4 El anarcosindicalismo en el exilio

Voy llegando al fin de esta especial manera de escribir unas memorias. Las que escribí para que fuesen editadas. Con la esperanza de que llegasen a ser pródigas en enseñanzas. Sin embargo, tengo mis dudas. No estoy del todo seguro de que puedan tener alguna utilidad. Acaso contengan demasiadas verdades. O lo que me imagino que lo sean ¿Cómo discernirlo?

Pertenecer desde el nacimiento a una determinada clase supone tanto como estar marcado con hierro al rojo. Y es lo que me ocurre a mí. Nací obrero. Es posible que las narraciones contenidas en este libro adolezcan de lo que podría llamarse mira proletaria, o estrechez de miras. Pero he querido exponerlas con un estilo proletario.

Hemos tenido, los obreros de la Confederación Nacional del Trabajo, los anarcosindicalistas, muchos defectos. Hemos sido igualmente poseedores de grandes virtudes. Equivocados o no, nos movimos noblemente con el impulso que nos daban los tiempos que vivíamos.

No nos faltó grandeza para bien morir. Como la tuvo Aldabaldetreco, que llegó al Sanatorio Español de México, lo revisaron los médicos, lo acostaron las enfermeras, se volvió de cara a la pared y murió.

¡Salud, « Treco » !

 

En la resaca

Ya estoy en Francia. Acabo de llegar a París. Soy uno más de los que afluyen a la capital francesa. Por doquier me cruzo con españoles. Son como yo: briznas que la ola de las pasiones, en su retroceso, irá dejando en los cuatro puntos cardinales del mundo.

Los españoles van entrando en Francia, unos desordenadamente, otros formados en sus unidades militares. Dícese que la División 26, la antigua Columna Durruti, al mando de Ricardo Sanz, entró en tan correcta formación, que al pisar tierra francesa le rindieron honores militares las fuerzas francesas que custodiaban la frontera.

Lo que está haciendo el gobierno francés no es nada agradable. Pero es lo único que está a su alcance: meter aquella avalancha de gente, viejos, jóvenes y niños, mujeres y enfermos, en campos de concentración.

El gobierno francés cumplió el principal objetivo de aquella hora, cuyas campanadas fueron recibidas con oídos sordos en casi todo el mundo. El principal imperativo era salvar la vida de cuantos iba dejando el oleaje en su retirada. Eso lo hizo el gobierno francés. Si se quería más humanidad en el trato y acomodamiento de tantos miles de refugiados, los países civilizados del orbe deberían haber acudido en ayuda de Francia para aliviarla de carga tan pesada. Se necesitaban muchos buques en los puertos franceses para cargar tanta humanidad doliente. No se veía ninguno.

Muchos países habrían podido enriquecerse al acudir en salvamento de la masa de refugiados españoles, enorme riqueza potencial, susceptible de poner a flote a muchas naciones de agricultura incipiente, sin industrias, condenada a pudrirse en los campos de concentración de Francia.

México llevó unos miles. Chile, en menor escala, hizo otro tanto. La guerra universal paralizaría aquellas muestras de inteligencia y de buena voluntad. Empero, en pequeñas cantidades, los refugiados españoles llegaron a todas las naciones del orbe y crearon una nueva dignidad: la de refugiado.

En París, lo primero que hice fue buscar a mi mujer, Pilar. Se encontraba, desde unos días antes, en una de las colonias infantiles que se montaron con ayuda extranjera, principalmente sueca, a cargo del Spaniens Help Kommitten.

Iba a ser padre. Mi mujer estaba por dar a luz. En espera de quién sabe qué, nos colocamos en un minúsculo departamento amueblado de la rue Rome.

Ya instalados provisionalmente, me dediqué a ver en qué podía ser útil a los dos grandes problemas que teníamos planteados en tanto que parias sin hogar, sin nacionalidad y sin derechos; por un lado, hallar posibilidades de vida para los compañeros. Enseguida estaba el problema que planteaba la zona Centro‑Sur‑Levante, cuyas fuerzas, en gran parte integradas por anarcosindicalistas, quedaban en situación muy comprometida. Los enemigos franquistas, después de la caída de Cataluña, podían atacar en esa zona, sometiendo a Madrid a un cerco total, cortando la carretera a Valencia o, paulatinamente, tomar Valencia, Alicante y demás posibles puntos de embarque para la salida al extranjero de los cuerpos de ejército que defendían Madrid.

Muchos miles de españoles cruzaban la frontera. La mayor parte de ellos iban siendo concentrados en los Campos de Ariège, Barcarès, Saint‑Cyprien y otros más. Algunos, los más viejos o más débiles, perecían a causa de las penalidades, como Federico Urales, Antonio Machado y tantos más, cuyos nombres desaparecían en el anonimato de las multitudes.

Pero eran muchos los que llegaban a París. Principalmente, cuantos estaban provistos de pasaportes, ministros y funcionarios de los gobiernos central y de Cataluña, miembros de los altos organismos sindicales y políticos, militares, jueces, gobernadores, alcaldes. Se les encontraba por doquier, en los cafés, restaurantes, bulevares, plazas, parques y jardines. Especialmente, se agolpaban en los consulados y embajadas de naciones americanas, formando colas largas, en solicitud de visados para poder abandonar Francia. La obsesión de todos: abandonar Francia. Porque se empezaba a hablar de la guerra inminente.

 

En un abrir y cerrar de ojos se restableció la vida oficial de la España republicana. Pero en París. Se integraron los Comités, se pusieron en pie los gobiernos. Parte del Comité Nacional y del Comité Regional de Cataluña de la CNT se encontraba ya en París, así como del Comité Peninsular de las Juventudes Libertarias y del Comité Peninsular y del Regional de Cataluña de la FAI.

A quien no se le vio fue a Santillán. Con su verdadera personalidad de Sinesio García Fernández, ciudadano argentino, pudo embarcar enseguida, vía Nueva York, para la Argentina. En Santillán se realizaban todas mis prevenciones hacia los compañeros extranjeros que intervenían en la marcha de nuestra organización en España. Actuaban siempre con las espaldas protegidas por la nacionalidad oculta y por el anonimato. Se conocía a Diego Abad de Santillán. Pero, ¿quién tenía la más remota idea de quién pudiese ser Sinesio García Fernández, ciudadano argentino, con pasaporte listo para ir a vivir a su patria?

A su llegada a Francia, para los españoles refugiados la condición de paria fue total. No existían derechos civiles: a los juzgados les fue comunicada la prohibición de legalizar los nacimientos de hijos y efectuar matrimonios. No existían los derechos, situación, todavía hoy, inherente a los refugiados en todas las naciones. No se podía tener hogar: los campos de concentración eran para hombres y para mujeres separados. No existía el derecho al trabajo porque la protección de la mano de obra del país asilante o la situación de preso hacían imposible el trabajo libre y remunerado.

El estado en que nos encontrábamos sumidos los españoles refugiados en Francia no debe servir para catalogar de injusto e inhumano al gobierno francés. No lo merecía. Sin que hubiese mediado trato al respecto con el gobierno de la República española, admitió nuestra entrada en el país, con o sin pasaporte, ordenadamente o en tropel, y, aunque mal atendidos y tratados, ofreció a los refugiados el cobijo de sus barracones de los campos de concentración. Y lo que es más importante, protegió las vidas de los refugiados, en la medida que lo permitían sus leyes. Entonces, no existía un estatuto internacional de protección a los refugiados políticos, que obligase a los gobiernos a su admisión y cuidado. Cuanto hacía el gobierno francés era improvisado y limitado por nuestro incontable número.

Sabemos lo que Francia hizo en aquellas circunstancias. No sabemos de la conducta de otras naciones, porque sencillamente no hicieron nada. Es más, ignoramos lo que, en igualdad de circunstancias, hubiéramos hecho en España.

Con un instinto de colectividad admirable, los órganos más o menos gubernamentales, y los reconstruidos Comités de organizaciones y partidos, empezaron a preocuparse de sus miembros y afiliados dispersos por toda Francia o internados en los campos de concentración, y a desparramar, siquiera fuese con cuentagotas, una ayuda económica en proporción a las necesidades y posibilidades. Si bien era cierto que los Comités habían atesorado grandes sumas, no fue para el lucro personal de sus detentadores, sino que, como ración diaria, eran puestas al alcance de los más necesitados. La experiencia de aquellos primeros tiempos reconciliaba al más intransigente opositor con los Comités de cuya honorabilidad se había sospechado.

Con esta finalidad se agruparon en París compañeros de las tres ramas del movimiento: CNT, FAI y la FIJL, en un solo organismo: Consejo General del Movimiento Libertario. Por la CNT quedaba integrado por Francisco Isgleas, Valerio Mas, Juan García Oliver y Mariano Vázquez. Por la FAI eran José Xena, Germinal Esgleas, Pedro Herrera y Federica Montseny. Por la FIJL, Juan Rueda Ortiz y Serafín Aliaga.

Después de haber cruzado la frontera, completamente desprovisto de representación, me avine a prestar mi colaboración al Consejo General, por dos razones obvias: hacer lo posible por los compañeros de los campos de concentración, y por los que, en la zona Centro‑Sur‑Levante, luchaban contra el franquismo en todos sus frentes, principalmente en el de Madrid.

Esgleas, Mas, Isgleas y yo constituimos la Comisión Política del Consejo General, de la que me confiaron la dirección. Teníamos asignados los asuntos del gobierno español y del gobierno catalán, pero no las relaciones con el gobierno del País Vasco y el Consejo General de Asturias y León, como si dichos órganos de gobierno no hubiesen existido nunca.

Existía, ya en nuestro país, un Comité de Ayuda a España, presidido por Diego Martínez Barrio. En París, le incorporamos Federica Montseny en representación del Movimiento Libertario. Se le dio el encargo de propugnar su disolución y el reparto equitativo de sus fondos — varios millones de francos franceses — entre todos los organismos nacionales antifascistas.

Se creó un organismo de ayuda a los refugiados españoles, cuyas siglas fueron SERE, el cual, con fondos del gobierno Negrín, atendería económicamente las necesidades de los que fuesen a embarcar para México y Chile. Para dicho organismo designamos también a Federica Montseny como representante del Movimiento Libertario.

Nos convenía explorar las intenciones del que había sido gobierno de la Generalidad de Cataluña, pues nos enteramos de que Tarradellas disponía de fondos destinados, se decía, a la ayuda económica de personalidades catalanas. A mí me pareció que la explicación que Tarradellas me dio sobre los tesoros confiados en depósito al gobierno de la Generalidad de Cataluña, pertenecientes al Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, era un subterfugio, alejado de la verdad. Tarradellas, que durante mucho tiempo dispuso de un avión para su uso personal, hizo con él muchos viajes a Francia. Era cosa de averiguar lo relacionado con esos viajes, las cuentas del gran capitán que me dio sobre la suerte de los tesoros del Comité de Milicias y sus alegatos de la incautación que de ellos hicieron los carabineros de Negrín, un mes antes del abandono de Barcelona, y las asistencias a los catalanes prominentes del mundo de la cultura.

Por la Comisión política, Isgleas se encargó de localizar a Tarradellas y a Companys. El y yo fuimos una mañana a visitar a Companys, alojado en un departamentito, según nos explicó, de un catalán que residía hacía ya tiempo en París.

Companys y nosotros dos, desprovistos de las representaciones oficiales que tanto nos habían distanciado, nos sentamos a platicar y comentar lo más reciente: la dimisión y renuncia a la presidencia de la República de Azaña. Porque...

 

El día anterior, se produjo el cataclismo moral menos previsible. Azaña dimitió de la presidencia de la República española. Cuando salí a la calle y compré los periódicos de París, en primera plana vi la noticia de la renuncia de Manuel Azaña.

¿Era posible? ¿Se podía renunciar, como si tal cosa, a la presidencia de un régimen que los fascistas habían necesitado casi tres años para abatirlo, con ayuda militar de Alemania e Italia?

No salía de mi asombro. Lo hecho por Manuel Azaña era el golpe más bajo que podíamos recibir. Azaña no reunió a los grandes de su República, los que lo sostuvieron al frente de sus mesnadas, contra viento y marea. No. Azaña, por el hecho de que en París los que primero leen el periódico son los porteros, desde su refugio de Saboya presentó en realidad su abdicación a los porteros.

La renuncia a la presidencia de la República española entrañaba también la anulación de funciones legales del gobierno Negrín y de todas las autoridades y dejaba a los combatientes de la zona Centro‑Sur‑Levante en la situación de bandas armadas; la dimisión de Azaña les hacía perder la categoría de ejércitos regulares, incapacitándolos para poder negociar una paz digna con el enemigo y, en su defecto, gestionar con los representantes extranjeros la salida del territorio español.

Aquella mañana, 28 de febrero de 1939, a las diez, nos encontrábamos todos los integrantes del Consejo general del Movimiento Libertario. En mi función de encargado del Departamento político, informé de las graves consecuencias de la renuncia de Azaña. Estas fueron mis conclusiones: había que proteger con el manto de la legalidad tanto a los refugiados como a los combatientes de la zona Centro‑Sur‑Levante. La única manera de lograrlo era conseguir que Diego Martínez Barrio, presidente del Parlamento y constitucionalmente sucesor de la presidencia de la República, se trasladase a la zona Centro‑Sur‑Levante, tomase posesión de la presidencia, crease un nuevo gobierno y, de acuerdo con el pensamiento mayoritario de los antifascistas, se pronunciase por la continuación de la guerra o por la paz negociada en los campos de batalla.

El Consejo general del Movimiento Libertario en pleno, si fuese menester, debía estar presto a acompañar a Martínez Barrio, a ayudarle a constituir gobierno. Todo ello entrañaba entrar en franca colisión con las apetencias de seguir gobernando de Negrín y los comunistas. Deberíamos estar preparados para tomar las decisiones que exigían los intereses generales del antifascismo español, representados en aquellos momentos por la mayoría de las fuerzas militares y del pueblo, encarnados en el Movimiento Libertario y los republicanos, sin desdeñar la minoría socialista caballerista, mayoría efectiva dentro de la UGT.

Por unanimidad, se aprobó mi dictamen oral de la situación. Se me confió llevar a cabo las gestiones cerca de Martínez Barrio. A Martínez Barrio lo encontré en su oficina del Comité de Ayuda a España. Me recibió con afecto, expresado en su pronunciado acento andaluz. Alto y con manifiesta tendencia a la obesidad, muy peinado, con ojos que parecían mirar hacia dentro de sí mismo, tenía algo de buda sonriente.

La suave manera que tenía de saludar, entregando sólo la punta de la mano, definía su actitud cautelosa. Nadie sabía si políticamente era hombre de derechas, de centro o de izquierda. Se separó de Alejandro Lerroux porque estaba éste demasiado desgastado. Heredarlo hubiese sido heredar una carroña. Martínez Barrio, desprendiéndose de unos y otros, fundó un partido que no parecía tener afán de ser izquierdista, centrista o derechista. Era una mano tendida para saludar, de la que solamente daba la punta de los dedos, para que el interlocutor imaginase el resto. Como político, lo inquietante eran sus mutismos. De nada servía hablarle frontalmente de un problema importante. A la tercera vez que tuve ocasión de hablar con él, me di cuenta de que su hermetismo ocultaba un gran vacío.

Por lo que me contó una secretaria suya, a Martínez Barrio las autoridades francesas le habían comunicado el refus de séjour para toda Francia. Y la secretaria me explicó: «Don Diego está ultimando los detalles de su próxima partida a América».

Hablé extensamente a Martínez Barrio de nuestros puntos de vista respecto a la situación creada por Azaña con su renuncia y de la absoluta necesidad de que él llenase aquel vacío legal, de manera que la España republicana que todavía luchaba en la zona Centro‑Sur‑Levante no quedase en situación de bandidaje, ni sometida al mando irresponsable de Negrín. Su traslado a la zona republicana era de imperiosa necesidad para tomar posesión de la presidencia de la República, crear un nuevo gobierno y perfilar la actuación a seguir. Al efecto, estaba autorizado para expresarle la adhesión del Consejo general del Movimiento Libertario, que en su mayor parte estaba dispuesto a acompañarle a Madrid, si, como era de esperar, lograba fletar uno o varios aviones. No pretendíamos empujarle a una aventura descabellada, porque allá, en aquella parte de España, teníamos los anarcosindicalistas y los republicanos mayoría en los mandos militares. Y, como garantía, le aseguraba que tanto yo como Federica Montseny y Mariano Vázquez estábamos decididos a acompañarle.

Sus lacónicas contestaciones fueron:

— Ya había meditado en las nuevas obligaciones que me incumben. Debo meditarlo detenidamente. Debo hacer algunas consultas. Le agradezco su ofrecimiento de acompañante. Si llegase el caso, preferiría la compañía de usted y de Federica Montseny. Veré lo de los aviones ¿Le parece que nos veamos mañana a esta misma hora? ¿Puede dejarme su dirección, para una emergencia?

 

Aquel mismo día, al anochecer, fue entregada en la portería de donde vivíamos una citación urgente, para mí y mi mujer, para que al día siguiente, a las nueve de la mañana, nos presentásemos en el Departamento de Extranjeros de la Prefectura de Policía.

Los extranjeros citados a una hora, procuran llegar media hora antes a la puerta de la oficina. Así lo hicimos. Pasamos de los primeros. Mostramos el papel citatorio, el empleado lo mostró al jefe de oficina, éste lo entregó a otro empleado, quien nos pidió que lo siguiésemos; de la planta baja subimos por la gran escalera al último piso, anduvimos por un amplio pasillo, nos detuvimos ante una puerta, el que nos acompañaba nos hizo pasar y nos puso a disposición de un empleado, sentado en su mesa de trabajo, el cual leyó el oficio que le entregó nuestro acompañante, se puso a escribir en un largo libro en que aparecían varias secciones. Cuando hubo terminado, nos pasó el libro, indicándonos dónde debíamos estampar nuestra firma de « enterado ».

Se nos comunicaba el refus de séjour. Firmamos. Recibimos la boleta de despido. Era todo. ¿Motivos? Ninguno.

La Francia que prevalecía en la Prefectura de Policía, con la mayoría de jefes comprometidos con fascistas de todo tipo que estaban asfixiando el país para adormecerle el espíritu combativo, acababa de apuntarse un buen tanto al obligarnos a mi mujer, que estaba por dar a luz, y a mí a buscar otro país donde poder residir. ¿Otro país? ¿Cuál?

En lo sucesivo, cuanto tratase de hacer en el Consejo general del Movimiento Libertario por los compañeros internados en Francia o en lucha todavía en la zona Centro‑Sur‑Levante, adolecería forzosamente de mi rara situación legal en París.

Porque...

 

Era Companys, que nos hablaba a Isgleas y a mí:

— La dimisión de Azaña no me ha sorprendido. Creo que no podía hacer otra cosa. También yo estoy considerando la conveniencia de renunciar a la presidencia de la Generalidad de Cataluña. De Azaña, como de mí, se abusó excesivamente. Todos querían manejarnos a su antojo, no al servicio de España o de Cataluña, sino de sus partidos y organizaciones. Aspiro ya a ser independiente. Y poder dedicarme a los míos. En Bélgica tengo un hijo en un sanatorio, muy enfermo, el pobre hijo mío. Ellos, mi mujer y mi hijo, necesitan de mí, como hombre, como padre. Precisamente estoy viendo de arreglar la ida de todos a Nueva Zelanda, lejos de todo lo que fueron afanes de patria y amigos.

Se contuvo y prosiguió:

— Os pareceré algo ridículo. Cada día y cada hora nos traen un nuevo afán. Pero supongo que vosotros no habréis venido solamente para oírme hablar. Supongo que tenéis que hablarme. Hacedlo, soy vuestro completamente.

Habló Isgleas:

— Si me dejó asombrado y pasmado la noticia de la renuncia de Azaña, tus proyectos, Companys, me dejan anonadado. Si se os obliga a marchar a Nueva Zelanda, es una cosa, y supongo que nadie podría evitarlo. Pero si voluntariamente renuncias a la presidencia de la Generalidad y abandonas Francia por dicho motivo, serás muy mal interpretado. La derrota que hemos sufrido no nos afecta a nosotros hasta llegar a tan lamentables extremos. Aquí, si nos dejan estar, o donde vayamos, seremos siempre los mismos, sin renunciar a nada.

Y hablé yo:

— Azaña no debió renunciar en el extranjero. De querer hacerlo, debió hacerlo en España en circunstancias propicias para promover su sustitución. Lo mismo te digo, Companys. No ignoraba el estado de salud de tu hijo. No sé si sabes que tengo mujer y un hijo que está por llegar. Los tres tenemos ya un refus de séjour y no sé que será de nosotros. Pero yo no renuncio a nada...

Proseguí...

— No hemos venido para tratar de esta clase de asuntos. Algo hay del pasado, que concierne a las actividades del gobierno de la Generalidad y que podría dar lugar a situaciones delicadas, tanto para ti, como presidente de la Generalidad, como para los sucesivos gobiernos que la gobernaron. Me refiero a los tesoros depositados en la Generalidad por el Comité de Milicias, procedentes de requisas y por cuyas entregas se extendieron recibos detallando las piezas y cuantías de las mismas. Los recibos van firmados por un representante del Comité de Milicias, por el jefe de grupo de requisa y por el consejero de la Generalidad Ventura Gassol, en funciones de consejero de Cultura. Eres abogado. De sobra sabes que con uno solo de esos recibos pueden, los de allá, promover un proceso y demandar la extradicción del consejero Ventura Gassol y del presidente de la Generalidad. Acaso, también, de todos los que son o fueron consejeros. Cierto que se trata de hechos que solamente pueden acreditar la extremada honorabilidad de cuantos intervinieron en las expropiaciones, incautaciones y custodia.

— Sí, sí, sé que tienes razón y comparto tus inquietudes al respecto. Sin embargo, bueno es que sepáis que cuanto estaba depositado en el palacio de la Generalidad fue trasladado cerca de la frontera francesa en unos carritos, que fueron interceptados por carabineros de Negrín, quienes, por orden escrita del propio Negrín, nos requirieron su entrega, con el compromiso formal de encargarse de su embarque y traslado a puerto seguro en el extranjero. Vosotros sabéis cuáles eran los procedimientos de los carabineros de Negrín. Se apoderaron de todo, dejando constancia escrita, de la que se hizo cargo Tarradellas.

Las explicaciones de Companys se contradecían un poco con las que me diera Tarradellas un mes antes de abandonar Barcelona. Según éste, fue todavía en Barcelona donde los carabineros de Negrín se incautaron de los valores depositados en la Generalidad, entre los que se encontraban los pertenecientes al Comité de Milicias. O lo que quedase de ellos, ya que la consejería de Hacienda de la Generalidad hubo de hacerse cargo desde el principio del financiamiento de los gastos que ocasionaba el sostenimiento del Comité de Milicias, para los cuales no existían presupuestos y que eran extraordinarios.

 

Asistí a la segunda entrevista con Martínez Barrio, según habíamos convenido el día anterior. Le conté que me habían pedido las autoridades francesas que abandonara Francia. Una enigmática sonrisa contrajo sus párpados. Era su manera de sonreír para dentro. Debía ser cierto que a él le había ocurrido lo mismo. Era de suponer que tras la renuncia de Azaña se produciría el reconocimiento por Francia del gobierno de Franco.

Martínez Barrio me explicó que, por lo que había logrado enterarse, Negrín y sus ministros, más algunos jefes militares de filiación comunista y algunos miembros del Buró del Partido Comunista de España se habían trasladado, desde Toulouse, en aviones a la zona de Madrid. Me explicó que, lamentablemente, en el momento de su llegada a la España republicana, Negrín había sido reconocido como jefe del gobierno por todos los sectores antifascistas, incluidas la CNT y la FAI.

— ¿Qué me dice usted a esto? — me preguntó.

— Que si es cierto, es lamentable. Sin embargo, de ser cierto, por tratarse de un acto de proclamación de emperador romano por sus tropas, no debía poner freno a su traslado a Madrid para tomar posesión legal de la presidencia de la República. Y, al respecto, cómo, cuándo y desde dónde debía ser la partida, y qué personas deberían acompañarlo.

— Tiene usted toda la razón. Sí, creo que debemos impedir que Negrín se proclame una especie de emperador, que, dicho entre paréntesis, es como se ha estado conduciendo hasta este momento desde que le fue confiada la presidencia del Consejo de ministros.

— Entonces, cuanto antes procedamos, será mejor ¿No le parece, don Diego?

— Sí, pero nada podemos hacer. Negrín dispuso de todos los aviones del gobierno republicano que existían en Francia estacionados en Toulouse. Por mi mandato, se están haciendo gestiones para ver de lograr uno o dos aviones franceses, ingleses o belgas. No hay nada seguro al respecto. Es más, cada hora que transcurre se agrava nuestra situación y capacidad legal de poder movernos, no ya en avión a la zona republicana, sino hasta para poder andar a pie de aquí a la Bastilla. Vea lo que le ha ocurrido a usted: de ayer a hoy ya no es el mismo. Le tolerarán aquí unas horas o unos días, quién sabe.

— Sin embargo, creo que los gobiernos de Francia y de Inglaterra podrían ser interesados en apoyar a un gobierno de liquidación de la guerra, siquiera para lograr una relativa tranquilidad en el Mediterráneo, lo que podría permitirnos acercar buques suficientes a los puertos de Valencia, Alicante y Cartagena para ver de salvar a quien quisiese salir al extranjero. En fin, para evitar la matanza de miles de seres humanos.

— Sí, tiene usted toda la razón. Y me place tratar asuntos políticos con usted. Siendo usted ministro de Justicia, compareció ante la Comisión permanente de las Cortes, que yo presidía, para abonar en favor de una amnistía que alcanzase hasta a los presos comunes. Recuerdo que dijo: « Una revolución es una renovación. También es el trazado de caminos nuevos para la Humanidad. Cuanto más caído esté el hombre, más necesidad tiene de poder incorporarse ». Algo así dijo ¿no es cierto?

— Sí, en efecto, pero ¿en qué quedamos?

— Opino que hemos de estar expectantes. Yo tengo la dirección y teléfono de usted y, además, la del Consejo General del Movimiento Libertario. En cuanto sepa algo que nos permita marchar, o que merezca un cambio de impresiones, le aviso urgentemente. De esta manera, usted y yo podemos atender a los muchos asuntos que reclaman nuestra atención.

 

Pasaron los días. En el Consejo General del Movimiento Libertario cada comisión trabajaba activamente en sus asuntos. Reinaba inquietud. Se carecía de noticias fidedignas de la situación en la zona Centro‑Sur‑Levante. Se sabía algo sobre Negrín, los jefes comunistas y sus andanzas. Nuestro ministro, Segundo Blanco, no enviaba ningún informe. Y si lo hacía, sería a Marianet. Pero éste afirmaba no haber recibido nada.

La caldera de los rumores internacionales estaba en ebullición. La guerra. La guerra, que se consideraba inminente entre Alemania, Japón e ItaIia contra Francia e Inglaterra y quién sabía qué otras naciones, estaba en las conversaciones de todos.

Fui llamado a la oficina en París de la sección española de la Liga de los Derechos del Hombre. Quien lo hacía era mi buen amigo Eduardo Ortega y Gasset, que abandonara su puesto de fiscal general de la República española al no poder parar la arremetida de Irujo contra Aurelio Fernández. Estaba con él Mariano Sánchez Roca, que fue mi subsecretario, y el cónsul de México en Marsella, un tal señor Bonet. Ortega y Gasset me explicó que esperaban la visita de la duquesa de Atholl, miembro del parlamento inglés, interesada en hablar conmigo, principalmente sobre la situación de los refugiados.

Serían las once de la mañana cuando apareció la duquesa. Era una mujercita simpática, que se ajustaba a la idea que de las damas inglesas nos dan los dibujos humorísticos sobre los turistas ingleses. Ni muy alta ni muy pequeña, sin ostentación, de pelo rubio, de edad mediana, sus pequeños ojos azules miraban solicitando ser comprendida y perdonada por su nombre de duquesa de Atholl. Quería saber por mí cómo poder acudir en ayuda de los españoles refugiados en campos de concentración o dispersos por Francia. Prometía interponer toda su influencia en nuestro favor.

Era la suya la segunda voz de ayuda que nos llegaba desde el extranjero. La primera fue de las Sociedades Hispano Confederadas de Nueva York, que enviaron dos delegados a París, Castro y Delgado, para ayudar sobre la marcha, en los casos de urgencia. Precisamente, la noche anterior había estado con ellos y me sentí emocionado al darme cuenta de que en un mundo que nos parecía un desierto sin ecos existían núcleos de personas que estaban pendientes de nosotros, ahora que éramos hojas al viento.

Hablé a la duquesa de Atholl de la riqueza potencial que suponían la mayoría de los refugiados en Francia, y de cuánto se beneficiarían naciones como Australia y Nueva Zelanda que fletasen barcos y se llevasen miles de ellos, porque se trataba de individuos preparados en sus oficios y en situación de ponerse a trabajar en el acto, sin la larga preparación y costo de convertir un niño en adulto y prepararlo para un trabajo determinado. Adonde fuesen, podían transformar en cinco años una sociedad típicamente agraria en sociedad de economía mixta.

— Creo — dijo la duquesa de Atholl —, que debe hacerme un informe, detallando a su manera, que resulta muy descriptiva, cuanto me ha estado contando. Si me promete tenerlo preparado para mañana, a esta misma hora pasaré a recogerlo.

Le hice el informe. No pude acudir a entregárselo, por tener que atender a otros asuntos apremiantes. Lo entregué a Eduardo Ortega y Gasset, con el ruego de disculparme con la duquesa.

 

Las embajadas y consulados de las naciones americanas parecían hormigueros. Sus salas, repletas. Sus pasillos, repletos. En las calles, los guardias no permitían estacionar. Había que estar de puertas adentro. En la embajada de México logré abrirme paso hasta Narciso Bassols, el embajador. Era comunista y sentía preferencias por los negrinistas españoles. Me escuchó atentamente y me remitió al señor Gamboa, en la secretaría general de la Embajada, donde junto con la secretaria, esposa de Gamboa, atendía a los refugiados españoles. También Gamboa y su esposa eran comunistas y sentían preferencias por los negrinistas. Tomaron nota de quién era yo, de mi situación y la de mi esposa, y me dijeron que por el momento nada podían hacer por mí. Que, en el caso de ser resuelta favorablemente mi solicitud de trasladarme a México, me avisarían.

Me dijeron que en la embajada de Chile también se hacían listas para emigrar a dicho país sudamericano. Pero fui informado de que también eran preferidos los negrinistas, por ser comunista el encargado de las inscripciones, el poeta Pablo Neruda. Cierto o no, ya no tuve ánimo de ir. Después de todo, pocas ganas tenía de dejar Francia. Y no sentía ninguna de soportar las colas humillantes, las caras impasibles de los que recibían y escuchaban, cansados también ellos de tantas gentes suplicantes.

Nos llamaron otra vez de la Prefectura de Policía. Fui yo solo, pues mi mujer ya no aguantaba cinco minutos de pie. La llamada era para preguntar qué hacia en Francia y qué esperaba para dar cumplimiento al refus de séjour. Hube de explicar que estábamos en espera de que nos concediesen el visado para México, cuya solicitud habíamos hecho.

Al llegar a casa, me encontré con una llamada de Martínez Barrio. Deseaba hablar conmigo. Era urgente. Me recibió con evidente desasosiego, él siempre tan calmoso. Me informó que acababa de tener noticias sobre acontecimientos muy graves que se estaban produciendo en la zona republicana. Negrín, sus ministros y los jefes comunistas, así como algunos jefes militares, comunistas también, como Modesto, Líster, Tagüeña y otros, habían regresado precipitadamente a Toulouse. Se decía que había lucha en Madrid, donde las fuerzas anarcosindicalistas estaban dominando a las unidades comunistas que se habían sublevado para no acatar a una Junta de Defensa que había dado el puntapié a Negrín y se había hecho cargo de la situación. Los hombres de la nueva situación parecían ser el coronel Casado y Cipriano Mera, jefe éste del IV Cuerpo de ejército. La Junta de Defensa la integraban libertarios, socialistas no negrinistas y republicanos.

Martínez Barrio me preguntó:

— ¿Cree usted que todavía podemos hacer algo?

— No lo sé. Desde aquí no puedo juzgar. Pero si pudiese disponer usted de avión, mejor sería irnos allá inmediatamente.

— Lo siento mucho. Antes no podía moverme por carecer de aviones. Ahora, que en Toulouse debe haberlos, no me permitirían llegar allá. Además, según todos los informes, la Junta de Madrid será aplastada por los ejércitos franquistas si no se rinden inmediatamente. Franco ha manifestado a las potencias europeas que no admite ninguna clase de negociación y diálogo. O capitulación lisa y llana, o muerte en lucha. Habla fuerte y se le teme, pues se supone que es la voz de Hítler.

— ¿Qué hacer, pues? ¿Se acabó todo? — le dije.

— ¡Quién sabe! Los que logren huir de Europa acaso puedan contarlo algún día. ¿Ha resuelto usted algo sobre adónde dirigirse con su esposa?

— Nada, todavía. En la embajada de México me dijeron que tenía que esperar. Y lo que yo esperaba realmente era la oportunidad de ir con usted a Madrid.

— Pues apúrese. Esto apesta a quemado.

 

El Consejo General del Movimiento Libertario acordó el 7 de marzo a propuesta mía, después de haber informado sobre mis gestiones cerca de Martínez Barrio, enviar a la Junta de Defensa de Madrid un telegrama de adhesión. Si bien el acuerdo fue unánime, hubo que vencer las reticencias de Marianet, que se escudaba en la conveniencia de conocer antes lo que pudiera explicar el ministro de la CNT, Segundo Blanco.

Marianet se contradecía continuamente. Esperar a que informase el ministro de la CNT en el gobierno Negrín, era anular el acuerdo anterior del Consejo General, que condenaba a Negrín y a su gobierno a desaparecer, por carencia de base legal al renunciar Azaña a la presidencia de la República y al acordar nosotros su sustitución por Martínez Barrio, y proponía el traslado de éste a Madrid, acompañado por la mayor cantidad posible de miembros del Consejo General del Movimiento Libertario. Marianet tuvo que convencerse de que no era lo mismo escuchar el informe obligado del compañero Segundo Blanco que oír, y aprobar o no, la gestión del representante de la CNT en el gobierno Negrín.

En aquella ocasión, Marianet pretendía volver a sus gitanerías: sí y no; revolución total, no. Pero sí si era posible gobernar desde la calle; con Largo Caballero pasase lo que pasase, para volverle la espalda y pegarse como lapa a las faldas de Negrín; sumisión absoluta a los acuerdos de la CNT, pero quebrantándolos continuamente. Todo realizado con la colaboración de prestacabezas y una abigarrada mecánica de plenos egionales, con la que le fue posible lograr conservar el cargo de Secretario del Comité Nacional, y no presentar la renuncia al terminar el año de ejercicio, como establecían los acuerdos del Congreso de 1931, no obstante ser observados escrupulosamente en su Regional de origen, que conoció como secretarios a Valerio Mas, Dionisio Eroles, Juan Doménech y Francisco Isgleas.

En el Consejo General, se había puesto fin a la ilimitada capacidad de maniobra de Marianet. Todavía se toleraba que firmase como Secretario del Consejo, siempre que su firma fuese acompañada de la de Germinal Esgleas. Todavía entonces, el 7 de marzo, no se había puesto en claro el problema del dinero y de los bienes del Movimiento, muy presionados todos los depositarios por mi insistencia y la de Juan Rueda Ortiz, que en el Consejo representaba a la FIJL.

Este asunto me tenía muy escamado. En la primera reunión que tuvo el Consejo General, condicioné mi colaboración a que fuese expuesta con toda claridad la situación de los bienes orgánicos, para saber con qué se contaba y qué destino darle. Aquella reunión tuvo lugar en un restaurante cuyo primer piso tenía salitas para fiestas y comidas íntimas. Entre trago y trago, algo de concreto se dijo por parte de algunos depositarios: la Organización tenía capacidad económica para fletar un barco que trasladase compañeros a América. Se acordó que los depositarios Herrera, Xena, Mas y Marianet se reunirían, harían sumas y nos informarían de los totales.

Dichos totales no los supimos nunca. En una reunión restringida que celebramos en mi casa, Mas dijo que andaban muy equivocados los que suponían que el Movimiento poseía grandes cantidades de dinero. Por lo que él había podido aclarar hasta aquel momento, en francos franceses muy devaluados ya, los fondos existentes no debían exceder los seis millones.

En aquel momento estuve tentado de presentar mi renuncia al Consejo General del Movimiento Libertario. El incumplimiento de los acuerdos que nos llevaron a enviar la circular número 1 a los campos de concentración, anunciando a los compañeros que se atenderían las necesidades de cada uno, que se fletaría un barco por nuestra cuenta, etc., terminaba con la imprecisa declaración de que solamente poseíamos unos seis millones de francos, sin relación de cantidades ni de sus aportantes; después de haber esperado casi dos meses, se afirmaba mi impresión de que los depositarios se estaban conduciendo como propietarios de unos fondos, a cuya capitalización habíamos contribuido todos y que pertenecían a la Organización.

Estábamos en mi casa. El conserje, a requerimiento de la Prefectura, me vigilaba estrechamente. Por ello no levanté la voz al oír aquella ridícula declaración de bienes orgánicos. Pero al quedarme a solas con Francisco Isgleas, último secretario del Comité regional de la CNT de Cataluña, le dije:

— Ahora me explico por qué se luchó tanto para impedirme ocupar la secretaría del Comité regional de Cataluña. Tú fuiste el elegido y te digo que si a mí me hubiesen presentado esa ridícula declaración de bienes, por de pronto no la habría admitido y hubiese exigido un careo con los depositarios: Nemesio Gálvez, Facundo Roca, Valerio Mas, Aguilar y los demás.

— ¿Pero tú crees que en el extranjero, sin domicilio autorizado, sin base orgánica, debiendo callar hasta los suspiros, podemos reclamar una investigación?

— Tienes y no tienes razón, Isgleas. Aquí te han dado unos totales de capitales y, en la calle, en los campos de concentración, se habla de muchos millones. Si no existían tales millones, debió declararse desde el primer momento, y no hacer referencia a las posibilidades económicas de poder fletar buques ni al envío de misiones a México para montar industrias en las que poder dar trabajo a los compañeros que fuesen llegando. Estamos ante un caso de ocultación de realidades o se cometió un fraude al dar esperanzas a los compañeros. Al estar con vosotros comparto la responsabilidad, pero no me gusta nada la irresponsable conducta de la Comisión Económica del Consejo.

— Tampoco a mí. Pero si nos dejas ahora, esto sería un desastre.

 

No obstante, había llegado el momento de dejar aquel equipo de compañeros del Consejo General del Movimiento Libertario. Entre ellos, era una pieza suelta, cada vez más me representaba a mí mismo. En cambio, la mayoría de sus componentes estaban atados por muchos intereses creados. Los ataba también el reiterado abandono de los más elementales principios revolucionarios a partir del 23 de julio de 1936, con su secuela de caída vertical del prestigio de la CNT.

Al tener noticias de la deposición de Negrín y de su gobierno, acometida por los compañeros de aquella zona, mi actitud fue de franca y total adhesión hacia ellos, que puso de manifiesto el telegrama que el Consejo general les envió. No obstante los rumores contradictorios que pronto hicieron circular los elementos comunistas, mi adhesión se fundaba en la comprensión de lo que pudo ocurrir en la zona Centro‑Sur‑Levante.

En el Consejo de Defensa, creado como órgano de gobierno, formaban militantes anarcosindicalistas abnegados. Eran Eduardo Val, Manuel Salgado, Manuel González Marín, Cipriano Mera, Juan López y otros. Todos ellos acordaron y decidieron marchar adelante en una empresa tan compleja que requería condiciones excepcionales para salir triunfantes. Lograron subir uno, dos, tres escalones, y cayeron. Era el momento de realizar en grande la guerra revolucionaria, dejando la somnolienta trinchera y saliendo disparados los radios de grandes guerrillas con el espacio como objetivo. Sacudirse el equipo Negrín y mantener sus métodos arcaicos de conducir una guerra con las tropas como topos en las trincheras, como en el Verdún de 1917, era el suicidio ¿Quién les hizo entregarse al coronel Casado? ¿Cómo pudo ocurrírseles colocar el Consejo Nacional de Defensa bajo la presidencia del general Miaja, el de la pluralidad de carnets partidistas y chascarrillo a flor de labios?

