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1 El anarcosindicalismo en la calle (fin) El fascismo y las dictaduras[1] Hay naciones gobernadas por dictaduras y naciones que por forma más o menos encubierta de gobierno tienen el fascismo. Fascismo y dictadura no son la misma cosa aun cuando aparentemente lo parezcan y en el fondo aspiren a serio. Procuremos aclarar esto. Italia es un país que ha tenido un dictador -Mussolini- y ahora tiene el fascismo. Hace nueve o diez años, y menos también, si alguien hubiera suprimido a Mussolini, la dictadura italiana se habría hundido. Por aquel entonces, Mussolini ejercía una dictadura personal a la manera de Luis XIV, que decía que el Estado era él. El fascismo todavía no había adquirido la concreción moderna por la cual se define que el fascismo es la exaltación del Estado y la negación de la personalidad individual y colectiva de las multitudes. De una manera más concreta, según los tiempos que vivimos, que el fascismo es la superación del Estado burgués y demócrata. Eran aquellos los primeros balbuceos de las dictaduras, durante los cuales nadie, ni Mussolini, ni Primo de Rivera, podían llegar a suponer que sus revoluciones reaccionarias llegarían a constituir una teoría de gobierno de la que no podría prescindir ningún Estado burgués, demócrata o reaccionario. Dictadura, pues, es esto: forma personal de gobierno que dura lo que alcanza la vida o el poder de quien lo ejerce. Fascismo es el concepto de gobierno que anula la personalidad del individuo y destruye todas las conquistas de la Revolución Francesa.
De confundir los términos dictadura y fascismo, se han originado casos verdaderamente paradójicos. En la España de Primo de Rivera, por ejemplo, se creía que estábamos bajo un régimen fascista, siendo así que la dictadura de Primo de Rivera tenía más de demócrata que el contenido de muchas democracias de entonces y pretendidas democracias de ahora. Primo de Rivera, hasta cierto punto, era respetuoso para con sus enemigos: no mandaba fusilar a los hombres por la calle, como suele hacerse ahora sólo por mantener intangible el concepto fascista de que el Estado es la suprema razón de todo. Primo de Rivera creía en el pueblo, ya porque le temiese, ya porque pretendiese engañarle, y por esta misma razón se nos aparece como el gobernante más verdaderamente demócrata que ha tenido España al conceder, durante sus siete años de dictadura, nada menos que cuatro indultos generales. Para Primo de Rivera, no solamente tenía un valor cada ciudadano, sino que incluso se lo reconocía a los presidiarios. Por eso los mimaba, por eso les daba indultos. Primo de Rivera era un pobre dictador demócrata, pero no fascista. Mussolini ha pasado por dos períodos como dictador. El primero, es aquel en que, al igual que Primo de Rivera, creía todavía en los individuos y en el pueblo. Su dictadura era personal, algo democrática. Dictadura de arengas a las multitudes sin valor, de indultos generales, de poses ingenuamente horripilantes, pero que tendían a que el pueblo le contemplase. Repetimos: si durante éste su primer período de dictadura hubiese sido suprimido Mussolini, la dictadura se habría hundido con él. Ahora, ya no, porque ya no hay dictadura en Italia, sino fascismo, eso es: sujeción absoluta del individuo y del pueblo al Estado. Y es por eso que ya casi no se habla de Mussolini, ni se dan indultos en Italia, ni el «duce» aparece ante el objetivo del fotógrafo en aquellas ingenuas poses de traganiños. Y es que el fascismo italiano ha tenido que aprender mucho del verdadero fascismo de Estado que los socialistas y demócratas del mundo han elevado a teoría moderna de gobernar los Estados burgueses.
Hay dos países en la tierra que se prestan para el estudio de lo que es el fascismo y la dictadura: Alemania y España. En Alemania, hay un mono –Hitler- que pretende implantar el fascismo teatral precisamente en un país donde el fascismo verdadero ya no existe. Contra las pretensiones de este mono imitador de Mussolini, el gobierno alemán acaba de decretar una ley de excepción, con la que se amenaza castigar severísimamente toda clase de extremistas. Excepto, como es natural, el extremismo de Estado que los gobernantes llevarán a cabo. Si el fascismo tiene por objeto supeditar el pueblo a los intereses del Estado burgués, y el gobierno alemán acaba de anular de un solo plumazo la personalidad de los alemanes ¿no resultará idiota todo cuanto de aquí en adelante realicen Hitler y sus secuaces para al fin llegar, si vencen, a la misma situación de negarles a los alemanes toda clase de derechos individuales y colectivos? Algo parecido ocurre en España. Unos partidos republicanos que soliviantan el pueblo contra las dictaduras de Primo de Rivera y Berenguer. Un pueblo que un día se levanta borracho de entusiasmo y que no solamente derroca las dictaduras, sino que hunde una monarquía. A todo esto le sucede una propaganda electoral. Hay promesas de libertad y de derechos. Una Constitución liberalísima en perspectiva de ofrecimientos. Votación unánime de todo un pueblo que se siente rejuvenecido. Después de mucho discutir los elegidos y de mucho aguantar y callar los electores, se le da al pueblo una Constitución, código fundamental de sus derechos de ciudadanía. Y, cuando ya creyéndola suya quiere incorporarla a su vivir cotidiano, le ponen a esa Constitución un apéndice provisional que dice: Ley de Defensa de la República. Total, que el individuo y el pueblo quedan anulados; que el fascismo, razón e interés supremo del Estado, triunfan cual nunca triunfaran durante las dictaduras democráticas de Primo de Rivera y Berenguer. Esta es, pues, la diferencia fundamental que hay entre las dictaduras y el fascismo: que una dictadura puede llegar a ser democrática, mientras que un gobierno fascista no lo será nunca. Porque el fascismo es la negación absoluta de los derechos del individuo