, procedentes de requisas y por cuyas entregas se extendieron recibos detallando las piezas y cuantías de las mismas. Los recibos van firmados por un representante del Comité de Milicias, por el jefe de grupo de requisa y por el consejero de la Generalidad Ventura Gassol, en funciones de consejero de Cultura. Eres abogado. De sobra sabes que con uno solo de esos recibos pueden, los de allá, promover un proceso y demandar la extradicción del consejero Ventura Gassol y del presidente de la Generalidad. Acaso, también, de todos los que son o fueron consejeros. Cierto que se trata de hechos que solamente pueden acreditar la extremada honorabilidad de cuantos intervinieron en las expropiaciones, incautaciones y custodia. — Sí, sí, sé que tienes razón y comparto tus inquietudes al respecto. Sin embargo, bueno es que sepáis que cuanto estaba depositado en el palacio de la Generalidad fue trasladado cerca de la frontera francesa en unos carritos, que fueron interceptados por carabineros de Negrín, quienes, por orden escrita del propio Negrín, nos requirieron su entrega, con el compromiso formal de encargarse de su embarque y traslado a puerto seguro en el extranjero. Vosotros sabéis cuáles eran los procedimientos de los carabineros de Negrín. Se apoderaron de todo, dejando constancia escrita, de la que se hizo cargo Tarradellas. Las explicaciones de Companys se contradecían un poco con las que me diera Tarradellas un mes antes de abandonar Barcelona. Según éste, fue todavía en Barcelona donde los carabineros de Negrín se incautaron de los valores depositados en la Generalidad, entre los que se encontraban los pertenecientes al Comité de Milicias. O lo que quedase de ellos, ya que la consejería de Hacienda de la Generalidad hubo de hacerse cargo desde el principio del financiamiento de los gastos que ocasionaba el sostenimiento del Comité de Milicias, para los cuales no existían presupuestos y que eran extraordinarios.
Asistí a la segunda entrevista con Martínez Barrio, según habíamos convenido el día anterior. Le conté que me habían pedido las autoridades francesas que abandonara Francia. Una enigmática sonrisa contrajo sus párpados. Era su manera de sonreír para dentro. Debía ser cierto que a él le había ocurrido lo mismo. Era de suponer que tras la renuncia de Azaña se produciría el reconocimiento por Francia del gobierno de Franco. Martínez Barrio me explicó que, por lo que había logrado enterarse, Negrín y sus ministros, más algunos jefes militares de filiación comunista y algunos miembros del Buró del Partido Comunista de España se habían trasladado, desde Toulouse, en aviones a la zona de Madrid. Me explicó que, lamentablemente, en el momento de su llegada a la España republicana, Negrín había sido reconocido como jefe del gobierno por todos los sectores antifascistas, incluidas la CNT y la FAI. — ¿Qué me dice usted a esto? — me preguntó. — Que si es cierto, es lamentable. Sin embargo, de ser cierto, por tratarse de un acto de proclamación de emperador romano por sus tropas, no debía poner freno a su traslado a Madrid para tomar posesión legal de la presidencia de la República. Y, al respecto, cómo, cuándo y desde dónde debía ser la partida, y qué personas deberían acompañarlo. — Tiene usted toda la razón. Sí, creo que debemos impedir que Negrín se proclame una especie de emperador, que, dicho entre paréntesis, es como se ha estado conduciendo hasta este momento desde que le fue confiada la presidencia del Consejo de ministros. — Entonces, cuanto antes procedamos, será mejor ¿No le parece, don Diego? — Sí, pero nada podemos hacer. Negrín dispuso de todos los aviones del gobierno republicano que existían en Francia estacionados en Toulouse. Por mi mandato, se están haciendo gestiones para ver de lograr uno o dos aviones franceses, ingleses o belgas. No hay nada seguro al respecto. Es más, cada hora que transcurre se agrava nuestra situación y capacidad legal de poder movernos, no ya en avión a la zona republicana, sino hasta para poder andar a pie de aquí a la Bastilla. Vea lo que le ha ocurrido a usted: de ayer a hoy ya no es el mismo. Le tolerarán aquí unas horas o unos días, quién sabe. — Sin embargo, creo que los gobiernos de Francia y de Inglaterra podrían ser interesados en apoyar a un gobierno de liquidación de la guerra, siquiera para lograr una relativa tranquilidad en el Mediterráneo, lo que podría permitirnos acercar buques suficientes a los puertos de Valencia, Alicante y Cartagena para ver de salvar a quien quisiese salir al extranjero. En fin, para evitar la matanza de miles de seres humanos. — Sí, tiene usted toda la razón. Y me place tratar asuntos políticos con usted. Siendo usted ministro de Justicia, compareció ante la Comisión permanente de las Cortes, que yo presidía, para abonar en favor de una amnistía que alcanzase hasta a los presos comunes. Recuerdo que dijo: « Una revolución es una renovación. También es el trazado de caminos nuevos para la Humanidad. Cuanto más caído esté el hombre, más necesidad tiene de poder incorporarse ». Algo así dijo ¿no es cierto? — Sí, en efecto, pero ¿en qué quedamos? — Opino que hemos de estar expectantes. Yo tengo la dirección y teléfono de usted y, además, la del Consejo General del Movimiento Libertario. En cuanto sepa algo que nos permita marchar, o que merezca un cambio de impresiones, le aviso urgentemente. De esta manera, usted y yo podemos atender a los muchos asuntos que reclaman nuestra atención.
Pasaron los días. En el Consejo General del Movimiento Libertario cada comisión trabajaba activamente en sus asuntos. Reinaba inquietud. Se carecía de noticias fidedignas de la situación en la zona Centro‑Sur‑Levante. Se sabía algo sobre Negrín, los jefes comunistas y sus andanzas. Nuestro ministro, Segundo Blanco, no enviaba ningún informe. Y si lo hacía, sería a Marianet. Pero éste afirmaba no haber recibido nada. La caldera de los rumores internacionales estaba en ebullición. La guerra. La guerra, que se consideraba inminente entre Alemania, Japón e ItaIia contra Francia e Inglaterra y quién sabía qué otras naciones, estaba en las conversaciones de todos. Fui llamado a la oficina en París de la sección española de la Liga de los Derechos del Hombre. Quien lo hacía era mi buen amigo Eduardo Ortega y Gasset, que abandonara su puesto de fiscal general de la República española al no poder parar la arremetida de Irujo contra Aurelio Fernández. Estaba con él Mariano Sánchez Roca, que fue mi subsecretario, y el cónsul de México en Marsella, un tal señor Bonet. Ortega y Gasset me explicó que esperaban la visita de la duquesa de Atholl, miembro del parlamento inglés, interesada en hablar conmigo, principalmente sobre la situación de los refugiados. Serían las once de la mañana cuando apareció la duquesa. Era una mujercita simpática, que se ajustaba a la idea que de las damas inglesas nos dan los dibujos humorísticos sobre los turistas ingleses. Ni muy alta ni muy pequeña, sin ostentación, de pelo rubio, de edad mediana, sus pequeños ojos azules miraban solicitando ser comprendida y perdonada por su nombre de duquesa de Atholl. Quería saber por mí cómo poder acudir en ayuda de los españoles refugiados en campos de concentración o dispersos por Francia. Prometía interponer toda su influencia en nuestro favor. Era la suya la segunda voz de ayuda que nos llegaba desde el extranjero. La primera fue de las Sociedades Hispano Confederadas de Nueva York, que enviaron dos delegados a París, Castro y Delgado, para ayudar sobre la marcha, en los casos de urgencia. Precisamente, la noche anterior había estado con ellos y me sentí emocionado al darme cuenta de que en un mundo que nos parecía un desierto sin ecos existían núcleos de personas que estaban pendientes de nosotros, ahora que éramos hojas al viento. Hablé a la duquesa de Atholl de la riqueza potencial que suponían la mayoría de los refugiados en Francia, y de cuánto se beneficiarían naciones como Australia y Nueva Zelanda que fletasen barcos y se llevasen miles de ellos, porque se trataba de individuos preparados en sus oficios y en situación de ponerse a trabajar en el acto, sin la larga preparación y costo de convertir un niño en adulto y prepararlo para un trabajo determinado. Adonde fuesen, podían transformar en cinco años una sociedad típicamente agraria en sociedad de economía mixta. — Creo — dijo la duquesa de Atholl —, que debe hacerme un informe, detallando a su manera, que resulta muy descriptiva, cuanto me ha estado contando. Si me promete tenerlo preparado para mañana, a esta misma hora pasaré a recogerlo. Le hice el informe. No pude acudir a entregárselo, por tener que atender a otros asuntos apremiantes. Lo entregué a Eduardo Ortega y Gasset, con el ruego de disculparme con la duquesa.
