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2 El anarcosindicalismo en el Comité de Milicias (2) Como mariposa de una gran crisálida, la Organización despertó el día de la revolución desplegadas al viento sus multicolores alas. Ayer todavía, el Comité Regional de la CNT estaba arrinconado en el viejo caserón que ocupaba el sindicato de la Construcción de Barcelona, en la antiquísima calle de Mercaders. El Comité Regional tenía allí una salita que le servía de secretaría y de lugar de reunión del Comité. Igualmente ocurría con la Federación Local de Sindicatos. Enfrente se alzaba un enorme edificio nuevo, hasta ocupar toda una manzana por Mercaders y por la vía Layetana, mitad conocido por Centro Patronal y Fomento del Trabajo Nacional y la otra mitad como Casa de Cambó. Pues bien, fue ocupado a mano revolucionaria por el Comité Regional de la CNT, Comité Regional de la FAI, Comités Locales de la CNT y FAI, Comité Peninsular de la FAI y Comités de Juventudes Libertarias y de Mujeres Libres Fue una incautación expeditiva. Sin pago de alquileres ni de impuestos. Mejor dicho, fue una expropiación sui generis, como lo fueron las que realizaron los otros partidos y organizaciones, que expropiaron el enorme hotel Colón en la plaza de Cataluña y la imponente «Pedrera» construida por Gaudí en el paseo de Gracia ¿Qué pensaría de ello Companys?
Era el día en que había de celebrarse el Pleno Regional de Locales y Comarcales de la CNT y la FAI. El salón de actos del nuevo edificio que ocupaba el Comité Regional ofrecía un aspecto impresionante. Estaba ocupado por las delegaciones locales y foráneas; más Comités en pleno de algunos sindicatos de Barcelona, como el de la Madera, y de grupos anarquistas. Allí estaban todos los que tenían obligación y derecho, más cuantos pudieron colarse, por no querer nadie perderse lo que se esperaba que serían los debates de más trascendencia jamás oídos en los locales de la Organización. En un amplio y profundo escenario estaban la mesa de presidir los debates y dos mesas para secretarios y periodistas de nuestra prensa; más dos largas hileras de sillas adosadas a las paredes laterales, en una de las cuales apareció un delegado del Comité Nacional, que acababa de llegar, para informar al Pleno. En general, todos los compañeros asistentes, hasta el delegado del Comité Nacional, tenían el fusil entre las piernas. Nombrada la mesa de discusión, Marianet informó sobre las luchas sostenidas en Barcelona y la región contra los militares sublevados, poniendo de relieve que la victoria lograda se debía al esfuerzo de los militantes anarcosindicalistas, dirigidos por el Comité de Defensa Confederal. Finalizó haciendo referencia al llamamiento del presidente Companys, a su sugerencia de constituir un Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, a la aceptación, en principio, por el Comité Regional de la CNT y de la FAI, y a la necesidad de que la Organización, en aquel momento reunida, con la máxima representación posible dadas las circunstancias, en Pleno de Locales y Comarcales, estudiase los problemas planteados por la revolución triunfante y trazase la línea de conducta a seguir por el Comité Regional, el Comité de Milicias y toda la organización catalana. Varias delegaciones pidieron la palabra. La primera en hablar fue la delegación de la Comarcal del Bajo Llobregat, que entendía que con el Comité de Milicias se estaba taponando la marcha de la revolución social, y como el Comité de Milicias se había creado provisionalmente en espera de lo que acordase el Pleno, proponía retirar de él los delegados de la CNT y la FAI y marchar adelante con la revolución, para terminar implantando el comunismo libertario, consecuentes en ello con los acuerdos de la Organización y con sus principios y finalidades ideológicas. Creían conveniente que, antes de proseguir el debate, alguno de los compañeros delegados al Comité de Milicias informase al Pleno si, desde dicho Comité, se podía llevar adelante un proceso revolucionario compatible con nuestras aspiraciones sociales. Al terminar de hablar el delegado de la Comarcal del Bajo Llobregat, se produjo un momento de silencio expectante[11]. Se sentía que el ambiente se rarificaba. Algo raro estaba ocurriendo. Observé que alguien andaba de un sitio a otro, de una delegación a otra, como transmitiendo una consigna, algo acordado antes y a espaldas del Pleno. El correveidile era Fidel Miró, de las Juventudes Libertarias, muy vinculado a Diego Abad de Santillán. Me di cuenta de que los integrantes del Comité de Milicias estábamos dispersos. Sólo Aurelio estaba casi junto a mí, y Asens casi junto a Aurelio. Pero Durruti estaba alejado y Abad de Santillán también. De manera que cuando el que presidía el Pleno preguntó a los delegados al Comité de Milicias si creían procedente hablar sobre lo que pedía la Comarcal del Bajo Llobregat, se produjo bastante confusión, no pidiendo ninguno de nosotros la palabra para informar. Al reiterar el presidente su llamamiento a los miembros del Comité de Milicias, me decidí a intervenir en el debate. Dije que el planteamiento del problema por la Comarcal del Bajo Llobregat me liberaba de un sentimiento de culpabilidad, porque yo había llegado a la conclusión de que, a partir del llamamiento del presidente Companys y de la aceptación de acudir a oírle, así como de haber aceptado, aunque fuese provisionalmente, la creación del Comité de Milicias, lo que en realidad habíamos hecho todos era taponar la marcha de la revolución social, por la que habíamos luchado siempre. Expliqué que el Comité de Milicias se había tenido que constituir cuando ya Companys se había arrepentido de haber sugerido su creación. Que los demás partidos y organizaciones no creían -al igual que Companys- que el Comité de Milicias pudiese servir de algo más que de Comisaría de Policía de segunda clase, como lo probaba el que los delegados designados para su integración fuesen militantes casi desconocidos de los partidos y organizaciones. Sólo nuestra organización había designado a miembros significados. Afirmé que los errores podían y debían ser anulados, tenida cuenta de que estábamos en los inicios de un proceso revolucionario que podría ser largo en su desenvolvimiento y durante el cual seguramente tendríamos que ir modificando algunas actitudes y no pocos acuerdos. Expliqué también que la marcha revolucionaria estaba adquiriendo tal profundidad que obligaba a la CNT a tener muy en cuenta que por ser la pieza mayoritaria del complejo revolucionario, no podía dejar la revolución sin control y sin guía, porque ello crearía un gran vacío, que, al igual que en Rusia en 1917, sería aprovechado por los marxistas