1 El anarcosindicalismo en la calle

(continuación)

Vuelta en redondo

Aurelio Arroyo había escrito que todo estaba bien en Pamplona. Por consiguiente, decidimos partir. Teníamos arreglado con un compañero de San Juan de Luz el paso de la frontera por aquel lado. Parece ser que la ruta sería la misma que utilizaron los que fueron ahorcados en el patio de la prisión celular de Pamplona cuando el golpe revolucionario de Vera de Bidasoa.

En toda actividad conspirativa importa la más estricta reserva. Después de su fracaso, se tiene tendencia a buscar a quién atribuir las responsabilidades. Surge la sospecha de la delación y, por consiguiente, del delator. Se olvida que la delación tiene su inicio en indiscreciones cometidas en la preparación de las acciones conspirativas. A Callejas, a Garriga y a la Goya, la muchacha alavesa, les dije que me iba a pasar unos días a la granja de un amigo. Aurelio hizo otro tanto. Y partimos hacia San Juan de Luz el 10 de octubre.

Hacía diez meses que había cruzado la misma frontera, entonces de España a Francia. Los diez meses habían transcurrido fugaces. Ahora rememoraba las imágenes de los momentos pasados, gratos unos y penosos los otros. El equipo de «Combina», el café Combat, la bella bretona, el anarquista ucraniano Schwarz, Pedro Orobón Fernández y Schavina, las entrevistas con Macià, la tentativa de asesinar a los reyes de España, las detenciones de Ascaso, Durruti y Jover...

Que nadie crea en las bellezas de la vida conspirativa. Al cabo, generalmente todo queda reducido a una parodia jugada con generosidad romántica y porciones de especulativa entrega, la primera espontánea y un tanto menos la segunda. Hacer lo que no se desea. Triste confesión la de Macià: «Tuve que vender el alma al diablo» ¿Existe una manera más expresiva de decirlo?

 

Son las seis de la mañana del 12 de octubre de 1926. A esa hora, el frío se dejaba sentir. Íbamos a cuerpo, sin abrigo. Tampoco llevábamos equipaje. Aunque llevábamos pistola, queríamos aparentar el aspecto inofensivo de quien cruza la frontera para ir al baile en Vera de Bidasoa.

El guía, vasconavarro de cuerpo rechoncho, tenía unos cuarenta años.

-Nada de hablar ni de fumar. En los montes, las palabras corren veloces de pico a pico y las llamas se advierten muy de lejos.

Debió errar un tanto el camino, porque ya en territorio español fuimos a topar con la chabola de los carabineros. Salió uno.

-¿Adónde van?

-A Vera, al baile -le contesté rápido.

¿Lo creyó o no? Éramos tres y él estaba solo. Aceptó los tres duros que le ofrecimos.

-Que les vaya bien.

Vera de Bidasoa. Se veían hombres, mujeres y niños con aspecto endomingado. Un grupo de cuatro guardias civiles, vestidos de gala y sin armamentos, platicaban en espera de la misa solemne.

Entramos en un «chigre». Pedimos pan de hogaza y salchichón pamplonés, con «sagardúa» para beber.

A la muchacha que atendía la taberna le pregunté si alguien se dedicaba a llevar gente a Pamplona.

-EI señor de enfrente, el que arregla el automóvil, suele hacer esos servicios.

Me acerqué a él y le expuse nuestro deseo de ir a Pamplona para asistir a un baile. Me contestó que se estaba preparando para ir allá. Si le pagábamos los gastos de gasolina y aceite y desgaste de ruedas, en total veinticinco pesetas, nos llevaría.

Y partimos, Aurelio, el conductor y yo. A buena hora de la tarde penetramos en Pamplona, donde nos despedimos del conductor.

Encontramos la casa del compañero Muñoz. Se trataba de una casa de huéspedes. No estaba, y nos dijeron dónde encontrarlo. Pronto dimos con el café que nos indicaron. Allí estaba con otras personas, que resultaron ser compañeros, y el adelantado que habíamos enviado, Aurelio Arroyo. Nos presentó a los otros dos: Vera, alto y fornido, y «El Chaval», un aragonés jovial. El Chaval nos llevó a la pensión donde paraba, en la que se hizo novio de la hija de la dueña.

Salimos Aurelio y yo a dar una vuelta por la ciudad. Quería darme cuenta de las entradas y salidas de la población, y cuanto más andábamos, más me parecía encontrarme en una ratonera. Aurelio Arroyo era un magnífico compañero santanderino, muy prudente y dado a la lectura, pero no tenía experiencia de hombre de acción. Nos iba a costar caro a todos.

Cenamos Aurelio, Arroyo y yo en una taberna: unas sabrosas salchichas acompañadas de pimientos fritos y vino de la Ribera. Y a dormir temprano.

