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2 El anarcosindicalismo en el Comité de Milicias La Historia es polifacética. Y siempre es el producto de los humanos, hombres y mujeres. El hombre de acción es quien, por lo regular, hace historia y no la escribe. El escritor, casi siempre, escribe la historia hecha por otros, pero raramente pisa dejando huellas. Un país rico en hombres de acción podría llegar a ser ignorado si sus hechos no hubiesen sido recogidos para ser transmitidos a las generaciones futuras. O si sus hechos, torcidamente recogidos y escritos sirven para perpetuar lo que no fue hecho. Se tenía a la Confederación Nacional del Trabajo de España como una gran escuela de sindicalismo. En la década de los años 30, el mundo que nos circundaba no osaba enfrentarse a Hitler y Mussolini. Nosotros lo hicimos y, por haberlo hecho, se nos conceptuó como un pueblo extrañamente absurdo. Como nación, España era pequeña para poder combatir contra Alemania e Italia. Dentro de su totalidad disminuida, los que decidimos aceptar el reto de los militares y de los fascistas españoles confabulados con Hitler y Mussolini fuimos, inicialmente, los anarcosindicalistas de la CNT. Todavía hoy, treinta y siete años después, no nos han perdonado. Sin los anarcosindicalistas su golpe de Estado hubiese sido uno más en la historia de España. Acaso todo se habría resuelto con unos centenares de fusilamientos de anarquistas, de sindicalistas y alguno que otro socialista. No nos perdonaron ellos ni nos perdonaron nuestros forzados colegas. Nos combatieron y nos difamaron. Hicieron de nosotros el blanco de todas las acusaciones. Sin embargo, no fuimos nosotros quienes desencadenamos la guerra civil. No fuimos nosotros quienes asesinamos a Calvo Sotelo. Tampoco fuimos los mantenedores del desorden ciudadano. Ni acidulamos la contienda hispánica trayendo extranjeros. Ni atentamos contra el Derecho de Gentes ¿Se ha escrito lo que realmente fuimos y lo que en verdad realizamos? Muchos libros se han escrito con ánimo de ser tenidos por la verdadera Historia del anarcosindicalismo español. Desgraciadamente, conteniendo falseamientos o interesadas apologías, de corte personal, que pretenden anular la pluralidad militancial de una Organización de multitudes. Siempre esperé que, con el transcurrir del tiempo, las posiciones personales cederían en bien del colectivo anarcosindicalista. Más no es así, y ya vamos quedando pocos testigos. Y siendo pocos ¿cómo influir en el restablecimiento universal del sindicalismo? Si en España, por la feliz conjunción de los anarquistas con el sindicalismo, dimos nacimiento al anarcosindicalismo, cumple que se conozca la obra de los anarcosindicalistas, desde el año de 1919 de sus inicios activistas hasta la República, la revolución, la guerra civil y el exilio. Al ponerme a escribir, cumplidos los 71 años, lo hago con la voluntad de dejar constancia de todos los ángulos mantenidos en la penumbra de la fea cara de la verdad.
Estábamos en el verano de 1934. Era una tarde muy calurosa. Tomábamos café acomodados en la terraza de un bar de la calle de Cortes, cerca de la Plaza de España, de Barcelona. Una pianola tocaba una rapsodia de Liszt, esa que evoca la marcha penosa de la gente por las praderas de horizontes ilimitados. Eramos Francisco Ascaso, entonces secretario del Comité Regional de la CNT de Cataluña, Buenaventura Durruti y yo. Los tres pertenecíamos al Comité de Defensa Confederal de Cataluña, que tenía la .ventaja sobre los demás organismos de la CNT de no tener que dar cuentas de lo que hacía en materia de preparación revolucionaria. Nunca estaba en crisis, aunque los Comités Regionales de quienes dependía fuesen renovados por dimisión o emprisonamiento de sus componentes. Ascaso nos pidió que le acompañásemos a la entrevista que le habían pedido por un enlace Rafael Vidiella y Vila Cuenca, ambos presidentes de 1a UGT y del PSOE de Cataluña, circunstancia difícil de precisar pues el partido siempre se hacía el representante de la central sindical. Según explicaron, habían recibido mandato de las Directivas Nacionales. Llegaron puntuales. Vidiella, siempre afectuoso como si fuera ayer cuando nos abandonó para pasarse al PSOE y a la UGT. Siempre alegaba que se separó de nosotros porque nos encontraba excedidos de fanatismo. La realidad es que no aguantaba las críticas que se le hacían por su afición a la bebida, cosa mal vista en aquellos tiempos por nuestros militantes. Habíamos sido, él y yo, buenos amigos en Valencia, donde ambos comíamos en la taberna del Tío Rafael. Nos vimos también en París en 1925, siendo él miembro del gobierno de Estat Català, representando a la CNT de Cataluña. Yo presenté a Durruti y Ascaso a Vidiella y éste nos presentó a Vila Cuenca que no me era conocido. Muy pulcramente vestido, más alto que Durruti, era de trato afable. Pidieron cervezas y entramos en el fondo de la cuestión. Acababan de regresar de Madrid y se trataba de preparar una entrevista con Largo Caballero, que dentro de unos días llegaría a Barcelona para ultimar con Companys, presidente de la Generalidad de Cataluña, los detalles para un movimiento revolucionario que acabara con el gobierno de derechas. Largo Caballero les había encomendado un sondeo de la CNT de Cataluña sobre la posible entente revolucionaria con nosotros. Me llamó la atención que el encargo era entrevistarse con la CNT de Cataluña, y no en plano nacional, tratando con nuestro Comité Nacional, entonces radicado en Zaragoza. Aquello suponía buscar tratos por regiones, prescindiendo de la CNT cómo entidad nacional. De esta manera no llegaríamos a conocer sus planes, Ignoraríamos el alcance del movimiento y, lo que más debía importarles, evitaban contraer compromisos en caso de triunfo del movimiento proyectado. Consideré que tal debía ser su táctica con nuestras organizaciones regionales y, para mis adentros, opiné que valía la pena de seguir la entrevista hasta llegar a conocer más detalles. Les escuchamos atentamente, inquirimos si la revolución que proyectaban sería estrictamente limitada al cambio de gobierno, o social con la puesta en marcha de una profunda transformación social. Según ellos, el PSOE y la UGT trataban de radicalizarse. Pensaban que la revolución proyectada sería federalista y socializante; de ahí su compromiso con Esquerra Republicana de Cataluña y los contactos que buscaban con nosotros. Supuesto que nosotros aportaríamos las masas, pero carecíamos de armamento, les preguntamos qué aportarían ellos en Cataluña. Contestaron que estaba previsto poner a nuestra disposición una importante cantidad de armas. De manera vaga inquirí si los contactos que buscaban la UGT y el PSOE en Cataluña no serían extendidos al Comité Nacional de la CNT. Dijeron que lo ignoraban, pero que se informarían, suponiendo que de llegar a un principio de acuerdo con nosotros, el trato se extendería a la CNT de toda España a través de su Comité Nacional. Expusimos que nuestro común acuerdo debería formalizarse en una reunión conjunta con Largo Caballero cuando éste viniese a Barcelona. A Vidiella y a Vila Cuenca les pareció correcta nuestra actitud. Hasta dijeron que era la conducta esperada por Largo Caballero, asegurándonos que con toda oportunidad se nos comunicaría el día de la llegada de Largo Caballero y el lugar y hora de la entrevista. No se hizo esperar la llegada de Largo Caballero, y de ello fuimos prevenidos, pudiendo elegir el lugar y el momento de la entrevista o dejarlo a la iniciativa de ellos. Lo dejamos a su iniciativa. Y ésta no llegó. Por los periódicos nos enteramos de la llegada y de la partida de Largo Caballero. Una semana después, Vidiella y Vila Cuenca nos rogaron por el enlace que asistiéramos a una nueva entrevista el día siguiente, en el mismo bar y a la misma hora. Conocíamos las mañas de los políticos parlamentarios. Vidiella estaba chapado a la antigua, a la manera de Salvador Seguí y Eusebio Carbó, que gustaban de la plática con elementos representativos de los sectores políticos ajenos. Acudimos a la cita con 15 minutos de retraso. Nos sentamos después de haberles estrechado las manos fríamente. Pedimos café y nos lo tomamos lentamente. Hecho lo cual, dirigiéndome a Vidiella, le dije: -Os toca hablar. Nosotros hemos venido a escucharos. -Chicos, no sé por dónde empezar. Sé cómo sois de formales los de la CNT. Nunca me imaginé que tuviese que pediros perdón por el desplante de que habéis sido objeto. Sí, ha sido un desplante, aunque muy forzado por las circunstancias. -Llegó Largo Caballero, lo abordamos inmediatamente y le dijimos que todo estaba preparado para la entrevista con vosotros. Le pareció muy bien, pero condicionándola a que tuviera lugar después de la que sostendría con Companys. Vidiella prosiguió el relato: -De la entrevista con Companys salió disgustadísimo. Companys le dijo que para nada necesitaba a la CNT; con su solo prestigio podía levantar a todo el pueblo de Cataluña... Añadió que, para toda posible emergencia, poseía fuerzas disciplinadas capaces de hacer el resto... Vería con verdadero disgusto que en el resto de España nos asociásemos «a esos de la CNT-FAI, pues ello sería demostración evidente de impotencia por parte del Frente Popular, tan fuerte en Cataluña. Les dije: -No creo de conveniencia alargar la entrevista. Si alguien ha podido imaginar que con un solo prestigio, el prestigio de un político, puede arrastrar a la clase obrera de Cataluña por encima de su organización natural, tened por seguro que es una persona enajenada de la realidad. Hablar de la clase obrera o pueblo de Cataluña, es aludir a la CNT. Con sus «escamots», Companys no irá ni tres pasos adelante. Los escamots son, en su mayoría, jóvenes de la clase, media, a quienes sus papás encerrarán en el cuarto oscuro y no les dejarán salir a la calle a disparar tiros.
