3 El anarcosindicalismo en el gobierno

No nos hagamos demasiadas ilusiones. La victoria y la derrota vienen siendo páginas de la misma historia. Ambas se encuentran equidistantes del mismo punto de partida. Lo importante es acertar la dirección que conduce a una y otra. La victoria es alada, y no hay artista que con el cincel o el pincel no sea capaz de expresarla. Con o sin cabeza, la victoria es siempre bella, línea combada que descansa su arco en un grácil pie y que se lanza segura hacia el infinito ¿ Quién no la dibujaría o no la esculpiría en mármol ? Pero la derrota, ¿ cómo describirla ? ¿ Ha ensayado alguien plasmar en mármol el lodo o los gusanos rastreadores ? Y en pintura, ¿ qué luces darles a unos matices, cómo mezclar unos colores todavía no conocidos, porque ninguno es el amarillo, ni el azul, ni el rojo del principio de la gama cromática ?

No miréis a los pies de los hombres vencidos, porque su belleza está en su mirada. Es en la mirada donde cada vencido expresa su sentir, en eso que los creyentes llaman el alma.

Luchador anarcosindicalista, equivocaste el camino. Aun partiendo del mismo punto, tomaste el camino que conducía a la derrota. O tus augures no conocían el secreto de las grandes revelaciones o, si sabían leer en el vuelo de las aves, no prestaste la debida atención a sus predicciones. Optaste por el camino sencillo, el que parecía más fácil, pero que no conducía a la victoria.

Luchador anarcosindicalista, has entrado en el último capítulo de tu gran gesta. Es el capítulo que te conducirá al exilio si lograste burlar a la que se coloca junto al pequeño surco rectangular, del que solamente se sale con alas de insecto. Pero si llegas a conocer la condición de exilado y no vendes tu alma al diablo, sabrás de la amargura del apátrida sin convicción, porque morirás con el anhelo de regresar al rincón de la calle de tu infancia.

Luchador anarcosindicalista, ¿ cómo podías saber la dirección correcta partiendo de un mismo punto ? ¿ Cómo saberlo si nada se había escrito sobre la gesta que nunca habías realizado ? Pero ahora que sí realizaste la gesta de los siglos, aprende, leyendo lo bueno y lo malo de lo que hiciste.

Y no lo olvides. Tendrás que volver a empezar, partiendo del punto inicial ; el que, en una u otra dirección, conduce a la victoria o a la derrota.

¡No vuelvas a equivocar el camino!

 

Son las nueve y media de la noche : 2 de noviembre de 1936. Han transcurrido solamente tres meses y medio desde el 20 de julio y ya parece todo tan lejano que diríase nunca existieron las jornadas del 18, 19 y 20.

Pasan los días velozmente, dejando un enorme desgaste en los cerebros y en las conciencias. Nos estamos volviendo indiferentes. Si al principio me parecía inconcebible traicionar las esperanzas de las legiones de luchadores que sucumbieron antes de llegar a las metas « julianas », a los tres meses ya no me asombraba de tener puesto el pie en el estribo del automóvil que había de conducirme a Madrid para tomar posesión de un ministerio.

Hacía sólo unas horas que me había negado insistentemente a dar mi consentimiento para lo que se me antojaba baja maniobra política ; y, como si hubiese transcurrido una eternidad, ya me había sometido a las conveniencias de una Organización que, de apolítica que fue y sin transición, pasaba de una honda etapa revolucionaria a cubrir una gestión gubernamental acompañando a sus adversarios y hasta a sus enemigos de ayer.

¿Debí resistir más? ¿Debí negarme y no haber transigido? Mejor es dejar sin respuesta estas interrogantes. Que sean los demás quienes juzguen y las contesten. Ahora, al aceptar ser ministro, y ayer, al transigir formando parte del Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, sólo tuve en cuenta que las marchas atrás pueden hacerse antes de que se dispare el primer tiro ; pero cuando ya han sido muchas las víctimas y en el camino todavía caerán más, no es dable pararse y dar marcha atrás, porque los muertos seguirán muertos, y los destinados a morir caerán inevitablemente. Debo seguir, si no con la integridad ideológica de que siempre estuve orgulloso, sí con la elegancia de cumplir un deber y ver de hacerlo lo más eficazmente posible.

Desde el Comité de Milicias empujé y ayudé a que el proceso revolucionario fuese adquiriendo profundidad. Choqué fuertemente con Companys, él como presidente de la Generalidad y conservador en funciones, y yo como impulsor de la revolución. Tan hondo fue el choque que no lo visité ni cómo jefe del departamento de Guerra del Comité de Milicias, ni después como secretario general de la Consejería de Defensa, cargo que dependía de la presidencia de la Generalidad.

¿ Tiene una explicación tal alejamiento ? Sí, la tiene. Nunca dejé de pensar que podía llegar el momento de marchar adelante y ocupar por la vía de los hechos el palacio de la Generalidad y los demás edificios públicos y oficiales. Sabía que entre bastidores Antónov‑Ovseenko actuaba en Barcelona como si Cataluña fuese una colonia. Por consejo suyo y bajo su dirección, el PSUC había constituido un Comité militar encargado de la supervisión de todos los problemas del partido, incluso de los asuntos económicos.

Era sorprendente que Companys, tan celoso siempre de lo que él llamaba sus prerrogativas pisoteadas por el Comité de Milicias, no manifestase nunca desagrado por la manera de comportarse del cónsul soviético ; que entraba y salía de la Generalidad cuando y como le pluguía. Es seguro que Antónov‑Ovseenko no disponía de tanta libertad cuando su vida transcurría entre los muros del Kremlin.

Todo hecho a ciencia y paciencia de los miembros de Esquerra Republicana de Cataluña. Para muchos de ellos, el primero de ellos Tarradellas, si bien disimuladamente, el anarcosindicalismo era causa de admiración, por lo que no comprendían la manifiesta antipatía de Companys hacia algo típicamente catalán como era el anarcosindicalismo y sus obras, así como la sumisa simpatía que demostraba por lo ruso y sus representantes oficiales.

Todo parecía indicar que los comunistas esperaban mi salida de Barcelona para marchar a la dominación política y social de Cataluña. Mi informador[1] en el seno del Comité militar del PSUC me decía que, según Antónov‑Ovseenko, « no debía ofrecer inquietudes lo que pudiesen hacer Marianet, Abad de Santillán y Federica Montseny y sus colaboradores. Era a mí y a mis colaboradores a quienes había que mirar con desconfianza, porque en un momento dado podíamos colocar en las calles de Barcelona a la mitad de las fuerzas anarcosindicalistas de Aragón y aun dejar fuerzas para sujetar a los escasos centenares de combatientes que tenían allí la Esquerra y el PSUC. Además, les decía, desde el Comité de Milicias, con la colaboración de Aurelio Fernández y José Asens y sus Patrullas de Control, más los Cuadros de Defensa confederal, no podemos estar seguros de lo que pueda ocurrirnos en cualquier momento. Mientras él esté ahí al mando de las fuerzas de milicianos y Aurelio Fernández y José Asens mandando en las fuerzas de Seguridad, cualquier día podemos despertarnos bajo una dictadura anarquista.

Los temores de Antónov‑Ovseenko, que eran expresión de los temores soviéticos, tenían gran semejanza con los que no ocultaba Federica Montseny. Esta llegó a fletar, con destino a América, a los compañeros Avelino González Mallada y Claro Sendón para que, al tiempo de realizar una propaganda general antifascista, en lo particular y privado insistiesen cerca de los compañeros residentes en América sobre el grave peligro que atravesaban en Cataluña, debido a que yo tenía preparada la implantación de una dictadura anarquista. González Mallada hizo públicas, en las columnas de Cultura Proletaria de Nueva York las graves preocupaciones de Federica Montseny.

No es tiempo ahora de ocultar verdades, que por serlo eran ostensibles. Ciertamente, desde la creación del Comité de Milicias Antifascistas, primero, y aposentado después en la Consejería de Defensa, mi preocupación principal, magníficamente secundado por Aurelio Fernández en Seguridad interior y por Antonio Ortiz, Gregorio Jover, Miguel García Vivancos, Domingo Ascaso y Cristóbal Aldabaldetreco en las columnas anarcosindicalistas, fue realizar una paciente obra conspirativa en espera de que llegase el momento de que la Organización, cansada de las jugadas de la Esquerra Republicana y el PSUC, considerase llegado el momento de ir a por el todo.

¿Qué otra cosa cabía esperar de mí? No era un secreto mi posición durante una larga vida de militante de la CNT. Siempre había formado parte de los núcleos más radicalizados del anarcosindicalismo catalán. Tolerante, sí lo era, pero únicamente para los compañeros que consideraba poco evolucionados o de escasa comprensión, como lo eran quienes oponían reparos de anarquistas puros a la adquisición del talante constructivo que caracterizaba a los anarcosindicalistas. Pero Angel Pestaña últimamente, y los incorporados a la política pequeño burguesa de la Esquerra Republicana, como Martín Barrera, Simón Piera, Grau Jassans, Sebastián Clará, Joaquín Llorens de Falset, Fidel Martí de Valls, Folch y Folch del Vendrell y otros, habían dejado para mí de existir, pues no podía tildar a ninguno de ellos de incapacidad mental ; antes al contrario, abusando de su preparación personal, abandonaban la Organización y se incorporaban a la Esquerra para representarla como diputados al parlamento de Cataluña o al de España por Barcelona y las comarcas catalanas. Para ésos, yo no era tolerante. Para mí eran simples traidores, tránsfugas del anarcosindicalismo.

Pues bien, en mi fuero interno, consideraba menos graves las posiciones adoptadas públicamente por los tránsfugas de la CNT que las de los votantes contra mi proposición en el Pleno de locales y comarcales de Cataluña del 23 de julio de 1936.

Y ahora que me estaba preparando para ir a representar a la CNT en el gobierno de la República, ¿ era yo leal, o era también un traidor ? Un día tendré que hablar extensamente sobre las supuestas contradicciones de algunos anarquistas al ocupar cargos en órganos estatales. Creo que un anarquista puede seguir siéndolo al formar parte de un gobierno, pues serlo y dejar de serlo dependerá de lo que llegue a realizar desde su puesto ; y no, como en el caso de Federica Montseny, de pedir a sus padres, viejos liberales radicalizados y no viejos anarquistas, que 1a autorizasen a ser ministro y anarquista al mismo tiempo, para tranquilizar su conciencia. Uno es lo que es, y no lo que le autorizan a ser.

