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2 El anarcosindicalismo en el Comité de Milicias (3) Es una mañana de los primeros días de existencia del Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña. Todavía estamos alojados en el Club Náutico, donde las salas son pequeñas, incapaces de contener la creciente vida del Comité con sus múltiples dependencias. La afluencia de gentes que por una u otra razón acuden al Comité de Milicias es tan grande, que parece que toda la vida de la ciudad se ha trasladado al Club Náutico. Es decir, la vida oficial, la que antes discurría por los pasillos y oficinas del Gobierno Civil, del palacio de la Generalidad, del Ayuntamiento. El Club Náutico, con el Comité de Milicias y la Casa CNT-FAI, había pasado a ser el corazón de Cataluña. Me acompaña Marcos Alcón. En la distribución de responsabilidades, a Marcos Alcón le tocó el Departamento de Transportes para la guerra y para el Comité de Milicias, cada día en aumento a causa de la continua preparación de columnas de milicianos y del acarreo de las montañas de provisiones que debían enviarse a las columnas ya en operaciones: automóviles, camiones de carga, trenes, etc. A todo atendía acertadamente Marcos Alcón. Como a todos los que, directa o indirectamente, colaboraban con el Comité de Milicias, a Marcos Alcón se le había desarrollado un nuevo sentido: el de saber improvisar ante cualquier circunstancia imprevista. También estaba con nosotros el comandante Vicente Guarner, jefe de Estado Mayor, de gran inteligencia y rápida comprensión de los problemas políticos y militares, y que yo había incorporado a mi departamento como asesor. Estábamos haciendo el comentario del día cuando se me acercó cautamente mi secretario. -Ahí está el cónsul general de la Gran Bretaña, que quiere hablar contigo. A Marcos Alcón y Vicente Guarner les dije que quería que estuvieran presentes en la entrevista. -Los asuntos diplomáticos suelen tratarse en secreto -dijo Guarner. -No en tiempos de revolución, donde, o se trata de un ultimátum, para lo que preciso de testigos al dar mi respuesta, o de reclamaciones de las que tendré que dar cuenta al Comité de Milicias en presencia vuestra. Es de lamentar que no recuerde el nombre del cónsul. Alto, de facciones regulares, pelo un tanto gris, bien vestido en su traje de diario, de ademanes distinguidos y de una seriedad algo sonriente. Lo saludé y le presenté a Alcón y Guarner. -Mi visita a usted es por delegación del honorable Cuerpo Consular, del que soy decano y en el que represento al gobierno de Su Majestad Británica -dijo, inclinando respetuosamente la cabeza-. Debo aclararle que mi primera gestión traté de hacerla esta mañana con el presidente de la Generalidad de Cataluña, quien me escuchó atentamente, pero declinando la responsabilidad en el asunto que me confió el Cuerpo Consular, porque en los momentos actuales las funciones ejecutivas están confiadas a usted, como jefe del Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña. Y heme, pues, aquí. El Cuerpo Consular radicado en Barcelona siente honda preocupación por las vidas y la seguridad personal de los extranjeros radicados en esta ciudad y en toda Cataluña. Por ello, desearía que conjuntamente viésemos la manera de adoptar las medidas pertinentes para hacer real la seguridad de los ciudadanos de las naciones representadas por el honorable Cuerpo Consular. Si usted me lo permite, le sugiero que nos conceda las instalaciones del Club Marítimo para concentrar en él a los ciudadanos extranjeros y poder irlos evacuando a los buques surtos en el puerto de Barcelona. Otra cosa más quiero solicitarle: que nos autorice a que la guardia esté confiada a algunos marinos de la Real Flota Inglesa. Al contestarle, consideré que no tenía ningún motivo para aclararle las confusas manifestaciones de Companys. -Creo que no debe desestimarse la situación revolucionaria porque pasa nuestro país determinada por la sublevación de unos militares desleales y de unos fascistas que, como es notorio en las esferas del mundo democrático, están perturbando la vida de las naciones. Coincidiendo con usted y el Cuerpo Consular en que hay que hacer todo lo posible para preservar el derecho de gentes, puedo, desde este momento, atender su demanda en lo que concierne a la habilitación del Club Marítimo para refugio de sus connacionales; además de cuantos locales más sean menester, en los edificios consulares o en pisos particulares, donde puedan acoger a los extranjeros y a los nacionales nuestros que quieran ustedes asilar. Esto último, aun cuando en España y en Europa no exista el derecho de asilo. En todos los consulados será puesta por nosotros una guardia de protección, así como en el Club Marítimo. Pero no toleraríamos que preste servicio ningún marino inglés[14]. -Me doy por satisfecho y no dudo de que mis colegas del Cuerpo Consular lo estarán también. El resultado de mi gestión ha sido mucho más satisfactorio de cuanto podíamos esperar. Reciba usted mis más expresivas gracias. Cuando hubo salido el cónsul general británico, comentó el comandante Guarner: -Hacía siglos que un representante de Inglaterra no había oído en España un «no lo toleraríamos».