En un Pleno de Regionales de la CNT, celebrado los primeros días del mes de septiembre de 1934, se acordó renovar totalmente la redacción de CNT de Madrid, órgano diario del Comité Nacional, designando bajo la dirección de Liberto Callejas un equipo de redactores, con Horacio Prieto, de Bilbao, José Ballester, de Cádiz, y yo. Nos hacía compañía la compañera madrileña Sofía Saornil y un redactor dibujante, por cierto marxista, y cuyo nombre lamento no recordar. Yo había rehuido siempre los cargos retribuidos, lo que explica mi ausencia de los cuerpos de redacción de nuestros periódicos. Mi presencia en CNT de Madrid se debía a que por mis conocimientos jurídicos podía realizar una campaña «por una más amplia interpretación del Decreto de Amnistía», recientemente concedido por el gobierno Lerroux, muy confuso en su parte explicativa a que se atenían las Fiscalías de las Audiencias Provinciales para retardar la puesta en libertad de bastantes compañeros condenados o por condenar. Había que lograr una reducción de las recogidas de las ediciones de CNT por las autoridades fundadas en el contenido excesivamente virulento de buena parte de los escritos que publicaba. Logramos parcialmente ambos objetivos. La campaña «por una más amplia interpretación del Decreto de Amnistía» fue secundada por eminentes jurisconsultos de Madrid, y la Fiscalía general de la República cursó instrucciones a las Audiencias en el sentido de aflojar la mano a la hora de interpretar el decreto. Las recogidas y suspensiones del periódico disminuyeron cuando revisé los originales de los redactores y los escritos de los espontáneos cuya costumbre era la de tirar la piedra y esconder la mano, dejando que la responsabilidad jurídica recayese sobre el compañero director. Bastaba tachar los adjetivos de excesivo abuso en los periódicos de combate. La acción penal, les explicaba diariamente, se ejerce solamente sobre los adjetivos. Utilizad sustantivos y no se nos podrá recoger ninguna edición. Nuestra campaña al frente de CNT había de ser corta. Llegó octubre, preñado de grandes inquietudes. Estalló la huelga general revolucionaria declarada por la UGT. Si bien no existía comité de enlace CNT-UGT, ni los ugetistas solicitaron la colaboración de los cenetistas, nuestros compañeros de Madrid y de otros lugares la secundaron, norma de conducta moral a la que no se ajustaban los ugetistas. Desde Zaragoza, llegó a Madrid el secretario del Comité Nacional de la CNT, Miguel Yoldi, navarro de Estella, muy buen compañero, presumido de enterado, pero falto, muy falto, de experiencia. Nadie lo había llamado ni nadie había solicitado la colaboración de la CNT para aquella huelga, cuya finalidad no tenía más alcances que desgastar al gobierno de las derechas. Pero en reunión del Comité Nacional de la CNT había recaído el acuerdo de hacer todo lo posible para unificar la acción de las dos centrales sindicales, y en Madrid se plantó nuestro secretario general. Por ser CNT el órgano oficial del Comité Nacional, Yoldi visitó en primer lugar la redacción, donde no se trabajaba a causa de la huelga. Con su amplia sonrisa y su andar ligero, fue saludando uno por uno a todos los redactores. Se sentó en la silla de Callejas y nos dijo: -Aquí me tenéis. Supongo que estáis enterados de esta revolución. Allá en Zaragoza, en el Comité Nacional, no estábamos enterados de nada hasta el momento de marcharme. El Comité Nacional acordó enviarme acá con amplios poderes para suscribir los compromisos convenientes con quienes dirigen este movimiento, con la condición de ser asesorado por vosotros. Decidme, pues, vuestro parecer... Callejas, Ballester, Horacio y yo nos quedamos perplejos. Todos sabíamos de organización bastante más que Yoldi, muy joven todavía y con conocimientos limitados de las normas confederales. Hasta aquel momento, el cargo de secretario del Comité Nacional había sido considerado como estrictamente burocrático; no se requerían aptitudes especiales para el mantenimiento de relaciones interregionales que debían pasar por el Comité Nacional, y las del propio Comité con las regionales. Cuando el Comité Nacional tenía que abordar asuntos delicados, como negociaciones con otros sectores políticos o sociales para fijar posiciones comunes con ellos, el Comité Nacional tomaba consejo de las regionales en pleno nacional convocado al efecto. Que supiésemos, ahora no era éste el caso. Ante nuestro silencio expectante, Yoldi se dirigió a mí: -A ver ¿qué me dices? -Si eres el secretario del Comité Nacional y vienes en misión del Comité Nacional, nada puedo decirte sobre lo que debes hacer. Cumplir simplemente las órdenes del Comité Nacional. En pro o en contra de tu misión solamente podrían manifestarse una, varias o todas las regionales. Yoldi insistió: -¿Quiere decir esto que estás en contra de que ofrezcamos nuestra ayuda a los directivos de la huelga general revolucionaria? -Soy partidario de prestar ayuda a la UGT, si ésta la ha pedido para la huelga general que ha declarado. ¿Ha pedido esa ayuda al Comité nacional? Contestaré por ti: no, no la ha pedido. ¿La pidió antes, cuando estuvieron haciendo los preparativos para esta sedicente revolución, cuando Largo Caballero se puso de acuerdo con Companys y sus escamots? Esta pregunta debes contestarla tú. -No, no la pidieron. -El Comité Nacional de la CNT, ni la Ejecutiva Nacional de la UGT nunca lanzaron su organización en defensa de la otra sin haber mediado trato entre las partes. Mi deber es informarte de la improcedencia de tu venida y de la gestión que te encomendaron. Y lo vas a comprobar por ti mismo al no lograr entrar en contacto con Largo Caballero ni con ningún miembro del Comité Nacional Revolucionario del Frente Popular, dirigente, al parecer, de esta asonada con aires de revolución. -¿Y vosotros, qué me decís? -preguntó Yoldi. -Yo no entiendo de esas minucias de politiquería. Soy anarquista y no quiero saber nada con republicanos, burgueses, comunistas y socialistas del Frente Popular -dijo Callejas. -Creo que tiene razón García Oliver, pero puedes intentarlo -dijo Horacio. -Opino que debe hacerse todo lo posible por marchar de acuerdo con los sectores que dirigen la huelga general revolucionaria -opinó Ballester. Yoldi anduvo de un lugar a otro. Del Comité Regional del Centro al Comité de la Construcción dirigido por Mera y Mora. Pero como no había sido llamado por nadie, no fue recibido por nadie. El Comité Revolucionario presidido por Largo Caballero, si existía debía ser un comité a la antigüita, de gentes escondidas en un sótano, lanzando proclamas. La teoría de la «gimnasia revolucionaria» estaba basada en hacer que los 1íderes revolucionarlos marchasen a la cabeza de las fuerzas insurreccionales. Nuestro secretario, Miguel Yoldi, tuvo que regresar sin haber logrado ser recibido por Largo Caballero. A su manera, Largo Caballero cumplió lo pactado entre él y Companys.
Pese al UHP, en Asturias el planteamiento del problema revolucionario de octubre fue parecido. El Uníos Hermanos Proletarios era la fraternidad proletaria en la mina, en ****gre, en las romerías, y entre los que iban a campo traviesa huyendo de los guardias civiles. En las huelgas el UHP era un abrazo de fraternidad revolucionaria pese a los disentimientos de organización o de partido. Más no era entendido de la misma manera entre dirigentes socialistas y comunistas. En Asturias existía la Alianza Obrera, a la que estaba adherida la Regional de la CNT. La única que secundó dicha consigna, erróneamente o no. Pero la orden de movimiento revolucionario fue dada por el Comité de Frente Popular, sin conocimiento previo de la CNT. En concreto, por socialistas y comunistas. No obstante, los militantes confederales, generosos, secundaron enérgicamente el movimiento y le dieron profundidad revolucionaria, con el consiguiente disgusto de los mandamases de cuyos dirigentes de Madrid habían recibido la consigna de realizar un movimiento de exclusivo alcance político que no fuera más allá de tumbar o gastar al gobierno de las derechas. Nuestros compañeros de Asturias no participaron en el Comité Revolucionario ni su intervención fue a la antigüita. Marcharon a pecho descubierto, según la estricta interpretación de la gimnasia revolucionaria -«1os líderes van a la cabeza»-. José María Martínez, el dirigente cenetista más querido de Asturias, murió con el fusil en la mano. Al dar por terminado el movimiento revolucionario, tampoco los dirigentes de los socialistas y comunistas de Asturias avisaron a los compañeros de la CNT. También a Asturias llegaron las imposiciones de Companys...[1]
En Barcelona lo acontecido fue de comedia. Dencás, cabecilla máximo de Estat Català, dirigía el movimiento desde el edificio de Gobernación. Badía, segundo que aspiraba a primero, acompañado de policías catalanes, de guardias de asalto y de algunos escamots, paseaba con descaro por las calles de Barcelona, «Thompson» en mano, deteniendo a anarquistas y a militantes de la CNT. Asaltó los locales de Solidaridad Obrera y algunos otros de la CNT. . Aunque Companys se consideraba el jefe del Frente Popular en toda España, el movimiento, tal como lo estaban llevando a cabo Dencás, Badía y sus escamots, era la iniciación de un movimiento. de tipo fascista. Solamente los lerdos podían ignorarlo. En el Palacio. de la. Generalidad, Companys, con su mirada un poco torcida; resplandeciente de gozo, proclamaba una Cataluña libre, federada a una España federal. Los desmanes. De Dencás y Badía desmentían las buenas palabras de Companys. Companys se fue quedando solo ante el micrófono de Radio Barcelona instalado en el Palacio de la Generalidad. El Frente Popular no daba señales de vida. La Alianza Obrera, con «treintistas» disidentes de la CNT, minúsculos residuos de rompehuelgas de la UGT y microsindicatos del POUM, tampoco hizo acto de presencia. Los rabassaires estaban muy lejos, allá donde hacía poco tiempo se había pisado las uvas. De los cinco mil comprometidos, los pocos escamots que habían salido a la calle empezaban a sentir el frío de las miradas despectivas de los barceloneses. Fue un continuo abandonar los fusiles y las pistolas de que estaban armados. Las bocas de las alcantarillas eran los lugares preferidos para deshacerse de los armamentos. «Hombres y mujeres del Frente Popular .y de la Alianza Obrera, acudid en defensa de la. Generalidad», clamaba Companys; llamando a las fuerzas disciplinadas de que hizo gala ante Largo Caballero. «Rabassaires, no me dejéis solo en este momento solemne.» Las palabras resbalaban por las paredes de las casas y los balcones cerrados... «Hombres de la CNT, siempre tan generosos, acudid a defender esta causa.» El silencio de la ciudad ultrajada por aquellos forajidos de Dencás y Badía era impresionante. Aquel silencio fue interrumpido por los estampidos de un tiroteo que provenía de las Ramblas. Eran Comte y sus muchachos del Partit Proletari Català, separatistas y marxistas, que intentaban resistir ante el batallón de infantería del ejército que anunciaba la proclamación del estado de guerra decidido por el capitán general de la IV Región, el general Batet. Murió Comte. Companys y los miembros del gobierno de la Generalitat que lo acompañaban fueron detenidos, procesados, condenados y enviados a extinguir condena al penal del Puerto de Santa María.