y de las colectividades. ¿Quiere esto decir que los gobernantes de ahora sean peores que Primo de Rivera y Berenguer? No. Lo que ocurre es que quienes actualmente rigen los destinos de España saben una cosa que ignoraban los dos generales dictadores: que en la actual época de descomposición del régimen capitalista, no es posible que subsista ningún Estado burgués si éste no anula las libertades del pueblo. Y como que la personalidad individual y colectiva de las multitudes es su más elevada conquista de libertad, se impone que el Estado se la arrebate. Y hace bien el Estado burgués en plantear el problema de esta manera tan tajante. Así las multitudes no podrán llamarse a engaño. Quien quiera puede darse cuenta de que la solución racional del problema no está en que sean éstos o aquéllos quienes gobiernan una sociedad burguesa, sino que lo importante estriba en acabar pronto y definitivamente con el régimen capitalista. García Oliver
El avance fascista en España[2] No ha mucho, en estas mismas columnas de Tierra y Libertad, publiqué un artículo con el epígrafe «Las dictaduras personales y el fascismo». Se trataba de un ensayo que pretendía crear una definición de las notables diferencias existentes entre los gobiernos de tipo fascista puro y los regímenes de dictadura personal. La importancia de un ensayo periodístico consiste en que, por tratarse de un ensayo, se debe teorizar desde un punto de vista original no importa sobre qué problema universal de la vida moderna o del pasado histórico. Ante mi personal manera de definir el contenido democrático o reaccionario de las dictaduras personales y fascistas en relación con la vida social y política de España (que para muchos era todavía -si es que no sigue siendo- una nebulosa) lo menos sorprendente es que no faltaron discrepantes, aunque éstos hubieran de ser de aquellos que poco tiempo después habían de darnos la razón, si no por otra cosa, al menos en el infantil y disculpable propósito de prestarle un poco de razón y variedad a ciertos pinitos literarios de mal gusto que sobre el significado y representación de ciertas banderas rojinegras se publicaron. El tiempo, en su hablar claro y elocuente, nos ha dicho hasta qué punto, en la escala de las variantes y gradaciones, se diferencian las dictaduras personales a lo Primo de Rivera, de los fascismos a la manera de la actual república española. Las dictaduras de tipo personal tienen dos cometidos a realizar: uno, e inmediato, dar el triunfo político a un partido, casta o dinastía, y el otro motivo, mediato y lógica consecuencia de la sociedad capitalista actual, la defensa del orden, principio de autoridad o lo que es lo mismo, salvaguardia «statu quo» burgués. Pero los regímenes fascistas, simplifican la cuestión, ya que, su solo y único papel consiste en defender rabiosamente los intereses de los pequeños y grandes capitalistas. Una dictadura personal, como así ocurrió en España, puede tener en contra a obreros y burgueses. Una dictadura fascista, no solamente no tendrá en contra ni un solo burgués, sino que los burgueses, en masa, aplaudirán frenéticamente los atropellos fascistas. Y es preciso volverlo a repetir, sin que por ello se quiera entender que nos pronunciamos por tal o cual tipo de dictadura, antes bien lo que hacemos es con el propósito de ponerlas bien al descubierto para que así se puedan combatir más eficazmente. En la dictadura de Primo de Rivera había un sentido mucho más hondo de democracia que en el espíritu fascista de la república actual. Sobre Primo de Rivera, pesaba todavía el fetichista y popular concepto de la legalidad constitucional de un pueblo. Y solamente después de haber destruido esa legalidad constitucional, suspendiendo previamente la Constitución y poniendo en vigor la Ley de Orden Público, instauró la censura en la prensa y encarceló gubernativamente a los españoles porque ya no podían hacer valer legalmente sus derechos de ciudadanía. Quien procede de esta manera, lo hace legal y democráticamente, pues ya es sabido que en la Constitución del 76 se consignaba que ella podía ser suspendida en su totalidad durante un plazo máximo de seis meses. ¿Que los seis meses se convirtieron en seis años? ¡Qué más da! Lo importante es que Primo de Rivera, cuando empezó su ridícula función de dictadorzuelo, creía, o aparentaba creer, en el pueblo y en su legalidad constitucional. No así la República. El fascismo republicano de ahora, régimen de clase, que no cree ni tiene por qué creer en el pueblo (en todo aquello que se quiera entender por pueblo el ser ciudadano de una nación sin constar en los registros de la propiedad), encarcela gubernativamente a miles de ciudadanos sin tomarse siquiera la molestia de haberles desposeído antes de sus derechos constitucionales. Lo que equivale a decir el cinismo elevado a la quinta potencia en el arte de gobernar.
El cinismo: he aquí la espiritualidad fascista. Este descubrimiento nos permite una rápida clasificación de hombres y. métodos gubernamentales. No es posible equivocarse: el fascismo procede del mismo punto de origen del jesuitismo. Así, pues, cuando vemos que un hombre, en su continuo luchar diario, aguanta fríamente todos los ataques y responde con una sonrisa a palabras y apreciaciones que harían enrojecer un mármol blanco, podemos clasificarlo en seguida de la siguiente manera: jesuista antes de triunfar y fascista durante el triunfo y mientras esté en sus manos el poder que éste le reportó. La única variante sensible que existe entre el jesuista y el fascista es que aquél se vale de un cinismo solapado y éste de un cinismo groseramente ostensible. Esto es España: república de trabajadores que una perfecta ecuación de álgebra sociológica nos explica así: república de trabajadores regida por burgueses y millonarios con auténticos trabajadores en las cárceles y deportaciones, igual a cinismo como fórmula de gobierno.
