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3 El anarcosindicalismo en el gobierno No nos hagamos demasiadas ilusiones. La victoria y la derrota vienen siendo páginas de la misma historia. Ambas se encuentran equidistantes del mismo punto de partida. Lo importante es acertar la dirección que conduce a una y otra. La victoria es alada, y no hay artista que con el cincel o el pincel no sea capaz de expresarla. Con o sin cabeza, la victoria es siempre bella, línea combada que descansa su arco en un grácil pie y que se lanza segura hacia el infinito ¿ Quién no la dibujaría o no la esculpiría en mármol ? Pero la derrota, ¿ cómo describirla ? ¿ Ha ensayado alguien plasmar en mármol el lodo o los gusanos rastreadores ? Y en pintura, ¿ qué luces darles a unos matices, cómo mezclar unos colores todavía no conocidos, porque ninguno es el amarillo, ni el azul, ni el rojo del principio de la gama cromática ? No miréis a los pies de los hombres vencidos, porque su belleza está en su mirada. Es en la mirada donde cada vencido expresa su sentir, en eso que los creyentes llaman el alma. Luchador anarcosindicalista, equivocaste el camino. Aun partiendo del mismo punto, tomaste el camino que conducía a la derrota. O tus augures no conocían el secreto de las grandes revelaciones o, si sabían leer en el vuelo de las aves, no prestaste la debida atención a sus predicciones. Optaste por el camino sencillo, el que parecía más fácil, pero que no conducía a la victoria. Luchador anarcosindicalista, has entrado en el último capítulo de tu gran gesta. Es el capítulo que te conducirá al exilio si lograste burlar a la que se coloca junto al pequeño surco rectangular, del que solamente se sale con alas de insecto. Pero si llegas a conocer la condición de exilado y no vendes tu alma al diablo, sabrás de la amargura del apátrida sin convicción, porque morirás con el anhelo de regresar al rincón de la calle de tu infancia. Luchador anarcosindicalista, ¿ cómo podías saber la dirección correcta partiendo de un mismo punto ? ¿ Cómo saberlo si nada se había escrito sobre la gesta que nunca habías realizado ? Pero ahora que sí realizaste la gesta de los siglos, aprende, leyendo lo bueno y lo malo de lo que hiciste. Y no lo olvides. Tendrás que volver a empezar, partiendo del punto inicial ; el que, en una u otra dirección, conduce a la victoria o a la derrota. ¡No vuelvas a equivocar el camino! Son las nueve y media de la noche : 2 de noviembre de 1936. Han transcurrido solamente tres meses y medio desde el 20 de julio y ya parece todo tan lejano que diríase nunca existieron las jornadas del 18, 19 y 20. Pasan los días velozmente, dejando un enorme desgaste en los cerebros y en las conciencias. Nos estamos volviendo indiferentes. Si al principio me parecía inconcebible traicionar las esperanzas de las legiones de luchadores que sucumbieron antes de llegar a las metas « julianas », a los tres meses ya no me asombraba de tener puesto el pie en el estribo del automóvil que había de conducirme a Madrid para tomar posesión de un ministerio. Hacía sólo unas horas que me había negado insistentemente a dar mi consentimiento para lo que se me antojaba baja maniobra política ; y, como si hubiese transcurrido una eternidad, ya me había sometido a las conveniencias de una Organización que, de apolítica que fue y sin transición, pasaba de una honda etapa revolucionaria a cubrir una gestión gubernamental acompañando a sus adversarios y hasta a sus enemigos de ayer. ¿Debí resistir más? ¿Debí negarme y no haber transigido? Mejor es dejar sin respuesta estas interrogantes. Que sean los demás quienes juzguen y las contesten. Ahora, al aceptar ser ministro, y ayer, al transigir formando parte del Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, sólo tuve en cuenta que las marchas atrás pueden hacerse antes de que se dispare el primer tiro ; pero cuando ya han sido muchas las víctimas y en el camino todavía caerán más, no es dable pararse y dar marcha atrás, porque los muertos seguirán muertos, y los destinados a morir caerán inevitablemente. Debo seguir, si no con la integridad ideológica de que siempre estuve orgulloso, sí con la elegancia de cumplir un deber y ver de hacerlo lo más eficazmente posible. Desde el Comité de Milicias empujé y ayudé a que el proceso revolucionario fuese adquiriendo profundidad. Choqué fuertemente con Companys, él como presidente de la Generalidad y conservador en funciones, y yo como impulsor de la revolución. Tan hondo fue el choque que no lo visité ni cómo jefe del departamento de Guerra del Comité de Milicias, ni después como secretario general de la Consejería de Defensa, cargo que dependía de la presidencia de la Generalidad. ¿ Tiene una explicación tal alejamiento ? Sí, la tiene. Nunca dejé de pensar que podía llegar el momento de marchar adelante y ocupar por la vía de los hechos el palacio de la Generalidad y los demás edificios públicos y oficiales. Sabía que entre bastidores Antónov‑Ovseenko actuaba en Barcelona como si Cataluña fuese una colonia. Por consejo suyo y bajo su dirección, el PSUC había constituido un Comité militar encargado de la supervisión de todos los problemas del partido, incluso de los asuntos económicos. Era sorprendente que Companys, tan celoso siempre de lo que él llamaba sus prerrogativas pisoteadas por el Comité de Milicias, no manifestase nunca desagrado por la manera de comportarse del cónsul soviético ; que entraba y salía de la Generalidad cuando y como le pluguía. Es seguro que Antónov‑Ovseenko no disponía de tanta libertad cuando su vida transcurría entre los muros del Kremlin. Todo hecho a ciencia y paciencia de los miembros de Esquerra Republicana de Cataluña. Para muchos de ellos, el primero de ellos Tarradellas, si bien disimuladamente, el anarcosindicalismo era causa de admiración, por lo que no comprendían la manifiesta antipatía de Companys hacia algo típicamente catalán como era el anarcosindicalismo y sus obras, así como la sumisa simpatía que demostraba por lo ruso y sus representantes oficiales. Todo parecía indicar que los comunistas esperaban mi salida de Barcelona para marchar a la dominación política y social de Cataluña. Mi informador[1] en el seno del Comité militar del PSUC me decía que, según Antónov‑Ovseenko, « no debía ofrecer inquietudes lo que pudiesen hacer Marianet, Abad de Santillán y Federica Montseny y sus colaboradores. Era a mí y a mis colaboradores a quienes había que mirar con desconfianza, porque en un momento dado podíamos colocar en las calles de Barcelona a la mitad de las fuerzas anarcosindicalistas de Aragón y aun dejar fuerzas para sujetar a los escasos centenares de combatientes que tenían allí la Esquerra y el PSUC. Además, les decía, desde el Comité de Milicias, con la colaboración de Aurelio Fernández y José Asens y sus Patrullas de Control, más los Cuadros de Defensa confederal, no podemos estar seguros de lo que pueda ocurrirnos en cualquier momento. Mientras él esté ahí al mando de las fuerzas de milicianos y Aurelio Fernández y José Asens mandando en las fuerzas de Seguridad, cualquier día podemos despertarnos bajo una dictadura anarquista. Los temores de Antónov‑Ovseenko, que eran expresión de los temores soviéticos, tenían gran semejanza con los que no ocultaba Federica Montseny. Esta llegó a fletar, con destino a América, a los compañeros Avelino González Mallada y Claro Sendón para que, al tiempo de realizar una propaganda general antifascista, en lo particular y privado insistiesen cerca de los compañeros residentes en América sobre el grave peligro que atravesaban en Cataluña, debido a que yo tenía preparada la implantación de una dictadura anarquista. González Mallada hizo públicas, en las columnas de Cultura Proletaria de Nueva York las graves preocupaciones de Federica Montseny. No es tiempo ahora de ocultar verdades, que por serlo eran ostensibles. Ciertamente, desde la creación del Comité de Milicias Antifascistas, primero, y aposentado después en la Consejería de Defensa, mi preocupación principal, magníficamente secundado por Aurelio Fernández en Seguridad interior y por Antonio Ortiz, Gregorio Jover, Miguel García Vivancos, Domingo Ascaso y Cristóbal Aldabaldetreco en las columnas anarcosindicalistas, fue realizar una paciente obra conspirativa en espera de que llegase el momento de que la Organización, cansada de las jugadas de la Esquerra Republicana y el PSUC, considerase llegado el momento de ir a por el todo. ¿Qué otra cosa cabía esperar de mí? No era un secreto mi posición durante una larga vida de militante de la CNT. Siempre había formado parte de los núcleos más radicalizados del anarcosindicalismo catalán. Tolerante, sí lo era, pero únicamente para los compañeros que consideraba poco evolucionados o de escasa comprensión, como lo eran quienes oponían reparos de anarquistas puros a la adquisición del talante constructivo que caracterizaba a los anarcosindicalistas. Pero Angel Pestaña últimamente, y los incorporados a la política pequeño burguesa de la Esquerra Republicana, como Martín Barrera, Simón Piera, Grau Jassans, Sebastián Clará, Joaquín Llorens de Falset, Fidel Martí de Valls, Folch y Folch del Vendrell y otros, habían dejado para mí de existir, pues no podía tildar a ninguno de ellos de incapacidad mental ; antes al contrario, abusando de su preparación personal, abandonaban la Organización y se incorporaban a la Esquerra para representarla como diputados al parlamento de Cataluña o al de España por Barcelona y las comarcas catalanas. Para ésos, yo no era tolerante. Para mí eran simples traidores, tránsfugas del anarcosindicalismo. Pues bien, en mi fuero interno, consideraba menos graves las posiciones adoptadas públicamente por los tránsfugas de la CNT que las de los votantes contra mi proposición en el Pleno de locales y comarcales de Cataluña del 23 de julio de 1936. Y ahora que me estaba preparando para ir a representar a la CNT en el gobierno de la República, ¿ era yo leal, o era también un traidor ? Un día tendré que hablar extensamente sobre las supuestas contradicciones de algunos anarquistas al ocupar cargos en órganos estatales. Creo que un anarquista puede seguir siéndolo al formar parte de un gobierno, pues serlo y dejar de serlo dependerá de lo que llegue a realizar desde su puesto ; y no, como en el caso de Federica Montseny, de pedir a sus padres, viejos liberales radicalizados y no viejos anarquistas, que 1a autorizasen a ser ministro y anarquista al mismo tiempo, para tranquilizar su conciencia. Uno es lo que es, y no lo que le autorizan a ser. Ni antes, ni durante mi gestión de ministro, ni después durante el tiempo que vegeté en Barcelona me arrepentí de lo que hice siendo ministro, ni de haber propuesto « ir a por el todo ». Este es el momento de aclarar que es enorme la distancia que separa al anarquista del anarcosindicalista : aquél, siempre en vela por las esencias puras del libertarismo, y éste enfrentado con las realidades del complejo mundo social. Aquél, el anarquista, es una actitud ante la vida ; y el anarcosindicalista es una actuación en la vida. Desde que un día propusiera « ir a por el todo », jamás dejé de esperar la oportunidad de poder hacerlo. « Gasolina » estaba al volante del Hispano blindado, regalo de los obreros de Hispano Suiza, primera fábrica que entró en el complejo de las industrias de guerra. Mi « naranjero », arma peligrosa por lo fácilmente que se disparaba, lo colocamos, con un racimo de granadas de mano, sobre el amplio suelo. Tanto yo como mi secretario teníamos la pistola a mano. Aranda, con su ametrallador, junto a « Gasolina », y « El Viejito » con su winchester junto a la puerta delantera. — ¿ Habéis cenado ? Porque yo no he comido nada desde mediodía — les dije. — Sí, hemos cenado algo. Y aquí te tenemos pan y butifarra y vino tinto en la bota. — ¡ Adelante, « Gasolina » ! Y parando lo menos posible en los controles. Avisa a Nebot que nosotros iremos detrás de ellos. Ya eran las doce de la noche. En aquellos tiempos, la ciudad, débilmente iluminada y con las calles casi desiertas, se parecía a una porción de un mundo fantástico. Después de siglos de sumisión a los poderes de Madrid, Barcelona, al fin, conoció como una independencia inesperada. De mi nuevo papel, algo había que me chocaba : en adelante, pasaría a ser una rueda en aquel aparato de Estado que se llamaba gobierno de Madrid, con el cometido de ir cercenando las amplias atribuciones que se había tomado últimamente Cataluña. Nada habría de extraño en ello. Al advenimiento de la República, al ser proclamado por Macià el Estado catalán, primero fue abrogada la revolución política en aras de la conservación del Estado español y — con escándalo para muchos catalanes — vio la luz del día una Generalidad de Cataluña, organismo a todas luces retrógrado, adaptación de tiempos pasados, cuya base se la dio un Estatuto que sería otorgado por el parlamento español, pero que malamente regularía atribuciones autonómicas, ya que éstas, para ser expresión de los nuevos tiempos, debían partir de la independencia primero, y después de la federación de las partes desligadas, y no de un gesto dadivoso de unos políticos españoles otorgando el Estatuto. Si la Generalidad, en gesto pueril, se aferró a lo tradicional en perjuicio de lo nuevo, que era el Comité de Milicias Antifascistas, que debió subsistir hasta la negociación de una nueva convivencia hispánica, nada tendría de sorprendente que por el mismo camino el Estado español pretendiese disminuir a su mínima expresión lo que separaba a Cataluña de España, de manera que la autonomía fuese, en realidad, una autonomía administrativa, semejante a la que gozaban algunos municipios. En la nueva justicia que iba a dirigir, habría que ver hasta qué punto sería compatible el mantenimiento de los derechos absorbidos, merced a lo excepcional de las circunstancias, con el trato de favor que Companys otorgaba al cónsul soviético y a los comunistas del PSUC, en perjuicio de la CNT, la FAI y el POUM. Porque una cosa era consolidar la liberalización de una entidad autonómica, y muy otra que el jefe político de dicha entidad, en este caso Companys, pudiese llegar a montar una maniobra de represión a cargo de los agentes soviéticos que se estaban moviendo incansablemente en toda la zona republicana. Este era el problema que me esperaba. Hasta aquel momento ignoraba si había sido objeto de estudio por parte del Comité nacional. Supuse que algo hecho debía existir. En buena doctrina gubernamental, para hacer frente a los tiburones políticos, no eran las maneras decididas y abiertas que se me atribuían las adecuadas. Lo necesario era que las fuerzas integrantes del gobierno reconociesen a la CNT su influencia determinante en lo que quedaba de zona republicana : mayoría en Cataluña, en Baleares, en Aragón, en Levante y en Andalucía, y solamente minoría en las dos Castillas, Asturias y Vizcaya. Casi dos tercios de zona republicana eran de influencia anarcosindicalista, con cuya expresión de fuerza no aparecíamos representados en los pequeños ministerios que nos habían otorgado. Eso en el aspecto simbólico. En el terreno práctico, los socialistas se reservaban el ministerio de la Guerra, el de Marina y Aire, el de Gobernación y el de Estado, aparte de la cartera de Trabajo y la presidencia del Consejo. Es decir, toda la fuerza organizada o por organizar en manos del Partido Socialista. A mí, ¿ qué me dejaban ? Las cadenas y las cárceles, las rejas y los grilletes. Todo con un fondo de estrados, jueces, fiscales y magistrados. ¿ Podría hacer algo libertario un ministro de Justicia anarcosindicalista ? Sí. Si me lo consentían, podría mandar derruir todos los establecimientos penitenciarios ; ordenar la puesta en libertad de todos los presos ; acabar con la infamia de los antecedentes penales ; orientar el sistema penitenciario hacia formas de vida ciudadanas, precisamente en ciudades penitenciarias, como tantas veces había imaginado.
Y otra vez la carretera, que aparecía de color blanco cremoso... Me iba diciendo : « Seguro que Horacio se dejó embaucar por el viejo Largo Caballero ; seguro que no fue lo suficiente listo para hacerse llamar, sino que no cejó hasta lograr que el zorro socialista se aviniese a recibirlo. Seguro también que Largo Caballero, cuando aceptó la entrevista, estaba necesitando urgentemente que Horacio se prestase a la comedia de aparentar una gran condescendencia hacia nuestra Organización ; seguro que Horacio está considerando su gestión como una gran victoria ; seguro que no logró captar el interés que podían tener los partidos que componían el gobierno en desprenderse un tantico de los puestos que ocupaban y cederlos a la CNT. Porque era evidente que la entrada de la CNT en el gobierno de Madrid debía tener justificación en algo que el gobierno quería hacer y no se atrevía a emprender sin arrastrar consigo a nuestra Organización ». Cruzamos Vilaseca y dejamos, un poco más adelante y a la izquierda, la carretera que procedente de Reus conducía a Salou, desde donde partieron a la conquista de Mallorca las naves de Jaime el Conquistador. Después, Cambrils con su ancha riera a la entrada y, a lo lejos, la barriada marinera de El Serrallo, de donde salían las barcas a la pesca del bou... Sí, creo que me dormiré... Desayunamos, y después comimos, de lo que traían en los autos. Como a las cuatro de la tarde llegamos a Madrid. Fuimos a alojarnos al hotel Gran Vía, frente a la Telefónica. Era una decisión provisional, hasta que nos hubiéramos orientado y poder buscar pensiones adecuadas. La primera impresión que me produjo Madrid fue de normalidad alterada de vez en cuando por las alarmas antiaéreas y los bombardeos que llevaban a cabo los aviones enemigos y la artillería del 15,5. Pero a medida que anochecía, el aspecto ciudadano iba cambiando, hasta pasar a ser siniestro. Andaba escasa gente transitando y se oían intermitentes descargas de fusilería y armas cortas que causaban alarma. En aquel aspecto, la vida nocturna de Madrid era bastante distinta a la de Barcelona. Sin duda, en la ciudad condal también existía quinta columna, pero no se manifestaba tan audaz como en Madrid. Porque aquellos tiroteos que se oían, o su mayor parte, procedían de descargas que hacían los quintacolumnistas, repartidos por los tejados de la ciudad. O se sometía a aquella chusma fascistoide o la ciudad terminaría por caer en estado de honda tensión : un gobierno lo es cuanto más firmemente domina los problemas de orden en las ciudades. Bien era verdad que, desde el levantamiento de los militares, en Madrid el gobierno casi nunca había existido, con las sucesivas crisis por que pasó. Además, los facciosos no habían sido tan castigados como lo fueron en Barcelona, tanto por la revolución triunfante en toda Cataluña como por la enérgica actitud del Comité de Milicias. Por dichos motivos, la quinta columna estaba abusando de una situación indefinida, confusa y mediatizada, con sus legalidades jurídicas, policíacas y gubernamentales por un lado, y la demagogia extrema de las Juventudes Socialistas Unificadas, en las que predominaban los comunistas y que no respondía a la actitud correcta, prudente y aburguesada de sus hombres de gobierno, entre los cuales Vicente Uribe y Jesús Hernández aparentaban ser dos curitas, hablando siempre de legalidad republicana. Por contra, las Juventudes Socialistas Unificadas, al margen, parecía, del gobierno, acometían durante las noches purgas sangrientas, dejando que la acción del gobierno apareciese blandengue e incapaz de controlar las actividades nocturnas de los unos, con sus tiroteos desde los tejados, y de los otros con sus ajusticiamientos sumarios. ¡ Y aquél era el gobierno que pretendió exigir formalidad a los órganos de la revolución creados en Cataluña ! Me causó muy mala impresión lo que vi en las calles durante la noche y lo que oí en el Comité nacional después de acomodarme en el hotel. El ambiente que se respiraba era de duda y de incertidumbre. Hasta las excursiones nocturnas de los jóvenes socialistas unificados eran expresión de debilidad y de miedo. Porque una revolución es fuerte cuando aparece fuerte a la luz del día. Pero de noche ninguna acción revolucionaria da la medida del vigor de ningún gobierno. Al contrario, el gobierno aparece como muñeco de trapo en sus continuas declaraciones de paz y orden, mientras que por debajo dejaba que las partes irresponsables de sus partidos, las juventudes, llevasen a cabo lo que debieron haber sido juicios a la luz pública. Y tener orden, pero orden de verdad, durante las noches. Porque, detrás de aquel tinglado, se me antojaba lo fácil que después les sería a los socialistas y a los comunistas dar en el extranjero la impresión de que el vandalismo nocturno no era obra de elementos controlados por los partidos gubernamentales, sino realizado por los eternos enemigos del orden : los anarquistas. Por la mañana, Horacio nos había reunido a los cuatro ministros. Me gusta leer en la cara de las personas. La de Horacio, en aquel momento, era de lo más avinagrado. Seguramente sabía algo poco agradable. El Consejo de ministros, nos dijo, empezaría a las cuatro de la tarde, en el ministerio de la Guerra. Nos presentaría al jefe del Gobierno, Largo Caballero. Como solamente se trataría de la marcha de la guerra en el plano nacional y en el internacional, no eran menester instrucciones del Comité nacional. — Por lo demás, sois muy grandes y tenéis talla para poder desenvolveros ante cualquier situación. Nunca esperé escuchar tanta banalidad. Quise forzar la situación, para que las responsabilidades quedasen bien definidas : — Te ruego, compañero Horacio, que nos hagas depositarios de todo lo que sepas, declarable o no, sobre las interioridades de la formación del gobierno en el que hemos de representar a la Organización. En política, saber es tan importante como el mismo ser. Hemos de evitar ser cogidos por sorpresa en algo que haga referencia a la política local, nacional e internacional del gobierno. Horacio, como cogido in fraganti, contestó, rápido : — No hay nada de secreto en lo tratado para vuestra incorporación al gobierno. Aparte de que, al principio, Azaña opuso mucha resistencia a la entrada de Federica Montseny y de García Oliver, por considerarlos excesivamente anarquistas, poco compatibles con las funciones de gobierno. Esa situación fue superada, y todo es ya normal. Fuimos presentados por Horacio a Largo Caballero : ojos grises, escrutadores. Creo que quien más le intrigó fui yo, porque no dejaba de mirarme, ya de frente, ya de soslayo. Mi fisonomía no concordaba con las referencias que debía tener de mí. Seguramente esperaba encontrarse con una cara conocida de hace largo tiempo, la cara del « anarquista de Tarrasa » de que tanta mofa se hizo en los mentideros periodísticos. Todo lo contrario : yo mismo me enorgullecía de tener cara de bobalicón. Todavía no había salido Largo Caballero de su asombro ante mi aspecto atildado y mi cara de bobo, cuando ya me había dado cuenta de que él no era el zorro peligroso de que se hablaba, sino un viejo burócrata que había aprendido a asumir la dirección política y sindical a base de dejar que los otros se comprometiesen para inclinarse él definitivamente del lado del sector mayoritario. Todo en él daba la impresión de ser un buen padre de familia y un débil jefe de gobierno. ¿Cómo nos debía ver él a cada uno de nosotros? Juan Peiró tenía el tipo del obrerista campechano, inconfundible tanto dentro de la CNT como en la UGT, de cara redonda, propenso a ser agradable ; pero en sus ojos, de pupilas penetrantes, veíase al hombre esforzado, estudioso y francamente honrado. A Juan López, ¿ cómo lo vería, con su cara ascética y cambiante de zorro siempre alerta ? Por lo que se refiere a Federica Montseny, seguramente le chocaría su enorme corpachón, su cabellera bien peinada, su andar cansino, sus ojos centelleantes como dos cuentas negras detrás de gruesas lentes de miope. ¿ La vería realmente como era ? A Horacio, ya lo conocía. En él debía ver las maneras sobrias de los socialistas vascos o montañeses, duros como el pedernal. — Pues si los compañeros están preparados, podemos pasar a la sala donde esperan los demás ministros — dijo Largo Caballero, al par que se despedía de Horacio con el ¡ agur, agur ! tradicional de los vascos. Entramos a un salón donde sentados a una mesa se encontraban los demás miembros del gobierno. Nos fue presentando a todos : Indalecio Prieto, de Marina y Aire ; Alvarez del Vayo, de Estado ; Angel Galarza, de Gobernación ; Anastasio de Gracia de Trabajo ; Uribe, de Agricultura ; Hernández, de Instrucción pública ; Julio Just, de Obras públicas ; Carlos Esplá, de Propaganda ; Bernardo Giner de los Ríos, de Comunicaciones ; Juan Negrín, de Hacienda ; Jaime Aiguader, Manuel Irujo y José Giral, los tres ministros sin cartera. Saludos y apretones de manos. Todas las apariencias de que se nos tenía por bienvenidos. No dejaba de extrañarme tanta cordialidad. Para sentarse, existía un orden preestablecido. A mí me tocaba entre Prieto y Galarza. Pasamos, sin transición, al asunto único que tenía que someter a la consideración de todos el presidente del Consejo, quien, después de un breve informe sobre la situación nacional e internacional, enfocó el problema de la caótica situación de Madrid, cercado por casi todos los lados, con el desorden en el interior y el enemigo en los aledaños. Todo ello era causa de que el gobierno se encontrase en la imposibilidad de organizar la lucha en España. Por lo que proponía al gobierno abandonar Madrid y trasladarse a Valencia. Todo el secreto de la incorporación de la CNT estaba ahí, expuesto bien a las claras sin hacer mención de ello. Se nos quería para cubrir con nuestro nombre el miedo de aquellos señores, de aquellos queridos colegas de gobierno. Poco se imaginaba — o sí, se lo imaginaba, y hasta lo sabía — Horacio Prieto cuán pronto habíamos sabido a qué quedaba reducido su empeño en separarme de la secretaría general de Defensa de Cataluña y mi