Lo último que pierden los hombres es la esperanza. «Después de todo», debió pensar Companys allá en el penal del Puerto de Santa María, «la gente de la CNT no es tan mala como a veces imaginamos. Si ellos, por una vez, quisieran dejar de hacer propaganda antielectoral, las próximas elecciones las ganaríamos los partidos de izquierda, y saldríamos en libertad. ¡Quién sabe! Será cosa de intentar un acuerdo con ellos... Unas buenas palabras, algunos halagos y bastantes promesas...» Pronto encontró aquel grupo de presos políticos la manera de burlar los reglamentos restrictivos y pudieron sostener una activa correspondencia con el exterior. Una carta de Companys a su partido salió del penal sin pasar la censura del oficial encargado de leer la correspondencia. Su recipiendario fue el diputado Trabal. Por prisión de Companys, Trabal pasó a dirigir Esquerra Republicana de Cataluña. No obstante, su autoridad tenía algunos límites, como podía apreciarse al verlo secundado por otras dos personalidades del partido: Farreras, persona de dinero y hablar atrabancado, y Salvat, empleado del Ayuntamiento de Barcelona y maestre de la Gran Logia de Cataluña y Baleares, según me informó García Vivancos, también masón. García Vivancos había sido del grupo «Los Solidarios» y le fue fácil encontramos cuando los emisarios de Companys quisieron entrevistarse con nosotros. Vino a verme y me dijo que una comisión de Esquerra y de la masonería quería entrevistarse con Ascaso, Durruti y conmigo para damos a conocer una carta de Companys, interesado en llegar a un acuerdo con la CNT, para que no hiciésemos, siquiera por una vez, propaganda abstencionista en las próximas elecciones. Antes de someter esa propuesta a la Organización, y antes de nuestra entrevista con los emisarios de Companys, consideré que convenía estudiar la propuesta con el grupo «Nosotros». El problema que se nos iba a plantear era parte del gran problema existente en el país, que apasionaba a todas las capas sociales, en especial a la clase obrera: las exageradas medidas represivas de los gobiernos de derechas habían llenado de presos políticos y sociales las cárceles y presidios del país. En España, las represiones, sean monárquicas o republicanas, sean de izquierdas o de derechas, se han distinguido por su ensañamiento con los vencidos. . Muertes y encarcelamientos en grandes cantidades fueron el saldo del octubre revolucionario. Con los de abajo fueron también a presidio los de arriba. Soldados y jefes de la rebelión comparecieron por igual ante los Consejos de Guerra. Las derechas gobernantes, gente presumiblemente sesuda y conservadora, nunca debieron aventurarse a que España cargase con tantos miles de presos. Enterrados los muertos, con haber condenado a una docena de dirigentes del Frente Popular y haberlos amnistiado seis meses después, se hubiese podido evitar el inevitable jugárselo todo al resultado de unas elecciones apasionadas. Vistas las cosas con serenidad, a los anarcosindicalistas, prestos a lanzamos al gran salto de la revolución social, nos estaban brindando una bella oportunidad de hacerlo. ¿Qué hacer? Si desechábamos la entrevista, no por ello iba a cejar la Esquerra en la búsqueda de apoyos para ganar las elecciones. Si no lo habían hecho ya, buscarían contactos con otros militantes de la CNT, y si no en Cataluña, lo harían en Madrid, en Asturias o en Andalucía. El problema estaba planteado. España se iba a desgajar en dos y las dos mitades se enfrentarían hasta triunfar o aniquilarse. Nos reunimos en mi casa, situada frente al campo de fútbol del Júpiter, en Pueblo Nuevo. Acudieron todos los miembros del grupo: Jover, Aurelio, Ascaso, Sanz, Durruti y los de nuevo ingreso, Antonio Ortiz y Antonio Martínez, «Valencia. También asistió García Vivancos, por la confianza que en él teníamos. Desde el principio, me hice el propósito de conducir con la máxima nitidez asunto tan delicado. Por ello requerí a García Vivancos a que expusiera él mismo la misión que le había sido encomendada. Los miembros del grupo, además de ocupar algún cargo orgánico, como Jover, que pertenecía al Comité Regional de la CNT, y Aurelio, al Comité Local de Sindicatos de Barcelona, en su conjunto habían asumido la responsabilidad de integrar el Comité de Defensa Confederal de Cataluña. La CNT de Cataluña nos confió la responsabilidad de organizar su defensa, pero no asignó para ello medios económicos, ni para ejercer tal función ni para la adquisición de armamentos. De manera tácita, se nos había otorgado carta blanca para proveer los pertrechos combativos. Conseguir armamento. Ese era el gran problema. Cada miembro del grupo poseía una pistola. Como armas largas, los Winchesters recogidos por Sanz y la brigada de alcantarillas del municipio de entre los que habían tirado los fugitivos escamots aquel día de octubre en que se acreditaron como no aptos para llevar armas. De dichos Winchesters había unos trescientos ya limpios y engrasados, con sus respectivas dotaciones. Habíamos alentado a los compañeros de los cuadros de defensa a que fuesen adquiriendo por su cuenta cada uno una pistola y a observar dónde, en un momento dado, podrían hacerse con armas largas y cortas. Así y todo, era poco, muy poco. Además, podía decirse que España empezaba más allá de Barcelona, y en ella ni se había dado cumplimiento al acuerdo de constituir los Comités Regionales de Defensa. De armas estaban peor que nosotros. Eso era lo que bullía en mi cabeza al convocar la reunión del grupo «Nosotros». Me preguntaba si sería posible engatusar a aquellos políticos suicidas que para salir en libertad no vacilaban en acudir -ahora sí- a los anarcosindicalistas y hasta en desencadenar una guerra civil. Una vez en marcha la máquina, nadie podría pararla. Ni el grupo «Nosotros» ni la CNT ni los políticos de izquierdas y de derechas ¡Ni los militares, que serían los llamados a sublevarse si triunfaban las izquierdas en las urnas electorales! García Vivancos se expresó ante el grupo. Quien más, quien menos, todos teníamos motivos para estar dolidos de la conducta de Companys y sus aliados frentepopulistas y escamots. Ascaso, secretario del Comité Regional de la CNT cuando ocurrieron los acontecimientos de octubre, se opuso firmemente a que la Organización secundara el movimiento de los octubristas sin pactar antes las finalidades del movimiento revolucionario. Y aunque los hechos le habían dado la razón, desde entonces se le veía entristecido y lastimado por las censuras de los simpatizantes de la Alianza Obrera, treintistas, ugetistas y poumistas. También Durruti había sido detenido por los escamots, que lo encerraron en los calabozos de la Jefatura de Policía, y lo vejaron, valiéndose de la presencia protectora de los guardias de asalto. También yo debía sentirme lastimado por las cartas de los aliancistas asturianos y levantinos, enviadas por doquier, quejándose de haber sido yo quien frenara a la CNT, impidiendo que fuese arrastrada por Companys y Largo Caballero. Todos tocábamos más o menos las consecuencias de aquel desastre conocido por Movimiento de Octubre. Hasta en el plano económico particular de cada uno: después del fracaso del movimiento, los patronos de Barcelona represaliaron a todos los obreros de significación revolucionaria, despidiéndolos de las fábricas, de los talleres y de las obras donde trabajaban. Durruti hacía trabajos de peón. Ascaso y yo nos sosteníamos con trabajos eventuales de camarero en bares y tabernas. Expuse ampliamente mi análisis al grupo, a petición de Ascaso: -Al proclamarse la República, la mayoría aparente que va tras los líderes parecía darse por satisfecha con la palabrería de los republicanos. Pero hubo unos pocos, nosotros, los anarcosindicalistas, que, pasando por encima de nuestros dirigentes convertidos al reformismo «treintista», no nos plegamos a sostener y reformar el nuevo régimen y empezamos a zarandearlo. Y la República no logró afianzarse. Tenía que caer estrepitosamente. Para nosotros los anarcosindicalistas, la caída sería la revolución social, la instauración del comunismo libertario. Estamos determinando que derechas e izquierdas republicanas se incorporen a la táctica «faísta» de sacudir el régimen republicano. La actitud de las izquierdas gubernamentales hasta el día anterior ha sido francamente suicida. Si por haber perdido unas elecciones se lanzaban a la sedicente revolución de octubre ¿qué harían las derechas si, desgastadas por las inocuas represiones que han desencadenado, perdiesen ahora las elecciones, dando paso a un gobierno de izquierdas revanchistas? Pues secundarían el ritmo «faísta» y se lanzarían también a la revolución, su revolución de signo militar fascista. No debemos olvidar que la llamada «inteligencia» española, cuando es de derechas mira hacia Italia y Alemania, y cuando es de izquierdas hacia Francia y la Unión Soviética. En España solamente es creador el pueblo. ¿Hay quienes pretenden utilizamos para sacarlos de prisión y darnos después un puntapié en salva sea la parte? Los escuchamos y les damos un no. Rotundo no, pero no definitivo, que nos permita ir cediendo cuando se comprometan a entregamos, antes o inmediatamente después de las elecciones, tres partidas de armas y municiones para ser depositadas en Zaragoza, en Sevilla y en La Coruña. Ya conocéis mi teoría sobre una estrategia revolucionaria triangular. Punto de apoyo, en Cataluña-Aragón, punto de apoyo en Andalucía-Levante y punto de apoyo en Galicia-Asturias. Intervino Durruti: -García Oliver nos ha conducido a un callejón, no diré que sin salida, pero sí con una sola salida: triunfo electoral de las izquierdas, por abstenerse la CNT de hacer propaganda antielectoral, formación de gobiernos de izquierdas revanchistas y, por consiguiente, sublevación de las derechas por mano militar. Si aceptamos esas premisas, forzosamente habremos de aceptar también sus consecuencias. Por ello considero muy necesario que ampliemos la discusión para encontrar un camino que permita considerar las próximas elecciones tal y como siempre fueron los comicios electorales, realizando la CNT su propaganda antielectoral, y que triunfasen las derechas o las izquierdas. No tenemos nosotros ni nadie pruebas de una posible sublevación militar derechista para el caso de perder las derechas las elecciones.
La reunión del grupo «Nosotros» quedaba bloqueada por dos opiniones diametralmente opuestas. Muy a mi pesar, me dije que Durruti, al argumentar sobre lo que siempre había sido la marcha del tiempo, tenía su lógica. Claro que descartando el impacto escalonado de estos acontecimientos: primero, asalto con banderas rojinegras del Palacio de la Generalidad el 1 de mayo de 1931. Segundo, movimiento revolucionario anarcosindicalista del 8 de enero de 1933, con proclamación del comunismo libertario en varias localidades de España, ocasionando el derrumbe de las izquierdas políticas. Tercero, movimiento revolucionario del 8 de diciembre de 1933, con proclamación del comunismo libertario en varias localidades de España, en un gesto que simbólicamente parecía de ayuda a las izquierdas políticas, y concretamente de desgaste de las derechas triunfantes. Cuarto, movimiento político revolucionario de octubre de 1934 en Barcelona y Madrid, tendente solamente a desgastar a las derechas gubernamentales, y francamente revolucionario en Asturias, que abría una ancha frontera de sangre entre el proletariado y toda posible solución amigable entre derechas e izquierdas españolas. Quinto, la lección dada por las izquierdas republicanas sublevándose en octubre por haber perdido unas elecciones, lo que hacía imposible la vuelta al pasado del «borrón y cuenta nueva». Más o menos, todos los compañeros, con excepción de Ascaso, abundaron en los argumentos expuestos por Durruti, es decir, apegarse a las fórmulas del pasado. Ascaso, con su sonrisita sempiterna, se expresó así: -Me gustaría poder compartir la opinión de Durruti y no tener que aceptar los puntos de vista de García Oliver. Porque en Durruti veo la expresión de lo que debe ser el pensamiento de los que esperan que no se produzcan grandes trastornos ni, mucho menos, grandes cambios en la manera de vivir; o sea, el deseo de una paz burguesa, sin inquietudes. Si yo opinase de la misma manera que Durruti, hoy saldría de esta reunión poseído de una gran tranquilidad espiritual y tendría un sueño reparador. Desgraciadamente, no será así, pues tengo la sensación de que el porvenir es como lo ha visto Juan ¿Existe o no otra salida de la que nos presentas? -No, no hay otra. Y les expuse razonados los cinco puntos más arriba expresados. Intervino nuevamente Durruti, esta vez dando un viraje sorprendente:[2] -Estoy totalmente de acuerdo con García Oliver, y si me expresé de manera distinta fue con el fin de apurar los pros y contras. Al final, como ocurría en casi todas las reuniones del grupo «Nosotros», hubo acuerdo unánime: «Táctica a seguir con los emisarios de Companys: no ceder hasta lograr la promesa de armamentos antes o después del triunfo electoral de las izquierdas. En la CNT, cuando se discuta el hacer o no propaganda antielectoral, propugnar, sin insistencia, la siguiente plataforma: en lugar de propagar el NO votar y el NO acudir a las urnas, declarar: »Si esta vez la clase trabajadora se abstiene de votar, el triunfo electoral será de las derechas fascistas. A su triunfo, tendríamos que salir a la calle a combatirlas con todas las fuerzas disponibles. »Si esta vez la clase trabajadora vota y lo hace por las izquierdas, las derechas, apoyadas por los militares, se sublevarán antes de seis meses. Y tendríamos que salir a la calle a combatirlas con las armas. »Entonces, no os decimos que NO votéis. Pero tampoco os decimos que SI debéis votar. Que cada cual obre