Las embajadas y consulados de las naciones americanas parecían hormigueros. Sus salas, repletas. Sus pasillos, repletos. En las calles, los guardias no permitían estacionar. Había que estar de puertas adentro. En la embajada de México logré abrirme paso hasta Narciso Bassols, el embajador. Era comunista y sentía preferencias por los negrinistas españoles. Me escuchó atentamente y me remitió al señor Gamboa, en la secretaría general de la Embajada, donde junto con la secretaria, esposa de Gamboa, atendía a los refugiados españoles. También Gamboa y su esposa eran comunistas y sentían preferencias por los negrinistas. Tomaron nota de quién era yo, de mi situación y la de mi esposa, y me dijeron que por el momento nada podían hacer por mí. Que, en el caso de ser resuelta favorablemente mi solicitud de trasladarme a México, me avisarían. Me dijeron que en la embajada de Chile también se hacían listas para emigrar a dicho país sudamericano. Pero fui informado de que también eran preferidos los negrinistas, por ser comunista el encargado de las inscripciones, el poeta Pablo Neruda. Cierto o no, ya no tuve ánimo de ir. Después de todo, pocas ganas tenía de dejar Francia. Y no sentía ninguna de soportar las colas humillantes, las caras impasibles de los que recibían y escuchaban, cansados también ellos de tantas gentes suplicantes. Nos llamaron otra vez de la Prefectura de Policía. Fui yo solo, pues mi mujer ya no aguantaba cinco minutos de pie. La llamada era para preguntar qué hacia en Francia y qué esperaba para dar cumplimiento al refus de séjour. Hube de explicar que estábamos en espera de que nos concediesen el visado para México, cuya solicitud habíamos hecho. Al llegar a casa, me encontré con una llamada de Martínez Barrio. Deseaba hablar conmigo. Era urgente. Me recibió con evidente desasosiego, él siempre tan calmoso. Me informó que acababa de tener noticias sobre acontecimientos muy graves que se estaban produciendo en la zona republicana. Negrín, sus ministros y los jefes comunistas, así como algunos jefes militares, comunistas también, como Modesto, Líster, Tagüeña y otros, habían regresado precipitadamente a Toulouse. Se decía que había lucha en Madrid, donde las fuerzas anarcosindicalistas estaban dominando a las unidades comunistas que se habían sublevado para no acatar a una Junta de Defensa que había dado el puntapié a Negrín y se había hecho cargo de la situación. Los hombres de la nueva situación parecían ser el coronel Casado y Cipriano Mera, jefe éste del IV Cuerpo de ejército. La Junta de Defensa la integraban libertarios, socialistas no negrinistas y republicanos. Martínez Barrio me preguntó: — ¿Cree usted que todavía podemos hacer algo? — No lo sé. Desde aquí no puedo juzgar. Pero si pudiese disponer usted de avión, mejor sería irnos allá inmediatamente. — Lo siento mucho. Antes no podía moverme por carecer de aviones. Ahora, que en Toulouse debe haberlos, no me permitirían llegar allá. Además, según todos los informes, la Junta de Madrid será aplastada por los ejércitos franquistas si no se rinden inmediatamente. Franco ha manifestado a las potencias europeas que no admite ninguna clase de negociación y diálogo. O capitulación lisa y llana, o muerte en lucha. Habla fuerte y se le teme, pues se supone que es la voz de Hítler. — ¿Qué hacer, pues? ¿Se acabó todo? — le dije. — ¡Quién sabe! Los que logren huir de Europa acaso puedan contarlo algún día. ¿Ha resuelto usted algo sobre adónde dirigirse con su esposa? — Nada, todavía. En la embajada de México me dijeron que tenía que esperar. Y lo que yo esperaba realmente era la oportunidad de ir con usted a Madrid. — Pues apúrese. Esto apesta a quemado.
El Consejo General del Movimiento Libertario acordó el 7 de marzo a propuesta mía, después de haber informado sobre mis gestiones cerca de Martínez Barrio, enviar a la Junta de Defensa de Madrid un telegrama de adhesión. Si bien el acuerdo fue unánime, hubo que vencer las reticencias de Marianet, que se escudaba en la conveniencia de conocer antes lo que pudiera explicar el ministro de la CNT, Segundo Blanco. Marianet se contradecía continuamente. Esperar a que informase el ministro de la CNT en el gobierno Negrín, era anular el acuerdo anterior del Consejo General, que condenaba a Negrín y a su gobierno a desaparecer, por carencia de base legal al renunciar Azaña a la presidencia de la República y al acordar nosotros su sustitución por Martínez Barrio, y proponía el traslado de éste a Madrid, acompañado por la mayor cantidad posible de miembros del Consejo General del Movimiento Libertario. Marianet tuvo que convencerse de que no era lo mismo escuchar el informe obligado del compañero Segundo Blanco que oír, y aprobar o no, la gestión del representante de la CNT en el gobierno Negrín. En aquella ocasión, Marianet pretendía volver a sus gitanerías: sí y no; revolución total, no. Pero sí si era posible gobernar desde la calle; con Largo Caballero pasase lo que pasase, para volverle la espalda y pegarse como lapa a las faldas de Negrín; sumisión absoluta a los acuerdos de la CNT, pero quebrantándolos continuamente. Todo realizado con la colaboración de prestacabezas y una abigarrada mecánica de plenos egionales, con la que le fue posible lograr conservar el cargo de Secretario del Comité Nacional, y no presentar la renuncia al terminar el año de ejercicio, como establecían los acuerdos del Congreso de 1931, no obstante ser observados escrupulosamente en su Regional de origen, que conoció como secretarios a Valerio Mas, Dionisio Eroles, Juan Doménech y Francisco Isgleas. En el Consejo General, se había puesto fin a la ilimitada capacidad de maniobra de Marianet. Todavía se toleraba que firmase como Secretario del Consejo, siempre que su firma fuese acompañada de la de Germinal Esgleas. Todavía entonces, el 7 de marzo, no se había puesto en claro el problema del dinero y de los bienes del Movimiento, muy presionados todos los depositarios por mi insistencia y la de Juan Rueda Ortiz, que en el Consejo representaba a la FIJL. Este asunto me tenía muy escamado. En la primera reunión que tuvo el Consejo General, condicioné mi colaboración a que fuese expuesta con toda claridad la situación de los bienes orgánicos, para saber con qué se contaba y qué destino darle. Aquella reunión tuvo lugar en un restaurante cuyo primer piso tenía salitas para fiestas y comidas íntimas. Entre trago y trago, algo de concreto se dijo por parte de algunos depositarios: la Organización tenía capacidad económica para fletar un barco que trasladase compañeros a América. Se acordó que los depositarios Herrera, Xena, Mas y Marianet se reunirían, harían sumas y nos informarían de los totales. Dichos totales no los supimos nunca. En una reunión restringida que celebramos en mi casa, Mas dijo que andaban muy equivocados los que suponían que el Movimiento poseía grandes cantidades de dinero. Por lo que él había podido aclarar hasta aquel momento, en francos franceses muy devaluados ya, los fondos existentes no debían exceder los seis millones. En aquel momento estuve tentado de presentar mi renuncia al Consejo General del Movimiento Libertario. El incumplimiento de los acuerdos que nos llevaron a enviar la circular número 1 a los campos de concentración, anunciando a los compañeros que se atenderían las necesidades de cada uno, que se fletaría un barco por nuestra cuenta, etc., terminaba con la imprecisa declaración de que solamente poseíamos unos seis millones de francos, sin relación de cantidades ni de sus aportantes; después de haber esperado casi dos meses, se afirmaba mi impresión de que los depositarios se estaban conduciendo como propietarios de unos fondos, a cuya capitalización habíamos contribuido todos y que pertenecían a la Organización. Estábamos en mi casa. El conserje, a requerimiento de la Prefectura, me vigilaba estrechamente. Por ello no levanté la voz al oír aquella ridícula declaración de bienes orgánicos. Pero al quedarme a solas con Francisco Isgleas, último secretario del Comité regional de la CNT de Cataluña, le dije: — Ahora me explico por qué se luchó tanto para impedirme ocupar la secretaría del Comité regional de Cataluña. Tú fuiste el elegido y te digo que si a mí me hubiesen presentado esa ridícula declaración de bienes, por de pronto no la habría admitido y hubiese exigido un careo con los depositarios: Nemesio Gálvez, Facundo Roca, Valerio Mas, Aguilar y los demás. — ¿Pero tú crees que en el extranjero, sin domicilio autorizado, sin base orgánica, debiendo callar hasta los suspiros, podemos reclamar una investigación? — Tienes y no tienes razón, Isgleas. Aquí te han dado unos totales de capitales y, en la calle, en los campos de concentración, se habla de muchos millones. Si no existían tales millones, debió declararse desde el primer momento, y no hacer referencia a las posibilidades económicas de poder fletar buques ni al envío de misiones a México para montar industrias en las que poder dar trabajo a los compañeros que fuesen llegando. Estamos ante un caso de ocultación de realidades o se cometió un fraude al dar esperanzas a los compañeros. Al estar con vosotros comparto la responsabilidad, pero no me gusta nada la irresponsable conducta de la Comisión Económica del Consejo. — Tampoco a mí. Pero si nos dejas ahora, esto sería un desastre.