insistencia en que nos descubriese lo que encubría la incorporación de la CNT a las responsabilidades de la gobernación del país. Vi la cara que ponían mis compañeros de la CNT. Parecía como si estuviesen ante una grieta por la que, al fondo, se viese el infierno. Reflexioné rápidamente. Comprendía que Largo Caballero tenía razón. El día anterior me lo había pasado indagando hasta altas horas de la noche sobre la situación de los frentes de Madrid, donde se me decía que predominaba una situación caótica, mitad de derrota, mitad de espíritu heroico, por lo que se libraban combates extremadamente encarnizados, con grandes cantidades de bajas por ambas partes. En el interior de la ciudad, las noches eran pavorosas, no sabiéndose de quién era la ciudad, si de la quinta columna que disparaba sin cesar desde tejados y azoteas o de las fuerzas republicanas, expeditivas, ciertamente, y eficaces en los puestos de control de esquinas, plazas, parques y entradas y salidas de la ciudad. En tal situación era comprensible que, cualquiera que fuese el jefe del gobierno, su aspiración fuese abandonar Madrid cuanto antes, para poder organizar sus funciones donde no existiese tanto caos. Ahora veía yo claramente el porqué de la prisa en incorporar a la CNT al gobierno, y muy especialmente el interés en que yo fuese del equipo gubernamental, sustrayéndome de la secretaría general de Defensa de Cataluña, que venía siendo, más o menos camuflado, el Comité de Milicias de siempre, y desde el que, ante la huida de Madrid del gobierno, con el aparato de fuerzas en nuestro poder seguramente que Cataluña se hubiese alzado, desconociendo la autoridad de un gobierno huido del centro tradicional e histórico de su deber. ¡Cándido Horacio Prieto! ¡Cómo cayó en las redes de los que querían abandonar Madrid y no se atrevían por miedo a la reacción de los anarcosindicalistas! Ahora todo estaba claro. Primero, el oro. Evacuar el oro adonde solamente ellos pudiesen alcanzarlo. Después, evacuar Madrid, con honor, cubriendo ese honor con el de los anarcosindicalistas. Luego, ya podrían tirarnos por la borda, porque ya no nos necesitarían. Nuestra caída era de espanto. ¡ Todo sacrificado por nada ! ¡ Ahora podría ir Federica Montseny a recibir la bendición por haber sabido ser ministro y anarquista ! Le había dicho su padre : « Antes que ser gobernado, gobernar. Antes que tener que someterse a la dictadura de los otros, aplicar la dictadura ». Interpretación en grande de la historia, ciertamente. Pero la mascarada que nos habían preparado ¡qué baja maniobra! La proposición de abandonar Madrid fue rápida y unánimemente aceptada por todos los ministros presentes. Todos menos los de la CNT. Había llegado el momento de que se oyera la voz de los anarcosindicalistas. Como sea que el conjunto de ministros expusiera su personal punto de vista y ninguno dijera que hablaba en nombre de su partido, me pareció peligroso que nosotros cuatro también hablásemos a título personal, por temor a que no reflejáramos el pensamiento colectivo. Ellos, seguramente, estaban de acuerdo antes con lo que habían aprobado. Posiblemente no era la primera vez que tal problema se presentaba en Consejo de ministros, como propuesta o como sugerencia a meditar. Pedí la palabra y rogué a todos excusar lo que podría ser interpretado como una alteración del procedimiento que se debía seguir en los Consejos de ministros. Expuse que los ministros de la CNT no poseíamos antecedentes del problema y que por dicho motivo difícilmente nos sería posible, expresándonos de manera personal, interpretar el criterio general de la Organización, la cual debía tenerlo ciertamente. Y a fin de poder cambiar impresiones entre nosotros cuatro sobre tan importante y delicado problema, rogaba al Consejo de ministros aplazar por unos instantes una decisión definitiva. Largo Caballero dijo que accedía a suspender por unos momentos el Consejo. Nos levantamos y fuimos introducidos en un pequeño salón, quedándonos solos. Para empezar, les dije a mis tres compañeros que en el asunto planteado no debería intervenir yo, pues constaba a todos que no acepté ser mínistro. Les expuse que había advertido a Horacio de que suponía una maniobra el que se nos admitiese en el gobierno, por lo cual la CNT daba más de lo que recibía. En concreto, les expresé que no deberíamos aceptar la salida del gobierno para Valencia. Y no porque tal medida la considerase desatinada, antes al contrario. Lo desacertado era haber escogido el momento de asistir nosotros al primer Consejo de ministros, y no haberlo hecho diez días antes de nuestra entrada en el gobierno. Ahora bien — proseguí —, puesto que los demás ministros ya habían votado a favor, debíamos tener presente que nuestro voto en contra podría entrañar nuestra salida del gobierno. De lo que yo me alegraría mucho. Los demás compañeros de equipo compartieron mi opinión, encargándome de ser el exponente de todos. Dispuestos a afrontar la situación, penetramos en el salón donde se encontraban los demás miembros del gobierno. Nos sentamos y expuse nuestra opinión. — No podemos decir que no sea excelente la propuesta de abandonar Madrid el gobierno. Las razones que ha expuesto el presidente del Consejo las encontramos acertadas. Pero consideramos que diez días antes y sin nuestra tan reciente presencia en el gobierno, habría sido el momento adecuado. O haberlo tratado el gobierno en el día de hoy, pero antes de entrar la CNT a ocupar sus puestos. Por ello manifiesto que mi voto y el de los otros compañeros es en contra. Dijo Largo Caballero : — Entonces, compañeros del Consejo, no habiendo más asuntos a tratar, se levanta esta reunión. Y hasta la próxima extraordinaria, de la que se les avisará. ¿Habíamos superado la situación y evitado que el gobierno entrara en crisis? Dije a mis compañeros que, en mi opinión, volverían a la carga, posiblemente con más decisión. Y que para entonces necesitábamos el acuerdo del Comité nacional, el cual — opinaba yo — debía estar enterado desde hacía días, posiblemente desde antes de concertar nuestra entrada en el gobierno, y sabía de antemano lo que se pensaba hacer. Fuimos al Comité nacional. Horacio nos recibió en su pequeña oficina. A solas él, Manuel Amil y nosotros, le expusimos la situación planteada, nuestro voto en contra y la suspensión del Consejo de ministros. Horacio no expresó ningún disgusto ni indignación por el hecho de que se plantease tal asunto precisamente como asunto único en el primer Consejo de ministros a que asistíamos. La situación era clara. Si el Comité nacional se sentía defraudado, Horacio debió haber salido disparado a visitar a Largo Caballero y presentarle la dimisión de los cuatro ministros de la CNT. Ese era el camino si quería jugar fuerte. No lo hizo, limitándose a torcer la boca, en gesto indefinible. Para mí, aquella reacción de Horacio era prueba evidente de que él ya conocía el problema. Y, lo que era peor, que lo conocía a la hora de gestionar la entrada de la CNT al gobierno, dejándonos a los cuatro desapercibidos y en la boca de aquellos tiburones parlamentarios. Sin entonación, con una voz opaca que nos esforzamos por oír, Horacio nos dijo : — Si sois llamados de nuevo y se plantea el mismo asunto, negaos a aceptarlo hasta donde sea posible. — Pero eso que nos indicas no es lo adecuado en una reunión de gobierno, donde no se discute en tira y afloja como en las tabernas. Cuando se pronuncia el no, sólo queda una salida : la retirada y la crisis consiguiente de gobierno. El Comité nacional nos debe decir si hace del asunto del abandono de Madrid — asunto al que estamos abocados — una cuestión de gabinete — dije yo. — No, de ninguna manera — repuso Horacio. Aguantáis todo lo posible, y si vuestra actitud debe provocar la crisis, entonces ceded. — Muy bien — dije. A vuestra actitud me atendré. Y creo que nos atendremos todos. A no ser que la crisis surja ahora mismo. Federica, López y Peiró manifestaron estar de acuerdo con mi actitud. — Entonces, puestos ya de acuerdo, te ruego, Horacio, que me indiques un buen abogado de Madrid, de la CNT o simpatizante, para nombrarlo subsecretario del ministerio. Horacio, después de cambiar impresiones con Amil, también del Comité nacional, me dijo : — Puedes nombrar al abogado Sánchez Roca, republicano federal : capaz e inteligente y que es simpatizante nuestro. Esta tarde te lo enviamos. ¿ A quien de vosotros me dirijo para cualquier cosa de emergencia ? Nos consultamos los cuatro y convinimos en que a Juan López, a quien dimos nota de dónde nos hospedábamos. Antes de marcharnos, Amil me dijo que el compañero Eduardo Val, del Comité de Defensa de la CNT, deseaba saludarme, pero que no podía pasar por el ministerio, por lo que me rogaba que fuera yo al Comité de Defensa. Conocía bien a Eduardo Val, de cuando estuve de redactor de CNT. Se trataba de un buen compañero. Era ágil de inteligencia y resultó ser un buen organizador. Sobre su persona recaía el peso del Comité de Defensa, con una actuación algo parecida a la del Comité de Milicias de Barcelona de los primeros momentos. Con la diferencia de que, en el Comité de Defensa, Val se encargaba solamente en el orden combativo de asuntos de la CNT. Alto y afectuoso, Val se levantó de la silla en que estaba y vino a saludarme con un abrazo. — ¡ Qué bueno que estás por aquí ! Estoy haciendo algo parecido, pero no con igual suerte, a lo que hicisteis en Barcelona al frente del Comité de Milicias. Tenemos al enemigo a las puertas. Dime, si necesitase tu colaboración en algún asunto, ¿ puedo acudir a ti ? — Sin duda, Val. En el ministerio o en el hotel Gran Vía. — Yo también deseo ayudarte a ti. Quiero apercibirte de los manejos que se trae la comunista Margarita Nelken, que al frente de un comité de Juventudes Socialistas Unificadas es quien asume las funciones ejecutivas de la justicia en Madrid. Opera camuflada en una pequeña oficina del Ministerio de la Guerra. Ten cuidado con los que la rodean ; la mayor parte son jóvenes guardias de Asalto vestidos de paisano. — Gracias por la información. Puedes tener la seguridad de que si soy el ministro de Justicia, solamente yo dirigiré la justicia en Madrid. Yo y la Organización. Ya sabes, si en algo me necesitas, avísame. Ahora me voy al ministerio para que me haga entrega Ruiz Funes, mi antecesor. Llegué al ministerio, en la calle Alta de San Bernardo. Ruiz Funes, catedrático de Derecho penal y ministro saliente, me estaba esperando. Muy amable, atildado, casi calvo, de cabeza redonda y talla mediana. Me agarró del brazo : — Si a usted le parece bien, suprimiremos las ceremonias de traspaso. Le doy posesión de todo, que es este caserón y sus múltiples dependencias y cuanto en ellas está contenido, deseándole mucha suerte y acierto, que no dudo tendrá usted. ¿ Desea algo preciso de mí ? — No. Le quedo agradecido. Hecho el traspaso así, con tanta sencillez, no parece el traspaso de un ministerio, sino el de un comité de sindicato, con lo que me siento más a mis anchas. Pero está bien de esta manera. Ya me las arreglaré. — Entonces, y puesto que lo tengo todo preparado para irme a Cartagena, sólo me resta rogarle me permita llevarme el auto del ministerio y le prometo devolvérselo tan pronto llegue allá. — De acuerdo. Lléveselo y devuélvalo en llegando a Cartagena. Nos estrechamos la mano y se fue, quedándome solo en el gran salón‑despacho del ministerio. No sabiendo qué hacer y viendo encima de la mesa un dispositivo con ocho botones de timbres, opté por hacerlos sonar todos a la vez, con la buena suerte de que se presentasen todos los jefes de negociados del ministerio, hasta el jefe de ujieres. Agradecí a todos su presencia y les dije que al día siguiente tendría el gusto de platicar con cada uno de ellos, para ir enterándome de los asuntos de sus departamentos. Se retiraron solemnemente con un « A sus órdenes, señor ministro » que me cogió bastante desprevenido ; por un momento pensé en volver la cabeza por si el ministro estuviera detrás de mí. El secretario particular y la escolta se habían instalado, como en el Comité de Milicias. Teniéndolos en la salita de antes de llegar a mí, no tenía nada que temer. Con ellos estaban en aquel momento Nebot y Carnero. Ambos eran fiel expresión de la solidaridad de los hombres de acción. Con la ventaja de que, con Nebot, me enteraría pronto de todo cuanto aconteciese en Madrid, pues poseía maravillosas dotes de conversador. Con tal de conversar y saber lo que ocurría o pudiese ocurrir, era capaz de agarrar en una esquina al sereno del barrio y estar de plática con él hasta bien amanecido el día. El secretario se acercó para decirme que acababa de llegar un abogado llamado Mariano Sánchez Roca, colaborador del periódico La Tierra de Madrid, quien decía venir enviado por el Comité nacional. Apareció Sánchez Roca, alto, de aspecto distinguido y cara inteligente. — ¡ Hola, Juan ! Mucho gusto en conocerte, me dijo. — Igual te digo, Mariano. El Comité nacional te habrá dicho para lo que te necesito, ¿ verdad ? — Sí, me recomiendan para ser tu subsecretario. — ¿ Aceptas ? — Sí,acepto. ¿ Qué debo hacer ? — Pues escribe tu nombramiento, aceptando antes la dimisión de tu antecesor, cuyo nombre ignoro. Salió hacia las oficinas del ministerio, como quien anda por su casa. Me pasaron recado de que Mariano Gómez, presidente del Tribunal Supremo, y el compañero Melchor Rodríguez, que lo acompañaba, querían saludarme. Entraron. Conocía yo superficialmente a Melchor Rodríguez. Era un compañero muy efusivo, andaluz bastante inteligente y dicharachero. Don Mariano Gómez, alto, tieso, correctamente vestido, de hablar meloso, se me presentó. — Para servir a usted. Soy Mariano Gómez, presidente interino del Tribunal Supremo, que deberá usted prover definitivamente ya que la interinidad va siendo bastante vieja. — Mucho gusto en conocerle. Veré cómo está el asunto de esa interinidad y, tan pronto sea posible, se procederá. Gracias por haberme visitado. Entonces, inesperadamente, Melchor Rodríguez me dijo : — Pues yo quiero saludarte en calidad de compañero tuyo y también como director general de Prisiones. — ¿ Dices... Melchor ? — Bueno, como director general de Prisiones, si no tienes inconveniente. Es que, como puedes suponer, por mi condición de anarquista humanista, condición que tú también tienes, he pensado que dicho cargo sería muy adecuado a mis sentimientos. — El caso es, compañero Melchor Rodríguez, que hasta este momento no he decidido nada sobre quién ocupará el puesto de director general de Prisiones. Y no sé cuándo tendré tiempo libre para estudiar el asunto. De momento, el ministerio tiene en el puesto a la señora Campoamor, que acaba de saludarme. Como mejor pude, despedí a aquella extraña pareja. Melchor Rodríguez, que ya se había autonombrado director general de Prisiones, para lo que no traía aval de su Comité regional ni del Comité nacional. Mariano Gómez, que se me anticipaba en busca de una declaración mía en su favor para presidente efectivo del Supremo. Como no me gustaban para los puestos que ambicionaban, pensé resolver siquiera uno de inmediato. Llamé a los compañeros Carnero y Nebot. Cuando estuvieron en mi presencia, les dije : — Voy a necesitar un director general de Prisiones y un inspector general del mismo departamento. Decidme si aceptáis el cargo, tú, Antonio Carnero, de director general, y tú, Jaime Nebot, de inspector general. — Acepto. — Acepto. — Pues pasad a las oficinas y buscad a Sánchez Roca, que está escribiendo su nombramiento de subsecretario, y decidle de mi parte que extienda también vuestros nombramientos, para que pueda llevarlos a la aprobación del Consejo de ministros próximo. Llamé al secretario particular. Cuando estuvo conmigo, le dije que debía arreglar con el subsecretario Sánchez Roca la legalización de su cargo de secretario particular, además de ver la manera de que los compañeros Aranda y « El Viejito » quedasen incorporados a mi acompañamiento, con los sueldos correspondientes.
Seguir adelante fue siempre uno de mis lemas favoritos. Y jamás me arrepentí de ser un adelantado. Volver atrás ya no era posible. Al cabo, yo debía ser yo, y no, una imitación de otro cualquiera, por mucha nombradía que tuviese, aunque se tratase, por ejemplo, de León Trotski, con sus continuos problemas de oposición a Stalin. No podía hacer tampoco el doble del Satán de la Rebelión de los ángeles, de Anatole France, en su escéptico papel de dios vencido, que no quiere aceptar una conspiración de ángeles caídos para sustituir a Dios en las alturas. Nada de literatura ni de historia. Yo, socrático hombre del Mediterráneo, sería yo mismo. Demostraría que ser anarquista y ministro no era incompatible, y que lo que sí resultaba incompatible era ser anarquista y burgués explotador de obreros, como había algunos por el mundo, rivalizando con muchos sedicentes comunistas. Sin dejar de ser anarcosindicalista convencido, partidario del comunismo libertario a realizar por la toma del poder por los sindicatos obreros, o por cualquier otro procedimiento, trataría de dejar constancia firme en la historia de las revoluciones del paso de un anarcosindicalista por un ministerio de Justicia, comúnmente tenido por ministerio de cadenas, rejas y prisiones, pero sin olvidar que también lo es de las fuentes del Derecho y que, a fin de cuentas, todas las altas concepciones del socialismo, sean anarquistas o marxistas, solamente pueden afirmarse por la vía del Derecho. Aparecerían, ciertamente, muchos discrepantes, tanto anarquistas como marxistas. Pero ya iba siendo hora de que la beatería anarquista y marxista se fuese dando cuenta de que el porvenir marchaba hacia una revisión de las formas viejas de opinar y de que la aparición de fuertes corrientes de opinión de anarquistas sin Bakunin y de marxistas sin Marx era inevitable. Para realizar una obra que dejase profunda huella era menester que, efectivamente, fuese yo el ministro, sin dejarme mediatizar ni intimidar por presiones o complejos. Porque en el gobierno a que pertenecía, ni todas las fuerzas y personas que lo integraban eran revolucionarias, ni admitían que fuesen aquéllos los momentos de llevar adelante una revolución social en lo económico y humana en lo político. Se encuadraban casi todos en la consigna comunista de « primero ganar la guerra », dejando para después la realización de los avances y renovaciones sociales, valiéndose del refrán que en todas partes utilizaron siempre los políticos guerreristas de « para después de haber terminado la guerra ». Lo que nunca se cumplía, porque a todo fin de contienda le sigue un cambio de dirigentes, por aquello de « quien sirve en la guerra estorba en tiempos de paz ». No. Dentro de lo que cupiera, llevaría a cabo lo que no se había hecho hasta entonces. Pero debería empezar por ser yo efectivamente quien dirigiese la justicia. Y no permitir que al margen de nuestra Organización se aplicase por las noches una justicia expeditiva, realizada en la mayor impunidad por quienes, durante el día, ante España y la opinión internacional, aparentaban ser la misma Inocencia, dejando que fuese corriendo el chisme de « pues siendo anarquista el ministro de Justicia, nada tiene de sorprendente que sean sus corchetes privados los que en sus andanzas nocturnas dejen insepultos los cuerpos ajusticiados ». Serían las cinco de la tarde del 6 de noviembre. Mi entrada en el Ministerio de la Guerra, con los hombres de la escolta, causó algo de sensación. Más como anarquista catalán que como ministro, supongo. No tuve que andar mucho ni hacer preguntas. Alguien, con el tipo de guardia de Asalto joven, sin uniforme pero vestido de azul marino, se me aproximó. — ¿ Eres García Oliver ? — Sí, soy yo. — Sígueme ; Margarita Nelken te espera. Por conducto de Angel Galarza, ministro de Gobernación, había hecho pasar recado a la Nelken de que quería hablar con ella. Galarza le transmitió el recado y me comunicó el sitio y la hora del encuentro. Ignoro si a Galarza le llamaría la atención mi interés por la Nelken, pero es de suponer que sí, porque era uno de los socialistas más inteligentes y listos que conocí en aquel tiempo, y supongo que no ignoraba lo que se murmuraba sobre las actividades a que se dedicaba la Nelken y los fugaces resplandores que dejaban a su paso los núcleos de jóvenes socialistas unificados que ella acaudillaba, no se sabía si por mandato de los jefes comunistas o porque ella quisiese imitar a los socialistas revolucionarios de izquierda de la revolución rusa, entre los que tanta preponderancia tuvieron en el pasado las mujeres de acción, como la Peroskaia y la Spiridinova. Un pasillo y luego otro, en pos del aparente guardia de Asalto vestido de azul marino. De pronto, se detuvo, hizo una llamada como de conspirador del siglo XIX con los nudillos en una puertecita que apenas se distinguía, y pasamos él y yo — la escolta se quedó fuera a una señal mía — a una habitación pequeña, débilmente iluminada por un foco de luz eléctrica. Una mesita y, sentadá, con un cutis de cirio, cabellos rubios bien peinados y mirando a través de unos gruesos cristales para miope, con armadura de oro, una mujer francamente agradable. Era la Nelken. Se levantó y con un coqueteo instintivo se me aproximó hasta rozarme. — Con que tú eres el famoso hombre de acción. No sabes cuánto deseé siempre conocerte y conocer también a tus compañeros Ascaso y Durruti. — Menos mal — le dije — que reconoces mi categoría, y no la de pistolero, como muchos me señalan. Por mi parte, después de enterarme de lo que estás haciendo, también me place hacerme una idea de cómo debieron ser los socialistas revolucionarios rusos después de soltar sus crisálidas de nihilistas. —¡ Ah !, exclamó la Nelken, ya veo que conoces los matices en que se descomponen las escuelas socialistas. Galarza me dijo por teléfono que tenías mucho interés en hablarme. Te ruego que no me ofrezcas ningún cargo en tu ministerio. — Me alegra mucho que de manera tan inteligente hayas llegado al final de cuanto tenía que hablarte. No te propondré ningún cargo. Solamente vengo a rogarte que te apartes de todo cuanto parezca ejercicio de la justicia. De hoy en adelante, correré con las responsabilidades. Pero solamente con las mías. — ¿ Y si no me quisiese dar por enterada ? — Entonces pediría en pleno Consejo de ministros que te diesen el cargo de ministro de Justicia y a mí el de Guerra, que seguramente encajarían mejor en nuestras personas. — Sé que eres capaz de hacerlo. Te aseguro que no será necesario. Haré todo lo posible por ayudarte en tu difícil empresa de echarle agua a las llamas de la revolución. — Tú, intelectual de valía, militante socialista de hace muchos años, ¿ crees que con vuestras andanzas nocturnas estáis haciendo la revolución ? — Si esto no es revolución social, ¿ quieres decirme qué es revolución social ? — Revolución social es rotura de todos los frenos que sujetan al hombre a las viejas estructuras sociales. Es cambiar el modo de vivir, transformando la economía individual burguesa en colectiva socialista. Y aquí, en Madrid, en este orden de cosas, todo está como antes de empezar la revolución en Cataluña. Cuando todo esto termine y haya triunfado la consigna del Partido Comunista de « primero ganar la guerra », los antiguos dueños volverán a ser los dueños. Debisteis hacer como en Cataluña : primero hacer socialismo y colectivismo, para después legalizar lo hecho. Así deben proceder los revolucionarios, haciendo abstracción de la persona física del burgués, porque la revolución debe hacerse sobre los sistemas, y no eliminando a las personas. — Veo que eres el terrible razonador de que me hablaron. Solamente así se explica que pudieseis vencer a Angel Pestaña. El pobre, ahora en su papel de político sindicalista, ha perdido mucho. Su juicio sobre Angel Pestaña, el otrora líder de la CNT desde la muerte de Seguí, me hizo pensar en el paralelo de Margarita Nelken y « La Pasionaria ». A Pestaña, el liderazgo máximo de la CNT le llegó por la vía fácil de la orfandad en que se quedó la militancia confederal cuando el Noi del Sucre fue asesinado. Margarita Nelken, intelectual bien preparada, era única en el campo marxista. Pero la rebelión de octubre de 1934 puso en primer plano a otra mujer, de origen y vida proletarios: « La Pasionaria ». Así como el liderismo de Angel Pestaña en una organización revolucionaria y en perpetua conmoción le vino ancho desde el principio, por lo que terminaría en una tácita renuncia, de la misma manera la Nelken, lideresa máxima sin impulso popular, habría de dejar sin resistencia el paso libre a la ascensión de « La Pasionaria ». Pero, conocedora del nihilismo, del socialismo revolucionario de izquierda rusos y del espartaquismo alemán, hizo un esfuerzo por parecerse a Spiridinova, Peroskaia y Luxemburgo, equivocando el camino al tomar el de la acción terrorista irresponsable, que empezó, según me contara ella misma, en la matanza de los derechistas detenidos en la cárcel Modelo de Madrid y prosiguió en aquellas noches de espanto, luchando a su manera contra el bandolerismo sangriento de la quinta columna. Siempre me dieron pena los vencidos. Lo sentí por Margarita Nelken. Sus andanzas no las revelaría, hasta el momento de escribir estas memorizaciones, 37 años después. Alguien avisó al enemigo de que me había hecho cargo del Ministerio de Justicia. La zona en que estaba la calle Alta de San Bernardo no había sido afectada todavía por los bombardeos de artillería. En mi primera tarde de permanencia en Madrid, cayeron cuatro proyectiles en las casas cercanas al ministerio. Debían ser obuses del 15,5 por la distancia recorrida y por los daños causados. Fue un saludo de bienvenida. La mañana del 7 de noviembre avisaron de la secretaría de la Presidencia que se celebraría Consejo de ministros, por la tarde, con el ruego, del jefe de gobierno, de no faltar. Al rato, me llamó Juan López diciéndome lo mismo y que había hablado con Horacio, quien le confirmó que debíamos aguantar todo lo posible si planteaban nuevamente la propuesta de salida