de acuerdo con su leal entender. Pero todos debéis estar preparados para luchar en la calle, tanto si ganan las derechas como si ganan las izquierdas». García Vivancos quedó encargado de preparar, para dos días después, la entrevista con Trabal, Farreras y Salvat, debiendo celebrarse a las ocho de la noche en su propio domicilio, en la calle Mediana de San Pedro. Acudimos a la entrevista. Antes convinimos que podríamos intervenir los tres -Ascaso, Durruti y yo- indistintamente, si observábamos que ellos se comportaban de la misma manera. Pero, si como era de suponer, la voz cantante la llevaba Trabal, para no dispersamos, sería yo quien llevase la negociación. Llegamos un cuarto de hora antes de lo convenido. Ellos fueron puntuales. García Vivancos hizo las presentaciones: Trabal, de facciones regulares, cerrado de barba, con cara de palo y mirada observadora; Farreras, un poco mofletudo y aires de campechano; y Salvat, de pelo canoso y mirada penetrante, que daba la impresión de ser un notario pueblerino. Ya sentados, Trabal sacó una carta, que nos invitó a leer. Era de Companys y hablaba en su nombre y en nombre de los demás dirigentes catalanes presos con él. Se excusaba ante los hombres de la CNT, a los que siempre quiso entrañablemente. Lamentaba que la política nos hubiese distanciado y hacía votos porque la comprensión de los problemas actuales nos uniese. Uno de los problemas a que se refería, el más importante en su opinión, era el de los miles de presos políticos que se encontraban encarcelados en España, condenados ya o pendientes de ser juzgados. Si las elecciones que se avecinaban daban el triunfo a las derechas políticas españolas de Gil Robles y sus asociados de la CEDA, por muchos años las prisiones guardarían dentro de sí a los presos políticos, con el desamparo en que quedarían sus hogares. En cambio, decía, si la CNT, consciente de sus responsabilidades, con la vista puesta en tantos hogares proletarios deshechos por la prisión de los padres y los hijos, dejaba por una vez de realizar su propaganda abstencionista y alentaba al proletariado español y al catalán a acudir a las urnas para sacar a los presos, el triunfo de las izquierdas sería seguro y la alegría de la libertad alumbraría en miles de hogares proletarios. Por todo ello encarecía a Ascaso, Durruti y García Oliver a influir cerca de sus compañeros para que adoptaran la actitud comprensiva de ayudar a liberar a los presos, por el único procedimiento posible: el del triunfo electoral de las izquierdas. Después de leer tan interesantes párrafos de la carta de Companys, Trabal declaró que él, si bien acudía como emisario de Companys, tenía que aclararnos que actuaba como jefe de Esquerra Republicana de Cataluña. Y que en tal condición suscribía y se adhería a los alegatos de Companys, esperando de nuestra probada vida de luchadores que le ayudaríamos a salir con bien de las gestiones de que había sido encargado por Companys. Farreras y Salvat asintieron a cada una de las palabras de Trabal. Al parecer, ello les relevaba de intervenir. Hablé yo y les dije que verdaderamente era muy penosa la contemplación de tantos miles de hogares deshechos por la represión que estábamos sufriendo desde los desdichados acontecimientos de octubre, y que de buena gana nos ofreceríamos como intermediarios entre ellos y los comités de nuestra organización si, prescindiendo de sus puntos de vista sobre los resultados de las elecciones que se avecinaban, nos invitasen a participar en una campaña nacional por la libertad de los presos y por una amplia amnistía política. Por ello, les agradecería tuviesen a bien precisar el alcance político de su acercamiento a nosotros y a la CNT, de manera que no cupiera apelar al subterfugio de malos entendidos. Los observaba atentamente mientras hablaba. Trabal se iba poniendo pálido, mirándome fijamente, asombrado de que hubiese llevado el asunto a un terreno tan alejado de las premisas sentadas por Companys en su carta. Farreras parecía divertirse mucho con mi inesperada intervención. Salvat no se sorprendía de nada. Callaba y me observaba con los ojos semicerrados. Trabal, engolando un poco la voz, se dirigió más bien a Durruti y Ascaso que a mí, para apreciar tal vez la solidez de nuestro muro, diciéndonos que estaba apenado por la manera como había soslayado yo el tema principal de la carta de Companys y los motivos de la entrevista, que eran recabar de los hombres de la CNT su apoyo al triunfo electoral de las izquierdas. «Hemos venido a tratar de este asunto, que además es asunto en firme, del acuerdo que tenemos las izquierdas de que salgan en libertad los presos como resultado del triunfo electoral, no cabiendo los plazos dilatorios de tener que empezar haciendo una campaña nacional por la libertad de los presos. Se trata de eso, y no es para tratar de tal campaña para lo que somos mandatados. He de rogar a García Oliver tenga a bien centrar su punto de vista en relación con el objeto de nuestra entrevista.» -Ustedes deben excusarme por haber eludido, deliberadamente, tratar del motivo central de la carta de Companys. Conozco a Companys y sé que en el estrado puede desenvolverse con soltura. Pero nunca consideré que fuese un genio político. Lo prueba cómo se condujo en la preparación del movimiento de octubre, con el veto que le impuso a Largo Caballero de no tratar con los anarcosindicalistas de la CNT. Y lo prueba también con la gestión encargada a ustedes, que en síntesis, aunque de manera solapada, es una invitación a que les ayudemos a sumir a España en los horrores de una guerra civil. -No, eso no -se apresuró a interrumpir Trabal. Vi que mis palabras habían quebrado el muro que ellos presentaban. Salvat contuvo a Trabal y dijo: -Es muy interesante escuchar los razonamientos de García Oliver. Le ruego a usted, señor Trabal, no interrumpirle. -Me pregunto si, tanto ustedes al aceptar el encargo de buscar la cooperación de la CNT, como Companys al darles dicho cometido, no habían pensado ya que al final de la contienda electoral, tal como plantean la luchas las derechas y las izquierdas, está inevitablemente la guerra civil. Les ruego me ayuden a sacar conclusiones de lo siguiente: ¿Esquerra Republicana de Cataluña es partido gubernamental? ¿El Partido Socialista Obrero Español es partido gubernamental? ¿Son gubernamentales los partidos republicanos que se coaligaron con los dos partidos anteriores? Sí, ¿verdad? Entonces, ¿por qué recurrieron a la rebelión de octubre, simplemente por el hecho de haber perdido unas elecciones parlamentarias? ¿Quiere ello decir que si ahora perdiesen también las elecciones, intentarían lanzarse otra vez a la rebelión? En consecuencia ¿qué pueden esperar ustedes que hagan las derechas si son ellas las que pierden las elecciones? Trabal intervino para sentenciar: . -No olvide usted el efecto paralizante de las fuerzas del Estado, que jugarían a nuestro favor una vez estuviésemos las izquierdas en el gobierno de España y en el de la Generalidad. -Lo tengo pensado, Trabal. Muy pensado ¿Se imagina que las derechas se sublevarían yendo esos señores aristócratas, capitalistas y alto clero por los cerros de Ubeda tirando tiros? No, señor Trabal, ustedes se quedarían con las plumas del pollo; pero la carne y los huesos, o sea, ejército y fuerzas armadas, son los que se sublevarían contra ustedes, y contra nosotros, si hubiésemos sido tan ingenuos como para haberles ayudado. Intervino Salvat, hablando muy suavemente: -Creo que tiene razón García Oliver ¿Habría manera de poder eludir una guerra civil? -Sí. Y les advierto que si se tratase de una revolución yo no sentiría ningún temor. Pero no seremos nosotros los que nos lanzaremos a la revolución en el momento previsto y preparado, sino que serán el ejército y las fuerzas armadas quienes se harán dueños de la calle. La manera de poder eludir la contienda sería que el gobierno que debe convocar las elecciones se arriesgue a conceder una amnistía total para presos políticos y sociales quince días antes de la fecha señalada para las elecciones. -¡Muy bien visto! -exclamó Salvat. - Muy bonito, pero irrealizable -expresó Farreras. -Imposible detener los acontecimientos -arguyó Trabal-. Además, el acuerdo consiste en ir a las elecciones y ganarlas. Secamente declaré: -Si tal acuerdo existe, ha sido adoptado en reuniones de las que estaba ausente la CNT. Como en octubre, sin la CNT y, si llegase a convenir, contra ella. Creo que ustedes no vinieron a conseguir nuestra adhesión, sino a imponernos un acuerdo tomado en ausencia de la CNT. Pues bien, ahora, como antes de octubre -les aconsejo leer el artículo de Rafael Vidiella en Leviatán[3]- les decimos que sin la CNT ustedes están perdidos; contra la CNT nada podrán ustedes. Ahora, si mis compañeros lo creen pertinente, ha llegado el momento de retirarnos. Los tres, secamente, hicimos ademán de despedirnos. Fue Salvat quien intentó la conciliación: -Esperen ustedes... Eso no puede ser, Trabal y amigo Farreras. Ellos tienen razón. Las ideas no deben imponerse. Y los acuerdos tampoco. Hasta el momento, y que me perdonen Companys y los presos, las únicas ideas sensatas que he oído son las expuestas por esos compañeros cenetistas. Creo percibir claramente la existencia de otra salida muy distinta a la del rompimiento. Es decir, que, invirtiendo las situaciones, quieran ellos damos a conocer las condiciones en que admitirían ser colaboradores en esa determinación de una guerra civil. ¿No les parece, amigo Trabal y amigo Farreras? -De acuerdo, señor Salvat. Si ellos tienen alguna idea que ofrecemos, encantado de escucharlos y de transmitirla a Companys -declaró Trabal. Intervine nuevamente: -Bien miradas las cosas, hoy no deberíamos proseguir este cambio de impresiones. Sería mejor que ustedes den a conocer a Companys el fondo de nuestras opiniones, para que ellos puedan decidir si en principio quieren otra vez correr el riesgo de tener que enfrentarse a una guerra civil. Si dijesen que no, y que se avienen a cancelar los planes y acuerdos que tienen de querer ganar a toda costa las elecciones, no habría necesidad de que estableciésemos ningún compromiso. Pero si decidiesen seguir adelante, sería menester un otorgamiento de poderes a ustedes, facultándoles plenamente para negociar. Trabal, con sonrisa de quien está pagando una deuda importante de la que ni se acordaba, dijo: -Creo que podría, por una sola vez, verme con Companys y plantearle todo lo que han dicho ¿No lo ven ustedes mejor así? Asintieron Ascaso y Durruti. Le puntualicé que teniendo que encarar una rebelión militar, la CNT, que dispone de muchos hombres prestos a la lucha, carece de armas para un enfrentamiento con el ejército y fuerzas armadas del país. Solamente podríamos correr el riesgo si, ahora o al ser ganadas las elecciones, pero no más allá de dos meses después, nos colocaban depósitos de armas en Zaragoza, Sevilla y La Coruña, de los que se haría cargo en cada localidad un compañero de nuestro grupo. Ya con las armas, podríamos dedicamos a organizar los cuadros de lucha y a trazar los planes correspondientes a cada región. -Me parece perfecto ¿O eso o no hay trato? -concluyó Trabal. -Correcto -dije. Y asintieron Durruti y Ascaso. Pasaron unos días sin noticias de Trabal. Si era cierto que tenían que ir al Puerto de Santa María para entrevistarse con Companys, tardarían unos 15 días en regresar. Y fue a los quince días cuando nos pasó aviso García Vivancos de que, si estábamos de acuerdo, nos citaba en su casa para el día siguiente a las ocho de la noche. No nos hicimos esperar. Cuando llegamos, estaban ya aguardando Trabal, Farreras y Salvat. Trabal nos dijo que Companys consideraba excesiva nuestra condición de proveer de armamentos a nuestra organización, pues no entraba en sus cálculos la contingencia de un levantamiento militar. Los resortes del Estado, en manos de gobiernos de izquierdas, eran suficientes para desanimar a las derechas. Sin embargo, daba su conformidad a la cuestión sine qua non que presentábamos, comprometiéndose a satisfacerla una vez logrado el triunfo electoral. -¿Están ustedes de acuerdo? -preguntó Trabal, francamente optimista. -Sí, estamos de acuerdo. Pero nos hubiera gustado que Companys fuese más explícito. No debía haberse limitado a aceptar la entrega de armamentos, que puede o no tener lugar, ya que no parece estar convencido de lo justo de nuestras previsiones. A la mera aceptación de nuestra única condición, hubiese debido añadir: «No solamente trataremos con la CNT lo referente a los depósitos de armas, sino que tendremos que ver cómo podría ampliarse por ambas partes la precaria colaboración que hemos establecido». No ha sido así, y hemos de lamentarlo. Además de los depósitos de armas estratégicamente colocados, deberían crearse órganos de defensa, un Consejo Nacional de Defensa en Madrid y otro de carácter regional en Barcelona, con sus dependencias regionales y locales en poblaciones de importancia y constituido por representantes de cada uno de los dos gobiernos, de la CNT y de la UGT. -Eso -arguyó Trabal- sería tanto como montar el aparato para una revolución social. -Sí y no -repliqué-. La tendencia revolucionaria de la CNT se vería frenada por la tendencia conservadora y política de la UGT. Pero como estamos entrando en el terreno de las apreciaciones personales, dejémoslo y concretemos. El acuerdo tomado por los seis fue que por nuestra parte trataríamos de impedir que se realizase propaganda antielectoral ante los próximos comicios y que, si ganaban las izquierdas, éstas se comprometían por boca de Companys y sus delegados presentes, a ponerse en contacto con nosotros para determinar las cantidades de armamento que había que depositar a nuestra disposición en Aragón, Andalucía y Levante.