Al día siguiente, volvimos a buscar la mejor salida de esa rara ciudad que es Pamplona. A mediodía anduvimos lentamente por la carretera que por Burguete conduce a Francia. Aurelio Fernández, que nunca pecó de falta de arrestos, un poco preocupado, me preguntó:

-Y bien, ¿cómo lo ves?

-Ni mal ni bien. Tal como están colocadas las piezas, mañana o estaremos muertos o en la cárcel.

-¿No podemos hacer marcha atrás?

-Todos pueden hacerlo, menos tú y yo, porque ya no tenemos adónde ir. En este momento me estaba acordando del viejo Macià. Para salir de apuros económicos aceptamos dinero del grupo Le Semeur. Para el desplazamiento a España admitimos dinero de otros grupos. Ya no podemos seguir admitiendo dinero. Ya estamos en España. Hemos de seguir adelante.

-Bueno, pues sigamos adelante.

Al día siguiente, por la mañana, chocamos con un auto contra un camión de carga que nos salió de una esquina. La culpa era nuestra. Todos salimos del auto como pudimos, y nos dispersamos. Yo fui a parar a la carretera que llevaba a Burguete. La seguí, me metí por una barrancada en dirección norte. Por allí podría proseguir hasta la frontera, a cubierto de las miradas. Anduve como unas dos horas. La barranca se inclinaba ahora hacia el sur. En un entronque seguí otra barranca que venía del norte, seguro de que me conduciría al cruce de la carretera. Perdía mucho terreno. Era marchar al azar. Tenía sed y no veía dónde saciarla. La marcha ya duraba más de seis horas y tomé un sendero de cabras, lo dejé para tomar otro...

Supongo que me desmayé de cansancio, de hambre y de sed, porque de pronto, me desperté en mitad de un camino, tumbado de cara al cielo. Era el atardecer y había refrescado mucho. Y proseguí mi camino, siempre cuesta arriba por el sendero de cabras. Ya brillando las estrellas, topé con una chabola de pastor, abandonada. La sed no la sentía tanto: había bebido en un pequeño manantial que brotaba entre los riscos. En cambio, el hambre iba en aumento. Con un manojo de ramas barrí el piso. Cuando hube limpiado un rincón, me senté recostado y me dormí en el acto.

Cuando desperté, por la altura del sol deduje que serían no menos de las nueve de la mañana. Me puse en marcha nuevamente, pero retrocediendo un poco para dar con la fuentecita. Había sido visitada por un hato de ovejas, cuyas esquilas oí en la lejanía. Bebí largamente y me lavé. Empecé la marcha hacia el norte, que suponía estaba frente a mí, pero muy en lo alto. Hasta donde alcanzaba mi vista, conducía el sendero impreciso y pedregoso.

Como a mediodía, me senté a la sombra de un árbol. Tenía hambre y sentía gran cansancio. Otra vez me dormí. A las dos de la tarde me puse de nuevo en marcha. Tenía las suelas de los zapatos gastadas. Pronto me sangrarían los pies. Y la guardia civil ¿qué hacía que no se plantaba frente a mí y me tumbaba de una descarga? Nunca como entonces me había sentido tan dispuesto a dejar de vivir.

Serían las cinco de la tarde cuando el sendero desembocó en un vallecito. Mieses en el campo y agua en un regato. Me arrodillé y bebí. Me refresqué la cara y las manos. Allá arriba se veía un caserío de dos o tres cuerpos de edificios. Fui subiendo hasta llegar a una especie de calva. Una mujer, una joven y un muchacho estaban sentados en el portalón. Me miraban un poco azorados. Sin acercarme mucho, les pregunté:

-¿Está muy lejos todavía la línea de Francia? Soy desertor y quiero pasarme a Francia.

Estas eran las palabras mágicas que uno podía dirigir a los campesinos de alta montaña de Cataluña, en la seguridad de encontrar la protección necesaria. Pensé que entre los campesinos de la alta montaña navarra sería la misma cosa.

La mujer me contestó:

-¡Ay, señor! Como usted va, casi cayéndose, nunca llegaría a la frontera. Le falta a usted andar lo más empinado. Mejor que se siente y descanse. Cuando regresen los hombres, cenaremos y podrá dormir. Y mañana el pastor lo orientará.

Fueron llegando los hombres. Primero el pastor y su perro. Era hombre de unos cincuenta años, alto y enjuto, tocado con una boina vieja. Saludó amablemente. Luego llegaron el padre y el hijo, dueño y heredero del caserío: caserío de Gurregui, partido judicial de Aoiz, según me había contado la mujer.

Ambos me miraron, suspicaces. Entraron todos en la casa, excepto yo y el perro, que seguía a mis pies. La mujer debía contarles qué hacía yo allí sentado.