de todas las tendencias para hacerse con la dirección revolucionaria aplastándonos. Opinaba que había llegado el momento de que, con toda responsabilidad, terminásemos lo empezado el 18 de julio, desechando el Comité de Milicias y forzando los acontecimientos de manera que, por primera vez en la historia, los sindicatos anarcosindicalistas fueran a por el todo, esto es, a organizar la vida comunista libertaria en toda España. Al terminar de hablar, pidieron precipitadamente la palabra Federica Montseny, Diego Abad de Santillán, Marianet y la Comarcal del Bajo Llobregat. A todos los asistentes nos llamó la atención que Durruti no hubiese pedido ya la palabra. Todos estaban acostumbrados a que Durruti defendiese mis puntos de vista, que se suponía correspondían a los del grupo «Nosotros». Empezó a hablar Federica Montseny, rememorando su vida de aprendiza de anarquista al lado de sus padres, Federico Urales y Soledad Gustavo, de la inmensa alegría que llenaba su pecho desde que el triunfo de la clase obrera sobre los militares estuvo decidido. Creía que, sin necesidad de precipitar los acontecimientos, la vía revolucionaria estaba abierta y que el pueblo en armas haría el resto. Su conciencia de anarquista no le permitía aceptar que ahora, de buenas a primeras, forzásemos los acontecimientos para ir a por el todo, como proponía García Oliver, por cuanto ello suponía la instauración de una dictadura anarquista, que por ser dictadura no podría ser jamás anarquista. A su manera de ver, era ya mucho conceder el formar parte de un Comité de Milicias, que deberíamos abandonar tan pronto como fuesen vencidos los militares sublevados, para dedicarnos una vez más a la obra de la organización y de la propaganda anarquista. Diego Abad de Santillán, miembro del Comité de Milicias, estimaba que nuestras organizaciones, tanto la sindical como la específica, no perderían nada formando parte del Comité de Milicias, por lo que se pronunciaba por continuar en el mismo, colaborando con los demás antifascistas, ya que, vista la situación de manera realista, un intento de ir a por el todo, como proponía García Oliver, aun cuando fuese realizado por la CNT, con la consiguiente puesta en ejecución del comunismo libertario, no sería otra cosa que una nube de verano, teniendo en cuenta que las potencias que rigen los destinos del mundo no lo consentirían, como se podía comprobar contemplando el horizonte desde cualquier azotea: cerca del puerto de Barcelona esperaban los buques de Inglaterra la oportunidad de intervenir, desembarcando tropas de ocupación, a las que habría que someterse, pues no se podría combatir contra ellas al mismo tiempo que contra los militares. En oposición a la propuesta de García Oliver de ir a por el todo, proponía que «sea aceptada la colaboración en el Comité de Milicias, desestimando por el momento la puesta en práctica del comunismo libertario». Marianet intervino para expresar que, según su manera de ver la situación, lo más conveniente y práctico era mantenernos en el Comité de Milicias, sin perjuicio de ir gobernando desde la calle y no comprometer a la Organización en prácticas dictatoriales, como sería el caso si la CNT fuese a por el todo; ello equivaldría a ejercer funciones de gobierno que a la larga terminarían en una férrea dictadura. La Comarcal del Bajo Llobregat intervino de nuevo para expresar que, vista la claridad de la propuesta de García Oliver de reabrir el proceso revolucionario y determinar que se fuese a por el todo, recordaba lo expuesto por ella antes y pedía al Pleno que aceptase la propuesta y desechase la precaria colaboración en el Comité de Milicias. Me tocó hablar nuevamente. Expliqué que de mi boca no había salido ni una vez la palabra dictadura, ni sindical ni anarquista. Que había sido Federica Montseny la primera en llegar a la conclusión de que ir a por el todo era tanto como instaurar una dictadura anarquista, que sería tan mala como cualquier otra dictadura... «En momentos tan serios y decisivos, convendría elevar el contenido del debate, porque la revolución iniciada el 18 de julio era conducida o terminaría por ser traicionada. Y sería traicionada si en un Pleno llamado a trazar los destinos de nuestra Organización, mayoritaria en Cataluña y en gran parte de España, empequeñecemos el debate con argumentaciones de un sedicente anarquismo. No podemos marcharnos tranquilamente a nuestras casas después de que terminen las tareas del Pleno. No importa lo que el Pleno acuerde, ya no podremos dormir tranquilos en mucho tiempo, pues si nosotros, que somos mayoritarios, no le damos una dirección a la revolución; otros, que todavía hoy son minoritarios, con sus artes y mañas de corrupción y eliminación, sacarán del vacío en que habremos dejado a las masas, y pronto la alegría que llena de gozo a Federica será sustituida por la tristeza y el dolor que hubieron de vivir los anarquistas rusos, que así de ingenuamente se dejaron eliminar por los bolcheviques. »Puesto que se habla de dictadura -añadí-, conviene precisar que ninguna de las hasta ahora conocidas ha tenido los mismos caracteres. Ni siquiera las tiranías han sido siempre de igual significación. Han existido tiranías por imposición sobre los pueblos, cierto. Pero han existido tiranías elegidas por el pueblo. »De todos los tipos de dictadura conocidos, ninguna ha sido todavía ejercida por la acción conjunta de los sindicatos obreros. Y si estos sindicatos obreros son de orientación anarquista y sus militantes han sido formados en una moral anarquista como nosotros, presuponer que incurriríamos en las mismas acciones que los marxistas, por ejemplo, es tanto como afirmar que el anarquismo y el marxismo son fundamentalmente la misma ideología puesto que producen idénticos frutos. No admito tal simplicidad. Y afirmo que el sindicalismo, en España y en el mundo entero, está urgido de un acto de afirmación de sus valores constructivos ante la historia de la humanidad, porque sin esa demostración de capacidad de edificación de un socialismo libre, el porvenir seguiría siendo patrimonio de las formas políticas surgidas en la revolución francesa, con la pluralidad de partidos al empezar y con partido único al final...». En lo que se refería a la intervención de Abad de Santillán, afirmé que no contenía un adarme de argumentación ideológica y que se había limitado a cultivar el miedo. «El miedo a la intervención extranjera no debería ser esgrimido en ese momento, porque aquí, según estoy viendo, estamos todos armados, y si de verdad hemos luchado todos en las calles los días 18, 19 Y 20, hemos de tener presente que estamos hablando con permiso del enterrador, cosa que para su desdicha ya no pueden