De lo ocurrido en la zona Centro‑Sur‑Levante después del derrocamiento del gobierno Negrín, debe suprimirse lo accidental y dejar lo permanente. En Madrid, en la noche del 6 de marzo de 1939, el anarcosindicalismo llevó a cabo la liquidación del conjunto surgido de las cenizas del mayo de 1937 en Barcelona. A partir de mayo de 1937, se inicia la polarización del rencor nacional contra los comunistas, los soviéticos y su pelele Negrín. El estilo de Negrín era repelente. La violenta disolución de los órganos que la revolución se había dado, como el Consejo de Aragón, las Patrullas de Control, los Consejos de Obreros y Soldados, las Escuelas populares de Guerra; la militarización de las Industrias de Guerra, la requisa de pequeñas pertenencias familiares, como los anillos de matrimonio, los pendientes de la novia, el broche de la abuela; el envío a la Unión Soviética de los depósitos de telas y paños, dejando casi desnuda a la población; el saqueo de máquinas y equipos de nuestros centros fabriles por indicación de Stachevski, consejero de economía del consulado general de la URSS en Barcelona, para ser enviados a su país; y mil cosas más hinchaban el odio y el rencor.

La CNT en Cataluña recogió, gota a gota, el rencor de su clase obrera, y se preparó para llevar a cabo un movimiento general que permitiese derrocar a Negrín y los comunistas sin correr el riesgo de una rotura general de los frentes de combate. Fue cuando rompió sus relaciones con el Comité nacional de la Organización, por su excesiva entrega a Negrín, por su alianza con la apócrifa UGT de los negrinistas y el Frente Popular de los comunistas.

La rotura de relaciones con el Comité Nacional duró varios meses, hasta que la CNT se reunió en Pleno Nacional de Regionales. Lamentablemente, la mayoría de Regionales, con la del Centro a la cabeza, respaldó al Comité Nacional y aun reforzó su pronegrinismo. Tal actitud, que suponía la desautorización de quienes en Cataluña estábamos contra Negrín y a favor de una rectificación total de la línea colaboracionista de la CNT, fue sostenida hasta después de la renuncia de Azaña a la presidencia de la República. A la llegada de Negrín a la zona Centro‑Sur‑Levante, logró la total adhesión del Frente Popular de aquella parte de España, con el voto de la CNT y la FAI.

Pero, al fin, ocurrió lo que tenía que producirse, lo que se había iniciado después de mayo de 1937, lo que se incubaba desde el Pleno de Locales y Comarcales de Cataluña del 23 de julio de 1936.

Fueron los compañeros de Madrid quienes resolvieron la ecuación. Si la guerra fue planteada porque lo quisieron los anarcosindicalistas de Barcelona, poner fin a ella correspondía a los anarcosindicalistas, de Madrid o de donde fuese. La sinceridad obliga a recabar la gloria y la responsabilidad.

Casi tres años de guerra. Con el ejército disciplinadamente intacto, sostenido por Italia y Alemania, los franquistas llegando a disponer de diez aviones por cada uno nuestro, de cinco baterías artilleras por una nuestra, de diez ametralladoras por una, de diez fusiles por uno, de todas las fábricas de pólvora del país. En tales condiciones, ¿cuánto duró la guerra?

Cualquier jefe de Estado Mayor hubiera afirmado que no podíamos sostenernos más de medio año. Y nos sostuvimos treinta y tres meses.

El pueblo español se midió con los militares profesionales en las calles de Barcelona, primero, venciéndolos en complejas luchas callejeras que duraron treinta horas. Después los batió en Gijón, Santander, Bilbao, San Sebastián, Valencia, Alicante, Almería, Murcia, Albacete, Málaga, Ciudad Real y Madrid.

No fue la de ellos una victoria material fácil. Sus ejércitos tuvieron que vérselas con nuestros milicianos. Sus generales tuvieron que enfrentarse a un Mera albañil, a un Ortiz ebanista, a un Durruti ajustador mecánico, a un Domingo Ascaso panadero... Los compañeros de Madrid tenían derecho a esperar la concertación de un tratado de paz que, poniendo fin a una guerra ganada y perdida a medias por ambas partes, abriese un porvenir sin la monstruosidad de las matanzas en masa que cometieron los francofalangistas en los pueblos y ciudades que iban conquistando.

 

No se hizo la paz ni se pacificó. La guerra siguió en pie. Ellos, trepados en los hombros de tres cuartas partes de la España vencida. Nosotros, vencedores morales de aquella contienda, esperando dar el salto en el momento oportuno.

Porque la historia sabe esperar.

Sin victoria moral, nada podrán edificar los que sólo vencieron materialmente. No podrán hacer la paz.

Así y no de otra manera fue la terminación de nuestra guerra.

 

Yo defendí apasionadamente a los compañeros de Madrid. Las causas y motivos de mi defensa hasta por ellos eran ignorados.

Esos mismos compañeros que en Madrid tomaron tan importantes decisiones, al salir de España e instalarse en Londres, no se mostraron conformes con la constitución del Consejo general del Movimiento, y mucho menos con su pretensión de ser la máxima autoridad entre la militancia emigrada, al principio, y con posible proyección en España después.

¿Era justa su posición? Para mí, lo era. El Consejo general del Movimiento Libertario se creó caprichosamente. Para ello aglutinó los compañeros que no querían dejar de ser dirigentes de la CNT, de la FAI y de la FIJL. Como, según ellos, los tres organismos superiores ya no tenían razón de existir, crearon un organismo único que los sustituyese y, a la manera de los comunistas, daban las cosas por hechas, sin haberlas sometido a la deliberación de la militancia.

Los compañeros residentes en Londres objetaban el nuevo organismo y el procedimiento que se empleó para crearlo. Sus argumentos eran simples y sólidos. Alegaban ser lo último que existió de la CNT, la FAI y las Juventudes Libertarias. Ellos fueron el último Comité nacional y las últimas tres Regionales existentes, la del Centro, la de Andalucía y Extremadura y la de Levante. Tuvieron que adoptar resoluciones, de las que asumieron la responsabilidad ante la Organización, ante el proletariado mundial y ante la historia.

Tenían razón. Así lo expresé ante el Pleno del Consejo del Movimiento Libertario. Y así lo expresé en la reunión en que comparecieron delegados por los compañeros de Londres: Juan López, último secretario del Comité nacional de la CNT en la zona Centro‑Sur‑Levante; Manuel González Marín, de la Regional del Centro, y Eduardo Val, del Comité de Defensa del Centro.

El Consejo general del Movimiento Libertario desechó las justas demandas de los últimos representantes de la CNT en la España combatiente. Al hacerlo, se pisoteaban de nuevo las normas orgánicas. Lo hice constar y, ante la consternación general, presenté mi dimisión irrevocable.

 

Me fue fácil separarme de las actividades del Consejo general. Este tenía ya su representación en el SERE, organismo que, con fondos que aportó Negrín de España, estaba encargado de canalizar los refugiados hacia los países que los admitiesen. De manera partidista, ciertamente, con tendencia a favorecer a comunistas y negrinistas. No obstante, por estar constituido el SERE con representaciones de todo el antifascismo español, se vería forzado a facilitar pasajes a los oponentes de Negrín, si bien en escala reducida.

La escasa capacidad económica declarada por Valerio Mas en nombre de todos los depositarios de bienes orgánicos hacía que el Movimiento Libertario fuese incapaz de fletar barcos y de ir a México a realizar el proyecto de creación de industrias y otras fuentes de trabajo, asignado a Juan Rueda Ortiz, a Serafín Aliaga y a mí. No siendo yo depositario de bienes orgánicos ni de ninguna especie, y con un refus de séjour encima, bien poca cosa podía esperarse de mí.

Estaban contados los días de mi permanencia en Francia. Cada quince días se reclamaba mi presencia en la Prefectura y cada vez se me requería para que abandonase el país.

La madrugada del 28 de mayo se internó mi mujer en la Maternidad. A la una de la tarde, la enfermera de guardia me comunicó que era padre de un beau garçon. Cuando me dejaron visitarla al día siguiente, mi mujer se encontraba bien y el beau garçon me pareció bastante feíto. Ser padre me produjo una sensación hasta entonces desconocida. Supongo que a todos los padres les ocurre lo mismo ante el primer hijo.

Cuando a los once días de estancia en la Maternidad regresó a casa mi mujer con el hijo, ocurrieron dos hechos notables: el conserje y su mujer, que siempre nos habían tratado hoscamente, como a gente « no grata », se derritieron de emoción al ver el pequeñuelo. Lo besuquearon, se deshicieron en atenciones para con la madre, nos invitaron a una copa de buen vino y, hasta que nos fuimos, nos trataron tan delicadamente que nos sentimos reconciliados con todos los franceses, hasta con los de la Prefectura, que reclamaban implacablemente el abandono del país. No debe uno precipitarse en juzgar a las gentes. Al final, el afán de la Prefectura de echarnos del país era el bien más grande que podía hacernos.

Al día siguiente, fui llamado al teléfono de la portería. El comisario encargado de nuestro caso me llamaba para felicitarme por ser — ¡al fin! — padre, y recordarme que ya no debía pensar en excusarme con el embarazo de mi mujer, requiriéndome para que abandonara Francia.

Pasados unos días me llamaron nuevamente al teléfono. Ya no era la voz del comisario. Era una voz de mujer, de cálida entonación y timbre juvenil. Me encargaba de parte del prefecto que me presentara al día siguiente en la oficina del propio prefecto.

Me recibió la cálida voz que oí por el teléfono. Era la secretaria particular del prefecto. En su nombre, me rogaba explicarle el curso de mis gestiones para conseguir visado para algún país. Quería saber el prefecto cuándo abandonaría Francia, porque estaba sometido a « muy fuertes presiones » a causa de mi prolongada estancia en el país.

— Ignoro — le dije a la preciosa secretaria del prefecto — cómo está mi asunto y cuándo podré abandonar el país. Todavía espero que me avisen desde la embajada de México.

— ¿Presentó usted su solicitud por escrito a la embajada de México? — me preguntó.

— No, señorita, fue verbal.

— Vea usted. Se le comunicó un refus de séjour. Todavía se encuentra en el país y no posee ninguna prueba de estar haciendo gestiones para abandonar Francia. ¿Cierto?

— Sí, señorita, es cierto.

— Pues, según entiende el señor prefecto, necesitamos alguna prueba de su acatamiento de la orden de abandonar el país. Le aconsejo dirigir carta certificada a varios gobiernos de distintos países en solicitud de visado. Las cartas debe hacerlas guardándose copia y recibo de certificado. Cuando las tenga, viene a verme y me las entrega. Yo le haré un recibo de todo. ¿De acuerdo?

— Sí, señorita, de acuerdo.

 

Hice cinco cartas de solicitud. Al gobierno de los Estados Unidos de América, al gobierno de Cuba, al gobierno de México, al gobierno de Inglaterra y al gobierno de Suecia. Las certifiqué y llevé las copias y los recibos de certificado a la secretaria particular del prefecto. Pensé que no había sido mala la idea de las cartas certificadas. Era de suponer que alguna cosa contestarían. Me dediqué a esperar.

En esa espera recibí la visita, muy de mañana, de Francisco Isgleas. Estaba demudado. Supuse que algo serio debía ocurrir.

— ¡Se murió Marianet!

— ¿Qué dices? ¿Cómo pudo ser eso?

— Murió ahogado, bañándose en el Marne, algo lejos de aquí, en un pueblecito. Será enterrado, según me dijo Germinal Esgleas, este mediodía. Los compañeros del Consejo general me pidieron que te rogara nos acompañes al entierro.

Me quedé perplejo. Como cuando el doctor Santamaría y el sargento Manzana me contaron su versión de la muerte de Durruti. Según explicaron, su versión era veraz, pero había sido ocultada a todo el mundo, dejando creer que murió heroicamente por bala del enemigo. No hubiese estado bien que yo me opusiese a la ocultación de la verdad. Después de todo, ¿cuál debía ser la verdad sobre la muerte de Durruti?

Durante muchos años la versión del disparo accidental del « naranjero » fue desconocida. Después, al correr de los años, no faltaría quien, como Santillán, descorriese el velo. Pero no yo. Esa versión nunca la admití del todo, pues Durruti nunca anduvo con « naranjero » ni arma en la mano. A lo sumo, llevaba una pistola enfundada en pistolera al cinto.

Tampoco quise oponer dudas a la versión que Isgleas acababa de darme sobre la muerte de Marianet. Me resultaba inadmisible que Marianet se hubiese ahogado en el Marne, porque era buen nadador y se contaba de él la proeza de haber cruzado a nado el puerto de Barcelona, desde la Barceloneta hasta la Puerta de la Paz. Me callé. Y me callé cuando el compañero Bernardo Pou, en artículo que le publicaron en Cultura Proletaria de Nueva York, inició la tentativa de mitificación de Marianet por su muerte accidental y que se empezó a querer atribuir a nuestros — o sus — enemigos. Dicho artículo tenía el título de « La muerte de Marianet » y como subtítulo « ¡Te vengaremos! ».

Llegamos Isgleas y yo a la pequeña estación del pueblecíto del Marne y a pie nos dirigimos a la casita en que yacía Marianet a punto de ser llevado a enterrar. Se inició la marcha hasta el cementerio, y descendieron el ataúd a una fosa recién abierta.

Ni una palabra de despedida. Nadie del acompañamiento tomó la iniciativa de hacerlo. Los que le acompañaban cuando se ahogó, Horacio Prieto, Serafín Aliaga, Delio Alvarez y su compañera Conchita, permanecieron callados. Isgleas y Esgleas también callaron. Yo hice lo mismo, pues nadie me pidió hacer el responso. Espontáneamente, no se me ocurrió hacerlo. Orgánica e ideológicamente estábamos enfrentados.

Cuando me explicaron el accidente que le costó la vida, me quedé mudo de estupor. Ninguno de los que le acompañaban hizo el gesto de tirarse al río cuando aparecieron burbujas en el lugar en que se hundió, al parecer atrapado entre hierbas. Nadie se tiró a salvarlo, a darle una mano. Allí se quedó hasta bastante tiempo después, cuando acudieron socorros que lo hallaron lejos de donde se sumergiera. Fue inútil la respiración artificial que intentaron los de la Cruz Roja.

Nos marchamos del cementerio. Germinal Esgleas nos invitó a Isgleas y a mí a regresar a París en el pequeño automóvil que conducía Minué, seguramente el mismo que utilizó Marianet en vida.

Por el camino, Germinal me fue contando lo sucedido. Al atardecer del día anterior, le comunicaron la muerte de Marianet y sus circunstancias. El y Federica se fueron inmediatamente al piso donde Marianet tenía su oficina personal y...

— Asómbrate, Juan — me dijo Esgleas —, encontramos un archivo nutrido donde los militantes más significados del Movimiento tenían su respectiva ficha, con sus antecedentes, sus vicios, sus tendencias personales y sus posiciones ideológicas de hoy y de ayer. Si me acompañas, al llegar a Paris, te lo mostraré.

— No, no te acompañaré, ni me interesa ver mi ficha. Esa imitación de Stalin carecía de astucia. A Stalin nunca se le hubiera ocurrido tirarse al Marne después de haber comido copiosamente y haber bebido tinto de Burdeos.

 

Era cierto lo que me contó la secretaria de Martínez Barrio. Este preparaba su viaje a México, vía Nueva York. No podía hacerlo dejando en el aire la presidencia del Comité de Ayuda a España y sus fondos. Como existía la propuesta del Consejo general del Movimiento Libertario de disolución del Comité y de reparto de fondos entre todas las organizaciones y partidos antifascistas, planteada por Federica Montseny, se convino proceder al reparto de los fondos por igual a los representantes autorizados de los Comités nacionales.

Germinal Esgleas, marido ya de Federica Montseny, aunque actuaba de secretario del Consejo general del Movimiento Libertario, se vio en el caso de pedirnos a Horacio Prieto y a mí que prestáramos la garantía de nuestras personas para el cobro de los dos medios millones de francos que les correspondían a la CNT y a la FAI. De manos de Martínez Barrio y en presencia de Federica Montseny cobramos Horacio medio millón de francos en billetes de mil y yo otro tanto, también en billetes de mil francos.

Ni Horacio ni yo tuvimos tiempo de darles calor en nuestras manos. En el rellano que daba al ascensor por el que debíamos bajar, nos aguardaba Germinal Esgleas, quien recibió de Horacio Prieto y de mí los dos fajos de billetes. Fue mejor así. Con sacudirnos después las manos, pudimos exclamar: «De tales lodos, ni los polvos».

 

Exilado en Suecia

A su debido tiempo acudí a la Prefectura a entregar las copias de las cartas que envié en solicitud de visados de residencia a los gobiernos de los Estados Unidos, México, Cuba, Inglaterra y Suecia. La secretaria del prefecto tomó nota de ellas, así como de los recibos de certificados. Pero llegó la primera contestación. Era del gobierno de Su Majestad Británica, que se excusaba por no encontrarse en situación de poder atender a mi solicitud.

Días después me llegó respuesta del ministerio de Negocios extranjeros de Suecia, que me comunicaba que el gobierno sueco atendía a mi solicitud, rogándome pasara por el consulado general de Suecia en París, con los pasaportes.

Así de sencillo. En las oficinas del SERE me dieron una cantidad de dinero para pago de pasajes. Comprometí los pasajes vía Inglaterra — Bélgica no admitía refugiados españoles ni en tránsito — para el 15 de julio de 1939. Antes, escribí al compañero John Andersson, secretario de la SAC y de nuestra internacional, AIT, con sede en Estocolmo, comunicándole la fecha de llegada a Goteburgo, desde donde nos dirigiríamos a Estocolmo. Esperaba que pudiesen ayudarnos a encontrar trabajo del que poder vivir. Le anotaba los trabajos que podía realizar con competencia: camarero de restaurante, barnizador de muebles y trabajador textil en tintes y aprestos.

Procuré arreglar mi partida en el mayor silencio. A nadie me sentía obligado a darle cuenta de cuándo ni dónde iba a dirigirme.

Tomamos el avión en Le Bourget en las primeras horas de la mañana del 15 de julio — el siguiente de haber contemplado el desfile de tropas por los Campos Elíseos —, rumbo al aeropuerto de Croydon en Londres. Del aeropuerto fuimos en taxi a la estación de Saint Pancras, donde tomamos el tren para Tilbury, a lo largo del Támesis, para abordar un pequeño barco que hacía la travesía hasta Goteburgo.

Duele tener que dejar París.

 

Con los ingleses del tren no llegamos a intimar. Correctos, circunspectos. De igual manera se conducían los que viajaban en el Britannia. En el comedor, nos tocó, en una mesa para cuatro, un matrimonio inglés. Corrección y circunspección. Ni interés ni despego. En las otras mesas, estaban tan silenciosos como en la nuestra. Se sentaban, inclinando ligeramente la cabeza en señal de saludo, comían silenciosamente y sin estrépito de cubiertos, se levantaban, e inclinaban otra vez levemente la cabeza.

En la mañana del 16, nos anunciaron nuestra próxima llegada a Goteburgo. Debíamos tener listos los pasaportes que serían revisados en la cubierta del barco por los aduaneros y policías suecos.

Hasta aquel momento, apenas si tuvimos la impresión de ser refugiados. Ya en el puerto de Goteburgo el Britannia, un oficial del buque recogió los pasaportes de los viajeros para entregarlos a los policías suecos. A nosotros nos llamaron primero, por tener yo pasaporte diplomático. Nos fueron devueltos los documentos y nos acompañaron a la escalerilla de desembarco, ayudando a mi mujer, que llevaba el hijo en brazos, y a mí que cargaba con dos maletas.

En el muelle se nos acercaron unos desconocidos, muy sonrientes: « Välkommen! ¿García Oliver? », preguntaban. Eran compañeros pertenecientes a una sección de la Sveriges Arbetaren Centralorganisation, SAC, avisados de nuestra llegada por John Andersson. En la imposibilidad de comprendernos, pues ninguno de ellos hablaba español ni francés, con gestos les rogamos conducirnos a la estación de ferrocarril de donde partía al cabo de dos horas un tren de pasajeros con destino a Estocolmo.

En julio, todavía el paisaje era grato para un meridional como yo. Pero decían que los inviernos eran largos y fríos. ¿Nos permitirían el clima duro y el idioma tan distinto a los de origen latino arraigar lo suficiente como para poder ganarme la vida trabajando?

No teníamos elección. Bien o mal, tendríamos que acomodarnos a los usos y costumbres de aquel acogedor país escandinavo.

En el andén de la estación de Estocolmo nos esperaban. De un grupo de personas se adelantó una a nuestro encuentro, sonriente y natural, como si me conociese de mucho tiempo atrás.

— Soy Helmut Rüdiger — me dijo —. Nos conocemos ya de Barcelona, aunque a lo mejor no te acuerdas. Bienvenidos. Venid que os presente a John Andersson y otros compañeros que han venido a saludaros.

Yo no conocía a aquel compañero. Sin embargo, temiendo ser indiscreto, no se lo dije, y como si fuésemos amigos de toda la vida, le contesté con naturalidad:

— ¡Qué casualidad encontrarte aquí, compañero! Es una gran cosa haberte encontrado. Hablas bastante bien el castellano y podrás ayudarnos mucho. Gracias por todo, Rüdiger. Vamos a saludar a los compañeros.

No hubo necesidad de que Rüdiger hiciese las presentaciones. Los que nos esperaban se condujeron como si fuésemos viejos amigos. De sus labios salía continuamente el Välkommen.

Nos llevaron al café de la estación. Rüdiger y su compañera Dora nos ayudaron haciendo las traducciones, pues hablaban el sueco. Después supe que ambos eran alemanes y que habían vivido unos años en Barcelona dando clases de alemán.

Pasamos unos días en casa de los Rüdiger, compañeros muy amables y, como nosotros, refugiados. Vivían en una casita con jardín en un suburbio de Estocolmo llamado Hagalund. En el mismo Hagalund los compañeros encontraron para nosotros un pequeño departamento. La nuestra era una vivienda provisional, parecida a la de la mayor parte de los trabajadores suecos, que no prestaban mucha atención a las comodidades del hogar.

Pronto recibimos la visita de una mujer encantadora, Syster Märtha, enfermera jefe del Solna Mjölkdropen, la Gota de Leche de Solna, de la que dependíamos por tener un hijo pequeño.

Syster Märtha, que sabía algo de francés, nos explicó el alcance social del Mjölkdropen. Teníamos que ir a inscribir el hijo, llevarlo a la visita del médico una vez por semana y recoger al mismo tiempo los alimentos para él de acuerdo con las disposiciones del doctor. Nos dijo que el hijo no debía dormir de noche con la madre, sino que debía tener su propia cunita; que si no podíamos comprarla, nos facilitarían una. Igualmente, que debíamos sacar el hijo todos los días a tomar el aire, aunque lloviese o nevase, siendo disculpable solamente los días de ventisca. Pero que no debíamos llevarlo en brazos, sino en un cochecito, y que si no podíamos comprarlo, nos lo prestarían. Nos comunicó que en Suecia, la Mjölkdropen estaba facultada para quitar los hijos a los padres que les daban mala vida, e incluso si los tenían en bajas condiciones de higiene. Finalmente, Syster Märtha nos invitó a cenar con ella, resultando la velada sumamente agradable.

A los pocos días de nuestra llegada, tuve una entrevista con Andersson. Por Rüdiger me enteré de que nuestra organización en Suecia era tan pequeña que nunca pasó de los treinta mil afiliados, siendo leñadores su contingente más numeroso. Sin embargo, pese a que no llegaban a tener los afiliados de uno solo de nuestros sindicatos de Barcelona, administrativamente eran maravillosos. Eran propietarios de su casa local de Klaravästrakyrkagatan. Poseían amplias secretarías para las necesidades burocráticas y redacción del periódico diario Arbetaren y la revista ideológica Sindicalismen. De la edición del periódico y de la revista se encargaba la cooperativa de ediciones que poseían y que, además, hacía otros trabajos de imprenta y editaba libros.

Sólo tenían dos cargos burocráticos: la secretaría general, que ocupaba John Andersson, y la tesorería general que era llevada por Shapiro. La dirección y administración del periódico y revista corría a cargo de la cooperativa de ediciones, que cubría el sueldo de Albert Jensen.

Lo que tenía que platicar con Andersson era muy delicado para mí. Se me acababa el escaso dinero que me proporcionó el SERE a mi partida de París, y, como fuera y de lo que fuese, tenía imperiosa necesidad de colocarme en algún trabajo. ¿Cómo hacerlo desconociendo el idioma y con escasa influencia nuestra organización en las industrias que yo conocía bien? Pero si los compañeros de la SAC no podían proporcionarme trabajo en una de esas industrias, sí podían presentar mi caso al Spaniens Hjälp Kommitten, al que ellos pertenecían, con la organización central de Sindicatos y demás organizaciones y partidos antifascistas suecos. Así se lo expresé a Andersson. Este compañero con exquisita finura me dijo que ya había estudiado el asunto el Comité central de la SAC y que había acordado que, sin perjuicio de tratar de encontrarme trabajo, no tenía por qué preocuparme del problema económico, pues me habían concedido el subsidio que para esos casos tenía acordado la organización. Dicho de manera tan delicada, no podía sentirme lesionado en mi amor propio. Insistí, después de darle las gracias, en la conveniencia de que me ayudasen a encontrar un trabajo que me permitiese cubrir mis necesidades y contribuir al sostenimiento de la organización. Circunstancias extraordinarias, como la guerra universal, comprimieron de tal manera las actividades en el país, que en los dieciséis meses que permanecí en él no encontré colocación. Aquella existencia parasitaria me amargaba y me impulsó a buscar salida para América.

 

¡La guerra! Cuando el 15 de julio dejamos Francia la guerra se consideraba ya inminente. Se la esperaba y se la temía. No nos asombraba contemplar desde el tren cómo los ingleses trabajaban como orugas en sus jardincitos para construir refugios antiaéreos.

Nuestra llegada a Suecia, país tradicionalmente pacifista y neutralista, nos apartó de las usuales rutas de los ejércitos europeos. Cuando llegamos allí, la paz era la aspiración general del pueblo sueco. De su pasado belicoso y guerrero, los suecos no hablaban nunca. Conservaban, muy disimulado, el pesar por la pérdida de Finlandia. El botón escondido en un dobladillo de las bocamangas del uniforme de gala de los soldados simbolizaba a Finlandia.

¡La guerra! Salía yo de la secretaría de la SAC cuando me topé con Albert Jensen, director de Arbetaren y de Sindicalismen. Estaba agitadísimo.

— ¡Kriguet! — me espetó mientras se dirigía a hablar con Andersson.

Entré yo también en la secretaría de la AIT y de la SAC. Encontré a aquellos dos viejos militantes obreros, anarquistas, pacifistas, humanistas, abrazados uno al otro, llorando de gran pesar mientras gemían « ¡Kriguet! ¡Kriguet! »

Odiaban la guerra. En su lugar, yo también la hubiese odiado. Pero yo estaba en mi lugar, no en el de ellos. Dentro de mí estaban intactos los odios de una guerra de casi tres años, de la que todavía brotaban las sangres por los mil chorros abiertos en el cuerpo del pobre pueblo español por los falangistas, los franquistas, los fascistas, los nazis.

Ahora, al declarar la guerra las naciones democráticas al Eje Roma‑Berlín‑Tokyo, del que era satélite la España de Franco, se presentaba la oportunidad de que, al final de la contienda, la caída del nazifascismo arrastrase la del régimen falangista‑militar español. Yo daba por descontado que el final sería la derrota de los nazifascistas.

En consecuencia, tomé decisiones rápidas. Adquirí una radio de onda corta para captar emisoras de habla española o francesa. Al día siguiente me presenté en la embajada francesa, en solicitud de visado para Francia. Era necesario rellenar una hoja de solicitud, explicando los motivos. Lo hice, diciendo que siendo refugiado antifascista español deseaba reunirme con mis compañeros internados en Francia, luchar con ellos y compartir su suerte. En apoyo de mi solicitud escribí una carta al sindicalista francés Léon Jouhaux, líder de la CGT, rogándole interpusiera su influencia para que pudiera regresar a Francia.

No recibí contestación del gobierno francés. Tampoco la recibí de Léon Jouhaux. En la embajada inglesa hablé con el embajador, para rogarle que, en caso de guerra con la España franquista, me llevasen en barco frente a España y me desembarcasen donde pudiera eludir la vigilancia costera. Me dijo el embajador inglés que, en aquel momento, por ser todavía neutral el gobierno franquista, ni siquiera podía tomar en consideración mi demanda. Pero que le dejase mi dirección, por si Franco salía de la neutralidad y entraba en la guerra al lado de Alemania.

Al estallar la guerra entre Finlandia y la Unión Soviética, la conmoción fue todavía mayor. Los suecos sintieron en su cuerpo la guerra de sus hermanos fineses. Suecia oficialmente se declaró neutral con respecto a Alemania por un lado y la Unión Soviética por el otro. Hubo fuertes debates en el Riksdag. Pero Suecia se mantuvo neutral oficialmente. El pueblo sueco, en general, prestó gran ayuda a los fineses, en aquella desproporcionada guerra. Se recogieron y enviaron a Finlandia grandes cantidades de productos farmacéuticos, de primeras curas. Salieron con destino a Finlandia batallones de trabajadores voluntarios para el trabajo de trincheras y fortificaciones; en suscripciones públicas se recogieron más de 350 millones de coronas.

Por aquellos días recibí desde Francia una carta del compañero Jover. Me contaba que él formaba parte de unos 300 refugiados españoles para los que el ministro de Estado del gobierno Negrín, Alvarez del Vayo, había pedido derecho de asilo al gobierno de Suecia. La lista estaba compuesta de ministros, diputados, catedráticos, magistrados, gobernadores, generales y coroneles. La solicitud había sido cursada hacía tiempo y no se recibía contestación. Me rogaba interpusiera mis gestiones a fin de obtener una resolución favorable del gobierno sueco.

Con la carta fui a visitar a Andersson, para rogarle que fuese él quien realizase la gestión. Andersson me dijo que yo sería el mejor gestor que pudiesen tener aquellos refugiados, por lo que me aconsejaba que fuese a visitar a Günther, ministro de Negocios extranjeros, excelente socialdemócrata, según me explicó.

Me atendió el primer secretario del ministerio. Me rogó que dejase mi dirección para preparar una entrevista con el ministro lo más pronto posible.

Vista la situación, le expuse el objeto de mi visita: enterarme de la situación en que se encontraba la solicitud elevada por Alvarez del Vayo.

— Puedo explicarle la situación de dicho expediente, porque ya fue a sesión del gobierno y recayó acuerdo negativo — me dijo el secretario.

El acuerdo negativo de gobierno había recaído en los primeros días de junio.

Yo había enviado mi solicitud de asilo en Suecia lo menos diez días después. Se lo hice observar al primer secretario. ¿Suponía un cambio de actitud hacia aquellos refugiados españoles?

— No, no hubo cambio — me aclaró —. A juicio del ministro, Christian Günther, usted hizo cuando pudo por restablecer la ley y el derecho de gentes. Ello imposibilitaba negarle a usted el asilo en Suecia. Y con este criterio llevó su solicitud a Consejo de ministros y el gobierno acordó concederle el derecho de asilo.

Eso explicaba que mi familia y yo fuésemos los únicos refugiados en Suecia. Pero Suecia concedía inmediatamente derecho de asilo a cuantos perseguidos aparecían en sus fronteras, en sus playas o puertos. Ello explicaba la aparición continua de nuevos perseguidos políticos en las calles de Estocolmo.

 

Un día terminó la guerra en Finlandia, con la capitulación del gobierno finés. Era curioso observar el cambio radical que experimentaron los suecos ante aquella capitulación. Los suecos comprendían muy bien la imposibilidad en que se encontraban los fineses de ganar aquella guerra. Pero, muerto el primer finés, había que continuarla hasta el fin, pasase lo que pasase. Porque la vida de un hombre vale tanto como la vida de los demás hombres. Si tenían que capitular, pudieron hacerlo antes de desencadenar la guerra, ahorrando la matanza inútil de tantas gentes.

Aunque Suecia se declaró neutral, la declaración de rotura de hostilidades trajo sus inconvenientes. Escasez de materias alimenticias de importación. Se implantó el racionamiento, sin preferencias, hasta sin mercado negro.

También trajo la preparación civil para la guerra. Se construyeron grandes y pequeños refugios antiaéreos para protección de la población civil. Con razón o sin ella, los suecos se preparaban para la guerra, que indudablemente habrían hecho si hubiesen sufrido un artero ataque como el que los nazis llevaron a cabo contra Noruega.

 

En los primeros tiempos de lo que terminaría por ser guerra universal, al irse conociendo mi domicilio en Suecia, muchos de los compañeros que quedaron en Francia fueron escribiéndome. Sus cartas revelaban todas la misma preocupación: ¿Qué sería de nuestra causa? Franco había declarado la neutralidad de España. Si la guerra era ganada por el Eje, Franco continuaría, y si la ganaban las democracias, Franco continuaría también. ¿Cuál sería el porvenir, en tales condiciones, del Movimiento Libertario español?

Mis respuestas fueron invariables. Hasta que un día, por razones especiales, dejé de contestar. Como sea que el silencio no deja huellas y mis cartas sí produjeron impacto, reproduzco una síntesis de mis contestaciones a las cartas de José Juan Doménech, de Miguel García Vivancos, de Gregorio Jover y otros.

« El llamado Movimiento Libertario debe desaparecer. Solamente deben quedar las siglas de nuestra organización sindical, CNT.

La FAI fue un fracaso total durante la experiencia revolucionaria. Creada para que los anarquistas pudiesen vigilar la dirección y el desarrollo de la CNT en el proceso revolucionario que se estaba gestando en 1927, en el momento en que más necesario era afirmar la concepción revolucionaria del anarcosindicalismo, dio una voltereta completa, por inducción de sus máximos dirigentes — Federica Montseny y Diego Abad de Santillán —, renunciando al ensayo de dar "todo el poder a los Sindicatos para la realización del comunismo libertario". La capitulación de la FAI fue total cuando, para mendigar unos puestos de ministros, gobernadores, militares y policías, rompió con todas las tradiciones del anarquismo revolucionario español, disolviendo su organización clásica en grupos de afinidad, adoptando el sistema orgánico de cualquier partido político, y, en una torpe parodia de lo que hacían los comunistas de Estado, admitió en su seno a miles de sedicentes anarquistas.

La FAI, que fue causa del fracaso de la revolución social en España, tenía que desaparecer; y de empeñarse algunos en que debía subsistir, tendría que ser en virtud de su propios méritos, y no absorbiendo el potencial de la organización obrera, de la CNT.

Sin embargo, considerando que la CNT solamente existe cuando puede constituir sus sindicatos en la legalidad o en la clandestinidad, y esa circunstancia no se daba en el exilio ni en el interior de España; considerando que si no se dotaba a la emigración de un órgano político de combate, nunca se podría iniciar y llevar a cabo la liberación de España, tanto durante la guerra universal como cuando ésta hubiese terminado, convenía ceñirse a tácticas que en cualquier circunstancia emergente posibilitasen la liberación de España, manteniendo en pie solamente el organismo de valor permanente que era la CNT. Y agotado el período posibilista de la FAI, estudiar la posibilidad de dotar al anarcosindicalismo de un órgano transitorio de lucha, que podría denominarse Partido Obrero del Trabajo, POT, cuya subsistencia, lograda la liberación de España, sería sometida a reconsideración, como lo serían también los principios y finalidades de la CNT, para lo cual sería convocado un congreso reconstructivo.»

 

La liberación de nuestro país continuaría obsesionándome. Sólo que no lograba asir el instrumento adecuado para luchar por ella. La FAI se había corrompido en manos de la familia Urales y de Santillán, y difícilmente se lograría hacer de ella un efectivo órgano de combate. Corroída por la politización, vacía de valores anarquistas, sin grupos de afinidad, había pasado a tener menor proyección en la política española que la que tuvieron el Partido Sindicalista y el Partido Federal.

Para mí, al cabo hombre de acción, el problema era sencillo: luchar. Y para que la lucha fuese eficaz, dotar a los luchadores de un organismo adecuado. No se trataba de auspiciar un organismo que propiciase el medro personal. Pero cada cual entiende las cosas a su manera. Entre García Vivancos y Jover se estaban produciendo roces a propósito de quién de los dos sería el jefe del nuevo partido. Aquellos dos compañeros, antes fraternales amigos, estaban intoxicados por los galones de mayor y de teniente coronel que habían logrado en el ejército republicano. Y Jover estaba dando síntomas de oportunismo comunistoide. El proyecto del Partido Obrero del Trabajo, como una organización disciplinada de lucha, había dejado de ser interesante para mí.

Les escribí para decirles que no contasen conmigo para el proyecto de Partido Obrero del Trabajo. La dispersión de la militancia anarcosindicalista aconsejaba un repliegue.

Helmut Rüdiger me informó, muy reservadamente, de que Germinal Esgleas, con carácter de secretario del Consejo general del Movimiento Libertario, había escrito a la SAC y a la AIT, requiriéndoles para que no se me prestase ayuda material o moral, alegando que la idea de crear el Partido Obrero del Trabajo era de mi paternidad. Sin haber sido oído ni juzgado por la militancia, la familia Urales me condenaba, al hambre y a la miseria. Nadie mejor que ellos sabían que yo no me aproveché de la revolución ni en un mísero real. El Consejo directivo de la SAC rechazó enérgicamente el requerimiento de los Urales, que, después de la extraña muerte de Marianet, habían pasado a detentar el poder orgánico, incluido el más o menos importante poder económico de la Organización.

¿Tenían razón aquellos dos experimentados anarcosindicalistas, presidente y secretario respectivamente del Sindicato Unico de la Alimentación de Barcelona, Escandell y Monteagudo, cuando un día del año 1919 sacaron a empellones a Federico Urales del local social de la calle de Guardia?[2] Al dar cuenta, en reunión de militantes, de su conducta, declararon: « O acabamos con la familia Urales, o la familia Urales acabará con la Organización ». ¿Tenían razón?

¿Tenían razón Peiró y Mascarell cuando, después de acordar realizar la unidad dentro de la CNT en el Congreso de Zaragoza del año 1936, me insinuaron que, después de todo, quizá los Urales acabarían también conmigo como militante de la CNT? La expresión acabar conmigo estaba desplazada. En la CNT, nunca aspiré a nada, y menos a una personalidad cimentada en años de actividad burocrática. En el Congreso Nacional del Conservatorio, en 1931, propuse que no excediese de un año de duración cualquier cargo retribuido en la CNT. E hice más apremiantes mis demandas a Andersson de que me facilitase algún trabajo en lo que fuese. Muy vagamente se me dio a entender que se sentirían muy apenados por las críticas de que serían objeto al consentir que a una personalidad de tanta significación en el sindicalismo mundial se le viese trabajando de camarero o en cualquier otro oficio. Se alegaba también que, según leyes sociales vigentes en Suecia, ningún extranjero podía trabajar mientras existiese un trabajador sueco en paro; y, por entonces, a causa de la guerra universal, había en paro forzoso muchos obreros suecos.

 

Salir de Suecia

Desde aquel momento me hice el firme propósito de abandonar Suecia. Quería vivir de mi trabajo, no de la solidaridad. Visité la embajada de México, en demanda de visado de admisión. Escribí a Félix Gordón Ordaz, nuestro embajador entonces en México. Anduve por los consulados de Chile y de Venezuela. Escribí a los amigos de las Sociedades Hispanas Confederadas, de Nueva York.

Cuando los nazis ocuparon Noruega, quedaron prácticamente bloqueados el Báltico y el mar del Norte. La tensión entre Suecia y Alemania llegó a su máximo. Había que ir pensando en qué hacer en el caso de que los nazis invadiesen Suecia. Yo pensaba en cuál podría ser la existencia de guerrillero en aquellas latitudes. ¿Guerrillas en Suecia? Militarmente habría sido fácil organizarlas. Todo sueco apto para las armas era considerado en servicio activo hasta los 45 años de edad. Periódicamente hacían unos días de prácticas militares, a las que acudían desde sus hogares con su uniforme gris, el fusil y su módulo de tiro. En toda vivienda existía el armamento reglamentario de uno o varios soldados. Resultaría cosa fácil armar partidas de 50 o 100 guerrilleros ¿De qué podrían vivir los guerrilleros sobre el terreno? No podrían sostenerse mucho tiempo, si el gobierno no preparaba con antelación depósitos de vituallas y municiones.

No fue necesario. De pronto, la tensión existente desapareció. Se suspendió la febril construcción de refugios antiaéreos y se hicieron menos insistentes las prácticas de movilización civil. Por debajo de nuestra casa pasaba la vía del ferrocarril que iba hasta Noruega. Un día nos dimos cuenta de que, de vez en cuando, las tropas nazis iban de Suecia a Noruega o viceversa. Suecia se había salvado de entrar en guerra. Las decisiones del gobierno socialdemócrata fueron aceptadas sin discusión ni oposición, porque respondían a la manera de ser de los suecos.