No obstante, había llegado el momento de dejar aquel equipo de compañeros del Consejo General del Movimiento Libertario. Entre ellos, era una pieza suelta, cada vez más me representaba a mí mismo. En cambio, la mayoría de sus componentes estaban atados por muchos intereses creados. Los ataba también el reiterado abandono de los más elementales principios revolucionarios a partir del 23 de julio de 1936, con su secuela de caída vertical del prestigio de la CNT. Al tener noticias de la deposición de Negrín y de su gobierno, acometida por los compañeros de aquella zona, mi actitud fue de franca y total adhesión hacia ellos, que puso de manifiesto el telegrama que el Consejo general les envió. No obstante los rumores contradictorios que pronto hicieron circular los elementos comunistas, mi adhesión se fundaba en la comprensión de lo que pudo ocurrir en la zona Centro‑Sur‑Levante. En el Consejo de Defensa, creado como órgano de gobierno, formaban militantes anarcosindicalistas abnegados. Eran Eduardo Val, Manuel Salgado, Manuel González Marín, Cipriano Mera, Juan López y otros. Todos ellos acordaron y decidieron marchar adelante en una empresa tan compleja que requería condiciones excepcionales para salir triunfantes. Lograron subir uno, dos, tres escalones, y cayeron. Era el momento de realizar en grande la guerra revolucionaria, dejando la somnolienta trinchera y saliendo disparados los radios de grandes guerrillas con el espacio como objetivo. Sacudirse el equipo Negrín y mantener sus métodos arcaicos de conducir una guerra con las tropas como topos en las trincheras, como en el Verdún de 1917, era el suicidio ¿Quién les hizo entregarse al coronel Casado? ¿Cómo pudo ocurrírseles colocar el Consejo Nacional de Defensa bajo la presidencia del general Miaja, el de la pluralidad de carnets partidistas y chascarrillo a flor de labios? De lo ocurrido en la zona Centro‑Sur‑Levante después del derrocamiento del gobierno Negrín, debe suprimirse lo accidental y dejar lo permanente. En Madrid, en la noche del 6 de marzo de 1939, el anarcosindicalismo llevó a cabo la liquidación del conjunto surgido de las cenizas del mayo de 1937 en Barcelona. A partir de mayo de 1937, se inicia la polarización del rencor nacional contra los comunistas, los soviéticos y su pelele Negrín. El estilo de Negrín era repelente. La violenta disolución de los órganos que la revolución se había dado, como el Consejo de Aragón, las Patrullas de Control, los Consejos de Obreros y Soldados, las Escuelas populares de Guerra; la militarización de las Industrias de Guerra, la requisa de pequeñas pertenencias familiares, como los anillos de matrimonio, los pendientes de la novia, el broche de la abuela; el envío a la Unión Soviética de los depósitos de telas y paños, dejando casi desnuda a la población; el saqueo de máquinas y equipos de nuestros centros fabriles por indicación de Stachevski, consejero de economía del consulado general de la URSS en Barcelona, para ser enviados a su país; y mil cosas más hinchaban el odio y el rencor. La CNT en Cataluña recogió, gota a gota, el rencor de su clase obrera, y se preparó para llevar a cabo un movimiento general que permitiese derrocar a Negrín y los comunistas sin correr el riesgo de una rotura general de los frentes de combate. Fue cuando rompió sus relaciones con el Comité nacional de la Organización, por su excesiva entrega a Negrín, por su alianza con la apócrifa UGT de los negrinistas y el Frente Popular de los comunistas. La rotura de relaciones con el Comité Nacional duró varios meses, hasta que la CNT se reunió en Pleno Nacional de Regionales. Lamentablemente, la mayoría de Regionales, con la del Centro a la cabeza, respaldó al Comité Nacional y aun reforzó su pronegrinismo. Tal actitud, que suponía la desautorización de quienes en Cataluña estábamos contra Negrín y a favor de una rectificación total de la línea colaboracionista de la CNT, fue sostenida hasta después de la renuncia de Azaña a la presidencia de la República. A la llegada de Negrín a la zona Centro‑Sur‑Levante, logró la total adhesión del Frente Popular de aquella parte de España, con el voto de la CNT y la FAI. Pero, al fin, ocurrió lo que tenía que producirse, lo que se había iniciado después de mayo de 1937, lo que se incubaba desde el Pleno de Locales y Comarcales de Cataluña del 23 de julio de 1936. Fueron los compañeros de Madrid quienes resolvieron la ecuación. Si la guerra fue planteada porque lo quisieron los anarcosindicalistas de Barcelona, poner fin a ella correspondía a los anarcosindicalistas, de Madrid o de donde fuese. La sinceridad obliga a recabar la gloria y la responsabilidad. Casi tres años de guerra. Con el ejército disciplinadamente intacto, sostenido por Italia y Alemania, los franquistas llegando a disponer de diez aviones por cada uno nuestro, de cinco baterías artilleras por una nuestra, de diez ametralladoras por una, de diez fusiles por uno, de todas las fábricas de pólvora del país. En tales condiciones, ¿cuánto duró la guerra? Cualquier jefe de Estado Mayor hubiera afirmado que no podíamos sostenernos más de medio año. Y nos sostuvimos treinta y tres meses. El pueblo español se midió con los militares profesionales en las calles de Barcelona, primero, venciéndolos en complejas luchas callejeras que duraron treinta horas. Después los batió en Gijón, Santander, Bilbao, San Sebastián, Valencia, Alicante, Almería, Murcia, Albacete, Málaga, Ciudad Real y Madrid. No fue la de ellos una victoria material fácil. Sus ejércitos tuvieron que vérselas con nuestros milicianos. Sus generales tuvieron que enfrentarse a un Mera albañil, a un Ortiz ebanista, a un Durruti ajustador mecánico, a un Domingo Ascaso panadero... Los compañeros de Madrid tenían derecho a esperar la concertación de un tratado de paz que, poniendo fin a una guerra ganada y perdida a medias por ambas partes, abriese un porvenir sin la monstruosidad de las matanzas en masa que cometieron los francofalangistas en los pueblos y ciudades que iban conquistando.
No se hizo la paz ni se pacificó. La guerra siguió en pie. Ellos, trepados en los hombros de tres cuartas partes de la España vencida. Nosotros, vencedores morales de aquella contienda, esperando dar el salto en el momento oportuno. Porque la historia sabe esperar. Sin victoria moral, nada podrán edificar los que sólo vencieron materialmente. No podrán hacer la paz. Así y no de otra manera fue la terminación de nuestra guerra.
Yo defendí apasionadamente a los compañeros de Madrid. Las causas y motivos de mi defensa hasta por ellos eran ignorados. Esos mismos compañeros que en Madrid tomaron tan importantes decisiones, al salir de España e instalarse en Londres, no se mostraron conformes con la constitución del Consejo general del Movimiento, y mucho menos con su pretensión de ser la máxima autoridad entre la militancia emigrada, al principio, y con posible proyección en España después. ¿Era justa su posición? Para mí, lo era. El Consejo general del Movimiento Libertario se creó caprichosamente. Para ello aglutinó los compañeros que no querían dejar de ser dirigentes de la CNT, de la FAI y de la FIJL. Como, según ellos, los tres organismos superiores ya no tenían razón de existir, crearon un organismo único que los sustituyese y, a la manera de los comunistas, daban las cosas por hechas, sin haberlas sometido a la deliberación de la militancia. Los compañeros residentes en Londres objetaban el nuevo organismo y el procedimiento que se empleó para crearlo. Sus argumentos eran simples y sólidos. Alegaban ser lo último que existió de la CNT, la FAI y las Juventudes Libertarias. Ellos fueron el último Comité nacional y las últimas tres Regionales existentes, la del Centro, la de Andalucía y Extremadura y la de Levante. Tuvieron que adoptar resoluciones, de las que asumieron la responsabilidad ante la Organización, ante el proletariado mundial y ante la historia. Tenían razón. Así lo expresé ante el Pleno del Consejo del Movimiento Libertario. Y así lo expresé en la reunión en que comparecieron delegados por los compañeros de Londres: Juan López, último secretario del Comité nacional de la CNT en la zona Centro‑Sur‑Levante; Manuel González Marín, de la Regional del Centro, y Eduardo Val, del Comité de Defensa del Centro. El Consejo general del Movimiento Libertario desechó las justas demandas de los últimos representantes de la CNT en la España combatiente. Al hacerlo, se pisoteaban de nuevo las normas orgánicas. Lo hice constar y, ante la consternación general, presenté mi dimisión irrevocable.