-¿Conque va usted camino de Francia? me preguntó el que parecía amo de casa y familia-. Bien, pase usted y siéntese dentro, que pronto le darán algo de comer.

Cuando entré, salía el hijo mayor. La mujer me dio un plato de patatas guisadas con tocino. Y un vaso de agua.

Me dormí profundamente, sentado donde me encontraba, en un banco cerca del hogar. Me despertó el grito de:

-¡Alto y no te muevas!

Tenía el cañón de un fusil en la frente y otros dos en los lados del pecho. Eran tres, un cabo y dos números de la Guardia civil. Pudieron haberme matado, alegando después que opuse resistencia. Pero el cabo parecía hombre templado. Hablaba las palabras justas. Y se conducía serenamente.

-Dime si llevas armas encima y dónde las tienes.

-Llevo pistola en la cintura.

Cuando apareció en sus manos la colt 45, la mujer dio un grito:

-¡Dios mío, lo que pudo hacer con nosotros!

Y lo de siempre: me esposaron las muñecas, apretadamente.

-Prepárate a contar todo lo que has hecho y adónde ibas.

Le contesté firmemente:

-No vale la pena que pretenda tomarme declaración, porque no haré ninguna. Si quiere hacer el atestado de mi detención y de las pertenencias que me han ocupado, hágalo usted, que yo lo firmaré.

Le impresionó mi contestación. Cambió de tono y de maneras.

-Usted se calla ahora y contestará cuando se le pregunte. No olvide que puede aparecer muerto en cualquier barranco.

-Le repito que no haré ninguna declaración. Y no se moleste tampoco en amenazarme, porque en estos momentos lo que menos me importa es la vida.

-Bien, bien. Cállese ya. Le haré el atestado de la detención y lo firma... En fin, se lo haré mañana, en Aoiz.

Yo deseaba que hiciese el atestado; me hubiera enterado de cómo fue su llegada al caserío, pues sospechaba de la salida del joven campesino.

Los guardias fueron invitados a cenar. Después de la cena vino la partida de lotería. Nadie quería irse a dormir. Y llegó el amanecer.

-¡Andando! -ordenó el cabo.

Fuera de la casa, arrimados a la pared, estaban todos los del caserío, con excepción del pastor y su perro. El marido, la mujer, la hija, el joven y el muchacho.

Escupí en el suelo y les dije:

-¡Cochinos!

Mientras andábamos, el cabo rezongó:

-No estuvo del todo mal el adiós que les dio a los caseros. La verdad es que si no hubiesen venido a buscamos, a estas horas estaría ya cerca de Francia.

-Seguro que no son gentes honradas. Apostaría a que en algo viven al margen de la ley. De ahí que hayan querido cotizarse con ustedes el chivatazo. A lo mejor se dedican al contrabando.

Al mediodía llegamos a Aoiz. Comí, bebí y dormí en la cárcel del pueblo.

Al día siguiente temprano, el cabo y dos guardias me trasladaron en automóvil a Tafalla. El juzgado ordenó mi encierro en la cárcel de la población, caserón viejo pero con capilla en la que los domingos se oficiaban dos misas a las que asistían vecinos de la localidad.

 

El juez de Tafalla era joven, alto y fornido. En su íntima manera de pensar era liberal y partidario de la república. Al conocerse en Madrid mi detención, Martínez Anida hizo que la Dirección General de Seguridad enviase al comisario Fenoll a interrogarme. El juez se opuso a dicho interrogatorio, por encontrarme yo incomunicado y a su disposición. Contrariado, Fenoll fue a Madrid y regresó con orden terminante al juez de autorizar mi interrogatorio. El juez cedió, pero con la condición de que el interrogatorio se hiciera en su presencia y que no se me preguntase nada relacionado con mi situación de procesado.

Así se hizo. Feroll era el tipo perfecto de burócrata ministerial, con maneras cínicas y atildadas.

-Tuviste suerte en París, ¿verdad? Te escapaste de que te detuvieran en varias ocasiones.

-Sí, y  de que me asesinaran, como a un pobre Juan García al salir de su hotel.

-¿Eso ocurrió? No tuve noticias de ello ¿Qué teníais que hacer con el automóvil chocado en Pamplona? ¿Pasar armas desde Francia? ¿Las teníais ya en Pamplona?

Intervino el juez:

-No debe contestar la segunda y tercera preguntas, por rozar el secreto procesal.

-Debes reconocer que para ti hubiese sido mucho mejor no haber salido en libertad de Burgos. Ahora tendrás para mucho tiempo.

-El tiempo que dure el gobierno.

-No esperarás que esto cambie pronto, ¿verdad?

-No puedo saberlo. No soy adivino.

 

Cuando se hubo marchado Fenoll, el juez me dijo:

-El asunto de usted es ciento por ciento político. Cuando yo le interrogue, declare usted lo que le convenga, que yo no le buscaré tres pies al gato.