Ni antes, ni durante mi gestión de ministro, ni después durante el tiempo que vegeté en Barcelona me arrepentí de lo que hice siendo ministro, ni de haber propuesto « ir a por el todo ». Este es el momento de aclarar que es enorme la distancia que separa al anarquista del anarcosindicalista : aquél, siempre en vela por las esencias puras del libertarismo, y éste enfrentado con las realidades del complejo mundo social. Aquél, el anarquista, es una actitud ante la vida ; y el anarcosindicalista es una actuación en la vida. Desde que un día propusiera « ir a por el todo », jamás dejé de esperar la oportunidad de poder hacerlo.

La sala de la oficina de la secretaría de Defensa estaba muy animada. Algunos vinieron a despedirme. Entre ellos, Durán Rossell y Almendros, del PSUC, muy inclinados, de siempre, a la oposición comunista ; Marcos Alcón y José Asens, con Juan P. Fábregas, de Patrullas de Control ; Vicente Guarner y Giménez de la Beraza. Me desearon buen viaje y suerte en aquel Madrid que se esperaba cayese de un momento a otro en poder de los fascistas y de los militares. Para ellos, mi aceptación del cargo de ministro no era vista como si se tratase de la aceptación de una sinecura, sino de una tarea preñada de todos los peligros inherentes a una ciudad asediada y presta a caer de rodillas ; para algunos, aquel momento era el de una despedida sin regreso posible.
 
Nos fuimos, acompañados de Aurelio Fernández y su escolta. Al llegar a la Casa CNT‑FAI me esperaban los compañeros Jaime Nebot y Antonio Camero, el primero de Espectáculos públicos y el segundo de Artes gráficas. Muy serio, Nebot me dijo :
 
— Eso de Madrid debe ser ahora una papeleta de cuidado. Si no tienes inconveniente, nos uniremos a tu acompañamiento o tu escolta, lo mismo nos da. Tenemos nuestro automóvil provisto de todo lo necesario.
 
En el Comité Regional de la CNT me dieron el recado de Horacio Prieto. Me esperaba como a los demás ministros de la CNT, en la sede del Comité nacional en Madrid, dos días después a las diez. Sin falta, porque por la tarde debía presentarme al jefe de gobierno.
 
Me despedí de todos. Saludos breves : « ¡ Salud ! ¡ Salud ! »

« Gasolina » estaba al volante del Hispano blindado, regalo de los obreros de Hispano Suiza, primera fábrica que entró en el complejo de las industrias de guerra. Mi « naranjero », arma peligrosa por lo fácilmente que se disparaba, lo colocamos, con un racimo de granadas de mano, sobre el amplio suelo. Tanto yo como mi secretario teníamos la pistola a mano. Aranda, con su ametrallador, junto a « Gasolina », y « El Viejito » con su winchester junto a la puerta delantera.

— ¿ Habéis cenado ? Porque yo no he comido nada desde mediodía — les dije.

— Sí, hemos cenado algo. Y aquí te tenemos pan y butifarra y vino tinto en la bota.

— ¡ Adelante, « Gasolina » ! Y parando lo menos posible en los controles. Avisa a Nebot que nosotros iremos detrás de ellos.

Ya eran las doce de la noche. En aquellos tiempos, la ciudad, débilmente iluminada y con las calles casi desiertas, se parecía a una porción de un mundo fantástico. Después de siglos de sumisión a los poderes de Madrid, Barcelona, al fin, conoció como una independencia inesperada. De mi nuevo papel, algo había que me chocaba : en adelante, pasaría a ser una rueda en aquel aparato de Estado que se llamaba gobierno de Madrid, con el cometido de ir cercenando las amplias atribuciones que se había tomado últimamente Cataluña.

Nada habría de extraño en ello. Al advenimiento de la República, al ser proclamado por Macià el Estado catalán, primero fue abrogada la revolución política en aras de la conservación del Estado español y — con escándalo para muchos catalanes — vio la luz del día una Generalidad de Cataluña, organismo a todas luces retrógrado, adaptación de tiempos pasados, cuya base se la dio un Estatuto que sería otorgado por el parlamento español, pero que malamente regularía atribuciones autonómicas, ya que éstas, para ser expresión de los nuevos tiempos, debían partir de la independencia primero, y después de la federación de las partes desligadas, y no de un gesto dadivoso de unos políticos españoles otorgando el Estatuto.

Si la Generalidad, en gesto pueril, se aferró a lo tradicional en perjuicio de lo nuevo, que era el Comité de Milicias Antifascistas, que debió subsistir hasta la negociación de una nueva convivencia hispánica, nada tendría de sorprendente que por el mismo camino el Estado español pretendiese disminuir a su mínima expresión lo que separaba a Cataluña de España, de manera que la autonomía fuese, en realidad, una autonomía administrativa, semejante a la que gozaban algunos municipios.

En la nueva justicia que iba a dirigir, habría que ver hasta qué punto sería compatible el mantenimiento de los derechos absorbidos, merced a lo excepcional de las circunstancias, con el trato de favor que Companys otorgaba al cónsul soviético y a los comunistas del PSUC, en perjuicio de la CNT, la FAI y el POUM. Porque una cosa era consolidar la liberalización de una entidad autonómica, y muy otra que el jefe político de dicha entidad, en este caso Companys, pudiese llegar a montar una maniobra de represión a cargo de los agentes soviéticos que se estaban moviendo incansablemente en toda la zona republicana.

Este era el problema que me esperaba. Hasta aquel momento ignoraba si había sido objeto de estudio por parte del Comité nacional. Supuse que algo hecho debía existir.

En buena doctrina gubernamental, para hacer frente a los tiburones políticos, no eran las maneras decididas y abiertas que se me atribuían las adecuadas. Lo necesario era que las fuerzas integrantes del gobierno reconociesen a la CNT su influencia determinante en lo que quedaba de zona republicana : mayoría en Cataluña, en Baleares, en Aragón, en Levante y en Andalucía, y solamente minoría en las dos Castillas, Asturias y Vizcaya. Casi dos tercios de zona republicana eran de influencia anarcosindicalista, con cuya expresión de fuerza no aparecíamos representados en los pequeños ministerios que nos habían otorgado. Eso en el aspecto simbólico. En el terreno práctico, los socialistas se reservaban el ministerio de la Guerra, el de Marina y Aire, el de Gobernación y el de Estado, aparte de la cartera de Trabajo y la presidencia del Consejo. Es decir, toda la fuerza organizada o por organizar en manos del Partido Socialista. A mí, ¿ qué me dejaban ? Las cadenas y las cárceles, las rejas y los grilletes. Todo con un fondo de estrados, jueces, fiscales y magistrados. ¿ Podría hacer algo libertario un ministro de Justicia anarcosindicalista ? Sí. Si me lo consentían, podría mandar derruir todos los establecimientos penitenciarios ; ordenar la puesta en libertad de todos los presos ; acabar con la infamia de los antecedentes penales ; orientar el sistema penitenciario hacia formas de vida ciudadanas, precisamente en ciudades penitenciarias, como tantas veces había imaginado.

 
El viaje sería largo y me urgía descansar algo, siquiera dormitar entre parada y parada al llegar a un pueblo y tener que pasar los controles. Ante lo desvelado que me sentía, me preguntaba si no sería posible que cerrase los ojos, dormirme de una vez. Aquel endemoniado viaje a Madrid, de noche, por una estrecha carretera que bordeaba el mar, con los « ¡ Alto ! » que nos gritaban los controles a la entrada y la salida de los pueblos, no era promesa de una noche apacible y reparadora. Luego, la mente, incansable, en busca siempre de lo que podría o no hacer, desde un gobierno que solamente manifestaba preocupación por los aspectos bélicos de la guerra, aparentando no darse cuenta de que si tripas llevan pies en lo ordinario de la vida, en guerras ideológicas son las ideas los sustentáculos del combatiente.
 
Al fin apercibimos las luces de Tarragona, con su gran balcón sobre el Mediterráneo, al que se llega dejando un poco atrás la formidable mole del castillo romano de Pilatos, donde eran encerrados los condenados al circo, y cuyas ruinas quedaban un poco más abajo, ya cerca de la playa. « El castillo de Pilatos » había servido también, en la monarquía y en la República, de prisión preventiva, desde una de cuyas ventanas tantas horas vi transcurrir contemplando la carretera plateada que la luna rielaba sobre las aguas.

Y otra vez la carretera, que aparecía de color blanco cremoso... Me iba diciendo : « Seguro que Horacio se dejó embaucar por el viejo Largo Caballero ; seguro que no fue lo suficiente listo para hacerse llamar, sino que no cejó hasta lograr que el zorro socialista se aviniese a recibirlo. Seguro también que Largo Caballero, cuando aceptó la entrevista, estaba necesitando urgentemente que Horacio se prestase a la comedia de aparentar una gran condescendencia hacia nuestra Organización ; seguro que Horacio está considerando su gestión como una gran victoria ; seguro que no logró captar el interés que podían tener los partidos que componían el gobierno en desprenderse un tantico de los puestos que ocupaban y cederlos a la CNT. Porque era evidente que la entrada de la CNT en el gobierno de Madrid debía tener justificación en algo que el gobierno quería hacer y no se atrevía a emprender sin arrastrar consigo a nuestra Organización ».

Cruzamos Vilaseca y dejamos, un poco más adelante y a la izquierda, la carretera que procedente de Reus conducía a Salou, desde donde partieron a la conquista de Mallorca las naves de Jaime el Conquistador. Después, Cambrils con su ancha riera a la entrada y, a lo lejos, la barriada marinera de El Serrallo, de donde salían las barcas a la pesca del bou... Sí, creo que me dormiré...

Desayunamos, y después comimos, de lo que traían en los autos. Como a las cuatro de la tarde llegamos a Madrid. Fuimos a alojarnos al hotel Gran Vía, frente a la Telefónica. Era una decisión provisional, hasta que nos hubiéramos orientado y poder buscar pensiones adecuadas.

La primera impresión que me produjo Madrid fue de normalidad alterada de vez en cuando por las alarmas antiaéreas y los bombardeos que llevaban a cabo los aviones enemigos y la artillería del 15,5. Pero a medida que anochecía, el aspecto ciudadano iba cambiando, hasta pasar a ser siniestro. Andaba escasa gente transitando y se oían intermitentes descargas de fusilería y armas cortas que causaban alarma.