Me fue fácil separarme de las actividades del Consejo general. Este tenía ya su representación en el SERE, organismo que, con fondos que aportó Negrín de España, estaba encargado de canalizar los refugiados hacia los países que los admitiesen. De manera partidista, ciertamente, con tendencia a favorecer a comunistas y negrinistas. No obstante, por estar constituido el SERE con representaciones de todo el antifascismo español, se vería forzado a facilitar pasajes a los oponentes de Negrín, si bien en escala reducida. La escasa capacidad económica declarada por Valerio Mas en nombre de todos los depositarios de bienes orgánicos hacía que el Movimiento Libertario fuese incapaz de fletar barcos y de ir a México a realizar el proyecto de creación de industrias y otras fuentes de trabajo, asignado a Juan Rueda Ortiz, a Serafín Aliaga y a mí. No siendo yo depositario de bienes orgánicos ni de ninguna especie, y con un refus de séjour encima, bien poca cosa podía esperarse de mí. Estaban contados los días de mi permanencia en Francia. Cada quince días se reclamaba mi presencia en la Prefectura y cada vez se me requería para que abandonase el país. La madrugada del 28 de mayo se internó mi mujer en la Maternidad. A la una de la tarde, la enfermera de guardia me comunicó que era padre de un beau garçon. Cuando me dejaron visitarla al día siguiente, mi mujer se encontraba bien y el beau garçon me pareció bastante feíto. Ser padre me produjo una sensación hasta entonces desconocida. Supongo que a todos los padres les ocurre lo mismo ante el primer hijo. Cuando a los once días de estancia en la Maternidad regresó a casa mi mujer con el hijo, ocurrieron dos hechos notables: el conserje y su mujer, que siempre nos habían tratado hoscamente, como a gente « no grata », se derritieron de emoción al ver el pequeñuelo. Lo besuquearon, se deshicieron en atenciones para con la madre, nos invitaron a una copa de buen vino y, hasta que nos fuimos, nos trataron tan delicadamente que nos sentimos reconciliados con todos los franceses, hasta con los de la Prefectura, que reclamaban implacablemente el abandono del país. No debe uno precipitarse en juzgar a las gentes. Al final, el afán de la Prefectura de echarnos del país era el bien más grande que podía hacernos. Al día siguiente, fui llamado al teléfono de la portería. El comisario encargado de nuestro caso me llamaba para felicitarme por ser — ¡al fin! — padre, y recordarme que ya no debía pensar en excusarme con el embarazo de mi mujer, requiriéndome para que abandonara Francia. Pasados unos días me llamaron nuevamente al teléfono. Ya no era la voz del comisario. Era una voz de mujer, de cálida entonación y timbre juvenil. Me encargaba de parte del prefecto que me presentara al día siguiente en la oficina del propio prefecto. Me recibió la cálida voz que oí por el teléfono. Era la secretaria particular del prefecto. En su nombre, me rogaba explicarle el curso de mis gestiones para conseguir visado para algún país. Quería saber el prefecto cuándo abandonaría Francia, porque estaba sometido a « muy fuertes presiones » a causa de mi prolongada estancia en el país. — Ignoro — le dije a la preciosa secretaria del prefecto — cómo está mi asunto y cuándo podré abandonar el país. Todavía espero que me avisen desde la embajada de México. — ¿Presentó usted su solicitud por escrito a la embajada de México? — me preguntó. — No, señorita, fue verbal. — Vea usted. Se le comunicó un refus de séjour. Todavía se encuentra en el país y no posee ninguna prueba de estar haciendo gestiones para abandonar Francia. ¿Cierto? — Sí, señorita, es cierto. — Pues, según entiende el señor prefecto, necesitamos alguna prueba de su acatamiento de la orden de abandonar el país. Le aconsejo dirigir carta certificada a varios gobiernos de distintos países en solicitud de visado. Las cartas debe hacerlas guardándose copia y recibo de certificado. Cuando las tenga, viene a verme y me las entrega. Yo le haré un recibo de todo. ¿De acuerdo? — Sí, señorita, de acuerdo.
Hice cinco cartas de solicitud. Al gobierno de los Estados Unidos de América, al gobierno de Cuba, al gobierno de México, al gobierno de Inglaterra y al gobierno de Suecia. Las certifiqué y llevé las copias y los recibos de certificado a la secretaria particular del prefecto. Pensé que no había sido mala la idea de las cartas certificadas. Era de suponer que alguna cosa contestarían. Me dediqué a esperar. En esa espera recibí la visita, muy de mañana, de Francisco Isgleas. Estaba demudado. Supuse que algo serio debía ocurrir. — ¡Se murió Marianet! — ¿Qué dices? ¿Cómo pudo ser eso? — Murió ahogado, bañándose en el Marne, algo lejos de aquí, en un pueblecito. Será enterrado, según me dijo Germinal Esgleas, este mediodía. Los compañeros del Consejo general me pidieron que te rogara nos acompañes al entierro. Me quedé perplejo. Como cuando el doctor Santamaría y el sargento Manzana me contaron su versión de la muerte de Durruti. Según explicaron, su versión era veraz, pero había sido ocultada a todo el mundo, dejando creer que murió heroicamente por bala del enemigo. No hubiese estado bien que yo me opusiese a la ocultación de la verdad. Después de todo, ¿cuál debía ser la verdad sobre la muerte de Durruti? Durante muchos años la versión del disparo accidental del « naranjero » fue desconocida. Después, al correr de los años, no faltaría quien, como Santillán, descorriese el velo. Pero no yo. Esa versión nunca la admití del todo, pues Durruti nunca anduvo con « naranjero » ni arma en la mano. A lo sumo, llevaba una pistola enfundada en pistolera al cinto. Tampoco quise oponer dudas a la versión que Isgleas acababa de darme sobre la muerte de Marianet. Me resultaba inadmisible que Marianet se hubiese ahogado en el Marne, porque era buen nadador y se contaba de él la proeza de haber cruzado a nado el puerto de Barcelona, desde la Barceloneta hasta la Puerta de la Paz. Me callé. Y me callé cuando el compañero Bernardo Pou, en artículo que le publicaron en Cultura Proletaria de Nueva York, inició la tentativa de mitificación de Marianet por su muerte accidental y que se empezó a querer atribuir a nuestros — o sus — enemigos. Dicho artículo tenía el título de « La muerte de Marianet » y como subtítulo « ¡Te vengaremos! ». Llegamos Isgleas y yo a la pequeña estación del pueblecíto del Marne y a pie nos dirigimos a la casita en que yacía Marianet a punto de ser llevado a enterrar. Se inició la marcha hasta el cementerio, y descendieron el ataúd a una fosa recién abierta. Ni una palabra de despedida. Nadie del acompañamiento tomó la iniciativa de hacerlo. Los que le acompañaban cuando se ahogó, Horacio Prieto, Serafín Aliaga, Delio Alvarez y su compañera Conchita, permanecieron callados. Isgleas y Esgleas también callaron. Yo hice lo mismo, pues nadie me pidió hacer el responso. Espontáneamente, no se me ocurrió hacerlo. Orgánica e ideológicamente estábamos enfrentados. Cuando me explicaron el accidente que le costó la vida, me quedé mudo de estupor. Ninguno de los que le acompañaban hizo el gesto de tirarse al río cuando aparecieron burbujas en el lugar en que se hundió, al parecer atrapado entre hierbas. Nadie se tiró a salvarlo, a darle una mano. Allí se quedó hasta bastante tiempo después, cuando acudieron socorros que lo hallaron lejos de donde se sumergiera. Fue inútil la respiración artificial que intentaron los de la Cruz Roja. Nos marchamos del cementerio. Germinal Esgleas nos invitó a Isgleas y a mí a regresar a París en el pequeño automóvil que conducía Minué, seguramente el mismo que utilizó Marianet en vida. Por el camino, Germinal me fue contando lo sucedido. Al atardecer del día anterior, le comunicaron la muerte de Marianet y sus circunstancias. El y Federica se fueron inmediatamente al piso donde Marianet tenía su oficina personal y... — Asómbrate, Juan — me dijo Esgleas —, encontramos un archivo nutrido donde los militantes más significados del Movimiento tenían su respectiva ficha, con sus antecedentes, sus vicios, sus tendencias personales y sus posiciones ideológicas de hoy y de ayer. Si me acompañas, al llegar a Paris, te lo mostraré. — No, no te acompañaré, ni me interesa ver mi ficha. Esa imitación de Stalin carecía de astucia. A Stalin nunca se le hubiera ocurrido tirarse al Marne después de haber comido copiosamente y haber bebido tinto de Burdeos.
Era cierto lo que me contó la secretaria de Martínez Barrio. Este preparaba su viaje a México, vía Nueva York. No podía hacerlo dejando en el aire la presidencia del Comité de Ayuda a España y sus fondos. Como existía la propuesta del Consejo general del Movimiento Libertario de disolución del Comité y de reparto de fondos entre todas las organizaciones y partidos antifascistas, planteada por Federica Montseny, se convino proceder al reparto de los fondos por igual a los representantes autorizados de los Comités nacionales. Germinal Esgleas, marido ya de Federica Montseny, aunque actuaba de secretario del Consejo general del Movimiento Libertario, se vio en el caso de pedirnos a Horacio Prieto y a mí que prestáramos la garantía de nuestras personas para el cobro de los dos medios millones de francos que les correspondían a la CNT y a la FAI. De manos de Martínez Barrio y en presencia de Federica Montseny cobramos Horacio medio millón de francos en billetes de mil y yo otro tanto, también en billetes de mil francos. Ni Horacio ni yo tuvimos tiempo de darles calor en nuestras manos. En el rellano que daba al ascensor por el que debíamos bajar, nos aguardaba Germinal Esgleas, quien recibió de Horacio Prieto y de mí los dos fajos de billetes. Fue mejor así. Con sacudirnos después las manos, pudimos exclamar: «De tales lodos, ni los polvos».