de Madrid del gobierno. — ¿ Pero te dijo que nos autorizaba a plantear la crisis, de ser necesario, para impedir la salida de Madrid ? — No autoriza el planteamiento de la crisis. Solamente pide que mantengamos la oposición tanto como sea posible. — Horacio se hace el loco o el vivo. De sobra debe saber que nuestra entrada en el gobierno fue facilitada por la necesidad que tenían los demás partidos de incorporarnos para hacer menos peligrosa esa salida que, sin nosotros, hubiera parecido una huida vergonzosa. No me gusta este asunto. Debes ponerte de acuerdo con Peiró y Federica para alargar lo posible el debate. Yo, que entré forzado en el cargo, por menos de un quidam puedo dejarlo. Os ayudaré, pero sin entusiasmo. La reunión del Consejo de ministros fue puntual. A las cuatro de la tarde, también en el Ministerio de la Guerra. Con asistencia de todos los ministros. Largo Caballero abrió la sesión. Era la segunda a que yo asistía, y esperaba conocer las emociones de un Consejo de ministros : cómo se pedía la palabra, cómo se hablaba, cómo eran llevados los debates. En realidad, todo fue como yo le explicara a un periodista que por la mañana vino a entrevistarme : — ¿ Qué impresión le produce ser ministro ? — Pues la misma que pertenecer a un Comité, cosa que he estado haciendo desde que tenía 17 años. En efecto : como un Comité. — Asunto de urgencia a debatir, dijo Largo Caballero, es la conveniencia de abandonar Madrid esta misma noche. Proponía dejar una Junta de gobierno de la ciudad, bajo la presidencia del general Miaja e integrada por representantes de todos los sectores que componían el gobierno. Su proposición fue rápidamente aceptada por todos los ministros, excepto los de la CNT. Primero la Federica, después Peiró y finalmente López se pronunciaron contra el abandono de Madrid. Largo Caballero, acostumbrado también a la vida de los Comités, aguantaba impasible las objeciones de los tres ministros de la CNT. Cuando me tocó el turno, pedí una suspensión del Consejo, con tiempo suficiente para que pudiésemos deliberar por separado. Largo Caballero sacó un relojito, cuya carátula se escondía a voluntad, vio la hora y nos dijo : — Suspendo por media hora el Consejo. Les ruego que al reanudar la sesión nos traigan una resolución definitiva. Nos reunimos aparte. Encargamos a López buscar un teléfono y comunicarse con Horacio. Regresó diciendo que no había logrado la comunicación. ¿ Qué hacer ? Los tres me miraban, esperando que yo resolviese. — Es la crisis — les dije —, y no estamos autorizados a promoverla. Tengo la impresión de que todos los demás ministros ya tienen preparada la huida. Nosotros también tendremos que huir y abandonar la ciudad, como ellos. Mi opinión es que debemos aceptar la responsabilidad de convenir con ellos la salida del gobierno. Las horas que van a transcurrir son para ser afrontadas por los luchadores en armas, no para que la ciudad sea defendida por cuatro ex ministros de la CNT. Peró decidid vosotros si otra cosa opináis. La primera en hablar fue la Federica : — Estoy totalmente de acuerdo contigo. Después Peiró : — Y yo también. Juan López : — También yo. Por ellos fui encargado de hablar en el Consejo. Cuando nos hubimos sentado todos, declaré : — Nosotros seguimos opinando que nunca debió ser éste el momento escogido para que el gobierno de la República abandone Madrid. Pero, visto que estamos en minoría, nos sumamos a la totalidad de votos emitidos en favor de abandonar Madrid. En los ojos de Largo Caballero se vio el brillar de sus grises pupilas. Dirigiéndose primero a mí y después a los otros tres ministros confederales, que estaban en la parte opuesta de la larga mesa, nos dijo : — Gracias, muchas gracias por la colaboración que nos prestan. Y dirigiéndose a todos : — Señora y señores : de serles posible deben abandonar Madrid esta noche. Yo dejaré en sobre cerrado para el general Miaja su nombramiento de presidente de la Junta de Defensa de Madrid, con el encargo de reunir a todas las organizaciones y partidos antifascistas y solicitar su colaboración. Nos fuimos despidiendo con un « ¡ Hasta Valencia ! » Nadie estaba sonriente. Hubiérase dicho qué cerca, muy cerca, un moribundo estaba agonizando. Al andar, se procuraba no pisar fuerte, seguramente por miedo a despertar a las piedras y a que nos gritasen : « ¡ Cobardes ! » A nosotros, ministros de la CNT, casi recién llegados a Madrid, todo nos caía de sorpresa. Es posible que la situación fuese muy grave, pero no acabábamos de comprender por qué. Nos faltaba vivir el medio, ya fuese ciudadano o el de los compañeros. Y nada de ello habíamos conseguido en aquel continuo ir y venir del hotel al ministerio, para poder darnos una idea de nuestras responsabilidades. Del ministerio al restaurante para desayuno, comida y cena y las dos tardes de Consejo de ministros. Nos asemejábamos bastante a los muñecos del « Pim, pam, pum ». Los peores pelotazos vendrían después, al conocerse en Madrid el acuerdo de abandonar la ciudad el gobierno. Los pelotazos más fuertes vendrían de nuestros propios compañeros, en una estallante contradicción ideológica, por dar a entender que sin gobierno estaban completamente perdidos. Tuvimos un breve cambio de impresiones a la salida del Consejo. Les dije a mis compañeros : — Lo que está ocurriendo no me gusta ni pizca. Este Consejo parecía un velorio. Aquí va a pasar algo desagradable. Creo que todos esos compañeros de gabinete están esperando que la ciudad sea tomada de un momento a otro. Opino que tú, López, deberías ponerte al habla con Horacio y darle cuenta del acuerdo recaído, y que antes de una hora, si lo cree necesario, nos convoque a reunión. Yo estaré en el ministerio para entonces. De acuerdo los cuatro, nos despedimos con un « ¡ Hasta luego, o buen viaje ! » Llegué al ministerio. A aquella hora, las seis de la tarde, se veían pocos transeúntes. Todos llevaban una prisa extraña. A lo mejor, no todos regresaban a sus hogares ; irían a su partido, a su sindicato y, por qué no, a reunirse con su quinta columna. ¿ No iba a ser aquélla la noche de los cuchillos largos ? La expectación se había aposentado también en el ministerio. La mayor parte de los funcionarios ya habían partido. Me esperaban Sánchez Roca, Carnero y Nebot. Pero con visibles muestras de inquietud. — ¿ Ocurre algo ?, fue la pregunta que me hizo Sánchez Roca. — Sí, ocurre algo. Os lo diré con toda reserva : el gobierno abandona Madrid desde este momento. Silenciosamente, preparadlo todo, que si no me llaman del Comité nacional, partiremos a las ocho de la noche. — Si me permites, iré a buscar a mi mujer y a mi hija — me rogó Sánchez Roca. — A la mujer y a la hija, sí. Pero nada de equipajes. Todos salieron a prepararse y a preparar los automóviles. Me quedé solo. Fumaba el segundo cigarrillo cuando sonó el teléfono. Pensé que sería Horacio, convocando reunión de ministros. No era él. Una voz extraña me estaba diciendo : — Soy Rosenberg, el embajador soviético. Acabo de hablar a su Comité nacional, pensando que estaría usted. El camarada Horacio Prieto me confirmó que salían ustedes esta noche y que usted debía encontrarse en el ministerio. Dígame, compañero : ¿ podría visitarle ahora, con unos amigos ? Se trata de algo extremadamente importante. ¿ Qué me dice ? — Bien, muy bien. Le espero, y me será grato conocerle. Llamé al secretario. Le expliqué que iba a venir el embajador soviético, acompañado de otras personas, dentro de un momento, y que solamente dejase entrar a él y a sus acompañantes. No estaría visible para nadie más, excepto Horacio y los compañeros ministros, si se presentaban. ¿ Cuánto tiempo transcurrió ? Como un cuarto de hora. Llegaron : comandante Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor del frente de Madrid. Fue él quien me presentó a los demás : Rosenberg, pálido, algo encorvado, con aspecto de oficinista. Stein, general soviético, alto y delgado, de tipo alemán, que no debía pasar de los 45 años, fumando una pequeña pipa recta. Otro general soviético, de nombre raro, de más de 50 años, cabello cano, cuerpo y fisonomía muy compactos. Orlov y Petrov, que más adelante supe que eran jefes de la GPU. Habló Rosenberg : — Le intriga el motivo de nuestra visita, ¿ verdad ? Es sencillo : Estos amigos que me acompañan han creído que el enemigo tomará esta noche la ciudad. Es algo que está en el ambiente. Algo que se respira. Pero tanto el comandante Rojo como los dos generales soviéticos, expertos en asuntos de guerra, no pueden explicar cómo ni de qué manera tiene preparada el enemigo la toma de la ciudad. Suponiendo que sea en base a la quinta columna, se están repartiendo grupos armados nuestros en los sitios más estratégicos. Pero los amigos que me acompañan dudan de que sea con la quinta columna solamente con lo que piensen tomar Madrid. Por eso estamos aquí, para que nos ayude usted a descifrar la incógnita. — ¿ Yo ? ¿ Que les ayude yo ? Si no sé nada de Madrid. Si se tratase de Barcelona, posiblemente podría opinar. — De eso se trata precisamente. Los amigos que están conmigo dicen que, habiendo estudiado detenidamente la derrota que sufrieron los militares en Barcelona, los movimientos que efectuaron ellos y los contramovimientos llevados a cabo por los anarcosindicalistas, deducen que ahora debería saber usted cómo derrotar a esos mismos militares, esta vez en Madrid y en circunstancias parecidas. Miré a Rojo y a los soviéticos. Ellos me contemplaban atentamente, muy serios. Pregunté a Rosenberg : — ¿ Usted qué cree ? — Ellos y yo estamos convencidos. Dicen que usted es un maestro en el arte de tomar una ciudad. Que es algo que todavía no se enseña en las academias militares. Me dirigí a Vicente Rojo : — ¿ Tiene usted, comandante, el plano de operaciones de toda la ciudad ? Me lo mostró, lleno de flechas y señales. — Dígame, comandante Rojo : ¿ dónde desembocan las alcantarillas ? Marcó con un dedo una línea algo quebrada, que correspondía al plano, diciendo : — Aquí desaguan, en el Manzanares. — Y ese sector, ¿ a quién pertenece ? — Precisamente a ellos. — Pues teniendo ellos las bocas de desagüe de las alcantarillas, y siendo éstas en Madrid, supongo, como calles, pueden tomar Madrid en menos de una hora. En las calles hay tapas de hierro colado a las que se asciende por escaleras de hierro empotradas en las paredes. — Sí, exclamaron todos. A lo mejor ya están debajo de nosotros. — No lo creo. Esa es una clase de operación para ser realizada de madrugada, cuando todo el mundo duerma. Han estado hablando de que su quinta columna era su caballo de Troya para despistar. No utilizarán la quinta columna, sino ejércitos preparados y disciplinados. — ¿ Hay manera de impedirlo ? — preguntaron los generales soviéticos. — Sí — contesté —. Aún es tiempo de impedirlo. ¿ Poseen buenas secciones de ametralladoras ? — Sí, las tenemos — replicó Rojo. — Pues presten atención : A cada cien metros de boca de alcantarilla que da al Manzanares, deben colocar un nido de ametralladoras. Estos primeros nidos serán barridos con bombas de mano. Detrás, a otros cien metros, deben haber colocado otros nidos de ametralladoras, que también barrerán con bombas de mano. A otros cien metros habrán colocado otros nidos de ametralladoras. Supongo que éstos ya no los limpiarán con granadas de mano. Mas si así fuese y ya llegaran nuestros defensores a la bifurcación donde la alcantarilla forma una T, entonces deben ustedes haber instalado grandes bidones de gasolina o petróleo ; los deberán volcar en el canalillo de desagüe que hay en las grandes alcantarillas y prenderles fuego. — Y si, desde un principio, prescindiendo de los nidos de ametralladoras, utilizamos la gasolina y el petróleo ? — inquirió Rojo. — De poder evitarlo, no deberían hacerlo. Dentro de una alcantarilla, los combustibles de rápida ignición calentarían de tal manera la atmósfera que, según fuese la clase de gases que se formasen, podrían hacer volar la ciudad. Sólo en última instancia deben hacerlo. — Perfecto — comentó el embajador soviético —. ¿ Qué podría ocurrir si el enemigo fracasa en su intento subterráneo ? — Es lógico suponer que fracasada la tentativa subterránea vuelvan los ojos a la superficie. El comandante Rojo extendió el plano de la ciudad, con sus flechas y líneas trazadas. Me lo mostraron. Les pregunté : — ¿ Dónde se encuentran las principales vías de comunicación desde las que ellos pueden iniciar un serio avance con los tanques por delante ? El comandante Rojo me fue marcando dichas entradas, advirtiéndome : — En cada una de ellas existen fuertes barricadas de adoquines y sacos de arena. — ¿ Pero pueden ser penetradas por los tanques ? — Sí, desde luego. — Y en esos puntos que me ha señalado, donde existen las barricadas, ¿ tienen edificios en las esquinas o próximos a ellas ? — Sí, en casi todas. — Pues atiendan. Si hoy les fracasa la operación alcantarillas, mañana o pasado mañana se lanzarán, un poco a la desesperada, al asalto de las calles, con tanques por delante y fuertes destacamentos detrás, provistos de fusiles ametralladores. Desalojen ustedes todas esas casas puntas de flecha. En los tejados, azoteas o últimos pisos, sitúen sólidos núcleos de lanzagranadas de mano y bombas molotov y que las tiren sin parar a los tanques. — Correcto — apuntó Rojo —. Pero ello supone la existencia de unos miles de bombas de mano. Y solamente tenemos algunas. Tomando el teléfono, pedí que me comunicaran en Barcelona con Eugenio Vallejo, en la fábrica Hispano Suiza o en Industrias de Guerra. No habían pasado diez minutos cuando tuve a Vallejo al otro extremo del hilo telefónico. Oí su clara y conocida voz. — Vallejo, ¿ cómo andáis de granadas de mano ? ¿ Podrías enviarme unas veinte mil, pero inmediatamente después de colgar el auricular ? — ¡ Vaya, vaya ... ! Ya estás en Madrid y pides que te enviemos miles de granadas de mano. Recuerda que eras totalmente contrario a que se enviase material de guerra fuera de nuestras columnas. — Tienes razón, Vallejo. Pero entonces defendía los intereses de nuestra Organización. Y ahora estoy haciendo lo mismo, porque en Madrid también tenemos compañeros y Organización, todos angustiosamente cercados. — Está bien, era sólo un decir. Tendré que hacer algunas gestiones. Ya sabes : Tarradellas, etcétera. Pero ya estoy ordenando que se carguen dos camiones. ¿ Adónde van dirigidas las granadas y la cuenta ? — Al Estado Mayor de Madrid, en el ministerio de la Guerra. ¡ Gracias, Vallejo ! — ¡ Que tengas suerte, Juan ! — ¿ Entendió usted, comandante Rojo ? ¿ Y usted, señor Rosenberg ? El embajador estaba informando a los generales soviéticos. — Sí, hemos entendido. Y ahora, vámonos a poner todo en marcha. García Oliver, de todo corazón, ¡ gracias ! — dijo el comandante Rojo. Se despidieron. Era muy curioso lo que acababa de ocurrir. Por un momento, había trasladado al Ministerio de Justicia de la calle San Bernardo de Madrid el Comité de Defensa confederal y el Comité de Milicias, revividos en Madrid, sin taquígrafos ni corresponsales de periódicos. Lo ocurrido casi en la sombra y en silencio en los momentos decisivos sería mantenido en el silencio, como si no hubiese sucedido. En la calle Ancha de San Bernardo, ya cerca de las nueve de la noche, aguardaban tres automóviles. El de Sánchez Roca, que abriría la marcha, el mío con « Gasolina », el secretario, Aranda y « El Viejito », y detrás el de Nebot y Carnero. Hasta las nueve de la noche esperé por si llamaban del Comité nacional o lo hacía el colega Juan López. El no hacerlo, como habíamos quedado antes de separarnos los ministros cenetistas, se debería a que ya hubieran emprendido el viaje al decidir Horacio que no hubiese reunión. Era lo sensato: de tener que hablar sobre algo importante, mejor sería hacerlo en la relativa tranquilidad de Valencia. Partimos, no sé por dónde. Sánchez Roca, su secretario particular y, su chófer no conocían la ruta muy bien. Camino adelante, parece ser que se desviaron, errando la dirección, y nos adentramos en la provincia de Guadalajara, metiéndonos en tierra del enemigo, de donde salimos virando a la derecha por consejo de alguien, pastor o campesino, con quien dimos. Amaneciendo, llegamos a Valencia, sin más contratiempos que las explicaciones que había que dar en los controles de carretera, en los pueblos o en las ciudades. Apenas si me di cuenta de nada; desde que empezó la guerra aprovechaba los viajes por carretera para dormir, cosa que normalmente lograba con facilidad. De momento, fuimos al Hotel Inglés. Conseguimos habitaciones para mí y para Sánchez Roca. En el restaurante del hotel tomamos el desayuno. Cuando entramos, ya estaban sentados a una mesa Indalecio Prieto y su hija. — ¡ Hola ! — me saludó Prieto —. ¿ Tuvieron contratiempos en Tarancón con los milicianos que no querían dejar pasar a los ministros ? — Ignoro si pasamos por Tarancón, porque no conozco aquello. Además, era de noche. Pero no tuvimos contratiempo. Por cierto, que casi caemos en las trincheras del enemigo, por la provincia de Guadalajara. ¡ Menos mal que alguien nos gritó, señalándonos la ruta correcta ! ¿ Tuvisteis contratiempos ? — Sí, casi todos los ministros, empezando por Federica Montseny. A Rico, alcalde de Madrid, le hicieron regresar. Bien caro se estaba pagando la simpleza de Horacio Prieto al designar sólo compañeros catalanes para el gobierno. A decir verdad, no era de creer que fuese solamente por simpleza el no haber escogido, como hubiese sido razonable, no menos de dos compañeros de Madrid para integrar el equipo confederal de ministros. Conociendo a Horacio, lo verosímil era suponer que los desaires que recibió en Madrid por su ausencia del Comité nacional cuando se produjo la sublevación militar no encontró mejor manera de pagarlos que desconociendo a los militantes madrileños a la hora de designar ministros. La escandalera que armaron en Madrid los anarcosindicalistas por la huida del gobierno Largo Caballero fue tórrida. Los epítetos despectivos y las injurias estaban en todas las bocas y en todas las plumas que escribían en nuestros periódicos. Con aquella manera de comportarse, demostraban lo infantil de sus rabietas. Fueron los únicos en hacerlo. Los republicanos, los socialistas, los comunistas aceptaron los hechos, se incorporaron a la Junta de Defensa con los cenetistas y levantaron el espíritu combativo de los madrileños a alturas jamás vividas ; ni siquiera cuando el levantamiento popular contra la invasión napoleónica el 2 de mayo de 1808. Conciliábulo en mi habitación después del desayuno. Encargar a Sánchez Roca la busca de un edificio donde instalar el Ministerio en aquella nueva capital de España. Encargar al secretario particular que localizase la residencia de Largo Caballero. Encargar a Nebot una correría por los locales de la CNT, buscando contactos con Horacio Prieto, Peiró, López y Federica. El primero en regresar fue Nebot. Traía el encargo de llevarme a las 11 de la mañana a un local confederal donde se había instalado provisionalmente el Comité nacional y en el que nos reuniríamos con Horacio. De Barcelona había salido hacía cuatro días, sin ropa de repuesto. En Madrid hube de comprar una muda. Ahora tendría que adquirir dos mudas, más un par de zapatos y un par de corbatas. Un ministro debe vestir como tal y no como un miembro del Comité de Milicias, donde usábamos « mono » o un pantalón sin chaqueta. Iría, por consiguiente, a un sastre para que me hiciese un traje. A las once me fui con Nebot al local donde nos reuniríamos los ministros con el Comité nacional. Horacio me recibió con su media sonrisa de siempre. — ¿ No pudisteis evitarlo, verdad ? — me preguntó, refiriéndose a la salida del gobierno. — No, y López no pudo comunicarse contigo. De todas maneras, tú sabías que era inevitable. Y me parece que lo sabías desde hacía mucho tiempo ; antes de que vinieras a Barcelona para arrancarme de la secretaría general de Defensa de Cataluña. — Saberlo como cosa cierta, no lo sabía. Se había especulado en todas las esferas, gubernamentales y de la calle. — Si algo sabías, debiste incluir en el gobierno, por lo menos, a dos compañeros de Madrid. Esa Regional te dará muchos dolores de cabeza. Y colijo que el fuerte control que situó Val en Tarancón para impedir la salida de los ministros no hubiese tenido lugar de no haber sido tú tan terco designando a cuatro catalanes para ministros de la CNT. Trataste con desaire a los compañeros madrileños y ellos te cobrarán la cuenta. No proseguimos el diálogo. Horacio se replegó sobre sí mismo. Yo le entré por otro lado : — Supongo, Horacio, que el empeño de que la CNT entrase al gobierno debe responder a una visión de altos vuelos. La inclusión de los cuatro nombres de más prestigio entre los militantes de más prestigio debe responder a bien meditados proyectos de una obra a realizar. Nos darás, ultimado y en forma de decretos, todo lo que tengamos que realizar desde los ministerios, ¿ verdad ? — No, el Comité nacional no tiene nada preparado. Vosotros deberéis improvisar en cada circunstancia que se os presente. Vi a Horacio muy disminuido. Aunque nunca me dejé influir por lo que de él se decía acerca de cuán preparado estaba en materia política y social, se me hubiera hecho difícil imaginarlo tal como se presentaba ahora ante mí, vacío de proyecciones, como hombre que viviera al margen de la revolución que se estaba desarrollando en España, sin haber alcanzado a situar en ella a la CNT, que, con mayores o menores defectos, tenía mayoría en aquellos momentos en las dos terceras partes de la zona republicana. Le repliqué : — Según tú, o aparecernos con las manos vacías en el gobierno, o, si nos decidimos a hacer algo, será por cuenta nuestra. Es decir, que no será la CNT la que realice nuestra obra de gobierno, sino que ésta será obra, buena o mala, de sus ministros. — Algo así. El Comité nacional que tengo no da para más. Mi insistencia en incorporarte al equipo estaba basada en tu capacidad de organización y en tu espíritu de iniciativa. — Creo que, desde ahora, debes dotar a cada ministro de una pequeña comisión asesora. Dichas comisiones y el Comité nacional deben ser quienes preparen, con toda rapidez, la obra que tengamos que realizar. — Es buena idea. En cuanto nos instalemos, y siempre que la Organización no nos quite, veré de crear esas comisiones. Llegó Federica Montseny, indignadísima por la afrenta que recibió en Tarancón por parte de una fuerza confederal mandada por un tal Villanueva, que la detuvo, al igual que a todos los ministros que pasaban por su puesto de control, y que quería hacerla regresar a Madrid. Dirigiéndose a mí, me preguntó : — ¿ Y tú qué hiciste ante tal atropello ? — ¿ Yo ? Nada. A mí nadie me detuvo. — ¿ No pasaste por Tarancón ? — No sé por dónde pasé. Estuve dormido casi todo el viaje. Llegaron juntos López y Peiró. Este último riéndose de la aventura de Tarancón. No así López, que se tomaba en serio el papel de ministro. Dijo que la actitud del control confederal de Tarancón había sido indignante. No le faltaba razón. Lo ocurrido con el control confederal, compuesto de milicianos de Madrid, de Mera y de Val, era como si a un pantalón recién estrenado se le acercase un perrito, levantase la pata y ¡ zas !, lo mojase. Horacio recibió la noticia. El subsecretario de la presidencia, Rodolfo Llopis, le rogaba que nos avisara de que a las seis de la tarde se celebraría Consejo de ministros. Y le daba la dirección del nuevo domicilio de la presidencia, que también lo sería del Ministerio de la Guerra. A las seis de la tarde nos reunimos. Todos los comentarios giraron en torno a las incidencias que cada uno pasó en el control de Tarancón. Y ninguno quería creer que a mí no me había sucedido nada. Les parecía inverosímil lo que les conté del pastor o campesino y la ruta perdida. Supuse que imaginaban que todo había sido un complot mío, de acuerdo con Mera y con Val. Allí estábamos todos, mirándonos a las caras, perplejos e inseguros. Yo me encontraba entre Prieto y Giral, observando las reacciones de cada uno de mis colegas, especialmente de Negrín, colocado entre Angel Galarza y Anastasio de Gracia, precisamente frente a mí. Negrín me chocaba por su dicción de canario y su cabeza de fauno en camino de envejecer. El que menos lograría engañarme sería Negrín, quien por nada del mundo quería ser tenido por marxista. En eso de no querer parecer marxista, resultaba más cínico que Indalecio Prieto. Con aquella pose de amarxismo, ambos pugnaban en ser anticaballeristas. Largo Caballero se sentía muy ufano, en aquellos tiempos, de ser llamado « el Lenin español ». Al parecer, se trataba de un gobierno huérfano de iniciativas traducidas en decretos. A la pregunta de Largo Caballero de si otros ministros tenían algún proyecto de decreto para entregar, permanecimos callados. No, nadie tenía ningún decreto por entregar. Yo entregué, para su aprobación, los decretos de dimisión del subsecretario, el director general de Prisiones y el inspector general, así como los decretos designando a los sustitutos. Nadie más entregó decretos de dimisiones y sustituciones. Nadie, tampoco, tenía nada que decir aquella tarde. Por un momento, pensé en las juntas de los casinos pueblerinos, en las que solamente reinaba animación al aproximarse las fiestas mayores. — Debo comunicarles — nos dijo Largo Caballero — que pienso regresar a Madrid, en el atardecer de mañana o al amanecer de pasado mañana, porque he dejado algunos asuntos pendientes, principalmente en el Ministerio de la Guerra. — Me alegro de saberlo — dije yo —, porque yo también pienso regresar para atender asuntos apremiantes que dejé pendientes de resolución. Respondía a mi manera de ser la conveniencia de estar en Madrid antes que Largo Caballero, para afirmar con mi presencia que los ministros de la CNT no participamos en la huida, sino que simplemente dejamos Madrid para instalarnos en Valencia, con un pie en el estribo, prontos a salir hacia donde fuera necesario. Además, quería enterarme de si se había intentado o no la invasión por las alcantarillas.