En aquel aspecto, la vida nocturna de Madrid era bastante distinta a la de Barcelona. Sin duda, en la ciudad condal también existía quinta columna, pero no se manifestaba tan audaz como en Madrid. Porque aquellos tiroteos que se oían, o su mayor parte, procedían de descargas que hacían los quintacolumnistas, repartidos por los tejados de la ciudad. O se sometía a aquella chusma fascistoide o la ciudad terminaría por caer en estado de honda tensión : un gobierno lo es cuanto más firmemente domina los problemas de orden en las ciudades. Bien era verdad que, desde el levantamiento de los militares, en Madrid el gobierno casi nunca había existido, con las sucesivas crisis por que pasó. Además, los facciosos no habían sido tan castigados como lo fueron en Barcelona, tanto por la revolución  triunfante en toda Cataluña como por la enérgica actitud del Comité de Milicias. Por dichos motivos, la quinta columna estaba abusando de una situación indefinida, confusa y mediatizada, con sus legalidades jurídicas, policíacas y gubernamentales por un lado, y la demagogia extrema de las Juventudes Socialistas Unificadas, en las que predominaban los comunistas y que no respondía a la actitud correcta, prudente y aburguesada de sus hombres de gobierno, entre los cuales Vicente Uribe y Jesús Hernández aparentaban ser dos curitas, hablando siempre de legalidad republicana. Por contra, las Juventudes Socialistas Unificadas, al margen, parecía, del gobierno, acometían durante las noches purgas sangrientas, dejando que la acción del gobierno apareciese blandengue e incapaz de controlar las actividades nocturnas de los unos, con sus tiroteos desde los tejados, y de los otros con sus ajusticiamientos sumarios. ¡ Y aquél era el gobierno que pretendió exigir formalidad a los órganos de la revolución creados en Cataluña !

Me causó muy mala impresión lo que vi en las calles durante la noche y lo que oí en el Comité nacional después de acomodarme en el hotel. El ambiente que se respiraba era de duda y de incertidumbre. Hasta las excursiones nocturnas de los jóvenes socialistas unificados eran expresión de debilidad y de miedo. Porque una revolución es fuerte cuando aparece fuerte a la luz del día. Pero de noche ninguna acción revolucionaria da la medida del vigor de ningún gobierno. Al contrario, el gobierno aparece como muñeco de trapo en sus continuas declaraciones de paz y orden, mientras que por debajo dejaba que las partes irresponsables de sus partidos, las juventudes, llevasen a cabo lo que debieron haber sido juicios a la luz pública. Y tener orden, pero orden de verdad, durante las noches. Porque, detrás de aquel tinglado, se me antojaba lo fácil que después les sería a los socialistas y a los comunistas dar en el extranjero la impresión de que el vandalismo nocturno no era obra de elementos controlados por los partidos gubernamentales, sino realizado por los eternos enemigos del orden : los anarquistas.

Por la mañana, Horacio nos había reunido a los cuatro ministros. Me gusta leer en la cara de las personas. La de Horacio, en aquel momento, era de lo más avinagrado. Seguramente sabía algo poco agradable. El Consejo de ministros, nos dijo, empezaría a las cuatro de la tarde, en el ministerio de la Guerra. Nos presentaría al jefe del Gobierno, Largo Caballero. Como solamente se trataría de la marcha de la guerra en el plano nacional y en el internacional, no eran menester instrucciones del Comité nacional.

— Por lo demás, sois muy grandes y tenéis talla para poder desenvolveros ante cualquier situación.

Nunca esperé escuchar tanta banalidad. Quise forzar la situación, para que las responsabilidades quedasen bien definidas :

— Te ruego, compañero Horacio, que nos hagas depositarios de todo lo que sepas, declarable o no, sobre las interioridades de la formación del gobierno en el que hemos de representar a la Organización. En política, saber es tan importante como el mismo ser. Hemos de evitar ser cogidos por sorpresa en algo que haga referencia a la política local, nacional e internacional del gobierno.

Horacio, como cogido in fraganti, contestó, rápido :

— No hay nada de secreto en lo tratado para vuestra incorporación al gobierno. Aparte de que, al principio, Azaña opuso mucha resistencia a la entrada de Federica Montseny y de García Oliver, por considerarlos excesivamente anarquistas, poco compatibles con las funciones de gobierno. Esa situación fue superada, y todo es ya normal.

Fuimos presentados por Horacio a Largo Caballero : ojos grises, escrutadores. Creo que quien más le intrigó fui yo, porque no dejaba de mirarme, ya de frente, ya de soslayo. Mi fisonomía no concordaba con las referencias que debía tener de mí. Seguramente esperaba encontrarse con una cara conocida de hace largo tiempo, la cara del « anarquista de Tarrasa » de que tanta mofa se hizo en los mentideros periodísticos. Todo lo contrario : yo mismo me enorgullecía de tener cara de bobalicón.

Todavía no había salido Largo Caballero de su asombro ante mi aspecto atildado y mi cara de bobo, cuando ya me había dado cuenta de que él no era el zorro peligroso de que se hablaba, sino un viejo burócrata que había aprendido a asumir la dirección política y sindical a base de dejar que los otros se comprometiesen para inclinarse él definitivamente del lado del sector mayoritario. Todo en él daba la impresión de ser un buen padre de familia y un débil jefe de gobierno.

¿Cómo nos debía ver él a cada uno de nosotros? Juan Peiró tenía el tipo del obrerista campechano, inconfundible tanto dentro de la CNT como en la UGT, de cara redonda, propenso a ser agradable ; pero en sus ojos, de pupilas penetrantes, veíase al hombre esforzado, estudioso y francamente honrado. A Juan López, ¿ cómo lo vería, con su cara ascética y cambiante de zorro siempre alerta ? Por lo que se refiere a Federica Montseny, seguramente le chocaría su enorme corpachón, su cabellera bien peinada, su andar cansino, sus ojos centelleantes como dos cuentas negras detrás de gruesas lentes de miope. ¿ La vería realmente como era ? A Horacio, ya lo conocía. En él debía ver las maneras sobrias de los socialistas vascos o montañeses, duros como el pedernal.

— Pues si los compañeros están preparados, podemos pasar a la sala donde esperan los demás ministros — dijo Largo Caballero, al par que se despedía de Horacio con el ¡ agur, agur ! tradicional de los vascos.

Entramos a un salón donde sentados a una mesa se encontraban los demás miembros del gobierno. Nos fue presentando a todos : Indalecio Prieto, de Marina y Aire ; Alvarez del Vayo, de Estado ; Angel Galarza, de Gobernación ; Anastasio de Gracia de Trabajo ; Uribe, de Agricultura ; Hernández, de Instrucción pública ; Julio Just, de Obras públicas ; Carlos Esplá, de Propaganda ; Bernardo Giner de los Ríos, de Comunicaciones ; Juan Negrín, de Hacienda ; Jaime Aiguader, Manuel Irujo y José Giral, los tres ministros sin cartera.

Saludos y apretones de manos. Todas las apariencias de que se nos tenía por bienvenidos. No dejaba de extrañarme tanta cordialidad. Para sentarse, existía un orden preestablecido. A mí me tocaba entre Prieto y Galarza. Pasamos, sin transición, al asunto único que tenía que someter a la consideración de todos el presidente del Consejo, quien, después de un breve informe sobre la situación nacional e internacional, enfocó el problema de la caótica situación de Madrid, cercado por casi todos los lados, con el desorden en el interior y el enemigo en los aledaños. Todo ello era causa de que el gobierno se encontrase en la imposibilidad de organizar la lucha en España. Por lo que proponía al gobierno abandonar Madrid y trasladarse a Valencia.

Todo el secreto de la incorporación de la CNT estaba ahí, expuesto bien a las claras sin hacer mención de ello. Se nos quería para cubrir con nuestro nombre el miedo de aquellos señores, de aquellos queridos colegas de gobierno. Poco se imaginaba — o sí, se lo imaginaba, y hasta lo sabía — Horacio Prieto cuán pronto habíamos sabido a qué quedaba reducido su empeño en separarme de la secretaría general de Defensa de Cataluña y mi insistencia en que nos descubriese lo que encubría la incorporación de la CNT a las responsabilidades de la gobernación del país.

Vi la cara que ponían mis compañeros de la CNT. Parecía como si estuviesen ante una grieta por la que, al fondo, se viese el infierno. Reflexioné rápidamente. Comprendía que Largo Caballero tenía razón. El día anterior me lo había pasado indagando hasta altas horas de la noche sobre la situación de los frentes de Madrid, donde se me decía que predominaba una situación caótica, mitad de derrota, mitad de espíritu heroico, por lo que se libraban combates extremadamente encarnizados, con grandes cantidades de bajas por ambas partes. En el interior de la ciudad, las noches eran pavorosas, no sabiéndose de quién era la ciudad, si de la quinta columna que disparaba sin cesar desde tejados y azoteas o de las fuerzas republicanas, expeditivas, ciertamente, y eficaces en los puestos de control de esquinas, plazas, parques y entradas y salidas de la ciudad.

En tal situación era comprensible que, cualquiera que fuese el jefe del gobierno, su aspiración fuese abandonar Madrid cuanto antes, para poder organizar sus funciones donde no existiese tanto caos. Ahora veía yo claramente el porqué de la prisa en incorporar a la CNT al gobierno, y muy especialmente el interés en que yo fuese del equipo gubernamental, sustrayéndome de la secretaría general de Defensa de Cataluña, que venía siendo, más o menos camuflado, el Comité de Milicias de siempre, y desde el que, ante la huida de Madrid del gobierno, con el aparato de fuerzas en nuestro poder seguramente que Cataluña se hubiese alzado, desconociendo la autoridad de un gobierno huido del centro tradicional e histórico de su deber.

¡Cándido Horacio Prieto! ¡Cómo cayó en las redes de los que querían abandonar Madrid y no se atrevían por miedo a la reacción de los anarcosindicalistas! Ahora todo estaba claro. Primero, el oro. Evacuar el oro adonde solamente ellos pudiesen alcanzarlo. Después, evacuar Madrid, con honor, cubriendo ese honor con el de los anarcosindicalistas. Luego, ya podrían tirarnos por la borda, porque ya no nos necesitarían.