Aquí ya se pueden cometer ahora los más bajos atentados contra la Constitución y los ciudadanos proletarios. Todo seguirá igual, nada se hundirá. Porque 1a importancia cínica de un fascismo bien organizado, no es otra que el que se puedan cometer los más estupendos atentados contra los trabajadores y la «Constitución de Trabajadores», sin que por ello se le corte la digestión a nadie. Fríamente, ante las mismas narices de los hombres, a la luz del día y en circulación los periódicos, se pueden cometer los más bárbaros atropellos y todo permanecerá sordo, mudo y ciego. Por algo el fascismo ha ido avanzando lentamente, envenenando poco a poco la conciencia ciudadana del proletariado a fuerza de reír cínicamente ante toda manifestación de protesta por su criminal manera de proceder. Al principio, el fascismo, que es todavía jesuitismo, inicia en pequeña escala sus atentados a la libertad del pueblo trabajador. Este contesta a los primeros atentados con cantidades enormes de energía protestataria. Pero el tiempo pasa y el fascismo va dando cada vez mayores zarpazos que ya casi no consiguen hacer reaccionar al pueblo cansado de luchar. Este es el momento de máxima brutalidad fascista, de atropellos incalificables, cínicos, perpetrados descaradamente a la luz del día, sin temor a nada, porque la prensa burguesa en su importante totalidad, es suya, y, el pueblo, aniquilado de tanto luchar, contempla atontado el desenvolvimiento gradual y violento porque pasan las víctimas directas del fascismo. Esto es España, república de trabajadores. Hombres torturados por doquier, doloridos, sufriendo, amargados. Cárceles llenas de trabajadores, buques abarrotados de parias. Contra el fascismo no vale el gritar, protestar y poner de manifiesto sus crímenes. El fascismo no tiene conciencia, es único, por lo que lo mismo le da que le digan bueno que malo. Al fascismo no se le puede combatir, como a las dictaduras personales, mediante la crítica, el ridículo y el atentado personal. Al fascismo sólo se le debe combatir llevando la lucha a todo el gran frente de batalla moderno: a un lado, los privilegiados, burgueses y aburguesados, y en frente, las multitudes proletarias. Si España gime ahora bajo el yugo fascista no se culpe de ello a los revolucionarios. El fascismo italiano no lo trajo la ocupación de las fábricas, sino la traición de los socialistas. También en España el fascismo lo ha traído la traición. Porque lo que trae el fascismo a los pueblos no es la Revolución, sino los traidores de la Revolución. García Oliver Prisión celular, 16.3.32.
Por los fueros de la verdad[3] Reunidos en la cárcel de Barcelona, el día 9 de marzo de 1932, los presos sociales que suscriben, militantes todos de la Confederación Nacional del Trabajo, y una vez leído en alta voz, a requerimiento de varios compañeros, el artículo de Ángel Pestaña publicado en «Cultura Libertaria» del 4 del corriente con el título «Ante una campaña», acuerdan por unanimidad abrir discusión sobre el mismo, lo que [se] efectúa en el acto. Ante la afirmación de Ángel Pestaña, en el mencionado artículo, relativa a la supuesta falta de pruebas con que se le acusa, pide la palabra el camarada García Oliver, quien da detallada cuenta del informe suscrito por él mismo y dirigido por el Sindicato de la Industria Fabril y Textil de Barcelona, al que representa por designación de asamblea general en el Comité Nacional de la Confederación, cuya secretaría desempeña Pestaña. El camarada García Oliver afirma concretamente: Que el Comité Nacional se reunió en sesión el 9 de febrero por la noche, con asistencia, entre otros delegados, de García Oliver y del secretario. Que éste dio lectura a las notas enviadas por las distintas regionales, en contestación a la circular remitida a las mismas, en cuya circular se preguntaba, a requerimiento de la Regional de Aragón, Rioja y Navarra, si se creía conveniente ir a una huelga general en toda España o adoptar alguna actitud semejante con objeto de impedir las deportaciones anunciadas por el gobierno. La primera contestación leída, fue la de Levante, que aceptaba la huelga general para impedir las deportaciones, ya que, de no hacerse aquel movimiento, no se podría evitar que la gente se lanzara tumultuosamente a la calle, caso de ser deportados los compañeros. La Regional galaica manifestaba que, aunque muy quebrantada por efecto del último movimiento, haría cuanto pudiera por generalizar el paro, con objeto de evitar las deportaciones, si éstas habían de ser llevadas a cabo. La Regional asturiana aceptaba la huelga general, entendiendo que, en caso afirmativo, es decir, si cundía el propósito, era preciso que el movimiento de protesta fuera lo más completo posible, para lo cual, si hubiera tiempo, convenía hacer una campaña de agitación. La Regional de Aragón, Rioja y Navarra, afirmaba haberse reunido con las Comarcales intactas después del último movimiento, acordando hacer todo lo posible para que la huelga se extendiera. La Región Centro manifestaba que acaso pudieran evitarse esas deportaciones yendo una comisión de la Confederación Nacional del Trabajo a entrevistarse con el gobierno, coincidiendo la visita con una gran campaña de protesta. Aseguró Pestaña seguidamente, que faltaban las contestaciones de Cataluña, Andalucía, Norte y Baleares, añadiendo: -Anteayer, domingo, escribí una circular a todas las Regionales diciendo que, de la consulta hecha sobre si se iba o no a una huelga general para impedir las deportaciones, resulta que la mayoría de las organizaciones regionales coinciden en la necesidad de una gran campaña de propaganda, sin perjuicio de que se haga después lo que se crea más conveniente. Permitidme que os diga que yo ‑añadió Pestaña- envié la circular en cuestión sin contar con el Comité Nacional porque al fin no se trata de cosa de importancia y así se adelanta tiempo. El camarada García Oliver prosigue su informe diciendo: Pestaña ha incurrido en las siguientes gravísimas faltas: Primera: Decidiendo por sí y ante sí; sólo él, arbitraria y dictatorialmente, por tanto, con el nombre y sello del Comité Nacional y a espaldas de éste, un asunto de tanta gravedad cual era la pregunta relativa a la actuación más conveniente para impedir las deportaciones, constituyendo la actitud de Pestaña una usurpación de funciones que competen al Comité Nacional, usurpación consumada con abuso de confianza, por el hecho de tener Pestaña el sello de aquel Comité en su poder. Segunda: Contestando que la mayoría de las Regionales coincidían en no hacer la huelga general y sí la campaña de