A su debido tiempo acudí a la Prefectura a entregar las copias de las cartas que envié en solicitud de visados de residencia a los gobiernos de los Estados Unidos, México, Cuba, Inglaterra y Suecia. La secretaria del prefecto tomó nota de ellas, así como de los recibos de certificados. Pero llegó la primera contestación. Era del gobierno de Su Majestad Británica, que se excusaba por no encontrarse en situación de poder atender a mi solicitud. Días después me llegó respuesta del ministerio de Negocios extranjeros de Suecia, que me comunicaba que el gobierno sueco atendía a mi solicitud, rogándome pasara por el consulado general de Suecia en París, con los pasaportes. Así de sencillo. En las oficinas del SERE me dieron una cantidad de dinero para pago de pasajes. Comprometí los pasajes vía Inglaterra — Bélgica no admitía refugiados españoles ni en tránsito — para el 15 de julio de 1939. Antes, escribí al compañero John Andersson, secretario de la SAC y de nuestra internacional, AIT, con sede en Estocolmo, comunicándole la fecha de llegada a Goteburgo, desde donde nos dirigiríamos a Estocolmo. Esperaba que pudiesen ayudarnos a encontrar trabajo del que poder vivir. Le anotaba los trabajos que podía realizar con competencia: camarero de restaurante, barnizador de muebles y trabajador textil en tintes y aprestos. Procuré arreglar mi partida en el mayor silencio. A nadie me sentía obligado a darle cuenta de cuándo ni dónde iba a dirigirme. Tomamos el avión en Le Bourget en las primeras horas de la mañana del 15 de julio — el siguiente de haber contemplado el desfile de tropas por los Campos Elíseos —, rumbo al aeropuerto de Croydon en Londres. Del aeropuerto fuimos en taxi a la estación de Saint Pancras, donde tomamos el tren para Tilbury, a lo largo del Támesis, para abordar un pequeño barco que hacía la travesía hasta Goteburgo. Duele tener que dejar París.
Con los ingleses del tren no llegamos a intimar. Correctos, circunspectos. De igual manera se conducían los que viajaban en el Britannia. En el comedor, nos tocó, en una mesa para cuatro, un matrimonio inglés. Corrección y circunspección. Ni interés ni despego. En las otras mesas, estaban tan silenciosos como en la nuestra. Se sentaban, inclinando ligeramente la cabeza en señal de saludo, comían silenciosamente y sin estrépito de cubiertos, se levantaban, e inclinaban otra vez levemente la cabeza. En la mañana del 16, nos anunciaron nuestra próxima llegada a Goteburgo. Debíamos tener listos los pasaportes que serían revisados en la cubierta del barco por los aduaneros y policías suecos. Hasta aquel momento, apenas si tuvimos la impresión de ser refugiados. Ya en el puerto de Goteburgo el Britannia, un oficial del buque recogió los pasaportes de los viajeros para entregarlos a los policías suecos. A nosotros nos llamaron primero, por tener yo pasaporte diplomático. Nos fueron devueltos los documentos y nos acompañaron a la escalerilla de desembarco, ayudando a mi mujer, que llevaba el hijo en brazos, y a mí que cargaba con dos maletas. En el muelle se nos acercaron unos desconocidos, muy sonrientes: « Välkommen! ¿García Oliver? », preguntaban. Eran compañeros pertenecientes a una sección de la Sveriges Arbetaren Centralorganisation, SAC, avisados de nuestra llegada por John Andersson. En la imposibilidad de comprendernos, pues ninguno de ellos hablaba español ni francés, con gestos les rogamos conducirnos a la estación de ferrocarril de donde partía al cabo de dos horas un tren de pasajeros con destino a Estocolmo. En julio, todavía el paisaje era grato para un meridional como yo. Pero decían que los inviernos eran largos y fríos. ¿Nos permitirían el clima duro y el idioma tan distinto a los de origen latino arraigar lo suficiente como para poder ganarme la vida trabajando? No teníamos elección. Bien o mal, tendríamos que acomodarnos a los usos y costumbres de aquel acogedor país escandinavo. En el andén de la estación de Estocolmo nos esperaban. De un grupo de personas se adelantó una a nuestro encuentro, sonriente y natural, como si me conociese de mucho tiempo atrás. — Soy Helmut Rüdiger — me dijo —. Nos conocemos ya de Barcelona, aunque a lo mejor no te acuerdas. Bienvenidos. Venid que os presente a John Andersson y otros compañeros que han venido a saludaros. Yo no conocía a aquel compañero. Sin embargo, temiendo ser indiscreto, no se lo dije, y como si fuésemos amigos de toda la vida, le contesté con naturalidad: — ¡Qué casualidad encontrarte aquí, compañero! Es una gran cosa haberte encontrado. Hablas bastante bien el castellano y podrás ayudarnos mucho. Gracias por todo, Rüdiger. Vamos a saludar a los compañeros. No hubo necesidad de que Rüdiger hiciese las presentaciones. Los que nos esperaban se condujeron como si fuésemos viejos amigos. De sus labios salía continuamente el Välkommen. Nos llevaron al café de la estación. Rüdiger y su compañera Dora nos ayudaron haciendo las traducciones, pues hablaban el sueco. Después supe que ambos eran alemanes y que habían vivido unos años en Barcelona dando clases de alemán. Pasamos unos días en casa de los Rüdiger, compañeros muy amables y, como nosotros, refugiados. Vivían en una casita con jardín en un suburbio de Estocolmo llamado Hagalund. En el mismo Hagalund los compañeros encontraron para nosotros un pequeño departamento. La nuestra era una vivienda provisional, parecida a la de la mayor parte de los trabajadores suecos, que no prestaban mucha atención a las comodidades del hogar. Pronto recibimos la visita de una mujer encantadora, Syster Märtha, enfermera jefe del Solna Mjölkdropen, la Gota de Leche de Solna, de la que dependíamos por tener un hijo pequeño. Syster Märtha, que sabía algo de francés, nos explicó el alcance social del Mjölkdropen. Teníamos que ir a inscribir el hijo, llevarlo a la visita del médico una vez por semana y recoger al mismo tiempo los alimentos para él de acuerdo con las disposiciones del doctor. Nos dijo que el hijo no debía dormir de noche con la madre, sino que debía tener su propia cunita; que si no podíamos comprarla, nos facilitarían una. Igualmente, que debíamos sacar el hijo todos los días a tomar el aire, aunque lloviese o nevase, siendo disculpable solamente los días de ventisca. Pero que no debíamos llevarlo en brazos, sino en un cochecito, y que si no podíamos comprarlo, nos lo prestarían. Nos comunicó que en Suecia, la Mjölkdropen estaba facultada para quitar los hijos a los padres que les daban mala vida, e incluso si los tenían en bajas condiciones de higiene. Finalmente, Syster Märtha nos invitó a cenar con ella, resultando la velada sumamente agradable. A los pocos días de nuestra llegada, tuve una entrevista con Andersson. Por Rüdiger me enteré de que nuestra organización en Suecia era tan pequeña que nunca pasó de los treinta mil afiliados, siendo leñadores su contingente más numeroso. Sin embargo, pese a que no llegaban a tener los afiliados de uno solo de nuestros sindicatos de Barcelona, administrativamente eran maravillosos. Eran propietarios de su casa local de Klaravästrakyrkagatan. Poseían amplias secretarías para las necesidades burocráticas y redacción del periódico diario Arbetaren y la revista ideológica Sindicalismen. De la edición del periódico y de la revista se encargaba la cooperativa de ediciones que poseían y que, además, hacía otros trabajos de imprenta y editaba libros. Sólo tenían dos cargos burocráticos: la secretaría general, que ocupaba John Andersson, y la tesorería general que era llevada por Shapiro. La dirección y administración del periódico y revista corría a cargo de la cooperativa de ediciones, que cubría el sueldo de Albert Jensen. Lo que tenía que platicar con Andersson era muy delicado para mí. Se me acababa el escaso dinero que me proporcionó el SERE a mi partida de París, y, como fuera y de lo que fuese, tenía imperiosa necesidad de colocarme en algún trabajo. ¿Cómo hacerlo desconociendo el idioma y con escasa influencia nuestra organización en las industrias que yo conocía bien? Pero si los compañeros de la SAC no podían proporcionarme trabajo en una de esas industrias, sí podían presentar mi caso al Spaniens Hjälp Kommitten, al que ellos pertenecían, con la organización central de Sindicatos y demás organizaciones y partidos antifascistas suecos. Así se lo expresé a Andersson. Este compañero con exquisita finura me dijo que ya había estudiado el asunto el Comité central de la SAC y que había acordado que, sin perjuicio de tratar de encontrarme trabajo, no tenía por qué preocuparme del problema económico, pues me habían concedido el subsidio que para esos casos tenía acordado la organización. Dicho de manera tan delicada, no podía sentirme lesionado en mi amor propio. Insistí, después de darle las gracias, en la conveniencia de que me ayudasen a encontrar un trabajo que me permitiese cubrir mis necesidades y contribuir al sostenimiento de la organización. Circunstancias extraordinarias, como la guerra universal, comprimieron de tal manera las actividades en el país, que en los dieciséis meses que permanecí en él no encontré colocación. Aquella existencia parasitaria me amargaba y me impulsó a buscar salida para América.