hacer Ascaso ni Alcodori ni ninguno de los compañeros que dieron su vida esos tres días. Es decir, que no deberíamos olvidar que estamos hablando desde un enorme sepulcro, que eso ha sido la CNT desde que se constituyó, un enorme sepulcro, dentro del cual están, en terrible anonimato para la mayoría, todos los ilusos que creyeron que sus luchas eran las de la gran revolución social. Porque alguien debe hablar en nombre de ellos. Y creo que este deber me corresponde...» Proseguí diciendo que habría preferido no hacer referencia a las manifestaciones del compañero Marianet. Pero, de haberlo silenciado, tanto él como los asistentes habrían podido interpretarlo como menosprecio. «No creo que Marianet lo merezca. La opinión que ha expresado de gobernar la revolución desde la calle, pese a su apariencia demagógica, lleva en sí el germen de una verdad más realista que las opiniones expresadas por Federica Montseny y Abad de Santillán, ya que admite que una revolución debe ser dirigida y gobernada, aunque sea desde la calle. Ahora bien, una revolución hecha, no por un puñado de aventureros, sino por una gran organización como la CNT, que es mayoritaria, no lo puede admitir... »Y puesto que estoy sostenido por una Comarcal -terminé-, presento en firme la proposición de que la CNT vaya a por el todo e implante el comunismo libertario.» Por su parte, Abad de Santillán presentó en firme su proposición de desechar la implantación del comunismo libertario y aceptar la participación en el Comité de Milicias. Ante un silencio expectante, el presidente de la reunión plenaria pasó a votación nominal las dos proposiciones. Se votó primero la de García Oliver: -Comarcal del Bajo Llobregat, vota a favor. -¿Nadie más? Que conste en acta. Un solo voto. Los que estén a favor de la proposición de Abad de Santillán, que levanten la mano y digan qué Local o Comarcal representan. -Que conste en acta. A favor de la proposición de Santillán todas las delegaciones menos una. El presidente de la Plenaria dijo a continuación: -Puesto que con la proposición de Santillán hemos aprobado también la participación en el Comité de Milicias y los compañeros que actualmente nos representan en dicho Comité lo hacen a título provisional, han de ser designados por el Pleno. Son cinco, tres por la CNT y dos por la FAI. Vengan proposiciones. El Pleno, consciente ya de la barbaridad que acababa de cometer, me ratificó por aclamación. Cuando el presidente me hizo la pregunta obligada de si aceptaba, no contesté verbalmente; bajé la cabeza, asintiendo. Fueron ratificados también por aclamación Marcos Alcón, sustituto de Durruti, José Asens, Aurelio Fernández y Diego Abad de Santillán.
No salía de mi asombro. Acababa de celebrarse el Pleno de locales y comarcales más insólito. Unos delegados, convocados urgentemente y desconocedores de lo que iba a tratarse en aquel Pleno, acababan de adoptar acuerdos que tiraban por la borda todos los acuerdos fundamentales de la CNT, ignorando de paso lo más elemental de su historia de organización fuertemente influida por los radicalismos del anarquismo. Y habían sido elementos de la FAI los que la impulsaban a posiciones tan reformistas que ni siquiera los «treintistas» se hubieran atrevido a enunciar, quienes, por cierto, no habían intervenido en la discusión ni adoptado posición. Muchos de ellos, despejada la incógnita de vencer al ejército, hubieran suscrito la propuesta de ir a por el todo, siempre que significase, como yo había defendido, que sería la CNT, con sus órganos sindicales, la que lo afrontase. Entre la revolución social y el Comité de Milicias, optaba la Organización por el Comité de Milicias. Habría que dejar que fuera el tiempo el que decidiera sobre quién tenía razón, si ellos, la mayoría del Pleno, con Santillán, Marianet y Federica y su grupo de anarquistas antisindicalistas como Eusebio Carbó, Felipe Alaiz, García Birlán, Fidel Miró, José Peirats y otros, o la Comarcal del Bajo Llobregat que conmigo sostenía la necesidad de ir adelante con la revolución social, en una coyuntura que nunca se había presentado antes tan prometedora. Con su actitud, aquellos sedicentes anarquistas ponían en quiebra a la propia FAI, que se constituyó precisamente para neutralizar dentro de la CNT a los sindicalistas reformistas. ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo se las arreglaron para lograr tan densa mayoría de reformistas? ¿Tenía algo que ver con ello el rumor difamatorio difundido desde hacía tiempo sobre las aspiraciones dictatoriales del grupo «Nosotros» y de García Oliver, de quien se decía que era anarcobolchevique? ¿No era sorprendente la actitud de Durruti, tan ostentosamente manifestada con su silencio durante el debate en el Pleno? ¿Tenía alguna relación la actitud de Durruti con las conversaciones que sostuvimos en el grupo «Nosotros» sobre qué podría ocurrirnos personalmente durante la revolución que se avecinaba?
La cuestión fue planteada por Ascaso, después de que desecháramos la posibilidad de sustraer la CNT a un enfrentamiento con los militares y los fascistas si éstos se sublevaban, y de haber optado por una actitud de resistencia y de máxima acción revolucionaria: -Puesto que nos hemos decidido por la revolución, ¿quién de nosotros será el primero en morir? Contesté, no con pretensiones de vidente, sino para frenar en lo posible el extraño nerviosismo que observaba en él: -Tú serás el primero, Paco. -¡Hombre, gracias, Juan! ¿Por qué? -Tu pregunta ha puesto de manifiesto tu estado de ánimo desde que dejaste la Secretaría del Comité regional de la CNT, de la que saliste apenado por la interpretación que algunos compañeros dieron a tu conducta durante el movimiento de octubre. -¿Crees que no es injusta esa actitud? -Sí que lo es. Pero no basta para que te comportes como si estuvieras esperando la oportunidad de ir a la muerte para callarles la boca a algunos. -Sé que me dices esto por afecto y compañerismo. Esperemos que no sea yo el primero en morir. ¿Quién será el segundo? -Solamente estoy haciendo un cálculo basado en riesgos innecesarios capaces de conducir a la muerte... -Adelante, Juan. -Creo que serás tú, Durruti; no por los motivos que empujan a Ascaso, sino por otros totalmente distintos. Tu gran enemigo, Durruti, está dentro de ti. Morirás víctima de tu demagogia, en el buen sentido de la palabra. Tú siempre dirás y harás lo que quieran que digas y hagas las multitudes. Es algo superior a ti mismo. Cuando participamos en un acto y el presidente del acto dice: «Ahora os hablará el compañero Durruti», los oyentes sonríen satisfechos, seguros de que les dirás lo que saben que has de decir. Son ellos los que hablan por tu conducto y dicen lo