No pude asistir a la reunión de militantes de la CNT y de la FAI de Barcelona en que se trató de la «posición a adoptar ante las próximas elecciones». Mi trabajo en El Tupinet, taberna de la carretera de Hostafrancs, empezaba a las siete de la tarde y terminaba al amanecer. Aurelio, Ascaso y Durruti vinieron al Tupinet para pedirme que asistiese a dicha reunión. Les dije que no asistiría y que conocían sobradamente los acuerdos a que habíamos llegado al respecto. Únicamente les recomendé no presentar nuestros puntos de vista como una aplanadora, y que dejasen a los asistentes resolverlo como mejor supieran. Los reunidos aceptaron nuestros puntos de vista.
Las izquierdas ganaron las elecciones. Se produjo una euforia general. Iban siendo fácilmente olvidadas nuestras consignas de prepararse para una lucha definitiva para no más tarde de seis meses después de las elecciones. Ahora, los triunfadores pretendían ser los aliancistas de Cataluña, Asturias y Valencia. Ascaso estaba agobiado por las insidias que alrededor de su persona tejían los aliancistas asturianos y levantinos, haciendo coro a los comunistas y demás frentepopulistas. Esos mismos aliancistas pedían mi cabeza.
Hube de acudir a Madrid a enfrentarme con Avelino González Mallada, militante confederal de Gijón. Este acumulaba sobre mí los más fantásticos cargos. Era lo propio de un militante de una región como la asturiana, prácticamente desinteresada del resto de la Confederación y que producía un tipo de militante confederal más vinculado a los socialistas y ugetistas que a los anarcosindicalistas. González Mallada decía, con su voz chillona, lo que le venía en gana en aquella reunión-proceso que se me estaba haciendo. Obedecía, acaso sin saberlo, la consigna puesta en circulación por los grupos anarquistas en que militaban, con Fidel Miró, José Jiménez y Mestre, los únicos que defendían a hurtadillas en la CNT de Cataluña la posición aliancista de treintistas y poumistas. En la reunión-proceso, rogué al compañero que presidía, Falomir, ferroviario y miembro del Comité Nacional, que pidiese a González Mallada que no gritase tanto y puntualizase las acusaciones de manera concreta. Vivamente, González Mallada me interrumpió diciendo que en Asturias corrían rumores insistentes sobre mi sospechosa conducta antes y durante el movimiento de octubre y que se debía a mi influencia en el Comité Regional de Cataluña y sobre el secretario del Comité Nacional, Miguel Yoldi... Interrumpí por una cuestión de orden. Era tan grave lo que insinuaba González Mallada que, a mi entender, el Comité Nacional, que presidía la reunión, debía advertirnos a González Mallada y a mí que, de acuerdo con las normas de la CNT, toda acusación personal debía estar basada en hechos concretos y no en rumores, por cuanto de la veracidad o falsedad de las acusaciones dependía que fuese expulsado de la Organización el compañero inculpado o el acusador. Pedí que se requiriese a González Mallada que precisara si actuaba en su nombre o por mandato de su regional, en cuyo caso debería presentar el aval correspondiente y el contenido escrito de las acusaciones, firmado por el Comité de su regional. Puesto que aludía a la actitud del Comité Regional de Cataluña en el movimiento de octubre, no podía seguir adelante la reunión sin la presencia del Comité Regional de Cataluña, y eso sólo podía tener lugar en pleno extraordinario de regionales, convocado expresamente para ello. Y por haber involucrado igualmente al Comité Nacional de la CNT en la persona de su secretario en funciones, tampoco podía pasar adelante el juicio de acusaciones promovido por González Mallada, a no ser que por escrito una o más regionales depositaran la acusación en el Comité Nacional y que éste convocara al efecto pleno extraordinario de regionales o una asamblea nacional de sindicatos. El Comité Nacional en funciones en esa reunión podía suspender momentáneamente la reunión, apercibir al compañero González Mallada de que la CNT está integrada por confederaciones regionales autónomas, y que, tanto ellas como sus afiliados, sólo tienen la obligación de cumplir los acuerdos de carácter nacional que hubiesen sido adoptados con su aprobación. Estábamos ante el hecho paradójico de que no existía ningún acuerdo nacional de secundar el movimiento de octubre, cosa que ni siquiera había sido tratada en pleno nacional de regionales. La reunión se suspendió por una hora. González Mallada fue informado de que yo tenía razón en lo referente al movimiento de octubre -como lo probaba el artículo de Rafael Vidiella en Leviatán, que achacaba el desastre a las exigencias de Companys y a la falta de previsión política de Esquerra Republicana de Cataluña-. Se le informó también de la declaración del compañero Moreno, ferroviario que me tenía de huésped en su casa de la Colonia Ferroviaria, según la cual, mientras Largo Caballero y su Comisión Ejecutiva no salieron del escondite, yo me pasé la noche en casa de Moreno enseñando a los muchachos de las Juventudes Socialistas a preparar las granadas de mano que sus jefes les habían entregado vacías. Aquellos muchachos estaban decididos a explicar los hechos, por vergonzosos que fuesen para su jefes. Se reanudó la reunión y Falomir dijo que González Mallada se retractaba de las insinuaciones malévolas contra mí, rogándome que le excusase su incomparecencia a la reunión final. De Madrid tuve que acudir a Valencia, a enfrentarme a los aliancistas de aquella Regional. La cosa fue mejor. Aliancistas y faístas habían convenido celebrar un acto público en un teatro de Sagunto, en cuya fachada se habían dispuesto enormes pasquines: «García Oliver responderá a las acusaciones de Juan López y Domingo Torres». El acto estaba convocado para las once de la mañana del domingo. Acudieron aliancistas y faístas de casi todas las localidades de la Regional levantina. A la una de la tarde, ante la incomparecencia de los inculpadores, se suspendió el acto, con vítores a la FAI de los defraudados asistentes. Todo me decía que cuanto más grande se hacía la CNT, más perdía en calidad. Se olvidaban las tácticas y principios, base de la formación de militantes serios y morales, como Archs, Pey, Salvadoret y otros, dando paso a otro tipo de militantes, como González Mallada, Juan López y Fidel Miró, inconsecuentes y maledicentes, prontos al abrazo con republicanos burgueses, reformistas socialistas y comunistas. La moralidad de muchos militantes de primera y segunda fila acusaba un descenso impresionante, lo que hacía posible que entrásemos en una revolución anarcosindicalista como anarquistas aparentes y saliésemos como vulgares arrivistas.
No. No cumplieron Companys ni las izquierdas que decía representar. Fatuos como pavos reales, se atribuyeron el éxito de las elecciones: «El pueblo habría votado por ellos, lo quisieran o no la CNT y la FAI. ¡Ya verían los anarquistas indocumentados cuál era el poder del Estado con las riendas del gobierno en manos de las izquierdas!» Tampoco se habían dejado ver los Trabal, Farreras y Salvat. Hasta habían rehuido en las logias a García Vivancos. Tenían que borrar la lamentable flaqueza que habían tenido.
Las sirenas de las fábricas y de los buques surtos en el puerto de Barcelona lanzaban sus persistentes alaridos, que ponían la carne de gallina a las tropas sublevadas contra el pueblo español y por una España nazifascista. Grito frenético de combate para los que sabían lo que querían decir sus ululantes requerimientos... ¡Adelante, cuadros de defensa confederal! ¡Adelante, grupos anarquistas! ¡Adelante, juventudes libertarias y mujeres libres! ¡Una vez más, adelante, viejos hombres de acción que del pasado solamente conserváis los recuerdos y la pistola escondida! Desde la radio, Companys cantaba la misma palinodia que en octubre de 1934. No había aprendido nada. Acompañado de los jerarcas del Frente Popular, guardadas las espaldas, clamaba pidiendo ayuda desde Radio Barcelona, instalada en el palacio de la Generalidad. Antes, en las primeras horas de la mañana, desde el balcón de la comisaría superior de policía, en la Avenida Layetana, había visto pasar a los líderes del anarcosindicalismo, a Ascaso, a Durruti, a García Oliver, con fusiles ametralladores en la mano, acompañados de sus hermanos de grupo, Jover, Ortiz, Aurelio, Sanz, «Valencia», en camiones repletos de militantes confederales, fusiles en alto, banderas rojinegras al viento. Durruti y yo acudimos al ruego de Companys que nos transmitió un teniente de asalto en la puerta del Sindicato de la Construcción y del Comité Regional. Estaba rodeado de oficiales del ejército incorporados a puestos de mando de Seguridad y Asalto: Escofet, los hermanos Guarner, Herrando, sargentos y cabos. Al vernos, abriendo los brazos, exclamó: «Fills meus, gents de la CNT, avui sou l’única esperança de Catalunya! Oblideu-ho tot i salveu les llibertats del nostre poble!». Aquello era ridículo. Era demasiado olvido del pasado, de los compromisos contraídos y no cumplidos. Curiosos nos miraban Federico Escofet, comisario de Orden Público, el comandante Guarner, el capitán Guarner, Herrando, «el del peluquín», jefe de los guardias de asalto de Barcelona. Companys nos llamó para intentar capitalizar nuestra presencia como la de un cuerpo de guardia más para su defensa. -¿Es todo, Companys? -le dije-. Pensé que nos llamabas para damos armas. Nos vamos. Aquí nada se nos ha perdido. -No, armas para daros no tengo ninguna. Solamente quería desearos mucha suerte... Iba a empezar un discurso y nos pareció mejor marcharnos sin decir nada más, no fuese que a su guardia también se le ocurriese sublevarse. Después de todo, nada importante nos diría Companys.