Mi declaración ante el juez fue de que el automóvil era para recoger cerca de la frontera una partida de propaganda contra la dictadura.

Al cabo de la guardia civil que me detuvo le fue concedida la orden de Beneficencia.

 

En Madrid detuvieron a Aurelio Fernández, a Vera y al Chaval, encontrándoles bombas de mano y pistolas. Fueron acusados de estar preparando un atentado contra Primo de Rivera.

El compañero Vera fue trasladado en dirección de Oviedo. Pero la escolta de la guardia civil, al mando del capitán Doval, le empujó de la plataforma del tren al suelo y le hicieron una descarga, dejándolo muerto.

 

Entre el último día de octubre y el primero de noviembre de 1926, fueron detenidos Macià y todos sus colaboradores cuando se dirigían en tren hacia la frontera española, ocupándoseles bastante armamento. Fueron procesados por lo que fue llamado «Asunto de Prats de Molló».

Cuando se vio la causa ante los tribunales, Macià se acordó de mis consejos y declaró: «Cataluña independiente sería la Bélgica del sur».

 

Cuando al fin, después de más de dos años de instrucción de la causa, se celebró nuestro juicio, fui defendido por Eduardo Barriobero.

-Serás condenado, porque en Madrid te temen más que a un terremoto. Creo que los otros tres serán absueltos.

Así fue. Me condenaron. Aurelio Fernández, Aurelio Arroyo y su amigo fueron absueltos.

 

Y otra vez fui conducido a la prisión central de Burgos. Como es natural, establecí contacto con las varas de los cabos de ídem.

 

La República del 13 de abril

En Burgos el invierno era largo. No obstante estar en primavera, el 13 de abril hacía frío en el patio del penal.

Después del rompan filas, cada cual hizo lo que hacía todos los días: dar pasos hasta la hora del café, siempre los mismos pasos en el mismo lugar; lavarse un poco, ya en el caño de una pileta, junto a unas comunas que apestaban, pues apenas se lavaban a diario una docena. A lo largo de una pasarela los soldados de la guardia contemplaban a los penados y soplaban sobre sus dedos ateridos.

Aquella mañana de abril se me acercó Carvajal, asturiano locuaz, dicharachero, con una cicatriz en la cara que iba de oreja a boca y de la que no hablaba nunca.

-Paisanín -me dijo-, ¿sabes que se armó la gorda en tu Barcelona y también en Madrid?

-¿Qué chismes son esos?

-Me lo contaron los soldados de la guardia. Uno es paisano mío. ¿Vamos allá?

-Sí, vamos enseguida.

Carvajal, sin mirar arriba, le dijo al soldado:

-Paisano, éste es un sindicalista de Barcelona. Es un jefe ¿Quieres repetir las noticias?

-Yo también soy sindicalista en las minas, allá por Sama de Langreo. Han proclamado la República en Barcelona, luego en Madrid y se dice que en otras partes de España.

- ¿Y aquí en Burgos?

-Aquí todavía no. Pero hay mucha inquietud en los cuarteles.

-Y tú, Carvajal ¿qué opinas?

-¿Yo? Lo que tú digas, paisano. La jugué una vez, la gané por rápido en aquella pelea de chigre y todavía tengo condena para muchos años... y a lo mejor, todo salta y me largo...

-Es una gran oportunidad para todos nosotros. Si triunfase la República en España, amnistía para los politicosociales y el indulto para los comunes. A ti podría quitarte de una tercera parte a la mitad de la condena. Pero tiene que ganar la República.

-No lo pensemos más, paisano. Démosle desde aquí un empujoncito a la República, y a ver qué sale.

-Hemos de probarlo, Carvajal. Pero si llega el caso, lo haremos a mi manera, sin derramamiento de sangre. ¿De acuerdo?

-Sí ¿Por dónde empezamos?

-Avisa a los equipos de cada brigada. Formar, aceptar el chusco, pero plante de comida. Que nadie se mueva de la formación y que todos se callen. Cuando el oficial les pregunte, que contesten que yo dirijo el plante.

 

Era la segunda vez que había sido internado en la prisión central de Burgos durante los siete años largos que duró la dictadura de Primo de Rivera.

En el sistema penitenciario español, a la prisión central de Burgos le estaba asignado ser el eslabón más bajo, donde se mataba a los presos a palos. El sistema penitenciario español era producto de mentes refinadas.

Arriba del todo estaba el penal de Santoña, en Santander, para hombres mayores y con penas de hasta 30 años. Le seguían el de Ocaña y el de San Miguel de los Reyes, para penas intermedias. Después estaba el reformatorio de Alcalá de Henares, para menores de edad, y en la misma ciudad se encontraba «La Galera», prisión para mujeres. En la Isla de San Fernando, en el Puerto de Santa María, el penal había sido reservado para condenados de más de sesenta años de edad. El castillo de Figueras se habilitó para condenados a reclusión perpetua. En todas las prisiones provinciales existían departamentos correccionales para penas de hasta seis años sin la coletilla de «y un día»[14].