Nuestra caída era de espanto. ¡ Todo sacrificado por nada ! ¡ Ahora podría ir Federica Montseny a recibir la bendición por haber sabido ser ministro y anarquista ! Le había dicho su padre : « Antes que ser gobernado, gobernar. Antes que tener que someterse a la dictadura de los otros, aplicar la dictadura ». Interpretación en grande de la historia, ciertamente. Pero la mascarada que nos habían preparado ¡qué baja maniobra!

La proposición de abandonar Madrid fue rápida y unánimemente aceptada por todos los ministros presentes. Todos menos los de la CNT. Había llegado el momento de que se oyera la voz de los anarcosindicalistas. Como sea que el conjunto de ministros expusiera su personal punto de vista y ninguno dijera que hablaba en nombre de su partido, me pareció peligroso que nosotros cuatro también hablásemos a título personal, por temor a que no reflejáramos el pensamiento colectivo. Ellos, seguramente, estaban de acuerdo antes con lo que habían aprobado. Posiblemente no era la primera vez que tal problema se presentaba en Consejo de ministros, como propuesta o como sugerencia a meditar.

Pedí la palabra y rogué a todos excusar lo que podría ser interpretado como una alteración del procedimiento que se debía seguir en los Consejos de ministros. Expuse que los ministros de la CNT no poseíamos antecedentes del problema y que por dicho motivo difícilmente nos sería posible, expresándonos de manera personal, interpretar el criterio general de la Organización, la cual debía tenerlo ciertamente. Y a fin de poder cambiar impresiones entre nosotros cuatro sobre tan importante y delicado problema, rogaba al Consejo de ministros aplazar por unos instantes una decisión definitiva.

Largo Caballero dijo que accedía a suspender por unos momentos el Consejo. Nos levantamos y fuimos introducidos en un pequeño salón, quedándonos solos. Para empezar, les dije a mis tres compañeros que en el asunto planteado no debería intervenir yo, pues constaba a todos que no acepté ser mínistro. Les expuse que había advertido a Horacio de que suponía una maniobra el que se nos admitiese en el gobierno, por lo cual la CNT daba más de lo que recibía. En concreto, les expresé que no deberíamos aceptar la salida del gobierno para Valencia. Y no porque tal medida la considerase desatinada, antes al contrario. Lo desacertado era haber escogido el momento de asistir nosotros al primer Consejo de ministros, y no haberlo hecho diez días antes de nuestra entrada en el gobierno. Ahora bien — proseguí —, puesto que los demás ministros ya habían votado a favor, debíamos tener presente que nuestro voto en contra podría entrañar nuestra salida del gobierno. De lo que yo me alegraría mucho.

Los demás compañeros de equipo compartieron mi opinión, encargándome de ser el exponente de todos. Dispuestos a afrontar la situación, penetramos en el salón donde se encontraban los demás miembros del gobierno. Nos sentamos y expuse nuestra opinión.

— No podemos decir que no sea excelente la propuesta de abandonar Madrid el gobierno. Las razones que ha expuesto el presidente del Consejo las encontramos acertadas. Pero consideramos que diez días antes y sin nuestra tan reciente presencia en el gobierno, habría sido el momento adecuado. O haberlo tratado el gobierno en el día de hoy, pero antes de entrar la CNT a ocupar sus puestos. Por ello manifiesto que mi voto y el de los otros compañeros es en contra.

Dijo Largo Caballero :

— Entonces, compañeros del Consejo, no habiendo más asuntos a tratar, se levanta esta reunión. Y hasta la próxima extraordinaria, de la que se les avisará.

¿Habíamos superado la situación y evitado que el gobierno entrara en crisis?

Dije a mis compañeros que, en mi opinión, volverían a la carga, posiblemente con más decisión. Y que para entonces necesitábamos el acuerdo del Comité nacional, el cual — opinaba yo — debía estar enterado desde hacía días, posiblemente desde antes de concertar nuestra entrada en el gobierno, y sabía de antemano lo que se pensaba hacer.

Fuimos al Comité nacional. Horacio nos recibió en su pequeña oficina. A solas él, Manuel Amil y nosotros, le expusimos la situación planteada, nuestro voto en contra y la suspensión del Consejo de ministros.

Horacio no expresó ningún disgusto ni indignación por el hecho de que se plantease tal asunto precisamente como asunto único en el primer Consejo de ministros a que asistíamos. La situación era clara. Si el Comité nacional se sentía defraudado, Horacio debió haber salido disparado a visitar a Largo Caballero y presentarle la dimisión de los cuatro ministros de la CNT. Ese era el camino si quería jugar fuerte. No lo hizo, limitándose a torcer la boca, en gesto indefinible. Para mí, aquella reacción de Horacio era prueba evidente de que él ya conocía el problema. Y, lo que era peor, que lo conocía a la hora de gestionar la entrada de la CNT al gobierno, dejándonos a los cuatro desapercibidos y en la boca de aquellos tiburones parlamentarios.

Sin entonación, con una voz opaca que nos esforzamos por oír, Horacio nos dijo :

— Si sois llamados de nuevo y se plantea el mismo asunto, negaos a aceptarlo hasta donde sea posible.

— Pero eso que nos indicas no es lo adecuado en una reunión de gobierno, donde no se discute en tira y afloja como en las tabernas. Cuando se pronuncia el no, sólo queda una salida : la retirada y la crisis consiguiente de gobierno. El Comité nacional nos debe decir si hace del asunto del abandono de Madrid — asunto al que estamos abocados — una cuestión de gabinete — dije yo.

— No, de ninguna manera — repuso Horacio. Aguantáis todo lo posible, y si vuestra actitud debe provocar la crisis, entonces ceded.

— Muy bien — dije. A vuestra actitud me atendré. Y creo que nos atendremos todos. A no ser que la crisis surja ahora mismo.

Federica, López y Peiró manifestaron estar de acuerdo con mi actitud.

— Entonces, puestos ya de acuerdo, te ruego, Horacio, que me indiques un buen abogado de Madrid, de la CNT o simpatizante, para nombrarlo subsecretario del ministerio.

Horacio, después de cambiar impresiones con Amil, también del Comité nacional, me dijo :

— Puedes nombrar al abogado Sánchez Roca, republicano federal : capaz e inteligente y que es simpatizante nuestro. Esta tarde te lo enviamos. ¿ A quien de vosotros me dirijo para cualquier cosa de emergencia ?

Nos consultamos los cuatro y convinimos en que a Juan López, a quien dimos nota de dónde nos hospedábamos.

Antes de marcharnos, Amil me dijo que el compañero Eduardo Val, del Comité de Defensa de la CNT, deseaba saludarme, pero que no podía pasar por el ministerio, por lo que me rogaba que fuera yo al Comité de Defensa.

Conocía bien a Eduardo Val, de cuando estuve de redactor de CNT. Se trataba de un buen compañero. Era ágil de inteligencia y resultó ser un buen organizador. Sobre su persona recaía el peso del Comité de Defensa, con una actuación algo parecida a la del Comité de Milicias de Barcelona de los primeros momentos. Con la diferencia de que, en el Comité de Defensa, Val se encargaba solamente en el orden combativo de asuntos de la CNT.

Alto y afectuoso, Val se levantó de la silla en que estaba y vino a saludarme con un abrazo.

— ¡ Qué bueno que estás por aquí ! Estoy haciendo algo parecido, pero no con igual suerte, a lo que hicisteis en Barcelona al frente del Comité de Milicias. Tenemos al enemigo a las puertas. Dime, si necesitase tu colaboración en algún asunto, ¿ puedo acudir a ti ?

— Sin duda, Val. En el ministerio o en el hotel Gran Vía.

— Yo también deseo ayudarte a ti. Quiero apercibirte de los manejos que se trae la comunista Margarita Nelken, que al frente de un comité de Juventudes Socialistas Unificadas es quien asume las funciones ejecutivas de la justicia en Madrid. Opera camuflada en una pequeña oficina del Ministerio de la Guerra. Ten cuidado con los que la rodean ; la mayor parte son jóvenes guardias de Asalto vestidos de paisano.

— Gracias por la información. Puedes tener la seguridad de que si soy el ministro de Justicia, solamente yo dirigiré la justicia en Madrid. Yo y la Organización. Ya sabes, si en algo me necesitas, avísame. Ahora me voy al ministerio para que me haga entrega Ruiz Funes, mi antecesor.

Llegué al ministerio, en la calle Alta de San Bernardo. Ruiz Funes, catedrático de Derecho penal y ministro saliente, me estaba esperando. Muy amable, atildado, casi calvo, de cabeza redonda y talla mediana. Me agarró del brazo :

— Si a usted le parece bien, suprimiremos las ceremonias de traspaso. Le doy posesión de todo, que es este caserón y sus múltiples dependencias y cuanto en ellas está contenido, deseándole mucha suerte y acierto, que no dudo tendrá usted. ¿ Desea algo preciso de mí ?

— No. Le quedo agradecido. Hecho el traspaso así, con tanta sencillez, no parece el traspaso de un ministerio, sino el de un comité de sindicato, con lo que me siento más a mis anchas. Pero está bien de esta manera. Ya me las arreglaré.

— Entonces, y puesto que lo tengo todo preparado para irme a Cartagena, sólo me resta rogarle me permita llevarme el auto del ministerio y le prometo devolvérselo tan pronto llegue allá.

— De acuerdo. Lléveselo y devuélvalo en llegando a Cartagena.

Nos estrechamos la mano y se fue, quedándome solo en el gran salón‑despacho del ministerio. No sabiendo qué hacer y viendo encima de la mesa un dispositivo con ocho botones de timbres, opté por hacerlos sonar todos a la vez, con la buena suerte de que se presentasen todos los jefes de negociados del ministerio, hasta el jefe de ujieres.

Agradecí a todos su presencia y les dije que al día siguiente tendría el gusto de platicar con cada uno de ellos, para ir enterándome de los asuntos de sus departamentos.

Se retiraron solemnemente con un « A sus órdenes, señor ministro » que me cogió bastante desprevenido ; por un momento pensé en volver la cabeza por si el ministro estuviera detrás de mí.

El secretario particular y la escolta se habían instalado, como en el Comité de Milicias. Teniéndolos en la salita de antes de llegar a mí, no tenía nada que temer. Con ellos estaban en aquel momento Nebot y Carnero. Ambos eran fiel expresión de la solidaridad de los hombres de acción. Con la ventaja de que, con Nebot, me enteraría pronto de todo cuanto aconteciese en Madrid, pues poseía maravillosas dotes de conversador. Con tal de conversar y saber lo que ocurría o pudiese ocurrir, era capaz de agarrar en una esquina al sereno del barrio y estar de plática con él hasta bien amanecido el día.