 

Los suecos son muy eficientes. Lo son en todo. En sus sistemas cooperativos, por ejemplo. El cooperativismo en Suecia se regía por principios esencialmente libertarios. Era socio cooperador quien quería serlo, mediante una aportación de cien coronas que se podían retirar cuando se quería.

Cada año se reunía la Federación de Cooperativas, a cuyo congreso asistían los delegados de todos los centros de cooperadores. Las reuniones locales se organizaban a la manera libertaria de elección de mesa de discusión, con un presidente, un secretario de actas y otro de palabras. Por procedimiento libertario se nombraba la delegación de uno o más miembros al Congreso anual de Cooperativas.

 

Pasó el invierno, con su tupido manto de nieve y hielo cubriendo lagos y ríos. El bosque, que empezaba donde terminaban las calles de Hagalund, invitaba a ser recorrido en cuanto la primavera empezó a llenarlo todo de agua. Se fundían los hielos y los lagos volvían a ser de agua, con sus patos y sus cisnes.

Era agradable vivir en Suecia y yo me sentía muy bien entre los suecos. Me deprimía la falta de derechos políticos y me sentía como empequeñecido por no poder trabajar para ganar el sustento. Cada mes era lo mismo: de la oficina de Shapiro, de quien recibía el socorro mensual, iba a la de Andersson para insistirle en lo de buscarme trabajo, siempre con el mismo resultado. Forzoso me sería escapar.

En París había entrado en relación con dos delegados de las Sociedades Hispánicas Confederadas de Nueva York, Castro y Delgado, anarcosindicalista uno y socialista el otro. Sociedades Hispánicas los había enviado a Francia para ayudar económicamente a quienes tuviesen visados y les faltase dinero para los pasajes. Me quedé con su dirección.

Les escribí explicándoles mi lamentable situación moral. Quería salir de Suecia y dirigirme a cualquier nación americana donde se me permitiese trabajar. ¿Podrían ayudarme ellos a conseguirlo? Necesitaba visados para mí, mi mujer y mi hijo y dinero para los pasajes. Aunque la guerra, les decía, tenía bloqueados los puertos de Escandinavia en el mar del Norte y en el Báltico, me quedaba la posibilidad de utilizar la vía de escape que acababa de ser abierta a través de la Unión Soviética, por la que se permitía la salida a América vía Transiberiano‑Vladivostock, utilizada por muchos noruegos, daneses y holandeses que huían de la ocupación nazi de sus respectivos países.

La Unión Soviética — en un gesto desconcertante para muchos — abrió en una de las calles más céntricas de Estocolmo, la Vasagatan, una oficina de información — Inturist — y venta de boletos a Moscú, por vía aérea, y de la capital rusa a Vladivostock por el Transiberiano.

En Inturist me informaron de que para ir a América era preciso hacer el recorrido Vladivostock‑Japón, para allí embarcar en uno de los Maru de la flota mercante japonesa.

 

Cuanto más avanzaba la situación de guerra, más difícil se hacía sostener una correspondencia desde Suecia. Durante largos períodos, se carecía de noticias de los amigos y compañeros regados por el mundo. Con la intervención de la Italia de Mussolini en la guerra, agrediendo por la espalda a Francia, los movimientos rápidos del ejército de Hitler sobre Bélgica y el norte de Francia, y la carrera hacia la frontera española de los nazis, se tenía la impresión de que asistíamos al entierro de Occidente y su depósito de ideas libertarias.

¡Esperábamos tanto de la derrota del nazifascismo! En lugar de asistir a la caída de Alemania y de Italia, fue el repliegue inglés de Dunkerque y la caída de París, con los desfiles de las divisiones panzer por los Campos Elíseos. Pilar y yo nos quedamos como en velatorio de un ser querido cuando por radio Andorra nos enteramos de la caída de París.

Unos días antes de tal desastre, retransmitida por los conserjes de la casa que habitamos en París, recibimos la respuesta del departamento de Estado de los Estados Unidos, comunicándonos la aceptación de nuestra solicitud de asilo, pero con encargo de tramitarla en el consulado general de París, adonde debíamos acudir con la documentación personal. No podíamos desplazarnos a París ni partir para América. Entonces apareció como un rayo de luz la posibilidad de alcanzar el Nuevo Mundo por la vía del Transiberiano.

Al fin, recibí carta de las Sociedades Hispánicas Confederadas. Ya no era secretario Jesús Arenas, militante anarcosindicalista de prestigio en Galicia, al que conocí en Zaragoza durante la Conferencia nacional de Sindicatos de la CNT del año 1922. Ahora lo era Ignacio Zugadi, un compañero vasco que no conocía. Me explicaba que, por un momento, creyó en la posibilidad de lograr para nosotros visados para Venezuela, pero que últimamente se habían malogrado sus buenas relaciones con ellos a causa de un cambio de la situación política de aquel país. Si yo veía alguna posibilidad de lograr visados y pasajes, ellos estarían dispuestos a pagarlos, ya fuese a la compañía naviera o remitiéndome el dinero.

Consulté a la agencia Cooks. Me explicaron que si en Nueva York depositaban el dinero, en su agencia, ellos recibirían la orden de pago y pondrían a mi disposición la cantidad convenida, ya fuese en dinero o en pasajes. Lo comuniqué en el acto, por carta, a Zugadi. Y un día me llegó el aviso de la agencia Cooks. Me comunicaron que la agencia de Nueva York les había hecho la transferencia de una cantidad en dólares para cubrir nuestros pasajes. Podía retirar el dinero y encargarme yo mismo de gestionar mi salida de Suecia, o bien lo harían ellos, si bien debía saber que se encontraban imposibilitados de iniciar las gestiones, ya que yo no poseía visado de entrada para ningún país y, además, era apátrida.

Opté por retirar todo el importe de los pasajes, creyendo que podría arreglármelas mejor con dinero que careciendo de él.

Lo primero que hice fue conseguir del Kungl Socialstyrelsen un pasaporte de extranjero, valedero desde el 1 de agosto de 1940 hasta el 31 de julio de 1941, con derecho de regreso, condición indispensable para transitar por el mundo ¡Nadie quería oír hablar de refugiados, de los que estaban llenos los consulados y todos los caminos!

Antes, para justificar mi salida de Suecia y merecer el pasaporte de extranjero, había logrado del consulado general de la República Dominicana en Estocolmo que el gobierno de dicha República, en cable recibido el 7 de junio de 1940, autorizase mi entrada en el país. Y el 8 de junio me estampaban la autorización en mi pasaporte diplomático de la República española.

Con este país de destino, inicié las gestiones para lograr los visados de tránsito de la Unión Soviética y de los Estados Unidos. Ambos gobiernos eran igual de cautelosos en la concesión de visados de tránsito.

El cónsul de los Estados Unidos, Walter Washington, dijo conocerme de referencias, pues era cónsul general en Barcelona cuando se inició nuestra guerra. El visado de tránsito que me extendió era válido por 15 días a contar desde mi llegada a los Estados Unidos.

El cónsul de la Unión Soviética me indicó que mi solicitud de visado de tránsito no se tramitaba en el consulado, sino que la atendía personalmente la embajadora de los Soviets en Suecia, la camarada Alejandra Kollontai.

La embajada estaba en el mismo edificio, y se ascendía a ella por una amplia escalinata. Al final de la escalinata, me estaba esperando una señora de porte distinguido y cabello canoso. Era Kollontai.

Fru Kollontai, como la llamaban en Suecia, era una antigua revolucionaria marxista, si bien su iniciación en las luchas sociales la tuvo en las filas de los socialistas revolucionarios, que siempre estuvieron nutridas de entusiastas mujeres. Gozaba de gran prestigio en el Partido Comunista Soviético. Pero era sospechosa de estar más cerca de la oposición que de Stalin, por lo que se la mantenía alejada en embajadas.

Era una mujer inteligente, de sólida cultura. No hizo ninguna alusión a mi filiación anarquista. Solamente me dijo que le era muy grato saludar al que fue miembro del gobierno de la República española y al gran luchador revolucionario que yo había sido.

— Tengo el encargo — me dijo — de mi gobierno de saludarle y, por tratarse de un largo viaje a través de la Unión Soviética, expresarle la seguridad de que, en caso de cualquier situación conflictiva que se le pueda presentar los « amigos » estarán siempre dispuestos a ayudarle.

Le di las más expresivas gracias a ella, con el ruego de transmitirlas a su gobierno. Me quedé con la tentación de pedirle explicaciones sobre la manera de entrar en contacto con los « amigos », pero me contuve, suponiendo que se trataba de una simple expresión de cortesía.

Me pidió el pasaporte para ordenar que le extendieran el visado de tránsito. Como disponía del diplomático y del Främlingpass, le pregunté cuál sería preferible.

— Cualquiera de los dos; la Unión Soviética todavía reconoce a la República española. Sin embargo — dijo — acaso le convenga más el Främlingpass... Pero le visaremos los dos y usted use el que más le guste.

— No sabría cómo agradecérselo, Fru Kollontai.

— Vea, usted, camarada, tengo el encargo de interesarme por sus asuntos. Así que me dispensará si le pregunto cómo piensa salir de la Unión Soviética. En fin, para qué quiere usted el visado de tránsito.

— Tengo pensado ir a Vladivostock, donde, al parecer, puede embarcarse para América.

— Ese es el asunto. Desde Vladivostock todos los que van a América, del norte o del sur, se dirigen al Japón, donde hay líneas de vapores para todo el mundo. Pero usted, camarada, creo que no debe correr el riesgo de ir al Japón, de donde podrían conceder su extradición a la España de Franco.

— Si no es por el Japón, Fru Kollontai — le dije — ¿por dónde podría ir a América desde Vladivostock?

— Preste atención. El gobierno soviético tiene un contrato con algunos barcos de la Johnson's Line, una compañía sueca. Esos barcos, que entran y salen de Vladivostock, van a los Estados Unidos, a veces directamente, a veces vía Filipinas. Pero el contrato que tenemos con ella obliga a la Johnson's Line a no admitir pasajeros, excepto los que autoriza el gobierno soviético. Le aconsejo que se dirija a la oficina de la Johnson's Line y pida pasaje desde Vladivostock a los Estados Unidos en cualquiera de sus barcos, en el primero que salga a partir de la llegada de usted al puerto. Puede decirle usted que está autorizado por el gobierno soviético y que, en caso de duda, me hablen por teléfono.

— Veo que los « amigos » a que usted se refirió han pensado en todo ¿Sabía usted que, en tanto que anarquista, me he opuesto a los comunistas en España?

— De usted, camarada García Oliver, lo sabemos todo. Y es usted bienvenido entre nosotros. Que tenga buen viaje — me dijo al tiempo que me entregaba los dos pasaportes visados.

— Muchas gracias, Fru Kollontai, a usted y al gobierno soviético.

Me había recibido, de pie, en lo alto de la escalinata. Y de pie, en el mismo sitio, me despidió, con una sonrisa que embellecía su rostro.

Me dirigí a consultar con John Andersson para que me informase sobre aquella Johnson's Line y enterarle de que ya casi lo tenía todo resuelto.

Además, quería asegurarme de que los compañeros suecos seguirían atendiendo económica y moralmente a mi mujer y mi hijo, que quedaban en Suecia hasta que pudiese enviarlos a buscar. No tenía más remedio que dejarlos. El visado de entrada en la República Dominicana, que me había sido concedido cablegráficamente, posteriormente había sido cancelado por el mismo conducto, según me comunicó por carta el cónsul general. Yo me hice el desentendido y no volví al consulado para que me estampasen el « cancelado », por lo que para andar por el mundo aparecía como válido.

Andersson lamentó mucho mi decisión de irme. Me aseguró que tendrían a su cuidado a Pilar y Juanito, mi hijo. Me deseó mucha suerte. Finalmente me dijo que en el acto hablaría por teléfono con Ragnar Casparsson, director del periódico Socialdemokraten y amigo de Axel Johnson, dueño de la compañía Johnson's Line. Axel Johnson dijo que al día siguiente tendría todo arreglado: pasaje y carta para el consignatario de la compañía en Vladivostock.

Todo ello había ocurrido el 15 de noviembre de 1940. Todavía me quedaba tiempo de ir a Inturist para reservar pasaje por avión a Moscú y por tren a Vladivostock. Me quedaban dos días para las despedidas.

No creí poder despedirme cumplidamente de todos los compañeros que llegué a conocer. Los Janson, tres hermanos, con sus familias, miembros de la SAC, de los que uno, Herman, vivía en Hagalund, cerca de nosotros. De John Andersson y de Shapiro, de Ragnar Janson y otros me despedí en el local social. Igualmente fui a despedirme de Helmut Rüdiger y de su compañera Dora, que habitaban cerca de nosotros. Pasé por Solnamjöldropen a despedirme de Syster Märtha, que tan buena persona fue con nosotros. Lo hice también de los Alm, los Nissen, vecinos y amigos. De los niños y niñas de la calle Frösundaganta en que vivíamos y que tan finos fueron siempre, ellos con su fuerte saludo de gorras y el Gud dag, gud dag, y ellas con su flexión de piernas y el gud dag, min herr.

Logré comprar, en librería de ocasión, una gramática sueco‑inglesa y un pequeño diccionario inglés. Tenía el propósito de aprender suficiente inglés como para hacerme entender a mi llegada a los Estados Unidos.

El 17 lo pasé con Pilar y mi hijo. Las nieves hacía días que habían llegado. No sabía cómo disimular la pena que me dominaba por aquella partida que más parecía una fuga, dejando a mi familia. Afortunadamente, estuvo a visitarnos la dueña de la tienda en que yo había comprado el viejo aparato de radio, Fru Aurora Balkist. Nos invitaba a cenar aquella noche, en su casa, donde, nos dijo, nos aguardaba una buena sorpresa.

Fue una cena de verdadero ritual sueco. Tenía otros invitados. Al final, al dar las gracias a la dueña de la casa, anuncié que al cabo de unas horas saldría para América. La dueña rompió a llorar. Salió un momento y, al regresar, dijo:

— Siempre me temí que si usted no lograba encontrar trabajo, se iría. No deseando tal cosa, fui preparando todo para lograr su permanencia definitiva entre nosotros. Y hoy había quedado todo terminado. Este fue el motivo de la cena: anunciarles que lo hacía socio de un negocio de pescado que tengo, y darles las llaves de un departamento amueblado cerca del negocio. Perdóneme y perdone a los suecos por no haberle dado desde el primer día el trato que se merecían usted y su bella esposa. Pero no se vaya, ¡quédese!

Pilar y yo nos miramos, mudos de asombro. Ella, con una lágrima en los ojos.

— ¡Gracias, Fru Balkist!, le dije. No es posible que me quede. Ya todo lo tengo arreglado. Ya he dispuesto del dinero que me enviaron los amigos de Nueva York para los pasajes.

— ¡Quédese! Yo le presto el dinero para que pueda devolverlo.

— No, no es posible. Ya no es posible. Hace una semana, acaso hubiese aceptado.

Llegamos a casa que era más de la media noche. Nuestro hijo dormía apaciblemente. Pilar y yo nos acostamos. El avión salía a hora temprana. El aeropuerto estaba a algunos kilómetros de la ciudad.

A las 5 de la mañana me abracé por última vez a Pilar. Ella lloraba, disimulando las lágrimas. Juanito dormía, ignorante de que, al despertar, ya no estaría yo allí para llevarlo como todos los días a su paseo por Hagalund y Haga Parken. Mi equipaje era una sola maleta. La agarré y me dirigí a la puerta. Pilar se quedó sentada en la cama. Al llegar a la calle, la nieve crujió bajo mis zapatos. En la esquina me volví y miré hacia la ventana del piso en que vivíamos. Allí estaba Pilar, teniendo en brazos al hijo. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no desandar los pasos y quedarme en Suecia para siempre.

Aquellas primeras horas del 18 de noviembre eran muy frías. La ciudad amanecía con la nieve todavía no hollada, de blanco impoluto. Hombre del Mediterráneo, comprendí en aquel momento que me habría sentido siempre extranjero en Suecia, por el paisaje, las costumbres, el idioma.

No fui el primero en llegar al aeropuerto. Ya había como un corro de gente, compañeros y compañeras que habían acudido a despedirme. Mientras iba estrechando la mano que me tendían, pensaba que en los 16 meses que había vivido con ellos no había recibido la menor ofensa de ningún sueco.

 

A través de la Unión Soviética

Hicimos escala, creo que en Vilna, para la inspección aduanera. Descendimos del avión bajo la vigilancia de un soldado, vestido a la manera creada por Trotski: largo capote, gorro puntiagudo y fusil con larga bayoneta.

En la aduana hicimos una larga espera. Los equipajes estaban en un mostrador. Nos iban llamando por turno y, con gran corrección, nos rogaban declarar el dinero, las joyas, las pieles, bastando la palabra del declarante. La revisión de los equipajes fue somera, casi simbólica.

Despegamos de nuevo, esta vez con rumbo a Moscú. Anochecido, volábamos sobre la antigua ciudad santa, ahora capital de la Rusia roja.

El avión dio unas vueltas sobre Moscú. Serían las siete de la noche. La ciudad aparecía enteramente iluminada; su centro tenía aspecto de un ascua de fuego.

Llegamos. Antes de descender por la escalerilla, nos dijeron algo a los pasajeros. Debieron hablar en ruso, porque yo no entendía nada. Nos dirigimos al edificio del aeropuerto. Un guía me dijo en un español bastante claro:

— Usted va al hotel Savoy. Allí le informarán de todo lo necesario.

Atravesamos varias amplias calles de la ciudad, débilmente iluminadas. La ciudad se veía azotada por una fuerte ventisca que levantaba remolinos de fina nieve. Los viandantes transitaban como sombras oscuras, abrigados de pies a cabeza.

Llegamos a la puerta del hotel Savoy. El guía de Inturist me presentó al jefe del hotel. Era probable que mi llegada estuviese programada. Inscribí mi nombre, mostré el pasaporte y fui conducido al primer piso, donde una camarera rubia y bella, jefa de piso, me condujo a mi habitación. Hablaba francés y algo de español.

La habitación se parecía a la mayoría de las que conocí en España en hoteles de segunda categoría. Una cama de latón, un lavabo y una gran jarra de agua, con dos toallas muy limpias. Luz eléctrica de un foco central.

Descendí para dirigirme al restaurante. Estaba casi vacío, posiblemente por ser ya demasiado tarde, pero lo animaba una zambra gitana desde un pequeño estrado. Me gustó y permanecí un buen rato viendo bailar.

El 19 amaneció con fuertes ventiscas. Desayuné y salí a la calle. Estuve tentado de preguntar si a un viajero en tránsito, como yo, le estaba permitido deambular por las calles ¡Había oído y leído tanto sobre lo permitido o no en la URSS! Me decidí por salir sin pedir la opinión de nadie.

Nadie me detuvo, nadie me preguntó adónde iba, nadie me siguió. Estaba palpando cuán exageradas eran las noticias que circulaban sobre la vida en la Unión Soviética. El gobierno soviético sabía de mi llegada a Moscú y no me lo daba a entender. Ninguna insinuación de amistosa vigilancia ni de oficiosa benevolencia. Nada, como si yo no existiese. Los soviéticos sabían ser discretos.

Llegué a la Plaza Roja, con las murallas del Kremlin a la derecha, la tumba de Lenin casi en el centro y al fondo una bonita iglesia de torres coronadas de cúpulas como cebollas.

La ventisca era molesta y no formé en la cola, ya larga, de visitantes de la tumba de Lenin. Anduve por varias calles y avenidas. Las mujeres del servicio municipal de limpieza, enfundadas en gruesas ropas de la cabeza a los pies, paleaban la nieve amontonándola o quebraban el hielo.

Cuando regresé al hotel, me esperaba una guía de Inturist, que me buscaba para completar un automóvil para turistas que deseara visitar lo más sobresaliente de la ciudad. La guía hablaba sueco. Me presentó a otras tres personas, dos noruegos y una noruega, jóvenes todos ellos.

La guía de Inturist me observaba con atención. Yo también me puse a observarla. Su rostro de mujer guapa y rubia no me era desconocido. El azul de sus pupilas casi inmóviles me recordaba a alguien, sin llegar a atinar a quién. De pronto, ella me dijo en español, con mucho acento:

— ¿Verdad que nos conocimos antes de hoy?

— Sí, creo que sí. Y me gustaría recordar dónde.

— ¿No era usted asiduo visitante del... hotel Metropol de Valencia en España?

— En efecto. Pero no era visitante, sino que tenía una habitación en el hotel.

— Comprendo. Usted era amigo nuestro, pero no camarada ¡Qué gusto me da verle de nuevo! ¿Y estuvo en Suecia desde que terminó la guerra de España?

— No todo el tiempo, pero sí casi todo.

— Me dijeron en Inturist que saldrían esta noche en el Transiberiano, rumbo a Vladivostock. Le deseo muy buen viaje. Ahora vamos por la calle de Pedro Kropotkin, un señor muy bueno para sus siervos, a los que repartió sus tierras, antes de la revolución de octubre. Por eso se le recuerda con cariño.

Bajamos del automóvil. La guía nos explicó que nos mostraría una estación del Metro de Moscú.

La guía se quedó orgullosamente satisfecha cuando le expresé mi opinión:

— Es la estación de Metro más linda y más limpia que he visto en mi vida.

Y era verdad. Aunque posiblemente la tuviesen preparada para mostrarla a los visitantes. Después de todo, en todas partes ocurre algo parecido: al visitante se le muestra siempre lo mejor.

Al regresar al hotel, le di a la guía un ticket de taxi y los noruegos hicieron lo mismo. La guía me confirmó, después de hablar por teléfono, que tenía la salida reservada en el tren de la noche. Vi que hablaba con la noruega y los noruegos, por lo que supuse que ellos se encontraban en situación parecida a la mía.

A las seis de la tarde entregué los tickets de tres comidas y una noche de habitación. Me devolvieron el Främlingpass que había entregado al llegar. Me desearon buen viaje.

En el mismo ómnibus que nos trajo del aeropuerto, nos condujeron a la estación del ferrocarril. Además de los tres jóvenes noruegos y de mí, había otras seis personas. Una debía ser un músico, pues llevaba bien sujeto un estuche de violín. Al llegar a la estación nos separamos. Yo me quedé en un vagón de tercera clase y los demás fueron a buscar su vagón de primera.

 

Al parecer, los vagones de tercera estaban reservados para pasajeros nacionales. Los extranjeros tenían que viajar en primera clase. En Estocolmo, había tenido una fuerte polémica con el jefe de Inturist, que se negaba a venderme pasaje de tercera, alegando que era normativo que los extranjeros viajasen en primera. Yo insistí en pedirle tercera por la diferencia de precio, pues necesitaba una distribución meticulosa del poco dinero que tenía. El pleito se resolvió a mi favor, creo que gracias a la consulta que hizo el jefe de Inturist a la embajada soviética.

El jefe de la milicia del ferrocarril me guió a mi plaza en el cupé. Este consistía en dos camas altas y dos camas bajas. Todo muy limpio. Al principio del vagón, una estufa ya consumiendo gruesos bloques de antracita; la temperatura interior era agradable.

Volvió el jefe de las milicias del ferrocarril, con mi Främlingpass en la mano. Me lo mostró. Creo que quiso decirme que lo había recibido del agente de Inturist y que yo lo tendría a mi disposición en la agencia de Inturist de Vladivostock. Para que comprendiese, me mostró el nombre de Vladivostock en un mapa que estaba al principio del vagón.

Pronto llegaron los otros pasajeros que ocuparían el compartimento. Eran tres militares, dos oficiales y un cabo. Después supe que pertenecían a la guarnición de Vladivostock. Cambiamos saludos y se sentaron. Se comportaban entre sí con verdadera camaradería. Sólo hablaban ruso: mi viaje prometía ser de lo más aburrido.

El tren se puso en marcha. En el mapa de la línea aparecía marcado el trecho que se recorría cada jornada. Nunca sabría los nombres de las estaciones que cruzábamos sin parar o en las que nos deteníamos, porque estaban escritos en letras cirílicas. Sí pude observar que en cada estación se levantaba sobre una base un busto de Stalin. En las estaciones de parada había un puesto de agua caliente, gratuito. El cabo bajaba, preparaba el samovar y repartía el té. Era bueno aquel té. Sabía a té silvestre muy aromático. En los mismos vasos, se repartía el vodka que llevaban en una damajuana de regular tamaño. Medio vaso, que se tomaba solamente momentos antes de ir al coche restaurante. En éste había un turno para los extranjeros. Me tocó sentarme con los dos noruegos y la noruega. Pronto entablamos conversación, ellos en noruego y yo en sueco. Cuando supieron que yo era republicano español en exilio, se explayaron como si los cuatro fuésemos compañeros en la misma lucha. Ellos marchaban a engrosar el ejército libre de Noruega que se estaba organizando en el Canadá. Ella tenía contratos para trabajar de profesora de gimnasia en Estados Unidos.

Antes de regresar a mi vagón, me entretuve charlando con los otros seis pasajeros que subieron con nosotros al ómnibus que nos condujo a la estación. Se trataba de judíos sefarditas, que hablaban en el castellano antiguo que conservaron religiosamente desde su expulsión de España por los Reyes Católicos. Los seis procedían de Bulgaria y huían de las persecuciones antijudías que los búlgaros llevaban a cabo por inspiración de los nazis. Eran comerciantes e industriales. El solitario del violín era efectivamente músico, al parecer muy buen violinista. Todos poseían visados para ir a Brasil. Estuvieron esperando los visados durante bastante tiempo en Moscú, tolerados y protegidos por las autoridades soviéticas.

El paisaje parecía accidentado. Colinas, bosques inmensos, ríos y torrenteras. La nieve empezaba a cubrirlo todo.

Una vez al día, el tren hacía una larga parada en una estación y era invadido por brigadas de obreros que hacían el aseo de los vagones. Eran rápidos y eficaces. En todo el trayecto, el tren tuvo que ser limpiado nueve veces.

Cuando el tren se detenía para que lo aseasen, bajábamos a la estación los noruegos y yo a pasear por el andén. Lo hacíamos con paso gimnástico, sin descansar, a veces durante más de una hora.

En el compartimento lo pasaba bastante distraído. Había destinado una hora de la mañana y otra de la tarde al estudio de la gramática sueco‑inglesa. Con los dos oficiales y el cabo, había empezado una partida de dominó. Era partida de a cuatro, sin apostar dinero. El cabo y yo ganamos la mayor parte de las veces. Hasta que el honor soviético se impuso y ya siempre me tocó perder.

Todavía no habíamos llegado a los Urales. Una mañana, un rumor largo agitó a los pasajeros rusos, agolpados a las ventanillas, mirando extáticos una ancha cinta de agua.

— ¡Volga! ¡Volga! ¡Volga!...

Era como un grito ahogado, como un fuerte susurro, como una pagana oración.

Cuando hubimos traspuesto los Urales, y nos lanzamos a lo largo de las tierras esteparias de Siberia, la temperatura descendió notablemente. El agua se congelaba en la tubería antes de llegar a los grifos y había que esperar para lavarse a que fuesen las diez de la mañana, o más tarde. Tampoco era fácil divisar el exterior a través de los vidrios de las ventanillas. La humedad, convertida en hielo, lo impedía. Pero, más avanzado el día, se podían ver claramente las campiñas siberianas: el tren parecía un barco navegando sobre un mar de algodón. De vez en cuando, aparecía una mancha borrosa, de gris difuminado, de un soto de abedules, con las ramas peladas y los troncos de color de plata sucia. Allí donde la nieve no había alcanzado el espesor invernal, pues estábamos a fines de noviembre solamente, la planicie aparecía como espolvoreada de canela por las puntas de los pastos soterrados.

Y así durante días. Nieve por todas partes. Hasta el cielo, sin rayos de sol, era tan terso que parecía de nieve.

Una mañana, el paisaje había cambiado completamente. Ahora andábamos por entre montañas, atravesando túneles. Habíamos llegado a la zona del lago Baikal. Este parecía como un mar cuya orilla bordeáramos.

Tocaba a su fin aquel largo viaje de nueve días y medio y nueve mil kilómetros, sin ningún incidente digno de mención. Vino el jefe de la milicia del ferrocarril para acompañarme a los agentes de Inturist. Me despedí afectuosamente de mis compañeros de cupé, los oficiales y cabo del ejército. En el andén ya esperaban los noruegos y los judíos.

Tengo un recuerdo muy vago de aquella estación, a la que llegamos ya de noche. El hotel Inturist debía encontrarse cerca. Cuando llegamos a él, estaba repleto de judíos que esperaban la oportunidad de embarcar para América, vía Japón.

No me dieron habitación. Me acomodaron en una gran sala donde había unos quince catres de hierro entre los que corrían unos chiquillos bulliciosos, al parecer hijos de los judíos trashumantes. Ahora sí que estábamos en tercera.

La cena la hice en la mesa de los judíos comerciantes que conocí en el tren. También se sentó el violinista con nosotros. Me dijeron que estaban inquietos, pues había dificultades en el Japón para embarcar con destino a ciertas partes de América, a causa de la aglomeración de judíos huidos que todavía estaban en Vladivostock.

La cena fue bastante buena, con caviar rojo, que me gustó más que el negro que recordaba haber comido alguna vez. Retardé todo el tiempo que pude el levantarme de la mesa. Era desagradable encontrarme entre tanta gente desconocida, de difícil comunicación a causa del idioma. A los noruegos no los vi por ninguna parte. Seguramente se aventuraron a salir a recorrer la ciudad.

A las once, cuando penetré en el dormitorio, la chiquillería ya dormía. Los jóvenes, en corro, cuchicheaban sus habladurías. Me acosté y me dormí.

Al día siguiente, temprano, me dirigí a la oficina de Inturist. El empleado de turno, después de identificarme por mi Främlingpass allí depositado, en un francés bastante comprensible me explicó que para aquel mismo día, a las tres de la tarde, estaba anunciada la salida del Margaret Torden, de la Johnson's Line, pero suponía que yo no embarcaría en él, por los largos trámites a realizar. El violinista búlgaro, que se acercó a oír nuestra conversación, y yo logramos entender que calle abajo, llegaríamos a la oficina de la Johnson's Line, y que en el puerto podríamos abordar el barco sueco, seguramente que con las calderas a presión, pronto a zarpar, pudiendo posiblemente tratar con el capitán.

Me acompañó el violinista judío. Vladivostock era una población dormida. La ciudad tenía que ser como sus habitantes, de andar cansino, como de gentes sin destino ni objetivo. Me di cuenta de que estaba en un rincón perdido en la inmensa Siberia. Y Siberia no era patria de nadie ni sus estepas dieron vida a ninguna religión. Nunca llegó a ser nación. Los minúsculos grupos que las hordas dejaban en sus correrías hacia el oeste, eran para custodiar las encrucijadas de caminos o los depósitos de granos, que para matar el aburrimiento hacían correr sus caballos por la inmensidad de las estepas. Los restos de aquellas hordas, sometidos a la civilización por la férrea disciplina comunista, eran aquellos ciudadanos que yo veía deambular, con pocas ganas de llegar, si es que se dirigían a algún sitio determinado.

La oficina del consignatario estaba cerrada. Pegado en la puerta, un aviso en sueco decía: « No aguanto el aburrimiento. Me voy ».

Nos fuimos hacia el puerto. No pudimos penetrar en él. No era un puerto abierto y libre. Estaba amurallado, con muros de unos tres metros de altura. Donde llegamos había dos puertas, una muy grande, otra chiquita. Un papelito pegado decía en ruso: « Prohibido pasar sin autorización de Inflota ». Me lo tradujo el violinista.

Miré el reloj de pulsera. Eran las once de la mañana. Si el Margaret Torden salía a las tres de la tarde y quería tomarlo, no tenía más remedio que recurrir a las grandes resoluciones. Y me acordé de lo que me dijera Kollontai: los « amigos » me ayudarían. Tenía que jugar aquella carta. No sabía a qué amigos se refería la camarada embajadora, ni cómo entrar en contacto con ellos. Pero seguro que existían. Kollontai no me lo dijo en respuesta a algo que yo le pidiera, sino espontáneamente, como si se tratase de un ofrecimiento. Pude haber hecho la prueba la noche anterior, cuando en el hotel me asignaron una cama en una sala en la que dormiríamos quince personas. No hice la prueba porque hubiera podido parecer en contradicción conmigo mismo, después de haber insistido tanto en viajar en tercera.

Pero ahora, ante la perspectiva de poder salir de Vladivostock dentro de cuatro horas o quedarme quién sabía por cuánto tiempo en espera de otro barco, la situación era muy distinta, y lo razonable era hacer un esfuerzo para salvar las dificultades que se oponían a que entrase en contacto con el capitán del Margaret Torden y entregarle la carta de Axel Johnson.

Me decidí. Regresé aprisa al hotel, entré en la oficina de Inturist y al encargado de atender a los viajeros le dije:

— ¿Es usted el jefe de Inturist aquí en Vladivostock?

— No, no lo soy, pero estoy facultado para atender a los viajeros.

— Lo sé. Sin embargo, me urge muchísimo hablar con el jefe.

— ¿No puedo resolverle yo sus asuntos?

— No, usted no puede. Se trata de algo que debo hablar con el jefe de Inturist o con el jefe del puerto.

— Espere usted un momento.

Pasó como un cuarto de hora. El empleado me avisó de que el jefe me recibiría.

El jefe de Inturist tenía encima de su mesa mi Främlingpass. Me indicó con un gesto de la mano que me sentase junto a su mesa.

— ¿En qué puedo servirle? — me preguntó en francés.

Le expliqué que tenía pasaje para cualquier barco de la Johnson's Line que hiciera escala en Vladivostock y una carta del gerente de la compañía para el consignatario o, en su defecto, para los capitanes de los barcos. En el puerto, presto a zarpar a las tres de la tarde, estaba el Margaret Torden, con destino a los Estados Unidos. No había podido hablar con el consignatario, por haberse ido, ni con el capitán, por estar prohibida la entrada en el puerto. Quería entrar en contacto con el capitán del buque antes de que zarpase.

— Comprendo muy bien su problema. Pero vea usted que no somos nosotros quienes lo hemos creado. Ni aquí ni en cualquier otra ciudad del mundo habría tiempo suficiente para resolverlo, de manera que usted, fulminantemente, lograse salir a las tres de la tarde.

Me miró, como queriendo decir que nada especial podía hacer por mí. Insistí. Saqué del bolsillo el pasaporte diplomático de la República Española, del que no había hecho todavía uso. Entregándoselo, le dije:

— Cuando en Estocolmo Alejandra Kollontai, la embajadora soviética, me lo entregó, me dijo que si me ocurriese cualquier contrariedad, podía estar seguro de que los amigos me ayudarían. Pues bien, eso es lo que deseo: que me ayuden los amigos.

Al escuchar el nombre de la señora Kollontai, el jefe de Inturist hizo una ligera inclinación de cabeza y se puso a leer el pasaporte. Cuando lo hubo hecho, me miró, como si no fuese ya el viajero de Främlingpass, el apátrida.

— ¡Pasaporte diplomático de la República española! Me siento honrado de tenerle aquí. Espero que podamos resolver sus problemas.

Hizo por lo menos cinco llamadas telefónicas. Cuando terminó, me dijo:

— Por nuestra parte, todo resuelto favorablemente. Lo llevaremos enseguida con el capitán del barco, para que pueda arreglarse con él ¿Tiene usted el equipaje listo?

— Sí, lo tengo listo. Se trata solamente de una maleta.

— Tenemos dos automóviles para el servicio de los viajeros. Pero están fuera del hotel. Nos queda solamente un camión de carga ¿No tendría inconveniente en ir montado junto al chófer?

— Ningún inconveniente.

— Pues recoja su equipaje. Lo acompañarán dos miembros de la seguridad. En mi nombre y en el de todas las autoridades de esta población ¡que tenga usted buen viaje!

— Muchas gracias, a usted y a las autoridades soviéticas. Nunca olvidaré que, desde la camarada Alejandra Kollontai hasta usted, he gozado de la protección de los amigos.

No pude despedirme de los noruegos ni de los judíos. Junto al conductor de la camioneta de carga, con los dos miembros de la seguridad, llegamos a la puerta de entrada al puerto. El oficial de guardia no permitía que se diera un paso más adelante. Había recibido la orden de hacerse cargo de mí y de conducirme hasta el jefe de Inflota. Además, no quería permitir que me acompañasen los dos miembros de la seguridad. Era evidente que se trataba de un problema de prerrogativas entre dos autoridades opuestas.

En Inflota me recibió el almirante jefe del puerto militar de Vladivostock. Era la más perfecta estampa de oficial de Marina que hubiesen deseado los productores cinematográficos norteamericanos. Cordialmente me estrechó la mano y me dijo en francés:

— He recibido órdenes de hacer todo lo posible para dejarle a bordo del barco sueco. He enviado a mi ayudante a buscar al capitán del Margaret Torden.

Estuvimos platicando y fumando sus cigarrillos de larga boquilla y poco tabaco, pero de excelente sabor, hasta que llegó el capitán del Margaret Torden. Era un tipo totalmente opuesto al jefe de Inflota. Debía ser hombre de decisiones rápidas. Llegó, se plantó ante el jefe de Inflota, le preguntó de qué se trataba, escuchó lo que éste dijo y, dirigiéndose a mí, me espetó en sueco:

— Dígame rápido de qué se trata. Debo zarpar a las tres de la tarde y tengo todavía muchos asuntos que resolver.

Le entregué la carta de Axel Johnson y también el recibo por el importe de mi pasaje de Vladivostock a cualquier puerto de Estados Unidos.

Se caló los lentes y leyó los documentos.

Del är bra, mycket bra. Nu, ni moste ga til cheppet. Está todo bien. Ahora tenemos que irnos al barco.

El jefe de Inflota nos acompañó hasta la puerta. Me despedí de él con un fuerte apretón de manos.

En el puesto de Aduanas, dos oficiales kirguises me preguntaron lo mismo que en Vilna: joyas, pieles y dinero.

El Margaret Torden estaba pintado de blanco, como una gaviota. Subimos al barco los dos miembros de la seguridad de Inturist y yo, quedando al pie de la escalerilla los dos soldados de la guardia del puerto. En el barco pasamos el control de la milicia especial.

La milicia del barco aseguró que velaría por mí hasta que zarpara el barco, y los miembros de la seguridad de Inturist y del puerto se fueron, los cuatro, satisfechos de no tener responsabilidades.

Para mis adentros me dije que ni Stalin podría salir clandestinamente de la Unión Soviética. Tenía que reconocer que las autoridades soviéticas, los « amigos », habían sabido hacer las cosas. No me perdieron de vista ni un minuto desde el aeropuerto de Vilna hasta Vladivostock. Sabían quién era yo y adónde iba, pero nunca se mostraron. En Moscú no solicité ver a nadie ni nadie vino a visitarme. Nada pedí, nada me dieron. Pero cuando solicité su ayuda, fui tratado, no como un ex ministro de la República Española, sino como un ministro en funciones. Comprendí que quedaba en deuda con aquellas gentes. También me di cuenta de la amenaza que se cernía sobre todo el país, apretado entre el Japón y Alemania como por un enorme cascanueces. Después me enteré de que no dejaban penetrar en el puerto a los viajeros: los llevaban fuera del puerto y eran conducidos en barca a los buques. Al permitirme entrar en el puerto y recorrerlo, me habían dado muestras de confianza que merecerían defensa de mi parte cuando les alcanzase la tormenta.

Los muelles del puerto de Vladivostock estaban llenos de grandes cajas de madera con letras que indicaban que procedían de Estados Unidos. En una gran explanada del puerto, se veían simétricamente alineados aviones de combate americanos, todavía con funda verde olivo que les servía de protección. Maquinaria, equipos y aviones. Vi que la guerra se acercaba a la Unión Soviética. Estaba tan cerca que acaso me agarrase en el mar. Favor por favor. Si la URSS entraba en guerra, la defendería.

 

Ya estábamos en alta mar. Atrás quedaban las colinas parduscas que forman un anillo semicircular alrededor de Vladivostock.

El capitán del Margaret Torden me mostró su barco y me invitó a escoger el camarote que más me gustase. Opté por el más amplio. Me presentó al médico de a bordo, nativo de Los Angeles y que hablaba algo de español. Comíamos los tres en la misma mesa y a veces jugábamos al dominó.