propaganda, siendo así que, de una manera concreta, sólo la Región Centro (de las cinco que contestaron) no emitía criterio favorable a la huelga general, y significando el hecho consumado por Pestaña una tergiversación imperdonable del espíritu y letra de los comunicados regionales que llegaron al Comité Nacional. Tercera: Contestar Pestaña por cuenta y riesgo del Comité Nacional y a espaldas de éste, en perjuicio de los que habían de ser deportados, y redactar y enviar las contestaciones sin reunir al efecto al Comité Nacional, sin tomarse siquiera la leve molestia de pedir la contestación al Comité Regional de Cataluña, que reside en Barcelona y sin esperar ni interesar las contestaciones de Andalucía, Norte y Baleares, siendo como son Cataluña y Andalucía las Regionales más potentes y también las más afectadas por el problema de las deportaciones. Al enviar Pestaña por separado a cada Regional la circular de «no huelga general», dando a entender que habían contestado la mayoría, cuando faltaban por hacerlo más de la mitad de los efectivos de la Confederación y cuando las Regionales que lo hicieron, aparte una, se mostraban favorables a la huelga general, representa un engaño alevoso y premeditado al proletariado confederal, ya que imposibilitó que se impidieran las deportaciones y ya que, cuando las Regionales debieron recibir la circular de no huelga general, debió ser dos días después de enviadas, o sea el martes por la noche, cuatro o cinco horas antes de que el «Buenos Aires» abandonara el puerto de Barcelona. De todo ello se deduce que la precipitación con que obró el gobierno desde el lunes -un día después de salir las circulares de Pestaña- en lo concerniente a la partida del «Buenos Aires», obedecía a que sabía el gobierno que la circular de Pestaña imposibilitaba toda protesta eficaz por parte de la Confederación Nacional del Trabajo y también se deduce que, sin dicha circular, la salida de los deportados no se hubiera realizado nunca, como lo da a entender la circunstancia de que transcurrieron muchos días desde el movimiento de Figols hasta que inesperadamente para todo el mundo, se dio orden de partida al barco. Aclarados y concretados los cargos que hace el camarada García Oliver a Pestaña, piden la palabra varios compañeros. Sánchez, de la Metalurgia, desiste de hablar a causa de las interrupciones que se le hacen, aclarando algunos puntos que demostraba desconocer, a juicio de los firmantes, consiguiendo decir, antes de cesar en el uso de la palabra, que, de ser verdad cuanto afirmaba García Oliver, se sumaría a cualquier petición adversa a Pestaña, pero que también se adheriría a una sanción contra García Oliver, en caso de no resultar ciertas las acusaciones consignadas contra el secretario del Comité Nacional, a lo que se adhiere García Oliver. Alcubierre y Picas hacen uso de la palabra a continuación, abundando en las afirmaciones de García Oliver contra Pestaña. Bilbao hace resaltar la traición de Pestaña, confeccionando los Estatutos de la Unión Local de Sociedades Obreras y Sindicatos Legalizados, que, al sentar los jalones para organizarnos como la actual Federación del Puerto, formó la guardia amarilla de Primo de Rivera, con sus comités paritarios y su acomodamiento al ambiente político de la dictadura, que asesinaba, deportaba, encarcelaba y perseguía a gran número de compañeros, extendiendo entonces Pestaña repetidamente el acta de defunción de nuestro querido organismo confederal y mereciendo un varapalo de su actual compinche Peiró. Añade Bilbao que en el conflicto que surgió con motivo del impuesto de utilidades, se impuso Pestaña en reunión celebrada en una montaña de Santa Coloma para que no tomara cuerpo la idea de huelga general de protesta, no obstante ser sentida intensamente por el pueblo, como lo demostró cumplidamente. Continúa el orador formulando cargos contra Pestaña y otros elementos de los 30, aunque no se detiene porque dice ha de reproducirlos y documentarlos en el Sindicato. Termina haciendo constar que la oposición de los 30 a los camaradas de «El Luchador» es la oposición de la impotencia, de los reiterados fracasos editoriales, a quienes dan ejemplo de consecuencia, espíritu subversivo y honradez, sin que se les mueran las publicaciones en las manos, como a los 30 y a sus antecesores; fracasados editores de engendros y vueltos a fracasar con perseverancia para la derrota y la ineficacia. Hace uso de la palabra el compañero Eroles y dice que, de ser cierto lo afirmado por García Oliver, basta y sobra para que los militantes de la Confederación que hay en esta cárcel se reúnan por Sindicatos para remitir a éstos informes o notas expresivas de los puntos de vista que se deduzcan para ulteriores resoluciones y teniendo en cuenta que estando presos no pueden expresar su opinión por acto de presencia. Confirma por su parte la simpatía a los camaradas de «El Luchador» y finalmente pide el compañero Bilbao, que se exprese aquella simpatía a los redactores de aquel semanario. POR UNANIMIDAD Y ACLAMACION SE ACUERDA: Primero: Pedir la expulsión de Ángel Pestaña del Comité Nacional y de la Confederación, caso de resultar ciertos los cargos formulados por García Oliver o bien, de no ser ciertos, aplicar la misma sanción para García Oliver. Segundo: Adherirse a la campaña de saneamiento de «El Luchador» y cooperar a ella. Tercero: No tolerar campaña alguna que Pestaña o cualquiera de los treinta inicien o prosigan en favor de los presos, a los que denigran tanto o más que las autoridades por el solo hecho de ocuparse de ellos, y hacer constar esta manifestación por última vez. Cuarto: Rogar a la prensa anarquista y confederal reproduzca este escrito y enviar un ferviente abrazo libertario a los camaradas deportados, tratados de botarates por Peiró, a los hermanos andaluces, víctimas de la reacción de aquella tierra esclava, a todos los camaradas que sufren persecuciones e injusticias, con el deseo de aproximar virilmente la Revolución libertadora. Barcelona, cárcel, 10 de marzo de 1932. Sindicatos varios de Barcelona: Manuel Maojo, Viriato Milanés, Ponciano Alonso, Jaime Riera, Pedro López. J. García Oliver, Dionisio Eroles, Ventura Costa, Aníbal Esquembre, Domingo Delgado, Valentín Alvarez, Fernando Tiscar, Luis Sánchez, Juan Meler, Eugenio Bagés, Felipe Alaiz, Tomás Anadón, Eustasio Guadamin, Antonio Juan, Pedro Morera, Mariano Martínez, José Vernet, Jaime Castany, Joaquín Aubi, José Ginés, Miguel Alcubierre, Bautista Meseguer, Vicente Juan, E. Puigjané, Julián Merino, José Sánchez, Ángel Continente, José del Barrio, Agustín García, Emilio