El secretario se acercó para decirme que acababa de llegar un abogado llamado Mariano Sánchez Roca, colaborador del periódico La Tierra de Madrid, quien decía venir enviado por el Comité nacional.

Apareció Sánchez Roca, alto, de aspecto distinguido y cara inteligente.

— ¡ Hola, Juan ! Mucho gusto en conocerte, me dijo.

— Igual te digo, Mariano. El Comité nacional te habrá dicho para lo que te necesito, ¿ verdad ?

— Sí, me recomiendan para ser tu subsecretario.

— ¿ Aceptas ?

— Sí,acepto. ¿ Qué debo hacer ?

— Pues escribe tu nombramiento, aceptando antes la dimisión de tu antecesor, cuyo nombre ignoro.

Salió hacia las oficinas del ministerio, como quien anda por su casa. Me pasaron recado de que Mariano Gómez, presidente del Tribunal Supremo, y el compañero Melchor Rodríguez, que lo acompañaba, querían saludarme.

Entraron. Conocía yo superficialmente a Melchor Rodríguez. Era un compañero muy efusivo, andaluz bastante inteligente y dicharachero. Don Mariano Gómez, alto, tieso, correctamente vestido, de hablar meloso, se me presentó.

— Para servir a usted. Soy Mariano Gómez, presidente interino del Tribunal Supremo, que deberá usted prover definitivamente ya que la interinidad va siendo bastante vieja.

— Mucho gusto en conocerle. Veré cómo está el asunto de esa interinidad y, tan pronto sea posible, se procederá. Gracias por haberme visitado.

Entonces, inesperadamente, Melchor Rodríguez me dijo :

— Pues yo quiero saludarte en calidad de compañero tuyo y también como director general de Prisiones.

— ¿ Dices... Melchor ?

— Bueno, como director general de Prisiones, si no tienes inconveniente. Es que, como puedes suponer, por mi condición de anarquista humanista, condición que tú también tienes, he pensado que dicho cargo sería muy adecuado a mis sentimientos.

— El caso es, compañero Melchor Rodríguez, que hasta este momento no he decidido nada sobre quién ocupará el puesto de director general de Prisiones. Y no sé cuándo tendré tiempo libre para estudiar el asunto. De momento, el ministerio tiene en el puesto a la señora Campoamor, que acaba de saludarme.

Como mejor pude, despedí a aquella extraña pareja. Melchor Rodríguez, que ya se había autonombrado director general de Prisiones, para lo que no traía aval de su Comité regional ni del Comité nacional. Mariano Gómez, que se me anticipaba en busca de una declaración mía en su favor para presidente efectivo del Supremo. Como no me gustaban para los puestos que ambicionaban, pensé resolver siquiera uno de inmediato. Llamé a los compañeros Carnero y Nebot. Cuando estuvieron en mi presencia, les dije :

— Voy a necesitar un director general de Prisiones y un inspector general del mismo departamento. Decidme si aceptáis el cargo, tú, Antonio Carnero, de director general, y tú, Jaime Nebot, de inspector general.

— Acepto.

— Acepto.

— Pues pasad a las oficinas y buscad a Sánchez Roca, que está escribiendo su nombramiento de subsecretario, y decidle de mi parte que extienda también vuestros nombramientos, para que pueda llevarlos a la aprobación del Consejo de ministros próximo.

Llamé al secretario particular. Cuando estuvo conmigo, le dije que debía arreglar con el subsecretario Sánchez Roca la legalización de su cargo de secretario particular, además de ver la manera de que los compañeros Aranda y « El Viejito » quedasen incorporados a mi acompañamiento, con los sueldos correspondientes.

 

Seguir adelante

Seguir adelante fue siempre uno de mis lemas favoritos. Y jamás me arrepentí de ser un adelantado. Volver atrás ya no era posible. Al cabo, yo debía ser yo, y no, una imitación de otro cualquiera, por mucha nombradía que tuviese, aunque se tratase, por ejemplo, de León Trotski, con sus continuos problemas de oposición a Stalin. No podía hacer tampoco el doble del Satán de la Rebelión de los ángeles, de Anatole France, en su escéptico papel de dios vencido, que no quiere aceptar una conspiración de ángeles caídos para sustituir a Dios en las alturas.

Nada de literatura ni de historia. Yo, socrático hombre del Mediterráneo, sería yo mismo. Demostraría que ser anarquista y ministro no era incompatible, y que lo que sí resultaba incompatible era ser anarquista y burgués explotador de obreros, como había algunos por el mundo, rivalizando con muchos sedicentes comunistas.

Sin dejar de ser anarcosindicalista convencido, partidario del comunismo libertario a realizar por la toma del poder por los sindicatos obreros, o por cualquier otro procedimiento, trataría de dejar constancia firme en la historia de las revoluciones del paso de un anarcosindicalista por un ministerio de Justicia, comúnmente tenido por ministerio de cadenas, rejas y prisiones, pero sin olvidar que también lo es de las fuentes del Derecho y que, a fin de cuentas, todas las altas concepciones del socialismo, sean anarquistas o marxistas, solamente pueden afirmarse por la vía del Derecho.

Aparecerían, ciertamente, muchos discrepantes, tanto anarquistas como marxistas. Pero ya iba siendo hora de que la beatería anarquista y marxista se fuese dando cuenta de que el porvenir marchaba hacia una revisión de las formas viejas de opinar y de que la aparición de fuertes corrientes de opinión de anarquistas sin Bakunin y de marxistas sin Marx era inevitable.

Para realizar una obra que dejase profunda huella era menester que, efectivamente, fuese yo el ministro, sin dejarme mediatizar ni intimidar por presiones o complejos. Porque en el gobierno a que pertenecía, ni todas las fuerzas y personas que lo integraban eran revolucionarias, ni admitían que fuesen aquéllos los momentos de llevar adelante una revolución social en lo económico y humana en lo político. Se encuadraban casi todos en la consigna comunista de « primero ganar la guerra », dejando para después la realización de los avances y renovaciones sociales, valiéndose del refrán que en todas partes utilizaron siempre los políticos guerreristas de « para después de haber terminado la guerra ». Lo que nunca se cumplía, porque a todo fin de contienda le sigue un cambio de dirigentes, por aquello de « quien sirve en la guerra estorba en tiempos de paz ».

No. Dentro de lo que cupiera, llevaría a cabo lo que no se había hecho hasta entonces. Pero debería empezar por ser yo efectivamente quien dirigiese la justicia. Y no permitir que al margen de nuestra Organización se aplicase por las noches una justicia expeditiva, realizada en la mayor impunidad por quienes, durante el día, ante España y la opinión internacional, aparentaban ser la misma Inocencia, dejando que fuese corriendo el chisme de « pues siendo anarquista el ministro de Justicia, nada tiene de sorprendente que sean sus corchetes privados los que en sus andanzas nocturnas dejen insepultos los cuerpos ajusticiados ».

Serían las cinco de la tarde del 6 de noviembre. Mi entrada en el Ministerio de la Guerra, con los hombres de la escolta, causó algo de sensación. Más como anarquista catalán que como ministro, supongo. No tuve que andar mucho ni hacer preguntas. Alguien, con el tipo de guardia de Asalto joven, sin uniforme pero vestido de azul marino, se me aproximó.

— ¿ Eres García Oliver ?

— Sí, soy yo.

— Sígueme ; Margarita Nelken te espera.

Por conducto de Angel Galarza, ministro de Gobernación, había hecho pasar recado a la Nelken de que quería hablar con ella. Galarza le transmitió el recado y me comunicó el sitio y la hora del encuentro. Ignoro si a Galarza le llamaría la atención mi interés por la Nelken, pero es de suponer que sí, porque era uno de los socialistas más inteligentes y listos que conocí en aquel tiempo, y supongo que no ignoraba lo que se murmuraba sobre las actividades a que se dedicaba la Nelken y los fugaces resplandores que dejaban a su paso los núcleos de jóvenes socialistas unificados que ella acaudillaba, no se sabía si por mandato de los jefes comunistas o porque ella quisiese imitar a los socialistas revolucionarios de izquierda de la revolución rusa, entre los que tanta preponderancia tuvieron en el pasado las mujeres de acción, como la Peroskaia y la Spiridinova.

Un pasillo y luego otro, en pos del aparente guardia de Asalto vestido de azul marino. De pronto, se detuvo, hizo una llamada como de conspirador del siglo XIX con los nudillos en una puertecita que apenas se distinguía, y pasamos él y yo — la escolta se quedó fuera a una señal mía — a una habitación pequeña, débilmente iluminada por un foco de luz eléctrica. Una mesita y, sentadá, con un cutis de cirio, cabellos rubios bien peinados y mirando a través de unos gruesos cristales para miope, con armadura de oro, una mujer francamente agradable. Era la Nelken. Se levantó y con un coqueteo instintivo se me aproximó hasta rozarme.

— Con que tú eres el famoso hombre de acción. No sabes cuánto deseé siempre conocerte y conocer también a tus compañeros Ascaso y Durruti.

— Menos mal — le dije — que reconoces mi categoría, y no la de pistolero, como muchos me señalan. Por mi parte, después de enterarme de lo que estás haciendo, también me place hacerme una idea de cómo debieron ser los socialistas revolucionarios rusos después de soltar sus crisálidas de nihilistas.

—¡ Ah !, exclamó la Nelken, ya veo que conoces los matices en que se descomponen las escuelas socialistas. Galarza me dijo por teléfono que tenías mucho interés en hablarme. Te ruego que no me ofrezcas ningún cargo en tu ministerio.

— Me alegra mucho que de manera tan inteligente hayas llegado al final de cuanto tenía que hablarte. No te propondré ningún cargo. Solamente vengo a rogarte que te apartes de todo cuanto parezca ejercicio de la justicia. De hoy en adelante, correré con las responsabilidades. Pero solamente con las mías.

— ¿ Y si no me quisiese dar por enterada ?

— Entonces pediría en pleno Consejo de ministros que te diesen el cargo de ministro de Justicia y a mí el de Guerra, que seguramente encajarían mejor en nuestras personas.

— Sé que eres capaz de hacerlo. Te aseguro que no será necesario. Haré todo lo posible por ayudarte en tu difícil empresa de echarle agua a las llamas de la revolución.

— Tú, intelectual de valía, militante socialista de hace muchos años, ¿ crees que con vuestras andanzas nocturnas estáis haciendo la revolución ?