El capitán me explicó que el Margaret Torden y otros tres barcos de la compañía, arrendados al gobierno soviético, se dedicaban exclusivamente al transporte desde los Estados Unidos a la URSS de maquinaria, equipo y aviones. Recalaban en Manila para cargar copra, que descargaban en Nueva York. Aquel viaje no tocaríamos las islas Filipinas y no cruzaríamos el canal de Panamá. Desembarcaría en San Pedro, lugar contiguo a Los Angeles. Me contrariaba aquella modificación de itinerario; mis gastos aumentarían sensiblemente por la estancia en Los Angeles y el transporte hasta llegar a Nueva York.

En la inmensidad del Pacífico, me dedicaba a pasear por el puente, repasaba mis lecciones de inglés, contemplaba el vuelo de las aves marinas. Así durante todo el viaje.

Hubimos de modificar la ruta. Nos cruzó un buque de guerra japonés, de color plomo oscuro, en dirección opuesta a la nuestra. El capitán dormía. Debían ser las tres de la tarde. Al aparecer el capitán, una hora después, le pregunté por qué iría tan aprisa el buque de guerra japonés. Abrió unos ojos como de doble diámetro de lo normal:

— ¿Un buque de guerra japonés? — exclamó con asombro y temor.

— Sí. Parecía un crucero ligero — le expliqué.

Algunos hombres de la tripulación le confirmaron el paso del buque de guerra japonés.

Entonces el capitán ordenó una rápida maniobra y puso proa norte, como si nos dirigiésemos al Polo. Al amanecer del día siguiente, ordenó una maniobra contraria, que nos puso rumbo a las islas Hawai.

 

En Estados Unidos, camino de México

A dos días de distancia de San Francisco de California, a cuya altura estábamos, hice que se enviase un radiograma a las Sociedades Hispánicas Confederadas de Nueva York anunciando mi llegada a San Pedro de Los Angeles dos días después, a bordo del Margaret Torden de la Johnson's Line.

Así fue. En San Pedro, el cielo estaba de un azul limpio; las aguas del puerto, tranquilas, entre verdes y azules. El sol hacía resaltar la blancura de las casas y brillar las hojas de unas esbeltas palmeras. Me creí en un pueblecito mediterráneo.

El capitán me informó que no podría descender hasta que diese el visto bueno el jefe de Aduanas. A mediodía subieron a bordo dos funcionarios de la compañía. El capitán les mostró la carta de Axel Johnson. Al parecer, ambos estaban bastante impresionados por la carta de su gerente general y por la excepción que hizo el gobierno soviético a mi favor al consentir que viajase en uno de los buques arrendados por la compañía.

Ya pasadas las doce del día, sirvieron la comida a los cinco: el capitán, el médico, los dos representantes de la compañía y yo.

A las tres de la tarde, llegó el jefe de aduanas y de inmigración de Los Angeles, un señor llamado E. Day. Leyó detenidamente la declaración que yo había llenado y suscrito, revisó mi pasaporte y el permiso de tránsito por 15 días. En un español bastante bueno, me dijo que mi visado de tránsito era válido por 15 días solamente, por haber pensado el consulado de Estados Unidos que llegaría yo a Nueva York directamente, pero que como estaba un poco lejos de Nueva York y acaso me gustaría pasar en Los Angeles las fiestas de Año Nuevo, me podía ampliar el visado de tránsito hasta 60 días.

— Me parecería magnífico, y se lo agradeceré mucho.

Aquel viaje, que yo temía fuese accidentadísimo, estaba resultando suave como una seda. Era el 18 de diciembre, y hacía un mes justo de mi salida de Suecia. Siete días después sería Navidad.

A las cuatro de la tarde empecé a bajar las escalerillas del buque.

Todavía no me explico cómo me atreví a pedir habitación en el hotel Cecil. Desde la entrada, ya me pareció un hotel superior a mis posibilidades económicas y me convencí de ello al pedir habitación interior y oír que costaba cuatro dólares diarios. De todas maneras, resultó bien que tomase la habitación del hotel Cecil. En el momento en que terminaba de ducharme, me telefonearon. Una voz me decía en español:

— ¿Eres el compañero García Oliver? Soy la hija de los Zubieta, de las Sociedades Hispánicas Confederadas de Los Angeles. Venimos del puerto y el guardia que te atendió nos dijo que posiblemente habías ido al hotel Cecil, que te recomendó.

— Bajo enseguida.

Ahí estaban la joven Zubieta y su padre, indudablemente vascos. En el acto dispusieron llevarme a su casa, a conocer a todos los Zubieta y a algunos amigos más de las Sociedades Hispánicas Confederadas.

Las Sociedades Hispánicas Confederadas, en los Estados Unidos, estaban constituidas para unificar a todas las sociedades españolas republicanas. Altamente solidarias de la causa republicana de nuestra guerra, prestaron grandes servicios de ayuda a quien podía necesitarla con urgencia. Me contaron el caso de Diego Martínez Barrio, quien, por no tener visado de tránsito, al llegar a Nueva York hubo de ir directamente del buque al tren que lo conduciría a México, salvándose de la estadía forzosa en la prevención de Long Island gracias a los buenos oficios de las Sociedades Hispánicas Confederadas.

— Queremos que estés unos días con nosotros para pasar Año Nuevo en Los Angeles.

A las Sociedades Hispánicas Confederadas pertenecían todas las organizaciones de españoles radicados en Estados Unidos, con excepción de los comunistas y de algunos grupos anarquistas influidos por Cultura Proletaria, extremadamente fanáticos, pero a quienes había que tolerarles el ser burgueses explotadores de sus obreros o empleados. Me chocaba aquella situación especial de anarquistas burgueses.

La mayoría de miembros de las Confederadas también eran pequeños burgueses emigrados, que dejaron España en busca de un porvenir mejor en América. Se limitaban a sentir y expresar simpatía por los republicanos españoles en lucha contra los militares y las demás fuerzas derechistas, y no excluían a nadie. Los puestos directivos de las Sociedades recaían casi siempre en la gente activa y que no regateaba sacrificios. Eran anarcosindicalistas como Arenas, Zugadi, Castilla, Claudín, o socialistas, siempre de tendencia largocaballerista.

Antes de abandonar el hotel y de marcharme con los Zubieta, envié un telegrama a mi mujer, deseándole feliz Navidad.

Ya entre los Zubieta, fui conociendo a otros compañeros, a Frank Eiva, a Nick Díaz y a otros. Por allí aparecieron también algunos compañeros de la tendencia de Cultura Proletaria. Me pidieron les asignase un día completo para estar con ellos, y así lo hicimos. Ese día me recogieron en el automóvil de uno de ellos y visitamos los negocios de varios de dichos compañeros: un restaurante, una gasolinera, dos granjas de cría de gallinas y, finalmente, después de comer en el restaurante de un compañero, me dijeron que me llevarían a San Bernardino, para presentarme a dos compañeros que tenían un bazar.

Fue muy cordial el recibimiento. Dimos algunas vueltas por el bazar. Varios empleados atendían a los clientes, que abundaban. Todo era afectuosidad. De pronto se pusieron serios, como si estuviésemos en un velorio. Uno de los dueños del bazar, al parecer el líder de aquellos burgueses anarquistas, punto de contacto de todos los afectos a la tendencia de Cultura Proletaria, carraspeó y me espetó:

— Compañero García Oliver, ya que te hemos saludado, ahora queremos decirte cuán apenados estamos contigo, pues debes saber que siempre pensamos que tú serías el último en renunciar a las ideas anarquistas. Pero cuando nos enteramos de que pasaste a ser ministro de Justicia, nos pareció algo inconcebible.

— Quiero creer que nunca estuvisteis bien informados de lo que era la CNT de España. Estoy convencido de que ignorábais que nuestras ideas hacían incompatible ser militante y al mismo tiempo burgués. Nosotros, solamente pasamos a ser traidores a nuestras ideas cuando nos negamos a implantar el comunismo libertario. Supongo que ignoráis que fui yo quien presentó la proposición de « ir a por el todo », o sea a la implantación del comunismo libertario, y que fui mayoritariamente vencido. Es a los forjadores de mi derrota, seguramente vuestros amigos ahora, a los Santillán, a Federica Montseny, Germinal Esgleas y otros, a quienes debéis dirigir vuestras lamentaciones.

— Algo sabemos de lo que acabas de referirnos. Pero sabemos también que Federica Montseny ha declarado estar arrepentida de haber sido ministro y de haber dejado, cuando lo fue, de ser anarquista.

— Lo siento, compañeros. Podéis ver cuán delgado estoy. Si me comparáis con Federica Montseny, veréis la diferencia que existe entre ella y yo. De jovencita, debía pesar no menos de noventa kilos. Quiero deciros que Federica y yo no nos parecemos en nada. Que ella tiene una conciencia tan dilatada como su cuerpo, lo que le permite arrepentirse hoy de lo que hizo ayer, y acaso poder arrepentirse pasado mañana de lo que diga o haga hoy. Yo tengo una conciencia tan estrecha como mi cuerpo, y nunca me arrepentiré de nada de lo que hice, ni siquiera de los centenares de garrotazos que han llovido sobre mis espaldas.

— Sin embargo...

— No sigas, porque entre tú, dueño de este bazar, y yo, aun habiendo sido ministro, queda un trecho que no andarás nunca, porque seguramente no deseas dejar de ser dueño de este bazar. Yo solamente conocí dos dimensiones del anarquismo, la reformista y la revolucionaria; ahora acabo de conocer la dimensión burguesa del anarquismo. De tener que dar el paso hacia vosotros, tendría que decirte: « Soy de vuestra dimensión, dadme el dinero necesario para montar un negocio y doy el salto a vuestro mundo ».

— No quisimos ofenderte...

— Mejor lo dejamos... ¿Me hacéis el favor de llevarme a Los Angeles?

 

Al llegar a Los Angeles, me enteré de que se había constituido en México la JARE (Junta de Ayuda a los Refugiados Españoles), integrada por varios ex ministros y presidida por el socialista Indalecio Prieto. Al parecer, disponían de cuantiosos fondos, que provenían de los tesoros del Vita, barco que envió Negrín a México y que, según se contaba, el general Cárdenas, entonces presidente de México, dispuso fueran entregados a Indalecio Prieto, que había llegado al país en calidad de embajador extraordinario y plenipotenciario de la República española para toda América.

Todas las noticias que me proporcionaron en Los Angeles sobre las condiciones de vida existentes en la República Dominicana eran malísimas. El dictador Leónidas Trujillo, que había entrado en arreglos con el SERE y la JARE, exigía le fuesen entregados cincuenta dólares por cada refugiado que entrase al país. Cuando la cantidad global que le entregaron se hubo agotado — según declaró —, canceló todos los permisos de entrada pendientes. Esa debió ser la causa de que fuese cancelado mi visado.

Comprendí que mi problema sería grande si llegaba a la Dominicana y no me permitían desembarcar.

Las Sociedades Hispánicas Confederadas me facilitaron la dirección de Indalecio Prieto en la JARE. Envié un telegrama a Prieto con el ruego de gestionar derecho de entrada en el país a mi favor.

Indalecio Prieto tomó como cosa suya mi demanda y, en los primeros días de enero de 1941, recibí la comunicación de pasar a recoger en el consulado de México mi permiso de entrada, comunicado telegráficamente por la Secretaría de Relaciones.

Me dispuse a ir a México desde Los Angeles. Pero Zugadi requirió a los afiliados a las Sociedades Hispánicas Confederadas de la localidad para que me convenciesen de ir primero a Nueva York y, después de una breve estadía allí, hacer lo que más me conviniese.

Pese a la agarrada que tuve con el que parecía ser líder de zona de Cultura Proletaria, mantuve buenas relaciones con muchos de ellos.

La noche de Año Viejo, las Sociedades Hispánicas Confederadas organizaron un festival, que estuvo concurridísimo. Todo giraba en torno a los bailes y me aburrí de lo lindo, porque yo no he bailado nunca. Era la consecuencia de la influencia puritana de mis años mozos en los grupos anarquistas de Bandera Negra de Barcelona, los más fanáticos e intransigentes, en los que no se fumaba, no se bebía, no se jugaba, no se bailaba. « El baile, decían, es la antesala de la prostitución ». Del juego decíase: « Quien no tiene ideas que cambiar, cambia cartas ». Y así sucesivamente.

No me divertí aquella Nochevieja. Aquella celebración no era ni sombra de la fiesta de Año Nuevo que conocí entre los compañeros suecos en Estocolmo, con los tradicionales Bal omkring träd (bailes en torno del árbol).

Como dormía en casa de un compañero que asistía con su familia a la fiesta, en ella estuve hasta el amanecer, bebiendo coca‑cola o vino tinto del país, de California, que es bastante bueno.

 

La temperatura de Los Angeles era agradable. Pero cuando a mediados de enero en vuelo hacia Nueva York, cambiamos de avión en Chicago, el frío era tan intenso que, por un momento, creí encontrarme en Suecia. Hacía mucho frío en Nueva York a mi llegada. Desde el avión, vi grandes bloques de hielo en el río Hudson. Y al bajar del avión, la ventisca era tan fuerte que no se diferenciaba de la que soplaba en la Plaza Roja de Moscú cuando estuve en ella.

En el aeropuerto La Guardia me esperaban Castro y Delgado, que conocí en París.

— ¿Este es todo tu equipaje? — me preguntó Delgado, mirando la pequeña maleta que llevaba en la mano.

— Sí, es todo. Y os diré que está llena de ropa sucia.

— ¿Y este traje tan arrugado es el único que tienes? — insistió Delgado.

— Sí. Después de mes y medio de viaje...

— Vamos al hotel. Después iremos a vestirte un poco.

Me llevaron al hotel Saint George, en Brooklyn. Tenían el local social cerca del hotel. Pidieron habitación. Bajamos enseguida y salimos a la calle. En una tintorería que debían conocer, mientras ellos hablaban rápidamente de todo, plancharon el traje. Me lo puse, y a la calle otra vez.

Me contaron que cuando pasó por allí Santillán, rumbo a Buenos Aires, tuvo que esperar barco varios días, y los comentarios de ellos versaron en torno a la gran cantidad de maletas y baúles que llevaba consigo.

Entramos en una fábrica de vestidos para hombre. Eran conocidos del dueño. Me probé varios trajes. Pusieron aparte dos, le dieron al dueño la dirección del hotel, y éste prometió que por la noche los tendría en el hotel. En otro negocio escogí camisas, camisetas, calzoncillos, calcetines, pañuelos y corbatas. De cada artículo separaron tres unidades que el dueño prometió enviar enseguida, y a la calle otra vez. En otra tienda, por lo que vi, una casa de empeños, se trataba de adquirir una maleta y una máquina de escribir portátil, todo de ocasión y a buen precio.

Nos metimos en el Metro de Nueva York. Cuando salimos de él, estábamos a una cuadra de Broadway.

— ¡Estamos en Broadway, fíjate bien! — me dijo Delgado —. Cuando veas esta plazuela de noche, te asombrarás de no reconocerla. Ahora todo parece viejo y pobre. En cambio, la iluminación de millones de focos eléctricos hace que de noche parezca un rincón del paraíso.

Me metieron en una cafetería. Tres bandejas, tres pares de cubiertos, y a pedir la comida. Comida hecha, prefabricada, servida por un cocinero tras una especie de barra‑mostrador. Los postres y las bebidas eran despachados automáticamente, poniendo la moneda adecuada en la ranura correspondiente.

Al atardecer regresamos a Brooklyn a saludar a los amigos de las Sociedades Hispánicas Confederadas, muchos de los cuales trabajaban en oficinas y especialidades. Conocí a Ignacio Zugadi, gracias a quien pude salir de Suecia y llegar a Nueva York. Conocí al compañero Castilla, director de España Libre, el órgano de las Sociedades Hispánicas Confederadas. Me extendieron carnet de miembro del Ateneo Hispano. Acepté dirigir una pequeña alocución de saludo a toda la colonia española radicada en América.

 

En ómnibus salí un atardecer para México. Me fui de Nueva York casi sin conocer la ciudad. Durante mi corta estancia en ella, todo fue rápido y fugaz, siempre acompañado por alguien.

Pensé quedarme todo un día en San Luis, Missouri. Mucho antes de llegar a San Luis, el conductor del ómnibus paró el motor y, dirigiéndose a todos, advirtió que habíamos llegado adonde no se admitía que los blancos y la gente de color estuviesen mezclados.

Sin protestar, los negros se levantaron de los asientos que ocupaban en la parte delantera y media del coche y se dirigieron a la parte trasera. Los blancos hicieron otro tanto, pero a la inversa, pasando a ocupar los asientos dejados vacíos por los negros. La escena, para la que no estaba preparado, me produjo una desagradable impresión.

En San Luis, Missouri, avisé que volvería a seguir al día siguiente. Me acomodé en un pequeño hotel de enfrente de la terminal. Salí y anduve a lo largo de una avenida. Debía estar en el barrio de los negros o en la ciudad había más negros que blancos. Al día siguiente, me presenté en la terminal de la Grey‑Hunt para esperar mi ómnibus con destino a México. Faltaba una hora para su llegada. Había dos salas de espera, una para gentes de color y otra para blancos. En la entrada de la sala para gentes de color un letrero anunciaba Colored room, o sea, para gentes de color. Puesto que la decisión dependía de mí, entré en la sala para gentes de color. Ya me disponía a encender un cigarrillo cuando se me acercó un negro y me dijo que aquél no era mi sitio, que tenía que irme a la sala de al lado, con los blancos.

Así lo hice. Me quedé bastante perplejo. Yo tenía la idea de que la segregación era cosa únicamente de los blancos.

San Luis no me había gustado. Cuando llegamos llovía y seguía lloviendo cuando salimos. De paredes de ladrillo rojo oscurecido por la pátina del tiempo y el hollín de las chimeneas, sus casas y sus calles daban la impresión de pertenecer a un mundo en que el sol se hubiese apagado.

Cuando llegamos a San Antonio, en Texas, decidí quedarme también un día. San Antonio era totalmente distinto a San Luis. Calles y casas bañadas de luz, y gentes andando con alegría. Se debía vivir a gusto en San Antonio.

Cuando dejamos el Laredo de Texas y pasamos al Laredo de México, me pareció que dejaba un mundo extraño, en el que me sentía extranjero. Francia primero, con el refus de séjour a cuestas; la visión fugaz de Londres, ciudad sin sol, comiendo sandwiches en la cantina de la estación de Saint Pancras; Suecia, con sus largas noches de invierno que empiezan a las cuatro de la tarde, y su sol de medianoche, en que el día recién acaba de irse y ya está asomando de nuevo; los Estados Unidos, tan diversos en temperaturas y gentes.

Al llegar a México, con su sol y todas las gentes hablando en español, me pareció que ya estaba otra vez en mi casa, en Cataluña. En el ómnibus, cerca de Monterrey, me saludó una persona, preguntándome si yo era precisamente yo. Era un refugiado español, llamado Grávalos, socialista caballerista, que trabajaba de viajante de un brandy famoso en todo México. Me recomendó una casa de huéspedes de la calle Bruselas y me dio la dirección del Centro Republicano Español, recomendándome el café Tupinamba si quería encontrar compañeros de la CNT.

En Monterrey nos separamos.

 

Los políticos exilados

Había dejado Suecia movido por dos impulsos: ganarme la vida trabajando y tener contacto con los compañeros para preparar el retorno a España tan pronto terminase la guerra universal.

Entrar en contacto con los compañeros fue tarea fácil. Igualmente lo era entrar en relación con los refugiados españoles de las otras tendencias. Bastaba penetrar en cualquier café: en el acto se oía hablar castellano con acento diferente al de los mexicanos, que se expresan con entonación menos áspera.

Entre los refugiados no cenetistas encontraba siempre una acogida sin reservas. No así entre los cenetistas. El anarcosindicalismo estaba potencialmente dividido entre los llamados « políticos » y los conocidos como « pieles rojas », que aspiraban a rehacer la CNT con anarquistas exclusivamente. Si bien existía una sola organización anarcosindicalista que funcionaba con el nombre de Delegación del Movimiento Libertario, al margen de ella se movían la mayor parte de los cenetistas refugiados en México; preferentemente por afinidades regionales.

Por otra parte, la Delegación del Movimiento Libertario, que pretendía tener la delegación del Comité que en Francia dirigía la familia Urales, llevaba una existencia lánguida. Sobre el retorno a España y manera de lograrlo, carecía de posición activa; admitía la derrota del antifranquismo como algo irreversible. Enconchados en la clásica actitud del anarquismo tradicionalista antiguo, apenas si seguían el desarrollo de la contienda que en Europa se libraba contra las potencias nazifascistas. Situación muy parecida a la que se dio durante la guerra europea de 1914 a 1918. Entonces, el anarquismo internacional sufrió un rudo golpe en su monolítica concepción de los problemas políticos de la humanidad, cuando más de sesenta anarquistas de renombre internacional firmaron un manifiesto declarándose partidarios de las naciones aliadas y contrarios a la Alemania del kaiser y a la Austria‑Hungría de Francisco José. Entre los firmantes figuraban anarquistas de tanto renombre como Kropotkin y Faure.

Entre los demás refugiados la situación era bastante confusa. En general, los miembros de Unión Republicana y de Izquierda Republicana, así como los republicanos catalanes, suspiraban por la victoria de las armas francesas e inglesas, pero ello no pasaba de ser expresión platónica que no establecía una correlación entre los beligerantes y el problema español. Es decir, no formaban frente de combate, como si las partidas de dominó y de tresillo los consolasen, para siempre, de la pérdida del hogar nacional.

Entre los socialistas, divididos en caballeristas, prietistas y negrinistas, la confusión era más acentuada. El caballerismo carecía de dirección, sus opiniones eran cabalísticas. « ¿España, para hoy y para mañana? ¡Oh, sí, España! Habría que ver, sería cosa de estudiar... » Los negrinistas, vinculados a los comunistas y con un Negrín sometido a la URSS, así como los comunistas, denunciaban la guerra como lucha de imperialismos: « ¿España? Porque España, cuando Negrín decida... ».

Prieto, buda viviente, siempre meditativo, pendiente siempre de la tercera jugada ¿Qué pensaban los prietistas? Los prietistas pensaban lo que pensaba Prieto. Y Prieto, en aquel momento, no pensaba en nada concreto sobre España. Prieto, socialista sin marxismo, sin lucha de clases y sin justicia social, era el ejemplo vivo de la crisis del socialismo del centro y del sur de Europa, con su derecha colindante con el fascismo. Liberal agotado, Prieto no creía en la libertad. Decepcionado por lo que le ocurriera al aliarse con Negrín contra Largo Caballero, Prieto se sentía colindante con la Falange. De haber vivido José Antonio Primo de Rivera, aquel fascista sui generis que buscó contar con Pestaña y con Prieto, seguro que hubiera tratado de asociarse con los falangistas para ir contra Franco. Pero los « camisas viejas » carecían de prestigio y de jefe.

Limitado por la fuerza de las circunstancias a la función de administrador de los bienes de la JARE, procedentes del tesoro del Vita, Prieto, apto para sacar partido de cualquier situación, creó una especie de legalidad republicana que, por lo menos, fuese tan legal como el gobierno Negrín, despojado ya de su autoridad por el Consejo Nacional de Defensa de Madrid. Con ex ministros republicanos constituyó Prieto la JARE frente al SERE de Negrín, para ayudar en lo posible a los refugiados españoles. Cabe decir que la JARE cumplió con bastante probidad su cometido. No creó grandes industrias para dar trabajo a los refugiados, pero sí distribuyó préstamos de carácter individual para la instalación de pequeñas industrias y comercios.

 

Cuando llegué a México hube de hacer esfuerzos para no olvidarme de quién era yo y a qué se debía mi partida de Suecia: trabajar para ser independiente y poner mi independencia al servicio de la CNT y de la lucha por la liberación de España.

Visité a Indalecio Prieto, para darle las gracias por sus buenos oficios en el logro de mi visado de entrada en México. Quise llevarle a una conversación sobre el porvenir de la lucha por España. Muy cucamente lo eludió, manifestando que entre muchos refugiados se abría camino la esperanza de un fácil retorno gracias a maniobras muy serias y a combinaciones de tipo monarquizante, en las que él no entraba ni salía, por parecerle muy dudosa la victoria de las armas aliadas en Europa.

Le manifesté que su bosquejo de la situación tenía bastante de exacto pero pecaba de primario.

Mi llegada a México había originado rumores, que yo mismo había alimentado: haber sido el único refugiado admitido en Suecia; mi viaje a través de la Unión Soviética, tanto más relevante cuanto que nadie ignoraba mi significación anticomunista; mi estancia en los Estados Unidos, que tan parcos se habían mostrado en facilitar el paso y la residencia de refugiados españoles. Aparenté, pues, estar en posesión de una carta escondida, jugué a quien tiene una misión y le dije:

— Hay que estar preparados para los grandes cambios que se producirán en la situación internacional y para la alteración que sufrirán los actuales factores que se encuentran en guerra.

— No entiendo lo que me quiere decir. Tengo motivos para suponer que en Europa la jugada está en su apogeo y que todos los ases están en manos de Hitler y de Mussolini — arguyó Prieto.

— Está usted bajo la penosa influencia de las aparatosas victorias nazis. Piense que a tal acción le corresponde una reacción. De otra manera tendríamos que admitir que para Hítler y Mussolini la guerra sería de una simplicidad abrumadora. No es tan fácil realizar la conquista del mundo. Todavía falta que entren en juego las piezas grandes.

— Sigo sin entender lo que me está diciendo. Europa está perdida. América, casi ni habla de la guerra; y Asia, con el Japón de gendarme de aquella parte del mundo, si algo decide será interviniendo al lado de Alemania e Italia. Por algo se creó el eje Roma‑Berlín‑Tokio ¿Puede decirme qué espera usted?

— Espero la intervención de la Unión Soviética contra la Alemania hitleriana. La URSS no es una gran potencia militar, pero sí es una enorme masa con gran capacidad de producir desgaste físico. Y los Estados Unidos, con Roosevelt de presidente, decidirán el curso de la guerra.

— Sería curioso saber adónde va usted a parar. Sus razonamientos apuntan en alguna dirección, no me cabe duda. Usted es hombre de acción. ¿Qué opina sobre la España republicana de hoy, tal y como debe de haberla encontrado en los cafés de México?

— Opino que debemos aprestarnos a intervenir, aunque sea simbólicamente, en la guerra, tomando posición al lado de las democracias y contra el nazifascismo. Se impone la creación de un gobierno de unidad republicana y, aprovechando la tolerancia del gobierno de México, declarar la guerra a Alemania y a Italia.

— Reconozco que nunca tuve los entusiasmos de usted. Y si nunca los tuve, menos los tengo ahora. Adoptar las impresionantes decisiones que acaba de sugerir, lo considero un acto muy arriesgado. No comparto su optimismo y, por lo que sé, por informaciones de primera mano que me llegan, sus supuestos de una intervención soviética y norteamericana en la guerra, contra Alemania e Italia, carecen de base. Y volviendo al problema nuestro, el de España, por el momento, según mi modesta opinión, los que marchan con el monarquismo son los que más posibilidades tienen de salir ganando.

Como siempre, Prieto se manifestaba como en posesión de la mejor información. El tenía en el bolsillo, lamentando no poder mostrarlas, las cartas que se jugarían. Impermeabilizado ante el quietismo en que naufragaba la emigración republicana española, su pensamiento se reducía a una infantil ecuación de política nacional e internacional: triunfo del nazifascismo y el franquismo buscando la continuidad en una monarquía.

Carlos Esplá, de Izquierda Republicana, ex ministro, ejercía las funciones de secretario de la JARE en México. Cuando me despedía de Prieto, apareció él y me rogó pasar por su despacho, pues deseaba saludarme. Se interesó mucho por mis andanzas por el mundo, por la situación en que había dejado a mi familia en Suecia y por el estado de mis gestiones para traerla a México, en lo que la JARE participaba. Finalmente me dio cuenta del acuerdo de la JARE de poner a mi disposición una cantidad de dinero para instalar una pequeña industria o un comercio « porque aquí resulta muy difícil encontrar un trabajo conveniente ».

Le agradecí su interés por mí y por los míos. También le agradecí el ofrecimiento que me hacía en nombre de la JARE, pero le dije que había salido de Suecia para ganarme la vida trabajando y que eso era lo que pensaba hacer.

La vida de todos los políticos republicanos españoles dependía de la JARE.

Cobraban directamente de ella o dependían de dicho organismo por sus inversiones en industrias, laboratorios o comercios. Sabidas las opiniones de Prieto, era fácil suponer que nada o muy poca cosa podía esperarse de ellos.

Giral, que a la muerte de Azaña pasó a ser el jefe de Izquierda Republicana, también dependía de la JARE: ejercía las funciones de director de los laboratorios de productos quimicofarmacéuticos creados con capitales aportados por la JARE. Antes de entrar en contacto con Giral o con Alvaro de Albornoz pensé que era preferible que se fuese esclareciendo por su propio impulso la situación de Izquierda Republicana.

El pensamiento del Partido Comunista me fue fácil conocerlo. Tuve contactos con Joan Comorera, del PSUC, y con Santiago Alvarez, del buró del PCE, y que, como yo, trabajaba en Vulcano Construcciones Mecánicas. Hablar con un comunista oficial es como hacerlo con el cabo de guardia: o se da el santo y seña del día o no se da un paso. Entonces, el santo y seña de los comunistas todavía era: « La guerra actual es una guerra entre imperialistas » y « la Unión Soviética nunca participará en ella ». Decirles que existían muchas posibilidades de la entrada de la URSS en la guerra contra el nazifascismo y de su consecuencia lógica, la disolución de la Komintern, era provocar sus iras, obligándoles a exclamar a voz en grito que « la Unión Soviética jamás entraría en guerra al lado de las caducas democracias », o que « disolver la Internacional era tan imposible como que los hombres se volvieran peces ».

No valía la pena perder tiempo en inútiles discusiones. Había que esperar a que les diesen otras consignas.

Pero Martínez Barrio, jefe de Unión Republicana debía tener una opinión propia. Pretendía ser el político más cuco de la España republicana. Hasta más que Indalecio Prieto. Yo había tenido contactos con él en tres ocasiones. La primera vez fue en Albacete, a propósito de la organización de las Brigadas mixtas. Luego, mi proyecto de amnistía para los presos comunes me llevó a comparecer, para hacer su defensa, ante la Comisión permanente de las Cortes, de la que Martínez Barrio era presidente nato. El último contacto lo tuvimos en París, con ocasión del problema constitucional suscitado por la dimisión de Azaña.

Me recibió Martínez Barrio en su domicilio, una casita de planta baja. Una de sus lamentaciones era que su mujer tuviese que limpiar la casa. Martínez Barrio nunca interrumpía. Sentado cómodamente, con las manos enlazadas, su manera de sonreír, su actitud atenta, sólo le faltaba la chilaba para resultar un moro de apariencia tranquila, pero de complicadas meditaciones.

Le dije que esperaba la ampliación de la guerra, que pasaría a ser universal y terminaría con la rotunda derrota de Alemania y de Italia. Expuse que los españoles republicanos continuábamos sin instituciones y sin gobierno, dando la sensación de que nos dábamos por vencidos y de que reconocíamos como vencedores a nuestros adversarios. Me preguntó:

— ¿Usted no se da por vencido y no reconoce al franquismo como vencedor?

— No, no me doy por vencido, y en cuanto a reconocer al franquismo como vencedor, ¿por qué hacerlo? Para nosotros fue la victoria moral y para ellos la victoria material lograda por una aplastante superioridad en armamentos.

— Si no me equivoco, colige usted que nada debe ni puede hacerse en España sin la presencia de los republicanos, ¿verdad? Supongo que le habrán hablado de una corriente monarquizante entre algunos sectores de refugiados. ¿Qué me dice de ello?

— Infiero que se trata de maniobras que vienen ya de largo. Un expediente sobre tales maniobras fue elaborado por miembros de la CNT en París. El Comité nacional me lo entregó y yo lo pasé a Largo Caballero siendo él todavía jefe del gobierno. Los implicados eran miembros de Esquerra Republicana de Cataluña y del Partido Nacionalista Vasco y emisarios de Gil Robles. Se reunían y hablaban, era todo. No contaban con arraigo ni fuerzas. El levantamiento militar, inicialmente fue para restablecer la monarquía. Ya hace dos años que la contienda terminó, pero aún no han podido restablecer la monarquía.

— ¿Y a qué se debe, según usted?

— Nosotros, los republicanos, obtuvimos la victoria moral. Ellos, con una media victoria, se consideran derrotados.

— ¿Qué le hace pensar que los republicanos nos llevamos la victoria moral?

— Habían planeado una sublevación militar a la antigua usanza, con bando de ordeno y mando, restauración de la monarquía y ascensos progresivos para los oficiales. En las calles, alguna oposición de grupos de obreros. Prisiones y ejecuciones. Promesa de amplia amnistía para el aniversario de la restauración. En el exilio unas docenas de dirigentes republicanos y socialistas... Pero no fue así. Lo que ocurrió fue algo muy distinto a todo lo que habían previsto. Las luchas callejeras se transformaron en guerra, dieron lugar a la aparición de un ejército que les hizo frente durante tres años. Sin mencionar las ayudas extranjeras; porque, para demostración del trauma histórico a que se enfrentan, lo que importa son los factores nacionales.

— Según usted ¿qué deberíamos hacer?

— Deberíamos aprovechar la coyuntura internacional de la guerra para intervenir en ella, mezclando nuestra causa a la que sostienen las democracias, declarando la guerra a Alemania y a Italia por las agresiones que llevaron a cabo contra la República española al enviar armamentos y unidades militares en apoyo de los sublevados; por las agresiones contra Almería, Guernica, Madrid y Barcelona llevadas a cabo por la aviación de dichos países. Es obvio que deberíamos reconstruir una legalidad y crear un gobierno representativo de todas las fuerzas que lucharon en España en defensa de la República.

— ¿Pero supone usted que Inglaterra, que se ha quedado sola, se buscaría complicaciones internacionales admitiéndonos de aliados? — objetó Martínez Barrio.

— Hoy está sola, ciertamente. Pero dejará de estarlo pronto. Es inevitable la entrada en la contienda de la Unión Soviética y, también, de los Estados Unidos.

— Eso, son dos supuestos indemostrables. Mal haríamos en adoptarlos como elementos determinantes de una acción a realizar de nuestra parte. ¿No le parece a usted?

— No, no me parece. Para nosotros lo esencial es dotamos de lo imprescindible: una legalidad, unas instituciones y un gobierno. Y adoptar una postura congruente de lo nacional con lo internacional. Un hecho de hoy, como la declaración de guerra a Alemania e Italia, determinaría un derecho mañana, cuando, vencidas Alemania e Italia, los beligerantes se reúnan para la solución de los problemas universales. Entonces, la España republicana estaría presente. De otra manera, estará ausente.

— Seamos francos, García Oliver. Usted en Suecia vivía bien y estaba seguro. De pronto, da la vuelta al mundo para venir a México. Lógico es suponer que le hayan encargado alguna misión. ¿Sí o no?

— La verdad no siempre es revelable, don Diego. Lo que importa es si hay lógica o no en lo que le he dicho.

— ¿Y con qué medios económicos se pueden poner en pie esas instituciones?

— Soy de la opinión de que los refugiados españoles podemos disponer de más medios económicos que De Gaulle al aventurarse a constituir la Francia Libre en Londres. El gobierno mexicano nos ayudaría a disponer de los bienes que detentan Prieto y la JARE, y el gobierno inglés nos podría ayudar en lo que respecta a los bienes que depositó Negrín en Londres.

— Sí, puede ser que sí. No obstante, crea usted que lo lamento mucho, pero ni yo ni mi partido podemos ponernos al frente de una empresa tan extraordinaria. Si en París hubiésemos podido realizar lo que usted pretendía tan empeñosamente, yo hubiese asumido las funciones de presidente de la República y la situación sería distinta.

— ¿Debo considerar que no puedo contar con usted?

— Dése cuenta. Haga su labor aquí, como lo ha estado haciendo conmigo. Como seguramente lo ha hecho con otras personalidades. Resuma todo y verá cuán lejos se encuentra la emigración de pensar en mover un dedo.

— ¿Supone usted que nos encontramos tan cansados?

— Diga usted tan terriblemente cansados. Esa es la verdad. Sin embargo, no se dé usted por vencido. Empuje a marchar adelante. ¡Quién sabe!

 

En abril de 1941, llegó a Veracruz mi familia. Pudieron abandonar Suecia en un buque de la Johnson's Line que, por excepción, había sido autorizado por los alemanes y los ingleses a franquear el mar del Norte, con destino a América. A su llegada a Veracruz, me fue posible acudir a esperarlos.

Era dura la vida en México para los refugiados. Los trabajos estaban casi a nivel de artesanía, con sueldos bajísimos. En la industria textil existían grandes fábricas, pero solamente podía pensarse en trabajar en tanto que técnicos o en la dirección. La metalurgia era incipiente. Con la llegada de los refugiados se inició un proceso de industrialización. Pero, entretanto, había que sacar las familias adelante, lo que era ímproba tarea para la mayoría de refugiados.

Trabajaba en una gran factoría, iniciada con capital del SERE, Vulcano Construcciones Mecánicas, S. A., pero para poder subsistir se hizo inevitable que, terminada la jornada de ocho horas, visitase talleres y pequeñas fábricas para venderles artículos de cuero.

La independencia es ingrata y dura. Apenas veía a mi mujer y a mi hijo.

Después de trabajar, venía el tiempo del café para platicar con los compañeros, cuyas vidas eran más o menos como la mía.

En lo político, mi llegada a México fue un fracaso. Se hablaba de España continuamente. Nada, o casi nada, sobre el hoy, y menos sobre el mañana. Era el ayer, siempre el ayer, el tema predominante. No faltaban augures que, como Miguel, el compañero andaluz que colocamos de portero en el Tribunal Supremo, siempre que asomaba la cabeza y prestaba oídos a lo que se discutía en alguna mesa del café Tupinamba, decía:

— ¿Sabéis lo que « sus » digo? Que la cosa ya está « resuerta »: ellos allá y nosotros acá. « Pa » siempre.

Ante la emergencia de nuestro éxodo masivo a Francia, la creación del Consejo general del Movimiento Libertario, del que fui temporalmente miembro, podía tener una explicación. Se debía por igual al militante de la CNT que al miembro de la FAI y al perteneciente a la FIJL. La simplificación ayudaba a resolver problemas. No podía ser así cuando, en lugar de prestar ayudas, se trataba de la formación de cuadros para llevar a cabo la liberación de España. La finalidad perseguida resultaba seriamente perjudicada, porque el nombre de Movimiento Libertario era totalmente desconocido y no resumía voluntades como el de CNT, cuyo nombre era un grito de rebeldía, un programa de redención y una bandera de combate. La CNT resultaba notablemente perjudicada por el anonimato que creaba ese nombre de Movimiento Libertario. La FAI ensuciaba con su hibridismo político anarquista a la CNT. Las Juventudes Libertarias, creadas para restar influencia a las Juventudes socialistas y comunistas, sumergidas en el anonimato del Movimiento Libertario, perderían el prestigio de su independencia y aparecerían como el garbanzo negro en el puchero madrileño.

Con el Movimiento Libertario no salía ganando ninguna de las tres organizaciones que lo integraban. Convenía deshacer tamaño equívoco. Cuanto antes, urgía restituir el nombre de la CNT a su rol revolucionario de siempre.

Había que poner en marcha a los refugiados. Se debía reconstruir una legalidad republicana, llegando hasta la cúspide, con presidencia de la República y gobierno. Era menester que la República española declarase la guerra cuanto antes a las naciones nazifascistas, declarando al mismo tiempo que la guerra iniciada el 18 de julio de 1936 seguía abierta y era propósito firme del nuevo gobierno de la República española en el exilio sostenerla con las annas.

A la hora de proyectar en el interior de España las consignas de lucha, hacerlo en nombre del Movimiento Libertario era marchar hacia el fracaso. Solamente podía hacerse diciendo y repitiendo hasta la saciedad el nombre de ¡CNT... CNT... CNT ...!

No me fue posible entenderme con la mayoría de los compañeros refugiados en México. Una minoría de anarquistas, pretendidamente puros, con otra minoría más pequeña, de los que habían sido « treintistas », formaron coalición contra lo que yo proclamaba como necesario.

« Ya no queremos más guerra », decían los anarquistas puros. « La guerra terminó cuando cruzamos los Pirineos », seguían arguyendo en nombre de la anarquía. Sin haberse firmado una paz ni existir pacificación, abandonaban a quienes no pudiendo o no queriendo salir de España eran exterminados como ratas. « Hemos de volver a ser lo que éramos antes del 18 de julio », declaraban.