Dejé al subsecretario Sánchez Roca el encargo de instalar el ministerio en un edificio de aspecto respetable. Le dije que, siendo la CNT mayoritaria en Valencia, no le sería difícil obtener la colaboración del Ayuntamiento, del que el compañero Domingo Torres era alcalde. Muy de mañana, salimos en dirección a Madrid, con Carnero y Nebot, ya en sus papeles oficiales de director e inspector general de Prisiones. Paramos en Tarancón. Los viajeros que iban en dirección de Madrid no encontraban tantas dificultades como los procedentes de la capital. Sin embargo, nadie podía evitar el plantón, costumbre ya generalizada en nuestra zona. Cuando hubieron revisado el auto en que iban Carnero y Nebot, al preguntarles quiénes eran los ocupantes del nuestro, Nebot, bastante humorista, les contestó : — ¿ En el auto de atrás ? Mejor será que ni os asoméis. — ¿ Sí, eh ? Pues ya nos estás diciendo de quién se trata. — Pues casi nada... — y les susurró mi nombre. — ¡ No ! ¡ Verás lo contento que se pondrá Villanueva, que no duerme desde la noche que pasaron los ministros, pensando por dónde pasaría. — ¿ Que por dónde pasamos ? — les dijo Nebot —. Pues por aquí mismo. Pero estabais todos dormidos. — ¡ No, no es posible ! ¡ No se lo digáis a Villanueva ! Os juro que no dormimos ni un minuto. Y Villanueva venga a murmurar : « ¿ Por dónde pasaría ése ? ¡ Seguro que os tomó el pelo ! » Llegó Villanueva con una fuerte escolta. — Dime la verdad, compañero. ¿ A que es ahora la primera vez que vas a Madrid ? — Estás en un error, compañero. Ahora regreso a Madrid. La otra noche fui a Valencia yo también. — ¡ Quién sabe cómo lo realizarías ! ¿ Habéis comido ? ¿ No ? Pues bajad y comed un poco de pan, salchichón, queso y bebed un vaso de Valdepeñas. Descendimos, comimos un poco, tomamos un vaso de vino. Al terminar, el compañero Villanueva me dijo : — No sabes cuánto interés tenía yo la otra noche. El paso de los demás ministros me tenía sin cuidado. Lo que deseaba era tenerte a ti, así, frente a mí, hablar contigo, saber cómo eras. Después de tanto oír hablar del Comité de Milicias, de vuestros Cuadros de Defensa y de las columnas de milicianos anarcosindicalistas con las que creasteis el frente de Aragón... Mientras que nosotros, aquí en Madrid, los tenemos bien pegados a las mismas puertas de la ciudad. Y todo por ser minoritarios y no haber podido contar desde el primer momento con Mera y Mora, que estaban presos... — Bueno, Villanueva, y lo de la otra noche, ¿ a qué se debió ? — Fue una decisión de Mera y de Val. Nada contra ti ; por supuesto. Al contrario, me encargó mucho Mera que nada te pasase y que te ayudásemos si habías menester. A propósito, ¿ por dónde pasaste ? ¿ Verdad que engañasteis a los del control ? — No, no engañamos a nadie. No sé si pasamos por aquí. Estaba con mucho sueño y dejé que me llevasen. Yo no conozco estos caminos, pero tengo entendido que anduvimos con el rumbo perdido por la provincia de Guadalajara. Si hablas con Mera, dile de mi parte que no se debe hacer el ridículo de esa manera. ¡ Si por lo menos hubieseis impedido, hace más de un mes, la fuga del oro del Banco de España ! Entramos en Madrid en plena tarde. Otra vez al Hotel Gran Vía. Nebot y Carnero fueron al ministerio. Con los compañeros de escolta fui a pie al Ministerio de la Guerra. Quise ir a pie y contemplar Madrid. Algo se palpaba en el ambiente. Algo nuevo, indefinible. Algo de ciudad segura de sí misma. La gente no manifestaba síntomas de alarma. Andaba pisando firme el suelo. Se oían las detonaciones de los proyectiles del 15,5. A lo sumo, alguien se detenía, escupía en el suelo y gruñía : « ¡Canallas!». Saliendo del hotel, frente a la Telefónica, una parvada de aviones enemigos dejó caer su carga de bombas, produciendo gran estrépito de rotura de cristales. La gente se tumbaba en el suelo o buscaba el cobijo de las entradas de las casas. Salían, se levantaban, miraban al cielo. Alguien soltaba un « ¡ Cobardes ! » y seguía su camino. Madrid había ganado con la salida del gobierno. Se le había pasado la rabieta de niño pequeño al darse cuenta de que la nodriza lo había abandonado. Por un momento, al sentirse sola, la ciudad creyó perder la cabeza y hundirse. Eran siglos de un contemplar cómo los días se deslizaban, sentados a las mesas de los cafés hablando mal o bien del gobierno. En adelante, pensarían que ya no tendría chiste saber si los ministros entraban o salían. Primero echaron al rey y a su real familia. Al principio de la guerra se quedaron sin presidente ; Azaña se fue a Barcelona, de donde se trasladó a Benicarló, para no sentirse prisionero de la FAI — según decía —, a meditar en sus detestables Veladas. Y terminaron los madrileños por quedarse sin gobierno, dejando Madrid de ser capital de España, por lo que pasaban a ser provincianos. Al saberlo, no podían salir de su estupor. Mera, jefe militar de la CNT, en plática con Val, del Comité de Defensa confederal, estaba lívido. En cambio, Val, sereno, sonreía, como quien no diese importancia al asunto. Para Val, lo que importaba era el material de guerra disponible y la gente que lo empuñase. Cuando Villanueva, responsable del control confederal de Tarancón, le llamó por teléfono para darle cuenta del cumplimiento de sus órdenes de hacer regresar a todo bicho viviente que pasase rumbo a Valencia, y le dijo que acababa de hacer regresar a Rico, Mera estalló en improperios : — ¡ Hasta sin alcalde nos íbamos a quedar ! Al amanecer el nuevo día y comprobar que nada había ocurrido — nada de lo que tan insistentemente se habló : la sublevación de la quinta columna y la inevitable entrada de los ejércitos enemigos —, los ciudadanos de Madrid se enfrentaron consigo mismos y percibieron, en un instante, el destino que les estaba reservado : Madrid, desde aquel momento y hasta el fin de la guerra, sería el polo de atención del mundo entero, y los madrileños los ciudadanos más admirados. De ellos se hablaría en todos los idiomas, se escribiría en todos los periódicos, hasta eclipsar a su rival Barcelona, que se estuvo llevando la palma de la universal admiración por sus tres días de julio. En el Ministerio de la Guerra me indicaron la sala de Operaciones donde actuaba el Estado Mayor del Ejército del Centro y donde se encontraba el general Miaja, que había asumido la presidencia de la Junta de Defensa. Era una sala larga, con varios teléfonos. Había en ella un movimiento continuo de entradas y salidas. De pie, fumando su pipa, Stein, y junto a él el general soviético de pelo cano. Separados, Orlov y Petrov. Estos me reconocieron en seguida y vinieron a saludarme. Me llevaron con los generales soviéticos, que me saludaron con afecto. En un momento en que el comandante Rojo se quedó solo, sin nadie a quien atender, lo fui a saludar. — ¿ Cómo va todo, comandante ? — Hasta el momento, nos están pegando fuerte, pero nos aguantamos. Ya llegaron las granadas de mano de Barcelona, que nos están siendo de gran ayuda. No se produjeron los ataques previstos por las grandes vías detrás de los tanques. Pero tenemos las azoteas y últimos pisos de las casas que se indicaron, con sus grupos de granaderos. — A veces, hay que saber servirse del espionaje enemigo — le dije. — Me alegra coincidir con usted. Yo también calculé que los preparativos de tomar azoteas y pisos en sitios tan estratégicos no dejarían de ser observados por los espías enemigos. — ¿ Y ocurrió algo por las alcantarillas aquella noche ? — ¡ Ya lo creo ! Afortunadamente, ya nos habíamos prevenido. Crea usted que fue una matanza enorme de ellos... Quiero presentarle al general Miaja. Miaja. No muy alto, pero fuerte y algo grueso ; de aspecto optimista y muy pulcro en su uniforme. Nos estrechamos la mano y nos abrazamos. No pudimos entablar diálogo ; el comandante Rojo era solicitado con urgencia por los jefes y oficiales. Inclinados sobre los planos de operaciones, indignados, discutían la situación de sus fuerzas y de las del enemigo. El comandante Rojo tenía una promesa para todos, y me pareció que tenía también un buen consejo para darles. Parecía un buen jefe de Estado Mayor. Tanto como la eficiencia de Rojo me impresionó el general Miaja en funciones. A todos los jefes y oficiales que acudían a él los envolvía en su amplia sonrisa, les soltaba un chiste, que él mismo reía a carcajadas, y terminaba por darles una fuerte palmada en las espaldas. No valía con él que sus interlocutores le hablasen de la fea situación en el frente, de lo mal que estaban sus combatientes en las trincheras, de lo difícil que se hacía resistir : « ¡ No te apures, comandante ! », « ¡ No sufras, coronel ! ». « Mañana estaréis en el mismo sitio y encima vendréis a decirme que es imposible resistir — les decía soltando una amplia risotada —. Tendréis lo que pedís, y mucho más... Pero dentro de unas semanas. » Me di cuenta del acierto de Largo Caballero al escoger a Miaja como presidente de la Junta de Defensa de Madrid. Miaja era una fuente inagotable de optimismo. Acaso no supiese mucho de operaciones, pero para levantar la moral caída de cuantos entraban en contacto con él era insuperable. Cuando salí del Ministerio de la Guerra ya había anochecido. Apenas si de vez en cuando se oía un paqueo. Diríase que, perdida la oportunidad de penetrar en Madrid por las alcantarillas, la existencia de la quinta columna ya no tuviese objeto. Las patrullas armadas, situadas en las esquinas estratégicas de la ciudad, daban la impresión de que hasta un orden nuevo existía en Madrid desde la salida del gobierno. En el ministerio se esperaban Nebot y Carnero, así como los directores del Registro civil y del Registro de antecedentes penales. Este se me aproximó para darme cuenta de que dos obuses que habían caído sobre el ministerio habían causado destrozos en el Registro de Antecedentes penales. — ¿ Es muy grande el daño causado ? — le pregunté. — Por el momento, es incalculable. Algunos ficheros están totalmente destruidos. — Pues que no se diga que unos tendrán antecedentes penales y otros no. Destruyan todo el Registro de antecedentes penales. ¡ Toda revolución debe dejar una larga estela de esperanza ! — ¿ No cree que otro ministro de Justicia puede ordenar la reconstrucción del archivo de antecedentes penales ? — me preguntó el jefe del Registro civil. — Cierto, puede hacerlo. Pero si un decreto ordena la cancelación de los antecedentes penales, ya no sería posible. Uno de mis primeros decretos será el de cancelación de los antecedentes penales. La decisión tomada de cancelar los antecedentes penales suponía la obra más insólita de un ministro de Justicia. A la vez, era la obra anarquista más audaz acometida desde que se habló de anarquía. El anarquismo de los activistas españoles liberaba al movimiento libertario del pequeño sector de beatería anarcoide que en todas partes intentaba ahogar la marcha de los jóvenes del anarcosindicalismo. No importaría cuándo ni cómo terminaría nuestra lucha en España. Dejaríamos profundo impacto en todos los movimientos sindicalistas revolucionarios del mundo, que aman las realidades y las realizaciones tangibles y que hacía tiempo habían superado la beatería ideológica. Con el desarrollo del activismo anarcosindicalista, se aportaba al sindicalismo revolucionario un sentir proletario de reivindicaciones inmediatas en el orden de la justicia social, sin menoscabo de preservar, en todo lo posible y como elemento primordial, el respeto a la dignidad humana, principio de toda cultura y de toda civilización libre. Salimos del Ministerio ya avanzada la noche. Nos fuimos al hotel. Yo, muy satisfecho. A todo lo largo de la calle Ancha de San Bernardo, así como en las estrechas calles que la cruzaban, el silencio no era perturbado por las descargas de la quinta columna. De verdad que teníamos un Madrid nuevo. Madrid, que por su grandeza moral, aun sin gobierno, continuaba siendo la capital de España. El día siguiente, muy de mañana, nos fuimos al Ministerio. Había que quemar los miles de fichas del Archivo nacional de antecedentes penales, utilizando todas las estufas del edificio. Temprano, como a las nueve, se presentó Durruti. Me quedé viendo visiones. ¿ Qué querría ? No pude por menos que pensar en Federica Montseny y en lo rápida que podía ser una llamada alarmista desde Valencia a Barcelona y desde allí a Bujaraloz. — Aquí me tienes — dijo entrando y sin esperar a que lo anunciasen. Ya me imagino que mi presencia no te hará ninguna gracia, pero tú sabes cómo ocurren las cosas en la Organización de allá. Me llamaron, me metieron en un Pleno, acordaron que viniese a salvar Madrid. Y aquí estoy. En Valencia me dijeron que Largo Caballero y tú habíais regresado a Madrid. ¿ Puedes presentarme a Largo Caballero ? — Si ya ha llegado, podré presentarte. Pero, yo de ti, me lo pensaría un poco. ¿ Qué acordó ese Pleno y cuáles son tus propósitos ? Dices que acordaron que vinieras a salvar Madrid. Como habrás observado, Madrid no cayó la noche de la huida del gobierno. Aquí, el gobierno ya no manda. Quien manda es el general Miaja y su Junta de Defensa. Se están suprimiendo las andanzas de los guerrilleros dispersos, que van siendo sustituidos por unidades con mandos militares, dirigidos por el general Pozas, como jefe de Operaciones y el comandante Rojo como jefe del Estado Mayor de Madrid. Dime cómo piensas encajar en esa organización militar. Piénsalo bien. Me dolería que hicieses un papel ridículo ante Caballero. Solamente puede recibirte como ministro de la Guerra, y está empeñado en crear un ejército con el que piensa ganarla. — No sabría qué decirte, Juan. Parece ser que Federica se colgó del teléfono en una crisis nerviosa, tocó a rebato y dio a entender que mi presencia en Madrid podía influir en el curso de la guerra. — No sé cómo podríamos relegar al gineceo a esa mujer. Va, viene, se mezcla en todo, no aporta ninguna solución a ningún problema. Tenemos una organización llamada « Mujeres Libres » a la que nunca perteneció y a la que jamás dio aliento ni directrices. Se mete, en cambio, en los grupos de la FAI, se hace nombrar de los comités de la CNT. Mientras, « La Pasionaria », recatada en el buró del Partido Comunista, grita de vez en cuando por la radio el « No pasarán », se da por satisfecha y no se desgasta. Pero la « Nena » de los Urales se hace nombrar ministro, obliga a la Organización a que me nombren ministro también a mí, y tanto ella como yo nos estamos desprestigiando estúpidamente en un gobierno que, lograda nuestra aquiescencia para abandonar Madrid, debe estar pensando en cómo y cuándo echarnos. — Una vez más tienes razón, que de nada te servirá. Lo que importa es que me digas cómo salgo de la situación. Si me he de quedar, qué debo hacer. Si debo regresar a Aragón, qué explicación doy. — Si te quedas y aportas solamente a la defensa de Madrid el prestigio de tu nombre, tu actuación deja de ser militar y pasa a ser la de un militante confederal. En ese caso, debes entenderte con el Comité regional del Centro y el Comité local de Madrid, teniendo cuidado de no lesionar el prestigio de sus militantes destacados ; Val en el Comité de Defensa Confederal lo hace tan bien que es insustituible ; Mera es reconocido en la Sala de Operaciones del Ministerio de la Guerra como jefe militar de los anarcosindicalistas. También es insustituible. Y son insustituibles todos, pues ningún compañero cedería hoy su puesto a un militante de la Regional catalana, aunque se trate de Durruti. Todavía no han digerido el error de Horacio Prieto de no designar a ningún militante de Madrid para ministro. Por lo que me han informado, la Regional del Centro acaba de pedir la celebración de un Pleno de Regionales para juzgar a Horacio Prieto. El pretexto es el haber abandonado Madrid con el gobierno. ¿ Te das cuenta ? ¿ Desechamos la actividad orgánica para ti ? — Sí, creo que sí. — Quedan las posibilidades de orden militar. Si te quedas como militar, con qué graduación ? Antes de contestar sería bueno preguntar con qué fuerzas armadas cuentas, cuántos miles de hombres armados. Porque la graduación militar que se te asigne, y yo me encargaría de ello, debe estar en proporción a la fuerza que mandes. Es esencial que te hayas dado tú mismo unas respuestas antes de ver a Largo Caballero. Estoy seguro de que te hablará de ello, o esperará que lo hagas tú, puesto que has venido a Madrid sin que nadie te haya llamado. Nadie, ni de la Organización ni del gobierno. Y olvídate de los decires de la Federica, que se quedó en Valencia. — No sabría qué decirte. Lo mejor es que me entreviste con Largo Caballero, y ya veremos qué sale del cambio de impresiones. — Entonces voy a preguntar si ya ha llegado. Me contestaron que hacía media hora. — Vamos allá. A ver qué sale de todo esto, le dije a Durruti.
El capitán Aguirre, secretario militar del ministro de la Guerra, me rogó esperar un momento, porque el ministro estaba departiendo con el general Pozas. En situación de espera estuvimos media hora. A Durruti se le vela tranquilo, en animada plática con el capitán Aguirre, a quien hube de presentarle, pues éste ignoraba, o fingió ignorar, quién era mi acompañante. En aquella oficina militar, Durruti parecía algo irreal ; con su gorra de hule, con los colores rojo y negro en el copete, llamada en Aragón « gorra Durruti », y su chaqueta larga de cuero, a la manera de los guerrilleros ucranianos de Majno. Salió Pozas y pasamos nosotros. Al entrar, Largo Caballero miró la hora en su reloj de bolsillo. Con aquel gesto quería decirnos que no abusásemos de su tiempo. Como hacía dos meses que Durruti había estado en Madrid, acompañando a Pierre Besnard, ya se conocían. — Y bien, Durruti, ¿ a qué se debe el honor de saludarlo de nuevo ? — He venido a ponerme a disposición de usted, si en algo puedo ayudar en estos momentos. Como entrada en materia, la de Durruti fue candorosa. — Es de agradecer su ofrecimiento, Durruti. Pero, dadas las circunstancias, ¿ no sería mejor ponerse al habla con sus compañeros cenetistas que integran la Junta de Defensa ? Hube de intervenir, porque estábamos a un paso del final de la entrevista. — Verá usted, don Francisco. Durruti desea un puesto militar en la defensa de Madrid. Con él estará toda la opinión antifascista de Cataluña y Aragón. — Encantado. Le daremos a escoger el puesto que le guste en el vasto frente de Madrid. Pero, ¿ con qué fuerzas se va a presentar ? Dejé que contestase Durruti. Pero Durruti nada dijo. No me gustaba aquel silencio. Era darle a Caballero la posibilidad de meditar sobre la agilidad mental de Durruti. Intervine nuevamente : — Me decía Durruti que si la arman y equipan aquí, podría traer de Cataluña una fuerza de doce mil hombres. — No, eso no sería posible, por lo menos de momento. Todo el armamento existente aquí está destinado a la organización de las brigadas mixtas de soldados y voluntarios, pero con sus mandos militares. Insistí : — Sería bueno considerar la posibilidad de dar a Durruti el mando de tres brigadas mixtas... — Eso no está mal visto, pero tardaría no menos de tres semanas. Claro que debería estar aquí lo más tarde dentro de diez días. Si está de acuerdo, pasaría al Diario del Ministerio de la Guerra su nombramiento de mayor, que es el grado máximo que damos a los mandos procedentes de milicias. Si está de acuerdo, deje al salir al capitán Aguirre una nota con su nombre y apellidos, edad, estado y punto de residencia actual. — Sí, estoy de acuerdo con esa solución. Me iré a Aragón a arreglar el traslado de mando de mi columna al compañero más adecuado. Le estoy agradecido y quedo a las órdenes de usted. Al ir a despedirnos, Largo Caballero me dijo : — Pienso regresar a Valencia mañana por la noche. Pasado mañana, por la tarde, celebraremos Consejo de ministros. Le ruego estar presente. — Espero no faltar. En el antedespacho, Durruti escribió la nota para el capitán Aguirre. Este nos deseó buena suerte. Yo tenía que regresar al Ministerio. Durruti quería ver a Val y a Mera. Antes de despedirnos, le dije : — Pienso que la solución que sugerí era la mejor. Con tres brigadas mixtas a tus órdenes, puedes establecer tu puesto de mando bastante atrás de las trincheras, en las que no se sabe bien lo que ocurre y donde tendrías que estar si tuvieses a tus órdenes solamente quinientos o mil hombres. Cualquier otra decisión que puedas tomar con Mera y Val, deberías ponerla en conocimiento de Largo Caballero. — No espero cambiar de decisión. Traeré de Aragón una selección de compañeros de confianza, para escolta y para diseminarlos en puestos de mando de las tres brigadas mixtas. Nos abrazamos, deseándonos suerte. En el Ministerio todo seguía su ritmo. Los facciosos, a intervalos de tres horas, nos enviaban sus proyectiles del 15,5. Dirigidos por Nebot y Carnero, los ujieres avanzaban en su obra destructora de fichas de antecedentes penales.