Al final de esta larga escalera que conducía a los infiernos, estaba la prisión central de Burgos, adonde eran llevados los casos más graves de delincuencia, los fugados de otras, prisiones, los motineros, los huelguistas de hambre, los incorregibles que habiendo entrado jóvenes en las prisiones, con leves penas, llevaban ya veinte o treinta años en la cárcel y aún les faltaban por cumplir cuarenta o sesenta años, por las penas acumuladas durante sus reclusiones, debido a riñas a muerte, a atentados contra los oficiales de prisiones, etc. Algunos de dichos penados se habían pasado cinco años de «blanca», es decir, encadenados por el pie a la pared.

No era para presos políticos y sociales el penal de Burgos. Con la esperanza de que me mataran a palos, el general Martínez Anida hacía que me enviaran allí. Igual les ocurrió al separatista catalán Carrasca Formiguera, al comunista León Lamoneda, a Vicente Martínez «Artal», y a los compañeros Muñoz y Salinas, de Zaragoza, por haber intentado fugarse del correccional de la capital aragonesa.

Nadie osaba pensar en la fuga. La última de que se tenía memoria la realizó un gitano, que en cuanto puso un pie en el patio se fue a la lavandería, agarró una larga pértiga, salió corriendo hacia el muro, se dio un salto de garrocha, alcanzó el borde del muro y se fue. Sí, se fue para siempre. Aquel gitano era recordado por los presos como el ángel del Misterio. Pero nadie pensaba en la preparación de una fuga.

 

Conocía perfectamente la prisión, su sistema y sus hombres. Sabía cuáles eran los enemigos reales y los potenciales. Dadas las circunstancias políticas de entonces, pensaba en la preparación de una insurrección del penal. Entre la población del penal había gente seria en la que confiar, como Miguel Albert, Carvajal, «Maceo», Iglesias, estos últimos cabos de vara transferidos de otros penales por incorregibles. Cada uno de ellos tenía su círculo de gentes de confianza y todos juntos formábamos como una tupida red.

No había que pensar en la lucha violenta. Entre la población del penal, nadie poseía arma alguna; nada de pistolas ni puñales; ni siquiera agujas de coser alpargatas, ni cuchillas de zapatero, ni formones de ebanistas, ni cuchillos de los empleados en el taller de palma. Bastaba con que faltase una sola de esas herramientas para que todo el penal fuese metódicamente cacheado hasta que aparecía la pieza faltante.

Sin embargo, conociendo la rutina de la prisión, consideraba que podía realizarse el plante sin derramamiento de sangre y con éxito. Por lo menos en su parte inicial. Después, ya veríamos. Dependería de los factores imponderables de todo movimiento multitudinario.

 

En su rincón de siempre, el cabo «Maceo» platicaba con Iglesias, también cabo de vara. Eran dos tipos totalmente opuestos. «Maceo», llamado así por la admiración que siempre tuvo por el luchador «mambí», era de fisonomía francamente africana, auténtico moro berebere, como suele darse en el Alto Aragón: tez morena pálida, pómulos salientes, boca algo desdentada y mirada desconfiada. No pasaría del metro sesenta. Aproximadamente la misma talla que Iglesias, si bien éste, asturiano, era de un blanco sonrosado, algo rechoncho y mirar ensimismado. Lo peligroso de él era que atacaba fulminantemente, careciendo de toda noción de astucia. Ambos habían ingresado de muy jóvenes en la prisión correccional de Alcalá de Henares, con penas que no excedían de los seis años, llevaban más de veinte años presos y les faltaban más de cincuenta años de penas por extinguir. Como esos dos penados había por lo menos diez más en el penal de Burgos.

Eran casos perdidos. Solamente una verdadera revolución podría reintegrarlos a la sociedad. Con ilusiones muy remotas, esta clase de penados se aprestaban a secundar el plante insurreccional, para que no pudiese decirse de ellos que, llegado el momento, eludieron dar un empujoncito al advenimiento de la República.

 

-Según los soldados de la guardia, en Barcelona, Madrid y otras partes han proclamado la República. Pero todavía no en Burgos. Y aquí dentro, los oficiales llevan todavía la corona real en la gorra. El triunfo de la República representa una gran oportunidad para todos nosotros: amnistía para los presos politicosociales y un indulto importante para los comunes.

«Maceo» e Iglesias se quedaron pensativos.