Tal actitud dio lugar a que la mayoría de militantes refugiados en México se reunieran y formularan, en una ponencia, una concepción de lo que entendían que debía ser la norma a seguir en el exilio, y que sería conocida por « la Ponencia ». En síntesis, se reducía a proclamar algo que iba de lo primario a lo superior, terminando de una vez con la gama de confusiones que elementos anarquistas de tendencia individualista introducían continuamente en las posiciones eminentemente colectivistas de la CNT, la cual, si bien era de aspiración y finalidades comunista libertaria, en el camino de las realizaciones se vería en el caso de marchar por senderos múltiples al socialismo libertario.

Las posiciones mantenidas por los militantes agrupados en la Delegación del Movimiento Libertario (Marcos Alcón, Juan Montserrat, Progreso Alfarache y otros), la mayoría de Barcelona, por un lado, y las de los militantes agrupados, por así decirlo, bajo el nombre de CNT o « Ponencia » (entre los que me encontraba yo): Prego, Fonseca, Cardona Rossell, Aurelio Fernández y otros, de todas las Regionales de España, por otro lado, fueron creando el clima de la división orgánica. Al paso de los días las discusiones se endurecieron terminando por producirse la escisión, la primera que se produjo en el exilio entre los confederales.

Según los anarquistas intransigentes, ante la guerra universal en la que estaban en juego el « nuevo orden » hitleriano y la democracia, la posición que debíamos sostener era no pronunciarnos ni en pro ni en contra, sostenían igualmente que, desentendiéndonos de las consecuencias de una guerra terminada sin llegar a una paz negociada ni a una pacificación, había que retroceder al espíritu de antes del 18 de julio de 1936, borrando de la memoria de la clase obrera española el recuerdo de las batallas ganadas a los enemigos de siempre, las colectivizaciones, tanto de la industria como de la agricultura, anticipo de un prometedor mañana de justicia social.

Despojados de todo idealismo, reducidos al lento rumiar de la vida vegetativa, ¿no tenían razón los « pieles rojas »? ¿Valía la pena querer marchar siempre adelante, quemar las etapas de la historia? ¿Importaba tanto lo que dejamos atrás al trasponer los Pirineos los afortunados que por azar escapamos a la Falange y a los militares?

 

La Ponencia 

¿Cuáles eran nuestros puntos de vista? Redactada por una comisión dictaminadora, decía la Ponencia:

« … Las causas de nuestra desintegración

Nos es fácil recordar las incidencias que, como pinceladas de dolor, salpicaron la vida política y social de la España republicana en sus últimos tiempos de lucha, durante el preludio, desarrollo y consumación de nuestra derrota en los frentes de batalla. Que la derrota se produjo por insuficiencia material y técnica es tan evidente que podemos ahorrarnos el ser prolijos y pretender extraer unas consideraciones de orden parcial...

La derrota trajo relajamiento en todos los lazos de relación y de disciplina. Algo tan superior a la voluntad dispositiva se cernía sobre el complejo de organizaciones, partidos e instituciones antifascistas que, insensiblemente, pero con vertiginosa precipitación, fuimos pasando del estado de organismos responsables en lo colectivo y de humanidad libérrima en lo personal, a la situación de masa sin contornos y sin fisonomía, pues de la parte esencial de la vida sólo conservaba la potencia física...

Ahorrémonos detalles. El final de la guerra en Cataluña y en los frentes de la zona Centro‑Sur‑Levante cabe interpretarlos como dos poderosas explosiones que lanzaron por los aires a la masa material del antifascismo español. Como ocurre siempre en estos casos, aquellas partes más fácilmente desintegrables fueron proyectadas más lejos de su epicentro que aquellas otras más densas: las que se estabilizaron cerca de la misma España, en los campos de concentración de Francia y de Africa.

 

Los fenómenos de la desintegración

Si queremos ser analíticos y justos, hemos de considerar con severidad, pero sin estridencias, cuantas anomalías de orden orgánico y administrativo se han producido en la emigración. Por los efectos de la explosión a que hemos aludido, gran parte de posiciones y hechos sedicentemente organicoadministrativos no han sido otra cosa que las resultantes lógicas de las posturas forzadas y de la situación en que se vieron colocadas las partes más livianas y desintegrables de la emigración. De ahí que todo aparezca — hoy, que se van equilibrando las gentes en la medida en que van dejando de ser masa física únicamente y van recobrando la conciencia humana — como tocado de excentricidad. Comités de nombres extravagantes; Juntas o Consejos de formación y constitución unipersonal; partes residuales de partidos y organizaciones que declaman el soliloquio de “ Yo soy Dios ”; el desconocimiento del valor numérico e histórico de organizaciones políticas y sociales incuestionables; el usufructo y la administración de los bienes colectivos, sin más norma que el goce personal y la distribución caprichosa de los mismos; el escalamiento, en el vacío, de los grados jerárquicos, a los que sólo se puede llegar por la acción tamizadora del tiempo, la competencia o la promoción; en fin, todo cuanto desfila y se produce ante nuestros ojos asombrados, hoy, de ilógico, caprichoso e inexplicable, no son más que los movimientos finales de los varios fenómenos que han producido la desintegración del cuerpo colectivo del antifascismo español.

 

La reintegración se impone

Han pasado tres años de nuestra expulsión de España. Nada de cuanto excéntricamente fue creado pudo dar solución a los problemas planteados. Ahí está, en pie y en su vasta magnitud, el caso de los campos de concentración de Francia y de Africa; aquí, cerca de nosotros está el organismo de ayuda, que se constituyó con medios suficientes para hacerle frente, sin haberlo intentado siquiera. Candente está la lucha internacional entre el frente de la Libertad y el Derecho y el frente del totalitarismo y la desvergüenza, con unas proyecciones ideológicas tan parecidas a las que chocaron en España que casi podría afirmarse que es obligada la reanudación de hostilidades en el suelo hispano antes que el ciclo de la lucha se cierre, y precisamente para que este ciclo sea perfecto; real e inexplicable nuestro aislamiento internacional en esta contienda, sin un organismo de relaciones diplomáticas en pie y sin una suprema autoridad de la República española en funciones para respaldo de aquél y para afirmar la voluntad inquebrantable de sostener los derechos que nos llevaron a la lucha y salvaguardar rabiosamente el tesoro de sangre vertida. Ved nuestra gloriosa Confederación Nacional del Trabajo, siempre combatida y difamada, siempre desconocida y postergada; vedla desnuda, sangrante y violada, ya que no deshonrada, por enemigos y adversarios, y avergonzada incluso, a veces, por algunos que un día tuvieron cobijo bajo sus banderas de honor social, de dignidad del trabajo, de sacrificio infinito en aras del proletariado, y ni un Comité de la CNT, verdadero y responsable, que, con mano firme e inteligente, la restituya al puesto de honor a que tiene indiscutible derecho.

 

Las formas generales del deber

En nuestro caso, todo individuo reintegrado a sí mismo tiene que ser, por lo que a lo social y político se refiere, el mismo militante de la CNT que antes de la derrota fuera. Porque si hubo derrota no ha habido vencimiento, ni capitulación, ni pacificación. En situación de guerra está la República española frente a la usurpación franquista, y en situación de guerra están las organizaciones y partidos que la integraron y la sostuvieron en la defensa de sus derechos. Por consiguiente, llegamos a la conclusión jurídica de que todo está sustancialmente como estaba cuando fuimos expulsados de España, de lo que se desprende que toda tentativa de variación de los elementos que constituían el sostén de la República debería ser considerada como un acto de apaciguamiento y de cese de hostilidades, lo que equivaldría a la consumación de un acto de alta traición a todos los valores positivos de nuestro pueblo.

Hemos llegado, pues, a la conclusión definitiva de que deben ser rechazados de plano todos los alegatos revisionistas de las posiciones adoptadas durante la guerra española, porque ésta aún no ha terminado. Esta conclusión nos conduce a tener que declarar que la reintegración a sus naturales formas de los organismos oficiales de la República española, así como de los organismos populares que la sostuvieron, es imperiosamente obligada. [...] »

 

Hasta aquí la síntesis del dictamen emitido por los siguientes compañeros ponentes: de la Regional de Andalucía, Luis García y Miguel González Benítez; de la Regional de Aragón, Rioja y Navarra, Gregorio Villacampa; de la Regional de Asturias, León y Palencia, Ramón Fernández Posada; de la Regional de Cataluña, Juan García Oliver y Manuel Rivas; de la Regional del Centro, José M. Pastor y Mariano Cardona Rossell; de la Regional de Galicia, José Prego.

 

Se consumó la escisión. Los de la Ponencia nos quedamos con la mayoría efectiva, si bien, aparentemente, la poseía la Delegación del Movimiento Libertario, debido a que en las asambleas en que debían haber votaciones de importancia, aparecían con sus compañeras, hijos y hermanas, que también votaban aunque no estuvieran inscritos como socios y no pagaran sus cuotas. Siempre se fue tolerante en nuestros medios, y no era cosa de obligar a las mujeres a abstenerse de asistir y votar en las asambleas. Habría parecido que no se sabía perder.

Sin embargo, por pequeñeces así se consumó la escisión, bien a mi pesar, que nunca fui partidario de dividir, sino de sumar y aglutinar. En una reunión que celebramos los firmantes de la ponencia, al compañero Cardona Rossell se le ocurrió presentar la proposición de constituirnos en grupo aparte, exclusivamente a base de CNT. Discutida ampliamente, se votó, con amplia mayoría a favor y una abstención, la mía.

El voto de separación traía aparejado el constituirnos como CNT, con Comité Nacional y Comités Regionales, más un periódico mensual, que se titularía CNT. Todo con vistas a plantear a los demás refugiados una línea recta y activa de reconstrucción de los órganos legales de la República española y una toma de posición frente a Franco en lo nacional y frente a Alemania e Italia en lo internacional.

Se trataba de una empresa enorme. Había que violentar muchas posiciones colectivas de intereses económicos manifiestos, como vinculación a los fondos del SERE y de la JARE, que afectaban, de rechazo, a ciertas actitudes personales. Existía una red bastante extendida de arreglados con el SERE y la JARE que se habían convertido en rémoras para las posiciones justas.

La ponencia resumía el pensamiento constructivo de los mejores militantes de la CNT en el exilio. También el mío, por lo menos parcialmente. No interpretaba del todo mi manera de pensar, principalmente en lo que hacía referencia a Negrín como jefe del gobierno republicano dimitido, según la teoría ponencista, por la dimisión de Manuel Azaña, y según mi teoría por haber capitulado ante el Consejo Nacional de Defensa presidido por el general Miaja, con su abandono del territorio español. Pero en la vida colectiva siempre me gustó que me dejasen exponer mis puntos de vista, para después someterme al resultado de las votaciones, favorable o adverso. Lo que me da una fisonomía algo borrosa, de permanente sometido a las mayorías. Mi conducta puede parecer equívoca si se mide con una regla. Hombre de organización, me someto siempre a los acuerdos mayoritarios si se trata de asuntos en los que se me haya dejado exponer mis puntos de vista personales.

 

Estábamos en 1942, prácticamente tres años después de nuestra salida de España y de la iniciación de la guerra entre Francia e Inglaterra contra Italia y Alemania.

Hubo necesidad de defender la ponencia. Entre los españoles, siempre enzarzados en divisiones, los discursos son inevitables. La ponencia en sí ya era una pieza polémica. Me tocó el turno de tener que defenderla. Para mí, la ponencia era sólo un pretexto. Como si hablase en una España ya liberada ante un Congreso de la CNT que a todos nos pidiese cuentas de lo que hicimos o dejamos de hacer, procuré dejar síntesis valederas para aquel momento y para mucho tiempo después, años quizá. Dije:

 « Al hablar debemos hacerlo como si ya estuviésemos en presencia del futuro de España, presentes las generaciones nuestras que nos contemplaron salir al exilio, así como las generaciones que solamente saben de nosotros por lo que oyeron contar.

La guerra de España no terminó todavía. No se hizo la paz, como en el llamado “ Abrazo de Vergara ”. Con el abrazo de Vergara se hizo la paz entre carlistas y liberales, pero no se produjo una pacificación. Los gobiernos de los liberales se hicieron suyos los puntos de vista reaccionarios de los carlistas y desde entonces la política española fue de derechas cuando gobernaban los liberales, y reaccionaria cuando regían los destinos del país los conservadores. De aquellos tiempos, tan desdichados, fue la guerra civil que terminó con paz pero sin pacificación.

De nuestra guerra, los aparentemente triunfadores, los franquistas, pudieron hacer la paz cuando el Consejo nacional de Defensa asumió el mando para ver de encontrarle una salida airosa para los dos bandos, de manera que después de firmarse la paz justa, fuese inmediatamente seguida de un largo, hondo y sentido proceso de pacificación, de manera que aquella partida terminada en tablas — digámoslo así — por nuestra victoria moral y la victoria material de ellos, se pudiese derivar a un restablecimiento de la convivencia nacional.

Como no fue así, estamos todavía en guerra. La guerra debe reanudarse cuanto antes. Si la guerra no se reanudase, la parte de la España proletaria y liberal que representábamos sufriría largamente, terriblemente, a causa de una cesación de hostilidades no seguida de una pacificación.

¿Quiénes deben reanudar las hostilidades? ¿Ellos, los que quedaron en España? Claro que no, porque de tener que ser ellos, ¿a qué vendría que lo estuviésemos hablando nosotros?

Somos nosotros los que debemos reanudar las hostilidades. Como sea y en cuanto se pueda. Pero no más tarde de cuando las cometas de los ejércitos aliados anuncien el fin de la guerra universal.

Nosotros suponemos ser la parte mayoritaria de la militancia confederal. Los demás sectores de la emigración igualmente son las partes mayoritarias de la militancia de ellos. Parece ser que al exilio salieron también los bienes económicos de cada organización y de cada partido, así como lo que fue posible salvar de los gobiernos nacional y regionales de Cataluña y País vasco.

Si con la puesta en pie de una unidad combativa de los refugiados se correspondiese una reestructuración de los órganos legales de la República y se materializase el estado de guerra tácita en que nos encontramos con Alemania e Italia por causa de las continuas agresiones militares que de ellas experimentamos por tierra, mar y aire, los bienes, al parecer congelados, en Inglaterra y en los Estados Unidos, cabría esperar que nos fuesen devueltos, con los que deberíamos aprestarnos a la lucha por la liberación de España.

A los del interior deberíamos decirles que la responsabilidad de llevar a cabo la liberación era nuestra y no de ellos. Que de ellos solamente esperábamos la ayuda que buenamente pudieran prestarnos. »

 

Los refugiados avanzábamos dando las espaldas a la victoria. La descomposición era notoria. Nadie se salvaba. Y el tiempo se perdía.

¿Cómo poner de acuerdo a todos los refugiados, empezando por los miembros de la CNT, ya divididos? ¿Quién tendría la fuerza moral que le permitiese poner en marcha la causa de la liberación de España?

Eran tres las facciones del Partido Socialista y de la UGT, los caballeristas, los prietistas y los negrinistas, las tres sin tratarse y odiándose a muerte. Izquierda Republicana, con la corriente de Alvaro de Albornoz, jacobino, pero republicano moderado en el fondo, y la filocomunista con Giral, Julio Just y Mantecón. Unión Republicana, partido de mínima expresión numérica, se mantenía unido en torno a Martínez Barrio, quien hacía sentir su influencia por la vía masónica, donde ostentaba las más altas jerarquías. Los catalanistas y los vascos no se podrían decidir, pues si bien algunos se llamaban republicanos y autonomistas, la mayoría de ellos hacía el doble juego de posibilistas del monarquismo, con explosiones de separatismo, que se agudizaba en la América latina, donde cualquier catalán pasaba a ser, por lo menos, catalanista, y los catalanistas de antes amanecían de la noche a la mañana como furibundos separatistas. Ya en el exilio, estaba haciendo explosión el pleito interno entre los elementos del PSUC y el PCE promoscovita. El PSUC se estaba declarando independiente y se sacudía la tutela de la Pasionaria, iniciando una de las fases que tendría la oposición dentro de la Komintern. Entre los comunistas de entonces la desorientación era enorme. Diríase que llevaban mucho tiempo sin recibir consignas. Tanto Comorera como Alvarez y Carro, entonces de la dirección catalana y española, nunca creyeron en mis versiones de la próxima entrada de la URSS en la guerra al lado de las democracias y en la secuela de variaciones que tendría la política soviética hasta llegar a la disolución del organismo de dirección internacional, la Komintern.

La aparición de una CNT en el exilio causó impacto entre los sectores políticos de emigrados españoles. Solidaridad Obrera primero, órgano de la Regional Catalana, y después CNT, portavoz del Comité Nacional, que se repartían gratuitamente gracias a nuestro esfuerzo económico, dieron de qué hablar y hasta obligaron a la adopción de actitudes por parte de otros sectores de los exilados. Al principio de nuestra actuación, nadie, con excepción de los comunistas españoles y catalanes, quería tener trato político, de igual a igual, con « los de la CNT », como decían. Los de la CNT habíamos interrumpido el curso normal en el lento y fácil digerir de los partidos políticos tradicionales, la pluralidad de los republicanos y el muy fraccionado Partido Socialista. Todos querían, en una extraña coincidencia con la Delegación del Movimiento Libertario, que ya no se hablase más de la intervención gubernamental de la CNT y que ésta volviese al estadio de sus funciones obreristas, a las posiciones de antes del 18 de julio de 1936. Todos eran coincidentes en la necesidad de cortarles las uñas a los revolucionarios del anarcosindicalismo, que lo alteraban y trastocaban todo, desde la intrascendente actividad ácrata de los viejos anarquistas a la manera de los Urales, a la tranquila administración obrera de las sociedades de resistencia, característica del sindicalismo inocuo de los socialistas de la socialdemocracia, y que además amenazaban terminar con la existencia de los caducos partidos políticos.

 

Ignorarnos. Tenían que hacer como si no existiéramos. No se formó gobierno de la República. Se dejó que pasase el tiempo. Intervino la URSS en la guerra, optando deliberadamente por ser agredida por Hítler, que cayó en el juego tan admirablemente preparado por Roosevelt y Stalin. El Japón también se dejó llevar y, siendo rueda del Eje Roma‑Berlín‑Tokio, mientras que Berlín iba hacia Moscú y los Urales, Tokio partió a la inversa, arrastrando todo el Pacífico y provocó la entrada en guerra de los Estados Unidos.

Era un mundo loco, en apariencia. Pero el final estaba concertado ¿Por qué dejamos pasar la oportunidad de ganar nuestra guerra, capitalizando los esfuerzos de los voluntarios refugiados que fueron con los ingleses a Narwick, los de los tanquistas que con Leclerc llegaron los primeros a París? ¿Por qué no haber puesto precio al « maquis » creado por refugiados españoles en Francia?

Alemania atacó a la Unión Soviética el 22 de junio de 1941, cinco meses justos después de mi llegada a México y de haber anunciado lo que iba a producirse. Sólo Julián Gorkin, dirigente del POUM también refugiado en México, admitió públicamente, no mi perspicacia, pues cuanto yo había anunciado que ocurriría no se debía a dotes de vidente, sino porque en Moscú había tenido, según él, una entrevista con Stalin, quien me había explicado el derrotero que estaban tomando los asuntos internacionales. « Después de todo — explicaba Julián Gorkin —, si nos detenemos a considerar la vida de revolucionarios que llevaron Stalin y García Oliver, se parecen de tal manera que no es de extrañar que el primero tratase como amigo de muchos años al segundo ».

Los Estados Unidos fueron atacados el 2 de diciembre de 1941 por el Japón. Alemania había arrastrado a la guerra a Hungría, Rumania y Bulgaria. La guerra era universal, mucho más extendida que la de 1914.

 

El Primer Congreso Antifascista

Entonces empezaron a moverse, sin orientación, los sectores antifascistas españoles. Como también empezaron a moverse los comunistas y los comunistoides de todas las naciones europeas con colonias de residentes en México, en acciones unilaterales como la de los « franceses libres », eficazmente dirigidos por Jacques Soustelle, que organizó la recaudación de fondos en toda América con los que se sostuvo el gobierno de De Gaulle en Londres. En general, los núcleos antifascistas extranjeros se desenvolvieron en torno a « Acción Democrática Internacional », bajo la presidencia del profesor Raúl Cordero Amador, autoridad masónica de relieve y eminente político mexicano, con la colaboración de Severin Ferandel, anarquista francés y amigo íntimo de Sebastián Faure, y la de Aurelio Fernández. Llevaron a cabo una actuación muy meritoria, agrupando a los emigrados políticos europeos, acción que había de culminar en un Primer Congreso Antifascista celebrado en la ciudad de México los días 30 y 31 de enero y 1 de febrero de 1942, con un temario muy interesante[2].

La mayoría de las representaciones internacionales asistentes a este Primer Congreso Antifascista eran de elementos comunistas, criptocomunistas o filocomunistas, muy particularmente las representaciones políticas o « culturales » europeas, hasta las españolas, que eran del PCE, el PSUC y sus respectivas sindicales, UGT de Cataluña y UGT de España. Por excepción asistían delegaciones oficiales de naciones europeas, algunas logias masónicas y organismos liberales de la nación mexicana.

Ante el peligro de una avalancha de discursos clara o solapadamente comunistas, que habrían hecho fracasar los propósitos antifascistas y democráticos de los organizadores del Congreso, los dirigentes de Acción Democrática Internacional Antifascista propiciaron intervenciones de oradores de tendencias varias del antifascismo liberal mundial. Así, a ruego de la presidencia, hube de pronunciar un discurso, del que doy a continuación una síntesis:

 

« Conviene no reducir la propaganda del antifascismo y antinazismo a fórmulas académicas de excesivos altos vuelos.

Ya la lucha para acabar con los Estados fascistas y nazista se está desarrollando en el mundo entero.

La propaganda nazi ha especulado muy bien sobre realidades que quedaron flotantes después de la primera guerra europea, en la que las gentes se hicieron matar sin la esperanza de estar luchando por un mundo nuevo. Y nada nuevo se creó, pues que todas las aguas volvieron a sus antiguas madres.

El programa de un « orden nuevo » de la propaganda nacionalsocialista está basado en los ecos que quedaron de las promesas que se hicieron en la primera guerra mundial y que no fueron cumplidas.

Para cuando termine esta guerra de ahora, el antifascismo debe tener preparadas las realizaciones que debieran acometerse.

Esperemos que este primer Congreso Antifascista logre la organización de otro de carácter más mundial y efectivo que el presente, en el que somos exponentes de muchos puntos de vista, pero desprovistos de autoridad para la tarea que debe acometerse.

Y debe acometerse cuanto antes, para que, si se acaba la guerra, el mundo no se precipite en un vacío.

La obra a preparar debe ser exponente de un concepto racional sobre la reestructuración del mundo. Un mundo que debe reestructurarse al margen de las consignas de célula, logia, confesionario, partido, todos de proyección universal.

Porque lo que se necesita es una visión localista de los problemas de cada continente, respetándose mutuamente y ayudándose en todo lo posible.

Los problemas de la Unión Soviética, son un problema. Los de Europa, son otro problema. Los de América, son otro. Y los de Asia y los de Africa, son otros.

Las soluciones a proponer deberían ajustarse a la manera localista de cada sector geográfico.

Creo que Europa debe consagrarse a la realización federal de unos Estados Unidos Socialistas.

No puedo opinar ni debo intervenir en las soluciones que puedan necesitarse para América, Asia y Africa.

Son menester soluciones realistas para el mundo de desolación que nos dejará la guerra actual.

Lo peor sería afrontar los problemas de la paz sin haber sido antes preparada. Hagámoslo en este primer Congreso, de manera que el segundo, superada la etapa de crítica ideológica al nazifascismo, pueda realizar una obra esencialmente constructiva. »

 

El mundo liberal y libertario que asistía al Congreso aplaudió mi discurso. Con desolación, aplaudieron levemente los comunistas y sus derivados, preguntándose si mis puntos de vista reflejaban también los puntos de vista oficiales de Stalin.

No se celebró un segundo Congreso Antifascista.

 

Al empezar el año 1944, se me requirió para ocupar la secretaría del Comité Nacional de la CNT en Exilio. En México, los cargos, incluidos el del Secretario del Comité Nacional y el del director de CNT, fueron siempre desempeñados por pura militancia, sin retribución. Para acabar con el mal recuerdo que en todos había dejado la conducta de Marianet, de no despegarse de la Secretaría del Comité Nacional, los primeros secretarios nacionales que tuvimos en México, Aurelio Fernández y José Prego, al finalizar el plazo de un año, y no obstante no tener retribución, con la comunicación de su dimisión normativa, convocaron referéndum para elección de nuevo secretario. Así fue como fui elegido, no obstante mi renuncia al cargo, expresada desde la reconstrucción de la CNT en el exilio, por cuyo motivo no fui postulado la primera vez.

Cuando iniciamos nuestra actuación en nombre de la CNT, todo estaba disperso y desorganizado. El problema de encontrar trabajo era el prevaleciente. El SERE y la JARE constituían el límite de la mayor parte de las aspiraciones, porque eran fuentes de subsidios, de préstamos. Las empresas importantes establecidas con capitales de aquellos organismos precisaban de personal administrativo y de dirección. Esos puestos se concedían a los amigos de Prieto o de Negrín, con buenos sueldos. Como ocurría en la financiera Sociedad Mexicana de Crédito Industrial, S. A., fundada con capital de Negrín y manejada por Sacristán, que pagaba buenas asignaciones a consejeros que a la vez eran ministros de su gobierno, como Antonio Velao y Segundo Blanco y otros, entre los que se contaba el núcleo de ingenieros negrinistas, Gaos, Escobar, Rovira, Rancaño y algunos más, que desde su llegada al país vivieron el paraíso de los buenos sueldos.

Toda llamada a actuar por la causa española topaba inexorablemente en los estómagos agradecidos de los que vivían sin gran esfuerzo, a veces con el único esfuerzo de pasar el día ante los mostradores de cervecerías.

Era la derrota de los vencidos, de los que realmente no lucharon los tres largos días de julio. Era también la derrota de quienes agotaron las ilusiones cuando, al traspasar los helados Pirineos, fueron a parar a los campos de concentración.

Quedaba, ciertamente, un veinticinco por ciento que anhelaban con sinceridad el regreso, aunque para ello hubiesen de combatir de nuevo. Pero a este porcentaje de combatientes potenciales — entre los que podía contárseme — la dureza de la vida económica los iba dejando a un lado, imposibilitados de poder ejercer ninguna influencia en un medio cada día más americanizado, más dominado por la fiebre del dinero y de los buenos negocios, posibles únicamente con la explotación de la mano de obra autóctona.

Para no ser arrastrado por la corriente que propugnaba la reconstrucción de los órganos legales de la República, Indalecio Prieto ideó y llevó a cabo una especie de conversión de la JARE, entidad administrativa, en una Junta Española de Liberación. Por la fuerza de arrastre de la JARE, logró rodearse de Diego Martínez Barrio, de Unión Republicana, y de Alvaro de Albornoz, de Izquierda Republicana.

El Partido Comunista, para no ser menos, lanzó la noticia de la constitución en España de una Junta de Unión Nacional, integrada, decían — sin mucha convicción —, por todos los sectores antifascistas, mezclados con monárquicos y falangistas arrepentidos.

La lucha por la liberación de España se estaba pulverizando: partidos, organizaciones y juntas de liberación. Todos de espaldas a la realidad táctica que podía llevarnos a la victoria, es decir, unidad en torno a un gobierno.

¿Era tan imprescindible la creación de un gobierno de la República Española?

Para declarar la guerra a Alemania y a Italia por sus actos de vandalismo en España durante nuestra guerra, ¿qué podía hacer una Junta de Liberación? Nada. Legalmente sólo podía hacerlo un gobierno.

En Estados Unidos existía un fondo de 200 millones de pesetas oro, que pertenecían al gobierno legal de la República española, saldo restante del embargo de armas decretado por el gobierno de Roosevelt ¿Podía reclamarlo legalmente la Junta de Liberación? No. Solamente podía hacerlo un gobierno de la República Española.

En Inglaterra existía un fondo importante de millones de libras esterlinas incautadas y congeladas por el gobierno inglés a Negrín ¿Podía reclamarlas la Junta de Liberación? No. Solamente podía iniciar la reclamación un gobierno republicano en guerra contra Alemania e Italia.

En la Unión Soviética existía el saldo procedente del depósito del oro como garantía del pago de armamentos. Solamente otro gobierno republicano podía iniciar su reclamación.

¿Captaban estos aspectos los dirigentes de los partidos republicanos y de las fracciones del Partido Socialista? Forzosamente, sí. Entre sus dirigentes se contaban eminentes profesores de Derecho.

Habían transcurrido dos años desde que nos constituimos en CNT. Los logros eran escasos. Unicamente se había intensificado la vida orgánica de los partidos y organizaciones de refugiados. Las reuniones y asambleas se sucedían unas a otras. Las tertulias de café estaban activísimas, alternando los comentarios políticos con las ofertas de compraventa de toda clase de materiales, principalmente de metales y productos químicos. Quien más quien menos, vivía del mercado negro.

 

Los manifiestos del Comité Nacional de la CNT en el exilio

El problema español aparecía como desleído. A los no partidarios de reiniciar la lucha, que en el fondo eran mayoría, la guerra universal les servía de derivativo quietista, porque, decían, cuando termine la contienda universal, ganándola las democracias, los vencedores se encargarán de quitar a Franco, máxime después de haber enviado al frente ruso la División Azul. Y los decididamente partidarios de la lucha desde aquel mismo momento, en la imposibilidad de hacerlo por encontrarse un océano por medio, se resignaban en la espera de que las democracias, vencedoras, ayudarían a liquidar el régimen franquista.

Yo me mantenía tan alerta como el primer día de mi llegada a México. Pensaba, y así lo sostenía, que toda inhibición contemplativa contribuía a la creación de un vacío ante el cual la España dominada por Franco constituía una realidad, la que, llegado el momento, podía ser negociada. En cambio, nosotros, con tantas divisiones partidistas, sin dominar siquiera el terreno que pisábamos, nada podríamos ofrecer de negociable.

En tanto que secretario del Comité nacional de la CNT en exilio, tenía por delante todo un año de posibilidades. Debía realizar una obra. Debía dejar constancia, con vistas al mañana, de un esfuerzo congruente con la realidad que nos rodeaba. Había que ir fijando posiciones. Lógicamente, la primera manifestación debía de ir dirigida a nosotros mismos, y así en CNT se insertó el Manifiesto a los militantes de la CNT en el exilio:

 

« Circunstancias verdaderamente excepcionales en la vida y el movimiento de todos los sectores de la emigración republicana española, nos obligan a dirigirnos a todos vosotros, sin excepción en las posiciones y tendencias de cada uno. Es nuestro deber, por cuanto, hasta que los compañeros de España (y hasta el presente ni nosotros ni nadie ha logrado tener correspondencia autorizada con ellos) no nos releven de nuestras obligaciones, que por ello conceptuamos de sagradas, somos y hemos de continuar siendo el Comité Nacional de la CNT, con toda la soberanía que emana del cúmulo de obligaciones y compromisos que nuestra Organización contrajo con el pueblo trabajador español, cuando el 19 de julio de 1936 le ofreció el cobijo de sus banderas de combate frente a la tiranía falangista que se levantaba en el criminal intento de aniquilar, con las instituciones de la República española, todas las libertades y derechos de la clase trabajadora.

Nuestra salida a la emigración no fue un caso intrascendente. Tampoco estaba exenta de tan bien definidas obligaciones que se pudiera entender que eran declinables. No salimos de España unas docenas de hombres por efecto de pasajera represión para unos cuantos y llevadera para el total de la población española. Por el contrario, salimos miles de familias, constituyendo casi un pueblo; y con ellas, los órganos civiles y armados de un régimen; también los legislativos y los económicos; en fin, todo cuanto podía significar la pervivencia de un régimen que se sostuviera heroicamente durante tres años y que ni capitulaba ni pactaba con el enemigo. Consecuentemente, quedaba en el interior de España un régimen ilegal, triunfante por el apoyo de Alemania y de Italia, sometiendo y aniquilando a nuestros pueblos y a nuestros afiliados; fusilando y encarcelando a nuestros militantes; disolviendo nuestras organizaciones y proscribiendo nuestros ideales; haciendo imposible que pudieran manifestarse y vivir, y luchar y dirigir la obra de liberación desde el interior de la propia España.

Cierto que nuestros cuadros sindicales existen en la clandestinidad y luchan contra el falangismo; cierto que en el mismo plan deben conducirse los cuadros clandestinos de las otras organizaciones y partidos antifascistas, como ocurre en toda Europa sojuzgada por el nazismo alemán. Pero, precisamente por la similitud existente y visto que por sí solos no han podido, y probablemente no podrían nunca, liberarse por la única vía de sus movimientos subterráneos, es por lo que atribuyese, y con razón, misión salvadora y libertadora al avance victorioso del ejército soviético; por lo que esperamos, anhelantes, que se inicie la invasión de Europa por parte de los ejércitos de salvación y liberación de la Gran Bretaña y de los Estados Unidos.

Era tan fuerte y poderoso el enemigo — falangismo, fascismo y nazismo — que sólo de una inteligente y coordinada acción exterior cabía esperar la salvación. Cada uno de los pueblos sojuzgados ha intentado y llevado a cabo esta obra mediante la creación de sus órganos representativos y de lucha. Todos habían capitulado ante el enemigo común y ninguno, o pocos, habían resistido, de verdad, una lucha franca. Sólo España republicana aparecía con el esplendor legendario de haber resistido tres años en lucha contra el falangismo y sus valedores internacionales ¿Ibamos a conducirnos en el exilio de manera como si fuésemos los barridos de una causa sin gloria; como los malditos de su propio pueblo, al que hubiésemos mezclado en luchas sangrientas, no amadas ni queridas por el pueblo mismo? ¿Ibamos a disolvernos por el mundo, como el detritus de la nobleza rusa barrida por la revolución? Ciertamente que no. Causas y motivos de fuertes disensiones existieron en las postrimerías de la guerra española. Pero deber nuestro era superarlos, porque si antes la apetencia de poder y de lucro personales o colectivos animaban a las facciones existentes, en lo sucesivo no debían existir, por cuanto los actos y pensamientos debían orientarse únicamente hacia la España de todos que dejamos atrás, sangrante en los paredones de ejecución, dolorida en las prisiones, humillada en su pueblo derrotado.

Por ello, nuestra posición ha sido, siempre, de adalides de la unidad republicana en el exilio. Posición que no era caprichosa ni partidista. Unidad que no hemos propagado por mera especulación, por capricho ni por compromisos con nadie, sino porque hemos entendido que era obligada e inexcusable, impuesta por un elevado sentido de la responsabilidad, basado en los hechos y anales de la Confederación Nacional del Trabajo, que siempre estuvo al lado del pueblo español y al que nunca pidió honores ni recompensas por la fraternal adhesión que le otorgaba.

Frente a la disolución en que veíamos naufragar a nuestro movimiento, hemos opuesto la teoría de la reintegración orgánica; frente al encastillamiento y cruel animosidad que se demostraban los sectores republicanos españoles, hemos levantado nuestra voz de unidad total; a la inercia en la acción a realizar por parte de las banderías existentes, hemos opuesto todo un programa de normalización de los órganos del régimen republicano, contenido en el Dictamen Cuarto de nuestro Primer Pleno de Regionales en el exilio. No hemos sido partidarios de unos ni de otros; sino de que todos cumpliesen con su deber para con la España de allá.

Si ayer el problema de la unidad aparecía como de fácil solución, porque o se dormitaba en la inercia o se debatían las banderías en polémicas de vacíos bizantinismos, hoy la unidad republicana aparece, casi, como de imposible obtención. Las banderías se han agrupado en torno de ficticios gobiernos o de Juntas de Liberación fraguadas a gusto y manera de cada una de ellas. La verdad es que todos se niegan entre sí, que todos se desautorizan mutuamente, y que nunca como ahora fue tan bochornoso el espectáculo que se está dando. ¿Quién, si por los avatares de la guerra en Europa fuese un día necesario apelar a la ayuda y al esfuerzo de la España republicana, podría acometer la insensata acción de acercarse a ninguno de esos raquíticos organismos? ¿Y no se ve claro que de la imposibilidad de parlamentar con los republicanos españoles se benefician el régimen de Franco o las tentativas de restauración monárquica?

Estamos francamente por la unidad, la seriedad y la responsabilidad. Queremos que desaparezcan todas las ficciones. El llamado gobierno Negrín (duele tener que hablar de ello) es un ente con existencia caprichosa. Barrido por el Consejo Nacional de Defensa que presidiera el general Miaja, con colaboración de todas las organizaciones y partidos antifascistas y finalmente hasta con la adhesión del Partido Comunista, abandonó su gestión de gobierno y sus componentes pasaron al extranjero en calidad de simples refugiados. Al pretender después subsistir como gobierno en el exilio, los sectores republicanos y la CNT le retiraron sus ministros en París. Ultimamente han adoptado idéntica actitud el Partido Comunista y el PSUC de Cataluña. ¿Es necesario emplear más palabras para demostrar que su pretensión de seguir siendo el único gobierno de la República española es ociosa y nociva? Decir gobierno Negrín es mentar la guerra civil dentro del republicanismo español. ¿No resultaría más simpática la actitud, que si al principio pudo parecer equivocada hoy resulta perfectamente lógica, de los componentes del Consejo nacional, quienes al llegar al extranjero se disolvieron totalmente, posibilitando así la reconciliación de los republicanos españoles en torno a un nuevo gobierno de verdadera representación nacional?

La Junta de Liberación de México, empequeñecida por su contenido, por sus exclusiones y por la repulsa universal que ha merecido; empequeñecida todavía más porque le niega autoridad el llamado gobierno Negrín y por la Junta Suprema de Unión Nacional que propagan los comunistas, ¿puede continuar subsistiendo teniendo, que hacer frente a la continua guerra intestina que le hacen los mismos republicanos y socialistas que la integran, sabiendo que sin pena ni gloria se desgastan los hombres que la representan y que caen en el más estrepitoso descrédito los nombres de los partidos y de las organizaciones que la sostienen?

La Junta Suprema de Unión Nacional... ¡Ah, si fuese una realidad! ¡Qué bella realidad!, diríamos. Y qué vergüenza y qué deshonor tan grande para todos los hombres de la emigración. Nosotros, exilados libres y respetados por las autoridades de todos los países donde hemos vivido; libres de hacer y decir cuanto hemos querido sobre los problemas de España; bien vestidos y bien alimentados... Total, un conjunto de seres impotentes, fracasados; en verdad, dignos de ser despreciados, porque España nada nos tendría que agradecer; porque nuestros compañeros, perseguidos, acorralados, habrían sido capaces de crear, en el mismo corazón del falangismo, su unidad y sus órganos de lucha y de liberación.

Pero, literatura aparte, ¿podemos nosotros aceptar la existencia de tal órgano de lucha por el simple conocimiento de la revelación y de la creencia ciega? Si la revelación a tantas Bernadettes y Bernadettos que se han prodigado en el curso de la historia del catolicismo obedecía a un deseo superior de que fuese conocida la existencia real de la Virgen, ¿no habría sido más congruente que las solitarias apariciones en grutas y breñas se hubiesen efectuado en la plaza pública y hasta que el cielo hubiese descendido a la tierra? Este es el caso, hasta hoy, de la propaganda pro reconocimiento de la Junta Suprema de Unión Nacional. No es el reconocimiento nuestro lo que importa; lo que importa es que tengamos conocimiento oficial de su existencia a través de nuestros propios organismos en España.

Por nuestra parte, prestos estamos a acatar, no a reconocer y adherir, las órdenes que recibamos de nuestra Organización en España. Hasta entonces, consideramos que nada ni nadie puede relevarnos de los deberes que como refugiados tenemos contraídos, que son: forjar la unidad de todos los republicanos exilados; crear los órganos representativos y de lucha de la República española; vivir sólo y únicamente por la liberación de España y el aplastamiento de Franco y la Falange.

Solos empezamos las luchas por la unidad de los españoles republicanos y sólo nosotros sostenemos en alto esta bandera. Pero el tiempo vendrá a darnos la razón. Si la invasión de Europa sufriera, desgraciadamente, un primer fracaso, el problema aparecería de una importancia capital en la lucha por la liberación de Europa. Entonces la República española estaría llamada a intervenir, y ninguna de las tres situaciones que acabamos de analizar podría llenar el cometido nacional que se requeriría. Ello significaría el triunfo de la unidad por nosotros propagada y sostenida. Si, por el contrario, y como es de desear, las fuerzas americanas y británicas de invasión, apoyadas por las soviéticas, logran romper el espinazo del ejército alemán y abatir el régimen nazista, el tiempo que nos queda de estar en el exilio es tan corto, que hemos de irnos preparando ya a la idea de que seremos juzgados por nuestras obras y por nuestras posiciones en el exilio.