Segovia, Francisco Alonso, Antonio Rodríguez, Felipe Vallhonrat, Miguel García, Jesús Fandiño, Pedro Villaseca, Narciso Martín, Amador Monzó, Antonio Requena, Crescencio Arteta, Luzbel Ruiz. - Total, 46. Sindicato del Ramo de la Construcción de Barcelona: Manuel Damians, Manuel Troyano Silva, Francisco Martínez, Juan Gámez, Manuel Casino, Arturo Solé, Ramón Jiménez, Manuel Ruiz, Antonio March, José Alves Mariño, Juan Santiago, Salvador Rivera, Ángel Ubeda, Francisco Morales Soto, Pedro Sierra, Serafín López, Santiago Bilbao, Domingo Puyal, José Ibáñez, Manuel López Márquez, José Gilavert, Juan Alonso Campoy, José Panicello, Jaime Giné, Joaquín Valero, Ginés Urrea, Joaquín García, Manuel Jiménez, Miguel Sitjas, Isidro Abruján, Mariano Rodríguez, Maximiliano Puyo, José Fuster, Ramón Bori, Antonio Buch, Liberto Catalán, Miguel Guitera, Antonio Salsén, Manuel Mañá, José Huet, José Mur, Juan Serralta, Abelardo Vergara, Francisco Casquet, Pascual Picas, Rafael Castro, Arturo Cornelio. - Total, 48. La Cuenca del Llobregat: Julio García, Leoncio Sanllehi, Jesús Torres, Isidro Vilalta, Antonio Llorens, Ángel Vaque, Francisco Pantero, Ginés Aznar, Bartolomé Hernández, Gabriel Pudrá, Antonio Meca, Juan Simón, Salvador Ventura, Francisco Ivaz, Antón Perellón, José Horno, José García, Alberto Robres, Fernando López, Antonio Sanet, Juan García, Francisco Muñoz, Bartolomé Escanús, Marcelino Prieto, Antonio Alias, José Sánchez, Juan Sánchez, Domingo Martínez, Manuel Lázaro, Antonio Pelegrín, Juan Miquel, Antonio Girados, J. Clemente.
Siempre se había dicho y afirmado que los anarquistas eran los mejores conocedores de eso que se llama farsa político-parlamentaria. Y no sin razón, porque para mantenerse irreductiblemente opuestos a las reducciones de la política, que es aspiración a la función de gobierno, se requiere un penetrante espíritu crítico que ahonde hasta sus últimos recovecos las vergonzosas especulaciones de la política y mantenga siempre a flote el sentido inarmónico y antihumano que contienen todas las formas de gobierno. Entendiendo por gobierno la supeditación de la colectividad al interés abstracto de una teoría o un credo y al interés, no tan abstracto pero sí más material que preside la acción de gobierno ejercido por castas y dinastías sobre el gran conjunto colectivo. Con todo y sin que filosóficamente sea posible conciliar el concepto anárquico de la vida con la aceptación transitoria o momentánea, ante determinadas circunstancias históricas, de la acción político-parlamentaria por parte de los anarquistas, se da con frecuencia el hecho absurdo, ilógico, de que no faltan nunca quienes llamándose anarquistas ponen fe política en las prédicas y promesas de los políticos que se denominan de izquierda o extrema izquierda. A nosotros, los que estamos en la prisión ocupando los sectores más avanzados de la línea de fuego de esta gran lucha por el triunfo de la Revolución Social que se está librando a todo lo largo del frente ibérico, nos choca, nos entristece y deprime el que con tanta frecuencia tengamos que leer en los periódicos la celebración de mítines de conjunto entre oradores anarquistas y políticos de la mayoría parlamentaria que se denomina Extrema Izquierda Revolucionaria y Federal. Desde esta prisión, en la que si todavía estamos es por querer mantener irreductible nuestra posición francamente revolucionaria, en la más humana, moderna y proletaria significación de la palabra, nos permitimos llamar la atención de todos aquellos que públicamente conocidos como anarquistas colaboran públicamente con los hombres representativos de esa minoría político revolucionaria que, desde luego, no tiene otra razón de ser revolucionaria que la de ser una minoría que necesita primero, conservar sus puestos en el actual Parlamento, y después buscar la manera de llegar a ser una mayoría parlamentaria aun cuando para ello hubiera sido preciso presentarse ante la opinión como el sector más ultrarrevolucionario de España. Bien está que no importa qué minoría política procure medrar bajo el disfraz de la revolución. Pero de aquí a que sean los mismos anarquistas quienes avalen con su presencia y colaboración las engañosas promesas de los políticos, hay, ciertamente, un abismo. Los anarquistas no solamente deben negar toda colaboración a los pol1ticos, sino que, de ser militantes, tienen el deber de combatirlos incansablemente y de prevenir a las multitudes de los escondidos peligros que para ellos encierra la política. Si actualmente los anarquistas que se mantienen íntegros y fieles al espíritu de la revolución, impiden los mítines de los socialistas, agrarios, radicales e izquierdistas catalanes, no tienen disculpa los que no solamente no impiden los mítines de los extremistas federales, sino que incluso les prestan colaboración. Aun cuando esos actos se organicen con el pretexto de los que estamos presos y de los deportados. Para nuestra defensa, deber nuestro de anarquistas debería ser bastarnos a nosotros mismos. No olviden los compañeros que el gran problema de la reconstrucción económica y moral del mundo, sólo puede encontrar solución mediante la acción revolucionaria de las multitudes impulsadas por el afán de conquistar los medios de producción y enseñanza. Fuera de la revolución proletaria, todos los caminos están cerrados. La acción pol1tica y parlamentaria, para nuestras generaciones de la posguerra mundial, es una cosa tan vieja e inútil como lo fue el cristianismo para los descendientes de la Revolución Francesa. No hagan los anarquistas como esos grandes niños que juegan a la pol1tica revolucionaria desde Moscú. Téngase en cuenta que la escasa irradiación espiritual de la revolución rusa, no obedece a otras causas que a la imposición de la política parlamentaria al proletariado mundial. Nunca como en nuestros tiempos se pudo tener fe en la posibilidad de realización de nuestros ideales anárquicos. Después de la experimentación comunista libertaría del Alto Llobregat, nuestros pechos deben desbordar de entusiasmo, porque estamos muy lejos ya de aquellos otros en que, el ser anarquista, suponía el sacrificio de la libertad y de la vida hecho en holocausto de una sociedad que solamente conseguirían vivir las generaciones futuras. Hoy, luchamos ya para nosotros mismos. La sociedad que va a nacer desconocerá el parlamentarismo y las cuquerías revolucionarias de los políticos que están en minoría. Deber nuestro, pues, es saber prescindir de plataformas políticas y de aprender a tener confianza en nuestras propias fuerzas. García Oliver Prisión celular, 27-3-32.