que ha de serles agradable. En cambio, cuando me anuncia a mí, la reacción del público es totalmente distinta: «¿Y ahora qué nos dirá éste?», sabiendo que siempre hablo de la revolución como si sólo comportase duros deberes. Quiero satisfacer vuestra curiosidad: mi muerte será gris y posiblemente llegue con demasiado retraso. Así ocurrieron las cosas. Aquella mañana del 20 de julio, cuando iniciamos la marcha para asaltar el Cuartel de Atarazanas y las Dependencias militares, situados frente a frente, casi a la entrada del puerto de Barcelona, con la columna del monumento a Colón por medio, unos -entre ellos, yo-- marchábamos Rambla abajo guareciéndonos tras los enormes árboles de ambos lados; otros -entre ellos Ascaso y Durruti- preparaban unas formaciones en línea a lo ancho de la Rambla, alentados por un tipo extranjero, seguramente concurrente a la proyectada Olimpiada Obrera, que les indicaba cómo adelantar de aquella manera, a pecho descubierto, como si se tratase de reproducir a lo vivo escenas de película, como las del Acorazado Potemkin, exponiéndose vanamente al tiro de los militares. Cuando me di cuenta, desde el árbol en que me encontraba con otros compañeros, de adónde iban a ser arrastrados Ascaso y Durruti, les grité que viniesen adonde yo estaba y les dije: -Así no avanzaréis ni diez metros. Esa no es manera de combatir, o lo es para suicidas. Avanzamos de árbol en árbol unos, tras las bobinas de papel de periódico rodando otros, hasta que, ya completamente a descubierto, iniciamos una rápida marcha hacia una tapia en construcción que nos separaba de la Maestranza, entre el final de la Rambla y la calle Santa Madrona. Cuando Ascaso y Correa se separaron de nosotros para colocarse en la acera de enfrente, rodilla en tierra, apuntando los fusiles hacia el otro lado de la Rambla, posiblemente en dirección del Lloyd's italiano o de las Dependencias militares, desde donde disparaba el enemigo, les hice gestos para que se aplastasen contra el suelo. No pude repetirlo. Ascaso, como si lo hubiesen fulminado, se abatió después de alzar ambos brazos, fusil en alto, sobre las losas de la acera en que estaba. -Tú serás el primero en morir, Paco, porque andas como buscando muerte. ¿Lo recordaba también Durruti? ¿Era ésa la explicación de su marcha atrás con su elocuente silencio en el Pleno regional?
La misma noche, terminado el Pleno de Locales y Comarcales, reuní al grupo «Nosotros», ampliando la asistencia a los compañeros convenidos en el Club Náutico, sede entonces del Comité de Milicias, con Marcos A1cón, García Vivancos, Domingo Ascaso, hermano de Paco, y su primo Joaquín Ascaso. Fui lacónico en la exposición de los motivos que tenía para reunirlos: el desarrollo del Pleno Regional y los acuerdos negativos que en él recayeron. -Es cosa inexplicable. En realidad, los derrotados no hemos sido la Comarcal del Bajo Llobregat y yo, sino toda la Organización. Las consecuencias de esta derrota no son visibles de momento, pero sí previsibles. Nos encaramos con un porvenir tan inseguro que ni siquiera sabemos qué hacer a partir de este momento. Como organización mayoritaria sustraída al proceso revolucionario, estamos creando un enorme vacío... Podíamos haber esperado el resultado del Pleno Regional. No había que olvidar que la mecánica de nuestra Organización no se asemeja a la de un partido político, como el comunista por ejemplo, que es monolítico, sino que la composición heterogénea de nuestra Organización determina que siempre se ande entre dudas y vacilaciones. Por ello siempre fue dirigida por un grupo más o menos numeroso. La constitución de los «Treinta» perseguía esa finalidad. Con el grupo «Nosotros» también lo hemos intentado, y es posible que no se hubiese producido el triunfo de la clase obrera de Barcelona sin las directrices de nuestro grupo... Creo que, una vez más, el grupo «Nosotros» debería marcar la tónica a seguir por la Organización, que debe terminar la obra que inició el 18 de julio. Debemos aprovechar la concentración de las fuerzas que mañana se pondrán a las órdenes de Durruti y proceder al asalto de los principales centros de gobierno, Generalidad y Ayuntamiento, con una rama de la columna que podríamos dirigir Marcos Alcón y yo. Teléfonos y Plaza de Cataluña, con otra rama de columna dirigida por Jover y Ortiz. Y Gobernación y Dirección de Seguridad con otra rama dirigida por Durruti y Sanz, pudiendo sumarse a cualquiera de ellas los Ascaso y García Vivancos, siempre que estéis de acuerdo. Habló Durruti. Siquiera ahora romperíamos la incógnita de su actitud. -La argumentación de García Oliver, ahora y durante el Pleno, me parece magnífica. Su plan para realizar el golpe es perfecto. Pero a mí no me parece que sea éste el momento oportuno. Opino que debería ser realizado después de la toma de Zaragoza, cosa que no puede tardar más de diez días. Insisto en que debemos dejar esos planes para después de tomar Zaragoza. En estos momentos, sólo con Cataluña como base de sustentación, estaríamos reducidos geográficamente a la mínima expresión. Se calló Durruti. Los demás guardaron silencio, con una dureza tan grande en sus expresiones que los labios, apretados, parecían inexistentes. Ascaso -nuestro Paco- acababa de morir por la revolución social y Durruti le estaba dando la espalda. Ninguno de los presentes dejaba de darse cuenta de que Durruti eludía la marcha adelante. No decía abiertamente que no, pero apelaba a un subterfugio para no decir que sí. Se agarraba a la toma de Zaragoza como a un clavo ardiendo. Volví a tomar la palabra. Dije que la argumentación de Durruti era de apariencias y no de realidades. Las realidades con las que se enfrentan las organizaciones mayoritarias como la nuestra, obligan a tomar las riendas de la revolución desde el primer momento, no dejando la revolución en la mitad de la calle en espera de que se tome ésta o aquella ciudad. La toma de Zaragoza no sólo es insegura ahora, sino que además puede no ser tomada en tres o seis meses, o nunca. Pero hasta para marchar adelante en esa empresa, no bastaba con estar al frente de una columna de milicianos, luchando por una abstracción como el antifascismo. Hay que luchar como revolucionarios que defienden una causa sagrada, que saben que están luchando por algo propio y no para defender al gobierno de la Generalidad y al gobierno de Madrid. -Comprendo que ya no vale la pena proseguir la reunión, porque se han producido en el grupo «Nosotros» dos cosas que trastocan fundamentalmente su fisonomía. La muerte de Paco es una y la división irremediable de opiniones es otra. Sólo me queda esperar para ver los resultados... y colaborar en la medida que me lo permitan mis fuerzas.