Compañeros: nuestra obra y nuestra posición es la unidad de todos los exilados; la de recobramiento de la República española con todas sus conquistas; la del porvenir de España abonado con la sangre y los sacrificios de los combatientes que cayeron. Todavía no ha llegado el momento de regresar; todavía no hemos fracasado totalmente; todavía podemos reivindicarnos. Formad a nuestro lado, unidos y compactos, dando el ejemplo a seguir a los ciegos y a los extraviados.

¡Viva la Confederación Nacional del Trabajo de España! ¡Viva España, libre y social y humanamente edificada! El Comité nacional de la CNT en Exilio. »

 

El Manifiesto del Comité nacional de la CNT en Exilio causó fuerte impresión. Fue causa de cabildeos entre la Delegación del Movimiento Libertario y toda el ala socialista afecta a Indalecio Prieto. Se reunieron precipitadamente los negrinistas con los republicanos que seguían a Velao. Los comunistas, con la mosca detrás de la oreja de si yo manejaba la baraja de Stalin — el embajador de la URSS en México, Oumanski, me invitaba a todas las recepciones que se celebraban en la embajada —, se reunían, se agitaban, escribían al Buró, pero se mantenían siempre en plan amistoso conmigo.

Era cosa de seguir adelante. En el siguiente número de CNT dimos a la publicidad el siguiente manifiesto:

 

« A los republicanos españoles en exilio.

Este Comité Nacional ha hecho público, recientemente, su manifiesto a la militancia cenetista con residencia en todo el mundo. En nuestro manifiesto hemos recapitulado y analizado detalladamente las razones de nuestra existencia orgánica y de nuestras posiciones en materia de la lucha que entendemos es menester desarrollar para el logro de una reconstitución completa de los órganos legales de la República española en el exilio y su participación directiva en la lucha por liberar España de la tiranía falangista.

Los mismos imperativos del sentido de la responsabilidad que nos determinaron a dirigirnos a la militancia cenetista, son los que tenemos ante nosotros al dirigirnos hoy a los republicanos españoles exilados. Por ello esperamos merecer las necesarias disculpas, pues que no son apetencias de intromisión en casa ajena las que nos mueven, ni afanes de dirigir las conciencias que no marchan acordes con las finalidades ideológico‑revolucionarias de nuestra Organización. No. La Confederación Nacional del Trabajo no ha pretendido, ni intentado jamás, someter las conciencias de nadie. Ayer, cuando el poder vino fácilmente a nuestras manos, fuimos absolutamente respetuosos con las personas del republicanismo español que profesaban distintas ideologías a las nuestras. La prueba histórica del ejercicio del poder público la pasamos sin dejarnos corromper ni intoxicar, por lo que, como garantía de nuestra actuación de hoy, no dejamos rastro de rencores ni animosidades, pues que no ejercimos la persecución ni la prepotencia.

Mas si bien no pretendemos intervenir la vida íntima de las organizaciones de republicanos exilados, sí queremos hablar firmemente de aquellas actuaciones públicas del republicanismo español que, a nuestro entender, entrañan graves responsabilidades de acción o de omisión frente a las decisiones que demanda el afianzamiento de la República española; la que vemos condenada irremisiblemente a su liquidación si no se deja de empujarla hacia el abismo, que es cuanto se viene haciendo, en realidad, desde que salimos de España.

Y, aquí, sí estamos en nuestro derecho. La República española no es enteramente de la CNT, pero se nos ha de conceder que las cargas más pesadas que entraron en juego desde el 19 de julio de 1936, sí hubimos de sostenerlas nosotros. Nuestro derecho, por consiguiente, está enraizado en el esfuerzo que hicimos en defensa de la República, con abandono momentáneo de nuestras concepciones maximalistas, en la pérdida de valiosísimos militantes que experimentamos de norte a sur y de este a oeste de la España confederal, en el vertical aplastamiento que sufre la clase obrera española por haber asociado su porvenir a los destinos de la República.

¿Corresponde la actuación de partidos y organizaciones exiladas a las dimensiones de la tragedia del pueblo español? Sinceramente afirmamos que no. Mientras que en España se sufre y actúa por la misma lucha que se inició el 19 de julio, en la emigración se falsean los orígenes y finalidades de la contienda, dando paso, cada sector, menos nosotros, a las ideologías y finalidades más absurdas desde el punto de vista de una concreta defensa de la República española: separatismos de ciertas personas o partidos vascos y catalanes, que fueron antes autonomistas moderados y decentes, o que lo aparentaban, y que sobre el supuesto de esa moderación y decencia se otorgó los Estatutos autonómicos. Negrinismos de actitudes y poses eutrapélicas, caprichosos desde el poder, haciendo cuanto podía irritar a nuestro heroico pueblo; caprichosos en el dejar de ser y en el querer volver a ser gobierno, dejando que un lustro corriera en silencio sobre el tormento de España. Juntismos de liberacionistas, los de la « simple » de México y de la « suprema » de España, rivalizando en ver quién mejor sorprendería la buena fe de los « inteligentes » republicanos españoles y de las « ignorantes » cancillerías de ciertos países de las Naciones Unidas; rivalizando en quién mejor imitaba el extranjerismo de las Juntas, por olvido de la grandeza de la República española, o por un incontenible desprecio hacia lo que no se defendió, pero sí se especuló.

Centrar la lucha y sus finalidades inmediatas ha sido preocupación continua de la Confederación Nacional del Trabajo desde su constitución en el exilio. En su Primer Pleno de Regionales celebrado en el exilio el año 1942, elaboró su dictamen para ser sometido a la consideración, rectificación o aprobamiento de los sectores políticos del republicanismo responsabilizados en la defensa de la República. El dictamen completo se publicó en el número 1 de CNT y se envió a las Directivas de los sectores políticos de referencia. No prosperó.

Convencidos de que, si cabe, es más actual hoy que cuando fue acordado, damos nuevamente a la publicidad nuestro “Dictamen sobre colaboración con todos los sectores con quienes actuábamos en España en el plano nacional”, y que dice:

“Republicanos españoles: dispuestos estamos a sostener la razón de nuestros puntos de vista; pero no a dogmatizar sobre ellos. Nuestro Dictamen sobre colaboración es un documento serio y viable que nuestra Organización ofrece a un comercio honrado de ideas con todos los sectores responsabilizados en la defensa de la República española.

Quienes no estén por la continuidad de Franco y de la Falange ni por una restauración de la monarquía, tienen que ayudarnos a forzar la falta de discusión franca y abierta en que se encierra el republicanismo español.

Ved que acaso nos queden ya pocas posibilidades de poder defender a la República española. No las despreciemos; seamos realistas: la República española es indefendible si persistimos en no organizar sus órganos representativos. ¡Organicemos la República española! ¡Organicemos en su nombre las luchas por la liberación de España!

El Comité Nacional de la CNT.” »

 

Nuestras llamadas a la integración unitaria de los refugiados españoles caían en el vacío. Lo único que lográbamos era promover reuniones y comentarios en las mesas de café. Acababa de transcurrir el 14 de abril de 1944, en el que, como todos los años, se reunían los republicanos para celebrar el aniversario de la segunda República con banquetes y discursos.

A mi llegada a México, el año 1941, asistí a un banquete conmemorativo del 14 de abril en el Centro Republicano Español de la calle de Balderas. La larga mesa preferente, de dos brazos en U, terminaba en la presidencia del ágape, donde figuraban quienes se creían las figuras más prominentes de la emigración republicana: Alvaro de Albornoz, José Giral, Diego Martínez Barrio, Luis Fernández Clérigo, Bueno. Todos los de la presidencia hablaron. Los discursos fueron de categoría de casino de pueblo en día de fiesta mayor. Y todos coincidieron en recordar a un muerto, Azaña. Para ellos, la República empezaba en Azaña y terminaba en Azaña. El pueblo español no contaba.

Al exaltar el martirologio recordaron únicamente a Companys, quizá porque ningún otro mártir tuvieron los republicanos. No tuvieron una palabra para los mártires de la CNT. No existieron Durruti, Ascaso, Bajatierra y Peiró. Casi todos coincidieron en recorrer España de acuerdo con la lección aprendida la víspera. Recordar a Mariana Pineda, a Agustina de Aragón, a Viriato, les daba motivo para describir caminos y paisajes españoles, con sus breñas, sus regatos, sus álamos y carrascos, sus mares de broncos oleajes en el Cantábrico, de azul claro, verdoso o plomizo en el Mediterráneo.

Por un momento me pareció que después de tantas melosidades pueblerinas, iban a sacar la piñata y a rifarla entre los presentes.

A la salida, me topé con Alvaro de Albornoz, quien, cogiéndome del brazo, me preguntó:

— Espero que le haya gustado el acto.

— No me ha gustado ni pizca y no asistiré a ninguna otra celebración del 14 de abril.

 

El 19 de abril de 1944, dirigimos, en tanto que Comité Nacional de la CNT, una carta a la Comisión coordinadora de Entidades Republicanas Españolas en México, carta a la que pertenecen los fragmentos siguientes:

 

« Queridos compatriotas: [ ... ] Nuestro dictamen sobre la unidad de los republicanos españoles y la integración de la República en el exilio, con las propuestas de constitución de sus órganos representativos, constituye el único documento histórico de altura que ha producido la emigración española. La falta de estima y consideración que hubo de merecer de los organismos políticos y sindicales registrados como responsables en la defensa de la República española, nos produjo el hondo pesar de ver cuán poco se apreciaba el esfuerzo de la CNT por colocarse a una altura moral de indiscutible claridad y en una posición política y jurídica firme en la defensa de un régimen que si en algo nos correspondía a nosotros — por nuestro carácter de movimiento revolucionario — era solamente por haberlo defendido desde julio de 1936 hasta el final de la contienda, con sacrificios y abandono de nuestras más caras concepciones ideológicas y aniquilamiento de miles de vidas de nuestros más destacados militantes y de nuestros más humildes afiliados. [ ... ]

A la desunión de los primeros tiempos de exilio, han sucedido unas formaciones de pretendida unidad, que no vacilamos en adjetivar de patricidas. Al parecer de conspicuos exegetas del derecho nacional e internacional, ya no estamos desunidos ni carecemos de gobierno u organismos de representación de la República. Tenemos “ Gobierno Negrín ” con cuatro ministros socialistas y sirviéndole de soporte unas fracciones de partidos republicanos y del Partido Socialista y de la UGT; tenemos “ Junta de Liberación ” con fragmentos del republicanismo, del socialismo y del ugetismo; tenemos “ Junta Suprema de Unión Nacional ” (que si nuestra Organización en España nos hubiese comunicado su existencia y su integración, seríamos sus más incondicionales defensores), defendida por personalidades y organismos republicanos, socialistas, ugetistas y comunistas.

Esas tres instituciones, que se desgañitan afirmando, discordes, ser las únicas legales y representativas, son, en realidad, otras tantas piedras de escándalo que por periodos turnados tienen, al parecer, el cometido de demostrar que la República española es irrecobrable y que el mundo no tiene más remedio que transigir con Franco y la Falange o que optar por una restauración de la monarquía.

En este 14 de abril de 1944, en que culmina como en ningún otro el espectáculo bochornoso de la falta de honor político y de responsabilidad histórica de los pretendidos republicanos españoles en el exilio, nosotros, Confederación Nacional del trabajo de España, declaramos: que el problema de la unidad de los españoles refugiados debe dejar de ser una farsa y una especulación; que en tanto los partidos y organizaciones antifascistas de España no nos releven de nuestras responsabilidades, tenemos el deber de deshacer todas las pretendidas situaciones representativas, de integración unilateral de pensamiento; y el de constituir, con representaciones equitativas y sin exclusiones, los verdaderos órganos de representación y de lucha de la República española.

Deseando poner coto a todas las falsas manifestaciones de unidad, comprendiendo que ésta debe primero instituirse en lo más alto y responsable de las organizaciones y partidos y, primero y ante todo, con la misión de combatir a Franco y a la Falange, nos retiramos de esa Comisión Coordinadora, por entender que hasta el presente sólo ha proyectado sus actividades en la organización de homenajes y festejos, y nunca ha intentado forzar las situaciones para llegar a un planteamiento de las verdaderas tareas a realizar por el logro de una efectiva unidad republicana y por la iniciación de un verdadero movimiento de rescate de la República española y la liberación del pueblo español.

Por el Comité Nacional de la CNT en Exilio, El secretario general. »

 

El 19 de julio del mismo año, el número extraordinario de CNT dedicado a glosar aquella fecha, publicó el siguiente llamamiento:

 

« 19 de julio de 1944.

La Confederación Nacional del Trabajo realiza una tentativa suprema por la unidad de los republicanos y la constitución de los órganos representativos y de lucha de la República española. Carta cursada a los partidos Socialista, Unión Republicana, Izquierda Republicana y al Partido Comunista:

[ ... ] la Confederación Nacional del Trabajo ha logrado sustraerse a la pasión partidista y al encastillamiento que estanca y nulifica la acción de los republicanos españoles. Creemos que nuestra independencia ante el llamado “ Gobierno Negrín ”, la Junta de Liberación de España y la Junta Suprema de Unión Nacional, no sería fructífera si sólo aspirásemos a la situación de favor en que nos coloca dicha independencia; y que un alto sentimiento del deber para con la República y el pueblo español nos obligan a ponerla a disposición de una tentativa suprema por el logro de una total concordia y unidad de acción de todos los sectores del republicanismo español en el exilio.

Comprendiendo que los primeros pasos a dar hacia el logro de esa meta ideal corresponden por derecho y obligación a los organismos responsabilizados en la defensa de la República, los que, a más de CNT, son Unión Republicana, Izquierda Republicana, Partido Socialista Obrero Español (las dos ramas existentes en México) y Partido Comunista, dirigimos esta carta por separado a cada uno de esos sectores, en ruego de que nos contesten si nos dan su autorización para que promovamos uná reunión de conjunto de los mismos, ofreciendo nuestra neutralidad en la actual contienda de republicanos como rincón de paz donde puedan tratarse cordialmente los problemas de la guerra española, los de la reconstrucción en el exilio de una única y verdadera representación de la República y las soluciones que demandan las circunstancias internacionales que afectan tan sensiblemente el porvenir de la República y de España. [ ... ] »

 

No podíamos dejar de publicar las contestaciones que recibimos a nuestra carta del 12 de junio. Con ello, oxigenábamos los medios políticos de la emigración española:

 

« ¡Que los republicanos españoles conozcan la posición oficial de los partidos socialista, republicano y comunista ante la República española!

A nuestra carta del 12 de junio, dirigida a los partidos Socialista, Unión Republicana, Izquierda Republicana y Comunista, que dimos publicidad en nuestro extraordinario de CNT del 19 de julio han contestado tres partidos y se han abstenido de hacerlo el Partido Socialista de Prieto y el Partido Socialista de Negrín.

El porqué de esas dos abstenciones suponemos que no pasará desapercibido a la emigración republicana española. Nosotros, que lo silenciamos ahora porque en el extranjero la publicidad de ciertos hechos desdora a la causa republicana, estamos dispuesto a sostenerlo en cuantas reuniones íntimas y responsables celebremos los exilados. Veamos, pues, cuáles son los que han contestado y qué nos dicen:

 

Carta del Partido Comunista. En nuestro poder la vuestra del 12 del presente mes de junio. Una vez examinada por nuestra Dirección, contestamos a la propuesta que en ella se nos hace, de paso que hacemos algunas aclaraciones necesarias y oportunas.

El Partido Comunista de España siente en grado sumo las preocupaciones propias de la situación de falta de unidad de las fuerzas republicanas españolas exiladas. Mantenemos una inquebrantable posición unitaria, bien demostrada por nuestras actividades en España y en la emigración. Es nuestro deseo más fervoroso lograr la unidad de las fuerzas republicanas y por esta razón todo esfuerzo de unidad encuentra nuestra simpatía. Es con este espíritu que acogemos vuestra carta.

Nosotros estamos dispuestos a acudir a reuniones de representantes autorizados de partidos y organizaciones republicanas. Esto no significa, ni mucho menos, conformidad con las propuestas hechas públicas por esa Organización ni con las apreciaciones que se hacen en vuestra carta. Simple y categóricamente expresamos nuestra voluntad de unidad y la mejor disposición en que nos encontramos para hacerla factible. [ ... ] Firmado: Vicente Uribe.

 

Carta de Izquierda Republicana. En respuesta a su atenta carta del 12 actual en la que sugieren la conveniencia de realizar gestiones a fin de unificar las fuerzas políticas de la emigración, tenemos el gusto de manifestarles que, por iniciativa de uno de los partidos firmantes del Pacto de la Junta Española de Liberación, al que está adherida y permanece fiel IR, se piensa examinar problemas de esa misma naturaleza y, al resultado de dicho estudio y deliberaciones nos atendremos. Firmado: Pedro Vargas (presidente); Manuel Pérez Jofre (secretario).

Carta de Unión Republicana. Su atenta carta de fecha 12 del corriente ha sido motivo de extremada atención del Comité ejecutivo de nuestro partido, quien ha discutido su texto en reuniones al efecto celebradas y estimado, en definitiva, como muy loable el propósito que en ella se expone.

Ahora bien, como Unión Republicana pertenece a la Junta Española de Liberación, con la que tiene contraído el compromiso de un Pacto, se ve imposibilitada de tomar acuerdos respecto a la propuesta de ustedes, estimando que es a dicha Junta a la que deben dirigirse para la resolución que estime pertinente. Firmado: Manuel Mateos Silva (Secretario).

 

Esto es todo y a todo esto ha venido a parar nuestro supremo esfuerzo porque este 19 de julio nos hubiese encontrado unidos y dispuestos a luchar por la República española, lo que para nosotros resume todos los deberes para con la España sometida a la criminal tiranía de Franco y la Falange.

Mucho agradecemos las facilidades que hemos encontrado en el Partido Comunista. Este Partido, aunque comprometido en la defensa de la Junta Suprema de Unión Nacional por ellos propugnada, ha expresado concretamente que se avienen a reunirse y a discutir los problemas de la unidad.

La contestación del partido Unión Republicana revela un estado de ánimo verdaderamente digno de compasión. Siente la simpatía de una causa y termina proponiendo una solución de tipo burocrático. Nosotros sabemos que la mayoría de militantes de Unión Republicana han visto con simpatía rayana en la adhesión la posición de la CNT. Nosotros sabemos que en la reunión habida en el seno de la Junta de Liberación, Unión Republicana sostuvo fuerte lucha frente a Prieto y que incluso se estuvo a un paso del rompimiento de todos los republicanos de Unión y de Izquierda Republicana con los socialistas de Prieto. Pero sabemos también, y esto lo ignoran los militantes republicanos, que al fin Prieto logró imponerse (¡una vez más!) a los dirigentes republicanos, quienes, sobremanera después del discurso de Winston Churchill, ya no creen las añagazas cancillerescas de que se ha venido valiendo Prieto.

La carta de Izquierda Republicana nos dice que a propuesta de su partido que integra la Junta de Liberación, se piensa examinar problemas de la naturaleza que planteamos. ¡No! En la Junta de Liberación no se estudian otros problemas que los que plantea Prieto. Y en esa Junta de Liberación ya no tienen pito que tocar los republicanos. Y lo sorprendente del caso es que los republicanos lo saben perfectamente.

La emigración republicana española debe saber que la Confederación Nacional del Trabajo no se da por vencida en la magna tarea de poner en pie a la República española. Sabemos que nuestros honrados propósitos encuentran profunda repercusión en todas las zonas del republicanismo español exilado. Y hasta lograr que España se ponga en pie y armada frente a Franco y a la Falange, no cejaremos. Es inútil que se pretenda hacernos el vacío con contestaciones evasivas y con silencios cobardes.

Cuando la CNT quiere, no hay silenciamiento posible. Hablaremos y se nos escuchará. El Comité Nacional. »

 

En el citado número extraordinario de CNT publicamos un importante documento del Comité Nacional de la CNT:

« ¡¡19 de julio de 1936!! ¡Que los recuerdos del pasado nos conduzcan hacia el ideal!

Las elecciones de febrero

Las elecciones a Cortes de febrero de 1936 dieron la victoria a los partidos francamente republicanos y democráticos de España. Antes de las elecciones y en el momento más culminante de la propaganda electoral, la Confederación Nacional del Trabajo de España, con el deseo de fijar claramente su posición ante los trabajadores, señalaba en sus escritos y en los actos públicos: “ si las elecciones son ganadas por las derechas, ello significará el triunfo legal del fascismo. Si las elecciones son ganadas por las izquierdas, asistiremos a un levantamiento general del falangismo y de la parte reaccionaria del ejército. De cualquier manera hay que prepararse para hacer frente a una cruenta guerra civil si queremos conservar la vida y la libertad ”.

La CNT no olvidó sus propias premisas y se dedicó, en la medida que le era posible, a una preparación para la resistencia. Hubo muchos que, si las tuvieron en cuenta cuando eran formuladas, pronto las dejaron en olvido: los partidos republicanos.

Conspiración militar

Los suaves vapores de la victoria electoral ganaron el espíritu de los partidos esencialmente electoreros, nacidos por y para las elecciones. Pronto dejó de ser un secreto que los partidos republicanos no poseían mano ni pulso para hacer frente a la tempestad que se cernía en el cielo de España, polarizada por el resultado de las elecciones. Los falangistas, en Madrid, irrumpieron a la calle, y con el chasquido de sus pistolas pretendieron dar la sensación, de cara a Alemania e Italia, de que eran las fuerzas más enérgicas para hacerse cargo de lo que iba a venir, convenido y pactado con Hitler y Mussolini. Detrás de esas bandas de pistoleros, algo más peligroso se movía; grandes núcleos del ejército español, dirigidos abiertamente por la mayoría de generales y coroneles, conspiraban por un levantamiento militar pro monarquía... ¡Paradojas de España! A la hora del levantamiento militar, espiritualmente alentado por el clero alto y bajo, que dividía sus simpatías entre alfonsinos y requetés, los falangistas, dirigidos por agentes de la Gestapo y de la Ovra, se conducirían de manera que los militares rebeldes de mayor significación serían sus primeras víctimas y el resto, junto con los clérigos alfonsinos requetistas, sólo tendrían la consideración de peones de brega en aquel tablero de Europa en el que jugaba Mussolini para dejarse ganar por Hitler. Sanjurjo y Mola serían asesinados en accidentes de aviación, Queipo de Llano y demás serían postergados, y el legionario Don Juan de los monárquicos y de los curas, saldría nuevamente de España, pensando que se ignoraría o que se olvidaría que él había sido uno de los elementos más determinantes de aquello que había de ser un levantamiento de salvajes y asesinos.

Fracasa el gobierno republicano

El gobierno republicano de Casares Quiroga tuvo perfecto conocimiento de la conspiración militar. La denunciaron los partidos y las organizaciones obreras. Los propios militares republicanos hicieron llegar al gobierno la relación de hechos escandalosos que contra la República se estaban produciendo en los cuartos de banderas, en los patios de los cuarteles y en las formaciones militares. Es más: se quejaron del abandono en que se encontraban frente a la ofensa y a la agresión de que eran constantemente víctimas de parte de la mayoría de los monarquizantes.

El gobierno republicano despreció las denuncias de las organizaciones y de los partidos obreros. Expresaba su disgusto porque esas inquietudes saltasen en las columnas de los periódicos. Y no podía contener su malhumor cuando los militares republicanos lograban que sus leales y honradas palabras fuesen trasladadas al gobierno.

Si al fin se decidió el gobierno a intervenir fue para remover algunos generales de sus localidades de residencia, pero siempre conservándolos en estratégicos puestos de mando. A lo sumo, y aquello se les antojaba el colmo del atrevimiento, llamaron a Franco para pedirle la palabra de honor de que no se levantaría contra la República. Como era de suponer, Franco dio su palabra de honor y después corrió a iniciar la sublevación que tenía que costar dos millones de vidas y que habría de sumir a España en la ruina más espantosa.

El gobierno republicano no quiso fusilar ni reducir a prisión a unos veinticinco generales que conspiraban abiertamente y sin los cuales los falangistas no habrían osado moverse. Tampoco osó licenciar al ejército, para después reorganizarlo debidamente. Se conformó con pedirles la palabra de honor a quienes la tenían empeñada y vendida a Hitler y Mussolini.

La rebelión militar en la calle

La rebelión militar se inició dentro de los cuarteles dominados por los elementos monárquicos. Unos días antes de salir a la calle, dieron entrada a elementos falangistas que se disfrazaban de soldados, sargentos o de oficiales. Cerraron las puertas de los cuarteles, asesinaron a los militares republicanos que persistían en mantenerse en sus puestos y que además no se avenían a ninguna deshonrosa capitulación en su concepto de caballeros del deber. Asesinaron a todos los soldados que sabían de ideas revolucionarias o simplemente de férvido republicanismo. Cuando fue la hora, bien borrachos, sacaron los regimientos a la calle, a conquistar las ciudades, a someter al pobre ciudadano que los nutría, a deshonrar España. Con banderas monárquicas al viento, el clero y los requetés marcharon a unirse con aquellos que se llamaban los adalides de la monarquía, de la religión y de la fe. Así, la España del sueldo oficial y de las clases pasivas marchaba a la lid contra la España del taller, del campo y del laboratorio. El militar iba a olvidar que era báculo del país y lanza de la independencia nacional, para convertirse en palo y piquete de ejecución de la patria. El cura, cura de almas, luz de civilización que penetra en lo más intrincado de la selva madre de la bestialidad, sería fervor de rencores y ánfora de odios de casta y de clase destilados fría e implacablemente a lo largo de la tragedia nacional y prolongándose hasta la cárcel y el campo de concentración de los vencidos.

El pueblo trabajador, salvador de España

En las provincias remotas y menos conectadas con los centros vitales del país, la clase trabajadora fue víctima de crueles desengaños. Sin armas con que hacer frente a la soldadesca que tambor batiente y clarín al viento iba adueñándose de los puntos estratégicos de las ciudades capitalinas, acudieron, en un resto de esperanza, a los gobiernos civiles, creyendo que en ellos les serian facilitados los armamentos por las autoridades gubernativas. Los dirigentes de los sindicatos y de los partidos obreros subieron y bajaron repetidamente las escaleras de los gobiernos civiles. Hablaron con los gobernadores, trataron de convencerlos de que debían aceptar la lucha en la calle facilitando armas a los obreros y dando la orden a las fuerzas de Asalto y de la Guardia civil de hacer frente a los sublevados. Los gobernadores civiles no se decidieron en ninguna parte, acaso porque el gobierno de Madrid los frenaba; acaso porque calculasen que mejor resultaría para ellos someterse al traidor movimiento que ofrecer una franca resistencia. Algunos de aquellos gobernadores fueron rápidamente fusilados por los facciosos; casi todos los dirigentes obreros sucumbieron. Aquéllos, por excesivamente apegados al orden frente al desorden; éstos, por excesiva fe en la República, en sus órganos representativos y en sus hombres.

En otras provincias, de más posibles medios de acción, las cosas no marcharon de la misma manera, sobre todo para los sublevados. Cierto que los gobernadores tampoco dieron armas ni siquiera la orden de resistir. Tampoco las dio el gobierno de Madrid. Pero en dichas provincias los sindicatos movilizaron a sus hombres desde que se inició la sublevación en África... ¡Magnífica epopeya la del pueblo trabajador en armas luchando junto con los guardias de Asalto leales, estrechamente coordinados sus mandos sindicales con la mayor parte de la oficialidad del arma de Aviación y los Comités de la Flota. ¡Barcelona, Madrid, Valencia, Alicante, Almería, Málaga, Huelva, Bilbao, Gijón, Coruña...! El pueblo trabajador salvaba a la República. Por su heroico esfuerzo, ésta no solamente viviría, sino que iba a sostener las más desiguales luchas contra la reacción interior, contra las fuerzas moras y terciarias de Franco, contra los bandidos de Mussolini y los piratas de Hitler.

La gran coyuntura histórica

Mientras los trabajadores luchaban y trabajaban, transformando la industria civil en hábil para la guerra; mientras los ferrocarriles y transportes regulaban su funcionamiento adaptándose rápidamente a las necesidades bélicas, y el campesino no apto para las armas apretaba vigorosamente los ijares de la tierra para que de sus entrañas surgieran los frutos para la resistencia, las gloriosas columnas de trabajadores armados iniciaban el frente de Andalucía y Extremadura, se hacían fuertes a las puertas de Madrid, asediaban Teruel, creaban el formidable frente de Aragón, defendían Asturias e iniciaban el guerrillerismo en los montes de Galicia y, ante Bilbao, con su línea de cuerpos sangrantes, dieron vida a la leyenda de la « Línea de Hierro ».

Y mientras... en Madrid, el gobierno débil de Casares Quiroga dio paso a otro de republicanos; y luego, casi fulminantemente, otro de republicanos ensayó dirigir aquella contienda de gigantes. Sus existencias fugaces sólo sirvieron para dar paso al máximo acontecimiento español de nuestros tiempos. Largo Caballero, anciano, y viejo socialista, cabeza visible y máxima autoridad dentro de la UGT y del Partido Socialista, en cuyas organizaciones personificaba la corriente del socialismo posibilista, pero honrado, ocupó la presidencia del Consejo de ministros, a la que ascendió no como vulgar arrivista, sino perfectamente preparado para conducir la guerra y canalizar la revolución proletaria hasta el máximum de sus posibilidades.

Por fortuna para Largo Caballero, el Comité Nacional de la CNT había reparado la coyuntura histórica que había de producirse, señalando las debilidades de dirección de que pecaban los gobiernos republicanos y reclamando la constitución de un Consejo Nacional de Defensa con participación mayoritaria de la CNT; o, en su defecto, la constitución de un gobierno de franca mayoría proletaria.

Mas la coyuntura histórica que colocaba a la CNT y a la UGT y a la parte sana del Partido Socialista en la misma línea de trabajo a realizar por España y la República, fue torpemente malograda por la intriga y el arrivismo dentro de las fuerzas republicanas y socialistas, a las que Largo Caballero no quiso hacer frente porque pretendía que mejor que atajarlas con la justicia regular, era dejarlas al fallo de la historia.

Esperanzas de hoy y de mañana

Que este recordatorio no sea para ensimismarnos y nos conduzca a querer persistir en los errores que nos condujeron a las zonas gris sombrío del entusiasmo; pues que los males que corroyeron a España y a la República nos son conocidos y que por contraste comprendemos cuáles pueden ser los remedios, concretemos éstos, formulémoslos, y vayamos francamente a su encuentro: ¡Una República vengada y liberada de traidores...! ¡Una clase obrera inteligente y sana, capaz de realizar la coyuntura histórica CNT-UGT...! ¡Unos partidos republicanos de limpia ejecutoria, sin pretensiones de eternizarse en el poder, con predisposiciones a dejar paso franco a la Justicia Social, que tanto en España como en Europa viene quemando las etapas de la Historia, no para violentar situaciones de clase, sino para facilitar el pan, el trabajo y el hogar a los hombres y a los pueblos...! ¡19 de julio de 1936, no nos prives de las luces de la inteligencia! »

 

También pasó el 19 de julio de 1944. Sin pena ni gloria. Cada caracol dentro de su concha, cada mochuelo en su olivo.

Nuestra guerra se recordaba como un mal sueño. Entre la mayor parte de republicanos burgueses y de aburguesados de todos los sectores, no era raro oír comentarios como éstos: « Si los anarquistas y anarcosindicalistas de la CNT no hubiesen hecho frente a los militares sublevados, no tendríamos que andar por el mundo ». « Al cabo, la sublevación militar se habría limitado a fusilar a unas docenas de anarquistas de la FAI y a poner bajo cerrojo a la CNT y nos hubiésemos ahorrado la guerra civil. » « Si llega el momento de regresar, lo que debemos hacer es impedir la entrada a España a todos los anarquistas y sindicalistas de la CNT. »

Ya empezaban a verse los nuevos ricos de la emigración. Los que comían el queso que sacaron en las suelas de los zapatos, en los « plantes » bien seguros de las vaginas, en los forros de chaquetas y abrigos. Los depositarios de los bienes de la República, de las organizaciones y de los partidos que, quebrantando la confianza depositada en ellos, se levantaron con el santo. Los que disfrutaban de los beneficios que rendían los préstamos del SERE y de la JARE y la explotación de la mano de obra mexicana.

El Comité Nacional acordó buscar un enfrentamiento con todos los elementos representativos de la desunión. Después del 19 de julio de 1944, CNT publícó el siguiente documento:

 

« ¿Tiene razón la CNT? ¿Tiene razón la Junta de Liberación? ¿Tiene razón el gobierno Negrín?

El Comité nacional de la Confederación Nacional del Trabajo en el Exilio, representado en su secretario general, compañero J. García Oliver, sostendrá sus puntos de vista ante: Indalecio Prieto, líder de la Junta de Liberación; Alvaro de Albornoz, líder de la Junta de Liberación; Diego Martínez Barrio, líder de la Junta de Liberación; Juan Negrín, líder del llamado gobierno Negrín (o quien autorizadamente le represente).

Este trascendental debate, que pondrá frente a frente a las dispares ideologías en que se divide el republicanismo español, se celebrará en el Centro Español, de la calle de Tacuba, de México, DF, en cuanto los señores aludidos den su conformidad. »

 

Aguardamos pacientemente a conocer los resultados de aquel reto. Si Arquímedes pudo decir que movería el mundo con una palanca si le daban un punto de apoyo, así opinaba yo también. Tenía la palanca, que era la facilidad de palabra que siempre tuve; y tenía el punto de apoyo, que era la apelación a una causa justa. Con aquello pretendía levantar un mundo del complejo de organizaciones y personas que no deseaban dejarse levantar.

Nadie contestó al reto. El silencio ¿es un sí o un no? Dominaba el espíritu de derrota. Un raro espíritu de derrota; moral para los militares y falangistas, y derrota material para los antifascistas republicanos. Habíamos dejado la partida en tablas, y las consecuencias resultaban desastrosas. Ellos, los de la media victoria de allá, no podrían crear una España nueva, porque sin victoria moral ¿qué harían fuera de vegetar en el pesimismo? Algo así nos ocurría a los exilados, porque el sentimiento de la derrota material que sufrimos, nos confundía de tal manera, que no osábamos levantar cabeza.

El silencio en que caía nuestra labor en nombre de la CNT era desesperante. Porque se trataba de un silencio premeditado por parte de los más connotados dirigentes de los varios sectores del antifascismo español. Porque, abajo, en la base, el reto lanzado, manera muy española de resolver una partida de pelota a mano, tenía en ascuas las peñas de los cafés. « Ahora sí — decían muchos —. Se tirará de la manta y dejará de ser secreto lo que a voces se murmura. »

El Comité Nacional mantenía su ritmo in crescendo. Puesto que nadie quería discutir, el Comité Nacional seguiría llevando la polémica a todos los planos que constituían un problema. Por conducto de su Comité Nacional, la CNT iba rasgando todos los velos que oscurecían nuestro futuro. Uno de dichos problemas era el derivado de ciertos planteamientos políticos de carácter separatista. Con razón o sin ella, el separatismo vasco y catalán hacía aún más caótica la situación de los antifascistas españoles. En lo personal, mi concepción federalista iba bastante más lejos de lo que era corriente entre los militantes de la CNT, que pensaban en un federalismo a la manera del que se cultivaba en nuestra organización, donde cada Regional era tan autónoma que a veces parecía independiente, pero que no lo era, ni provenía de ser entidad independiente que se agrupa previa discusión y aceptación de los lazos que habrían de sujetarla a la Confederación. No obstante, un federalismo de concesión estatutaria — como resultaban ser las autonomías catalana y vasca —, por amplio que fuera, adolecía de no partir de la unidad independiente que se asocia libérrimamente — de manera tratada y pactada — a otras unidades.

Por ello, si el separatismo se manifestase al margen del problema general español y lograse la independencia de Cataluña o del País vasco, no debería ni ser discutido. Pero si a la hora de asociar fuerzas para una lucha de liberación de España, antes de lograr ésta levantásemos muros de hielo entre republicanos españoles y los gobiernos en lucha contra Alemania e Italia, empezando por lesionar los llamados intereses de Francia, sería otra cuestión, con la que no deberíamos transigir en momentos tan cruciales. Aun habiendo querido silenciar ciertas actividades separatistas catalanas, por aquello de las afinidades vernáculas, tenía yo presente la conexión de una rama separatista con Moscú, la de Macià; y de otra con el fascismo italiano, la de Dencás, a más de las aproximaciones en París durante el curso de nuestra guerra por parte de separatistas catalanes como Ventura Gassol y nacionalistas vascos como Manuel de Irujo.

Con el respeto debido a todas las opiniones, para la CNT en exilio el problema capital era la creación de un frente unido para promover la caída del franquismo, primero, y, después, para dar soluciones prácticas a los problemas de la reconstrucción de España. Por dicho motivo, dimos publicidad en CNT a un manifiesto dirigido por igual a los separatistas catalanes y vascos:

 

« A los separatistas de Cataluña y de Vasconia en el exilio.

Consecuentes con nuestra posición de debatir públicamente los problemas que de una manera más acentuada desprestigian a la República española, nos hemos propuesto tratar del problema de los separatismos vasco y catalán aparecidos en la emigración, con la clara finalidad de contribuir a la disolución de tales tendencias, con el propósito de terminar con sus falsos fundamentos ideológicos y con la esperanza de impedir que prosperen las maniobras que pretenden que la lucha empezada el 19 de julio de 1936 es una justificación histórica para llevar a cabo la separación de Cataluña y del País vasco del resto de España.

Elementos histórico legales

La Constitución de la República española, votada el año 1931, en su artículo 1 declara que la República es « compatible con la autonomía de los municipios y de las regiones ». Esta declaración, que no es taxativa, sino facultativa o interpretativa, no tiene el sentido dogmático y categórico de la primera parte del artículo 1, que dice: “España es una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia”.

Es decir, que los elementos republicano‑autonomistas, de escasa fuerza representativa en Cataluña, por ejemplo, con precipitaciones y anhelos (que no queremos polemizar ahora, pero que en su tiempo hubiéramos tenido perfecto derecho de frenar), recién aprobada la Constitución y sin esperar a que unas leyes complementarias hubiesen puesto en práctica el primer apartado del artículo 1 de la misma, se lanzaron rápidamente a la convocatoria de plebiscitos estatutarios que, ciertamente, fueron aprobados por grandes mayorías, entre otras razones por las siguientes: 1.° Porque el País vasco y Cataluña sobre todo, entendían que el Estatuto era la legalización del uso de los idiomas vernáculos y de la conservación de sus usos y costumbres; 2.° Porque se entendía que el Estatuto, emanación de la Constitución de la República, venía a poner término a las especulaciones separatistas de unos núcleos de financieros agiotistas y de unos cuantos poetas renacentistas; 3.° Porque la Confederación Nacional del Trabajo, entonces la única organización sindical en Cataluña, por sus principios federalistas y su espíritu revolucionario, no quiso oponerse a las innovaciones de tipo liberal que llevaban a cabo los partidos republicanos españoles.

Sin embargo, es necesario apuntar que los republicano‑autonomistas fueron, desde el punto de vista de la Constitución, unos maximalistas precipitados, por cuanto, el día siguiente mismo de promulgarse la compatibilidad de la República con la autonomía de los municipios y de las regiones, quisieron, por lo que a Cataluña atañe, cristalizar en hechos no solamente la letra constitucional, sino que hasta la última gota del espíritu de la Constitución. A la vista de estas precipitaciones extremistas, ¿qué se habría dicho de los trabajadores si éstos, con justa razón dado el sentido dogmático y categórico del primer apartado del artículo 1 de la Constitución, hubiesen exigido la promulgación inmediata de todas las leyes complementarias que eran precisas para que la República de trabajadores fuese una realidad tan absoluta como lo fue la concesión de los Estatutos regionales?

El otorgamiento de los Estatutos a Cataluña y al País vasco acaso haya sido una acertada medida de espíritu liberal. Mas, para que pueda afirmarse era indispensable: que se otorgasen partiendo de que los partidos autonomistas fuesen esencialmente de ideología republicana conservadora de la República y que sus componentes fuesen personas de probada honestidad política. Esto es: fieles hasta el fin a la República que tan llanamente les otorgaba hasta el máximo la autonomía solicitada.

De los actuales movimientos separatistas llaman la atención dos cosas: 1) Que los partidos y las personalidades autonomistas (los depositarios de la fe y del honor de la República) se hacen separatistas de la República española, porque Franco, con ayuda de Alemania y de Italia, la atacó a mano armada; 2) Que se hacen separatistas de la República cuando está inerme, pero viva en el corazón del pueblo español, con las banderas en alto y toda ella sangrante de heridas gloriosas.