Como los oradores que le han precedido, define la posición de la CNT en las circunstancias presentes, añadiendo que los militantes no han de justificar, sino explicar la conducta seguida y las razones que la han determinado. Hay que explicar lo que la tentativa reaccionaria representaba para la CNT. Comparando los hechos de 1923, que sin violencias trajeron una dictadura perniciosa para los obreros, a pesar de haber sido su actuación acorde al modo de implantarla, y la forma sangrienta en que hubiera comenzado la que ahora se pretendía establecer, al triunfar el movimiento se hubiera cebado con ferocidad en los elementos que para su existencia considerase peligrosos: los obreros revolucionarios. Estos elementos no hubieran sido los políticos que facilitaron la huida de los monarcas. La nueva dictadura hubiera establecido el fascismo, y basta mirar el hitlerismo para comprender que todo fascismo tiende al aplastamiento del proletariado. Si la CNT se hubiera inhibido esta vez, se hubiera convertido en colaboradora de la República, se hubiese convertido en instrumento de la burguesía que la persigue. Pero ha sabido conducirse con independencia. Los republicanos no sospechaban siquiera la intentona, como lo demuestra el que al producirse, sólo había en el Palacio de Comunicaciones dos guardias civiles. En cambio, la CNT la esperaba como lógica por la actitud de los parlamentarios y con muchos días de anticipación cursó las instrucciones oportunas a las organizaciones del pueblo, para que los obreros se hicieran cargo de villas, ciudades y provincias cuando la autoridad republicana se hubiera hundido en lucha con la reacción monárquica. Ataca a los socialistas y a Lerroux y afirma que el estatuto catalán está muerto desde los sucesos de Figols que expresaron claramente los anhelos del pueblo rechazando todo lo que no sea su propia determinación. Reitera que ante la disyuntiva de servir a monárquicos o republicanos, la CNT se sirvió a sí misma. Dice que la CNT, con su manifiesto referente a la intentona, circulado a las organizaciones, hace la declaración de la guerra social. La CNT es anarquista, afirma, y su historia se dirige hacia el comunismo libertario. Debemos prepararnos, pero teniendo en cuenta que la fuerza más decisiva es la de saber aprovechar las circunstancias. Cuando éstas no son favorables, todo fracasa, como han fracasado los monárquicos, asfixiados por la falta de ambiente y de oportunidad. La Confederación ha sido durante veinticuatro horas dueña de España. Cuando todos se den cuenta de esa fuerza, que hasta el gobierno ignora, se creará un dinamismo que nos conducirá a la realización de nuestros objetivos. Ataca la política de los socialistas, que fingen fuerzas que no tienen y se imponen desde el gobierno con la fábula de sus 80 000 afiliados al partido y su millón de inscritos de la UGT. La ley de 8 de abril, que quiere imponérsenos, pretende ser la muerte de la CNT. Censura al gobernador de Barcelona, que, intentando hacer, méritos, quiso obligar a la CNT a que reconociera en el plazo de ocho días aquella ley, cuando el gobierno lo había dado mucho mayor y con miedo de que llegue el instante de imponerla, porque si se nos clausuran los sindicatos, todos los trabajadores deberán acudir a quitar los precintos y abrirlos de nuevo, dando la batalla al gobierno que sólo cuenta ya con el apoyo de cuatro guardias de Asalto que todavía no se han hecho monárquicos y con Menéndez, el último cartucho de la República, que se ha convertido en otro guardia más. Dedica durísimas censuras al señor Azaña por sus consideraciones impunistas con los generales monárquicos y dice que si se sigue ese criterio de impunismo con los generales que engañan a los soldados para hacerlos matar, no hay ninguna razón para que los presos sociales continúen en las cárceles y los deportados lejos de nosotros. Ni deportaciones, ni encarcelamientos, deben continuar veinticuatro horas más. En cuanto a los autores del movimiento fascista, no debe importamos que la República no los ejecute porque mañana, seremos nosotros quienes los ejecutaremos.
Los enemigos del proletariado catalán[6] Hace solamente unos quince años, los trabajadores de Cataluña dieron patentes pruebas de haber superado la tradición histórica de su pueblo. Cataluña, la Cataluña auténtica, la que trabaja y piensa, había relegado al olvido, como quien se desprende de algo que por anticuado es inservible, el anhelo separatista que de una manera tan pobre e insustancial se empeñaban en sostener un puñado de sacristanes investidos de los atributos de la literatura. La «Historia de Cataluña» de Víctor Balaguer, ni siquiera era leída por las personas más cultas de la intelectualidad catalana. El pueblo, hacía tiempo que había dejado de leer los acaramelamientos patufetistas a lo Folch y Torres, quien solamente conseguía entretener los ocios de las estúpidas hijas de los burgueses. . El trabajador catalán pensaba y obraba por encima de sus estrechas fronteras locales. Todo lo más, recogiendo la parte sana de su espiritualidad: ofrecía a los pueblos ibéricos un tipo de organización proletaria que, como la CNT, permitía, dentro de sus amplios principios federalistas, la posibilidad de estrecha y fraternal convivencia de todas las regiones peninsulares. Cataluña se superaba ella misma, y aparecía ante el mundo revestida del más elevado sentido de universalidad. La CNT dio un serio golpe a todos los localismos, regionalismos y separatismos de España. Por primera vez, los españoles encontraron un punto de convivencia y mutua compenetración. La espiritualidad federalista e internacionalista del anarquismo, habían obrado el milagro. Tocaba a un puñado de aventureros de la política, el ser los atentadores y destructores de este caso de simpatía y fraternidad ibérica, que ojalá pueda ver[se] restaurado y hecho extensivo a todos los pueblos del globo.