-El plante se iniciará dentro de un momento, a la hora del reparto del café. Queremos apoderarnos de la prisión y obligar a que en Burgos se proclame la República. Si cada cual cumple, será cosa fácil. Vosotros dos deberíais impedir que ningún cabo secunde las órdenes del director, de los ayudantes o de los oficiales.

-¿Y si algunos presos se lanzan a asesinar a la dirección y a nosotros, los cabos de vara? -preguntó Iglesias.

-Creo que podremos evitar eso. En un motín de protesta, al final no hay nada positivo para los presos; en nuestro caso, en el final estarán los indultos, para muchos la libertad inmediata.

-Lo que sea sonará. Cuenta con nosotros -dijo «Maceo».

 

La objeción del cabo Iglesias era el imponderable que había que temer. Que algunos desesperados se lanzasen a la degollina de los cabos, oficiales y jefes. Eran muchos presos resentidos por las brutales palizas y los largos períodos de celda. Si al penal de Burgos eran destinados los condenados calificados de incorregibles, algo parecido ocurría con los oficiales y jefes que allí destinaba la Dirección General de Prisiones. El director, Anastasio Martín Nieto, era el prototipo del asesino frío y sádico. El administrador, don Raimundo, prototipo de los estafadores de pueblo, santurrón y socarrón. El mantenimiento de la disciplina estaba encomendado al jefe de servicios, «don Juan» o «El Gallego», rechoncho, de tupido bigote en su cara de loco. Era secundado por un oficial llamado don Pedro, moreno negruzco, generalmente subido de copas. Don César, el maestro, parecía haber nacido para cómico y no para maestro. Había que verlo abrazarse a un preso azotado durante la limpieza y exclamar, dirigiéndose a los cabos de vara:

-No, no, hijitos. Ya os tengo dicho que eso no debéis hacerlo en mi presencia.

Don César bromeaba: con la mano tras la espalda del preso que abrazaba, hacía a los cabos el gesto de apalear mucho y sin parar.

 

El patio de la prisión era un rectángulo de unos 250 metros de largo por 100 de ancho. En él formaban los reclusos, ya fuese para iniciar los desfiles, para recibir las raciones, en todo tiempo, lloviese o nevase. Había que hacer un plante en frío sin motín, y debería iniciarse en la formación para recibir el café del desayuno, negándonos a tomarlo, pero sin dispersarnos por el patio, que es cuando se podrían producir los desórdenes.

Me dirigí al brocal del pozo, junto a la bomba manual que utilizábamos para extraer el agua de nuestro aseo personal. Allí se me juntaron Carvajal, asturiano; Albert, catalán; y Losada, gallego. Cerca, sin perdernos de vista, los cabos «Maceo» e Iglesias, en plática con el cabo de la lavandería, Cordero, andaluz, mezcla de cuatrero y contrabandista, y el cabo de la peluquería, Basterra, alavés. Se nos acercó «Maceo».

Empezaremos dentro de unos minutos. Que nadie acerque sus platos a tomar su ración. Pero que nadie se mueva de la formación. Cuando los oficiales pregunten, cada encargado de la brigada debe contestar: «Sólo recibiremos órdenes de García Oliver». Ahora, cada cual con los suyos.

No habían transcurrido dos minutos cuando apareció a la entrada del patio el corneta de órdenes para dar los toques de formación. Todos obedecimos con naturalidad, como si nada fuese a ocurrir.

Era inconcebible que en el penal de Burgos se produjese un plante de los presos, incluidos los cabos de vara, sin que se hubiese enterado la dirección, con la cantidad de soplones que había entre los mismos presos. Un plante en favor de la República.

Las cuatro formaciones nunca se habían alineado tan rápidamente. En el muro, cinco soldados con sus fusiles nos contemplaban. Con los cuatro rancheros venían como siempre los cuatro oficiales de turno y, junto a éstos, los cabos de vara de cada brigada. El oficial apodado «La Mar Salada» por ser ésa su interjección favorita, al ver que los platos no habían sido colocados en el piso del patio, como era obligado, preguntó extrañado al cabo jefe. Este se encogió de hombros.

-¿Qué pasa? ¿No tomáis café hoy?

Oí a Carvajal que contestaba:

-Pregúnteselo a García Oliver.

-¿Qué ocurre? -me preguntó el oficial.

-Ocurre que la República se ha proclamado en toda España y que usted todavía lleva la coronita real en la gorra. Dígale al director que venga.

Enseguida se acercaron los otros tres oficiales y hablaron en voz baja entre ellos. Cuando quisieron dirigirse a la formación de cabos, «Maceo» e Iglesias se adelantaron y, señalándome, les dijeron: «El es quien manda».

Apareció el administrador, acompañado de cuatro oficiales y del ayudante de servicio y algunos vigilantes. Se dirigió a mí:

-¿Qué pasa, qué pasa?

-Que no me gusta la coronita que llevan en la gorra. Que venga el director.