¿Es que esos depositarios de la fe y del honor de la República no sienten la grandeza de la lucha sostenida durante tres años? ¿Es que en esa asociación en el ataque a la República hay algo más que una simple coincidencia con Franco y la Falange?

Simplismos y geografía política

El alegato más endeble, aunque pretende ser el más fuerte, de los separatistas de hoy, consiste en achacarle a la abstracción España la responsabilidad de las destrucciones producidas en Cataluña y el País vasco por causa de la guerra civil. Para poderse sostener en tal posición, con el mayor desenfado arreglan y falsean la historia: olvidan las guerras carlistas, a Zumalacarregui y a Cabrera; silencian a los requetés de Navarra, a Pío Baroja y a Unamuno; ponen sordina a las bendiciones del papa para las armas de la Falange. Y terminan llegando a esta simplista conclusión: Cataluña y el País vasco libres estarían a resguardo de las explosiones de los militares y de la caverna española.

“Cataluña y el País vasco libres...” No, amigos autonomistas de ayer, separatistas de hoy. Esa es una mala lección de historia. Cataluña y el País vasco libres, serían dos piedrecitas más, fáciles de ser aplastadas por cualquier imperialismo europeo. Supondrían el rompimiento del equilibrio que creó el tratado de los Pirineos al establecer la cordillera pirenaica como frontera geográfica entre España y Francia; y, desde luego, serían dos brechas abiertas hacia el corazón de España. Serían los problemas del irredentismo catalán y vasco proyectándose sobre el Rosellón, la Cerdaña y la Gascuña, atrayendo una reacción imperialista, y que bien podríamos llamar de seguridad, de parte de Francia. Serían los problemas del Mediterráneo por la posesión de las Baleares.

Europa es un conglomerado de pequeños pueblos, libres e independientes. Pero por causa de ciertos detalles de la geografía política de ella, en el curso de 25 años, esos pueblos libres y pequeños, se han visto arrasados dos veces por el poder de esos detalles. [...]

Dentro de las posibilidades del futuro

Acaso se diga que al final de esta guerra las naciones pequeñas tendrán asegurada la independencia y que ya no será posible que las naciones agresoras hagan presa de las pequeñas nacionalidades.

No estamos de acuerdo. Si la Europa de la posguerra actual continúa siendo un conjunto de naciones libres e independientes, y la mayor parte integradas por pequeñas nacionalidades, éstas serán nuevamente arrasadas dentro de pocos años. ¿O es que se cree que el lobo ataca a la oveja porque es oveja y no porque la sabe débil e indefensa? Es la paz, la que trae la guerra: la paz de los políticos cándidos o convencionales, de los gobernantes sin visión de la historia y del tiempo, de los ilusos que ignoran que la paz es algo más que un tratado de limitación de fronteras, por cuanto es el único problema que tiene planteado la humanidad desde su origen, y que no han llegado a solucionar las religiones, las filosofías y las políticas de todos los tiempos.

Sí, amigos autonomistas vascos y catalanes: separándose Cataluña y el País vasco, atraen con fuerza poderosa al rayo de la guerra sobre sus ciudades y sus valles; lo atraen, también, sobre toda España. No es, amigos autonomistas vascos y catalanes, ninguna solución a vuestras inquietudes, si las tenéis, una salida desde España hacia la independencia. ¡Acaso lo sería una salida del conjunto español hacia una federal integración europea! Pero mientras esas metas ideales no se presenten claras y oportunas, lo más lógico, sensato y honesto es permanecer compactos dentro de la República española, ayudando y no obstaculizando su recobramiento, para después ejercitar los derechos autonómicos con lealtad y honradez, promoviendo la riqueza y el trabajo y creando una justa distribución para nuestros pueblos hambrientos y martirizados.

La verdad, ante todo

Si somos sinceros, nadie puede osar la afirmación de que la defensa que hizo el pueblo español de su República, constituya una página de agravios para cierto concepto de Cataluña y del País vasco. Porque la verdad es que nunca los pueblos de España se mezclaron tan noble y espontáneamente en una lucha de carácter nacional. Asturianos y santanderinos lucharon en la defensa de Vizcaya; los catalanes fueron a pelear por la libertad de Mallorca, de Madrid y de Aragón; los levantinos lucharon en Madrid y Aragón; de andaluces y extremeños se componían las gloriosas Brigadas mixtas que tanto contribuyeron a la defensa de Madrid; en las riberas del Ebro soldados de toda España mezclaron su sangre hasta teñir de rojo sus aguas.

¡Ni uno de los catalanes o vascos que murieron dio su vida por la esclavización de Cataluña y del País vasco que proclamáis! ¡Ni uno solo de los republicanos españoles que murieron dio su vida por la esclavización de Cataluña y del País vasco que pretendéis! ¡Cuántos murieron, dieron sus vidas por la República, por la libertad de España y por la realización de una profunda justicia social!

El Comité Nacional de la CNT en Exilio. »

 

Mi conferencia en el Palacio de Bellas Artes de México

Desde que me había hecho cargo de la Secretaría del Comité Nacional de la CNT en Exilio, habían transcurrido escasos siete meses. La actividad fue mucha. Las asambleas de nuestros militantes, por Regionales, se sucedían, y yo tenía que asistir a muchas de ellas. Desde que se reorganizó la CNT en México, se desarrolló una intensa obra de capacitación, a fin de que los militantes a su regreso a España pudiesen llenar un papel de organizadores. Así que, desde conferencias explicativas del nacimiento de cada Regional, sus conflictos más importantes, conocimiento de los acuerdos de los Congresos, organización y funcionamiento de los sindicatos desde el delegado de taller y comité de fábrica, hasta los atributos de los comités regionales y nacional, para terminar en las atribuciones de la Internacional y papel de cada Sección Nacional dentro de la Asociación Internacional de Trabajadores a que pertenecíamos, el entrenamiento a que sometíamos a los militantes era intenso.

Todo parecía indicar que, por parte de la CNT al menos, la disposición para un salto a España era veraz. Para confirmarlo, por encargo del Comité Nacional, pronuncié el 29 de septiembre de 1944, en el Palacio de Bellas Artes, una conferencia que fijaba el tema de España, en su ayer, su hoy y sus perspectivas para el mañana inmediato a la liberación.

 

« El Comité Nacional de la CNT acude a la tribuna pública por primera vez. Largamente hemos expuesto nuestros puntos de vista sobre los problemas de la República española y de la necesaria liberación de España. Pero siempre lo hicimos comedidamente desde las columnas de nuestro periódico, CNT. Nuestro silencio oral era en gran parte determinado por el deseo de no sumar nuestra voz al escándalo público y persistente que se ha venido dando en el exilio por parte de cuantos, utilizando sin freno ni medida el mitin o la conferencia, al tratar de los problemas de la emigración republicana lo hacían únicamente para afirmar posiciones personales o de grupo.

El Comité nacional, al utilizar la tribuna pública lo hace porque se siente impulsado por circunstancias graves y apremiantes. Por ello, cuanto digamos lo será teniendo en cuenta que podemos ser escuchados, leídos o mencionados por quienes un día podrán juzgarnos. Ante nosotros, consideramos que está España, con el grueso de militantes de todas las organizaciones y partidos y que no pudieron evacuarla o que, simplemente, no quisieron. Ante nosotros, los refugiados en África del norte, tan terriblemente azotados por la desgracia antes de su liberación; o los compatriotas de Francia, que de la honda tragedia de los campos de concentración en que habían caído, se nos aparecen como héroes legendarios en esta hora de la liberación de Francia. Tenemos, también, ante nosotros, a la mayoría de la emigración en América, la que no se considera partícipe en las responsabilidades de unos pocos, y que desea poder regresar honrosamente a España.

El sentimiento de lo que pesan y valen cuantos nos escuchan y cuantos puedan enterarse de lo que hemos hecho y dicho, pesa decisivamente sobre nosotros en lo que hemos venido realizando a lo largo de tres años de actuación orgánica. Obligados estamos, pues, de tener que hacer un análisis de ciertas situaciones calamitosas del pasado para poder llegar a unas conclusiones de fondo claro y positivo y que nos permitan señalar las líneas de una futura actuación para todos y que por todos puedan ser aceptadas como lógicas y estables.

Hay una situación oficial que es necesario conocer y analizar, porque contribuyó a crear la derrota moral que sufrimos y que fue causa del oscurecimiento que se ha hecho en torno a la República española, sumiéndonos después en una completa desintegración, lo que había de ocasionarnos la pérdida total del prestigio internacional de la República.

Nos referimos a la dimisión, por parte del señor Azaña, de la presidencia de la República. Decisión intrascendente, al parecer de algunos, tenía que ser principio y causa de problemas y situaciones calamitosas y que todos juntos llegarían a hacernos conocer lo hondo del precipicio a que hemos caído y en el que viviríamos la amargura moral más intensa que podíamos imaginar.

Por de pronto, con la dimisión del señor Azaña nos encontrábamos sin representación legal de la República, cuya causa, aunque en derrota, podía esperar sobrevivir jurídicamente y ser el punto de orientación para un recobramiento de la República. Además, la dimisión del señor Azaña, por producirse cuando parte del territorio de la República seguía luchando denodadamente por ella, sumía a aquellas tropas, ejército regular de un régimen, y soldados heroicos de nuestra España, en la situación moral y legal de soldadesca sin causa y en estado de bandidaje.

Fácil es comprender el efecto desmoralizador que en la zona Centro‑Sur‑Levante había de producir el abandono en que los dejaba la dimisión del señor Azaña. La desconfianza había de desarrollarse hasta lo infinito. Y no inspirando confianza el gobierno Negrín desde hacía mucho tiempo, prodúcese el movimiento subversivo por la creación de la Junta de Defensa, llamada Junta de Casado, ante la cual el gobierno Negrín capituló, lo que constituía una dimisión de hecho de todo el gobierno.

El derrocado gobierno Negrín, al refugiarse en París, asumió una actitud caprichosa y nada acorde con la cesión de autoridad que le hizo a la Junta de Defensa. Pero su pretensión de seguir siendo gobierno de la República fue seguida de la retirada de los ministros republicanos por decisión de sus partidos y de la retirada del ministro cenetista por parte de la CNT. A su vez, y arrogándose unas facultades discutibles, la Diputación permanente de las Cortes españolas, reunida en París, acordaba la no existencia de gobierno de la República, destituyendo « legalmente » al señor Negrín y desconociendo al general Miaja y a su Junta de Defensa. Así, de golpe, desaparecía todo poder legal, desde la presidencia de la República hasta todo posible órgano de gobierno, al par que se cegaban todas las fuentes de legalidad de las que un día pudiesen surgir los órganos nuevos de la República.

Sin embargo, entonces era necesario, como nunca, un órgano de gobierno responsable y aceptable por todos. Gobierno que se preocupase incansablemente por resolver la situación angustiosa de la parte considerable de pueblo español que era encerrado y aprisionado en los campos de concentración y en las fortalezas... ¡Vana esperanza! Entonces se pudo apreciar hasta qué punto fue objeto de engaños y de torpes maniobras el pueblo republicano español. Cuando en plena guerra, en mayo de 1937, fue solapadamente derribado el gobierno de Largo Caballero y para contener la protesta proletaria y acallar el asombro de las personas que expresaban su inquietud, se hizo correr, de oído en oído, de corro en corro, que con la salida de Largo Caballero y los ministros de la CNT se aseguraban todas las asistencias internacionales: diplomáticas, morales y de armamentos...

Nosotros nunca creímos semejantes patrañas. Más de una vez lo declaramos en público. Ya fuimos viendo, en el curso posterior de la guerra a aquella crisis, que ninguna otra asistencia internacional se había logrado. Pero el internamiento de toda la muchedumbre de refugiados en Francia había de confirmarnos, con una elocuencia aterradora, en nuestro concepto de cuán dañosa fue aquella maniobra para apoderarse del gobierno y de cuán bajamente se engañó a los ciudadanos cuando se les propalaba la especie de “ razones internacionales ”, las “ asistencias prometidas ” y las “ promesas de las grandes potencias ”.

Sólo el general Cárdenas, presidente de México, movido por sentimientos inigualados de generosidad, abrió las puertas de este gran país a todos los españoles expatriados. Y sólo su digno sucesor, el general Ávila Camacho, en la hora triste de la caída de Francia, tuvo el gesto altísimo de amparar con la bandera mexicana a todos los republicanos que quedaban en aquel país.

Ninguna otra asistencia, ni espontánea, ni prometida. A todo esto se reducía el engaño, ¡tan frecuente en el pobre medio político español!, de “ las cartas escondidas ” y de “ lo que tengo en el bolsillo pero no puedo enseñar ”. Mientras, en los campos de concentración se amontonaban los españoles republicanos y se estaba creando el gran proletariado de la desgracia... Obreros, militantes sindicales y de partidos; abogados, escritores y artistas; soldados, oficiales, jefes y generales; todos revueltos en montón, carnes al sol y al viento; humanidades empapadas de día y de noche por la miseria más espantosa...

El SERE, organismo creado para trasladar a México a ese proletariado de la desgracia, fue un insignificante paliativo aplicado a tanta desdicha. Y, encima, llenó de oprobio toda su obra. Al sufrimiento del campo de concentración le añadieron el atropello moral y la inquisición vergonzante de las opiniones. No se embarcaba a los republicanos por razón de simples luchadores de la República, sino que, mayormente, por capricho o en razón de determinadas tendencias. Y todo hecho con una lentitud burocrática desesperante.

Después hizo su aparición la JARE, de la que en principio se dijo que venía a enmendar los errores y atropellos del SERE... De la JARE cabe decir que si fue menor su obra de trasladar refugiados a México, su actuación partidista, en la selección para los embarques, no se diferenció en nada al otro organismo.

Si recordamos estos aspectos dolorosos de la obra llevada a cabo por los organismos SERE y JARE, es porque al escándalo internacional que produjeron hay que añadirle algo que pesará en el porvenir de España y en cuantas resoluciones tengamos que adoptar en el exilio. Nos referimos a la aparición de una fuerza nueva y que suponemos llegará a ser decisiva en las luchas por la liberación de España: los refugiados en Francia; ese proletariado de la desgracia de que hablábamos; de ese republicano español de todas las organizaciones y de todos los partidos, que después de haber hecho una guerra de tres años en España, de haberse tenido que pudrir en los campos de concentración de Francia, nos han llegado los ecos de sus vidas gigantescas desde Narvik, con las fuerzas de desembarco francesas e inglesas; desde Siria, con la columna motorizada del general Leclerc, hasta su entrada gloriosa en París con la bandera de la República en lo alto de los tanques; y desde las organizaciones subterráneas francesas y sus ejércitos del interior.

¡Cuando se despreció, humilló y abandonó a los refugiados en Francia convirtiéndolos en proletarios de la desgracia, no se pensaba en el porvenir! Ahora, ese porvenir está aquí, ante nosotros; y allá constituyendo una lección de unidad republicana y de vicia gloriosa.

A medida que los refugiados fueron acomodándose en la vida de México, la desintegración de la República fue adquiriendo caracteres acusadísimos. Esa desintegración era determinada por los antagonismos y las inmoralidades que vamos señalando. Se pugna, por parte de la Confederación Nacional del Trabajo, por encontrarle una superación a tan honda crisis, mediante una unión responsable de todos los sectores del republicanismo. Pero es en vano. Por el contrario, las divisiones cristalizan en entidades que pugnan entre sí, desautorizándose mutuamente, desprestigiándose cuanto les es posible. El llamado gobierno Negrín, reducido a cuatro personas, después de que en México le retirara sus ministros el Partido Comunista, se empeña en subsistir. Fúndase la Junta de Liberación, sin discusión y sin diálogo con los varios sectores sindicales y políticos republicanos, conformándose con la integración de núcleos del socialismo y del republicanismo burgués. Por su parte, los comunistas nos dan a conocer su Junta Suprema de Liberación Nacional, la que pretenden imponernos, sin lograrlo, y de la que, en el tiempo transcurrido, ninguna noticia oficial de su existencia hemos tenido de nuestras organizaciones en España. Amparándose en esta situación calamitosa del republicanismo español, crecen y se desarrollan en el exilio las tendencias separatistas del País vasco y de Cataluña, ahondándose el abismo de desdichas en que habla caldo la República.

Ante el estupor de las personas sensatas y de los observadores internacionales, hemos asistido a manifestaciones públicas de antisovietismo, antichurchillismo y antinorteamericanismo, por cuenta de instituciones audaces que decían representar a la emigración española y a la República. A veces, las personas más destacadas de esas sedicentes instituciones españolas fueron las que dieron más fuerte expresión a sus manifestaciones contra la Unión Soviética, Inglaterra y los Estados Unidos, cargándole a la cuenta de la República el agravio que esas naciones puedan haber resentido por tan torpes e injustas manifestaciones, máxime cuando sólo eran expresión de opiniones personales de quienes las emitían por la manera de conducirse los jefes de la Naciones Unidas frente a detalles de tan gran contienda.

Si por el conocimiento que se tiene del estado de desintegración porque pasa la República española éramos considerados lamentablemente, a causa de esa manera impertinente de enjuiciar las circunstancias de la guerra que sostienen las Naciones Unidas, podemos afirmar que hemos perdido toda consideración y estima.

Desde que empezó la guerra, nuestra posición de solidaridad incondicional con las Naciones Unidas se ha mantenido invariablemente. Nunca nos hemos sumado al coro de los detractores de la Unión Soviética, Inglaterra y los Estados Unidos. Desde el principio, no hemos querido matizar el contenido social o político de las naciones democráticas en lucha sometiendo dicho contenido al contraste de nuestra ideología anarcosindicalista. Esto habría sido absurdo, porque ideológicamente no tenemos afinidad con el régimen soviético ni con las democracias capitalistas. Pero, desde un principio, repetimos, hemos considerado que las Naciones Unidas hacían la guerra, de verdad, contra el nazismo alemán y el fascismo italiano, esos dos grandes enemigos de la República y del pueblo español... ¡Eramos, pues, aliados espontáneos, pero aliados...! Porque, nosotros, nunca nos hemos considerado vencidos por Franco y la Falange, sino por esos que fueron sus dos armados sostenes... ¡La República Española venció, por lo menos, diez veces a Franco y a la Falange, y a cada victoria nuestra, respondían Alemania e Italia con más ayuda militar y armamentista para los falangistas!

Cuando las Naciones Unidas, con enormes sacrificios de vida y bienes, se declararon en guerra contra Hitler y Mussolini, nos hemos sentido vengados completamente de esos dos causantes de nuestra derrota. ¿Ibamos a denostar a esas naciones y a sus jefes por ciertas interpretaciones de detalle surgidas en el complejo de una guerra universal? ¿Pero qué esperaban esos señores de la increpación estridente y de las posiciones desorbitadas? ¿Que las Naciones Unidas nos barriesen el franquismo mientras que la emigración republicana se descomponía en luchas bizantinas? ¿Se pretendía eso, o más simplemente que fuesen llamados a gobernar la España “ liberada por las Naciones Unidas ” sin más programa ni sentido de responsabilidad que la aplicación de la suspensión de las garantías constitucionales para la clase trabajadora?

Por nuestra parte, apartados involuntariamente de los campos de batalla en los que se liquida al nazismo y al fascismo, hemos esperado a que pasase el cadáver de nuestros mayores enemigos: Hitler y Mussolini. Y no se podrá negar que a las Naciones Unidas les debemos todo el agradecimiento por los enormes sacrificios que realizan por acabar con esos dos monstruos.

Ahora bien; hemos de declarar que hasta nos produce satisfacción que no hagan nada militarmente por derrocar a Franco y a la Falange. Creemos que ésta debe ser tarea nuestra. Es más; afirmamos que es necesario desde el punto de vista nacional. La parte del ejército reaccionario y faccioso español y las fuerzas reaccionarias y levantiscas de España, deben ser abatidas por el pueblo español si no queremos tener otra guerra civil dentro de veinticinco años. Si la reacción española no se siente vencida por el pueblo, volvería a ser causa de trastornos y de guerras civiles. Nosotros queremos acabar con todo esto, porque aspiramos a cimentar una nueva España dentro de la paz, la justicia y el progreso.

Desde nuestra reconstitución en el exilio, la Confederación Nacional del Trabajo ha propugnado la unidad de todos los refugiados. Nunca hemos pensado que la unidad debía hacerse por selección de simpatía y de afinidades, porque no aspiramos a tener amigos para fiestas y banquetes. Hemos entendido que debía realizarse la unidad de todos los que se sentían con derecho de regresar a España y de liberarla del yugo falangista. Todas las posiciones que pretenden la exclusión de determinados sectores que hicieron la guerra, nos parecen absurdas e ilógicas, pues que a nadie puede serle negado el derecho de cumplir con los más sagrados de los deberes: la liberación de España y la recuperación de la República.

A la vez, para no perdernos en posiciones imposibles de sostener por falta de una base de concreciones, corolario obligado a una cruzada por la unidad, forjamos un instrumento que creíamos capaz de sacarnos de la desintegración en que perecía la República española, dotándola de órganos de representación y de lucha; nuestro cuarto punto del primer Pleno de Regionales celebrado en México, y por dos veces sometido al estudio y consideración de todos los sectores de la emigración.

Basado en la caducidad de los órganos legales de la República, nuestro cuarto punto contiene, entre otras proposiciones, el proyecto de convocatoria de una Cámara electiva del presidente accidental de la República; la designación, por parte del presidente electo, de un presidente del Consejo de ministros y la constitución de un gobierno dentro de una ponderación de fuerzas para integrarlo. Y ni que decir tiene que siempre pensamos que el gobierno que se constituyese no habría de significar la satisfacción de una vanidad, sino que debería actuar inmediatamente por la liberación de España, incluso trasladándose parte de sus ministros — Defensa nacional, Justicia, Gobernación y Propaganda — a territorio español, entre los guerrilleros de Asturias o de Andalucía.

Si una interpretación de caducidad de los órganos legales de la República sirve de sustentamiento a la propuesta que hemos hecho, necesario es aclarar que la caducidad se ha producido de una manera improvocada, pero que resulta conveniente. Por ejemplo: la caducidad de las Cortes españolas se ha producido por automatismo constitucional, y ello resulta en bien de la propia República. Es cierto y demostrable que la mayoría de diputados de izquierda no era muy numerosa. Tenidos en cuenta los diputados que fueron fusilados por los falangistas y los que murieron durante la guerra y en el exilio, nos encontraríamos con unas Cortes con mayoría de diputados derechistas, quienes podrían decidir por una legalización del régimen de Franco o por una situación intermedia que preparase la restauración de la monarquía.

La vacante de presidente de la República existe desde la dimisión del señor Azaña, y es notorio que no ha sido ocupada por nadie. El llamado gobierno Negrín, que abandonó sus funciones en España, que fue relevado de sus deberes por la Diputación permanente de las Cortes en París, que le fueron retirados los ministros republicanos, el de la CNT y los comunistas, no es tal gobierno ni existe en funciones, pues su presidente está en Londres, un ministro está en Nueva York y otros dos viven en México, desvinculados, viviendo solitariamente e ignorando, incluso, dónde se encuentran sus subsecretarios.

Por su parte, la Junta de Liberación, constituida en México ilegalmente, ¿qué ha hecho durante los muchos meses que tiene de existencia? ¿Qué ha liberado, desde México? Como poder sin base legal, ¿ha intentado imponerse, cual hicieron Tito y sus guerrilleros en Yugoslavia, trasladándose a España para dirigir responsablemente las luchas de liberación? Esa Junta de Liberación no ha batallado nada, a no ser que por batallas se entiendan los discursos del tono de “cordon, s'il vous plaît”, pronunciado en el restaurante Ambassadeur.

Lo mismo decimos de la Junta Suprema que se empeñan en imponernos los comunistas ¿Qué batallas ha librado? Que sepamos, ninguna. ¿Y los separatistas vascos y catalanes exilados, luchan efectivamente en Cataluña y Vasconia contra Franco y por la independencia que sustentan desde el extranjero? No. Por ello, ante la caducidad de los órganos de la República, su desintegración y la inoperancia de todas las ficciones que se mantienen en el exilio, hemos entendido y seguimos entendiendo que la mejor posición es la nuestra, que no está vinculada a ninguna de dichas ficciones y que va derechamente a la reconstitución de los órganos legales de la República.

Los acontecimientos internacionales nos obligan a ser, en la hora y momento que hablamos, comedidos y hasta reservados en lo que a continuación vamos a decir y proponer. Consideramos de una realidad estallante la liberación de los refugiados españoles que estaban sometidos al nazifascismo en Francia. Recordemos su epopeya: tres años de lucha y de sacrificio en los frentes de España; la salida a Francia y su internamiento en los campos de concentración; el dolor moral de verse desatendidos y despreciados; las brigadas de trabajo... ¡Diríase que agobiados por la adversidad ya nunca más volverían a ser hombres...! Sin embargo, cuán distinto de todo esto. Vamos sabiendo de su estrecha colaboración con los ejércitos subterráneos de los patriotas franceses; de su incorporación en grandes núcleos en las fuerzas de los “ maquis ”; de su entrada en los ejércitos del general de Gaulle; en fin, de su colaboración entusiasta y heroica en la obra de liberación de Francia. Y, además, aquellos compatriotas suman muchos miles, muchísimos más de cuantos estamos en México. Democráticamente y en honor a su ejecutoria de héroes y mártires, nadie puede negarles el derecho a tomar resoluciones respecto a la liberación de España y a la conducta a seguir el total de los refugiados. Por nuestra parte, Confederación Nacional del Trabajo en el Exilio, reconstituida en México hace tres años, cuando solamente en México residía la mayoría de militantes en condiciones físicas y de libertad de poder asumir las responsabilidades, declaramos concretamente que si los refugiados en Francia, y con ellos nuestros compañeros, adoptasen resoluciones con vistas a organizarse y a crear un órgano de representación de la República, para dirigir las luchas de liberación de España, por nuestra parte les reconocemos el derecho de hacerlo y nos declaramos en la obligación de secundarlos.

Pese a todas las reservas que hacemos a causa de que no pretendemos silenciar la importancia de los refugiados en Francia, entendemos que la unidad de todos los republicanos exilados en México y en toda América, es indispensable. Ayer, hoy y mañana, hasta la liberación de España, será absolutamente necesaria. Lo mismo si hay que reconstituir el gobierno de la República en México que si lo crean en Francia.

A la unidad se puede llegar rápidamente dejando todos los sectores de prestar asistencia y reconocimiento a lo que materializa la desunión: gobierno Negrín, Junta de Liberación y Junta Suprema. Y ésa es, precisamente, la posición adoptada por la Confederación Nacional del Trabajo en el Exilio.

Mientras que los refugiados en Francia no nos digan otra cosa en contrario, creemos que todavía puede intentarse la constitución en México de un gobierno de la República española. Pero hablemos seria y detenidamente de ello. Nosotros hemos sostenido y reclamado continuamente la constitución de un gobierno de la República, gobierno de lucha se entiende y expresión de todos los sectores del antifascismo español. Hasta hemos demostrado verdadera impaciencia, que pudo ser interpretada por afanes gubernamentales de parte nuestra. Sin embargo, el único afán que nos movía era el temor de que un día pudiésemos ser despreciados por incumplimiento de todos los deberes y el temor de que, habiendo sido la masa de refugiados mayor que se encontraba en situación de poder decidir y actuar responsablemente, llegase a ocurrir lo que hoy está en la conciencia de todos, que no es otra cosa que sentirnos en situación de inferioridad moral y de derecho ante los refugiados de África y, principalmente, de Francia.

Por ello, mientras otra cosa no decidan los refugiados en Francia, podemos, todavía, asumir la responsabilidad de constituir un gobierno, con sede en México o donde sea menester. Pero, sujeta nuestra acción a unas premisas fundamentales. A saber: el gobierno que se constituya debe ser aceptable por los refugiados en Francia y en África, y en cuanto sea posible por los que luchan en España. Esta aceptación comprende el derecho de designar a quienes deban componerlo. También debe ser aceptable por la masa honrada de la emigración en México y en América. La observancia de estas premisas es esencial para la constitución de un gobierno respetable y que sea eficazmente secundado. Así lo hizo el general de Gaulle, quien con singular acierto supo asociar en su gobierno a los representantes de las fuerzas del interior con las que estaban en el exterior. ¡Otra cosa sería pretender crear un gobierno sin positivas asistencias, lo que, en verdad, vendría a ser un grupo de payasos danzando en el vacío!

Para la constitución de un gobierno aceptable, bastan con estas asistencias y reconocimientos. Y no es absolutamente preciso que para constituirlo pretendamos antes ningún reconocimiento internacional, que si se produjeran no estarían de más y serían de agradecer, pero que podemos sustituirlos con ciertas tolerancias.

El gobierno que se constituyese debería ser de una moralidad indiscutible. Porque debería hacer frente a los problemas de la emigración y a los de la liberación de España, su solvencia moral debería aparecer como uno de los elementos más importantes sobre que asentar su autoridad. Y un gobierno es moral cuando todos, y no solamente algunos de sus componentes, se comportan honradamente e imparcialmente en la función de gobierno.

Así, de todo gobierno que se constituya debe barrerse la influencia que difundió, durante los últimos tiempos de la guerra de España, el que era presidente de gobierno, señor Negrín, a quien se le atribuía la siguiente definición parodiando a Santo Tomás: “ Para gobernar, prefiero tener a mis órdenes a un pillo que sea vivo, que a un honrado que sea tonto ”. Rechazamos tan estrafalaria definición. Entendemos que todos los hombres de gobierno deben ser obligatoriamente honrados; y si además resulta que son inteligentes, tanto mejor, pues que de la honradez e inteligencia de los gobernantes resulta la felicidad de los pueblos.

Dentro de una estricta observancia de estos principios y normas, que conceptuamos inexcusables, la Confederación Nacional del Trabajo aceptaría la responsabilidad de constituir un gobierno en el exilio, o de prestarle su colaboración. En cuanto al detalle de la colaboración, queremos precisar: nosotros aceptaríamos la colaboración de los comunistas, porque consideramos que tienen un derecho adquirido. A los comunistas solamente les requeriríamos una cosa: lealtad con el gobierno y su formación democrática. Declaramos que sólo es aceptable en un régimen totalitario el que miembros o funcionarios del gobierno usen de la fuerza o prepotencia del mismo para engrandecer las filas de su partido. Cuando un partido es minoritario, sólo puede admitírsele que pretenda su engrandecimiento mediante la propaganda libremente expresada en la calle. Exactamente lo mismo que a los partidos mayoritarios. Si hubiésemos de lamentar que los resortes del poder fuesen utilizados para la captación de afiliados al Partido Comunista, eso no lo toleraríamos.

Aceptaríamos la colaboración de los socialistas, pidiéndoles que, como partido, tuvieran sentido de la responsabilidad. ¿Por qué? Durante la guerra y en la emigración hemos podido observarles una carencia completa de este sentido. Recordamos que en los momentos más culminantes de nuestra guerra se constituyó un gobierno, cuyo jefe y ministro de la Guerra era Francisco Largo Caballero, presidente y secretario general del Partido Socialista y de la Unión General de Trabadores. Cualquiera supondría que, revestido de las más altas representaciones de su partido y de su organización sindical, los miembros socialistas de su gobierno habrían de prestarle toda su colaboración. No fue así: ¡Cuántas veces fiemos visto combatir y votar contra el presidente a algunos de los ministros socialistas! Cuando el gobierno de Largo Caballero fue derribado lo fue por la dimisión que le presentaron algunos ministros socialistas, quienes tomaron tal acuerdo a espaldas del Partido Socialista y de su Ejecutiva. En la emigración, el Partido Socialista es el responsable moral de gran parte de las divisiones existentes, pues que ellos se agrupan en esta disyuntiva insoluble de tener que escoger entre Negrín y Prieto, los que a su vez están frente a frente.

Sinceramente hemos de decirle al Partido Socialista que como partido de clase proletaria está en la obligación de resolver democráticamente sus propios problemas. Y si persisten en que forzosamente hemos de pronunciarnos por Prieto o por Negrín, nosotros, que no tenemos la obligación de creer en la genialidad de esos señores, aparte de que no creemos en ella, les decimos que ni Negrín ni Prieto.

Aceptaríamos la colaboración de los republicanos. Pero, a esos amigos, de una vez les hemos de decir que deben tener confianza en ellos mismos; en lo que deben representar como defensores de aquella sociedad burguesa que nació con la gran diosa revolución francesa, sin sentir inquietud porque las masas obreras marchen hacia la consecución de su destino histórico, dentro de sus organizaciones o partidos de clase. Cierto que esto supone la desaparición, en tiempo más o menos próximo de la sociedad burguesa y de sus partidos ideológicos. Debe bastarles que esa transición se haga sin violencias ilegales.

Es conveniente que los republicanos comprendan que ha sido y sería causa de grandes perturbaciones el que, por lograr unos votos más, pretendieran los votos de los obreros, abandonando los burgueses. Es verdad que existe un espejismo, blandido recientemente por un socialista, de la posible formación de un bloque de partidos republicanos de izquierda respaldándose en el Partido Socialista. Esto no será, porque es infantilismo político, que pudo darse en ciertos tiempos antes de la guerra de España y en Europa, durante los cuales, aparte de las protestas sordas de las masas obreras, todo aparentaba una paz y una seguridad paradisíacas. En aquellos tiempos, sí existía el movimiento de unas derechas y de unas izquierdas que se turnaban periódicamente en el poder, y cuya mecánica no era otra que el estar dos años sesteando en la oposición y después dos años comiendo en el gobierno ¿Pero es que creéis, amigos republicanos, que España y Europa serán eso a la salida de sus terribles guerras? Nosotros afirmamos que no. Y que no habrán gobiernos de derechas e izquierdas, sino gobiernos nacionales, que durarán diez o quince años, con participación ponderada de todas las fuerzas victoriosas. Y unos de tantos serán los partidos republicanos por su valía y representación, sin necesidad de que nadie les ofrezca respaldos de ninguna clase.

Por nuestra parte, la CNT, al integrar o constituir un gobierno, debemos aportar disciplina. Esta disciplina, en nosotros es absolutamente indispensable, porque constituimos la fuerza más numerosa de España. Si la falta de disciplina puede ser excusable a una organización minoritaria, no lo puede ser en una organización del volumen de la nuestra. Tenemos una fuerza orgánica poderosa; tenemos militantes numerosos e inteligentes. Tendremos la disciplina necesaria para que nuestra organización cumpla con el cometido histórico que las circunstancias le deparan.

Nuestra organización ha sido siempre revolucionaria. Y continúa siéndolo. A veces se ha entendido por revolución lo que era simple insurrección. Ahora la interpretación revolucionaria justa es aquella que signifique una edificación consciente y responsable de un socialismo basado en la capacidad creadora del sindicalismo. El tiempo nos va aclarando que la insurrección de las masas se produce por la incapacidad de las élites revolucionarias o por las provocaciones de la reacción. Frente a los levantamientos reaccionarios consideramos justas las insurrecciones armadas del proletariado. Mas, para hacer la revolución social, no creemos que actualmente sea necesaria la insurrección, pues que nosotros, hoy, en el poder, nos sentimos aptos para transformar económicamente la sociedad; y fuera del poder, también.

Refiriéndonos concretamente al problema de España, entendemos que es necesario apelar a la insurrección para derrocar a Franco y a la Falange. Pero nadie debe pretender aprovecharse de esa insurrección liberadora para imponer o hacer triunfar cualquier ideología peculiar. Y no es que ahora le temamos a la revolución. No. En estos momentos, a lo que más tememos es a la contrarrevolución, la que, dada la situación de Europa, se produciría inevitablemente, siendo seguro que las fuerzas armadas de esa contrarrevolución estarían constituidas por los residuos del ejército del franquismo. Y a esta catástrofe nosotros no colaboraremos, porque nos conduciría al fracaso total. »

 

Hacia el final de la guerra mundial

Nos acercábamos al fin de la guerra mundial en los frentes de Europa. Si para mí fue siempre incuestionable la derrota del nazifascismo alemán e italiano, era ya evidente para cualquiera que se estaba en el principio del fin de aquella contienda en que se habían enfrentado hasta la muerte los principios liberales de las democracias y los totalitarios del hitlerismo y el fascismo. Suponer el próximo fin del francofalangismo, cabía dentro de lo más probable.

Lo probable no era lo seguro ni lo inevitable. Franco había sabido mantener una neutralidad parcial. Si por la boca estaba alineado con el nazismo y el fascismo, en el terreno de los hechos — eso no lo podían comprender los republicanos y socialistas españoles — había cumplido con las seguridades convenidas con Francia en el Pacto Berard‑Jordana suscrito antes de que se declarase la guerra entre Francia e Inglaterra contra Alemania; y había mantenido los compromisos verbales que contrajo con los Estados Unidos.

Cuando preparé mi conferencia de Bellas Artes, tuve presentes todos los factores positivos y negativos que coincidían en los refugiados republicanos. Franco, maniobrero hábil, era una realidad como gobierno. Los republicanos éramos un avispero. Tan divididos o más que al término de nuestra guerra, sin gobierno, sin hechos planteados que tuviesen la fuerza del derecho, cuando ya se estaba preparando en Washington, Londres y Moscú la paz que impondrían a las cancillerías de los vencidos y el orden nuevo que debería crearse en la Europa liberada ¿qué teníamos nosotros en mano, negociable?

Conocido el plan de gobierno presentado por el Comité Nacional en la Conferencia de Bellas Artes, era de suponer que en ocho días hubiese surgido un gobierno, ágil más que fuerte, inteligente más que aparatosamente hinchado. Y que, ya reclamando entonces la guerra a Alemania e Italia por reclamarse jefe del « maquis hispanofrancés », ya simplemente por el imperativo de las circunstancias, presentase un plan de reivindicaciones a Alemania e Italia reunidas, más la notificación de un estado de guerra entre la República española y el gobierno faccioso de Franco y la Falange.

Ni mi conferencia ni la actuación de la CNT en Exilio obtuvieron los resultados positivos a que aspirábamos y por los que incluso habíamos organizado una escisión con parte de los compañeros como nosotros refugiados en México y en el mundo. Para mí, era evidente que los partidos y organizaciones que integraron la República Española se estaban suicidando. « Si nosotros no llevamos a cabo la liberación de España, los españoles del interior no la realizarían. Y si, contra todo lo probable, eran los del interior quienes llevasen a cabo su liberación, mediante un largo proceso evolutivo, no quedaría en pie nada del pasado, ni partidos ni organizaciones. Ni siquiera las ideologías. » Estos conceptos eran parte de los expuestos por mí en defensa de « la ponencia », cuando todavía era elemento de discusión en las asambleas de la Delegación.

 

Mayo de 1945. Final de la guerra en Europa. Mussolini murió colgado y Hitler se autoejecutó. No murieron como jefes de Estado, sino como gángsters acosados, sin escape posible. Las naciones demócratas habían elaborado una curiosa teoría jurídica con efectos retroactivos para todos los dirigentes nazis, que pasaban a ser considerados responsables de los que fueron llamados « crímenes de guerra ».

En esas maneras jurídicas y ajurídicas de sustanciar una etapa de ignominia, prevaleció el criterio de no tocar España, respetar el franquismo y dejar en funciones de gobernante a Franco. Serían olvidadas las inflamadas propagandas pro Italia y Alemania de la prensa y radios franquistas. Serían olvidados los refugiados españoles que murieron en Narvik acompañando a las fuerzas inglesas; los que acompañaron a Leclerc y los que iniciaron los « maquis » en Francia. En cambio, los doscientos millones de pesetas‑oro decomisados en los Estados Unidos a la República española para compra de armamentos, quedarían congelados, y congelados quedarían los cuantiosos fondos republicanos incautados en Inglaterra y de los que fue portador Negrín, y no se rendirían cuentas del depósito de oro que la República envió a la URSS para pago de armamento. Y seguiría el régimen franquista pagando sus deudas de guerra a Italia y Alemania, pagos que serían embargados por los gobiernos aliados en concepto de reparaciones.

No existía gobierno de la República para hacer valer sus derechos jurídicos y económicos. La presencia legal de la República española habría hecho imposible la continuidad del franquismo y el pago de deudas franquistas a Italia y Alemania. Es más, se hubiera podido reclamar la devolución de los pagos efectuados con anterioridad por Franco y un pago por indemnizaciones de la obra destructiva llevada a cabo contra el gobierno legal de la República.