El Consejo de Ministros tuvo lugar en la tarde del 12 de noviembre. Como siempre, los otros ministros asistían al Consejo como si se tratase de una partida de tresillo en un casino de pueblo. Hacían comentarios sobre la situación internacional y la nacional, a los que añadían los derivados de las dificultades para encontrar dónde instalar los Ministerios y las casas para sus familias. En reunión que tuvimos aquella misma mañana con Horacio Prieto los ministros cenetistas, convinimos hacer lo posible para no dejar totalmente en manos de Largo Caballero y de Indalecio Prieto la dirección de la guerra. Se trataba de lograr algo que se semejase al Comité de Milicias, sin el nombre pero con el mismo espíritu. Coincidimos en proponer la creación de un Consejo Superior de Guerra, con el ministro de la Guerra de presidente y acompañado de los ministros de Marina y Aire, de Estado — cuyo titular, Alvarez del Vayo, era también Comisario general —, de Justicia, por mi experiencia de la guerra, reservando además tres puestos para Cataluña, País Vasco y para el Partido Comunista. Con esta proposición rompimos el sopor de aquel Consejo de ministros. Al principio, las consideraciones generales que aporté levantaron bastantes suspicacias. Cada cual buscaba la maniobra que envolvía nuestra proposición. No faltaron quienes alegaron la conveniencia de consultar a sus respectivos partidos. Eran los comunistas, que ya se habían apoderado de casi todo el Comisariado del ejército, que estaban invadiendo los Estados Mayores y que, de no oponerles un valladar, se harían los amos de todo en poco tiempo. Debo reconocer que Largo Caballero tenía golpes maestros, propios de quien había bregado muchos años en las secretarías de la UGT y del PSOE. Es muy posible que en lo más recóndito del cerebro del ministro de la Guerra, un « ¡ Alerta ! » le advirtiese de la coincidencia entre nuestra proposición y el desasosiego que le producían las maneras ya descaradas de los comunistas españoles en su hasta entonces solapada penetración en los mandos del Ejército, del Comisariado, de la Marina, de la Aviación y de las fuerzas del Orden público. Porque suavemente, como quien no da importancia al asunto, pero poniendo la flecha en la diana, intervino diciendo : — No me parece desacertada la intención de los compañeros de la CNT de querer compartir algo y activamente las responsabilidades de mi Ministerio y las de Marina y Aire. Tampoco me parece idea descabellada la del Consejo superior de Guerra, porque así podríamos aligerar las sesiones del Consejo de ministros, dedicando más tiempo a los asuntos generales de la guerra en reuniones restringidas. Hace unos días que quiero ver cómo lograr que el ministro de Justicia sustraiga algún tiempo a sus ocupaciones y lo dedique a organizar Escuelas de Guerra como la que con tanto éxito creó en Cataluña. Claro que también encuentro aceptable la demanda de Uribe y Hernández de consultar sobre el asunto a los partidos. Dada la premura, les sugiero que pasado mañana nos reunamos para convenir sobre la propuesta de crear el Consejo superior de Guerra. El golpe era de maestro. Aceptaba la demora para consultar, pero sólo por 48 horas. Adelantaba crear un organismo paralelo en influencia dentro del Ejército al que tenían los comunistas con el Comisariado, con la creación de las Escuelas Populares de Guerra, que podrían tener los anarcosindicalistas y los socialistas, con posibilidad de poder suprimir con el tiempo el Comisariado, por tratarse de un organismo de emergencia, antipático a los mandos profesionales y de milicias y casi intolerable para los soldados y milicianos, por las prácticas inquisitoriales que empleaban los comisarios comunistas. Se constituyó el Consejo superior de Guerra, lo que suponía una valiosa aportación de los ministros confederales, novatos en las artes de gobernar. Su composición se ajustó en todo a nuestras propuestas : ministros de la Guerra, de Marina y Aire, de Justicia, de Gobernación, de Estado, de Agricultura y representantes de los gobiernos autónomos de Cataluña y País vasco. Se me pidió hacerme cargo de la Organización, que comprendía también Escuelas de Guerra y la creación de Brigadas mixtas. Para llevar adelante el desarrollo de las Brigadas mixtas, se me rogó no herir las susceptibilidades de Martínez Barrio, que se encontraba en Albacete con un cargo similar que desempeñaba con amplio sentido decorativo. Y se inició el planteamiento de un asunto difícil en la primera reunión del Consejo superior de Guerra. Largo Caballero era hombre de recursos. Y hábil. Me Produjo la impresión de haber leído Peer Gynt de Ibsen, por la manera con que dio la vuelta al asunto : la conveniencia de nombrar el jefe del Estado Mayor Central, que se encontraba vacante. Planteado el problema de improviso, el ministro de Agricultura, Uribe, carecería de iniciativa para proponer. No existía Estado Mayor Central, empezando por carecer de su jefe. Existían, sí, Estados Mayores de sector, como el de Madrid. Urgía la creación del órgano central que canalizase y supervisase cuanto había que realizar en todos los frentes republicanos. Crear el Estado Mayor Central imponía encontrar el militar de dotes adecuadas. Después, el jefe se encargaría de rodearse de militares competentes en los aspectos técnicos. Nos dijo Largo Caballero : — Les agradecería que me ayudasen a encontrar un buen jefe de Estado Mayor, para encomendarle la organización del Estado Mayor Central. Se produjo un silencio. Como nadie proponía ni comentaba, me lancé : — He tenido ocasión de tratar al comandante Vicente Guarner, diplomado de Estado Mayor, competente y buen republicano. Sin perjuicio de considerar las propuestas que puedan formular ustedes, me permito recomendarlo para jefe del Estado Mayor Central. Indalecio Prieto levantó la cabeza, unió sus blancas manos y rezongó, como si quisiese restar importancia a lo que iba a decir : — En esta ocasión, lamento mucho no poder aceptar la proposición del ministro de Justicia, porque tengo buenas referencias del comandante Guarner y me gustaría poder sumar mi voto. No lo haré, por considerar, no la capacidad del comandante Guarner, sino su actual graduación en el ejército, lo que podría crearnos, y a él también, problemas de competencia entre él y los coroneles y generales que tendrían que obedecerle. Por ello, y si ustedes me lo permiten, me atrevo a proponer al general Martínez Cabrera. Me callé. Se callaron los demás y aceptamos al general Martínez Cabrera, totalmente desconocido por todos, excepto por Prieto. Con sencillez, como si fuese un asunto rutinario, Largo Caballero puso — ahora sí — la cuestión explosiva sobre el tapete. Se trataba, según él, del general Miaja, presidente de la Junta de Defensa de Madrid, que, según relataba el ministro de la Guerra, se encontraba en franca rebeldía respecto al jefe de gobierno y ministro de la Guerra. No se conducía como jefe de una Junta con funciones delegadas, creada por el gobierno para representarlo, sino todo lo contrario : no daba ninguna información, ningún parte. Con bastante demagogia, estaba logrando que los miembros de la Junta de Defensa se considerasen gobierno, no solamente de Madrid, sino de toda España. Y eso era intolerable. — Hemos de encontrar rápidamente un sustituto adecuado, que no sienta la tentación de considerarse también jefe del gobierno de la República. ¿ A quién propondrían ustedes ? Silencio, esta vez bastante largo y pesado. Era algo que nos cogía desprevenidos. Otra vez me lancé : — Parece ser que se trata de proponer a alguien que, sin ser militar, no carezca de dotes de mando militar, y que siendo civil no sienta tentaciones de convertirse en jefe de gobierno. Me permito proponer a Durruti, que ya lleva unos días enfrentando los problemas de Madrid y que, según me informaron esta mañana, ya está en el frente con su columna. — No es de desestimar la proposición del ministro de Justicia — dijo Prieto. Pero antes de pronunciarme, por lo complejo del asunto, desearía conocer la opinión del presidente del gobierno. Irujo se quedó callado. Los demás miembros del Consejo Superior de Guerra asintieron a lo dicho por Prieto. Habló Largo Caballero : — Diríase que nuestro compañero ministro de Justicia tiene siempre la proposición adecuada. Para mí, también lo fue la propuesta que hizo para jefe del Estado Mayor Central, y por las mismas razones que expresó el ministro de Marina y Aire me avine a la designación del general Martínez Cabrera. Ahora, me inclino a aceptar a Durruti. Solamente que he de rogarles la más estricta reserva, pues necesito que pasen ocho días, para dar más tiempo a que Durruti sea conocido en Madrid y para que yo pueda ir allí, tanto para hablar con él como para darle posesión de su cargo. ¿ Qué opinan ustedes ? Todos estuvimos conformes. Antes de irnos, nos dijo Largo Caballero : — Debo a ustedes una explicación. Considero que fue un acierto la creación de este Consejo Superior de Guerra. En dos horas, hemos hecho más labor práctica que en los dos meses pasados. Si algun asunto lo exigiese, les convocaría solamente para Consejo Superior de Guerra ; si no fuese menester, nos reuniremos al terminar cada Consejo de ministros.
Llamé a Valencia al comandante Lara del Rosal, que tan eficazmente me ayudara en Barcelona en la organización de la Escuela popular de Guerra. Lo hice nombrar inspector general de Escuelas populares de Guerra. Con los mismos principios y métodos de organización, montaríamos una Escuela general para Intendencia, Infantería y Caballería, una Escuela especial para Artillería, otra para Ingenieros y otra para Transmisiones. Por el momento, y a la manera de Barcelona, su misión consistiría en buscar los edificios adecuados a sus funciones. Después vendría seleccionar a los directores y profesores. Afortunadamente, podríamos disponer más holgadamente de jefes y oficiales que aceptarían los cargos. También llamé al compañero Alfonso Miguel, que había dejado al frente del Comité central de los Consejos de Obreros y Soldados. Era un buen compañero, valía mucho, pero era tan introvertido que por inhibición se habría conformado con ser portero de cualquier sindicato. Encomendé a Alfonso Miguel la segunda parte del encargo que me hiciera el Consejo Superior de Guerra. Lo acompañé a Albacete, donde radicaba Martínez Barrio, que compartía las funciones de presidente de las Cortes con la oficina de Organización de Brigadas. Solamente permanecí unas horas en Albacete. Me di cuenta de que no me sería posible hacerme con toda la dirección de la base de Albacete sin herir la susceptibilidad de Martínez Barrio. Me limité, por consiguiente, a visitar la preparación de una brigada mixta y a dar una vuelta por los campos de entrenamiento de las brigadas internacionales, dejando en prenda de mi responsabilidad a Alfonso Miguel, que no necesitaba consejos para no zaherir a don Diego, por extremadamente educado. Y regresé a Valencia. Visité a Largo Caballero y le expuse cuán poco podría determinar en orden a las brigadas internacionales, en este caso por mí disconformidad — que de sobras conocía — con la estancia de los internacionales, que si bien era casi instintiva al principio, con lo que me explicó Martínez Barrio se hizo explícita : los mejores armamentos que llegaban eran para ellos ; los mejores equipos también ; los mejores paquetes de comida que llegaban del extranjero, igual ; las buenas medicinas que se recibían, lo mismo. Hasta hospitales propios tenían. La insistente propaganda comunista, tanto en España como en el extranjero, nos presentaba tan superior la acción de los internacionales que uno hasta sentía vergüenza de ser español. Sin embargo, con la presencia de las brigadas internacionales y todo, el enemigo se había instalado bastante adentro de Madrid, junto al parque del Oeste, ocupando ya las instalaciones de la Ciudad Universitaria. Decía Largo Caballero : « Para mí, los mejores soldados españoles fueron siempre los de Extremadura. Con ellos estamos nutriendo las brigadas mixtas ; que son las que mejor están defendiendo Madrid. » Me fui desentendiendo de la preparación de las brigadas mixtas y las brigadas internacionales. Aquéllas, porque ya las atendía Martínez Barrio, y éstas porque no admitían ingerencias de los españoles. Tendían a constituirse en un Estado dentro de otro Estado. Y dediqué todo mi tiempo libre a la organización de las Escuelas populares de Guerra, de donde tendría que salir la fuerza que nos libraría, en el momento oportuno, de las dos palancas del Partido Comunista : el Comisariado y las Brigadas internacionales.
Cuando regresé a Valencia, me encontré con que ya teníamos edificio para la instalación del Ministerio. Se trataba del palacio de un marqués, edificio de muy buen aspecto, con enormes vigas de madera sosteniendo los techos. Entrada amplia, con un pequeño patio en el centro y dependencias vacías en toda la planta baja. En el primer piso, una sala de recibir, un gran salón y una salita contigua. En las paredes de todas las habitaciones del primer piso había cuadros antiguos, la mayor parte de motivos religiosos y algunos paisajes. Encargué a Sánchez Roca que no permitiese que nadie quitara los cuadros de las paredes. — ¿ Tampoco los religiosos ? — preguntó el secretario. — Tampoco los religiosos. El ministro de Justicia lo es también de Cultos. Si viniese de visita algún sacerdote o religioso, hay que darles la sensación de que se encuentran en su casa. La instalación de los ministerios iba aceleradamente. No así la del Comité nacional de la CNT. Encontré a Horacio Prieto instalado en una pequeña planta baja, sentado a una mesita, con algunos papeles encima de ella. — ¡ Hola ! — ¡ Hola ! Nos miramos y él torció la boca en una mueca. — ¿ Decías de proveer a cada ministro de una asesoría técnica ? Nada pude hacer. Ni vale la pena que inicie algo. De hecho, ya estoy dimitido. Acaba de llegar una carta del Comité regional del Centro pidiendo la convocatoria urgente de un Pleno extraordinario de Regionales para juzgar al Comité nacional y a su secretario por su huida de Madrid. — ¿ Y bien ? No tienes por qué hacer caso de esa carta. Basta con que les contestes que su demanda es irregular, y que el Comité regional del Centro, hasta no recibir la información del Comité nacional sobre los motivos que tuvo para trasladarse a Valencia, no tiene por qué prejuzgar de lo ocurrido. — Tienes razón. Pero para adoptar esa actitud debería estar poseído de tu espíritu combativo. Por el contrario, estoy procediendo a convocar el Pleno de Regionales con carácter urgente, explicando la petición de la Regional del Centro, sus motivos... y mi dimisión irrevocable. — Pero, Horacio, ¿ no te das cuenta de que siempre estás dimitiendo y de que nunca estás en tu sitio, cuando es menester ? Me miró largamente, se encogió de hombros, como hombre vencido : — ¡ Qué quieres ! ¿ Puede hacerse algo en una Organización que aprovecha para zaherir a sus militantes, sean miembros del Comité nacional o ministros, el simple hecho de trasladarse de una ciudad a otra ? — Horacio, haces mal, en reaccionar de esta manera. Las responsabilidades no hay que valorarlas tan objetivamente. En el fondo, todo queda reducido a que no tuviste en cuenta a los compañeros de Madrid a la hora de designar ministros. — Como sea, Juan. Y digamos como los romanos : Alea jacta est. Pasaron unos días. Pocos. Se celebró el Pleno Regional y Horacio Prieto se salió con la suya. Hizo que aceptasen su dimisión. Hubo nombramiento de nuevo secretario del Comité nacional y se aceptó la nueva residencia de éste, que pasó a ser Valencia. El nuevo secretario del Comité nacional fue Mariano Rodríguez Vázquez, « Marianet ». ¿ Error o acierto la designación de Marianet ? ¡ Quién sabe ! Era difícil anticipar un juicio. La CNT ya había perdido todas las oportunidades de hacerse con el poder revolucionario. En Valencia, Marianet seguiría teniendo la cabeza pensante y escribiente de Federica, a quien yo veía en la sucia maniobra de desplazar a Horacio Prieto. Porque éste no necesitaba de nadie para poder escribir un manifiesto o un informe documentado.
Unos días antes de celebrarse el Pleno de Regionales, poco después de haberme despedido de Durruti en Madrid, ya en el Hotel Inglés de Valencia, subió Aranda a avisarme de que abajo estaban Federica y Durruti, y que les urgía hablarme. Bajé y me acomodé en el auto de ellos, muy a oscuras. — Bueno, ¿ qué hacéis aquí ? ¿ Hasta hoy no regresas a Barcelona, Durruti ? — ¡ Calla, hombre ! Regresé y aquí me tienes de nuevo, esta vez camino de Madrid, definitivamente. — Habla claro, Durruti. Fue Federica la que lo hizo : — Es la verdad. Estuvimos estudiando en un Pleno ampliado el alcance de tu intervención ante Caballero, en virtud de la cual Durruti sería nombrado mayor del ejército y puesto al mando de tres brigadas mixtas. Y no es eso lo que quiere la Organización de Cataluña. En las circunstancias que está viviendo Madrid, Durruti no debe esperar dos o tres semanas para estar presente en el frente de Madrid, sino que debe hacerlo ahora mismo por lo que se acordó que debía regresar y enviarle mil hombres de su columna. — ¿ Qué estás diciendo ? ¿ Mil hombres para un frente que ya cuenta con más de doscientos mil ? ¿ Donde tendría que estar en primera línea de fuego ? ¿ Qué os habéis propuesto ? ¿ Queréis matar a Durruti ? — ¿ Cómo se te ocurre pensar que queremos matar a Durruti ? ¿ Pensar, tú, eso de nosotros, de quienes estamos velando por el prestigio de la Organización ? Respondí, asqueado : — Al cabo, es Durruti el que debe decidir. Ni vosotros ni yo. Es él, y que sea él quien decida. ¿ Has decidido renunciar a lo tratado con Largo Caballero ? — Tú sabes lo que es la Organización en los momentos actuales. Al llegar yo a Barcelona fui a dar cuenta a Marianet de lo tratado en Madrid. Intervinieron Federica, Santillán y los demás miembros del Comité regional de la CNT y del Regional y el Peninsular de la FAI... Se procedió a formalizar una reunión plenaria de Comités y ya sabes lo que acordaron. Cumplo con lo que acordaron, que se resume en incorporar los mil hombres que enviarán, urgentemente, a las fuerzas dispersas de Mera y en formar una columna a mi mando. — Faltará que Mera esté de acuerdo y que lo estén los compañeros de Madrid. Acabo de enterarme de que la Regional del Centro pide Pleno de Regionales y la destitución de Horacio Prieto. No creo que los de Madrid se avengan ahora a depender de las órdenes de un enviado de la Regional catalana. En fin, tú decides. ¿ Y tú, Federica, acompañarás a Madrid a Durruti ? — Hoy no me será posible hacerlo. Pero dentro de dos días, iré. — Entonces te acompañaré yo, Durruti. ¿ A qué hora piensas partir ? — Lo antes posible. Si me acompañas, el tiempo que tardes en estar listo. Bajé del auto sin despedirme de Federica. Con espontaneidad, ya nunca más me despediría de ella. Me di cuenta de que se trataba de una fémina vengativa, y de que le faltó tiempo para vengarse de Mera por la humillación que le hizo pasar en el control de Tarancón, tan ufana como estaba de haber llegado a ministro. Pensó que al enviarles a Durruti se verían obligados a reconocerlo como jefe. Y de paso lograba que supieran que la mandona era ella. Para mí, era evidente que Durruti no haría viaje de regreso, prisionero como ya estaba de su demagogia explotada por el trío aquel de Barcelona.
Estaba amaneciendo cuando llegamos a Madrid. Durruti y yo salimos a la Gran Vía. Frente al hotel, hasta más allá del teatro Fontalba, se extendía una larga columna de soldados, en formación de seis en fondo, bien vestidos y armados. En posición de descanso, los milicianos, pues no eran soldados, platicaban en voz alta, la mayoría en catalán. Nos acercamos y entablamos conversación con ellos. Como advirtiera a Durruti la imprudencia de dejar aquella fuerza casi en el área del objetivo de la Telefónica, en el punto de mira de los fuertes bombardeos de artillería y aviación, Durruti trató de dar algunas órdenes, explicando a los milicianos que parecían tener mando que él era Durruti. No le hicieron caso. — Sí, tú puedes ser Durruti, pero nosotros procedemos del cuartel Carlos Marx de Barcelona y nos mandan « el Negus » y el capitán López Tienda. Buscamos al « Negus » y al capitán López Tienda. Cuando aparecieron, Durruti les dijo que había sido enviado a Madrid, que esperaba una columna que le enviaría la Consejería de Defensa y que, llegada ésta, él comandaría todas las fuerzas catalanas, por lo que les pedía que desde aquel momento le entregasen el mando de su columna. — No, Durruti. No podemos hacer lo que nos pides. Sólo si al venir a Madrid la Consejería de Defensa te hubiese dado el nombramiento por escrito. ¿ Lo tienes ? — No lo tengo. Pero éste que me acompaña es García Oliver. El puede confirmarlo. — No es necesario — dijo « el Negus » —. Lo hemos reconocido desde el primer momento. Aunque él lo ordenase, no podríamos obedecerle. Sin orden escrita de la Consejería de Defensa, solamente podemos recibir órdenes del Comité militar del PSUC o del jefe de Operaciones del Ejército de Madrid. No fue posible que tomase el mando de aquella columna, más por la terca actitud del « Negus » que por el capitán, que parecía más conciliador. El « Negus », delgado, de cara alargada y barba negra, se parecía algo al emperador de Etiopía. El capitán López Tienda, rubio, de talla mediana y amable, parecía desear más un mando político que el militar que le habían dado. Durruti tuvo que aguantar aquella humillación por haber sido despachado a Madrid sin ninguna preparación, ni militar ni política. Y se la daban gentes de su propia región. ¡ Cuántas más le esperaban ! ¡ Cuánto mejor haber venido a mandar las tres brigadas mixtas ! Pero Federica, Santillán y Marianet habían decidido salvar Madrid. ¡ Halagos ! El halago es la salsa de la demagogia. ¡ Cuidado, Durruti ! ¡ No te olvides de que tu punto flaco es la demagogia ! Nos fuimos hacia el Ministerio de la Guerra. En el camino, Durruti me preguntó : — ¿ No crees que en el Ministerio de la Guerra debería reclamar el mando de esa columna ? — No sería prudente, Durruti. Te expones a una negativa y a que te desconozcan. Estás en Madrid y esto lo tienen minado los comunistas. Se dice que el comandante Rojo y el general Miaja están bajo control comunista. ¿ No te informó de todo Val cuando lo visitaste hace unos días ? — Sí ; me informó ampliamente. Tenías razón,en que no les caería bien que yo pretendiese asumir el mando de las fuerzas libertarias aquí, porque, ¿ qué harían de Mera ? — ¡ Anda con mucho cuidado, Durruti ! Procura no resbalar. Aquí estarás completamente solo. Si decidí acompañarte, fue para no dejarte venir solo. Pero tendré que regresar en cuanto lo reclame Largo Caballero. Entramos al Ministerio de la Guerra. Nos dejaron pasar a la sala de Operaciones. Me vieron el comandante Rojo y el general Miaja, pero no hicieron un gesto de saludo. Supuse que habían reconocido a Durruti, inconfundible por su atuendo. Me acerqué a ellos, les estreché la mano y les presenté a Durruti, que fue recibido con dos « ¡ Holas ! ». Ignoro si Durruti captó el significado de aquellos escuetos « ¡ Hola ! », despojados de todo sentimiento de bienvenida. Seguramente había llegado hasta ellos la noticia de las aspiraciones de Durruti expresadas en su entrevista con Largo Caballero hacía pocos días. Los encargados de la defensa de Madrid, militares o políticos, no se recataban en sus comentarios sobre la guerra de emitir ácidos conceptos sobre las milicias de Cataluña, la paralización en las operaciones del frente de Aragón, la incapacidad de los jefes de columna, empezando por Durruti, las ridiculeces de su Comité de Milicias, que quería primero la revolución y para después la guerra. Según me habla contado, Durruti vio cómo eran las cosas en su visita al Comité de Defensa Confederal. Y si entre los anarcosindicalistas existían aquellos prejuicios, nada era de extrañar que, por espíritu de competencia política o sindical, fuera de nuestros medios existiesen los mismos antagonismos, sólo que abultados. Durruti me preguntó por los dos personajes no españoles que estaban pendientes de lo que hacía Rojo y de lo que ocurría en la sala de Operaciones. Le contesté que eran dos generales soviéticos, con puesto permanente en la sala de Operaciones. Le dije que cuando me fueron presentados por Rosenberg, me había parecido oír que el alto se llamaba Stein y que el más macizo, Walter. No había prestado mucha atención a los nombres por la experiencia que tenía de Barcelona, donde a excepción de Antónov‑Ovseenko, todos los soviéticos tenían nombres falsos. — ¿ Puedes presentarme a ellos ? — me pidió Durruti. — Sí. Pero hablarás con ellos a través de aquella señorita, que está sentada. Es la traductora. Los generales soviéticos me recibieron con bastante cordialidad. Les dije que quien me acompañaba era Durruti, combatiente del frente de Aragón, que deseaba saludarlos. — Muy bien, muy bien — dijeron —. Con mucho gusto. Durruti les tendió la mano y los saludó con amplia sonrisa de niño grande. En tales ocasiones, por su condición sicológica de extrovertido, lograba buenos efectos. Oí que les contaba que esperaba, de un momento a otro, recibir parte de su columna del frente de Aragón, y que les agradecería que le asignasen un experto militar soviético como asesor. Me quedé viendo visiones. Nada me había dicho de tales intenciones y me pareció descabellada la idea. Un asesor soviético haría imposible que operase con las fuerzas de Mera. El general de la pipa dijo algo a la traductora. Esta salió diligente y casi al momento apareció acompañada de un tipo alto, fuerte y moreno, posiblemente de menos años que Durruti. Debía tener unos 35 años. En el acto fue presentado, con un nombre que también debía ser falso. — Desde este mismo momento, este amigo será su asesor militar, le dijo el de la pipa. Muy correcto y muy amable el asesor soviético. Hablaba algo de español y algo de francés. Podían, por consiguiente, entenderse bien. A su pregunta de si podía servirnos en aquel momento, Durruti contestó que deseaba ver algo del frente de Madrid. Subimos en mi Hispano blindado, y como « Gasolina » no conocía bien la ciudad, el asesor fue indicando el camino a seguir. A pie llegamos a un edificio enorme, de construcción nueva. Estaba lleno de suciedades de toda clase, empezando por las orgánicas. Era un edificio de la Ciudad Universitaria, creo que la Facultad de Filosofía. Topamos con dos miembros de una brigada internacional, que aquella misma mañana había recibido la orden de abandonar aquel edificio, por encontrarse ya en zona del enemigo. Por lo que nos recomendaban irnos lo antes posible. Nos mostraron hacia la izquierda y bastante más abajo otro edificio, que dijeron ser la Casa de Velázquez, que había