Treinta horas de lucha continua, sin descansar, sin dormir. Ascaso muerto. Alcodori muerto.[4] Más de cuatrocientos compañeros anarcosindicalistas y anarquistas muertos. Cayeron. Simplemente, como caen los héroes. El triunfo fue nuestro, total. La CNT-FAI aceptó la oferta de Companys de constituir, junto con los demás sectores antifascistas, un Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña. La Organización aceptó aquella oferta porque, en la euforia de la victoria sobre los militares, parecía ser un cómodo puente hacia un orden nuevo y revolucionario. Companys propuso aquel organismo para, pasada la euforia del primer momento, restarle importancia en el decreto de creación, hasta reducirlo a una especie de comisaría de Orden público, en espera de poder disolverlo. El triunfo fue total y nuestro. Pero la Organización, la CNT y la FAI, rechazó mi propuesta de «ir a por todo», a la instauración del comunismo libertario, meta obligada de la revolución, según los estatutos de la CNT. Meta sagrada, pues que por ella dieron la vida centenares de compañeros en el ayer remoto, en el anteayer de la «gimnasia revolucionaria» y en el ayer inmediato, luchando para ser revolucionarios -¡no para ser guardias de asalto!-, para vencer, de una vez por todas, al ejército de casta de los poderosos.
Lo recordaría siempre. Eran dos jóvenes obreros de Reus, acorralados por un pelotón de soldados a caballo. Hicieron fuego repetidas veces. Después se deshicieron de sus armas y uno le dijo al otro: « ¡No se puede con el ejército! » Fue en 1909, una revolución perdida. No sería fácil de olvidar. Esta vez ocurrió en Barcelona. En el sitio en que, años después, cayeron asesinados Seguí y Paronas. En el cruce de las calles de la Cadena y San Rafael se levantaba una endeble barricada. Nadie la defendía, porque era batida por un cañón de tiro rápido. Inopinadamente, un obrero disparó su revólver en dirección de los artilleros y salió corriendo, se deshizo del arma y desapareció. « ¡No se puede con el ejército! » Fue en 1917, otra revolución perdida. El ejército, ése era el problema. No debía atacarse al ejército en esporádicos gestos de apariencia revolucionaria, con obreros desorganizados, disparando sus revólveres en un ir y venir, para terminar desapareciendo en busca de la impunidad. Era necesario preparar a los trabajadores por y para la revolución. Algún día podrían enfrentar tácticas superiores a las tácticas de los militares en aquellas mismas calles barcelonesas.
Cuando los militares empezaron la preparación de su golpe de Estado, en el Comité de Defensa confederal de Barcelona les llevábamos una ventaja de casi un año y medio en el estudio de los planes para contrarrestar la sublevación militar. El Comité de Defensa confederal existía desde los primeros días de la República. Los Cuadros de Defensa confederal también. Pero nuestro aparato combatiente se preparaba para luchas revolucionarias en las que nosotros tendríamos la iniciativa. Al darnos cuenta de cuáles serían las consecuencias del triunfo electoral de las izquierdas, tuvimos que revisar nuestras concepciones de lucha. De ser nosotros los atacantes a una .sociedad desprevenida, a pasar a ser organización en defensa propia, frente a un ejército que disponía de la iniciativa, mediaba una larga distancia. Se imponía realizar una valoración lo más cabal posible del emplazamiento de los cuarteles de la guarnición de Barcelona, del número de tropas en disposición de combate, de las vías de acceso de las tropas, de los centros estratégicos susceptibles de ser tomados por los sublevados, de los medios de comunicación entre el ejército en la calle y sus centros de mando. Faltaba decidir un plan, susceptible de damos la victoria, flexible y precavido. Los cuarteles de Barcelona eran fortalezas de reciente construcción en su mayor parte. No debíamos atacarlos, porque en ellos gastaríamos las escasas municiones de que disponíamos. Había que dejar salir las tropas a la calle y, ya lejos de sus cuarteles, atacarlas por la espalda, sin prisas, intermitentemente, para que fuesen ellas las que agotasen las municiones y les resultase difícil regresar a sus bases para reponerse. Hacer de las Ramblas el punto clave de nuestras operaciones, pero dominando las vías de comunicación que desde las barriadas confluían al Puerto, donde debíamos hacernos fuertes, para impedir ser arrinconados en las barriadas obreras, donde la dispersión sería nuestro peor enemigo. No acudir a la declaración de huelga general, tanto para no alarmar al enemigo y que no saliese a la calle, como para no impedir que los obreros estuviesen en la calle: las huelgas generales solamente sirven para amedrentar, empezando por los propios obreros, y para. crear alarma. Preparar concienzudamente a todos los fogonistas de las fábricas para que, al mandato de nuestros Comités de Defensa de las Barriadas, pusiesen en funcionamiento las sirenas ininterrumpidamente, creando condiciones sicológicas óptimas para la lucha; sembrando el pánico entre los soldados y el entusiasmo entre los obreros. Aislar completamente a las tropas sublevadas, cortándoles las comunicaciones a pie, motorizadas y telefónicas, dándoles desde la Telefónica falsas noticias sobre la marcha de la lucha en la ciudad. Concentrar la máxima cantidad posible de combatientes nuestros desarmados en torno al cuartel de San Andrés, por tener adjunta la Maestranza, depósito de más de 20000 fusiles y de treinta millones de cartuchos de fusil. Dar órdenes a nuestros grupos dentro de la base aérea del Prat de bombardear desde el primer momento el cuartel de San Andrés, para que pudiese ser asaltado por nuestros compañeros. Y que ellos, una vez tomado el cuartel, enviasen automóviles cargados de fusiles y municiones a las Ramblas y que, por su cuenta, fuesen limpiando los focos de las dispersas unidades militares.
Nuestra preparación era superior a la simplona previsión de los militares que habían de sublevarse. Pensaban que todo sería como siempre: redoble de tambores, colocación en las paredes del bando declarando el estado de guerra y regreso a los cuarteles a dormir tranquilos. A lo sumo, -como ocurrió con los escamots de Dencás y Badía en octubre de 1934, con algunos tiros, muchas corridas, y a casita. Porque, ¿quién iba a poder con el ejército? ¿No se vio en Asturias la derrota que infligieron a los mineros, a pesar de lo armados que estaban?... Sin embargo, en julio de 1936, la operación fue bastante rápida, aunque la lucha durara 30 horas en las calles de Barcelona. Cuando los miembros del Comité de Defensa confederal en pleno, sin faltar ninguno -Ascaso, Jover., Durruti, Aurelio, Sanz, Ortiz, «Valencia» y yo- íbamos a subir en los dos camiones que los cuadros de Defensa de la barriada de Pueblo Nuevo habían requisado en las fábricas textiles y ya se oía el aullido de las sirenas de las fábricas y de los barcos, se nos presentó un personaje inesperado, delgado, pequeño, pálido, desgreñado, armado de un Winchester: -Soy Estivill. Dejadme ir con vosotros. -¿Estivill? ¿No eres comunista? ¿Es que no salen a combatir los comunistas, que quieres venir con nosotros? -Sí y no. Soy y no soy comunista. No sé si los comunistas saldrán 'a combatir. Pero ellos son cuatro gatos y lo más probable es que quieran reservarse para después. -Anda, pues. Sube. Por la calle Pedro IV, el Arco del Triunfo, la Ronda de San Pedro, Plaza Urquinaona, Vía Layetana, fusiles en alto, banderas rojinegras desplegadas y vivas a la revolución, llegamos al edificio del Comité regional de la CNT, en la calle Mercaders, frente al caserón de la Dirección General de Orden Público, con sus guardias de Asalto aglomerados en la puerta y la acera. Estivill, sin despedirse de nosotros, se fue hacia los guardias y ya no regresó. Era un caso, un personaje ridículo y raro. Por lo visto se trataba de un sujeto todo a medias, de educación, de tamaño y de comunista. ¿Qué era ese Estivill? A lo mejor nos estuvo espiando en Pueblo Nuevo, aprovechó nuestro transporte y ahora iba a dar parte a Escofet, el comisario de Orden Público. En el edificio del Comité regional, a aquella hora, se encontraban solamente grupos de compañeros de los Cuadros de Defensa de la barriada y su Comité, más algunos compañeros del ramo de Construcción, encargados de la vigilancia de su sindicato. Pero ningún miembro del Comité regional, empezando por su secretario, Marianet.[5] Por dicho motivo, no nos entretuvimos y, después de inquirir noticias de la situación de la barriada y sus contornos, nos dirigimos unos a pie y otros en camión, en cuya parte trasera había emplazada una ametralladora «Hotchkiss» que sería manejada por Sanz y Aurelio. Companys, refugiado desde las primeras horas del día en la Dirección General de Orden Público, rodeado del capitán Escofet, del comandante Guarner, del capitán Guarner y del teniente coronel Herrando y no menos de un centenar de guardias de asalto, no parecía muy animado a salir a la calle a pegar tiros. Como en octubre, se reservaba para la radio y para enterarse de cómo se hacían matar los demás y, en todo caso, también como en octubre, para rendirse. En la calle Fernando, no serían todavía las siete de la mañana del día 19 de julio, un grupo de obreros acababa de asaltar una armería, en la que solamente encontraron escopetas de caza. Joaquín Cortés, conocido militante confederal, bastante reformista y signatario del manifiesto de los Treinta, estaba ensayando un puñado de cartuchos de caza en su escopeta de dos cañones. Se rió al vemos y no pude evitar decirle que, si en vez de ser «treintista» fuese «faísta», en vez de una escopeta de caza tendría un fusil ametrallador. Nos reímos todos. Cortés se incorporó a nuestra pequeña columna, en dirección a la plaza del Teatro, donde habíamos decidido fijar nuestro puesto de mando. Ya en las Ramblas, se nos unieron los sargentos Manzana y Gordo, el cabo Soler y los soldados que iban con ellos, con sus fusiles y dos ametralladoras «Hotchkiss» que habían logrado sacar del destacamento a que pertenecían en la calle de Santa Madrona, después de haber sometido a los oficiales sublevados. Se había presentado una emergencia que podía llegar a ser grave para nuestros planes. Los militares, llegados por sorpresa al bajo Paralelo, desde la Brecha de San Pablo hasta el Puerto, se habían hecho dueños de aquella vía tan estratégica; habían batido a nuestros compañeros de los Cuadros de Defensa, a quienes sorprendieron descendiendo de camiones rápidos de transporte militar totalmente cubiertos, a los que ya no pudieron desalojar, no obstante el gran número de bajas que registraban nuestros compañeros. Grave era la situación, porque desde el Paralelo, filtrándose por las estrechas calles de San Pablo, Unión, Mediodía y Carmen, podían llegar a cortar las Ramblas y salir a la Vía Layetana, desbaratando totalmente nuestros planes: nos irían arrinconando poco a poco hacia las barriadas extremas, donde no podríamos sostenernos por falta de cartuchería. Mi resolución fue rápida. Le dije a Durruti que él, con Aurelio, Sanz y Manzana y una de sus ametralladoras, a más de la emplazada en el camión, con la mitad de los compañeros que habían venido con nosotros y la mitad de los pertenecientes a los cuadros de Defensa del Centro, impidiesen, primero, que el ejército tomase las Ramblas y, después, dominar el Puerto, para cortar en dos al ejército enemigo. Por mi parte iría con Jover y «Valencia» y un grupo de compañeros armados por las calles Nueva, Santa Margarita, a filtrarme por la de San Pablo hasta la Brecha y cortar el Paralelo por el «Moulin Rouge». Y que Ascaso, con Ortiz y otro grupo de compañeros, hiciese lo mismo, adentrándose por la calle Conde de Asalto hasta el Paralelo, para unirnos en el chiringuito del Paralelo y calle del Rosal. El ejército ocupaba buenas posiciones en la entrada de la calle de San Pablo y Brecha, desde donde nos recibieron con fuertes descargas de fusil y ametralladora. Ordené a los compañeros luchar cuerpo a tierra unos y de puerta en puerta otros. Así avanzamos hasta rebasar el