Mis fuerzas iban a ser puestas a prueba. No dejaría de servir a la Organización, pero a mi manera. Para mí, la Organización no era una entidad monolítica, castrante, sino un conjunto poliforme, heterogéneo en el pensar y en el actuar. Había que tener en cuenta el legado de las generaciones anteriores de militantes. Ellos fueron dejando el sedimento que en el curso de los años conduciría a las jornadas del 18, 19 y 20 de julio. Lo que ocurrió en el Pleno del 23 de julio se produjo porque la mayor parte de delegados eran recién llegados a la Organización, incorporados a ella durante el corto período de la República. Me debía tanto a unos como a otros. Tanto a los de hoy como a los de ayer. En aquel entonces, yo era uno de los militantes en activo más antiguos de la Organización, sin haberme apartado nunca de sus duras obligaciones, desde el año 1919. Eran otros tiempos los actuales, y otros los hombres de la Organización y habían obtenido la mayoría. Habían dicho no, pero me habían dejado hablar y me habían permitido que apurase tiempo y argumentos. ¿Estaba seguro de haber sido totalmente derrotado? ¿Qué opinaban en los sindicatos la militancia y los trabajadores? ¿No se había dicho no a la revolución en aquel nuevo local expropiado revolucionariamente? Era de suponerse que al soslayar el comunismo libertario, abandonarían el nuevo local y volverían a la calle de Mercaders. Si no lo hacían, ni ellos habrían ganado ni yo habría sido vencido. Habría que estar muy atento al latido del futuro. No perder ni un minuto, de día ni de noche. Empujar hacia adelante. Romper incansablemente las ligaduras que nos tenían amarrados al pasado. No permitir el descanso. El descanso era la contrarrevolución. Y la revolución la marcha adelante, alejándose siempre del punto de partida, del ayer.
Amaneció el día 24 de julio, que pudo haber sido una fecha imborrable en la épica revolucionaria. No lo quiso el Pleno Regional. No lo quiso Durruti. Fui a presenciar la salida de la columna de Durruti. Era mi obligación como jefe del Departamento de Guerra del Comité de Milicias. Encontré a Durruti sentado ya en su automóvil, junto al comandante Pérez Farrás. Estreché su mano y la de Pérez Farrás. También la del sargento Manzana. Puesto a elegir entre Manzana y Pérez Farrás, hubiese elegido al primero, porque eran los tiempos iniciales de la revolución, tiempos de cabos y sargentos. Algo estaba ocurriendo. Aquella era la primera columna que salía a combatir a los fascistas. Y allí estaba Durruti, sin la presencia del Comité Regional, sin ninguna personalidad del gobierno de la Generalidad que diera la apariencia de gracias a quienes iban a defender las fronteras de Cataluña. Sin nadie más que yo del Comité de Milicias, sin la presencia obligada de Abad de Santillán, ya que tenía la responsabilidad de la organización de las milicias. Y algo más significativo, con la total ausencia de los demás miembros del grupo «Nosotros».
Del Paseo de Gracia, después de despedir a la columna de Durruti, me fui al Club Náutico, sede del Comité de Milicias. Me estaba esperando Aurelio Fernández, jefe del Departamento de Seguridad Interior. Muy serio en aquella ocasión, pero siempre afectuoso. -Dime si crees que vale la pena continuar en el Comité de Milicias. Y si crees que sí, dime cómo hemos de comportarnos. -Aurelio, ya sabes lo ocurrido el día de la constitución del Comité. Companys pretendió reducirnos al papel de guardianes del orden burgués. La primera partida se la ganamos entonces, al determinar nosotros la constitución del Comité de Milicias y su ordenamiento. Hubo algo que no se hizo, dejando que el Comité lo resolviera después. Se votó la constitución de un Comité sin elección de presidente o de secretario general. Todas las partes presentes se reservaban para tumbar el Comité por discrepancias en la elección de presidente. Se ha creado una situación confusa que podemos aprovechar, haciendo que el ejercicio de la presidencia recaiga en mí. Se impone que, tanto yo en el Departamento de Guerra, como tú en el de Seguridad Interior, estemos siempre presentes en nuestros puestos. Por mi parte, haré que desde ahora no entre nadie en el Club Náutico sin mi permiso o sin permiso tuyo. Esta actitud la hemos de hacer extensible a todas las actividades: solamente con salvoconducto mío o tuyo será permitida la salida de la ciudad. De manera que si llegase el momento de que la Organización cambiase de manera de pensar y decide marchar adelante, la operación de asalto resulte grandemente simplificada.
Aquella mañana del 25 de julio, muy temprano, el pleno del Comité de Milicias se encontraba reunido en una salita del Club Náutico. Las reuniones eran todavía algo irregulares, casi desordenadas. Cada delegado, incluso Miratvilles, intelectual de Esquerra Republicana, llevaba pistola al cinto. Como él, Santillán, intelectual de la FAI, llevaba al cinto su enorme pistola mauser, reglamentaria en el ejército español. Aurelio y yo llevábamos cada uno un fusil ametrallador checoslovaco. Apenas estábamos impuestos de lo que a cada uno le correspondía realizar. Lo que reclamaba más urgente atención eran noticias de la marcha de la columna de Durruti, de la que se supo su paso por Lérida con rumbo indeterminado, pero adelante, hacia Zaragoza. Cada delegado estaba informando de su gestión en la preparación de milicias, por si llegase el momento de tener que enviar refuerzos a la primera columna. Torrens había informado de la organización de su departamento de Aprovisionamientos militares y de boca, y Marcos Alcón había informado de la situación de los transportes, especialmente los de carretera y ferrocarriles. De pronto, inesperadamente, hizo su aparición el presidente Companys, acompañado del teniente coronel Herrando, «el del peluquín», porque tocaba su cabeza totalmente calva con una peluca. Era el jefe de las fuerzas de asalto, con mando directo sobre los guardias acuartelados en un edificio de la plaza de España que cubría estratégicamente las entradas de las carreteras de Hostafrancs y del Prat. Esas tropas de asalto de la Plaza de España fueron las primeras en rendirse al ejército sublevado cuando hizo éste su aparición en la plaza y ocupó el Paralelo hasta el paseo de Colón, estableciendo el contacto con Capitanía General, Dependencias Militares y Atarazanas, arrastrando también al cuartel de asalto que estaba al final del Paralelo, junto a la calle Santa Madrona. Ambos cuarteles cambiaron de postura cuando los anarcosindicalistas cortamos el Paralelo a la altura de la Brecha de San Pablo, con la capitulación de los mandos de las fuerzas militares, únicamente jefes y oficiales; los