caído el día anterior en poder del enemigo. — Pues a mí todavía me parece éste un buen sitio para colocar el puesto de mando de mi columna — dijo Durruti. Replicó el internacional : — Tú puedes hacer lo que quieras, camarada. Nosotros ya os hemos advertido. Y se marchó a toda prisa. Durruti consultó al asesor soviético y oí que éste le contestaba : — Habría que consultar el asunto con el Estado Mayor. Después de todo, será ahí donde te asignen la posición a ocupar. Ibamos mal, muy mal. Durruti, en su empeño de conducirse como en el frente de Aragón, ignoraba a quienes pudieran estar algo más arriba que él. No iba a lograr que todo se plegara a su manera de ser. Y ya habían pasado los tiempos — no aprovechados por él — de poder llegar a ser un gran jefe militar o guerrillero. Ahora se encontraba dentro de un sistema militar, que solamente funcionaba — cuando funcionaba — si todos se amoldaban a él. ¿ Qué pasaría cuando le llegase la columna de mil hombres ? Nos fuimos. Ahora nos iba a conducir el asesor soviético a visitar las instalaciones del « Quinto Regimiento », la fábrica de soldados rojos que habían montado los comunistas. En Barcelona, con el Comité de Milicias les ganamos la partida. En Madrid, con su Quinto Regimiento, nos la ganaron ellos. Con asesores soviéticos. Cruzamos unos patios de instrucción y penetramos en una enorme sala, con grandes pilastras. En tomo a la base de cada pilastra, un instructor daba lecciones prácticas de montar y desmontar un fusil y de cómo limpiarlo y engrasarlo ; o de manejar una ametralladora « Maxim ». Los fusiles que se veían en manos de los instructores y soldados eran nuevos y magníficos. Las ametralladoras, sobre ruedas, también parecían nuevas. Era indudable que al Quinto Regimiento iba a parar gran parte del material de guerra bueno que llegaba. En el mundo entero aparecían las fotografías de unidades salidas del Quinto Regimiento. Así y todo, el enemigo ya estaba dentro de Madrid. Al día siguiente, en el restaurante del hotel, me dijo Durruti que ya estaba de regreso del Ministerio de la Guerra, donde se había informado del destino dado a la columna Carlos Marx recién llegada de Barcelona. Le informaron de que el día anterior mismo la habían destinado a la parte honda del parque del Oeste, para defender el puente de los Franceses, por donde insistían en penetrar las fuerzas enemigas. La misma tarde hubo de serle retirado el mando político al « Negus », gravemente herido. Pero que no había logrado que le pasasen a él el mando de la columna, alegando el Estado Mayor que el mando lo tenía el capitán López Tienda, quien se estaba conduciendo bien. — ¿ Qué piensas hacer entre tanto ? ¿ Cuándo llegarán los hombres de tu columna y con qué efectivos esperas contar ? — No sé, Juan, no sé. Aquella reunión fue tan tumultuosa, con los gritos alarmantes de Federica... ¡ Nunca debiste dejar el Comité de Milicias ! ¿ Cómo puedo saber ahora, desde aquí, la gente que me enviarán, ni cuándo llegarán a Madrid ? Estoy haciendo el ridículo en Madrid. Y no puedo quedarme en el hotel. Así que, en cuanto llegue el asesor soviético, pienso irme hasta el puente de los Franceses, por si también cae el capitán López Tienda y me hago con el mando de esa pequeña columna. Me dio pena, mucha pena, Durruti. Nunca le había visto tan orillado a la desesperación. Había sido enviado a empujones a Madrid. Se encontró con un Madrid viviendo sus propias angustias y recuperándose de haberse sentido abandonado de su gobierno, con el enemigo adentro de sus puertas, sin capacidad emotiva para darse cuenta de aquel raro miliciano de gorra charolada y medio abrigo de cuero. Acaso lo tomasen por uno más de los internacionales. Su contacto con los compañeros del Comité de Defensa Confederal lo había desanimado. No lo recibieron con el corazón abierto, sino con reservas irónicas, muy madrileñas : « ¿ Cómo has encontrado esto, eh, Durruti ? Si vas a los frentes, verás que esto no es como vuestro Aragón, pues aquí no se come ni se duerme. Aquí solamente se muere. Y, si no, que lo digan vuestros ministros catalanes, que llegaron, vieron y se fueron ». Durruti vivía su pasión. Se había distanciado de mí y he aquí que yo estaba a su lado, en un esfuerzo de hermano, como en los tiempos de « Los Solidarios », atento a librarle de la angustia de la soledad, de aquella soledad a que lo empujaron y que tanto se parecía a la muerte. — Ve, si quieres, Durruti, al puente de los Franceses. Puede ocurrir que tengas que sustituir a López Tienda. Pero no quieras sustituir al « Negus ». No bajes a las trincheras. — ¿ Tú no vienes ? — No. Quiero darme una vuelta por el Ministerio. Con Nebot y Carnero me entero de todo lo que ocurre y de lo que se habla. Después pasaré por el de Guerra, a estar en contacto con Miaja, por si recibe alguna orden para mí de Largo Caballero. Si termino antes de comer, pasaré por allá a recogerte. De otra manera, estaría ahí por la tarde. No te olvides, Durruti, con vida, todavía podré serte útil. Después de todo, tenemos la promesa de las tres brígadas mixtas que te hizo Largo Caballero. No comí. Tomé un café. Nos aproximamos al parque del Oeste, donde dejamos a « Gasolina » cuidando el automóvil. Con Aranda y « El Viejito », bien armados, nos adentramos por el parque. Cerca de una verja encontré al capitán López Tienda, en su puesto de mando. Estaba acompañado de cuatro elementos de su columna que le servían de enlaces con los puestos avanzados y con el puesto de mando superior de su sector de frente. Era noviembre y me pareció que López Tienda tenía gotas de sudor en la frente. — ¿ Algo va mal, capitán ? — Sí, sí, en efecto. Algo no marcha como debiera. Por ejemplo, las deserciones del frente de combate. Mírelos cómo se esconden detrás de los árboles hasta que dejan el fusil y arrancan a correr. Efectivamente, por ahí andaban los desertores, presos de pánico. De uno en uno. Y de tres en tres. Estos eran los peligrosos, porque de reprocharles su conducta, eran capaces de dispararle a uno. — ¿ Qué le parece, capitán, recuperamos algunos ? — Pues si usted quiere, podemos intentarlo. Lo intentamos. El con sus hombres y yo con los míos, nos pusimos a la tarea de hablar cordialmente a aquellos milicianos. O porque me conocían o porque les hablaba en catalán, me hicieron bastante caso. Pero no duró mucho nuestra labor de recuperación, porque de pronto, por encima de la copa de los árboles, se oyó el estruendo de los aviones enemigos, bombardeando aquella parte de bosque. Tuvimos escaso tiempo de tumbarnos a tierra, las manos sobre la cabeza en gesto instintivo de protegerla. Quedamos envueltos en polvo y tierra. Las bombas cayeron a unos diez metros de nosotros, a todo lo largo unas tras otras. Desistimos de recuperar desertores. Muchos de ellos corrieron. O quedaron por ahí, regados en grandes y pequeños trozos ; se salvaron mis dos compañeros de escolta. También se salvó el capitán López Tienda y tres de sus enlaces. El cuarto se quedó sin cabeza. — Capitán, ¿ por dónde se va al puente de los Franceses ? — Tú — dijo el capitán a uno de sus ayudantes —, indícales el camino hasta unos cien metros y regresa. — ¡ Agur, capitán ! — ¡ Buena suerte ! — me gritó. Fuimos descendiendo, buscando la protección de los árboles. Por encima de nuestras cabezas y taladrando las hojas, se oían los rápidos zumbidos de las balas perdidas ; de vez en cuando, cerca, delante, detrás o a los lados, explotaba una granada de mortero que venía de lo alto, como lanzada con honda de pastor. Al rato de andar entre los árboles, el guía nos mostró hacia la derecha una ancha vereda, que conducía, según explicó, al puente de los Franceses. « Cuando lo divisen, tengan en cuenta que al otro lado, a unos veinticinco metros solamente, está el enemigo, bien parapetado y apuntando en esta dirección. Inclínense y vayan arrimándose hacia la izquierda. Nuestra gente está parapetada de este lado, junto a la boca del puente, a la izquierda en dirección a la Casa de Campo y a la derecha hacia la Puerta de Hierro. » — ¡ Gracias ! Casi a rastras llegamos al parapeto de la izquierda del puente de los Franceses. Allí, en una pequeña hondonada, estaban Durruti y el asesor soviético, éste vestido de paisano, con sweater. Entre ellos, algunos soldados o milicianos atisbaban y disparaban sus fusiles hacia el otro lado, a un enemigo muy cercano, invisible, audible a causa de sus disparos de fusil y ametralladora. Por el ritmo de las descargas deduje que el enemigo nos llevaba por lo menos una ventaja de tres ametralladoras por cada una nuestra. De pronto asistimos a un espectáculo emocionante. En persecución de los aviones que habían estado bombardeando nuestras posiciones y todo el parque del Oeste, salieron aviones de caza de los llamados « chatos », de manufactura soviética. Y en aquel momento acababa de aparecer allá, en lo alto, una escuadrilla de cazas alemanes, los « Messerschmitt », última palabra, se decía, de la aviación de guerra en el mundo. Eran, ciertamente, más rápidos que nuestros « chatos », seguramente más manejables o mejor manejados. Los « chatos » se vieron pronto cercados y uno primero y luego otro cayeron envueltos en su fumarola. Quedaban tres « chatos » en el aire, que no huyeron, sino que se lanzaron rabiosamente en persecución de los cazas alemanes. Uno, dos, en vueltos en denso humo y en picado cayeron los cazas enemigos y en un momento el cielo quedó limpio de aviones, los nuestros y los suyos. Hubo empate en los resultados. El entusiasmo en los parapetos también tuvo empate. Primero se oyeron los gritos y los aplausos del otro lado, y nuestras gentes se quedaron como petrificadas. Después, los gritos y los aplausos brotaron de nuestro lado ; en el de enfrente, el silencio. Salté, con la escolta, a la hondonada. Apenas éramos reconocibles por el polvo y la tierra que nos volcaron encima las explosiones de las bombas de los aviones. — Vean ésos que acaban de llegar — dijo Durruti a los milicianos —. Cualquiera diría que se trata de un ministro. Unas risotadas corearon lo dicho por Durruti. — No lo creéis, ¿ verdad ? Pues ése es ministro y come lo que vosotros. Vais a verlo. Sacó un « chusco » de pan de munición grande, lo partió con un cuchillo y abriendo una lata de sardinas las virtió. Me pasó el chusco y el cuchillo, con los que hice tres porciones, para Aranda, para « El Viejito » y para mí. Alguien sacó una bota de vino y, alargándomela, dijo en catalán : — Veamos si es verdad que eres tú : Beu al galet. Después del empate en el combate aéreo, del lado enemigo hubo una fuerte reacción. Seguramente, el bombardeo era preparación para una ofensiva. Se produjo un ataque a la desesperada pretendiendo cruzar el puente de los Franceses. A mi lado, « El Viejito » con su winchester y Aranda con su ametrallador, y yo con el « naranjero », tomamos parte en la defensa del puente. Nuestras descargas se unieron a las descargas de los demás. Por un momento, pareció que el enemigo iba a lanzarse en avalancha sobre el puente. Arreciaron las descargas y los estallidos de las granadas de mano. Del lado de ellos cayeron muertos y heridos. Del nuestro, a la defensiva, no cayó ninguno. Me aproximé a Durruti y quedamente le dije : — Esto no es un puesto de mando, Durruti. Este no es tu puesto. Mientras estés por Madrid, no te olvides de alejarte de la demagogia. Se rió. — ¿ Qué quieres que haga ? ¿ Te irás hoy ? — No sé. Depende de que me llame o no Caballero. Ya falto de Valencia dos días. Si dejas este pozo, nos veremos en el hotel. Ya no le vi más. Al llegar al Ministerio, me dieron el encargo, requiriendo mi presencia para el Consejo del día siguiente.
Todavía ocupo mi habitación en el Hotel Inglés de Valencia. Hacía solamente quince días qué saliera de Barcelona para Madrid, y desde entonces no había tenido ni un momento de descanso. Ayer, por la noche, había regresado de Albacete, donde dejé al compañero Alfonso Miguel con el encargo de vigilar la organización de las brigadas mixtas y las internacionales. Muy de mañana, « El Viejito », que dormía junto a la puerta de mi habitación, daba con los nudillos en la puerta. — Juan, despierta. Aquí te buscan. Y es urgente. Me levanté, me cubrí con una manta y abrí la puerta, por la que penetraron, sin más ceremonias, Mera y su ayudante. — ¿ No estarás enterado todavía, verdad ? — me preguntó Mera, a quien se veía trastornado y con cara de fatiga. — No, no estoy enterado de nada, salvo de que esta noche regresé tarde de Albacete. Explícate. — Ayer por la tarde murió Durruti. De un balazo en el pecho, frente al enemigo. Me quedé mirando al suelo. Era como si una nube oscura me fuese cubriendo los ojos y penetrase en mi cabeza. — ¿ Estaba solo o estaba acompañado ? — Estaba acompañado, creo que de Yoldi, el sargento Manzana, el doctor Santamaría y otros compañeros. Lo llevaron rápidamente al hospital, pero no fue posible salvarlo. Murió. Ahora quedan sus fuerzas de milicianos en estado de completa desmoralización. ¿ No querrías ir tú a hacerte cargo ? — ¿ Yo, Mera ? ¿ Por qué ? ¿ Fui yo acaso quien lo envió a Madrid como simple jefe de columnita ? Eso deberás preguntárselo a Federica, a Marianet, a Santillán, que lo empujaron a que fuese, casi solo, a salvar a Madrid. Y yo me opuse. — No sabía nada de lo que me cuentas — dijo Mera. Nada nos dijisteis, ni tú ni él. — Durruti quedó muy decepcionado de cómo lo recibisteis cuando fue a visitaros, a Val y a ti, al Comité de Defensa. Por lo que a mí respecta, visité a Val antes de la salida del gobierno ; después no me quedaron ganas de volver. Ahora tú andas buscando un jefe que se haga cargo de las fuerzas de Durruti. ¿ Y tú qué haces en Madrid ? ¿ No eres tú el militante confederal de máxima significación ? ¿ Verdad que tus fuerzas no se unieron a las fuerzas de la columna de Durruti a su llegada ? — Creo que en parte tienes razón. Aquí, no obstante, no podremos resolver nada. ¿ No sería mejor que nos viésemos en el Comité nacional ? — Sí, sería mejor. Pero antes tendré que enterarme de dónde está instalado el Comité nacional. Y de si tomó posesión Marianet, recién llegado, según me informaron ayer, antes de salir para Albacete. Id a la Federación local y que os informen. Quedamos en encontrarnos en el Comité nacional a las 11 de la mañana. Cuando Mera y su ayudante salieron de la habitación, me quedé anonadado, pensando en aquel compañero, Durruti, que había dejado de ser. Nada pude lograr para hacer de él un hombre distinto a lo que fue. Con él acuerdo que logré de nombrarlo presidente de la Junta de Defensa de Madrid, casi lo había conseguido. El tampoco logró salir del círculo estrecho y duro que fue creándose en su vida. Y lo intentó, ciertamente que lo intentó. Pero siempre se lo impedían las influencias ajenas. Aunque parecía un gigante, se comportaba como un niño grande, en un esfuerzo continuo por ser distinto a como aparecía, de donde surgía el contraste entre su reputación de hombre terrible y su sonrisa de muchacho candoroso. Siempre aspiró a descollar, aunque para ello tuviese que trepar a un ladrillo. Como muchachote grande que era, había algo que amaba más que un caramelo o un chocolate, y era el ser fotografiado y que apareciesen sus fotografías en periódicos y revistas. En dicha manera de ser, se diferenciaba de los luchadores del anarcosindicalismo catalán. Estos, capaces de las más audaces empresas, solamente las emprendían si había sido asegurado el silencio promisorio de la impunidad. Durruti, en cambio, nunca hubiese sido un luchador si sus actos revolucionarios hubieran tenido que permanecer en el anonimato. Sólo así se explica la campaña de escándalo que realizó con Ascaso y Jover por América, donde sus andanzas eran contadas en los periódicos con toda clase de detalles. Era lo que a él le gustaba, que aparecieran en la prensa constantemente su nombre y sus fotografías, sin importarle las consecuencias posteriores.
Localicé a Marianet y el nuevo domicilio del Comité nacional. El pleno de Regionales que se reunió a petición de la Regional del Centro, para juzgar la conducta de su secretario fue la reunión más absurda de que tengo memoria. Lógicamente, si la conducta de Horacio Prieto en aquellas circunstancias fue punible, al admitir la inverosímil dimisión de secretario, debió separar también del gobierno a sus ministros. Aunque nunca lo dijo, es lo que esperaba el secretario al dimitir. Pues no. El Pleno de Regionales no debió reunirse para tratar de algo tan normal como la dimisión de un secretario. Debió procederse por la vía normativa del referéndum a elegir nuevo secretario. Como era lógico — y no lo entendía así Horacio Prieto —, no se pidió la dimisión de los ministros. Autorizaron que el nuevo Comité nacional radicase en Valencia. Nombraron a Marianet — arrancándolo de la regional de Cataluña, de la que era secretario — secretario del Comité nacional. Aquel ciempiés orgánico era el resultado de las absurdas maniobras de Horacio Prieto. En plena confabulación derechista, desaparece de su puesto, vuelve después a que lo repongan, y no para hasta que nos embarca de precario en un gobierno que no deseaba nuestra presencia ; ayuda al jefe de dicho gobierno a resolver el escándalo de su escapada de Madrid y, finalmente, para zafarse de todo, convoca un Pleno de regionales irregular para que éste resuelva sobre su inverosímil dimisión del cargo de secretario. Hizo todo lo que nunca debió hacerse. Su paso por la Organización debería ser estudiado para que nadie pueda repetir tan insólita conducta. Cuando encontré a Marianet, retrepado en su asiento, parecía encontrarse en la gloria. Ya encaramado al puesto de secretario del Comité nacional de la CNT, llegaría el momento en que podría decir, como aquel papa : « Ya que me hicisteis papa, dejadme serlo ». Federica debía sentirse en la gloria también. Si en Barcelona — pensaría ella — gobernaba a la Organización tras la persona del secretario regional, en Valencia, si Marianet se dejaba, gobernaría tras la persona de Marianet. ¿ O no ? Porque en Valencia el nuevo secretario estaría rodeado de los delegados regionales por una parte, y de los de las Federaciones nacionales de Industria, por otra. Y en Levante, el poder de la FAI, que tan admirablemente supo manejar en Barcelona, era mucho menos fuerte que en Cataluña. Federica habría de lamentar la ausencia de Abad de Santillán y de Fidel Miró, aquel binomio donde tenían cabida todas las maniobras, especialmente si se trataba de maniobreos reformistas hasta el entreguismo. Marianet estaba solo, de lo que me alegré. Ya le había llegado la noticia de la muerte de Durruti, y no parecía estar muy impresionado. Pensaría que, después de todo, él, allá en Barcelona, cuando se trató de enviar a Durruti a salvar a Madrid, se había limitado a dejar hacer, como de costumbre, a Abad de Santillán y a Federica. A él le dijeron — y lo creyó — que la Organización de Cataluña, desde el punto de vista militar, tenía que salir del aislamiento que mantuvo desde que se constituyó el Comité de Milicias, aislamiento que se prolongó después con la secretaría general de la Consejería de Defensa. ¿ Qué razón existía para que se siguiese en la pauta trazada por uno y otra ? Marianet dijo que sí, única manera de no aparecer como un ignorante. Llamaron, primero, a Durruti ; halagaron su amor propio, hablaron de la importancia que tendría para el anarquismo el que apareciese en aquellos momentos en Madrid ; del impacto nacional e internacional que causaría su presencia, llamada a sustituir con su nombre a todos los valores políticos y militares. Y, como era de esperar, Durruti se dejó empujar un poco por cada una de aquellas tres personas que en la cúspide de la CNT y de la FAI casi parecían omnipotentes. Su rápido regreso a Barcelona contrarió grandemente a Federica y a Santillán. En aquel caso, Marianet, ¡ qué remedio !, tuvo que aparentar que también estaba contrariado y, con las otras dos piezas del tridente, convencieron a Durruti de que era imprescindible que regresara a Madrid, pues todavía podría salvarse con su presencia. Marianet aplaudió, dio una palmada a Durruti y... ¡ Hasta la vista ! Para que no pudiese volverse atrás, Federica viajó con Durruti hasta Valencia. Más adelante no fue, porque ¿ qué tendría que hacer ella en una ciudad sitiada y a punto de caer en manos de los fascistas ? Se ofreció a acompañarlo García Oliver, que es lo que la astuta Federica esperaba. Porque, con un poco de suerte, a lo mejor ambos encontraban una bella y heroica muerte. Estaba dentro de la beatería anarcoide tradicional de la familia Urales que, a falta de iconos en sus hornacinas, invocaban continuamente en sus escritos y conversaciones los santos nombres de Caffiero y Angiolillo, mártires cien veces de la causa. Ahora, cinco días después de aquella salida nocturna a Madrid, nos enviaban de vuelta el cuerpo sin vida de Durruti. Para mí, que compartí las angustias de su soledad, el haberla sufrido y remontado hasta la muerte, el fin suyo era el de un héroe, que cien son las muertes de los héroes. Federica, no pudiendo contener su congoja, no esperaría a Durruti en Valencia. Iría a esperarlo a Barcelona, donde había que prepararle un monumental sepelio. Los que se olvidaron de Ascaso, porque murió demasiado pronto, ahora sí, por Durruti, harían el máximo esfuerzo. ¡ Para cierta gente, los movimientos revolucionarios se nutren de los cadáveres de quienes saben morir en el momento oportuno !
Llegó Mera al Comité nacional, acompañado de su ayudante. Ambos con dos winchesters en la mano, sus herramientas de falsos guerrilleros de los llanos de Madrid. — ¡ Hola ! — nos dijeron a Marianet y a mí. Mera prosiguió : — Supongo que ya te habrá dicho Juan lo que nos trae y a qué venimos. Y Marianet a la réplica : — Es que Juan acaba de llegar. No hemos tenido tiempo de platicar. Sí, me había enterado de la muerte de Durruti. Muy lamentable. Dinos qué te trae por aquí. — Debo decírtelo, porque es lo que me encargaron en Madrid. La gente de la pequeña columna que se trajo Durruti a Madrid está muy intranquila con su muerte. No me extrañaría que emprendieran la desbandada. Ello nos dejaría muy mal parados a todos los libertarios de Madrid. Y pensamos que solamente García Oliver podría hacer recobrar la moral a los muchachos. A esto hemos venido. — Creo que exageráis un poco. ¿ Es que no podrías hacerte cargo tú, Mera, del mando de aquellos compañeros de la columna de Durruti ? — declaró francamente Marianet. — No se trata de eso, compañero. ¡ Claro que podría hacerme cargo de ellos y de muchos más ! Pero es que en el Regional y en el Comité de Defensa hemos coincidido en que lo que allí necesitamos es un compañero como Juan, que nos organice para poder hacer frente a la avalancha de comunistas y socialistas. Marianet no se dejaba impresionar. Afortunadamente. Si con aquella actitud daba a entender que ya no necesitaría de los prestacabezas de Barcelona, a lo mejor lograríamos que lo maleado se volviese sano. Replicó a Mera con acierto : — Creo, Mera, que la muerte de Durruti os ha trastocado un poco. No conozco a la Regional del Centro y no tengo ni idea de lo que pretendéis. Vuestra Regional nada dijo de esto en el reciente Pleno de Regionales. ¿ Tú qué opinas ? — me preguntó. — Opino que estos compañeros piden lo que ya saben que no pueden lograr. Ellos, en Madrid son minoría. Y ni yo ni nadie podemos cambiar esa situación, o, en todo caso, eso exigiría mucho tiempo. Pero sí pueden mejorar sus actuales posiciones. Para ello, Mera, por ejemplo, que reúne condiciones de mando, debe dejar en el rincón de los recuerdos ese pequeño fusil que ostenta, y con el fusil dejar también de querer hacer el guerrillero. En Madrid, en su frente de combate, no hay lugar para los guerrilleros. Los guerrilleros han actuado siempre tras las líneas enemigas, y no delante, que es lo que está haciendo Mera, que debe comprender que la Organización dijo « ¡ No ! » a la revolución. Y los que ahora luchan y mueren no lo hacen por nuestra revolución, sino por una causa nacional. Ya va siendo hora, pues, de que mueran no solamente los compañeros milicianos o guerrilleros, sino que, siendo nacional la lucha, deben ser todos los ciudadanos los que corran los riesgos. En adelante, Mera debe dejar de mandar sólo a compañeros y debe ponerse al frente de hijos del pueblo, de esos hijos de los que siempre se dijo ser « carne de cañon ». — ¿ Y tú quieres que dirija a la muerte a la carne de cañón ? ¡ Debería matarte aquí mismo ! — Hazlo, si ésa es tu convicción, Mera. Pero yo no soy Durruti. No soy dirigido ni dirigible. Si me hablan, contesto. Si me preguntan qué debe hacerse, emito mis opiniones. Tú debes hacerte nombrar jefe militar de tu columna, y a este compañero que te acompaña debes hacerlo nombrar capitán ayudante y, según sus merecimientos, debes presentar la lista completa de compañeros que merecen ser incorporados a las graduaciones militares. ¡ Y acabar con la matanza de militantes anarcosindicalistas ! Porque, al paso que llevamos, no nos quedarán ni para conserjes de los locales sindicales. Y, definitivamente, a mí no me necesitáis para nada en Madrid. No fui yo el que hizo la lista de los ministros. Me negué a serlo. A Horacio le dije cuán equivocado estaba en no incluir un par de compañeros de Madrid en la lista de futuros ministros. — Perdona, Juan. Nunca sabemos la verdad de lo que tú haces. Desde hace tiempo, te cargan la responsabilidad de cuanto de malo ocurre. Y es Mera quien te lo dice.
El gobierno, reunido en Consejo de ministros, me confió el encargo de asistir al entierro de Durruti en Barcelona, ostentando su representación. Por mi cuenta, añadí acompañar su cadáver desde Valencia. Mi rol de acompañante quedaba completo. Desde Valencia, lo acompañé vivo a Madrid. Ahora lo acompañaría de regreso a Barcelona. Pero ya muerto. ¡ Qué fácilmente murió Durruti ! El regreso fue como un viacrucis. Lento e interminable. En cada pueblo que atravesábamos, mujeres y niños llorando. Los hombres, serios, saludaban con el puño en alto. Cuando entramos en Cataluña, los pueblos enteros se volcaban al paso de la fúnebre comitiva. En el primer pueblo de Cataluña nos aguantaba Aurelio Fernández, acompañado de Mimí, la compañera francesa de Durruti. Hizo el viaje conmigo. Para mí fue algo incómodo, porque el prolongado gemido de ella me tenía avergonzado por no saber qué palabras de consuelo prodigarle. Nos había endurecido tanto la vida que las fuentes del sentimiento se habían secado. Así me ocurrió cuando me enteré de la muerte de mi madre. Así también me ocurrió al asistir al sepelio de mi padre, del que siempre recordaré la serena expresión de su cara de yacente. No parecía muerto. No recordaba haberme fijado mucho nunca en él. De muerto, tenía mi padre una expresión de nobleza dulce totalmente desconocida para mí.