¡La guerra! Cuando el 15 de julio dejamos Francia la guerra se consideraba ya inminente. Se la esperaba y se la temía. No nos asombraba contemplar desde el tren cómo los ingleses trabajaban como orugas en sus jardincitos para construir refugios antiaéreos. Nuestra llegada a Suecia, país tradicionalmente pacifista y neutralista, nos apartó de las usuales rutas de los ejércitos europeos. Cuando llegamos allí, la paz era la aspiración general del pueblo sueco. De su pasado belicoso y guerrero, los suecos no hablaban nunca. Conservaban, muy disimulado, el pesar por la pérdida de Finlandia. El botón escondido en un dobladillo de las bocamangas del uniforme de gala de los soldados simbolizaba a Finlandia. ¡La guerra! Salía yo de la secretaría de la SAC cuando me topé con Albert Jensen, director de Arbetaren y de Sindicalismen. Estaba agitadísimo. — ¡Kriguet! — me espetó mientras se dirigía a hablar con Andersson. Entré yo también en la secretaría de la AIT y de la SAC. Encontré a aquellos dos viejos militantes obreros, anarquistas, pacifistas, humanistas, abrazados uno al otro, llorando de gran pesar mientras gemían « ¡Kriguet! ¡Kriguet! » Odiaban la guerra. En su lugar, yo también la hubiese odiado. Pero yo estaba en mi lugar, no en el de ellos. Dentro de mí estaban intactos los odios de una guerra de casi tres años, de la que todavía brotaban las sangres por los mil chorros abiertos en el cuerpo del pobre pueblo español por los falangistas, los franquistas, los fascistas, los nazis. Ahora, al declarar la guerra las naciones democráticas al Eje Roma‑Berlín‑Tokyo, del que era satélite la España de Franco, se presentaba la oportunidad de que, al final de la contienda, la caída del nazifascismo arrastrase la del régimen falangista‑militar español. Yo daba por descontado que el final sería la derrota de los nazifascistas. En consecuencia, tomé decisiones rápidas. Adquirí una radio de onda corta para captar emisoras de habla española o francesa. Al día siguiente me presenté en la embajada francesa, en solicitud de visado para Francia. Era necesario rellenar una hoja de solicitud, explicando los motivos. Lo hice, diciendo que siendo refugiado antifascista español deseaba reunirme con mis compañeros internados en Francia, luchar con ellos y compartir su suerte. En apoyo de mi solicitud escribí una carta al sindicalista francés Léon Jouhaux, líder de la CGT, rogándole interpusiera su influencia para que pudiera regresar a Francia. No recibí contestación del gobierno francés. Tampoco la recibí de Léon Jouhaux. En la embajada inglesa hablé con el embajador, para rogarle que, en caso de guerra con la España franquista, me llevasen en barco frente a España y me desembarcasen donde pudiera eludir la vigilancia costera. Me dijo el embajador inglés que, en aquel momento, por ser todavía neutral el gobierno franquista, ni siquiera podía tomar en consideración mi demanda. Pero que le dejase mi dirección, por si Franco salía de la neutralidad y entraba en la guerra al lado de Alemania. Al estallar la guerra entre Finlandia y la Unión Soviética, la conmoción fue todavía mayor. Los suecos sintieron en su cuerpo la guerra de sus hermanos fineses. Suecia oficialmente se declaró neutral con respecto a Alemania por un lado y la Unión Soviética por el otro. Hubo fuertes debates en el Riksdag. Pero Suecia se mantuvo neutral oficialmente. El pueblo sueco, en general, prestó gran ayuda a los fineses, en aquella desproporcionada guerra. Se recogieron y enviaron a Finlandia grandes cantidades de productos farmacéuticos, de primeras curas. Salieron con destino a Finlandia batallones de trabajadores voluntarios para el trabajo de trincheras y fortificaciones; en suscripciones públicas se recogieron más de 350 millones de coronas. Por aquellos días recibí desde Francia una carta del compañero Jover. Me contaba que él formaba parte de unos 300 refugiados españoles para los que el ministro de Estado del gobierno Negrín, Alvarez del Vayo, había pedido derecho de asilo al gobierno de Suecia. La lista estaba compuesta de ministros, diputados, catedráticos, magistrados, gobernadores, generales y coroneles. La solicitud había sido cursada hacía tiempo y no se recibía contestación. Me rogaba interpusiera mis gestiones a fin de obtener una resolución favorable del gobierno sueco. Con la carta fui a visitar a Andersson, para rogarle que fuese él quien realizase la gestión. Andersson me dijo que yo sería el mejor gestor que pudiesen tener aquellos refugiados, por lo que me aconsejaba que fuese a visitar a Günther, ministro de Negocios extranjeros, excelente socialdemócrata, según me explicó. Me atendió el primer secretario del ministerio. Me rogó que dejase mi dirección para preparar una entrevista con el ministro lo más pronto posible. Vista la situación, le expuse el objeto de mi visita: enterarme de la situación en que se encontraba la solicitud elevada por Alvarez del Vayo. — Puedo explicarle la situación de dicho expediente, porque ya fue a sesión del gobierno y recayó acuerdo negativo — me dijo el secretario. El acuerdo negativo de gobierno había recaído en los primeros días de junio. Yo había enviado mi solicitud de asilo en Suecia lo menos diez días después. Se lo hice observar al primer secretario. ¿Suponía un cambio de actitud hacia aquellos refugiados españoles? — No, no hubo cambio — me aclaró —. A juicio del ministro, Christian Günther, usted hizo cuando pudo por restablecer la ley y el derecho de gentes. Ello imposibilitaba negarle a usted el asilo en Suecia. Y con este criterio llevó su solicitud a Consejo de ministros y el gobierno acordó concederle el derecho de asilo. Eso explicaba que mi familia y yo fuésemos los únicos refugiados en Suecia. Pero Suecia concedía inmediatamente derecho de asilo a cuantos perseguidos aparecían en sus fronteras, en sus playas o puertos. Ello explicaba la aparición continua de nuevos perseguidos políticos en las calles de Estocolmo.
Un día terminó la guerra en Finlandia, con la capitulación del gobierno finés. Era curioso observar el cambio radical que experimentaron los suecos ante aquella capitulación. Los suecos comprendían muy bien la imposibilidad en que se encontraban los fineses de ganar aquella guerra. Pero, muerto el primer finés, había que continuarla hasta el fin, pasase lo que pasase. Porque la vida de un hombre vale tanto como la vida de los demás hombres. Si tenían que capitular, pudieron hacerlo antes de desencadenar la guerra, ahorrando la matanza inútil de tantas gentes. Aunque Suecia se declaró neutral, la declaración de rotura de hostilidades trajo sus inconvenientes. Escasez de materias alimenticias de importación. Se implantó el racionamiento, sin preferencias, hasta sin mercado negro. También trajo la preparación civil para la guerra. Se construyeron grandes y pequeños refugios antiaéreos para protección de la población civil. Con razón o sin ella, los suecos se preparaban para la guerra, que indudablemente habrían hecho si hubiesen sufrido un artero ataque como el que los nazis llevaron a cabo contra Noruega.
En los primeros tiempos de lo que terminaría por ser guerra universal, al irse conociendo mi domicilio en Suecia, muchos de los compañeros que quedaron en Francia fueron escribiéndome. Sus cartas revelaban todas la misma preocupación: ¿Qué sería de nuestra causa? Franco había declarado la neutralidad de España. Si la guerra era ganada por el Eje, Franco continuaría, y si la ganaban las democracias, Franco continuaría también. ¿Cuál sería el porvenir, en tales condiciones, del Movimiento Libertario español? Mis respuestas fueron invariables. Hasta que un día, por razones especiales, dejé de contestar. Como sea que el silencio no deja huellas y mis cartas sí produjeron impacto, reproduzco una síntesis de mis contestaciones a las cartas de José Juan Doménech, de Miguel García Vivancos, de Gregorio Jover y otros. « El llamado Movimiento Libertario debe desaparecer. Solamente deben quedar las siglas de nuestra organización sindical, CNT. La FAI fue un fracaso total durante la experiencia revolucionaria. Creada para que los anarquistas pudiesen vigilar la dirección y el desarrollo de la CNT en el proceso revolucionario que se estaba gestando en 1927, en el momento en que más necesario era afirmar la concepción revolucionaria del anarcosindicalismo, dio una voltereta completa, por inducción de sus máximos dirigentes — Federica Montseny y Diego Abad de Santillán —, renunciando al ensayo de dar "todo el poder a los Sindicatos para la realización del comunismo libertario". La capitulación de la FAI fue total cuando, para mendigar unos puestos de ministros, gobernadores, militares y policías, rompió con todas las tradiciones del anarquismo revolucionario español, disolviendo su organización clásica en grupos de afinidad, adoptando el sistema orgánico de cualquier partido político, y, en una torpe parodia de lo que hacían los comunistas de Estado, admitió en su seno a miles de sedicentes anarquistas. La FAI, que fue causa del fracaso de la revolución social en España, tenía que desaparecer; y de empeñarse algunos en que debía subsistir, tendría que ser en virtud de su propios méritos, y no absorbiendo el potencial de la organización obrera, de la CNT. Sin embargo, considerando que la CNT solamente existe cuando puede constituir sus sindicatos en la legalidad o en la clandestinidad, y esa circunstancia no se daba en el exilio ni en el interior de España; considerando que si no se dotaba a la emigración de un órgano político de combate, nunca se podría iniciar y llevar a cabo la liberación de España, tanto durante la guerra universal como cuando ésta hubiese terminado, convenía ceñirse a tácticas que en cualquier circunstancia emergente posibilitasen la liberación de España, manteniendo en pie solamente el organismo de valor permanente que era la CNT. Y agotado el período posibilista de la FAI, estudiar la posibilidad de dotar al anarcosindicalismo de un órgano transitorio de lucha, que podría denominarse Partido Obrero del Trabajo, POT, cuya subsistencia, lograda la liberación de España, sería sometida a reconsideración, como lo serían también los principios y finalidades de la CNT, para lo cual sería convocado un congreso reconstructivo.»