— Si esto no es revolución social, ¿ quieres decirme qué es revolución social ?

— Revolución social es rotura de todos los frenos que sujetan al hombre a las viejas estructuras sociales. Es cambiar el modo de vivir, transformando la economía individual burguesa en colectiva socialista. Y aquí, en Madrid, en este orden de cosas, todo está como antes de empezar la revolución en Cataluña. Cuando todo esto termine y haya triunfado la consigna del Partido Comunista de « primero ganar la guerra », los antiguos dueños volverán a ser los dueños. Debisteis hacer como en Cataluña : primero hacer socialismo y colectivismo, para después legalizar lo hecho. Así deben proceder los revolucionarios, haciendo abstracción de la persona física del burgués, porque la revolución debe hacerse sobre los sistemas, y no eliminando a las personas.

— Veo que eres el terrible razonador de que me hablaron. Solamente así se explica que pudieseis vencer a Angel Pestaña. El pobre, ahora en su papel de político sindicalista, ha perdido mucho.

Su juicio sobre Angel Pestaña, el otrora líder de la CNT desde la muerte de Seguí, me hizo pensar en el paralelo de Margarita Nelken y « La Pasionaria ». A Pestaña, el liderazgo máximo de la CNT le llegó por la vía fácil de la orfandad en que se quedó la militancia confederal cuando el Noi del Sucre fue asesinado.

Margarita Nelken, intelectual bien preparada, era única en el campo marxista. Pero la rebelión de octubre de 1934 puso en primer plano a otra mujer, de origen y vida proletarios: « La Pasionaria ».

Así como el liderismo de Angel Pestaña en una organización revolucionaria y en perpetua conmoción le vino ancho desde el principio, por lo que terminaría en una tácita renuncia, de la misma manera la Nelken, lideresa máxima sin impulso popular, habría de dejar sin resistencia el paso libre a la ascensión de « La Pasionaria ». Pero, conocedora del nihilismo, del socialismo revolucionario de izquierda rusos y del espartaquismo alemán, hizo un esfuerzo por parecerse a Spiridinova, Peroskaia y Luxemburgo, equivocando el camino al tomar el de la acción terrorista irresponsable, que empezó, según me contara ella misma, en la matanza de los derechistas detenidos en la cárcel Modelo de Madrid y prosiguió en aquellas noches de espanto, luchando a su manera contra el bandolerismo sangriento de la quinta columna.

Siempre me dieron pena los vencidos. Lo sentí por Margarita Nelken. Sus andanzas no las revelaría, hasta el momento de escribir estas memorizaciones, 37 años después.

Alguien avisó al enemigo de que me había hecho cargo del Ministerio de Justicia. La zona en que estaba la calle Alta de San Bernardo no había sido afectada todavía por los bombardeos de artillería. En mi primera tarde de permanencia en Madrid, cayeron cuatro proyectiles en las casas cercanas al ministerio. Debían ser obuses del 15,5 por la distancia recorrida y por los daños causados. Fue un saludo de bienvenida.

La mañana del 7 de noviembre avisaron de la secretaría de la Presidencia que se celebraría Consejo de ministros, por la tarde, con el ruego, del jefe de gobierno, de no faltar. Al rato, me llamó Juan López diciéndome lo mismo y que había hablado con Horacio, quien le confirmó que debíamos aguantar todo lo posible si planteaban nuevamente la propuesta de salida de Madrid del gobierno.

— ¿ Pero te dijo que nos autorizaba a plantear la crisis, de ser necesario, para impedir la salida de Madrid ?

— No autoriza el planteamiento de la crisis. Solamente pide que mantengamos la oposición tanto como sea posible.

— Horacio se hace el loco o el vivo. De sobra debe saber que nuestra entrada en el gobierno fue facilitada por la necesidad que tenían los demás partidos de incorporarnos para hacer menos peligrosa esa salida que, sin nosotros, hubiera parecido una huida vergonzosa. No me gusta este asunto. Debes ponerte de acuerdo con Peiró y Federica para alargar lo posible el debate. Yo, que entré forzado en el cargo, por menos de un quidam puedo dejarlo. Os ayudaré, pero sin entusiasmo.

La reunión del Consejo de ministros fue puntual. A las cuatro de la tarde, también en el Ministerio de la Guerra. Con asistencia de todos los ministros.

Largo Caballero abrió la sesión. Era la segunda a que yo asistía, y esperaba conocer las emociones de un Consejo de ministros : cómo se pedía la palabra, cómo se hablaba, cómo eran llevados los debates. En realidad, todo fue como yo le explicara a un periodista que por la mañana vino a entrevistarme :

— ¿ Qué impresión le produce ser ministro ?

—  Pues la misma que pertenecer a un Comité, cosa que he estado haciendo desde que tenía 17 años.

En efecto : como un Comité.

— Asunto de urgencia a debatir, dijo Largo Caballero, es la conveniencia de abandonar Madrid esta misma noche.

Proponía dejar una Junta de gobierno de la ciudad, bajo la presidencia del general Miaja e integrada por representantes de todos los sectores que componían el gobierno.

Su proposición fue rápidamente aceptada por todos los ministros, excepto los de la CNT. Primero la Federica, después Peiró y finalmente López se pronunciaron contra el abandono de Madrid. Largo Caballero, acostumbrado también a la vida de los Comités, aguantaba impasible las objeciones de los tres ministros de la CNT. Cuando me tocó el turno, pedí una suspensión del Consejo, con tiempo suficiente para que pudiésemos deliberar por separado. Largo Caballero sacó un relojito, cuya carátula se escondía a voluntad, vio la hora y nos dijo :

— Suspendo por media hora el Consejo. Les ruego que al reanudar la sesión nos traigan una resolución definitiva.

Nos reunimos aparte. Encargamos a López buscar un teléfono y comunicarse con Horacio. Regresó diciendo que no había logrado la comunicación. ¿ Qué hacer ? Los tres me miraban, esperando que yo resolviese.

— Es la crisis — les dije —, y no estamos autorizados a promoverla. Tengo la impresión de que todos los demás ministros ya tienen preparada la huida. Nosotros también tendremos que huir y abandonar la ciudad, como ellos. Mi opinión es que debemos aceptar la responsabilidad de convenir con ellos la salida del gobierno. Las horas que van a transcurrir son para ser afrontadas por los luchadores en armas, no para que la ciudad sea defendida por cuatro ex ministros de la CNT. Peró decidid vosotros si otra cosa opináis.

La primera en hablar fue la Federica :

— Estoy totalmente de acuerdo contigo.

Después Peiró :

— Y yo también.

Juan López :

— También yo.

Por ellos fui encargado de hablar en el Consejo. Cuando nos hubimos sentado todos, declaré :

— Nosotros seguimos opinando que nunca debió ser éste el momento escogido para que el gobierno de la República abandone Madrid. Pero, visto que estamos en minoría, nos sumamos a la totalidad de votos emitidos en favor de abandonar Madrid.

En los ojos de Largo Caballero se vio el brillar de sus grises pupilas. Dirigiéndose primero a mí y después a los otros tres ministros confederales, que estaban en la parte opuesta de la larga mesa, nos dijo :

— Gracias, muchas gracias por la colaboración que nos prestan.

Y dirigiéndose a todos :

— Señora y señores : de serles posible deben abandonar Madrid esta noche. Yo dejaré en sobre cerrado para el general Miaja su nombramiento de presidente de la Junta de Defensa de Madrid, con el encargo de reunir a todas las organizaciones y partidos antifascistas y solicitar su colaboración.

Nos fuimos despidiendo con un « ¡ Hasta Valencia ! » Nadie estaba sonriente. Hubiérase dicho qué cerca, muy cerca, un moribundo estaba agonizando. Al andar, se procuraba no pisar fuerte, seguramente por miedo a despertar a las piedras y a que nos gritasen : « ¡ Cobardes ! »

A nosotros, ministros de la CNT, casi recién llegados a Madrid, todo nos caía de sorpresa. Es posible que la situación fuese muy grave, pero no acabábamos de comprender por qué. Nos faltaba vivir el medio, ya fuese ciudadano o el de los compañeros. Y nada de ello habíamos conseguido en aquel continuo ir y venir del hotel al ministerio, para poder darnos una idea de nuestras responsabilidades. Del ministerio al restaurante para desayuno, comida y cena y las dos tardes de Consejo de ministros. Nos asemejábamos bastante a los muñecos del « Pim, pam, pum ». Los peores pelotazos vendrían después, al conocerse en Madrid el acuerdo de abandonar la ciudad el gobierno. Los pelotazos más fuertes vendrían de nuestros propios compañeros, en una estallante contradicción ideológica, por dar a entender que sin gobierno estaban completamente perdidos.

Tuvimos un breve cambio de impresiones a la salida del Consejo. Les dije a mis compañeros :

— Lo que está ocurriendo no me gusta ni pizca. Este Consejo parecía un velorio. Aquí va a pasar algo desagradable. Creo que todos esos compañeros de gabinete están esperando que la ciudad sea tomada de un momento a otro. Opino que tú, López, deberías ponerte al habla con Horacio y darle cuenta del acuerdo recaído, y que antes de una hora, si lo cree necesario, nos convoque a reunión. Yo estaré en el ministerio para entonces.

De acuerdo los cuatro, nos despedimos con un « ¡ Hasta luego, o buen viaje ! »

Llegué al ministerio. A aquella hora, las seis de la tarde, se veían pocos transeúntes. Todos llevaban una prisa extraña. A lo mejor, no todos regresaban a sus hogares ; irían a su partido, a su sindicato y, por qué no, a reunirse con su quinta columna. ¿ No iba a ser aquélla la noche de los cuchillos largos ?

La expectación se había aposentado también en el ministerio. La mayor parte de los funcionarios ya habían partido. Me esperaban Sánchez Roca, Carnero y Nebot. Pero con visibles muestras de inquietud.

— ¿ Ocurre algo ?, fue la pregunta que me hizo Sánchez Roca.

— Sí, ocurre algo. Os lo diré con toda reserva : el gobierno abandona Madrid desde este momento. Silenciosamente, preparadlo todo, que si no me llaman del Comité nacional, partiremos a las ocho de la noche.

— Si me permites, iré a buscar a mi mujer y a mi hija — me rogó Sánchez Roca.

— A la mujer y a la hija, sí. Pero nada de equipajes.