Se fueron todos como una exhalación. Pero no habían transcurrido dos minutos cuando en la pasarela del muro un pelotón de soldados, cabos, sargento y oficial de mando, apareció. El oficial dio una orden en voz alta y los soldados apuntaron los fusiles hacia los presos.

Nadie se movió. Los reclusos se mantuvieron en actitud rígida, levantada la cabeza, los pechos abombados. Comprendían que había llegado el momento en que se decidía el porvenir de todos. Se me acercaron los más comprometidos, Carvajal, Albert, el Maño, Merino; y, lentamente, «Maceo» e Iglesias.

Arriba, en la pasarela, los soldados seguían apuntando los fusiles hacia todos, nosotros. Había llegado el momento de la verdad, de comprobar a la manera de Santo Tomás, poniendo los dedos en la llaga.

Salí de la formación y me dirigí a los soldados con voz tranquila: «¡Soldados! No apuntéis los fusiles hacia nosotros. Nos hemos sublevado porque queremos que en Burgos, al igual que en Madrid y Barcelona, se implante la República.

Tenéis el deber de secundar nuestro movimiento por y para la República. Y no es apuntando con los fusiles como podéis hacerlo, sino al contrario, utilizándolos para obligar a nuestros carceleros a que nos pongan en libertad. Que ya en la calle nos jugaremos las vidas en pro de la República, de la libertad y de España.

Si no osáis ayudarnos a recobrar la libertad ¡dejad de apuntarnos! ¡Dadnos los fusiles, que con ellos saldremos a forjar un nuevo mañana para todos los españoles!

Soldados: ¡Viva la República! ¡Viva la revolución!»

Las voces de los setecientos penados corearon mis vítores.

Vi que los soldados vacilaban. Dejaron de apuntarnos con los fusiles. Cuchicheaban formando corros. Parecía que entre ellos las opiniones diferían.

De pronto apareció el oficial de guardia, pistola en mano, y ordenó a los soldados: «¡Abajo! ¡Fuera de la pasarela!» Los soldados emprendieron la marcha hacia el cuerpo de guardia. Los últimos, entre los que creí distinguir al compañero asturiano que me informara de lo que ocurría en España, con las manos nos hacían signos de despedida.

Un «¡Viva la libertad!» atronador salió de las gargantas de los presos. Rompieron filas y se vinieron hacia mí.

-¡Hemos triunfado! -les grité.

Habíamos triunfado de la exhibición de fuerza intentada por los oficiales del cuerpo de guardia, instigados por el director de la prisión. Ahora, la dirección del penal intentaría una acción más sutil.

Me adelanté a lo que podía surgir. Reuní a los elementos que con tanta eficacia me habían secundado.

-Creo que tenemos ganada la partida. Pero sería peligroso que ahora nos dispersásemos y que los flojos buscasen el arrimo de la dirección y los bravos se lanzasen a crear desórdenes. Mantened la disciplina y que nadie haga nada sin órdenes nuestras, que en este momento nos constituimos en Comité de Dirección.

-¿Qué haremos cuando aparezcan el director y los altos mandos? -preguntó «Maceo».

-Tú, con Iglesias, Borrego y los cabos que marchan con vosotros, tenéis que colocaros enseguida a los lados de la puerta de entrada al patio. Si viene la dirección a parlamentar con nosotros, lo hará escoltada por los cabos de Ayudantía, de Celdas y el de Higiene. Vosotros, sin violencias, tenéis que interponeros entre ellos y el director y los oficiales que lo acompañen, para que no les dé por hacerse los valientes. Los del Comité atenderemos a la dirección, exigiéndole que se reúna con nosotros en la escuela. Así tendríamos como rehenes al director y a quienes lo acompañen.

 

Constituye siempre una ventaja saber lo que hará el adversario. En este caso, el director y su plana mayor.

No habían transcurrido diez minutos cuando el corneta de órdenes apareció y tocó las notas correspondientes al rango máximo, al director, y éste, acompañado de sus subordinados más inmediatos, hizo su aparición. Vestía el uniforme galoneado, llevaba su bastón de mando, el de los coroneles del ejército y su gorra de plato rematada por la corona real.

Quiso aparentar firmeza; tenía el ceño fruncido y miraba penetrantemente con sus ojitos grises de rata. Aquel mirar ceñudo escondía miedo. Rodeado de su escolta de oficiales y vigilantes, pero aislado de sus cabos de vara retenidos por «Maceo», Iglesias y sus incondicionales.

La población penal estaba atenta, en orden, pero sin formación.

El director se acercó a nosotros, ya que nosotros no dimos los pasos para acercamos a él. Yo estaba rodeado de los miembros del Comité.

-¿Qué pasa aquí? ¿Qué queréis?