Mientras que por un lado, la CNT se dedicaba a la gigantesca labor de dar una unidad federalista a los trabajadores españoles (elemento indispensable para poder realizar sobre bases sólidas la gran revolución social que se proyectaba en nuestro país), había por otro lado en Cataluña, un pequeño núcleo de tenderos, curas y ratones de sacristía que se dedicaban a hacer política separatista. Nadie les hacía caso. Vivían ahogados por la gran gesta revolucionaria que llevaban a cabo los trabajadores de Cataluña y España. Pero vino la dictadura de Primo de Rivera y, con ella, la idiota política de perseguir a esos cuatro tenderos, curas y ratones de sacristía, produciendo una leve excavación [exaltación (?). NDE] de aquel sentimiento de catalanidad que tan acertadamente definiera el poeta José Carner, y que nada tenía de común con [el] sentido político separatista, de los cuatro logreros de la política de cuatro barras y la estrella solitaria. Con la persecución de los pocos separatistas, vino la desbandada hacia el extranjero y los comploteos ridículos de gentes que, inútiles para el trabajo, se pasaban el tiempo en las mesas de café diciéndose pestes unos de otros y demás tonterías por el estilo. Nada grande ni de importancia acometieron aquellos separatistas contra la dictadura primoriverista, ni por la obtención de su cacareada independencia. París, el de la holganza, la bohemia y la golfería, se les ofrecía con todos los atributos de sus reducciones ¿Quién, de aquellos vividores que se decían separatistas, pensaba sinceramente en la independencia de Cataluña? Bien claro se ha visto: ninguno.
El separatismo de los separatistas de Cataluña, la idealidad de esos hombres que hace unos meses, cuando dirigían sus peroraciones al pueblo, se llenaban la boca con aquellas expresiones de «queridos hermanos», «os quiero como a hijos míos» y demás zarandajas paternalistas, ha quedado demostrado hasta la evidencia que tanto su separatismo como su idealismo quedaba reducido a un afán de comerse a Cataluña, a San Jorge y a la misma Generalidad, antigualla carcomida que con muchas prisas y sudores extrajeron de los archivos históricos tan pronto como los gobernantes de Madrid tuvieran un poco sobre los patriarcales bigotes de Macià [sic]. De hombres y políticos traidores ¿qué se podía esperar? El humillado por un superior gusta de humillar a sus inmediatos inferiores. Aquellos políticos hambrientos de sinecuras, arriaron la bandera del separatismo solamente porque se les tolerara el comer a dos carrillos. Por de pronto, se comieron las barras y la estrella solitaria; después, todo cuanto ha caído bajo sus fauces abiertas, hasta su propia vergüenza. Pero había unos hombres, los anarquistas, que les estorbaban durante su cotidiano deglutir. Los anarquistas les decían a los trabajadores cuántos apetitos inconfesables esconden las melifluas palabras de los políticos, aun cuando esos políticos se denominen de «la Izquierda catalana». Y a medida que los anarquistas conseguían que el pueblo trabajador fuera dejando, despreciativamente, a los políticos que comían y a los que estaban a dieta esperando su turno, los hombres de ese partido que se denomina «Izquierda Republicana de Cataluña», palidecían de ira al pensar que la propaganda anarquista, de seguir extendiéndose, amenazaba con arrancarles la pobre Cataluña que ellos se tragaban. Fue entonces cuando los políticos agazapados en la Generalidad, se juraron el exterminio de los anarquistas. Aún retumba el eco de las palabras de amenaza pronunciadas por Lluhí y Vallescá en el Parlamento, al referirse a los dirigentes de la Federación Anarquista Ibérica. Reciente aquella expresión rufianesca de Companys, al decir después de la huelga general de septiembre, que había que apretarles los tornillos a los extremistas de Barcelona. Cálidas y de actualidad resultan todavía, aquellas declaraciones de Macià en las que decía que era de suma necesidad expurgar a Cataluña de los elementos morbosos. Se han cumplido las amenazas de Lluhí y Vallesecá, los deseos de Companys y las saludables intenciones de Macià. Los hombres de la Federación Anarquista Ibérica, los extremistas, los morbosos, ya están presos los unos, y ya marchan hacia la deportación los otros. ¿Qué más os falta, señores de la Izquierda Republicana de Cataluña? ¿Ya podéis comer y digerir bien? ¿Para cuándo ese Estatuto ridículo que no podría servir ni para regir los destinos de una sociedad de excursionistas?