La liberación de nuestro país continuaría obsesionándome. Sólo que no lograba asir el instrumento adecuado para luchar por ella. La FAI se había corrompido en manos de la familia Urales y de Santillán, y difícilmente se lograría hacer de ella un efectivo órgano de combate. Corroída por la politización, vacía de valores anarquistas, sin grupos de afinidad, había pasado a tener menor proyección en la política española que la que tuvieron el Partido Sindicalista y el Partido Federal. Para mí, al cabo hombre de acción, el problema era sencillo: luchar. Y para que la lucha fuese eficaz, dotar a los luchadores de un organismo adecuado. No se trataba de auspiciar un organismo que propiciase el medro personal. Pero cada cual entiende las cosas a su manera. Entre García Vivancos y Jover se estaban produciendo roces a propósito de quién de los dos sería el jefe del nuevo partido. Aquellos dos compañeros, antes fraternales amigos, estaban intoxicados por los galones de mayor y de teniente coronel que habían logrado en el ejército republicano. Y Jover estaba dando síntomas de oportunismo comunistoide. El proyecto del Partido Obrero del Trabajo, como una organización disciplinada de lucha, había dejado de ser interesante para mí. Les escribí para decirles que no contasen conmigo para el proyecto de Partido Obrero del Trabajo. La dispersión de la militancia anarcosindicalista aconsejaba un repliegue. Helmut Rüdiger me informó, muy reservadamente, de que Germinal Esgleas, con carácter de secretario del Consejo general del Movimiento Libertario, había escrito a la SAC y a la AIT, requiriéndoles para que no se me prestase ayuda material o moral, alegando que la idea de crear el Partido Obrero del Trabajo era de mi paternidad. Sin haber sido oído ni juzgado por la militancia, la familia Urales me condenaba, al hambre y a la miseria. Nadie mejor que ellos sabían que yo no me aproveché de la revolución ni en un mísero real. El Consejo directivo de la SAC rechazó enérgicamente el requerimiento de los Urales, que, después de la extraña muerte de Marianet, habían pasado a detentar el poder orgánico, incluido el más o menos importante poder económico de la Organización. ¿Tenían razón aquellos dos experimentados anarcosindicalistas, presidente y secretario respectivamente del Sindicato Unico de la Alimentación de Barcelona, Escandell y Monteagudo, cuando un día del año 1919 sacaron a empellones a Federico Urales del local social de la calle de Guardia?[2] Al dar cuenta, en reunión de militantes, de su conducta, declararon: « O acabamos con la familia Urales, o la familia Urales acabará con la Organización ». ¿Tenían razón? ¿Tenían razón Peiró y Mascarell cuando, después de acordar realizar la unidad dentro de la CNT en el Congreso de Zaragoza del año 1936, me insinuaron que, después de todo, quizá los Urales acabarían también conmigo como militante de la CNT? La expresión acabar conmigo estaba desplazada. En la CNT, nunca aspiré a nada, y menos a una personalidad cimentada en años de actividad burocrática. En el Congreso Nacional del Conservatorio, en 1931, propuse que no excediese de un año de duración cualquier cargo retribuido en la CNT. E hice más apremiantes mis demandas a Andersson de que me facilitase algún trabajo en lo que fuese. Muy vagamente se me dio a entender que se sentirían muy apenados por las críticas de que serían objeto al consentir que a una personalidad de tanta significación en el sindicalismo mundial se le viese trabajando de camarero o en cualquier otro oficio. Se alegaba también que, según leyes sociales vigentes en Suecia, ningún extranjero podía trabajar mientras existiese un trabajador sueco en paro; y, por entonces, a causa de la guerra universal, había en paro forzoso muchos obreros suecos.
Desde aquel momento me hice el firme propósito de abandonar Suecia. Quería vivir de mi trabajo, no de la solidaridad. Visité la embajada de México, en demanda de visado de admisión. Escribí a Félix Gordón Ordaz, nuestro embajador entonces en México. Anduve por los consulados de Chile y de Venezuela. Escribí a los amigos de las Sociedades Hispanas Confederadas, de Nueva York. Cuando los nazis ocuparon Noruega, quedaron prácticamente bloqueados el Báltico y el mar del Norte. La tensión entre Suecia y Alemania llegó a su máximo. Había que ir pensando en qué hacer en el caso de que los nazis invadiesen Suecia. Yo pensaba en cuál podría ser la existencia de guerrillero en aquellas latitudes. ¿Guerrillas en Suecia? Militarmente habría sido fácil organizarlas. Todo sueco apto para las armas era considerado en servicio activo hasta los 45 años de edad. Periódicamente hacían unos días de prácticas militares, a las que acudían desde sus hogares con su uniforme gris, el fusil y su módulo de tiro. En toda vivienda existía el armamento reglamentario de uno o varios soldados. Resultaría cosa fácil armar partidas de 50 o 100 guerrilleros ¿De qué podrían vivir los guerrilleros sobre el terreno? No podrían sostenerse mucho tiempo, si el gobierno no preparaba con antelación depósitos de vituallas y municiones. No fue necesario. De pronto, la tensión existente desapareció. Se suspendió la febril construcción de refugios antiaéreos y se hicieron menos insistentes las prácticas de movilización civil. Por debajo de nuestra casa pasaba la vía del ferrocarril que iba hasta Noruega. Un día nos dimos cuenta de que, de vez en cuando, las tropas nazis iban de Suecia a Noruega o viceversa. Suecia se había salvado de entrar en guerra. Las decisiones del gobierno socialdemócrata fueron aceptadas sin discusión ni oposición, porque respondían a la manera de ser de los suecos.
Los suecos son muy eficientes. Lo son en todo. En sus sistemas cooperativos, por ejemplo. El cooperativismo en Suecia se regía por principios esencialmente libertarios. Era socio cooperador quien quería serlo, mediante una aportación de cien coronas que se podían retirar cuando se quería. Cada año se reunía la Federación de Cooperativas, a cuyo congreso asistían los delegados de todos los centros de cooperadores. Las reuniones locales se organizaban a la manera libertaria de elección de mesa de discusión, con un presidente, un secretario de actas y otro de palabras. Por procedimiento libertario se nombraba la delegación de uno o más miembros al Congreso anual de Cooperativas.
Pasó el invierno, con su tupido manto de nieve y hielo cubriendo lagos y ríos. El bosque, que empezaba donde terminaban las calles de Hagalund, invitaba a ser recorrido en cuanto la primavera empezó a llenarlo todo de agua. Se fundían los hielos y los lagos volvían a ser de agua, con sus patos y sus cisnes. Era agradable vivir en Suecia y yo me sentía muy bien entre los suecos. Me deprimía la falta de derechos políticos y me sentía como empequeñecido por no poder trabajar para ganar el sustento. Cada mes era lo mismo: de la oficina de Shapiro, de quien recibía el socorro mensual, iba a la de Andersson para insistirle en lo de buscarme trabajo, siempre con el mismo resultado. Forzoso me sería escapar. En París había entrado en relación con dos delegados de las Sociedades Hispánicas Confederadas de Nueva York, Castro y Delgado, anarcosindicalista uno y socialista el otro. Sociedades Hispánicas los había enviado a Francia para ayudar económicamente a quienes tuviesen visados y les faltase dinero para los pasajes. Me quedé con su dirección. Les escribí explicándoles mi lamentable situación moral. Quería salir de Suecia y dirigirme a cualquier nación americana donde se me permitiese trabajar. ¿Podrían ayudarme ellos a conseguirlo? Necesitaba visados para mí, mi mujer y mi hijo y dinero para los pasajes. Aunque la guerra, les decía, tenía bloqueados los puertos de Escandinavia en el mar del Norte y en el Báltico, me quedaba la posibilidad de utilizar la vía de escape que acababa de ser abierta a través de la Unión Soviética, por la que se permitía la salida a América vía Transiberiano‑Vladivostock, utilizada por muchos noruegos, daneses y holandeses que huían de la ocupación nazi de sus respectivos países. La Unión Soviética — en un gesto desconcertante para muchos — abrió en una de las calles más céntricas de Estocolmo, la Vasagatan, una oficina de información — Inturist — y venta de boletos a Moscú, por vía aérea, y de la capital rusa a Vladivostock por el Transiberiano. En Inturist me informaron de que para ir a América era preciso hacer el recorrido Vladivostock‑Japón, para allí embarcar en uno de los Maru de la flota mercante japonesa.