soldados estaban muertos o heridos o habían abandonado ya a sus jefes, huyendo por las azoteas. Al parecer, no hicieron caso de la guardia que teníamos en las puertas. Sin darnos los buenos días ni aprovechar la ocasión para expresarnos sus buenos deseos por la marcha del Comité, sin siquiera preguntar por la situación de la columna de Durruti, de pie, respaldado por Herrando, nos espetó en su catalán de acento leridano el siguiente exabrupto: «Me veo obligado a venir en estos momentos porque el orden ciudadano en Barcelona es tan lamentable que causan horror las noticias que me llegan constantemente de asesinatos, robos, violaciones e incendios. Y era de esperar que, a estas horas, el Comité de Milicias hubiese dominado la situación y restablecido el orden. Me veo obligado a deciros que si sois incapaces de restablecer el orden, no estaría por demás que lo manifestaseis, para poner remedio a tan lamentable situación por los medios que estén a mi alcance». Terminó en un estado de lamentable nerviosismo. Se sacó el pañuelo que siempre llevaba colgando del bolsillo izquierdo de la chaqueta y se lo pasó por los labios. Debía estar convencido de que, después de su filípica, nos desharíamos en excusas por nuestra «incapacidad», poniéndonos sin reservas a las órdenes de sus inéditas dotes de gobernante. Cierto. Companys esperaba de los miembros del Comité de Milicias una total entrega y capitulación. Con marcada intención aludió a «los medios que estuviesen a su alcance», refiriéndose a la proximidad del jefe de los guardias de asalto, queriéndonos indicar que a Herrando le correspondía el orden en las calles y, si fuese menester, metería en cintura a los inconformes que pudiesen existir en el Comité de Milicias. Le escocía que, por encima de su decreto aparecido en el Butlletí Oficial nos hubiésemos saltado sus expresos mandatos, desconociendo a los jefes que nos había impuesto y hubiésemos constituido un Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña. Situación muy rara la que se produjo. El exabrupto cuartelero de que habíamos sido objeto iba dirigido a todos por igual, a los delegados de Esquerra Republicana, a los del POUM, a los «rabassaires» y a los de Acció Catalana; a los socialistas, ugetistas, cenetistas y faístas. En aquel momento en que se decidía quién gobernaría en adelante, si el gobierno de la Generalidad y sus guardias de asalto, o el Comité de Milicias y sus milicianos, no se sabía cómo ni quién había de contestarle, porque el Comité de Milicias carecía de presidente y, por lo menos hasta aquel momento, todos teníamos igual autoridad. Alguien, no obstante, tenía que recoger tan tajante ultimátum. En todas las caras se leía la humillación de haber sido tratados de manera tan poco noble. Si alguien hubiese iniciado una respuesta violenta, todos por igual hubiesen disparado sobre Companys y Herrando. Me decidí a contestarle yo, sin levantarme de la silla: -Mejor no nos damos por enterados de lo que nos has dicho, Companys. Nosotros tenemos mucho que hacer. El enemigo está a las puertas de Cataluña ¡Salud, y que te vaya bien! Companys se quedó petrificado. Desde aquel momento quedaba claramente establecido que quien regiría los destinos de Cataluña sería el Comité de Milicias Antifascistas. Todo se supo, y la revolución cobró nuevo vigor. Los sindicatos sacudieron la embriaguez de la victoria momentánea sobre el ejército y el sopor producido por la decisión del Pleno Regional, decisión abominada por todos los sindicatos de Barcelona, que marcharon en pos del Sindicato de la Madera, que era el que más firmemente defendía la línea de ir a por el todo. Las expropiaciones, iniciadas con la ocupación del edificio del Fomento del Trabajo Nacional y la Casa de Cambó, se fueron extendiendo a todas las casas de la ciudad, a todos los talleres, a todas las fábricas y a todo cuanto había pertenecido a la burguesía y a los capitalistas. Sin embargo, Companys seguía en la Generalidad, con su gobierno paralizado. No recibió, como esperaba, la visita del Comité de Milicias en pleno. Recibía visitas frecuentes de los partidos de izquierda. Y meditaba cómo podría pulverizar al Comité de Milicias, en el que me apoyaban, si no todos los miembros, sí Aurelio Fernández, José Asens y Marcos Alcón, atrayendo además a elementos que se debían a él, como el coronel Giménez de la Beraza, el comandante Vicente Guarner, el teniente coronel Escobar y hasta gentes de sus propias filas, como Tarradellas, Miratvilles y Pons. A Santillán se le veía siempre en la cuerda floja del sí, pero no.
Fue en el frente de Aragón donde se consumó el fracaso de la revolución social. Con el estruendo de los cañonazos fue casi imperceptible. Desde el Comité de Defensa confederal, habíamos logrado crear un tipo de luchador revolucionario que el tiempo demostró que era muy eficaz. Los Cuadros de Defensa fueron convenientemente preparados para las luchas callejeras de la gran ciudad. Se les inculcaba una escala de valores que pueden conducir al éxito en las luchas urbanas: extrema reserva, puntualidad en las citas, observancia rígida de las consignas, mantenimiento del espíritu de equipo dentro del cuadro, agilidad de movimientos, evitar la parálisis del quietismo, como el atrincheramiento en una barricada, en un balcón, tras una ventana, porque en cualquiera de dichas posiciones se es vencido y muerto. Para las ciudades, éstas y otras tácticas eran las más convenientes. Nos dieron la victoria en julio. Los militares fueron más lentos en sus movimientos que nosotros. En la Brecha de San Pablo, en las Atarazanas y en las Dependencias Militares, donde se atrincheraron y parapetaron, fueron vencidos siempre. Durante aquellos tres días, solamente aparecieron las barricadas en la posición que ocupó Durruti en la plaza del Teatro, posición inmóvil, atrincherada tras unas bobinas de papel para periódicos. Allí, las gentes de Durruti perdieron todo el día 19 y la noche del 19 al 20, haciendo inevitable la lucha al día siguiente para salir de aquel pozo y derrotar en movimiento a los militares. En las ciudades, las barricadas, románticamente cantadas en un himno anarquista, aparecieron durante las fracasadas revoluciones del siglo XIX en Francia. Decir «a las barricadas» es decir «a la derrota». En las batallas campales, las barricadas son sustituidas por trincheras. Un ejército atrincherado podrá aguantar tras su parapeto, siempre que el atacante carezca de movilidad y tienda también a parapetarse. En tal caso, la decisión final la dará el que tenga más víveres y pertrechos de combate. Lamentablemente, en la preparación de unidades y espíritu de combate, no pudimos