Al producirse la paz en Europa, los militantes de la CNT en Exilio radicados en México nos aprestamos a trasladarnos a Francia, decididos a promover con los compañeros refugiados en aquella nación una invasión de España. Ya que no podía existir acción conjunta de todos los sectores de la emigración, hacerlo por cuenta del anarcosindicalismo. Era pretender una vuelta al principio de la lucha, cuando en julio de 1936, sin pactos ni compromisos con nadie, nos lanzamos a la lucha callejera que había de terminar con la derrota de los ejércitos sublevados. No podía ser de otra manera. Entonces, como ahora, no podían resolverse los asuntos mediante negociaciones y pactos. Alguien tenía que marchar adelante e iniciar la lucha.

Fue creado un comité de « organización y reclutamiento » de los voluntarios para marchar a Francia. Digamos que con mucho éxito. Pero de México a Francia había más de seis mil kilómetros de mar. Solamente de los puertos de Estados Unidos salían barcos con destino a Europa en misiones oficiales del gobierno norteamericano.

Alguien me preparó una entrevista con el primer secretario de la embajada de los Estados Unidos en México, señor Gibson. Fue atento y amable. Tomó notas, personales, orgánicas y políticas. Me prometió aconsejar al embajador transmitir a Washington mi solicitud de transportes para Francia. Me volvió a citar para darme la respuesta de « no encontrarse el gobierno norteamericano en situación de satisfacer mi demanda de transportar las gentes de la CNT a Francia ».

No nos encontrábamos nosotros en situación de tener que optar por « el vado o la puente »: el mar era muy ancho y no había puente. Todo lo que nuestra contrariedad tenía de grande, debía tenerlo la satisfacción de los que, vinculados a la vida del país de adopción, no pensaban en volver. Como decía el que fue compañero Juan Montserrat, del Sindicato Textil de Barcelona: « Aquí soy don Juan, mientras que allá volvería a ser un don nadie ».

 

En las suntuosas recepciones de la embajada soviética brillaba el ingenio agudo del embajador Oumanski, quien había iniciado la aproximación a los sectores izquierdistas mexicanos, con ligeras excepciones hacia núcleos de refugiados europeos, entre los que aparecíamos los españoles Alvaro de Albornoz y yo. La tónica no podía ser más democrática: embajadores de frac o chaqué, militares de gran uniforme, clases medias con vestidos de calle y artistas o dirigentes obreros con humildes atuendos. Todos revueltos aparecíamos en saloncitos donde, en largas mesas cubiertas de brillante cristalería y doradas vajillas, se ofrecía una maravillosa abundancia de suculentas comidas y vinos de marcas francesas y alemanas.

Oumanski nos dio cita a algunas personalidades españolas para asistir a una reunión para un cambio de impresiones. Nos reunió en el salón biblioteca de la embajada. Con todos los bellos eufemismos de un embajador de una gran nación, nos dio las gracias por la ayuda moral que la Unión Soviética recibió de nosotros. Hizo referencia a la participación de la División Azul que Franco envió al frente ruso en apoyo de los invasores nazis y nos aseguró que serían debidamente aquilatadas por el gobierno soviético nuestras actitudes y las de los franquistas.

A la salida, Angel Galarza, que también había asistido a la pequeña reunión de la embajada, me preguntó:

— ¿Qué opina usted?

— Opino que Oumanski ya debe ser sabedor de que hemos sido abandonados en la mesa de la paz. Y lo que le importaba era que ustedes, que oficialmente pertenecen al Comité Español de Amigos de la URSS, y que yo y otros, sin pertenecer al mismo, ayudábamos en lo que podíamos a la Unión Soviética, recibiésemos oficialmente, en nombre del gobierno soviético, las gracias por nuestro apoyo moral durante la guerra contra los nazis.

— Entonces ¿usted no cree en la efectividad de las insinuaciones de la segunda parte de lo que nos dijo?

— No creo. Ni usted, ni yo, ni ninguno de los que hemos asistido a la entrevista tenemos otra representación que la personal. Otra cosa hubiera sido si teniendo un gobierno verdaderamente representativo, hubiese asistido un representante del mismo. Entonces, aquellos bellos eufemismos hubieran podido ser tomados como declaraciones de gobierno a gobierno.

— Creo que tiene usted razón. Habrá que ir pensando en un exilio para largo tiempo.

— Usted lo ha dicho: exilio para largo tiempo.

Oumanski murió a los pocos días en un lamentable accidente de aviación. Quien le sucedió mantuvo las recepciones populares, con más comidas y más bebidas, pero era más recatado. La URSS estaba estrenando el uniforme de gran potencia.

Por mi parte (con perdón de « mi colega Stalin », como decía Julián Gorkin), que sin compromiso de ninguna especie había contraído una voluntaria obligación hacia la Unión Soviética, por las facilidades que los « amigos » de allá me proporcionaron cuando los necesité, consideré que la Unión Soviética ya no necesitaba de mi defensa. Me consideré en paz sin haber mediado trato alguno. Anarquista ideológicamente y anarcosindicalista en el terreno de la práctica de las ideas, ya no defendería a la URSS. Que se defendiese sola, que bien podía hacerlo.

 

En materia internacional, defendí por igual a la Unión Soviética que a las demás naciones en guerra contra los nazifascistas, posición compartida por la CNT en Exilio. En el aspecto nacional sostuvimos la posición de unidad total entre los distintos sectores de refugiados, lo que comprendía al Partido Comunista de España y al PSUC de Cataluña. En el plano orgánico mantuve la posición de estricta fidelidad a los principios y finalidades de la Confederación Nacional del Trabajo de España.

Y mantuvimos aquel mínimo de disciplina indispensable al sostenimiento del prestigio de una organización, lamentablemente relajada desde que se inició nuestra guerra. Por ello se incoaron algunos procesos de expulsión por causas antiorgánicas. Fueron éstos: a Segundo Blanco, por su empeño en seguir formando parte del gobierno Negrín. A Saladrigas, Solsona, Abella, Ordovás y Aliaga, por obediencia a las consignas del Partido Comunista.

La pérdida de militantes por la atracción que ejercía el Partido Comunista no era sólo debida a la eficacia de los métodos de captación empleados por sus activistas, basados comúnmente en halagos de la vanidad. En realidad, se trataba de un desmoronamiento del edificio ideológico confederal, muy sacudido a causa de las actividades negativas de la rama, hasta entonces victoriosa, del anarquismo de vieja escuela, estilo familia Urales y Santillán, que, andando el tiempo, serían causa de la deserción masiva de militantes anarcosindicalistas.

 

Con la paz en Europa, a partir de mayo de 1945, paulatinamente se fueron restableciendo la correspondencia y las relaciones. Tuvimos noticias de los compañeros asilados en Francia. Como si fuesen el ombligo del mundo, se condujeron con total desconocimiento de lo que orgánicamente existía más allá de las fronteras francesas, se tratase de América o de la misma España.

No les discutimos su derecho a dirigir las fuerzas anarcosindicalistas. Al contrario, los alentamos a asumir todas las responsabilidades, pues entendíamos que la lejanía en que nos encontrábamos de España nos incapacitaba para hacerlo nosotros. Por un momento, demasiado largo, pensamos esperanzados en que, actuando como única autoridad confederal, adoptarían la resolución de cruzar los Pirineos, creando de hecho lo que por vía del derecho no pudimos hacer en México al fracasar en nuestros proyectos de integración de las instituciones legales de la República española, con la consiguiente declaración de guerra a Alemania e Italia y la reanudación de hostilidades contra el francofalangismo. Lamentablemente, no fue así. En vez de marchar al asalto del más allá de los Pirineos, se enfrascaron en las mismas pequeñeces que nos dividieron en México. Y también se dividieron en Francia. No en un día, sino lentamente. Pero era evidente que la mayor parte de los militantes, entre los que se encontraban los que habían combatido en el « maquis », no toleraban las pretensiones continuistas de Germinal Esgleas y de Federíca Montseny. Entre los antiguos anarcosindicalistas y remanentes del treintismo, muchos decían que la familia Urales no pertenecía al medio confederal histórico, de sindicalistas revolucionarios, enormemente distanciados de los liberales radicalizados burgueses como eran los miembros del clan Urales.

 

En ocasión de la trágica muerte del embajador soviético, camarada Oumanski, como a él le gustaba que le llamasen, coincidimos una vez más el embajador francés, señor Garreau‑Dombasle, y yo, en la visita a la embajada soviética para estampar las firmas en el libro de condolencias. Analizamos ampliamente los problemas europeos a la luz de las realidades a que estaba quedando reducida la victoria de las armas aliadas. El embajador francés era ferviente defensor de la « France libre » y partidario incondicional del general de Gaulle. La expresión de sus opiniones era como un largo lamento porque Francia no recibía las consideraciones que creía merecer. Con razón, desde luego.

Terminada la guerra, para levantar el valor moral de los sacrificios de Francia, Acción Democrática Internacional organizó, de acuerdo con el señor Garreau‑Dombasle y su oficina de propaganda, un « Acto de Homenaje al Maquis ». Para dicho acto estaba asegurada la participación o asistencia de todas las naciones democráticas que habían luchado contra Alemania, Italia y el Japón. Cada nación designó sus representantes y su orador. Faltaba decidir si participaría una representación oficiosa de la República Española, considerada imprescindible por los representantes de la « France libre ».

El problema de la participación de los españoles republicanos en el acto homenaje al maquis lo planteaba el que no existía representación oficial de la República Española. Garreau‑Dombasle consultó cablegráficamente al Ministerio de Negocios Extranjeros y, por lo que supe, se le indicó que viese de conseguir que fuese yo quien hablara en nombre de la España republicana. Se le encargaba además grabar en un disco mi discurso.

El acto se celebró con gran solemnidad en la sala‑teatro de Bellas Artes, pocas veces cedida para actos de esta naturaleza. Mi participación era esperada con cierta expectación. En el discurso me limité a considerar el papel de Francia en las luchas por la libertad. Hice resaltar que, si bien al final de la contienda fueron las enormes fuerzas aportadas por Norteamérica, Inglaterra y la Unión Soviética las que inclinaron el fiel de la balanza del lado de las democracias, no debía olvidarse que, en el principio, habían sido Francia e Inglaterra quienes se enfrentaron al impresionante aparato guerrero de la Alemania hitleriana.

« No debe olvidarse que siempre que haya que luchar por la Libertad en el mundo, el grito debe ser dado por Francia. De otra manera, si el grito de “ ¡A la lucha por la Libertad! ” procedía de Inglaterra o de los Estados Unidos, podría darse el caso de que nadie lo quisiese oír, por no ser muy compatible la riqueza de algunas naciones con la magia de la palabra Libertad ».

Mi discurso produjo efecto en París. El gobierno de de Gaulle le encargó al agregado militar de la embajada francesa tener un cambio de impresiones conmigo. Importaba al gobierno francés conocer mis puntos de vista sobre España, Francia, Europa y Africa.

Me expliqué ampliamente:

— La Europa democrática no tenía preparada una salida a la paz. A su manera, con la teoría del « Orden Nuevo », Hitler sí tenía una idea de qué hacer en Europa si salía vencedor de la guerra. Pero las naciones democráticas, que carecían de preparación para la guerra, al terminar ésta también carecían de preparación para la paz... Con tiempo por delante, en mi intervención en el Primer Congreso Antifascista organizado por Acción Democrática Internacional, advertí de la imperiosa necesidad de estudiar por continentes las salidas a la paz. A los europeos, dije, nos incumbía el planificar una nueva convivencia para los pueblos europeos. No hacerlo con antelación supondría dejar un vacío entre Estados Unidos y la Unión Soviética. No teniendo el vacío un tampón, a la larga toparían en Europa los Estados Unidos y la Unión Soviética... De la destruida Europa convendría salvar algunos materiales para reedificarla. Pensar en una reedificación de las antiguas nacionalidades como meta, era admitir que la guerra no había sido trascendente. Como si se hubiese producido porque sí, y no existiesen problemas y fricciones entre ellas. Eran demasiados muertos y excesiva destrucción para que nos quedásemos en tan pobre y estrecha visión. Si hoy se nos hace difícil hablar de los problemas de cada nación en sí, se debe a que aquellas viejas naciones de ayer dejaron de tener razón de existir. Si nos resulta más fácil hablar de los problemas de Europa, es porque Europa es la gran realidad de hoy y lo será de mañana.

Como conjunto de naciones, Europa solamente puede integrarse de manera federativa. De haber ganado la guerra Hitler, Europa no se habría integrado, sino que habría sido unificada en torno de Alemania. El triunfo sobre el « Orden Nuevo » nos impone un amplio federalismo... Si por integrarnos en una amplia federación, nos desprendemos de los estrechos cascarones de las nacionalidades, conservando de éstas los elementos positivos de sus culturas, el enfoque económico de la federación debería ser también distinto del que fue, con sus economías pequeño burguesas. Inevitablemente, habría de ser de economía socializante, economía dirigida hacia la socialización, en cuyo proceso deberían intervenir, de una manera muy directa, los trabajadores manuales e intelectuales... Por tratarse de una entidad en construcción, esa nueva Europa debería declararse pacifista y libertaria. El total nos da unos Estados Unidos de Europa, federalistas, socialistas, pacifistas y libertarios.

En esa nueva entidad de unos trescientos millones de habitantes, deberíamos desprendernos de todos los vínculos de coloniaje, estimulando las independencias de las colonias y estableciendo con algunas de ellas, las del norte de África, vínculos de asociación libre. El mar Mediterráneo no es un mar que separa, sino lago que baña las mismas tierras. Declarar libres a los pueblos del norte de África es lo primero que debería hacerse.

El agregado militar de Francia intervino de manera sugerente:

— Sus puntos de vista son coincidentes con los del general de Gaulle. Son los que sustentan los componentes del círculo íntimo que rodea al general. No obstante, al principio de sus razonamientos usted ha dicho que se trataba de unos puntos de vista ideales ¿Qué diferencia ve usted entre lo ideal y la realidad?

— Para mí, la realidad es lo hacedero hoy. Lo ideal es lo que está situado en un mañana más o menos cercano, pero sí algo remoto. Para una concepción libre de Europa haría falta algo de lo que se carece: que los europeos, en todas sus capas sociales, hubiesen tenido un previo conocimiento del proyecto a realizar y de sus estructuras más íntimas, como distribución de los derechos y deberes dentro de la nueva estructura multinacional.

Intervino de nuevo el agregado militar:

— Si por lo vasto de la empresa no fuese de momento posible constituir esos Estados Unidos de Europa ¿qué podría hacerse en escala menos grande? ¿Y cómo?

— Cuando hay que hacer algo a la buena, prescindiendo de actitudes verticales de conquista o revolucionarias que conllevan el arrastre de las multitudes, es lógico partir de lo simple, de lo sencillo. Por ejemplo, se podría ensayar algo parecido a lo practicado en los países bálticos, donde existe una fraternidad de pueblos, con tratos preferenciales entre ellos. Sin compromisos obligatorios. Algo así se podría ensayar en la cuenca occidental del Mediterráneo, con España, Francia, Italia, para ir después a una incorporación de los países del norte de África, concediéndoles rápidamente la independencia e incorporándolos al sistema de convivencia mediterránea. Para ello sería bueno que procurásemos tener un sistema político republicano, y si no una estricta igualdad constitucional, sí bastante parecida. Ir a una igualdad de sistemas pedagógicos y jurídicos. Suprimir los pasaportes, los visados y las limitaciones en derecho a trabajar, de manera que un continuo y fluido pasar de los ciudadanos entre las naciones del Mediterráneo permitiese ir a una especie de Confederación Mediterránea. Es chocante que pueblos asentados a orillas del mismo lago que viene siendo el Mediterráneo, hablen de Madrid y París como metrópolis de Marruecos, Argelia y Túnez. Sin contar con que esas naciones conquistarán su independencia por la vía de los hechos, quedando a flote los residuos de odios y amargura que toda lucha trae aparejados.

Preguntó el agregado militar francés:

— ¿Cuál debería ser el primer paso a dar?

— La eliminación del régimen filofascista del franquismo español, la reimplantación de la República en España, para empezar...

 

Salida del aislamiento mexicano 

De Francia y España fueron llegando noticias. Se decía que en España existían rudimentos de organización CNT. Por lo menos se aseguraba la existencia de Comité nacional, asistido de pequeñas estructuras regionales, con manifestaciones de actividad orgánica en algunas localidades y zonas comarcales. Todo clandestino, como es de suponer. De Francia, de donde tanto esperábamos, llegaban sin cesar noticias decepcionantes. Pero ninguna que se refiriese a una marcha decidida sobre España. Algo esporádico se había producido, con penetración de pequeños grupos de refugiados armados, que fueron fácilmente batidos por los soldados del franquismo. Un verdadero desastre, porque, para los franquistas, aquella pequeñez de fuerzas desorganizadas fue evidencia de cuán poco tenían que temer de nuestras iniciativas y, por consiguiente, de con cuántas probabilidades de supervivencia podía contar el régimen de Franco.

Parecía lógico que, conocedores los compañeros cenetistas asilados en Francia de cuanto se había hecho en México por parte de la CNT en Exilio, se hubiesen dirigido a nosotros en demanda de consejo. Si existía en ellos la voluntad de emprender algo decisivo para la liberación de España, era de elemental prudencia que nos hubiesen requerido a media, docena de militantes experimentados que en México estábamos y donde nada podríamos hacer.

No fue así. Pronto empezó la politiquería de las cartitas de México a Toulouse y de Toulouse a México. Los amigos escribían a los amigos, los afines a los afines. Lo colectivo era pospuesto en aras de las minucias del capillismo. En Toulouse se creó la División Libertad, que debía comandar Ricardo Sanz, y con la que debía iniciarse la liberación de España. Parece ser que, faltos de unidad y de espíritu combativo, sus integrantes optaron por la disgregación. Todavía existía unidad orgánica entre los compañeros refugiados en Francia. Pero sería por poco tiempo. Reducidos a la depauperada vida espiritual de refugiados sin derechos políticos, pronto se agotarían los temas y, para distraerse, empezarían las polémicas y las disensiones y se producirían las divisiones.

Por el momento existía un punto de coincidencia entre los compañeros de Francia y los de México. Todos reconocíamos la autoridad del Comité Nacional de la CNT del interior de España. Dicho reconocimiento, por nuestra parte, que nos llamábamos también Comité nacional de la CNT, pero del Exilio, nos obligaba a ciertas enmiendas. Como expresé, nos obligaba a disolvernos y a existir, a lo sumo, como grupo de ayuda y relaciones. Aunque lo mejor era buscar la manera de unir las agrupaciones de militantes existentes en México.

Desaparecer como Comité nacional y Comités regionales de la CNT en Exilio fue comprendido por todos los compañeros y pronto puesto en práctica. Antes de aprobarse la disolución y de pasar a constituir el organismo que había de tenernos agrupados, tuve buen cuidado de que el Pleno de Regionales que se celebró acordase dejar sin efecto « todos los acuerdos que habían recaído desde la constitución orgánica en México », de manera que las expulsiones de Blanco, Aliaga, Ordovás, Abella, Saladrigas y Solsona quedasen sin efecto.

El nuevo organismo pasó a denominarse Comité de Relaciones y Ayuda, sin características regionales, sino como organización directa de militantes. Al constituirse el Comité, se designó a Gregorio Jover para secretario.

 

Por aquel entonces llegó a México, procedente de Inglaterra, el doctor Juan Negrín, llamándose todavía jefe del gobierno. Llegó como si fuese portador de sonajas de oro, repartiendo promesas para quienes le reconociesen como máxima autoridad de la República española. Realmente, lo recibieron y visitaron todos los republicanos y los socialistas de la fracción negrinista. Gregorio Jover también lo hizo, al parecer en nombre de nuestra agrupación, lo que produjo un gran disgusto. Yo me comporté como si no estuviese enterado de su llegada. No obstante ser tema de conversación en las mesas de los cafés la llegada del doctor Negrín, me mostré totalmente hermético al respecto. Los motivos de discusión eran si Negrín continuaba siendo o no jefe del gobierno de la República. Y, al respecto, yo tenía la única opinión autorizada.

Al café Betis vino a saludarme Eugenio Arauz, republicano federal y excelente médico. Se me acercó con su peculiar manera de comportarse, afectuosamente, cigarro puro en la boca, y me dijo:

— He visitado a Negrín, más bien como paciente. Claro que también hemos hablado de política. Por cierto que me expresó cuánto pesar le producía que tú no hayas ido a visitarle. Me insistió mucho en que te dijese que estaba muy interesado en platicar contigo. ¿Qué le digo?

— Pues dile que no tengo ningún inconveniente en tener una entrevista con él.

— ¡Hombre, cómo me alegro! ¿A qué hora podrías ir a visitarle?

— Yo no tengo hora para ir a visitarle. No soy yo el interesado en la entrevista. Tú ya sabes dónde vivo, dale la dirección, y si está de acuerdo, dile que mañana a las cuatro de la tarde lo esperaré.

Arauz se quedó pasmado. Hasta se olvidó de darle chupadas al cigarro puro.

— No sé cómo se lo tomará. Hasta el momento todo el mundo va a visitarle a él. De todas maneras, se lo diré y esta noche te diré lo que él haya resuelto.

— Conste que yo no tengo ningún interés. Si a las cuatro y cinco minutos de mañana no ha venido a mi casa, que no lo haga, porque plantón ya me dio uno de dos horas en su casa de Valencia, cuando al ir a pedirle la libertad de Aurelio Fernández. Yo soy hombre que en la vida me cobro las cuentas.

Arauz me comunicó que Negrín acudiría puntualmente a la cita. Mi casa era un pequeño departamento en la calle Sadi Carnot, casi esquina con la de Artes.

Calculé que Negrín vendría y que algo debía interesarle de mí. Negrín poseía el cinismo alegre y despreocupado de los amorales. En efecto, fue puntual. Yo había pedido a mi mujer que me dejase solo en el departamento, de manera que pudiera él explayarse sin temor a oídos indiscretos, ya que aquel llamado departamento era un conjunto de cinco entradas a piezas, dando todas a un reducido pasillo de tres metros de largo por uno de ancho. Abajo, el griterío de los niños impediría el ser escuchados durante nuestra plática.

Llamó. Abrí la puerta.

— ¿Qué tal, cómo está usted? — dijo y me abrazó, casi con cordialidad.

— Bien, muy bien. No le pregunto por su salud, pues ya veo cuán rozagante se conserva usted.

Nos sentamos. Yo prevenido para no dejarme engatusar. El calculando lo que tendría que pagar para sacarme de aquel misérrimo departamento con cuatro muebles de baratillo. Empezó con bastante parsimonia:

— Me dije que debería charlar con usted, cambiar impresiones, pues recuerdo perfectamente cuán centradas fueron sus intervenciones en el Consejo de ministros. No olvido que en los últimos tiempos de nuestra guerra su posición con respecto a mí fue bastante polémica. Pero aquello ya pasó y, ahora que mis obligaciones de jefe de gobierno me han traído a México...

Le interrumpí:

— Perdone usted que le interrumpa. El doctor Arauz me dijo que usted, el doctor Negrín, deseaba entrevistarse conmigo. Si Arauz me hubiese dicho que se trataba de Negrín jefe de gobierno, no hubiese podido aceptar.

— Perdone usted ahora, querido amigo. No sé a qué se refiere. Usted sabía que yo, desde mi llegada a México, todo lo he estado haciendo como jefe de gobierno de la República Española.

— En efecto, así ha sido. Pero como usted no ignora, soy el único español que puede decir, y si a ello fuese requerido, dar fe notarial, de si es o no Juan Negrín jefe del gobierno de la República Española. Porque yo, en su tiempo notario mayor de España, hube de darle con mi firma el nombramiento de presidente del Consejo de ministros, sin lo cual su nombramiento no podía aparecer en la Gaceta.

— Ya sabía que me saldría usted con eso. Pero no es válido, porque después yo formé otros gobiernos.

— Usted hizo renovaciones en su gobierno, sin llegar a plantear su dimisión al presidente de la República. Si tiene usted alguna duda sobre la validez o caducidad de dicho nombramiento, puedo, todavía, dar fe de ello en la correspondiente acta notarial.

— Que diría...

— Que Juan Negrín, cuando abandonó España, dejando los destinos políticos en manos del Consejo nacional de Defensa presidido por el general Miaja, ipso facto dejó de ser presidente del Consejo de ministros de la República española, jefatura que usted administraba a título de interinidad desde que renunció el presidente de la República, Manuel Azaña.

— ¿Y no cree usted que en bien de una posible recuperación de la República Española, dadas las relaciones que hice durante mi permanencia en Inglaterra, sería muy atinado prescindir de esos aspectos legales y que yo, encabezando un gobierno reorganizado, represente los intereses españoles?

— Ya no es tiempo de poder hacer algo positivo por la perdida República. Acabó la guerra universal y las potencias decidieron que entre una República española acéfala y el general Franco que gobierna con un ejército decidido a todo, se quedan con Franco y el ejército. Después de todo, Franco mantuvo la neutralidad, como había prometido. Nosotros, políticamente, no hicimos nada. Los voluntarios y los « maquis » actuaron por su cuenta.

 

La venida a México de Negrín y sus pretensiones de continuar siendo jefe de gobierno, con un aparato de publicidad bien orquestado y pagado en efectivo o con promesas, produjo un saludable efecto sobre los refugiados. Todo lo iniciado y que marchaba a ritmo lento, cobró un impulso acelerado. Las reuniones de las organizaciones y partidos se sucedían, las peñas en los cafés estaban en ebullición. Las mentiras, por absurdas que fuesen, pasaban a tener validez, hasta que otras fábulas, de mayor bulto, las desplazaban.

Me parecía asistir a un carnaval. Cada quien se disfrazaba de lo que esperaba ser, y adquiría la pose del personaje que esperaba representar. Y se oían los absurdos más disparatados: « Negrín sueña; y sueña con Prieto. Ambos juegan al adivina quién posee la mejor baraja escondida. Que si los ingleses el uno, que si los americanos el otro. ¡Filfas! El amo del cotarro es el viejo Caballero, que tiene en su haber la honradez de toda una vida y el campo de concentración alemán. ¿Pues dónde me dejas la astucia de Martínez Barrio, con su media sonrisita y “ los contactos internacionales ” de que está revestido? ».

Todos los supuestos eran válidos. Ninguno estaba basado en esfuerzos y realidades. Se había extendido por todas partes la milagrería. Los más inteligentes se respaldaban en la espera de la jugada maestra que se atribuía a la capacidad de unos señores que se pasaron los años de guerra mundial practicando su juego favorito: la comida y las mujeres, para Negrín; el pensar mal de todo el mundo, para Prieto; y la partida de bridge o dominó para Martínez Barrio.

 

El 19 de agosto de 1945 tuvo lugar una asamblea de conjunto de los cenetistas hasta entonces escindidos. De dicha asamblea resultó la unidad confederal en México, bajo el signo de someternos a las decisiones que emanasen de nuestro Comité Nacional con residencia clandestina en España.

Si el principio de respeto a los militantes del interior era encomiable, el sometimiento a lo que ellos decidiesen era hipotecar las iniciativas de lucha en quienes no podían luchar ni deseaban que hubiese lucha. Claro que si los del interior y los del exterior formaban parte también de los que creían en milagros, todo andaría bien. Como dijo Miguel, el andaluz: « Ellos allá y nosotros acá, para siempre ».

 

El gobierno Giral 

Al poco tiempo se produjo el primer milagro. En el salón de Cabildos del Departamento central de México, con el apoyo del gobierno mexicano y de su presidente, Manuel Ávila Camacho, se reunió lo que existía de Diputación permanente de las Cortes españolas y diputados presentes, y se procedió — con un formalismo muy de circunstancias y sin precedente al que referirse — a elegir presidente a Martínez Barrio, quien, a partir de aquel momento pasaba a ser excelentísimo señor don Diego Martínez Barrio, presidente interino de la República española.

El acto tuvo momentos de emoción. El más impresionante fue cuando a la salida del edificio municipal de la ciudad de México, al nuevo presidente de la República española le rindió honores una sección del ejército mexicano, que envió, con bandera y cornetas, el general Ávila Camacho.

Tuve mis dudas sobre si sabríamos ser dignos de los honores otorgados. Don Diego dio por recibida la renuncia de jefe de gobierno de Negrín y procedió a confiar el encargo de formar nuevo gobierno al doctor Giral.

Habría que ver si fue un acierto la designación del señor Giral como jefe de un gobierno de liberación. Hombre de lucha, el señor Giral no lo fue nunca.

Dos circunstancias vividas en México habían hecho fuerte impresión en mí. Una era el temor de que Miguel, el andaluz, hubiese acertado en su predicción. La otra fue la que me hizo el primer entierro de un compañero cenetista, Antonio Muñoz, zapatero, tesorero que fue de la Federación Local de Sindicatos de Barcelona. Lo acompañamos desde la funeraria Gayoso al Panteón español, donde había de recibir sepultura. La tarde del sepelio estuvo lluviosa. Al entrar el cortejo fúnebre en el interior del Panteón, sonó una fuerte campanada, que a mí me supo a un aviso a los muertos: « ¡Ahí va uno más! »

Terminé por no acompañar a los que se fueron yendo. Cada vez que oía la campanada me aplastaba la evidencia de aquello de « ellos allá y nosotros acá ».

El doctor Giral se dirigió a la CNT en México para que designase dos cenetistas como ministros del gobierno que estaban constituyendo. Por acuerdo de la militancia reunida al efecto, y puesto que existía una vía rápida y segura de comunicación con el Comité Nacional en España, se le pasó aquel delicado asunto. Su respuesta, por conducto del enlace en Francia, fue que el Comité Nacional designaba para ministros a los compañeros Juan García Oliver y Federica Montseny.

La decisión del Comité Nacional me cayó como una bomba. Para mí aquel gobierno de liberación no liberaría nada y supondría la muerte moral de cuantos lo integrasen. Desde que llegué a México no paré de pedir la constitución de un gobierno republicano y ahora que se estaba organizando y que había sido designado yo para él, era enorme mi contrariedad. Una cosa era que se hubiese constituido un gobierno para declarar la guerra a Alemania y a Italia, y haber sostenido nuestro estado de guerra con el régimen de Franco y muy otra que, terminada la guerra universal, apareciésemos tan extemporáneamente declarando que, aunque pareciese inconcebible, existía gobierno republicano en el exilio, el mismito que acababa de constituirse en las peñas de los cafés Tupinamba, Betis, París.

En la reunión de militantes de la CNT fui uno más en exponer sus puntos de vista. Los míos fueron de total reserva sobre la posible eficacia de aquella especie de gobierno constituido tan fuera de tiempo y con tan escasas probabilidades de representar un buen papel. « Tal como están las cosas, nacional e internacionalmente consideradas, dije, solamente podría lograr resultados eficaces un gobierno que, recién constituido, fletase un avión y se plantase en Madrid, para ser fusilado en el acto o para provocar una estampida de los gobernantes franquistas. »

Tras largas discusiones y votaciones, la militancia confederal de México — así como la de Francia — no admitió cargar con la responsabilidad de participar en un gobierno Giral, que no ofrecía, desde el primer momento, ninguna garantía de eficacia liberadora. El tiempo se encargaría de demostrar que no se trataba de otra cosa que la repetición de la manoseada maniobra de pretender estar en posesión de la baraja norteamericana unos, de la inglesa otros, y de la rusa desde José Giral a Alvaro Albornoz.

No habiendo aceptado los puestos de ministro ni Federica ni yo, el asunto volvió al Comité Nacional del interior, el cual, apremiado por las circunstancias resolvió que su secretario, el compañero José Expósito Leiva, de las Juventudes Libertarias, se trasladase a Francia y América y que, si fuese imprescindible para el logro de un fuerte bloque liberador de España, proveyese, empezando por él mismo, los dos puestos de ministros que Giral había designado a la CNT.

Llegó Leiva a Francia y cayó en el reducido círculo de Horacio Prieto, quien lo sometió a su apasionada elocuencia, hecha de sarcasmos hacia quienes no opinaban como él. La juventud e inexperiencia de Leiva hicieron el resto. Sin esperar a conocer las motivaciones de los compañeros de Francia y de Federica para no aceptar participar en el gobierno Giral, sin haber pedido información a los compañeros de México ni a mí, por haber dicho también no, él y Horacio resolvieron asumir la responsabilidad, diciendo sí donde los demás nos habíamos negado.

Llegó el momento, tan intensamente deseado por Horacio Prieto, de ser ministro. Como siempre, los ministerios reservados a nuestros compañeros eran los menos adecuados al momento. A Leiva le asignaron el de Agricultura, con Direcciones generales como la de Caza y Pesca, cargo adjudicado al compañero Progreso Alfarache, con otra Dirección general, la de Montes y Bosques, para el compañero Mallo, quien sería el más desdichado de todos, porque habiéndose trasladado en función conspirativa a Madrid, fue detenido y condenado a varios años de prisión. Las tierras para labrar, los bosques para cazar y los ríos para pescar estaban en España en poder de los franquistas. A Horacio, a quien tocó regentar el Ministerio de Obras públicas, no le dieron las circunstancias ni el tiempo de proyectar una carretera. El gobierno Giral, que tenía Departamentos de todo, no se preocupó de crear el de Acción liberadora. Aquel equipo de burócratas eran como gorrión con un perdigón en el ala. Fatalmente tenía que caer.

Y cayó. Sin pena ni gloria. Como durante nuestra guerra, los republicanos se dieron al alegre juego de crear gobiernos y dimitirlos. Nadie había visto nunca tan reiterada incapacidad política.

 

A la hora de constituirse el gobierno Giral, tuvimos en México la visita de los ministros confederales José E. Leiva y Horacio Prieto. Se celebró una reunión de militantes de la CNT para oír lo que nos dirían. Interesaba escuchar a Leiva porque, recién salido de España, podía explicar la situación clandestina de nuestra Organización.

Dijo Leiva que existían fuertes núcleos confederales en Asturias y Cataluña, principalmente, algo menos en Madrid y Valencia y débiles en Andalucía y Galicia. En algunos lugares, cuya ubicación no podía revelar, estaban organizadas las guerrillas, bien armadas y dirigidas. Con una de dichas guerrillas había convivido él unos días recientemente. Declaró que era criterio firme de los compañeros del Comité nacional no admitir ningún tipo de lucha frontal contra el franquismo, pues entendían que se debía aspirar a una preparación nacional, de manera que al dar la orden de marcha cada ciudadano español fuera poseedor de un fusil.

Leiva dijo que había oído hablar de tácticas, empleadas en Cataluña antes de 1936, conocidas con la apelación de « gimnasia revolucionaria », pero que eso no era otra cosa que terrorismo de poca monta. También eran contrarios los compañeros del Comité nacional a tales métodos, porque solamente de una insurrección general del pueblo en armas, con un fusil en las manos de cada trabajador, podía esperarse la victoria sobre el franquismo.

Afirmó igualmente que ellos, los del interior, y solamente ellos, debían ser quienes decidirían cuándo, cómo y dónde lo que debía hacerse. A nosotros, los del exterior, nos tocaba obedecer, renunciando a toda pretensión de dirigir. Los militantes del exilio eran requeridos a una franca aceptación de la disciplina que emanaba del Comité nacional, por lo que se pedía a los disconformes manifestarse, pues el Comité nacional quería poseer el registro de quienes, no opinando como él, se manifestasen en contra de su autoridad en instantes tan graves, que exigían fuese aceptada sin discusión.

El ambiente que dejó la explicación de Leiva era lamentable. La escisión se palpaba, densa, incontenible. Ya no se trataba de una escisión entre faístas y treintistas, como cuando se discutió la « Ponencia ».

Lo que ahora nos traían aquellos dos desequilibrados eran los posos de un mal vino, el chacolí vasco de Horacio, agriado y turbio. La escisión se planteaba como el resultado de discrepancias por si debía o no participar la CNT en un gobierno republicano cuyo cometido consistía en esperar la liberación de España de la acción que en tal sentido emprendiesen las naciones democráticas reunidas en San Francisco.

Solamente los tontos podían engañarse. Los problemas de la España republicana debían incumbir únicamente a los republicanos españoles, quienes tenían ante sí la ingente tarea de emprender por su cuenta la liberación de España, lo que equivalía a tener que jugarse la vida. Y el jugarse la vida era precisamente lo único que no entraba en los cálculos de los ministros del gobierno Giral.

Deseando elevar el tono de las discusiones que provocó la actitud delirante de Leiva, hice lo posible para arrastrar a Horacio Prieto a dar la cara. Hasta entonces, se movía solamente tras las bambalinas, en su papel de antimentor del joven Leiva. En mi intervención declaré, para que Leiva tomase debida nota, que no consideraba acertada la designación de los compañeros Leiva y Prieto para integrar el gobierno Giral — lo que no debía extrañar, por cuanto Federica y yo habíamos desechado la designación —, por entender que Giral no iniciaría nunca la empresa de marchar a la liberación de España, por tratarse de un gobierno que, con o sin ministros de la CNT, era de acentuado matiz burocrático.

Afirmé que no creía las palabras de Leiva sobre el intenso movimiento guerrillero en algunos lugares de España, y no porque careciésemos de compañeros con grandes aptitudes para la guerrilla, sino porque nadie con experiencia se hizo cargo de su organización y preparación. A lo sumo, debían existir gentes dispersas sin otra salida que la de ser ejecutados por la Guardia civil.

Declaré que me parecía una barbaridad la orientación de que sólo se debería atacar al régimen franquista cuando cada ciudadano español dispusiese de su fusil. Tales palabras olían muy mal, haciéndome dudar de que hubiesen sido pronunciadas por un militante cenetista. Siendo yo el creador de la llamada « gimnasia revolucionaria », que tan magníficos resultados dio en Barcelona los días 18, 19 y 20 de julio de 1936, me encontraba en el caso de tener que afirmarla como no superada hasta el momento. A su práctica se habían debido las victorias de julio en las Regionales donde fueron vencidos los militares y, hasta aquel momento, solamente había sido combatida por quienes no tomaron parte en sus luchas de entrenamiento ni en las que enfrentaron a los trabajadores con las fuerzas del ejército, lo que equivalía a decir que la gimnasia revolucionaria sólo tenía la enemiga de los aspirantes a una militancia de tipo burocrático.

Dije que consideraba los tiempos que vivíamos y las tropelías que se cometían en España contra los trabajadores, los menos indicados para que un sedicente representante de la CNT y de su Comité nacional nos adoctrinase, haciendo aparecer como despreciables las acciones de tipo justiciero que se emprendiesen contra los detentadores del poder en España, pues era ya la hora de luchar con todas las armas y de utilizar todas las tácticas de Insurrección, adecuadas a cada una de las circunstancias que pudieran presentarse. Nada podía ser desestimado como medio de lucha.

En lo referente a la sumisión que se requería de los militantes confederales por parte del Comité nacional, dije que, tenida cuenta que Leiva afirmaba haber sido su último secretario, era evidente que él y su asesor Horacio Prieto y quienes como él opinaban, desconocían lo que era estatutariamente la Confederación Nacional del Trabajo, entidad sindical basada en la autoridad del Sindicato y, a lo sumo, por extensión, la del Comité regional, debiendo ser considerada la función del Comité nacional como la de un órgano de relaciones interregionales y de ejecutante de los acuerdos nacionales que hubiesen adoptado los Plenos de Regionales o los Congresos. Si bien era cierto que durante la guerra de España muchos de los acuerdos normativos de la CNT habían sido suspendidos, había que consignar que no fueron anulados, porque, tratándose de acuerdos de Congresos, solamente por un Congreso podían ser anulados. Por ello requería a Leiva, delegado del Comité nacional, a que recordase a éste la conveniencia de ir restableciendo los acuerdos normativos dejados en suspenso, especialmente aquél que establece que el sindicado se debe solamente a su Sindicato y, cuando representa la voluntad de los sindicatos de su Regional, al Comité regional.


[1] [NDE]. Véanse las páginas 216‑217.
[2] [NDA]. Este era el temario: 1. Análisis de los orígenes y desarrollo del nazifascismo. Ponente: Francisco Frola, economista y catedrático de la Universidad Nacional. 2. Contenido político y moral del nazifascismo. Ponente: Alvaro de Albornoz, ex ministro de la República Española. 3. La economía y el Estado totalitario. Ponente: Mario Souza, ex director de la Escuela de Economía Nacional. 4. El nazifascismo en nuestra América. Ponente: Alejandro Carrillo, diputado y periodista. 5. El periodismo y el nazifascismo. Ponente: Jacobo Delavuelta, escritor y periodista. 6. La mujer en el nazifascismo. Ponente: Eulalia Guzmán, periodista. 7. Cómo combatir el nazifascismo en México. Ponente: Raúl Cordero Amador, catedrático de la Universidad Nacional. (Del Primer Congreso Antifascista. Memoria resumen, editado por Acción Democrática Internacional, que lo convocó y organizó).

Regresa