Cuanto más avanzaba la situación de guerra, más difícil se hacía sostener una correspondencia desde Suecia. Durante largos períodos, se carecía de noticias de los amigos y compañeros regados por el mundo. Con la intervención de la Italia de Mussolini en la guerra, agrediendo por la espalda a Francia, los movimientos rápidos del ejército de Hitler sobre Bélgica y el norte de Francia, y la carrera hacia la frontera española de los nazis, se tenía la impresión de que asistíamos al entierro de Occidente y su depósito de ideas libertarias. ¡Esperábamos tanto de la derrota del nazifascismo! En lugar de asistir a la caída de Alemania y de Italia, fue el repliegue inglés de Dunkerque y la caída de París, con los desfiles de las divisiones panzer por los Campos Elíseos. Pilar y yo nos quedamos como en velatorio de un ser querido cuando por radio Andorra nos enteramos de la caída de París. Unos días antes de tal desastre, retransmitida por los conserjes de la casa que habitamos en París, recibimos la respuesta del departamento de Estado de los Estados Unidos, comunicándonos la aceptación de nuestra solicitud de asilo, pero con encargo de tramitarla en el consulado general de París, adonde debíamos acudir con la documentación personal. No podíamos desplazarnos a París ni partir para América. Entonces apareció como un rayo de luz la posibilidad de alcanzar el Nuevo Mundo por la vía del Transiberiano. Al fin, recibí carta de las Sociedades Hispánicas Confederadas. Ya no era secretario Jesús Arenas, militante anarcosindicalista de prestigio en Galicia, al que conocí en Zaragoza durante la Conferencia nacional de Sindicatos de la CNT del año 1922. Ahora lo era Ignacio Zugadi, un compañero vasco que no conocía. Me explicaba que, por un momento, creyó en la posibilidad de lograr para nosotros visados para Venezuela, pero que últimamente se habían malogrado sus buenas relaciones con ellos a causa de un cambio de la situación política de aquel país. Si yo veía alguna posibilidad de lograr visados y pasajes, ellos estarían dispuestos a pagarlos, ya fuese a la compañía naviera o remitiéndome el dinero. Consulté a la agencia Cooks. Me explicaron que si en Nueva York depositaban el dinero, en su agencia, ellos recibirían la orden de pago y pondrían a mi disposición la cantidad convenida, ya fuese en dinero o en pasajes. Lo comuniqué en el acto, por carta, a Zugadi. Y un día me llegó el aviso de la agencia Cooks. Me comunicaron que la agencia de Nueva York les había hecho la transferencia de una cantidad en dólares para cubrir nuestros pasajes. Podía retirar el dinero y encargarme yo mismo de gestionar mi salida de Suecia, o bien lo harían ellos, si bien debía saber que se encontraban imposibilitados de iniciar las gestiones, ya que yo no poseía visado de entrada para ningún país y, además, era apátrida. Opté por retirar todo el importe de los pasajes, creyendo que podría arreglármelas mejor con dinero que careciendo de él. Lo primero que hice fue conseguir del Kungl Socialstyrelsen un pasaporte de extranjero, valedero desde el 1 de agosto de 1940 hasta el 31 de julio de 1941, con derecho de regreso, condición indispensable para transitar por el mundo ¡Nadie quería oír hablar de refugiados, de los que estaban llenos los consulados y todos los caminos! Antes, para justificar mi salida de Suecia y merecer el pasaporte de extranjero, había logrado del consulado general de la República Dominicana en Estocolmo que el gobierno de dicha República, en cable recibido el 7 de junio de 1940, autorizase mi entrada en el país. Y el 8 de junio me estampaban la autorización en mi pasaporte diplomático de la República española. Con este país de destino, inicié las gestiones para lograr los visados de tránsito de la Unión Soviética y de los Estados Unidos. Ambos gobiernos eran igual de cautelosos en la concesión de visados de tránsito. El cónsul de los Estados Unidos, Walter Washington, dijo conocerme de referencias, pues era cónsul general en Barcelona cuando se inició nuestra guerra. El visado de tránsito que me extendió era válido por 15 días a contar desde mi llegada a los Estados Unidos. El cónsul de la Unión Soviética me indicó que mi solicitud de visado de tránsito no se tramitaba en el consulado, sino que la atendía personalmente la embajadora de los Soviets en Suecia, la camarada Alejandra Kollontai. La embajada estaba en el mismo edificio, y se ascendía a ella por una amplia escalinata. Al final de la escalinata, me estaba esperando una señora de porte distinguido y cabello canoso. Era Kollontai. Fru Kollontai, como la llamaban en Suecia, era una antigua revolucionaria marxista, si bien su iniciación en las luchas sociales la tuvo en las filas de los socialistas revolucionarios, que siempre estuvieron nutridas de entusiastas mujeres. Gozaba de gran prestigio en el Partido Comunista Soviético. Pero era sospechosa de estar más cerca de la oposición que de Stalin, por lo que se la mantenía alejada en embajadas. Era una mujer inteligente, de sólida cultura. No hizo ninguna alusión a mi filiación anarquista. Solamente me dijo que le era muy grato saludar al que fue miembro del gobierno de la República española y al gran luchador revolucionario que yo había sido. — Tengo el encargo — me dijo — de mi gobierno de saludarle y, por tratarse de un largo viaje a través de la Unión Soviética, expresarle la seguridad de que, en caso de cualquier situación conflictiva que se le pueda presentar los « amigos » estarán siempre dispuestos a ayudarle. Le di las más expresivas gracias a ella, con el ruego de transmitirlas a su gobierno. Me quedé con la tentación de pedirle explicaciones sobre la manera de entrar en contacto con los « amigos », pero me contuve, suponiendo que se trataba de una simple expresión de cortesía. Me pidió el pasaporte para ordenar que le extendieran el visado de tránsito. Como disponía del diplomático y del Främlingpass, le pregunté cuál sería preferible. — Cualquiera de los dos; la Unión Soviética todavía reconoce a la República española. Sin embargo — dijo — acaso le convenga más el Främlingpass... Pero le visaremos los dos y usted use el que más le guste. — No sabría cómo agradecérselo, Fru Kollontai. — Vea, usted, camarada, tengo el encargo de interesarme por sus asuntos. Así que me dispensará si le pregunto cómo piensa salir de la Unión Soviética. En fin, para qué quiere usted el visado de tránsito. — Tengo pensado ir a Vladivostock, donde, al parecer, puede embarcarse para América. — Ese es el asunto. Desde Vladivostock todos los que van a América, del norte o del sur, se dirigen al Japón, donde hay líneas de vapores para todo el mundo. Pero usted, camarada, creo que no debe correr el riesgo de ir al Japón, de donde podrían conceder su extradición a la España de Franco. — Si no es por el Japón, Fru Kollontai — le dije — ¿por dónde podría ir a América desde Vladivostock? — Preste atención. El gobierno soviético tiene un contrato con algunos barcos de la Johnson's Line, una compañía sueca. Esos barcos, que entran y salen de Vladivostock, van a los Estados Unidos, a veces directamente, a veces vía Filipinas. Pero el contrato que tenemos con ella obliga a la Johnson's Line a no admitir pasajeros, excepto los que autoriza el gobierno soviético. Le aconsejo que se dirija a la oficina de la Johnson's Line y pida pasaje desde Vladivostock a los Estados Unidos en cualquiera de sus barcos, en el primero que salga a partir de la llegada de usted al puerto. Puede decirle usted que está autorizado por el gobierno soviético y que, en caso de duda, me hablen por teléfono. — Veo que los « amigos » a que usted se refirió han pensado en todo ¿Sabía usted que, en tanto que anarquista, me he opuesto a los comunistas en España? — De usted, camarada García Oliver, lo sabemos todo. Y es usted bienvenido entre nosotros. Que tenga buen viaje — me dijo al tiempo que me entregaba los dos pasaportes visados. — Muchas gracias, Fru Kollontai, a usted y al gobierno soviético. Me había recibido, de pie, en lo alto de la escalinata. Y de pie, en el mismo sitio, me despidió, con una sonrisa que embellecía su rostro. Me dirigí a consultar con John Andersson para que me informase sobre aquella Johnson's Line y enterarle de que ya casi lo tenía todo resuelto. Además, quería asegurarme de que los compañeros suecos seguirían atendiendo económica y moralmente a mi mujer y mi hijo, que quedaban en Suecia hasta que pudiese enviarlos a buscar. No tenía más remedio que dejarlos. El visado de entrada en la República Dominicana, que me había sido concedido cablegráficamente, posteriormente había sido cancelado por el mismo conducto, según me comunicó por carta el cónsul general. Yo me hice el desentendido y no volví al consulado para que me estampasen el « cancelado », por lo que para andar por |