pasar de los cuadros urbanos de defensa. Para nosotros, no existía el más allá de las calles de la ciudad. El campo, con sus valles, sus ríos, sus caminos y puentes, sus lomas y cerros, nos era desconocido. No había sido concebida una campaña a lo largo y ancho del país. Carecíamos de tiempo y de dinero para hacerla. No en vano, para mí, la estrategia se reducía a asegurar el éxito en Zaragoza, Sevilla y La Coruña, determinantes de la victoria en Andalucía, Aragón y Galicia, dando por descontado el triunfo en Barcelona y en Madrid. El no haber triunfado desde el primer momento en Zaragoza nos planteó un problema muy serio. Nos encontramos en el caso de tener que ir a conquistar Zaragoza, Huesca y Teruel; es decir, prácticamente todo Aragón[12]. No creí en la posibilidad de tomar Zaragoza cuando Durruti aplazó hasta entonces la ampliación revolucionaria del movimiento triunfante en Cataluña. Cuando fui a despedir a la primera columna que salía para Aragón, nutrida por no menos de cinco mil milicianos, con vituallas para varios días, transportes para todos y dos tanques de gasolina, tampoco creí que Durruti lo lograría. Me preguntaba dónde estaban los hombres preparados para la empresa. Sin cuadros de defensa rurales, aquellos cinco mil voluntarios corrían el riesgo de dispersarse. Y con la dispersión, dar lugar a una gran derrota. Una columna móvil, ligera y ágil, saliendo de Barcelona el 24 de julio, de unos cinco mil hombres motorizados y con suficientes tanques de combustible, habría podido llegar, en su primera arremetida, hasta las afueras de Zaragoza y cruzar el río Ebro, de manera que, en lugar de tenerlo delante como barrera natural, lo tuviese ya a sus espaldas, como parapeto de emergencia. No se podía culpar a Durruti, ni a los voluntarios que iban con él. No habíamos nacido para Napoleones ni cada miliciano llevaba el bastón de mariscal en la mochila. Los milicianos que salieron con la primera columna, según los recordaba, no llevaban mochila al hombro. El que más se llevó consigo una manta, un plato y una cuchara. Para la mayor parte de aquellos milicianos, la noche, pasada en el polvo de aquellos Monegros, en una cuneta de camino con algo de comer en frío, durmiendo bajo las estrellas y con el frío de los amaneceres brillantes de escarcha, debió ser una enorme decepción. Al cabo pensarían muchos, ni somos soldados de quintas ni de voluntariado. Hemos venido para ayudar a tomar Zaragoza, estamos a bastantes kilómetros de sus puertas, y no por culpa nuestra ha quedado sin tomar esa ciudad. Hay empresas que son para ser ejecutadas por gentes preparadas. Ninguno de nosotros tiene la preparación y capacidad debida en esta columna. Ni las tiene Durruti ni las tiene el comandante Pérez Farrás. Eso fue lo que ocurrió. Pasó la columna por Lérida, donde perdió mucho tiempo dejándose agasajar. Luego siguió adelante, hasta entrar en los llanos de los Monegros, secos hasta abrirse en grietas, con caminos de tierra, con más de un palmo de polvo tan fino que podría ser vendido como talco en las perfumerías. Fueron dejando atrás pueblos pequeños, difuminados en un paisaje casi lunar: Bujaraloz, Osera, Pina, Quinto, los tres últimos asomados a la orilla del Ebro. La columna marchaba a su manera, más que con ganas de llegar, con verdaderos deseos de dispersarse y tumbarse a dormir bajo cualquier sombra. En el aire aparecieron tres aviones del enemigo, disparando sus ametralladoras sobre la larga columna de camiones y automóviles. Se produjo, corno era de esperar, una gran confusión, seguida de dispersión, parecida a la derrota de un gran ejército que ni había combatido. No hubo plan eficaz para recuperar los hombres y restablecer la formación, levantando sus ánimos. Nadie lo hizo; todos se quedaron parados. Careciendo de disciplina militar y sin ganas de tenerla, era lógico pensar en una organización guerrillera. Y si habían de ser guerrilleros, era el momento de dividir la columna en dos secciones por lo menos, y de marchar ambas, una por la derecha y otra por la izquierda, a cruzar rápidamente el Ebro que tenían enfrente, a dos pasos. O lo cruzaban entonces o no lo pasarían nunca. Y haber marchado formando una gran pinza para conquistar Zaragoza. No fue así. Dejados los milicianos a su propia iniciativa, se parapetaron en los poblados, en las zanjas o en los cerros, y empezó antes, mucho antes, que en Madrid, una guerra estacionaria, que acabaría por ser un frente desde Belchite hasta los Pirineos. Durruti -y le hubiese ocurrido a cualquiera-, incapaz de superar las circunstancias, se replegó hasta establecer su puesto de mando en Bujaraloz. Lo que acababa de ocurrir ante el Ebro no era tan inocuo como pudiera pensarse. No se trataba solamente de los milicianos de una columna que, faltos de espíritu combativo, se parapetaban en vez de seguir marchando adelante, hacia un objetivo concreto: tomar Zaragoza. Acababa de iniciarse una guerra de posiciones, con la secuela de problemas que traía aparejada. Tan pronto tuve noticias de lo ocurrido a la columna de Durruti, situé en el plano, con el capitán Guarner, las posiciones de aquellas fuerzas. Hacia el norte, entre Almudébar y Huesca, aparecía una vía de penetración a Cataluña, que, cruzando Lérida, se colaba fácilmente hacia Barcelona. Hacia el sur, abajo del Ebro, por Caspe y Alcañiz, se abría otra posible ruta de penetración en Cataluña, amagando ciudades importantes como Tortosa, Tarragona y Reus, y colocándose también a dos pasos de Barcelona. Suponía que los aviones que habían atacado a la columna Durruti eran de observación y que ya habrían informado del peligro que constituía una columna en marcha hacia Zaragoza. Si los sublevados tenían aviones, también tendrían fuerzas disponibles para operar, y era de presumir que llegarían a la conclusión de que la mejor defensa es el ataque, que podrían efectuar por terreno más fácil que el escogido por Durruti, lanzándose desde Caspe en dirección sur hacia Cataluña. Habría que taponar urgentemente la ruta del Sur Ebro y la ruta por encima de Bujaraloz, colocando fuerzas entre Alcubierre, Tardienta y Grañén, en un amago de tomar Huesca, para polarizar en dicha ciudad la máxima cantidad posible de fuerzas de que dispusiese el enemigo y para que no las utilizase en el sector sur del Ebro, reduciendo, por nuestra parte, a una especie de zona muerta la zona centro ocupada por Durruti. El problema era complejo. Cataluña estaba sola para afrontarlo. Habría que disponer unos treinta mil milicianos y formar un verdadero frente. Frente que forzosamente debería ser estacionario, con la menor cantidad posible de operaciones. Nadie sabía aún cuándo dejarían