cuartel de Carabineros sito en aquella parte de calle. Afortunadamente, los carabineros acuartelados allí nos dijeron ser leales a la República y nos aseguraron estar dispuestos a secundarnos tan pronto recibieran órdenes de hacerlo: el cuerpo de Carabineros no era de orden público, sino de vigilancia de puertos y fronteras. En esa plática estábamos cuando se nos unieron Ascaso y su gente, por no haber logrado hacer el corte del Paralelo por Conde de Asalto y haber sufrido algunas bajas, pero engrosados con compañeros de los Cuadros de Defensa de la barriada. Todos juntos proseguimos el avance, calle de San Pablo adelante, pegados al suelo o de puerta en puerta, hasta llegar a la última casa de la calle, donde empieza la Brecha de San Pablo, parte ancha de calle con plátanos enormes a ambos lados, en cuyos troncos estaban parapetados grupos de soldados que disparaban sin cesar. Al fondo, se divisaban las pilastras de unos portales, con soldados vigilando, y cerca el chiringuito desde el que disparaban con ametralladora y fusil ametrallador. Era casi imposible desalojarlos mediante un ataque frontal. Me acordé de Peer Gynt, cuando aconseja «dar la vuelta» y no insistir de frente. Por la escalerilla de la última casa, a mano derecha, pues no quería apelar a las suicidas barricadas, subí con Ascaso y unos diez compañeros armados de fusiles y winchesters. Antes de hacerlo, encargué del mando de las fuerzas de la calle a Jover y Ortiz, con instrucciones de pasarse al café Pay-Pay tan pronto oyesen nuestras descargas desde las azoteas a que pudiésemos llegar. Así fue, con éxito completo. Los soldados se replegaron, dejando bajas, hacia los portales de enfrente y el chiringuito. Nosotros, a través del café Pay-Pay, nos pasamos a la calle Amalia y de allí, en movimiento envolvente, a la calle de las Tapias, para salir a la ronda de San Antonio, que ocupamos combatiendo cuerpo a tierra. Mientras Ascaso se encargaba de batir desde allí el flanco de los soldados, hice abrir la puerta de la cárcel de mujeres de la esquina de Tapias y Ronda, para asegurarme de que en su interior no había soldados de guardia. No los había. Sólo dos guardias de Seguridad montaban la guardia y no opusieron resistencia. Casi por la fuerza hicimos salir en libertad a las mujeres presas. Algunas de ellas no querían salir en libertad, y estaban acurrucadas por los rincones. «¡Si salimos, nos castigarán!», decían aterrorizadas. Yo les gritaba: «¡Ya nadie os castigará, ahora mandamos los anarquistas! ¡Afuera todas!» Con los que me acompañaron en la toma de la cárcel de mujeres me incorporé a los que, cuerpo a tierra, se batían con los soldados. A mi lado, a unos dos metros, vi a un conocido de hacía muchos años, de los años 20, 21 y 22 en Tarragona, cuando él era secretario de la Federación provincial de la CNT, Eusebio Rodríguez, «El Manco», que se pasó al Partido Comunista al advenimiento de la República. Me saludó levemente con la cabeza y un «¡hola, Joanet!» Pensé que seguramente tenía razón Estivill al decir que los comunistas eran cuatro gatos y que lo más seguro es que no saliesen a luchar. «El Manco», que por toda arma llevaba una pistola star, era uno de aquellos cuatro gatos, pero le quedaba de antaño la influencia anarquista, de cuando estuvo con nosotros. Los militares, en derrota, se fueron replegando a los pisos del edificio en cuya parte baja funcionaba el music hall Moulin Rouge. Trepando por las escaleras de las casas de enfrente, al otro lado del Paralelo, desde las azoteas y desde dos ángulos de tiro, arrasamos los balcones del último piso, hasta que atado a la punta de un fusil apareció un trapo blanco en señal de rendición. Con toda cautela nos aproximamos, pegados a las paredes, hasta llegar al amplio portal de la casa. Allí estaban unos seis oficiales, en camisa, sucios de polvo, los puños cerrados a lo largo del cuerpo, mirando al suelo, ceñudos, firmes, casi pisando con las puntas de los pies. Seguramente esperaban ser fusilados en el acto. -¿Qué hacemos con ellos? -preguntó Ascaso. -Que Ortiz los lleve al sindicato de la Madera, a la calle del Rosal, y que los tengan presos hasta que termine la lucha.
«¡No se puede con el ejército!» Dos veces fui testigo de este grito. De niño en Reus, cuando la revolución de 1909. Y en 1917. Grito heroico y desesperado. Levanté en alto mi fusil ametrallador, blandiéndolo, y grité estentóreamente, causando la admiración de Jover y Ascaso: «¡Sí, se puede con el ejército!» Al día siguiente, recién muerto Ascaso, que cayó como a veinte metros de donde nos encontrábamos al recibir la rendición de los oficiales que guarnecían el antiguo edificio de la Maestranza, en Atarazanas, también aparecían éstos con el gesto de los vencidos, descamisados, sucios, mirando al suelo, con los puños cerrados, firmes y casi de puntillas, convencidos de que los íbamos a pasar por las armas en el acto. El compañero García Ruiz, tranviario, me preguntó: -¿Qué hago con ellos? ¿Los fusilo? -No -le contesté-. Llévalos ahí, al sindicato de Transportes, y que los tengan presos. Habíamos vencido totalmente. El ejército, roto, estaba a nuestros pies. Mirando hacia donde acababa de caer muerto Ascaso, grité: -¡Sí, se puede con el ejército!
Quedaban vengadas todas las derrotas que sufriera la clase obrera española a manos de la militarada reaccionaria. 1909, con sus víctimas y mártires: ¡Vengados! 1917, con sus víctimas y mártires: ¡Vengados! 1934, con sus víctimas y mártires: ¡Vengados! ¡Vivan los anarquistas!, fue el grito que durante aquel día, 20 de julio, se oyó por todas las calles de la ciudad. ¡CNT...! ¡CNT...! ¡CNT...!, rugían los cláxones de los automóviles, camiones y ómnibus. Fue un día muy largo aquel 20 de julio. Ese día había empezado el 18. Fue el día de la gran victoria. Fue el día que empezó la gran derrota. Y la gran derrota empezó en el momento en que Companys llamó por teléfono a la secretaría del Comité regional de la CNT de Cataluña para rogar que la CNT enviase una delegación a entrevistarse con él. Hacía tres horas que había muerto Ascaso. Hacía un día que había muerto Alcodori. Hacía treinta horas que, uno tras otro, cerca de cuatrocientos compañeros anarcosindicalistas habían muerto en las calles de Barcelona. Pronto serían olvidados. Solamente olvidando a lo muertos se puede hacer dejación de las ideas. Que es lo que ocurrió.
Con el ocaso del día 20 de julio de 1936 se iniciaba el declinar de aquella gran organización sindical, única en el mundo, que luchaba por una vida social totalmente distinta a la que nos deparaba el sistema capitalista, con sus gobernantes, sus ejércitos y sus burócratas. Cuando la delegación de la CNT[6] que acudiera al llamamiento de Companys hubo regresado al Comité Regional a dar cuenta de su cometido, vencidos ya en toda la ciudad los últimos focos de resistencia de los militares, cuando ya no era necesaria la lucha en las calles, por doquier bloqueadas por las fuertes barricadas que levantaban los confederales, por el viejo local del sindicato de la Construcción de la calle de Mercaders donde tenía una oficina el Comité Regional de la CNT empezaron a desfilar muchos de los que no habían tomado parte en la gesta que acababa de realizar el proletariado confederal. Uno de los primeros fue Diego Abad de Santillán, con una enorme pistola Mauser en el cinto. Y Federica Montseny, con una minúscula pistolita metida en una coqueta funda de cuero, al cinto también, que debía tener desde hacía muchos años, para su defensa personal en aquella casa-torre en que vivía en la burguesa barriada del Guinardó. Penoso es tener que decir la verdad. En la noche del 19-20 de julio, en la plaza del Teatro de las Ramblas, junto a mi, a Ascaso y Durruti, que dormitábamos sentados en el suelo y recostados en el tronco de un árbol, también estaba el líder socialista Vila Cuenca, con su winchester entre las piernas. Y por allí anduvo también, con su enorme pistola al cinto, Julián Gorkin, líder -con Andrés Nin- del POUM. Pero no vi a Santillán, ni a Federica, ni a Alaiz, ni a Carbó, a ninguno de los que en reuniones y asambleas iban en pos del liderazgo de la CNT-FAI, tácitamente en posesión de Ascaso, de García Oliver y de Durruti. Ellos se consideraban la plana mayor del intelectualismo, lo que, al parecer, los eximía de tener que batirse en las calles. Después hube de comprobar que, intelectualmente, tampoco servían para gran cosa. Explicamos el resultado de la entrevista con Companys. Lo hice yo y lo hizo Durruti. Companys reconocía que nosotros solos, los anarcosindicalistas barceloneses, habíamos vencido al ejército sublevado. Declaraba que nunca se nos dio el trato que merecíamos y que habíamos sido injustamente perseguidos. Que ahora, dueños de la ciudad y de Cataluña, podíamos optar por admitir su colaboración o por enviado a su casa. Pero que si opinásemos que todavía podía ser útil en la lucha que, si bien terminaba en la ciudad, no sabíamos cuándo y cómo terminaría en el resto de España, podíamos contar con él, con su lealtad de hombre y de político, convencido de que en aquel día moría un pasado de bochorno, y que deseaba sinceramente que Cataluña marchase a la cabeza de los países más adelantados en materia social. Que dado lo impreciso e inseguro de los momentos que se vivían en el resto de España, de muy buena gana él, en tanto que presidente de la Generalidad, estaba dispuesto a asumir todas las responsabilidades para que, todos unidos en un organismo de combate, que podría ser un Comité de Milicias Antifascistas, asumiese la dirección de la lucha en Cataluña. Esto podría hacerse inmediatamente, pues al igual que a nosotros había convocado a los representantes de todos los partidos y organizaciones antifascistas, que estaban reunidos en una sala contigua y ya se habían manifestado conformes con la idea de creación de un Comité de Milicias Antifascistas. Para que comprobásemos que era cierto, nos hizo pasar a la sala contigua, donde, en efecto, estaban Comorera, de Unió Socialista de Catalunya; Vidiella, del Partido Socialista Obrero Español; Ventura Gassol, de Esquerra Republicana; Pey Poch, de Acció Catalana; Andrés Nin, del POUM, y Calvet, de los «Rabassaires», quienes se apresuraron a saludarnos. Salimos de donde estaban reunidos. En breve cambio de impresiones, la delegación de la CNT de Cataluña, por mi conducto, comunicó a Companys que nosotros, en la ignorancia de lo que pensaba proponemos, habíamos acudido solamente a escuchar, pero sin poder decidir, por lo que le prometíamos transmitir inmediatamente su mensaje al Comité Regional de la CNT, y que, tan pronto como recayese acuerdo, se le comunicaría. El Comité Regional, en rápida deliberación en la que tomaron parte varios compañeros, acordó comunicar por teléfono a Companys que se aceptaba, en principio, la constitución de un Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, a reserva de ponernos de acuerdo sobre la participación de cada sector y, en definitiva, esperar la resolución de un Pleno de Locales y Comarcales que se reuniría el día 23, pero sin perjuicio de que ya se fuesen dando los pasos necesarios para que, si el Pleno acordaba que sí, pudiese entrar ya en funciones. Provisionalmente, quedábamos encargados de continuar las gestiones Aurelio Fernández, Durruti y yo. Al atardecer del mismo día, celebramos la primera reunión, todavía informal, con José Tarradellas, Artemio Aiguader y Jaime Miratvilles, de Esquerra Republicana de Cataluña; Pey Poch, de Acció Catalana; Comorera, de Unió Socialista de Catalunya; Rafael Vidiella, de la UGT y el PSOE, y Gorkin, del POUM. A propuesta de Tarradellas, se acordó excluir del Comité a Estat Català, por considerar Esquerra Republicana que el jefe actual de Estat Català, Dencás, era agente fascista, y estaba refugiado en Italia. A propuesta mía, se acordó establecer un equilibrio en el Comité de Milicias, consistente en tres puestos para la CNT, tres para la UGT, tres para Esquerra Republicana, dos para la FAI, uno para Acció Catalana, uno para el POUM, uno para los socialistas y uno para los rabassaires.