Desde hace años, la CNT, organismo anarquista y revolucionario, bajo sus principios federalistas acogía a todos los trabajadores de España, dándoles al mismo tiempo una unidad espiritual. Hoy, los elementos verdaderamente sanos de la CNT, los no contaminados por el virus político y burgués, que es casi decir todos sus militantes, han reemprendido la magna tarea de refundir en una sola idealidad los sentimientos del proletariado ibérico. Frente a los militantes anarquistas de la CNT, se levantan con su política localista y regionalista, aquellos cuatro tenderos, curas y ratones de sacristía de ayer, muy bien enchufados hoy a las arterias de Cataluña, pretendiendo destruir la solidaridad del proletariado español. Dentro del palacio de la Generalidad, elaboraron un Estatuto que decían concretaba las aspiraciones de Cataluña. Hubo una farsa de plebiscito para su aceptación. El Estatuto será o no será aprobado por las Constituyentes ¿Qué más da?... Cataluña, y esta vez de una manera verdaderamente democrática, ha dicho ya cuál tiene que ser su Estatuto, su auténtica manera de vivir para el futuro... Cataluña, solidaria otra vez del resto de España, desprecia a sus políticos, y mientras que en Corral de Almoguer, Almarcha y otros pueblos hispanos izaban la enseña revolucionaria como símbolo de sus apetencias renovadoras, Fígols, Cardona, Berga, Tarrasa, en un bello amanecer, cuando las brumas se disipaban, descubrían al mundo un nuevo porvenir bajo el aletea electrizado de sus rojos y negros. Ya pueden los enchufados enemigos del proletariado catalán, amenazar a los componentes de la Federación Anarquista Ibérica, y pedir que se aprieten los tornillos a los extremistas y propugnar exterminios de «morbosos». No importa, Cataluña ha dicho ya, y eso de una manera que no deja lugar a dudas, que quiere vivir sin políticos, sin burgueses, sin millonarios, sin curas, ni ratones de sacristía. El obrero catalán se funde otra vez con el obrero de España y del mundo entero. Por encima de la Izquierda Catalana y de sus encubiertos corifeos. García Oliver Prisión celular, 27-2-32.
A esos pobres señores de la prensa burguesa, escritores de quita y pon, vacíos de mollera para todo aquello que requiere ser estudiado hondamente, les debe ocurrir, ante el fenómeno del movimiento anarquista en España, algo parecido al estupor que experimenta el paleto frente a las hábiles manipulaciones que con juegos de barajas y sombreros misteriosos, realizan en ferias ciertos charlatanes, subasteros y prestidigitadores: que se quedan preguntándose cuál será la última carta que sacarán de la manga del chaleco, el último conejo del sombrero de copa y el último reloj de la oreja. Y, al igual que el paleto, que tras el que él supone el último reloj, la última carta y el postrer conejo, contempla con el natural asombro que continúan sacando cartas, conejos y relojes, igual, idénticamente igual les debe ocurrir a los periodistas burgueses después de escribir que los anarcosindicalistas se habían jugado la última carta con el movimiento de Figols y tener que contemplar cómo se hacía, días después, la primera gran huelga general en toda España, en viril protesta por las deportaciones. Para cualquier persona sensata, poseedora de un poco de raciocinio y sentido personal, será la cosa más natural del mundo que en España se puedan producir una tras otra, y sin que ninguna pueda ser calificada de decisiva, las huelgas generales. Porque, para una persona sensata, que se dé cuenta de que en España no existen veintidós millones de millonarios, sino veintiún millones de seres que viven miserablemente y un millón de parásitos que se dan la gran vida, el hecho de que una huelga general se pierda no tendrá otra importancia que ser la causa de tener que producirse otra y otras, hasta que al fin, una, la definitiva para los potentados, dé el triunfo total a los veintiún millones de trabajadores esquilmados, sobre el millón de seres privilegiados que usufructúan los bienes y riquezas de todo el país. Para el periodista burgués, la única lógica y realidad existentes no se extraen de la vida del país en que vegetan, con sus fábricas cerradas, los campos yermos y los millones de hambrientos, sino que emana del dinero que percibe de la administración de su periódico al llegar el fin del mes. Por eso, siempre que se produce alguna huelga general o movimiento revolucionario de los trabajadores, se apresura el periodista burgués a hacer las más desacreditadas aseveraciones, cual suelen ser las siguientes: «con la huelga general y el movimiento revolucionario de Figols, los anarcosindicalistas “se han jugado la última carta”», «los extremistas de la CNT, desesperados ante el fracaso de la huelga telefónica y las derrotas que han experimentado en todos los conflictos serios que habían planteado “han disparado el último cartucho que les quedaba” lanzándose a movimientos revolucionarios para implantar el comunismo libertario». Y así por el estilo, estilo de último cartucho, última carta y último conejo, iban enjuiciando los grandes acontecimientos históricos que en España se producían. Para los periodistas burgueses, carecía de importancia que en España se hiciera la primera tentativa de una gran revolución basada en los principios del comunismo libertario. Gentes de mentalidad mediocre, de concepciones que no rebasan nunca el tópico y el lugar común, habían de ignorar, forzosamente, que el signo de vitalidad y juventud de un pueblo se pone de manifiesto en la creación de nuevas fórmulas de convivencia social. Nos toca recoger y glosar todavía, la acusación que se nos ha hecho de habernos lanzado a movimientos revolucionarios a consecuencia de haber perdido las grandes huelgas planteadas. Ello es cierto, y la explicación no puede ser más clara. Si las huelgas no se perdieran, los trabajadores irían adquiriendo paulatinamente aquellas mejoras que hoy no tienen y que son indispensables para su sostén. Pero como las huelgas se perdían casi todas, los obreros tuvieron que renunciar al bienestar y a la consideración social a que aspiraban. Pero ¿por qué se perdían las huelgas? ¡Ah! La huelga de la Telefónica, como la del Prat, la de Cardona, la de los ferroviarios, la de metalurgia y transportes de Barcelona, se perdían porque, en lucha abierta los obreros contra los burgueses y sociedades anónimas, el gobierno de la República se ponía con todas sus fuerzas y recursos al lado de los capitalistas. Por eso se perdían las huelgas y pueril sería pretender que se podía vencer en huelgas parciales la suma de los dos grandes poderes de una nación: el capital y el Estado. Desde el momento que el Estado republicano español se ponía al servicio d capitalistas nacionales y extranjeros, ya no tenían razón de ser las huelgas parciales llevadas en un plano de lucha económica dentro de fábricas, talleres y empresas. El poder del Estado solo se vence mediante el poder de la revolución. Esto explica los movimientos revolucionarios que acabamos de vivir. Y explica también los movimientos revolucionarios que sin duda alguna iremos viendo en lo porvenir, durante el cual, según criterio de los periodistas burgueses el anarquismo español seguirá jugándose la última carta. Claro que los periodistas burgueses se deben referir a la última carta de un juego de baraja sin fin. García Oliver Prisión celular, 10-3-1932.
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