de serlo los milicianos, pero treinta mil con un salario de 15 pesetas diarias, más los municionamientos, exigían muchos millones. Y del dinero no disponía el gobierno de la Generalidad, sino el gobierno de Madrid. Habría un consumo de municiones y un desgaste de armamentos que habría que reponer. El gobierno de la Generalidad y el gobierno de Madrid carecían de ambas cosas. Habría que obtenerlas en el extranjero, con oro o con divisas, de los que solamente podía disponer el gobierno de Madrid. Podríamos, ciertamente, afrontar una transformación parcial de la industria catalana en industria de guerra; pero para la adquisición de materias primas indispensables y el pago de salarios haría falta dinero que era difícil saber de dónde saldría. Por nuestra parte, anarcosindicalistas que habíamos renunciado a ir a por el todo, íbamos a tener que aflojar cada día más nuestra independencia, porque si bien éramos riquísimos en buenas voluntades, en lo que se refería al dinero, teníamos lo justo para la compra del día. El dinero estaba en los bancos, que hubiéramos podido tomar de haber ido a por el todo, pero que hubimos de dejar donde se encontraba porque en revoluciones tan confusas como aquélla, después del Pleno de Locales y Comarcales, es muy frecuente que tras la euforia de los primeros momentos aparezcan los jueces y los fiscales. Después, a medida que se fueron generalizando las incautaciones de fábricas, talleres y comercios, los depósitos bancarios de las sociedades afectadas pasaron a ser elementos de gestión en el trabajo. El parón que acababan de imponer a la primera columna anarcosindicalista que salió hacia Zaragoza, aquende el Ebro, frente a Pina y Quinto, constituía moralmente una derrota para nosotros y una fácil, muy fácil victoria para los militares sublevados. En Cataluña y dentro del Comité de Milicias, los efectos habrían de sentirse, y aun cuando nunca creí en la sinceridad de Durruti al posponer la revolución para después de la conquista de Zaragoza, sufría el impacto de una decepción más y me era imposible desechar una especulación instintiva: ¿fue deliberada aquella marcha hacia el callejón sin salida en que se encontraba la columna de Durruti, con más de cinco mil combatientes orillados a no poder combatir? Durante la Revolución Francesa, un descalabro semejante era seguido de investigaciones por parte de los emisarios de la Convención. La Revolución Francesa no vaciló cuando fue menester, porque era una revolución hecha por revolucionarios. La nuestra no era una verdadera revolución, dentro del espíritu de nuestra época: revolución de clase oprimida contra clase opresora. Y me callé algo tan evidente como la responsabilidad de Durruti y de Pérez Farrás, en espera de que, en nuestra Organización o en el Comité de Milicias se me pidiesen explicaciones. Nadie reclamó. Nadie ignoraba los secretos de la reunión del grupo «Nosotros». Aquella truncada marcha a Zaragoza, imputable a Pérez Farrás más que a Durruti, no solamente se veía sin inquietud sino con disimulada satisfacción. No llegar a Zaragoza pasó a ser la oculta consigna.
Procedimos a enviar inmediatamente una columna al mando del compañero Antonio Ortiz, asesorado militarmente por el comandante Saavedra, para que avanzase hasta donde le fuese posible hacia el sur del Ebro. En honor a la verdad, la columna del compañero Antonio Ortiz, miembro también del grupo «Nosotros», fue la que penetró más profundamente en lo que habría de ser el frente de Aragón, pues tomó Caspe, ciudad importante de la provincia de Zaragoza; tomó Alcañiz, ciudad también importante de la provincia de Teruel; tomó más pueblos y poblados y plantó sus fuerzas frente a Belchite, que asedió, constituyendo un eficaz tapón en lo que pudo ser peligroso sector del Sur Ebro. Por otra parte, se envió una columna del PSUC, la «Carlos Marx», al mando de Trueba y Del Barrio, para que penetrase todo lo posible al norte de la columna de Durruti. La columna del PSUC se hizo fuerte frente a Almudébar, teniendo a sus espaldas a Seriñena. Otra columna de anarcosindicalistas, al mando de Domingo Ascaso y Cristóbal Aldabaldetreco, salió inmediatamente y decidió que Barbastro no se entregase al enemigo; tomó Grañén y posteriormente Vicién, apoderándose del cementerio de Huesca. Domingo y Cristóbal eran amigos míos, muy vinculados al grupo «Nosotros». Y salió también para crear el frente de Huesca, entre Barbastro y Siétamo, una columna del POUM, la «Lenin», al mando de Rovira, que dejó por ello de pertenecer al Comité de Milicias, donde fue sustituido por Enrique Gironella. Otra columna de anarcosindicalistas salió también hacia Huesca, la «Tierra y Libertad», al mando del compañero Maeztu, reorganizada después de su regreso de Madrid y de la desafortunada campaña de Bayo en Mallorca, con el anarquista portugués De Souza, Federica Montseny y Abad de Santillán. También se envió al frente de Huesca una pequeña unidad de carabineros y guardias de asalto, que lucharon muy bien cuando tuvieron que intervenir en apoyo de los milicianos. Y a lo más intrincado de los Pirineos se envió una columna de fuerzas alpinas, muy bien preparada y compuesta de jóvenes alpinistas de varios sectores políticos y sociales de Barcelona. Para cubrir lo que llegó a ser frente de Aragón, de unos 300 kilómetros desde la frontera francesa hasta Belchite, fueron enviadas fuerzas que sumaban no más de 30 000 milicianos, cuyas cuatro quintas partes eran anarcosindicalistas. Aquel frente no era un frente propiamente dicho: no era continuo, ni podía serio, porque puestos todos los milicianos en hilera tocaban a uno por cada diez metros. Y aún habría que descontar los enfermos, los heridos, los servicios auxiliares, las escasas reservas y los que estuvieran con permiso. No llegaron a ser fuerzas aptas para grandes movimientos, ni para llevar a sus espaldas a ningún incipiente Napoleón. Llegaron, se iban pegando al terreno donde podían, tras las trincheras o los accidentes del terreno; pero de allí no lograron desalojarlos las diversas tentativas que realizaron los militares fascistas. Allí estuvieron, hasta que la ola nueva de mandos militares y políticos transformó las columnas en unidades militares y el frente de Aragón dejó de estar al cuidado de los Ortiz, Jover, García Vivancos, Sanz, Ascaso, Albadaldetreco y otros responsables mandos anarcosindicalistas de las columnas. Cuando estos compañeros fueron desplazados por el Campesino, Líster, Modesto, Vega y demás eminencias comunistas, se perdió el frente de Aragón creado por el Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña.
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