Aún alojados en el Club Náutico[15], recibí la visita de Liberto Callejas, anarquista de principios morales más que rígidos, casi franciscanos, muy dado a hacer comentarios sobre el «hermano lobo» y las «hermanas aguas» del pobrecito de Asís[16]. Callejas y yo nos conocimos en 1919, en la cárcel Modelo de Barcelona. Nunca más le perdí de vista. Poseedor de una pluma fina, autodidacta, hijo de un republicano federal y masón, poseía una formación libertaria sólida, de la que dio constantes pruebas en nuestras publicaciones. Nos encontramos en París en el año 1925. También tuvo mucha participación en la creación del grupo «Los Solidarios». Callejas venía a despedirse de mí. Estaba apenado por la derrota de mi punto de vista de «ir a por el todo». -De haber triunfado -decía-, ahora sabríamos dónde estamos y adónde vamos. No pienso tomar parte en nada. He aceptado un puesto de maestro racionalista. Creo, Juan, que te encontrarás cada día más solo y aislado. Los que te derrotaron, Santillán, Federica, Fidel Miró, se irán apartando de ti y de todo lo que sea pureza revolucionaria. Hoy todavía te admiten y toleran porque te necesitan. En aquel momento entró mi secretario para decirme que esperaba Ramón Porté, secretario de la comarcal de Montblanch. -¿Le has advertido de que sólo atiendo asuntos de guerra? -Sí, pero insiste en que es contigo con quien necesita hablar. Mientras me despedía de Liberto Callejas, repasé mi «ficha mental» de Ramón Porté. Era un campesino muy afecto a la CNT, a la que siempre perteneció y en la que, también casi desde siempre, perteneció al Comité Comarcal de Montblanch. Tenía escasas simpatías por la FAI. Conocía muy bien los problemas del campo y muy a fondo los de ciertas zonas de Cataluña: la «rabassa morta», los jornaleros de diario y temporada, los medieros, etc. Competente y honrado, como tantos militantes de nuestras Comarcales de alta y baja montaña y del llano tarraconense. Su Comarcal, como todas las de la provincia de Tarragona -incluida la de Reus- había votado contra mi proposición en el Pleno del 23 de julio ¿Que podría quererme Ramón Porté? Entró sonriendo, muy achicadas las pupilas de sus ojos, perspicaces y escrutadores. A fuerza de andar entre nuestros pagesos, con Plaja y «El Manco de Tarragona», organizando sindicatos y dando mítines los sábados y domingos, sabía lo que había detrás de una manera u otra de sonreír o de poner cara seria. Porté hablaba a la manera pagesa. Pero en él no eran pausas de ignorancia ni cortedad las que hacía, sino que hablaba cautamente y sin precipitaciones. Era molt murrí, muy ladino. -Acabo de estar con Companys y me ha dicho que sólo tú puedes resolver el problema que tengo entre manos desde hace dos días. Hace tres días, por la noche, se presentó en mi casa de Montblanch el arzobispo de Tarragona cardenal Vidal y Barraquer, suplicándome que le diera refugio, yo, el secretario comarcal de la CNT. Venía con alpargatas de pagés y se cubría la cabeza con una gorra vieja. Me dijo: «Acudo a la CNT en demanda de protección para mi vida, porque si la CNT no me protege, y me matan, cosa que ocurrirá fatalmente, en el extranjero utilizarán mi muerte para propaganda difamatoria de la causa republicana en general, y principalmente contra la CNT y la FAI. -Me parece muy sensata la explicación del cardenal ¿Pero por qué acudes a mí con este asunto? ¿Es que quieres mi autorización para matarlo? -¡No, no es eso...! No quiero matarlo, ni tampoco lo quiere Companys. El cardenal está desde hace mucho tiempo en relación con Companys y éste me garantiza que es persona muy afecta a las izquierdas de Cataluña. -Bien, Porté. Pongamos las cosas en claro. Si el cardenal es afecto a las izquierdas catalanas ¿por qué tanto misterio, en vez de venir a Barcelona y declarar ante el mundo que la justicia divina y humana está de nuestra parte? -Ese es el asunto. Dice que conocía el complot de las derechas y los militares desde que empezó a fraguarse y que están dispuestos a ganar por encima de todo. Lo tenían todo previsto y calculado, hasta que perderían en Cataluña. Para desprestigiar a la causa republicana dentro y fuera de España, tenían previstos los asesinatos de curas, obispos y frailes donde suponían que vencería la CNT. Al efecto, habían aleccionado a gentes compradas o fanatizadas para que se introdujeran en la CNT, la FAI, Esquerra Republicana, entre los comunistas, el POUM, para que, a favor de las circunstancias, actuasen sin contemplaciones en la ejecución de clérigos, bajos, medios, altos... Como ves, Juan, salvarle la vida al cardenal es asunto de alta política. Tan alta, que dice Companys que él se siente sin medios para hacerla. -Este es asunto más bien para Aurelio Fernández. O para el Comité Regional de la CNT ¿Qué crees que podría hacer yo? -Muy sencillo. Tu firma es hoy lo que más vale en Cataluña y en los caminos que la cruzan. Un salvoconducto del Comité de Milicias con tu firma abre todas las puertas. Dame dos salvoconductos y yo me encargo del resto. Llamé al secretario: -Hazle a Porté dos pases con los nombres que te dará, con carácter de servicio especial, y ponles mi firma de estampilla. Vete con él, Porté -le dije- y procura que sean pistolas de calidad y que no resulten caras. Cuando las traigas, las pagaré. Supe que pasaron la frontera. No me enteré de cómo lo hicieron ni me interesó preguntárselo después en París a Porté, como si fuese asunto muerto, y he mantenido estricto secreto hasta el momento de escribir estas cuartillas. Mucho después me enteré de que, a su llegada a Roma, al cardenal Vidal y Barraquer lo tuvieron encerrado en un convento mientras duró la guerra, en castigo, posiblemente, por no haberse hecho matar. Y que después pasó a otro convento en Suiza, donde murió en exilio.
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