La noche del 20 al 21 de julio había sido de insomnio para muchos. En aquella calurosa y agitada Barcelona no se podía dormir. Se sucedían los «¡Alto! ¿Quién vive?» y los cláxones de los autos repetían incesantemente: «¡CNT... CNT...!» . Yo no fui a dormir a mi casa. Desde el edificio del Club Náutico, donde pensábamos establecer el Comité de Milicias Antifascistas, y donde habíamos celebrado la primera reunión informal, nos fuimos a un hotelucho de las cercanías del puerto, García Vivancos, Aranda[7] y algunos más. Mi mente estaba alerta. Me daba cuenta de que, entre el ayer y el hoy, se iniciaba una inquietante etapa revolucionaria que traería inopinados planteamientos de problemas que exigirían una rápida solución y que ésta debería ser original, totalmente nueva, sin vinculación con el pasado, que en parte se había hundido ya, pero que trataría incansablemente de reproducirse. Toda revolución lleva consigo la contrarrevolución. Revolución es una marcha adelante a partir de un punto dado. La contrarrevolución es el regreso al punto de partida y, a veces, más atrás. Si aquella noche yo no pude dormir, otros tampoco debieron hacerlo. ¿Qué estaban haciendo y quiénes eran los contrarrevolucionarios que tampoco debieron dormir? ¿Amigos conocidos? ¿Desconocidos enemigos? En aquellos momentos, Companys era la contrarrevolución. Nosotros, los anarcosindicalistas de la CNT, perseguíamos establecer el comunismo libertario. Pero ya, en aquel mismo momento, como lo atestiguaban los múltiples intentos realizados en Cataluña y en el resto de España a lo largo de la República ¿O estaba yo equivocado? ¿La proclamación del comunismo libertario en la cuenca minera de Sallent y Cardona había sido una quimera? ¿ Lo había sido también el 8 de enero de 1933? Cuando las Juventudes Libertarias proclamaron el comunismo libertario en Tarrasa, ¿fue ilusión? ¿Éramos revolucionarios o simples duplicados de guardias de asalto al servicio de Companys y de la Generalidad? Si desde el primer momento se me antojó una renuncia a nuestra integridad revolucionaria la aceptación del Comité de Milicias, Companys, con su nerviosismo y sus precipitaciones, nos iba a poner en el caso de tener que reconsiderar aquella aceptación, no porque hubiese de dar mal resultado aquel organismo aglutinante de todos los sectores del antifascismo, sino porque, partiendo de Companys, presidente de la Generalidad, la iniciativa llevaba en sí la intención de ganar tiempo para dejar todo donde estaba antes de la sublevación militar. Companys, jefe del gobierno de una pequeña república mediterránea, era, como lo habían sido todos los señores de las republiquitas italianas del Renacimiento, jefes de pequeñas naciones, se aburrían en la inmensidad de sus palacios, desde los que no podían salir a la conquista del mundo, como hicieron en la Antigüedad las ciudades-Estado. Para escribir El Príncipe, Maquiavelo sólo necesitó recoger las intrigas y falsedades de los príncipes del Mediterráneo y del Adriático. Así era Companys. La Esquerra Republicana de Cataluña y la Generalidad eran de esencia burguesa. Y había que defender el sistema de vida burgués en casa propia. «¡No faltaría más!» Tener dos muchachas de servicio -el ideal eran cinco-; dos automóviles, uno para ir al trabajo y otro, con chófer, para llevar a la señora de compras y a las visitas; pasar por los colmados para comprar jamón serrano y chorizos riojanos, y por «La Mallorquina» de la calle Petritxol a comprar ensaimadas para el chocolate de la tarde y el tortell de crema para después de la comida o cena. Y como decía el chófer de la señora, que era de Manresa: «¡Los moros, que los mate Cristo!» Tan pronto salimos del palacio de la Generalidad, sopesando los pros y contras del proyecto de Comité de Milicias para hacerse cargo de toda la vida política y social de Cataluña, Companys, autosugestionándose con el papel histórico que tenía que cumplir, debió pensar que El Príncipe de Maquiavelo que descansaba abierto en su alcoba, señalándole con el dedo, le diría: «¡Tonto! ¿Por qué tenías que ceder tanto?» Companys se decidió. Despidió con amplia sonrisa a los jefes de los pequeños partidos que giraban en torno suyo y mandó llamar al comandante Pérez Farrás, dócil siempre a sus mandatos, y a Luis Prunés, también de su partido. Los citó a los dos para muy entrada la noche, porque antes necesitaba hacer unas consultas con distintas personas, y después meditar profundamente en lo que ya había decidido hacer: volverse atrás de lo sugerido a la delegación de la CNT-FAI, pero de manera sutil. Lo que pensaba hacer sin consultar con nadie, a excepción de Pérez Farrás y Luis Prunés, tendría la doble ventaja de anular, antes de nacer, al Comité de Milicias y sin que nadie se diese por enterado. Porque ¿quién leería aquellos días el Butlletí Oficial del Govern de la Generalitat de Catalunya, si nunca lo leía nadie? ¡Lástima que no pudiera aparecer hasta dos días después! En efecto, dos días después aparecía en el Butlletí Oficial el siguiente decreto: «La rebelión fascista ha sido vencida por el heroísmo popular y el de las fuerzas leales. Precisa, pues, acabar de aniquilar en toda Cataluña los últimos núcleos fascistas existentes y prevenirse contra posibles peligros de fuera. Por lo tanto, a propuesta de la presidencia, y de acuerdo con el consejo ejecutivo, decreto: 1. Son creadas las milicias ciudadanas para la defensa de la República y la lucha contra el fascismo y la reacción. 2. Se nombra a Enrique Pérez Farrás jefe de las milicias ciudadanas de Cataluña. 3. Se nombra al consejero Luis Prunés y Sató comisario de Defensa de la Generalidad, con las atribuciones necesarias para la organización de la mencionada milicia popular. 4. Queda designado un comité de enlace y dirección de las milicias ciudadanas, formado por un delegado que designará el consejero de Gobernación, otro designado por el comisario general de Orden Público, y los representantes de las fuerzas obreras y organizaciones políticas coincidentes en la lucha contra el fascismo. 5. En toda Cataluña, y bajo la presidencia de los comisarios de la Generalidad o personas que podrán designarse para que los representen, se constituirán los Comités Locales de Defensa, los cuales actuarán en todo momento de acuerdo con las disposiciones del Comité Central» Con su maquiavélico golpe de audacia, Companys metía en un saco el todavía nonato Comité de Milicias, le daba dos padres putativos, lo bautizaba con el nombre de Comité de enlace y dirección de las milicias ciudadanas -perdían lo de «antifascistas» a que tan apegados estábamos los militantes de la CNT-FAI- y todo pasaría a depender del consejero de Gobernación y del comisario general de Orden Público. Esto en lo que respectaba a Barcelona, porque en lo tocante al resto de Cataluña los Comités Locales de Defensa que recomendaba constituir tenían que estar sometidos a los comisarios de la Generalidad. Companys no tenía una idea cabal de lo que había ocurrido en Cataluña. Olvidaba que, no obstante el incumplimiento de los compromisos contraídos en su nombre por sus representantes autorizados, Trabal, Farreras y Salvat, el Comité de Defensa Confederal de Cataluña había batido y aniquilado al ejército sublevado, ante una compañía del cual Companys y sus 5000 escamots armados tuvieron que rendirse el 6 de octubre de 1934. Olvidaba Companys cuán cándido había sido al utilizar la misma. táctica que ya le falló en octubre de 1934, de querer dirigir la lucha por la radio desde los micrófonos colocados en su despacho de la Generalidad, dejando la calle que era lo vital, en manos de los miembros del Comité de Defensa Confederal. Y cuán cándido había sido al aceptar como buena la rendición del general Goded, encerrado en una red por los anarcosindicalistas al ocupar la avenida Icaria, la calle Pedro IV, las Rondas, desde la de San Pedro hasta el Puerto, la avenida Layetana, las Ramblas y el Paralelo con la ronda de San Pablo. Olvidaba que todo mensaje puede contener una clave y que en Mataró, Gerona, Figueras, Valls, Reus, Tarragona y Lérida todavía estaba en pie el ejército y que, al venir, lo seguro era que Goded hubiese dejado fuerzas militares para intentar algún desembarco en apoyo de aquellas fuerzas provinciales. Era cándido porque la rendición de Goded se refería solamente a su persona y no daba la orden de rendirse a todas las tropas que integraban la IV Región militar, sino que simplemente las relevaba del compromiso de obedecerle. Las consecuencias de la manera de rendirse del general Goded iban a manifestarse inmediatamente. Por una parte, su rendición no la hizo ante el Comité de Defensa Confederal, que era el que lo había vencido. Los sublevados que disparaban desde el edificio de Oficinas Militares y desde las antiguas instalaciones militares de Atarazanas, en la conjunción de Ramblas, San Francisco y Colón, no sabían a quién rendirse por no haber establecido normas aquella confusa rendición, y seguían manteniendo el fuego. Por otro lado, los anarcosindicalistas sólo obedecían órdenes del Comité de Defensa Confederal, asentado en la plaza del Teatro debajo de un camión. Y éste, en sus deliberaciones, había decidido no aceptar la capciosa rendición de Goded y proseguir la lucha hasta el total aniquilamiento de los sublevados o su total rendición a las fuerzas combatientes. En la euforia de una victoria que caía en sus manos, sin haber realizado él ni su partido el más mínimo sacrificio, una vez vencido el miedo de tener que pasar por la humillación de octubre de 1934, cuando fue él quien tuvo que explicar por radio su capitulación, debió pensar Companys que, tras la rendición de Goded, los hombres de la CNT-FAI procederían a su vez a deponer las armas y a regresar a sus hogares, felices de haber ayudado a los guardias de asalto a dominar a los militares. ¡Ilusiones…! En aquellos momentos, explicaba yo a Durruti y Ascaso, reunidos debajo del camión, que a partir de aquel momento empezaría el saqueo de armamentos en los cuarteles y que lo mismo estaría ocurriendo en todas las poblaciones de Cataluña que tenían guarniciones militares. No debíamos, pues, darnos por enterados de la rendición de Goded ni bajar la guardia de nuestros combatientes, y debíamos proseguir la lucha hasta el total vencimiento de los sublevados, para que no quedase duda de que habíamos sido nosotros los vencedores, destruyendo de una vez el mito de que la clase trabajadora sería siempre vencida por el ejército. Y fue para darle profundidad revolucionaria a la lucha por lo que la proseguimos durante casi otro día, logrando al fin la rendición de los últimos sublevados que se habían hecho fuerte |