Todos salieron a prepararse y a preparar los automóviles. Me quedé solo. Fumaba el segundo cigarrillo cuando sonó el teléfono. Pensé que sería Horacio, convocando reunión de ministros. No era él. Una voz extraña me estaba diciendo :

— Soy Rosenberg, el embajador soviético. Acabo de hablar a su Comité nacional, pensando que estaría usted. El camarada Horacio Prieto me confirmó que salían ustedes esta noche y que usted debía encontrarse en el ministerio. Dígame, compañero : ¿ podría visitarle ahora, con unos amigos ? Se trata de algo extremadamente importante. ¿ Qué me dice ?

— Bien, muy bien. Le espero, y me será grato conocerle.

Llamé al secretario. Le expliqué que iba a venir el embajador soviético, acompañado de otras personas, dentro de un momento, y que solamente dejase entrar a él y a sus acompañantes. No estaría visible para nadie más, excepto Horacio y los compañeros ministros, si se presentaban.

¿ Cuánto tiempo transcurrió ? Como un cuarto de hora. Llegaron : comandante Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor del frente de Madrid. Fue él quien me presentó a los demás : Rosenberg, pálido, algo encorvado, con aspecto de oficinista. Stein, general soviético, alto y delgado, de tipo alemán, que no debía pasar de los  45 años, fumando una pequeña pipa recta. Otro general soviético, de nombre raro, de más de 50 años, cabello cano, cuerpo y fisonomía muy compactos. Orlov y Petrov, que más adelante supe que eran jefes de la GPU.

Habló Rosenberg :

— Le intriga el motivo de nuestra visita, ¿ verdad ? Es sencillo : Estos amigos que me acompañan han creído que el enemigo tomará esta noche la ciudad. Es algo que está en el ambiente. Algo que se respira. Pero tanto el comandante Rojo como los dos generales soviéticos, expertos en asuntos de guerra, no pueden explicar cómo ni de qué manera tiene preparada el enemigo la toma de la ciudad. Suponiendo que sea en base a la quinta columna, se están repartiendo grupos armados nuestros en los sitios más estratégicos. Pero los amigos que me acompañan dudan de que sea con la quinta columna solamente con lo que piensen tomar Madrid. Por eso estamos aquí, para que nos ayude usted a descifrar la incógnita.

— ¿ Yo ? ¿ Que les ayude yo ? Si no sé nada de Madrid. Si se tratase de Barcelona, posiblemente podría opinar.

— De eso se trata precisamente. Los amigos que están conmigo dicen que, habiendo estudiado detenidamente la derrota que sufrieron los militares en Barcelona, los movimientos que efectuaron ellos y los contramovimientos llevados a cabo por los anarcosindicalistas, deducen que ahora debería saber usted cómo derrotar a esos mismos militares, esta vez en Madrid y en circunstancias parecidas.

Miré a Rojo y a los soviéticos. Ellos me contemplaban atentamente, muy serios. Pregunté a Rosenberg :

— ¿ Usted qué cree ?

— Ellos y yo estamos convencidos. Dicen que usted es un maestro en el arte de tomar una ciudad. Que es algo que todavía no se enseña en las academias militares.

Me dirigí a Vicente Rojo :

— ¿ Tiene usted, comandante, el plano de operaciones de toda la ciudad ?

Me lo mostró, lleno de flechas y señales.

— Dígame, comandante Rojo : ¿ dónde desembocan las alcantarillas ?

Marcó con un dedo una línea algo quebrada, que correspondía al plano, diciendo :

— Aquí desaguan, en el Manzanares.

— Y ese sector, ¿ a quién pertenece ?

— Precisamente a ellos.

— Pues teniendo ellos las bocas de desagüe de las alcantarillas, y siendo éstas en Madrid, supongo, como calles, pueden tomar Madrid en menos de una hora. En las calles hay tapas de hierro colado a las que se asciende por escaleras de hierro empotradas en las paredes.

— Sí, exclamaron todos. A lo mejor ya están debajo de nosotros.

— No lo creo. Esa es una clase de operación para ser realizada de madrugada, cuando todo el mundo duerma. Han estado hablando de que su quinta columna era su caballo de Troya para despistar. No utilizarán la quinta columna, sino ejércitos preparados y disciplinados.

— ¿ Hay manera de impedirlo ? — preguntaron los generales soviéticos.

— Sí — contesté —. Aún es tiempo de impedirlo. ¿ Poseen buenas secciones de ametralladoras ?

— Sí, las tenemos — replicó Rojo.

— Pues presten atención : A cada cien metros de boca de alcantarilla que da al Manzanares, deben colocar un nido de ametralladoras. Estos primeros nidos serán barridos con bombas de mano. Detrás, a otros cien metros, deben haber colocado otros nidos de ametralladoras, que también barrerán con bombas de mano. A otros cien metros habrán colocado otros nidos de ametralladoras. Supongo que éstos ya no los limpiarán con granadas de mano. Mas si así fuese y ya llegaran nuestros defensores a la bifurcación donde la alcantarilla forma una T, entonces deben ustedes haber instalado grandes bidones de gasolina o petróleo ; los deberán volcar en el canalillo de desagüe que hay en las grandes alcantarillas y prenderles fuego.

— Y si, desde un principio, prescindiendo de los nidos de ametralladoras, utilizamos la gasolina y el petróleo ? — inquirió Rojo.

— De poder evitarlo, no deberían hacerlo. Dentro de una alcantarilla, los combustibles de rápida ignición calentarían de tal manera la atmósfera que, según fuese la clase de gases que se formasen, podrían hacer volar la ciudad. Sólo en última instancia deben hacerlo.

— Perfecto — comentó el embajador soviético —. ¿ Qué podría ocurrir si el enemigo fracasa en su intento subterráneo ?

— Es lógico suponer que fracasada la tentativa subterránea vuelvan los ojos a la superficie.

El comandante Rojo extendió el plano de la ciudad, con sus flechas y líneas trazadas. Me lo mostraron. Les pregunté :

— ¿ Dónde se encuentran las principales vías de comunicación desde las que ellos pueden iniciar un serio avance con los tanques por delante ?

El comandante Rojo me fue marcando dichas entradas, advirtiéndome :

— En cada una de ellas existen fuertes barricadas de adoquines y sacos de arena.

— ¿ Pero pueden ser penetradas por los tanques ?

— Sí, desde luego.

— Y en esos puntos que me ha señalado, donde existen las barricadas, ¿ tienen edificios en las esquinas o próximos a ellas ?

— Sí, en casi todas.

— Pues atiendan. Si hoy les fracasa la operación alcantarillas, mañana o pasado mañana se lanzarán, un poco a la desesperada, al asalto de las calles, con tanques por delante y fuertes destacamentos detrás, provistos de fusiles ametralladores. Desalojen ustedes todas esas casas puntas de flecha. En los tejados, azoteas o últimos pisos, sitúen sólidos núcleos de lanzagranadas de mano y bombas molotov y que las tiren sin parar a los tanques.

— Correcto — apuntó Rojo —. Pero ello supone la existencia de unos miles de bombas de mano. Y solamente tenemos algunas.

Tomando el teléfono, pedí que me comunicaran en Barcelona con Eugenio Vallejo, en la fábrica Hispano Suiza o en Industrias de Guerra.

No habían pasado diez minutos cuando tuve a Vallejo al otro extremo del hilo telefónico. Oí su clara y conocida voz.

— Vallejo, ¿ cómo andáis de granadas de mano ? ¿ Podrías enviarme unas veinte mil, pero inmediatamente después de colgar el auricular ?

— ¡ Vaya, vaya ... ! Ya estás en Madrid y pides que te enviemos miles de granadas de mano. Recuerda que eras totalmente contrario a que se enviase material de guerra fuera de nuestras columnas.

— Tienes razón, Vallejo. Pero entonces defendía los intereses de nuestra Organización. Y ahora estoy haciendo lo mismo, porque en Madrid también tenemos compañeros y Organización, todos angustiosamente cercados.

— Está bien, era sólo un decir. Tendré que hacer algunas gestiones. Ya sabes : Tarradellas, etcétera. Pero ya estoy ordenando que se carguen dos camiones. ¿ Adónde van dirigidas las granadas y la cuenta ?

— Al Estado Mayor de Madrid, en el ministerio de la Guerra. ¡ Gracias, Vallejo !

— ¡ Que tengas suerte, Juan !

— ¿ Entendió usted, comandante Rojo ? ¿ Y usted, señor Rosenberg ?

El embajador estaba informando a los generales soviéticos.

— Sí, hemos entendido. Y ahora, vámonos a poner todo en marcha. García Oliver, de todo corazón, ¡ gracias ! — dijo el comandante Rojo.

Se despidieron. Era muy curioso lo que acababa de ocurrir. Por un momento, había trasladado al Ministerio de Justicia de la calle San Bernardo de Madrid el Comité de Defensa confederal y el Comité de Milicias, revividos en Madrid, sin taquígrafos ni corresponsales de periódicos. Lo ocurrido casi en la sombra y en silencio en los momentos decisivos sería mantenido en el silencio, como si no hubiese sucedido.

En la calle Ancha de San Bernardo, ya cerca de las nueve de la noche, aguardaban tres automóviles. El de Sánchez Roca, que abriría la marcha, el mío con « Gasolina », el secretario, Aranda y « El Viejito », y detrás el de Nebot y Carnero.

Hasta las nueve de la noche esperé por si llamaban del Comité nacional o lo hacía el colega Juan López. El no hacerlo, como habíamos quedado antes de separarnos los ministros cenetistas, se debería a que ya hubieran emprendido el viaje al decidir Horacio que no hubiese reunión. Era lo sensato: de tener que hablar sobre algo importante, mejor sería hacerlo en la relativa tranquilidad de Valencia.

Partimos, no sé por dónde. Sánchez Roca, su secretario particular y, su chófer no conocían la ruta muy bien. Camino adelante, parece ser que se desviaron, errando la dirección, y nos adentramos en la provincia de Guadalajara, metiéndonos en tierra del enemigo, de donde salimos virando a la derecha por consejo de alguien, pastor o campesino, con quien dimos. Amaneciendo, llegamos a Valencia, sin más contratiempos que las explicaciones que había que dar en los controles de carretera, en los pueblos o en las ciudades. Apenas si me di cuenta de nada; desde que empezó la guerra aprovechaba los viajes por carretera para dormir, cosa que normalmente lograba con facilidad.