Toda la noche fue velado el cadáver de Durruti en la planta baja de la Casa CNT‑FAI. Era un desfile interminable de gente, principalmente de trabajadores. Yo ignoro por qué permanecí allí plantado. Detrás de mí, inmóviles, Aranda y « El Viejito ». Iba, venía y se me acercaba Aurelio. No vi a ninguno de la tripleta que empujó a Durruti a Madrid. No, no vi ni a Federica ni a Marianet ni a Abad de Santillán. Sí vi al sargento Manzana y al doctor Santamaría, ambos sempiternos acompañantes de Durruti, que se me acercaron. Me abrazaron, me expresaron sus condolencias, como si yo fuese el padre del muerto. El símil se me antojó perfecto, pues que, en realidad, tal parecía mi presencia en la exhibición de aquel cadáver sin nadie de su familia presente. Casi al oído, muy quedamente, Manzana me dijo : — Queremos hablar contigo. A solas. Nos apartamos de la gente. En un rincón formamos corro de tres. — Se trata de algo que hemos ocultado sobre la muerte de Durruti. Dejamos que en Madrid se difundiera la noticia de que había recibido un tiro, cosa natural donde tantos tiros se disparaban. Pero no es cierto. Durruti no murió como corrió la noticia. Su muerte fue un accidente. Al salir él del auto, resbaló, golpeó la culata de su « naranjero » en el suelo y el percutor entró en función, desencadenando unos disparos, de los que uno le dio a él. Nada se pudo hacer en el hospital. Murió. Aquellos detalles me parecieron absurdos, y no me hicieron perder la serenidad. Me di cuenta de la diferencia que hay entre morir heroicamente frente al enemigo y morir en un accidente, como quien dice en un accidente de trabajo. Mas lo cierto es que ya había circulado profusamente la versión de su muerte heroica frente al enemigo. No se podía desmentir, ni resultaría conveniente hacerlo. Además, puestos a investigar, nunca se sabría la verdad, pues cada cual, en aquel infierno de pasiones que era España, daría su versión, con preferencia la versión que más pudiese perjudicar moralmente a los anarcosindicalistas. Hasta llegarían a decir nuestros enemigos de dentro y de fuera que había sido asesinado por los propios anarquistas. A Manzana y al doctor Santamaría les sometí a un reducido cuestionario : — ¿ Es ésa la verdad sobre su muerte ? — Sí, ésa es. — Los qué visteis cómo ocurrió el accidente, ¿ os habéis comprometido a guardar secreto ? — Así es. — ¿ No lo habéis contado a nadie más ? — Solamente a ti. — Si os pido que mantengáis el secreto, ¿ lo haréis ? — Lo haremos, Juan. Te lo prometemos solemnemente ante su cadáver. — Pues bien, mantened el secreto hasta el fin. Dejaremos que sea enterrado y recordado como un héroe. Después de todo, si no murió como héroe, sí vivió como héroe sus últimos días de Madrid. Entonces, como ahora, treinta y siete años después, me pareció inverosímil aquella versión de la muerte de Durruti que me dieron el sargento Manzana y el doctor Santamaría. Había una pieza que no encajaba bien en lo que llegaría a ser una especie de rompecabezas. No encajaba aquello de que « al bajar del auto, se resbaló y golpeó el “ naranjero ” en el suelo, disparándosele ». Cierto que los « naranjeros », fusiles ametralladores alemanes importados para la Guardia civil, eran peligrosos si se les daba un golpe contra el suelo estando cargados con cartucho en la recámara. Muchos accidentes se habían producido ya. Pero es que yo nunca vi a Durruti con «naranjero». A lo sumo, llevaba pistola al cinto en la funda. Tampoco he visto ninguna fotografía suya con « naranjero » en las manos. Y eso que Durruti se hacía fotografiar en todas las posiciones, hasta durmiendo. En el frente de Aragón llevaba siempre con él al doctor Santamaría, por si lo herían, y a un compañero fotógrafo, para irle tomando fotos. Dada la seriedad de Manzana y del doctor Santamaría, siempre creí que debió ser a algún compañero de su escolta a quien se le disparó el « naranjero », recibiendo Durruti la descarga. Como fuera. Dejemos a los muertos en paz.
He asistido a muy pocos entierros. Si son humildes y sencillos, los tolero. El más pobre de todos fue el de mi hermanito Pedro. No tuvo cura con cruz alzada ni bajada. No puede asistir al entierro de mi madre. Murió del dolor de saber lo que me habían hecho los guardias de Asalto la madrugada del 8 de enero de 1933. Pude asistir al entierro de mi padre, al que verdaderamente conocí muerto. También fue entierro sencillo, civil, sin curas, solamente con el cortejo de los compañeros de Reus. Lamentaré siempre no haber asistido al entierro de Francisco Ascaso, muerto, él sí, heroicamente el 20 de julio de 1936, frente al cuartel de Atarazanas, de bala que debió ser disparada desde el Lloyd's Italiano, guarida de falangistas y militares sublevados. Ascaso pasó de la barda en que estábamos, entre Santa Madrona y la Rambla, al otro lado de la calle, con el compañero Correa, del sindicato de la Construcción. Desde allí, creyéndose protegido por una camioneta oscura que estaba junto a la acera, rodilla en tierra, apuntaba con el máuser al edificio de Oficinas Militares. Soltó el fusil, levantó los brazos y se abatió sobre las losas del piso. Su cuerpo no tuvo ningún estremecimiento. Con la mano indiqué a Correa que lo arrastrase un poco, apartándolo del ángulo de tiro. Por la frente, una bala le había pasado toda la cabeza. Los tres días que siguieron a nuestra victoria me impidieron, e impidieron a todos los compañeros del grupo « Nosotros », acompañar a Ascaso a su última morada. Cuando nos enteramos, lo habían sacado del sindicato del Transporte, adonde fue conducido ya muerto, y había sido enterrado. Entierro sencillo, sin espectacularidad, me dijeron. La luz de una cerilla en un mediodía soleado de julio, frente al Mediterráneo. El gobierno de la República, convocado con urgencia por Largo Caballero, me encomendó su representación en el entierro de Durruti. Como Federica había desaparecido y Peiró y López declinaron en mi favor, no pude evitar presidir el que iba a ser el más solemne y espectacular sepelio visto en Barcelona, más solemne y espectacular que el entierro del «avi» Macià. Durruti gozaba en Barcelona de mucha simpatía. Porque lo mereciera o lo ganara con su aspecto de gran muchacho de sonrisa ingenua y bondadosa. O porque le tocó morir en el momento culminante de la lucha en Madrid. Me tocó la presidencia teniendo a un lado al presidente de la Generalidad, Luis Companys, y al otro lado al cónsul general de la URSS, Antónov‑Ovseenko. (¿ Por qué no puedo eludir el razonar cuanto ven mis ojos ?) Algo me decía que la presencia de Companys era el tributo pagado al que decidió, con su silencio, que la Organización no acordase ir a por el todo. Igualmente, la presencia de Antónov‑Ovseenko parecía corresponder a la tolerancia de haber enviado una delegación de la columna Durruti a los desfiles de las fiestas de Octubre en Moscú. Era muy posible que fuese como yo pensaba. Sin embargo, aquella multitud de obreros — más de doscientos mil en el cortejo —, ignorantes de las interioridades de la política y de la Organización, de sus tendencias y divisiones, estaba presente por simpatía hacia el revolucionario y, más que todo, por querer expresar en aquel momento álgido de la lucha de Madrid, su total adhesión a la causa republicana y revolucionaria. Me dijeron que sepultaron a Durruti en un rincón del cementerio de Casa Antúnez, junto a las tumbas de Ascaso y Ferrer Guardia. No pudieron escoger mejor lugar.
Pero no fue la única noticia. Estábamos en noviembre, mes de los muertos. La radio enemiga transmitió la noticia de que, al amanecer del 20 de noviembre, había sido fusilado en Alicante el jefe de la Falange, José Antonio Primo de Rivera. Esperaba la noticia, que tenía que llegar de un momento a otro. El juicio se celebró ante Tribunal popular, habiendo recaído en él pena de muerte por complicidad en los delitos máximos que habían conducido al país a la terrible guerra civil que desencadenaron los militares facciosos y los falangistas. Como de costumbre, la sentencia de muerte había pasado a consideración del Consejo de ministros. Todas las sentencias de muerte, impuestas por los tribunales, antes de ser ejecutadas eran comunicadas a la presidencia del Consejo de ministros. El presidente estaba facultado para dar el « enterado », lo que suponía inmediata ejecución de la sentencia. Pero Largo Caballero nunca hacía personal decisión. Siempre traía las sentencias a la consideración del Consejo de ministros. Si éstos no objetaban, la presidencia remitía el « enterado ». Si aparecía alguna objeción, la causa era remitida al Tribunal Supremo, para que la revisase en nuevo juicio que se sustanciaba en alguna de sus Salas. Por sistema, y por ser el ministro de Justicia, no objeté nunca una sentencia de los Tribunales populares. Solamente una vez, mi palabra y mi voto fue para que se suspendiese una sentencia de muerte que iba a pasar sin merecer ninguna objeción. Se trataba de un caso de espionaje juzgado en Asturias. El reo era un muchacho de 14 años. Aunque pudiese ser culpable de los delitos de espionaje de que era acusado, a mí me pareció excesiva la pena de muerte para un muchacho tan joven. En consecuencia, su causa pasó a revisión del Tribunal Supremo. Por sistema, apoyé siempre las sentencias de muerte impuestas por los Tribunales populares. Era la manera de tener la suficiente solvencia moral para impedir que, al margen de los Tribunales populares, y tomando por pretexto la inoperancía de éstos, las prisiones fuesen asaltadas y pasados por las armas los presos sospechosos de pertenecer al bando faccioso. Defendía la acción de los tribunales, pero nunca sostuve polémica con los demás ministros por dicha causa. Yo cumplía con mi deber y ellos con su conciencia. Cuando llegó a la consideración del Consejo de ministros la causa de José Antonio Primo de Rivera y la pena de muerte que le impuso el Tribunal popular de Alicante, como de costumbre, Largo Caballero, con la gravedad del caso, nos dijo : « Quedan ustedes enterados. Si hay alguna objeción, háganla ahora ». Se produjo un silencio de plomo. — Entonces damos el « enterado » — concluyó Largo Caballero. — Espere un momento, por favor. Yo también estoy de acuerdo en que se envíe el « enterado » y sea ejecutado ese señor. Sin embargo, quisiera sugerir la conveniencia de demorar la ejecución, en espera de que pueda surgir la posibilidad de canjearlo por el hijo de Largo Caballero... — ¡ Perdone, señor Esplá, que lo interrumpa ! En este momento, el Consejo de ministros no está considerando lo que pueda ocurrirle a mi hijo. Si alguna vez, ésta es mi opinión, llegamos a establecer el canje de presos, será cuando el gobierno lo considere pertinente, lo acuerde y se aplique a todos. En mi calidad de jefe del gobierno, les pregunto : ¿ Alguna objeción a que se envíe el « enterado » al tribunal de Alicante ? Ante el reiterado silencio de todo el gobierno, afirmó : — Será enviado el « enterado ».
¡A ritmo de guerra y de revolución! Coincidiendo con la desaparición de Durruti, la situación de Madrid se mantuvo grave, pero se estaba produciendo una estabilización en su vasto frente de combate. Ya podíamos dedicarnos a la obra de gobierno, empezando por organizar los ministerios. Y había que empezar la obra confederal y libertaria a nivel gubernamental. Recordaba la entrevista que tuve con Horacio Prieto, cuando todavía era secretario del Comité nacional de la CNT, en la cual le reclamé constituir urgentemente una comisión de asesoramiento técnico para cada uno de los ministros confederales. Y recordaba la excusa que me dio. El pleito existente entre Horacio Prieto y la Regional del Centro se había liquidado con su salida del Comité nacional. Por dicho motivo, me encontraba en la situación de los primeros momentos, y necesitaba me fuese aclarado si nuestra gestión, la de los ministros, sería obra de cada uno de nosotros o si sería obra de la Organización. Tenía que volver a empezar. Así lo hice, esta vez con menos esperanzas de lograr un resultado positivo. Horacio Prieto tenía suficiente capacidad para llevar a la práctica mis sugerencias, mientras que Marianet solamente lo haría si me avenía a ser su mentor. Y yo no tenía tiempo para tantas responsabilidades. Justamente estaba deseando liberarme del peso de algunas de las que asumía. Estuve con Marianet en el Comité nacional. Le expliqué mi cambio de impresiones con Horacio Prieto antes de que dejara el Comité nacional, y le apremié para poner remedio a la situación en que nos encontrábamos los ministros, situación que demandaba un esclarecimiento responsabilizador de quién prepararía los decretos que hubiera que presentar al gobierno para aprobación. — ¿ Qué aconsejas ? — preguntó Marianet. — Lo mismo que le aconsejé a Horacio Prieto : que el Comité nacional nos provea de asesoramiento técnico y que el Comité nacional, representante de la Organización, nos trace la línea a seguir y la obra a realizar. — Lo que dices es correcto. Pero me temo que la Organización no esté preparada para una obra de tal envergadura. ¿ No ves otro camino ? — Sí. Podría ser una solución que dotase al Ministerio de una Asesoría jurídica, llevando a ella a una selección de abogados y jurisconsultos. Esto tendría la ventaja de que no le costaría ni un céntimo a la Organización. — Me parece muy bien. ¿ Cómo nos enteraremos de lo que vayas a legislar, antes de que, los decretos aparezcan en la Gaceta ? — Según me han informado, es costumbre que los ministros envíen copia de sus proyectos de decreto a cada miembro del gobierno, para evitar que se pueda alegar ignorancia a la hora de tener que decidir por votación. Puedo entregarte también una copia de cada proyecto de decreto. Y en caso de tener que alegar algo en contra, estudiadlos enseguida y avisadme de la disconformidad. — Me parece excelente. Es más, pediré lo mismo a los demás compañeros ministros. ¿ Vosotros os reunís antes de cada Consejo ? — No. Y creo que, de hacerlo, sería contraproducente. Pero sí hay que advertir, seriamente, que ningún ministro de la CNT debe opinar ni votar en contra de lo que diga o proponga otro compañero. A no ser que el Comité nacional convenga en designar a uno de nosotros como guía de los demás, lo que no sería muy recomendable. Lo más adecuado sería que, en asuntos de importancia, nos convocases tú a todos y promovieras el debate sobre la orientación a seguir. — Me parece muy adecuado que os manifestéis siempre de acuerdo ante los demás miembros del gobierno.
En el ministerio. Despacho con el subsecretario. Le digo. — Hemos de hacer una revolución jurídica. Pero pronto. Creo que sería muy adecuada la creación de una Comisión asesora jurídica en el Ministerio. ¿ Qué opinas ? — La idea de hacer una revolución jurídica me parece brillante. Hace muchos años que en este Ministerio no ha entrado un rayo de luz. Hay muchas cosas viejas que deben ser suprimidas, especialmente cuanto se refiere a trámites y procedimientos. Y crear una Comisión asesora jurídica significará a ojos de quienes nos están observando que cuanto aquí se haga de nuevo habrá sido hondamente meditado. — Dame nombres de abogados revolucionarios, pero ilustres. Por ejemplo, el republicano federal Abel Velilla, actual presidente de la Audiencia de Gerona ; el sindicalista Benito Pavón, abogado y diputado. Los demás deberás proponerlos tú. — Lo pensaré. Lo consultaré primero con ellos y cuando esté la lista terminada te la presentaré para aprobación.
Despacho con el comandante Lara del Rosal, para organización de las Escuelas populares de Guerra. — Comandante, debes pasar por la subsecretaría de Guerra y hablar con el subsecretario, general Asensio, para que legalice y aparezca en el Diario del Ministerio de la Guerra tu nombramiento de inspector general de Escuelas populares de Guerra. Ya hablé con él al respecto y me prometió la ayuda necesaria para que las Escuelas sean una realidad cuanto antes. — A la orden — dijo, muy cuadrado, el comandante. — Con toda urgencia debes buscar locales apropiados para Escuela general de Infantería, Caballería e Intendencia. — Lo tengo : el cuartel de Paterna. — Bien. Debes buscar local para la Escuela de Artillería. — Lo tengo : un buen cuartel en Lorca. — Bien. Debes buscar local para la Escuela de Transmisiones. — Lo haré. — Debes buscar local para la Escuela de Ingenieros. — Lo haré. — Para las dos escuelas que tienes locales, debes proponerme urgentemente a los directores y jefes y oficiales para el profesorado. Cuando los hayas aprobado, deberás pasarlos inmediatamente a la sección de Destinos de personal del Ministerio de la Guerra. Todas estas escuelas deben estar funcionando dentro de un mes. Conmigo puedes despachar de día y de noche, aquí, en el restaurante comiendo o en el hotel descansando. — Quieres lo mismo que en Barcelona, ¿ no es cierto ? — Justo. Lo mismo : la misma eficacia y la misma rapidez.
Dos días después, con el subsecretario aprobé la composición de la Comisión asesora jurídica : un republicano, magistrado del Tribunal Supremo, López de Goicoechea ; un federal, presidente de Audiencia, Abel Velilla ; un sindicalista, abogado y diputado, Benito Pavón ; y un abogado comunista, Bolívar, bajo la presidencia del subsecretario Mariano Sánchez Roca. Asuntos iniciales para estudio, consejo y propuesta de decreto : Primero. Cancelación de todos los antecedentes penales al día de la fecha. Segundo. Amnistía total para todos los detenidos políticos a la fecha del 18 de julio de 1936. Tercero. Acortamiento de todos los plazos y trámites judiciales, principalmente en lo referente al Derecho civil, como divorcios y adopciones de menores. Cuarto. Autorización a todos los comparecientes ante los tribunales para ejercer su propia defensa o utilizar los servicios de un « hombre bueno ». Quinto. Imposición de fuertes penas de prisión a especuladores, agiotistas, traficantes, comerciantes deshonestos y aprovechadores de la situación de guerra.
Con el comandante Lara del Rosal, dos días después de la primera entrevista : Primero. Aprobación del habilitamiento para Escuela de Guerra de los cuarteles de Paterna y Lorca. Segundo. Aprobación del cuadro de directores y profesores de la Escuela general de Paterna y la especial de Artillería de Lorca. Tercero. Comunicado a todas las organizaciones y partidos del Frente Popular, más a la Unión Federal de Estudiantes Hispanos, para el enrolamiento y aval de sus afiliados que deseasen pasar los exámenes de ingreso en las Escuelas populares de Guerra. Cuarto. Aprobación de incautamiento de los edificios destinados a la instalación de las Escuelas de Guerra de Transmisiones en Villarreal y en Godella, para la de Ingenieros y Zapadores. Quinto. Aprobación de habilitamiento para las Escuelas de Guerra de los locales de Villarreal y Godella. Sexto. Aprobación del cuadro de directores y profesores de las Escuelas de Guerra, especial de Transmisiones de Villarreal y de Ingenieros y Zapadores de Godella. Séptimo. Aprobación de las listas de armamentos a pedir al Ministerio de la Guerra, para adiestramiento de los alumnos de todas las Escuelas de Guerra. Octavo. Aprobación para solicitar a la Consejería de Defensa de Cataluña la entrega de dos mil fusiles Remington de un tiro, en desuso, para entrenamiento de los alumnos de las Escuelas de Guerra.
Ocurría que a diario, cuando entraba en el Ministerio de Justicia, la guardia, integrada por miembros del Cuerpo de Asalto, me cerraba el paso, con su « ¡ Alto ! », y me tenían inmóvil hasta que, al grito de « ¡ Sargento de guardia ! », aparecía éste y, previa identificación, me dejaban pasar. Ocurría también que los miembros del cuerpo de guardia deambulaban por las aceras del ministerio, o por el patio de entrada, formando grupos, charlando animadamente y con el fusil colgado del hombro, como cazadores de conejos. Ocurría que de todo ello tomaban nota, y a veces fotografías, algunos visitantes nacionales y extranjeros, que tenían interés en conocer a aquel extraño ministro de Justicia. Ocurría que en todos los ministerios se daban iguales espectáculos, incluso, y acentuadamente, en la presidencia y Ministerio de la Guerra. Ocurría que siempre eran guardias de Asalto los integrantes de las guardias ministeriales, que cambiaban continuamente, no llegando siquiera a conocer a los ministros que debían defender. Y ocurría que parecían — así los llamaba yo — « guardias paraguayos » aquel conjunto de hombres que le daban a uno el gran susto cuando se trataba de entrar en un Ministerio. Decidí terminar con aquel caos. Por otra parte, estaba obligado a tener en cuenta que las prisiones, antes custodiadas por fuerzas del ejército, desde el principio de la contienda lo eran por fuerzas de Seguridad y de Asalto. En consecuencia, decidí crear una Guardia penitenciaria, integrada por anarcosindicalistas, idóneos para la obra que pensaba realizar en materia de justicia penal. Tendrían sus uniformes, sus armas y su disciplina. En la puerta del ministerio solamente habría uno, que sería quien llamaría al oficial de guardia. Con éste, formarían otros cinco el pelotón de vigilancia de turno, encargado de facilitar el paso a quien necesitase algo del Ministerio. A embajadores y ministros de visita les serian rendidos honores. El resto de la guardia no estaría formando grupos por las escaleras y patio, sino en una amplia sala habilitada para descanso, con mesas, biblioteca, juegos de damas y ajedrez. Todo esto se lo estaba diciendo al compañero Carnero y a Nebot, a quienes había llamado a mi oficina para darles orientaciones. Y proseguí explicándoles que en el ramo de Prisiones existían dos cuerpos encargados de la vigilancia de los presos : el de oficiales de Prisiones, formados en la « Escuela de Salillas », que deberían ser de gran bondad, y que generalmente salían más malos que si hubieran estudiado para matarifes ; y el cuerpo de vigilantes de Prisiones, sin más estudio que el que recibían los guardias de Seguridad. Utilizando las asignaciones que tenían ambos cuerpos en los presupuestos de la nación, deberían crear, previa legalización, el nuevo cuerpo de Guardia penitenciaria. No era necesario que fuese del dominio público. Los componentes de la Guardia penitenciaria debían ser, primero, compañeros de confianza, y, segundo, obreros pertenecientes a la CNT. Para los jefes, seria conveniente hacer un viaje a Barcelona y reclutar compañeros de las barriadas de Sans, Clot, Pueblo Nuevo y San Andrés. Y para los guardias, pedirlos calladamente a los sindicatos de la Regional de Levante y a los fugitivos de las Regionales de Andalucía y Aragón. — ¿ No debemos hacer públicas las demandas de enrolamiento ? — Sí. Pero de manera que, cuando se hagan públicas, ya estén cubiertos todos los puestos, única manera de impedir la infiltración de los comunistas.
Valencia había pasado a ser la capital de España, sede del gobierno y de las embajadas de los países que nos reconocían. Como en todas las localidades de la zona republicana, existían una legalidad y unas autoridades para hacerla respetar. La policía dependía del Ministerio de Gobernación, y los tribunales, del Ministerio de Justicia. Los juicios contra los facciosos se veían en los tribunales populares, creados por el gobierno presidido por Giral. Lamentablemente, el espíritu de subversión se mantenía todavía en los órganos de Seguridad y de Justicia creados al calor revolucionario de los primeros momentos. Con excepción de Cataluña, donde el orden revolucionario pasó a depender inmediatamente del Comité de Milicias, lo que permitió restablecer rápidamente la ley y el derecho de gentes, en el resto de España, empezando por Madrid con los grupos de ejecución que capitaneaba Margarita Nelken, en todas partes ocurría más o menos algo parecido. Y era mi primera obligación restablecer el orden jurídico, de manera que la vida humana y el derecho de gentes fuesen respetados. En Valencia existían los Tribunales populares. Actuaban de vez en cuando. Sin embargo, todas las noches se reunía, en el último piso de la Audiencia territorial, un llamado « Tribunal de la sangre ». Sus componentes — unos veinte miembros — petenecían al aparato jurídico, policiaco y político de todos los partidos y organizaciones antifascistas de la ciudad : CNT, FAI, UGT, Partido Socialista, Partido Comunista, Partido Sindicalista, Izquierda Republicana, Unión Republicana y valencianistas. Todas las noches se asignaba la misión de llevar a cabo determinados arrestos de sospechosos de fascismo. Los juzgaban, y si recaía sentencia de muerte, los ejecutaban. Todo llevado a cabo en una misma noche. Los cuerpos de los ejecutados aparecían fuera de la ciudad, en los campos y en las huertas. Eran los llamados « paseos », práctica de justicia expeditiva que yo habría de explicar en mi discurso de apertura anual de Tribunales, argumentando precisamente que, puesto que la sublevación militar había supuesto la rotura de todos los frenos sociales, porque fue realizada por las clases históricamente mantenedoras del orden social, los intentos de restablecer el equilibrio legal hicieron que el espíritu de justicia revirtiese a su origen más remoto y puro : el pueblo : vox populi, suprema lex. Y el pueblo, en tanto duró la anormalidad, creó y aplicó su ley y su procedimiento, que era el « paseo ». Pero, restablecida la normalidad con la instauración de los Tribunales populares, de composición revolucionaria, ya no tenían justificación los « paseos »: los elementos sospechosos debían ser entregados a los Tribunales populares y ser juzgados, con imparcialidad, con castigo de los culpables y puesta en inmediata libertad de los inocentes. Dispuesto a terminar en Valencia con aquella anómala situación, hice convocar al llamado « Tribunal de la sangre ». Los reuní en el salón grande. Por falta de asiento para todos, estuvimos de pie. — Os he convocado para que conjuntamente adoptemos una actitud revolucionaria, pero digna — les dije —. De todos vosotros, así como de las organizaciones y partidos que representáis, espero una estrecha colaboración. — ¿ De qué se trata, si puede saberse ? — preguntó Sánchez Requena, miembro del Partido Sindicalista. — Iba a decíroslo. Os he convocado para pediros que no reunáis más el llamado « Tribunal de la sangre ». Debéis dejar que actúen los Tribunales populares. — Se me hace mucho pedir — replicó Sánchez Requena. — A mí también se me hace mucho pedir — argumentó otro tipo de los presentes —. No vaya a ocurrir que tengamos que reunirnos una noche para juzgar a nuestro querido ministro. Repliqué amablemente : — Compañeros, ya sabéis quién soy yo. Os contestaré a las buenas, pero podría hacerlo con el fusil ametrallador en la mano. No me daré por enterado de lo que alguno de vosotros acaba de decir, a condición de que no actuéis más como « Tribunal de la sangre ». El pesado silencio que se hizo terminó por ser roto por alguien, que dijo : — ¿ Y cuál será nuestro cometido de hoy en adelante ? — Es muy sencillo — contesté —. Podéis integrar los Tribunales populares. Podéis entrar en las Escuelas de Guerra, que dentro de unos días empezarán a funcionar. ¿ Qué no podéis hacer en un país que vive una revolución ? Podéis aspirar a todo, menos a ser verdugos permanentes. Algunas voces dijeron : — Tiene razón.