De momento, fuimos al Hotel Inglés. Conseguimos habitaciones para mí y para Sánchez Roca. En el restaurante del hotel tomamos el desayuno. Cuando entramos, ya estaban sentados a una mesa Indalecio Prieto y su hija.

— ¡ Hola ! — me saludó Prieto —. ¿ Tuvieron contratiempos en Tarancón con los milicianos que no querían dejar pasar a los ministros ?

— Ignoro si pasamos por Tarancón, porque no conozco aquello. Además, era de noche. Pero no tuvimos contratiempo. Por cierto, que casi caemos en las trincheras del enemigo, por la provincia de Guadalajara. ¡ Menos mal que alguien nos gritó, señalándonos la ruta correcta ! ¿ Tuvisteis contratiempos ?

— Sí, casi todos los ministros, empezando por Federica Montseny. A Rico, alcalde de Madrid, le hicieron regresar.

Bien caro se estaba pagando la simpleza de Horacio Prieto al designar sólo compañeros catalanes para el gobierno. A decir verdad, no era de creer que fuese solamente por simpleza el no haber escogido, como hubiese sido razonable, no menos de dos compañeros de Madrid para integrar el equipo confederal de ministros. Conociendo a Horacio, lo verosímil era suponer que los desaires que recibió en Madrid por su ausencia del Comité nacional cuando se produjo la sublevación militar no encontró mejor manera de pagarlos que desconociendo a los militantes madrileños a la hora de designar ministros.

La escandalera que armaron en Madrid los anarcosindicalistas por la huida del gobierno Largo Caballero fue tórrida. Los epítetos despectivos y las injurias estaban en todas las bocas y en todas las plumas que escribían en nuestros periódicos. Con aquella manera de comportarse, demostraban lo infantil de sus rabietas. Fueron los únicos en hacerlo. Los republicanos, los socialistas, los comunistas aceptaron los hechos, se incorporaron a la Junta de Defensa con los cenetistas y levantaron el espíritu combativo de los madrileños a alturas jamás vividas ; ni siquiera cuando el levantamiento popular contra la invasión napoleónica el 2 de mayo de 1808.

Conciliábulo en mi habitación después del desayuno. Encargar a Sánchez Roca la busca de un edificio donde instalar el Ministerio en aquella nueva capital de España. Encargar al secretario particular que localizase la residencia de Largo Caballero. Encargar a Nebot una correría por los locales de la CNT, buscando contactos con Horacio Prieto, Peiró, López y Federica.

El primero en regresar fue Nebot. Traía el encargo de llevarme a las 11 de la mañana a un local confederal donde se había instalado provisionalmente el Comité nacional y en el que nos reuniríamos con Horacio.

De Barcelona había salido hacía cuatro días, sin ropa de repuesto. En Madrid hube de comprar una muda. Ahora tendría que adquirir dos mudas, más un par de zapatos y un par de corbatas. Un ministro debe vestir como tal y no como un miembro del Comité de Milicias, donde usábamos « mono » o un pantalón sin chaqueta. Iría, por consiguiente, a un sastre para que me hiciese un traje.

A las once me fui con Nebot al local donde nos reuniríamos los ministros con el Comité nacional.

Horacio me recibió con su media sonrisa de siempre.

— ¿ No pudisteis evitarlo, verdad ?  — me preguntó, refiriéndose a la salida del gobierno.

— No, y López no pudo comunicarse contigo. De todas maneras, tú sabías que era inevitable. Y me parece que lo sabías desde hacía mucho tiempo ; antes de que vinieras a Barcelona para arrancarme de la secretaría general de Defensa de Cataluña.

— Saberlo como cosa cierta, no lo sabía. Se había especulado en todas las esferas, gubernamentales y de la calle.

— Si algo sabías, debiste incluir en el gobierno, por lo menos, a dos compañeros de Madrid. Esa Regional te dará muchos dolores de cabeza. Y colijo que el fuerte control que situó Val en Tarancón para impedir la salida de los ministros no hubiese tenido lugar de no haber sido tú tan terco designando a cuatro catalanes para ministros de la CNT. Trataste con desaire a los compañeros madrileños y ellos te cobrarán la cuenta.

No proseguimos el diálogo. Horacio se replegó sobre sí mismo. Yo le entré por otro lado :

— Supongo, Horacio, que el empeño de que la CNT entrase al gobierno debe responder a una visión de altos vuelos. La inclusión de los cuatro nombres de más prestigio entre los militantes de más prestigio debe responder a bien meditados proyectos de una obra a realizar. Nos darás, ultimado y en forma de decretos, todo lo que tengamos que realizar desde los ministerios, ¿ verdad ?

— No, el Comité nacional no tiene nada preparado. Vosotros deberéis improvisar en cada circunstancia que se os presente.

Vi a Horacio muy disminuido. Aunque nunca me dejé influir por lo que de él se decía acerca de cuán preparado estaba en materia política y social, se me hubiera hecho difícil imaginarlo tal como se presentaba ahora ante mí, vacío de proyecciones, como hombre que viviera al margen de la revolución que se estaba desarrollando en España, sin haber alcanzado a situar en ella a la CNT, que, con mayores o menores defectos, tenía mayoría en aquellos momentos en las dos terceras partes de la zona republicana.

Le repliqué :

— Según tú, o aparecernos con las manos vacías en el gobierno, o, si nos decidimos a hacer algo, será por cuenta nuestra. Es decir, que no será la CNT la que realice nuestra obra de gobierno, sino que ésta será obra, buena o mala, de sus ministros.

— Algo así. El Comité nacional que tengo no da para más. Mi insistencia en incorporarte al equipo estaba basada en tu capacidad de organización y en tu espíritu de iniciativa.

— Creo que, desde ahora, debes dotar a cada ministro de una pequeña comisión asesora. Dichas comisiones y el Comité nacional deben ser quienes preparen, con toda rapidez, la obra que tengamos que realizar.

— Es buena idea. En cuanto nos instalemos, y siempre que la Organización no nos quite, veré de crear esas comisiones.

Llegó Federica Montseny, indignadísima por la afrenta que recibió en Tarancón por parte de una fuerza confederal mandada por un tal Villanueva, que la detuvo, al igual que a todos los ministros que pasaban por su puesto de control, y que quería hacerla regresar a Madrid. Dirigiéndose a mí, me preguntó :

— ¿ Y tú qué hiciste ante tal atropello ?

— ¿ Yo ? Nada. A mí nadie me detuvo.

— ¿ No pasaste por Tarancón ?

— No sé por dónde pasé. Estuve dormido casi todo el viaje.

Llegaron juntos López y Peiró. Este último riéndose de la aventura de Tarancón. No así López, que se tomaba en serio el papel de ministro. Dijo que la actitud del control confederal de Tarancón había sido indignante. No le faltaba razón. Lo ocurrido con el control confederal, compuesto de milicianos de Madrid, de Mera y de Val, era como si a un pantalón recién estrenado se le acercase un perrito, levantase la pata y ¡ zas !, lo mojase.

Horacio recibió la noticia. El subsecretario de la presidencia, Rodolfo Llopis, le rogaba que nos avisara de que a las seis de la tarde se celebraría Consejo de ministros. Y le daba la dirección del nuevo domicilio de la presidencia, que también lo sería del Ministerio de la Guerra.

A las seis de la tarde nos reunimos. Todos los comentarios giraron en torno a las incidencias que cada uno pasó en el control de Tarancón. Y ninguno quería creer que a mí no me había sucedido nada. Les parecía inverosímil lo que les conté del pastor o campesino y la ruta perdida. Supuse que imaginaban que todo había sido un complot mío, de acuerdo con Mera y con Val.

Allí estábamos todos, mirándonos a las caras, perplejos e inseguros. Yo me encontraba entre Prieto y Giral, observando las reacciones de cada uno de mis colegas, especialmente de Negrín, colocado entre Angel Galarza y Anastasio de Gracia, precisamente frente a mí. Negrín me chocaba por su dicción de canario y su cabeza de fauno en camino de envejecer. El que menos lograría engañarme sería Negrín, quien por nada del mundo quería ser tenido por marxista. En eso de no querer parecer marxista, resultaba más cínico que Indalecio Prieto. Con aquella pose de amarxismo, ambos pugnaban en ser anticaballeristas. Largo Caballero se sentía muy ufano, en aquellos tiempos, de ser llamado « el Lenin español ».

Al parecer, se trataba de un gobierno huérfano de iniciativas traducidas en decretos. A la pregunta de Largo Caballero de si otros ministros tenían algún proyecto de decreto para entregar, permanecimos callados. No, nadie tenía ningún decreto por entregar. Yo entregué, para su aprobación, los decretos de dimisión del subsecretario, el director general de Prisiones y el inspector general, así como los decretos designando a los sustitutos. Nadie más entregó decretos de dimisiones y sustituciones. Nadie, tampoco, tenía nada que decir aquella tarde. Por un momento, pensé en las juntas de los casinos pueblerinos, en las que solamente reinaba animación al aproximarse las fiestas mayores.

— Debo comunicarles — nos dijo Largo Caballero — que pienso regresar a Madrid, en el atardecer de mañana o al amanecer de pasado mañana, porque he dejado algunos asuntos pendientes, principalmente en el Ministerio de la Guerra.

— Me alegro de saberlo — dije yo —, porque yo también pienso regresar para atender asuntos apremiantes que dejé pendientes de resolución.

Respondía a mi manera de ser la conveniencia de estar en Madrid antes que Largo Caballero, para afirmar con mi presencia que los ministros de la CNT no participamos en la huida, sino que simplemente dejamos Madrid para instalarnos en Valencia, con un pie en el estribo, prontos a salir hacia donde fuera necesario. Además, quería enterarme de si se había intentado o no la invasión por las alcantarillas.

 

Madrid sin gobierno

Dejé al subsecretario Sánchez Roca el encargo de instalar el ministerio en un edificio de aspecto respetable. Le dije que, siendo la CNT mayoritaria en Valencia, no le sería difícil obtener la colaboración del Ayuntamiento, del que el compañero Domingo Torres era alcalde.

Muy de mañana, salimos en dirección a Madrid, con Carnero y Nebot, ya en sus papeles oficiales de director e inspector general de Prisiones.

Paramos en Tarancón. Los viajeros que iban en dirección de Madrid no encontraban tantas dificultades como los procedentes de la capital. Sin embargo, nadie podía evitar el plantón, costumbre ya generalizada en nuestra zona.

Cuando hubieron revisado el auto en que iban Carnero y Nebot, al preguntarles quiénes eran los