Casi terminamos con los « paseos ». Todavía, de vez en cuando, aparecía alguien muerto en alguna cuneta. Pero el « Tribunal de la sangre » no volvió a reunirse. Y era buen síntoma, porque hasta el nombre de aquel tribunal recordaba escandalosamente lo peor de la revolución francesa. Sin embargo, quince días — más o menos — después de la escena que se desarrolló en el salón del Ministerio de Justicia, aparecieron, de manera sistemática, nuevos ejecutados de manera irregular. Y siempre en el mismo lugar : detrás de los muros de los vastos terrenos que tenía el cuartel de Paterna, sede ya de la Escuela popular de Guerra. De ello se quejó el coronel Plaza, director de la Escuela, al comandante Lara del Rosal, inspector general de las Escuelas de Guerra. Y éste me dio parte por escrito, con el ruego de evitarlo, por no constituir un ejemplo edificante para los alumnos. Como también podía ocurrir que en la mente de alguien existiese el propósito de dar a entender que los alumnos de las « escuelas del ministro de Justicia » se dedicaban al nocturno deporte de los « paseos ». Si el « Tribunal de la sangre » ya no actuaba, y ello me constaba, ¿ quiénes podían ser los autores de aquellos « paseos » ? Le dije al comandante Lara del Rosal que pidiese al coronel Plaza montar un discreto servicio de vigilancia nocturna cerca de aquellos muros. El grupo de alumnos encargado de la ronda nocturna no tuvo que esperar muchos días. Dos noches después, dieron el alto a una pequeña tropa de guardias de Asalto, que llevaban a ejecutar a un paisano. Sorprendidos, los guardias de Asalto manifestaron estar en cumplimiento de un servicio ordenado por Wenceslao Carrillo. Cuando lo supe, telefoneé a Galarza, ministro de Gobernación : — ¿ Galarza ? Se trata de tu subsecretario de Gobernación, el inefable señor Carrillo. ¿ Puedes sujetarlo, de manera que por las noches no envíe a sus guardias a dar « paseos » ? — ¿ Qué me cuenta usted ? ¿ Está usted seguro de ello ? — Sí, Galarza. Fueron sorprendidos cuando iban a fusilar a un pobre sujeto detrás de la Escuela de Guerra de Paterna. Después de haber logrado poner fin a las actividades del « Tribunal de la sangre », ayúdame a frenar a Carrillo, para no tener que pasar el asunto al fiscal de la República. — No se preocupe. Cuente conmigo.
Cambié de hotel. Me fui al Metropol. El Hotel Inglés resultaba muy atosigante, lleno de gente a toda hora. Era tanto el barullo, que resultaba difícil dormir descansadamente durante las noches. Tenía la impresión de que en aquel hotel debería resultar muy fácil descargar sobre uno todo un cargador de pistola. Además, carecía de protección contra un ataque aéreo. Metido en una plazoleta, entre edificios apretujados, con una dejada de bombas se vendría todo abajo. El el hotel Metropol estaban alojados los soviéticos, desde Rosenberg hasta la última intérprete, pasando por los generales y los miembros de la GPU. El Metropol era, por entonces, el mejor hotel de Valencia. Los soviéticos iban siempre a lo mejor. En Madrid había observado que ocupaban casi todo el hotel Palace. Y, cosa curiosa, sobre el Palace y sus alrededores no caían nunca bombas de aviación ni obuses del 15,5. ¿ Entendimiento ? No creo. Conveniencias mutuas. Los bombardeos estaban reservados para los « payos », los del país, como dirían los gitanos andarríos. La dirección del Metropol quiso oponer resistencia a darme servicio de habitación y de restaurante. Alegaban tenerlo todo ocupado. Por un camarero nos enteramos de que no era cierto. Solamente admitían soviéticos y recomendados de éstos. Dos horas más tarde me presenté en el hotel Metropol, con mis escasas pertenencias y la escolta completa, en esta ocasión reforzada y con fusiles ametralladores. Al entrar, Aranda le dijo al administrador : — ¡ Deme la llave de la habitación del ministro de Justicia ! Se la dieron. El propio administrador nos acompañó a la habitación. Estaba en el mismo pasillo que las de Rosenberg y Gaiski, canciller de la embajada éste y hombre de confianza de la GPU. Cuando Federica se enteró de mi traslado al hotel Metropol, también pidió alojamiento, y lo obtuvo. Rosenberg, sutil, y Gaiski, astuto, comprendieron que no les cederíamos ni lo bueno ni lo malo de España. En todo caso, nos lo tendrían que quitar, pero a las bravas.
Afortunadamente, permanecía poco tiempo en el Ministerio. Las reuniones con el Comité nacional, o los Consejos de ministros y las reuniones del Consejo superior de Guerra y, a veces, las reuniones interministeriales motivadas por asuntos que podían depender de dos o más ministerios, me quitaban gran parte del día. También dedicaba mucho tiempo a las visitas que realizaba a las Escuelas populares de Guerra, en organización unas o en funcionamiento otras. Ello suponía viajes a Paterna, Godella, Villarreal y Lorca. No obstante, eran muchas las visitas que tenía que atender, al no ser posible, por la naturaleza de los asuntos a tratar, traspasarlas todas al subsecretario.
Recibí la visita de Pedro Corominas. Abogado de nombradía, buen escritor y político federal de prestigio. Antiguamente había sido tildado de anarquista, y hasta fichado como tal. Y estuvo preso en Montjuich a causa de una campaña terrorista que vivió Barcelona. Cuando me visitó, era presidente del Consejo de Estado, alto organismo consultivo de la República. Platicamos largamente, en catalán, pues él lo dominaba a la perfección. Le dije que me veía en el caso de tener que nombrar presidente del Tribunal Supremo, cargo ocupado interinamente por Mariano Gómez. Se lo ofrecí y declinó aceptarlo. También le dije que me veía en el caso de tener que nombrar fiscal general de la República, por no haber accedido a ocupar el puesto Eduardo Barriobero. Se lo ofrecí y también declinó la aceptación. Después de platicar ampliamente se despidió de mí. ¿ A qué vendría ?
Recibí la visita del deán de Canterbury. Había insistido mucho ante Alvarez del Vayo para que nos preparase la entrevista, pues no quería regresar a Inglaterra sin haber platicado con el ministro de Justicia « anarquista », en aquellos tiempos muy discutido por la prensa derechista y filofascista del mundo entero, por no mencionar la prensa nazi, que me calificaba de « amante padre de todos los asesinos ». Al deán de Canterbury se le tildaba de partidario de todos los movimientos revolucionarios de carácter socialista. Y por dicha propensión se le conocía por « el deán rojo ». En realidad, era un personaje que vivía la inquietud de nuestro tiempo, en el que se era fascista del centro hacia la derecha, y marxista del centro hacia la izquierda. Dicho, claro está, de manera convencional, por cuanto tan a la derecha marchaba el fascismo como seguía también dicha inclinación el marxismo, negando ambas corrientes toda confianza en el sentido de responsabilidad social del hombre libre. Nos saludamos con un fuerte apretón de manos. Pronto se estableció una corriente de simpatía entre nosotros dos. — ¿ Sabe usted que no salgo de mi asombro desde que he puesto el pie en esta casa ? — Ya me dirá, señor deán, lo que le asombra. — Me explicaré. He visitado la presidencia del gobierno, el Ministerio de Instrucción pública, el Ministerio de Propaganda y el de Negocios extranjeros. Todos instalados, como éste, en edificios que pertenecen a la nobleza valenciana. En todos, con excepción del que usted ocupa, he observado una total desnudez de las paredes, con la particularidad de que se notan los claros dejados por los cuadros que las cubrían, como si hubiese sido ayer cuando los quitaron. Es de suponer que debían ser cuadros de motivos religiosos, históricos, o simplemente retratos. Y no hago más que penetrar en el Ministerio de Justicia y recibo la agradable sorpresa de que aquí están todavía colgados los cuadros que siempre estuvieron, ya sean religiosos, que veo que abundan, ya sean retratos o paisajes. Si es usted el ministro más radical, según se lee en los periódicos y revistas extranjeros, ¿ a qué se debe que su actitud ante los cuadros sea tan opuesta a la de los otros ministros ? — Es fácil de explicar. Y crea usted que no es por querer desentonar del resto de mis compañeros de gobierno. No. Los motivos son varios. A mí no me molestan los cuadros ; todo lo contrario, me son agradables, sean de motivos religiosos, personales, militares o pastoriles. Y cuando me siento muy fatigado, física e intelectualmente, contemplo los cuadros, intento conocer las pasiones de sus personajes y, poco a poco, me invade una ola de descanso. — Es cosa rara — observó el deán — que descanse del exceso de trabajo ejerciendo otro trabajo intelectual. ¿ No le parece ? — Sí y no. Hubo un tiempo, cuando estaba preso, en que me curaba del pesimismo leyendo las poesías pesimistas de las Flores del mal de Baudelaire. — Es curioso lo que me dice. Me advirtieron que usted es un temible polemista, y me temo que sea verdad. Por lo que se refiere al método de curar el pesimismo con literatura pesimista, le confieso que haré la prueba. Y no está bien que yo lo diga, pues se supone que un religioso debe curar el pesimismo con la fe. ¿ Es cierto que en la España republicana son perseguidos enconadamente los religiosos ? — En nuestra zona no perseguimos a los religiosos. Están abiertos los templos protestantes y las sinagogas judías. Si los religiosos católicos no mezclasen la religión con la política y si además no utilizasen los templos y conventos para conspirar contra las libertades humanas y para disparar desde ellos contra el pueblo, no solamente los templos católicos estarían abiertos, sino que serían respetados sus oficios religiosos. — ¿ Cómo explica usted la actitud combativa de los religiosos católicos ? — Puede darse un principio de explicación por la contradicción que existe entre el precepto divino de « no matarás » y la imagen de Santiago, patrón de España, montado a caballo y matando infieles con su espada. — Es muy polémica su respuesta. ¿ No le atrae ninguna religión ? — Usted lo ha dicho, señor deán. No me atrae ninguna religión de las existentes. De ser posible, me gustaría participar en hacer revivir una religión pagana, los ritos de Palas Atenea, por ejemplo, o los de su hermana oponente, Afrodita. — ¡ Fantástico ! ¿ Me autoriza a reproducir palabra por palabra cuanto hemos hablado ? — Sin duda alguna, señor deán. Y créame que ha sido un gran placer recibirle y platicar con usted.
Tuve la visita que menos esperaba, la del anarquista francés Gaston Leval. Lo conocí en 1922, en Zaragoza. Ejercía la profesión de fotógrafo ambulante. Esto le permitía ir de una parte de España a otra, con escasos gastos, que cubría, a veces, con los ingresos que obtenía de la fotografía, lo que no ocurría siempre. Entonces, o no comía o recurría a la solidaridad de los compañeros. Así sucedió en Zaragoza, donde se realizó una suscripción a su favor en el local de la Alianza Republicana, donde nos reuníamos a tomar café y relacionamos los militantes confederales. Me encargaron de llevar a cabo la suscripción pro Gaston Leval entre los camareros y cocineros del Saturno Park, donde un grupo de empleados éramos catalanes y de la CNT. Me sorprendió su visita. ¿ Qué podía querer ? ¿ Qué lo había traído a España, cinco meses después de haberse iniciado la lucha ? Supuse que su presencia tendría relación con la reciente muerte de Durruti. Leval no veía con agrado a Durruti ni a Ascaso, ni por extensión a ningún miembro del grupo « Nosotros », que él conoció como pertenecientes al grupo « Los Solidarios ». Cuando Durruti y Ascaso marcharon a Francia en 1923, los anarquistas franceses ya habían perdido la influencia que durante muchos años ejercieron en la CGT (Confederación General del Trabajo), a causa de las luchas de tendencias en que se debatían. Formaban grupos de gentes bien preparadas intelectualmente, muy retóricos y quisquillosos. Mantener relaciones con ellos resultaba difícil ; bastaba con que uno se relacionase con un grupo para que los otros cortasen las relaciones. Penetrar en aquellos grupos era como caer en un avispero. El líder de uno de aquellos grupos, Armand, para dar una idea de esa situación, escribió un libro que tituló Parmi les loups. Al llegar a París Durruti y Ascaso, entraron en contacto con el grupo de Sebastián Faure, editor de Le Libertaire y, en verdad, de trato bastante fraternal con todo el mundo. Como Ascaso y Durruti eran depositarios de fondos del grupo « Los Solidarios », temiendo perderlos si eran detenidos por la policía, decidieron destinar el dinero a una útil inversión : dieron una cantidad para que se editase, bajo la dirección de Faure, una Nouvelle encyclopédie anarchiste y otra cantidad para la fundación de la « Librairie Internationale », a cargo del compañero Severin Férandel y de su compañera Bertha. Nunca lo hubieran hecho. El grupo, más o menos anarcosindicalista, de Pierre Besnard y de Gaston Leval se indignó por lo que consideró una grave ofensa : haber escogido a los Faure, Férandel, Lecoin, Odéon y otros. En cambio, los del grupo que publicaba L'En Dehors, de Armand, se alegraron, por saber rabiosos a los otros, y los del grupo editor de Le Semeur, viejos anarquistas, todos millonarios, se frotaron las manos de gusto. Sabía que Gaston Leval era aficionado al estudio de los problemas económicos vistos desde un ángulo revolucionario. Sin embargo, no tenía confianza en sus conocimientos sobre las economías revolucionarias. La experiencia me decía que en nuestra revolución habían fracasado en la práctica aquellos compañeros que se decían economistas, como Alaiz, que escribiera sobre « la política del trigo », y Carbó y Santillán, que nos llenaban de artículos y libros sobre los problemas económicos de la revolución. En realidad, fueron los obreros y campesinos los que afrontaron valientemente los problemas de la producción y el consumo, pues se dieron cuenta pronto de que, con revolución o sin revolución, había que comer y vestir. Así nacieron y se desarrollaron las colectividades industriales y campesinas. — ¿ Has venido a estudiar o a quedarte ? — le pregunté después de que nos hubimos saludado. — No sabría qué decirte — contestó —. Estoy un poco desorientado todavía. Estoy tentado de quedarme a estudiar los enfoques que habéis dado a muchos de los problemas sociales y los resultados que habéis obtenido. También me gustaría mezclarme en alguna colectividad agraria, para darme cuenta de lo que están haciendo y ayudarlos en la medida de mis conocimientos. ¿ Tú qué opinas ? — Es difícil darte una respuesta. De ninguna manera querría que pudieses decir que hacías lo que yo te había sugerido. Además, soy de los que opinan que los compañeros de valía como tú podrían sernos de más ayuda en sus países, creando movimientos de opinión a nuestro favor y contra el fascismo. Supongo que me clasificarás como algo nacionalista. En efecto, lo soy. Creo que toda revolución contiene un mucho de nacionalismo. — Sí, ya sé que nunca fuiste muy ortodoxo, ni en las interpretaciones internacionales ni en las nacionales. Basta con estudiar la ponencia del Sindicato Fabril y Textil de Barcelona para el Congreso de la CNT de Zaragoza, que es expresión de tu estilo y pensamiento, para darse cuenta. No te diré si comparto o no tus puntos de vista. Sin embargo, lo que está ocurriendo en España corresponde en un setenta por ciento a lo que tú exponías sobre la marcha de una revolución. ¿ Podrías ayudarme a que me acogiesen en las colectividades agrícolas de Valencia ? — Me imagino que sí. El secretario de la Federación de Campesinos de Levante, Vicente Martínez « Artal », es un buen amigo mío. — ¿ Es ingeniero agrícola ese compañero ? — No, es obrero marroquinero. Pero muy buen operario. Ten en cuenta que, donde existe, la revolución española es producto de obreros manuales. El intelectual, o no existe o ha fracasado. Le di dos cartas de presentación. Y por si no encajaba entre los compañeros campesinos y se veía obligado a rodar de un lugar para otro, le di dos mil pesetas, del fondo que me iba quedando del sueldo de ministro, del cual había decidido dar la mitad todos los meses para sostenimiento del Comité nacional.
Me visitaron Orlov y Petrov, los dos jefes de la GPU que había conocido en Madrid, acompañando ahora al general soviético X, especialista en artillería. Orlov y Petrov sabían cómo andar por el mundo cuando se trataba de obtener algo. Me traían un regalo : un magnífico fusil ametrallador « Thompson » — famoso por la película de Paul Muni Scarface —, dentro de una estupenda funda de lona con conteras reforzadas de cuero y bandolera. Al entregármelo me dijeron que era mejor que el « naranjero » con que me habían visto en las calles de Madrid. Para halagarme, el general X me dijo que apreciaba mi comportamiento el 7 de noviembre en Madrid, cuyos detalles sabía por Orlov y Petrov. Después pasó al objeto de su visita : — Deseo visitar la Escuela de Artillería de Lorca, y no he podido lograrlo. En el cuerpo de guardia me pidieron un salvoconducto firmado por usted, diciéndome que eran las normas que regían invariablemente para todo el mundo. Aunque me acredité como general soviético, de nada me sirvió. ¿ No cree usted que exageraron ? — No, no exageraron. Es la consigna que tengo dada. Por principio, las escuelas están cerradas a toda clase de visitas. — ¿ Y no podría hacer una excepción a mi favor ? — Pueden existir las excepciones. Y le voy a dar un salvoconducto. Tres días después volvieron a visitarme Orlov, Petrov y el general. Habían estado en la Escuela de Artillería de Lorca ; la visitaron detenidamente, quedando sorprendidos de las altas notas que tenían la mayor parte de los alumnos en matemáticas. Especialmente, les sorprendió el alumno José Unamuno, hijo del gran escritor Miguel de Unamuno. José Unamuno era el número uno en matemáticas. — ¿ Sabe ? — me dijo el general X —. La Escuela funciona muy bien, solamente que... — Perdone usted — le interrumpí —. Usted me pidió autorización para visitar la Escuela de Artillería, y yo se la di. Pero no le di el cometido de que me informase del resultado de su visita. Si lo que quiere usted decirme es que la Escuela está pobremente dotada de material artillero y sus complementos, puede ahorrarse el esfuerzo. Sé perfectamente lo que le falta ; de tal manera que, si está usted autorizado a regalármelo, ahora mismo le daría una lista bien detallada. Se rió el general y se rieron Orlov y Petrov.
No era acostumbrado que unos ministros visitasen a otros, como si no tuviesen nada que decirse. Mientras que en el café siempre tenemos algo que comentar, así estuviese la vida ciudadana tan quieta como agua en plato sopero, para un ministro la persona, o las personas, de sus colegas ministeriales eran inexistentes. Coincidían a una hora determinada en la antesala de la presidencia, se saludaban con un « ¡ hola ! » y se correspondían con otro « ¡ hola ! ». Por no recibir nunca llamadas telefónicas de mis colegas, me produjo bastante extrañeza que Alvarez del Vayo me hablase por teléfono para preguntarme si no tendría inconveniente en que pasara a saludarme al cabo de media hora. Llegó Alvarez del Vayo, socialista sui generis, de quien nadie ignoraba sus contactos con los comunistas. Pensé si su venida estaría en relación con el Comisariado, del que era jefe, a causa de haber dado la orden a los directores de las Escuelas de Guerra de no admitir comisario incorporado a la dirección, alegando que toda entrada debía ser autorizada por el ministro ponente, que era yo, según acuerdo del Consejo superior de Guerra. No era tal el motivo de su visita. El motivo era más serio y profundo, si bien él iba a procurar, con arte de diplomático, reducirlo a la mínima expresión. El gobierno de Bélgica había remitido una reclamación por la muerte de un ciudadano belga. Belga y barón. Hechas las oportunas indagaciones, se trataba, al parecer, de un enrolado en las brigadas internacionales con nombre supuesto. En su brigada se descubrió la falsía de su nombre, confesó pertenecer a la nobleza belga y, además, reconoció haberse enrolado en las brigadas internacionales para cumplir una misión de espionaje. Juzgado en consejo de guerra en su brigada, fue condenado a muerte y fusilado. — ¿ Qué me aconseja usted contestarle al gobierno de Bélgica ? ¿ Admitir la reclamación y presentarle disculpas, alegando la confusa situación en que vivimos ? — De ninguna manera. Admitir que la confusión existente puede amparar la comisión de asesinatos de extranjeros, dejaría muy mal parada la reputación del ministro de Justicia, y además seríamos acusados de atentados contra el derecho de gentes. Lo correcto es darle al gobierno belga nuestra versión, correcta y veraz, de lo acontecido a su súbdito, a saber : que ese ciudadano, de origen belga, se enroló voluntariamente en las unidades militares conocidas como Brigadas internacionales ; que lo hizo con nombre falso y ocultando pertenecer a la nobleza ; que confesó ser espía al servicio de los militares facciosos y fue juzgado ante consejo de guerra de su brigada, condenado a muerte y fusilado ; que, dispuestos a colaborar con el gobierno de Bélgica al esclarecimiento del asunto y a la valoración de las responsabilidades que del mismo pudieran derivarse, rogamos al gobierno belga tenga a bien contestar si los ciudadanos belgas que se enrolan y prestan servicio activo en unidades militares extranjeras, sin conocimiento ni autorización del gobierno de su país, continúan siendo belgas o han sido despojados de los derechos de nacionalidad. Si autorizó el gobierno de Bélgica, de acuerdo con su Constitución y su ley, a que dicho ciudadano se enrolase, con nombre supuesto, en una unidad militar del gobierno de la República española. — Así daremos nuestra respuesta. — Desde ahora le digo que la reclamación quedará sin efecto. — Le quedo agradecido… — Le ruego que no se marche todavía. El problema que hemos tratado tiene dos aspectos : el objetivo, que es el que ya hemos tratado, y el subjetivo, que ahora hemos de tratarlos dos. Según los hechos, en las Brigadas internacionales, sin autorización de mi parte, se reúnen consejos de guerra, juzgan e imponen sentencias, ignoramos en base a qué código de justicia, y ejecutan las sentencias de muerte que imponen, sin comunicarlo al gobierno ni esperar a que éste dé el « enterado », sin cuyos requisitos toda ejecución capital reviste las características de un asesinato. ¿ Estamos de acuerdo ? Alvarez del Vayo se quedó visiblemente apenado. Aquella variante, que había sido prevista por él y que temía, partía como flecha a poner un « ¡ Hasta aqui ! » al creciente poder que ejercía en Albacete el jefe internacional de las Brigadas internacionales, el comunista francés André Marty, ya conocido entonces por el apodo de « carnicero de Albacete ». — ¿ Qué cree que podemos hacer ? — Como usted no ignora, estoy haciendo lo posible para restablecer la ley y el derecho de gentes en nuestra zona. Hasta hoy, no había podido intervenir en lo que está ocurriendo en las Brigadas internacionales, que afirmo que es un abuso. Usted me ha presentado un caso, y de ninguna manera estoy dispuesto a dejar pasar esas anormalidades que tanto pueden perjudicarnos ante la opinión pública internacional. — ¿ Y qué sugiere que hagamos ? — Entiendo que usted debe cambiar impresiones con el jefe del gobierno, y que vean de acabar con el desbordamiento de autoridad de André Marty. En el bien entendido de que he de estar alerta de hoy en adelante y de que en cuanto me entere de alguna tropelía cometida contra ciudadanos españoles, el ministro de Justicia, con sus corchetes, irá a Albacete a llevar a cabo el arresto de dicho sujeto. — Tengo entendido que usted nunca simpatizó con los internacionales. ¿ No estará ello en contra de sus principios internacionalistas ? — En efecto, algo en contra está de mis principios internacionalistas. Sin embargo, prefiero claridad en los planteamientos de lo que se dice y se hace. El internacionalismo, en nuestro caso, sería beneficioso si en el extranjero todos los amantes de nuestra causa se manifestasen enérgicamente contra los muchos enemigos que tenemos y que nos atacan incesantemente. Pero si en vez de manifestarse en sus países vienen a España para hacer el papel de combatientes internacionales, cuando a nosotros nos sobran luchadores y nos faltan armamentos, ¿ qué beneficio logramos con su presencia ? — No podemos negar que mucho les debemos a los internacionales. Por ejemplo, en las batallas por la defensa de Madrid... — No estoy de acuerdo — le interrumpí —. En las batallas por la defensa de Madrid ellos no participaron en la estrategia del 7 de noviembre, cuando abandonamos la ciudad. Por lo que al frente propiamente dicho se refiere, si es Madrid quien resistió o fueron los internacionales, el número de bajas nos lo puede decir, pues se calculan sobre veinte españoles republicanos por cada internacional, del cual podríamos prescindir sin que se notase su ausencia. — Sus opiniones al respecto son muy peculiares, personalísimas, y no corresponden a la opinión general de la gente. — Se equivoca. La gente ya se cansó de ver en los internacionales a un ejército de privilegiados. A los internacionales, que nadie llamó y que sólo vinieron a reforzar las posiciones de quienes, como los comunistas, eran una ridícula minoría.
El año 1937 acababa de iniciarse. Pasaron Navidad y fin de año sin darme cuenta. España ardía en sus frentes y no era cosa de rendirnos a las tradiciones celebrando fiestas. Para mí, lo importante era ganarle al tiempo lo que llevábamos de tiempo perdido. Se vivía una etapa galopante en el Ministerio de Justicia. Allí donde todo fue siempre quietud, donde el zumbido de una mosca podía ser oído, ahora era presa de frenesí. La Comisión asesora jurídica marchaba a todo vapor, resolviendo en forma de proyectos de decreto las iniciativas que yo le pasaba por conducto del subsecretario. Al iniciarse el año, le entregué para estudio los siguientes proyectos de ley : concediendo a la mujer la plenitud de los derechos civiles,[2] equiparándola en todo a los hombres ; facilitando la adopción de niños huérfanos ; legalizando los matrimonios civiles celebrados al margen de toda autoridad reconocida como legal ; concediendo la amnistía para toda clase de delitos comunes cometidos hasta el 17 de julio de 1936 ; creando campos de trabajo para los condenados fascistas ; reformando los Tribunales populares y reduciendo al máximo de quince años las penas por delitos comunes.
[1] [NDA]. Quien me informaba era Almendros, delegado del PSUC en el Comité de Milicias. En Almendros, ya entonces, latía el espíritu de la Oposición anticomunista dentro de los partidos comunistas de todo el mundo, que más tarde se fue manifestando de una manera generalizada y que, por lo que al PSUC respecta, tuvo exponentes en militantes significados, además de Almendros, como Miguel Ferrer y los hermanos Durán Rosell, entre otros.
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