-Este no es el sitio adecuado para hablar nosotros y usted. Vamos a la escuela para hablar como personas, sentados.

-Vamos allá.

Los elementos oficiales pasaron delante; el Comité en pos, y detrás los presos y cabos. La escuela servía de iglesia los domingos y días festivos. Era bella, con sus columnas y sus palmeadas ojivas góticas. Nos sentamos, cuantos cupimos; los demás quedaron de pie en los pasillos. En la mesa del maestro se sentó el director rodeado de los oficiales, de pie. A sus espaldas, en la pared, pendía el retrato de Alfonso XIII. El director empezó a hablar:

-Ocurre algo en España, pero todavía no es general.

-Permita usted -le interrumpí desde mi mesa escolar-. Aquí hemos venido para que reciba nuestras órdenes, pues que desde este momento son ustedes prisioneros nuestros. Usted y los oficiales que lo acompañan se quitarán la corona real de sus gorras, se descolgará el retrato de Alfonso XIII y usted va a salir del penal, irá al ayuntamiento y allí dirá, de nuestra parte, que deben constituir inmediatamente una Junta Republicana de Gobierno, proclamar la República en Burgos y ponerse al habla con el gobierno provisional de Madrid, explicando detalladamente lo ocurrido en el penal y la actitud republicana de todos los presos.

Tres cuartos de hora después de la salida del director, apareció en la escuela el oficial secretario del director. Venía del ayuntamiento, donde se estaban reuniendo representantes de las fuerzas vivas de la ciudad y algunos representantes políticos republicanos. Traía el encargo de comunicármelo, para que dejásemos libres a los elementos de la dirección que teníamos de rehenes.

Tras un cambio de impresiones, acordamos disolver la reunión y salir al patio, en espera de las noticias que nos traería la Junta Republicana. La población penal estaba alegre y satisfecha.

Todo marchaba bien. En el patio y en el claustro los presos paseaban, parloteaban y prorrumpían en gritos de «¡Viva la República! ¡Viva la, libertad!»

 

A mediodía aparecieron en la entrada del patio el director y tres personas vestidas de paisano. Una de ellas era bien conocida de todos los presos, pues se trataba de Antolín Díaz, contratista del taller de alpargatas del penal, para quien trabajábamos más de cuatrocientos presos.

Los componentes del Comité nos aproximamos a los visitantes. Deliberadamente, me sustraje de ir delante. Quería observar las reacciones de mis colegas y que fuesen ellos quienes diesen la pauta de aquel momento. Me suponía que la suerte de cada uno de nosotros no iba a ser la misma para unos que para otros: yo podía esperar una rápida liberación de los presos políticos y sociales; la concesión de una amnistía general podía ser decretada en una de las primeras reuniones que celebrase el gobierno provisional de la República. En cambio, para los presos comunes era inevitable pasar por los aspectos tecnicojurídicos de los indultos, cuya aplicación se solía dejar al arbitrio de las Audiencias Provinciales. Si el indulto beneficiaba en su totalidad a los condenados hasta seis años de prisión, casi todos los presos del correccional de menores de Alcalá de Henares y de La Galera de mujeres serían puestos en libertad; si el indulto alcanzaba a la mitad de la pena de los condenados hasta doce años y un día, quedarían con la mitad de cupo los penales de Ocaña y San Miguel de los Reyes; si era de dos terceras partes de la pena para los condenados a treinta años o a perpetuidad, quedarían con población penal reducida las prisiones del Puerto de Santa María, del fuerte de Figueras y El Dueso de Santoña.

La libertad de todos los presos del penal de Burgos solamente hubiera podido producirse en el caso de una rebelión armada triunfante.

No fuimos a la escuela. El Comité dejó que se hablase en barullo, de pie y casi encima unos de otros. Oí que Antolín Díaz decía:

-La República ya la tenemos en toda España. Esta mañana, procedentes de Francia, han pasado varios dirigentes republicanos, en dirección de Madrid. La Junta Republicana que yo presido se ha dirigido por teléfono al gobierno provisional. Entre otras cosas, nos han asegurado que ya está en funciones una comisión de juristas con el encargo de elaborar un amplio indulto general para los presos, y se están dando órdenes de poner en libertad a los presos sociales y políticos. Nos encargaron comunicar a usted, señor Juan García, que tenga un poco de paciencia, pues seguramente saldrá usted en libertad en el curso del día.

Los presos quedaron satisfechos con las noticias que les dieron. Sabían algo sobre su destino, sabían algo que oficialmente se les había comunicado a ellos. Tenían la alegría de saber que los años de encierro se iban a convertir en días, en meses o en pocos años.

 

Cuando llegó la hora, ya entrada la noche, de tener que encerramos en las Brigadas, tuvimos la última reunión del Comité. Resolvimos no oponernos al restablecimiento de la normalidad. Únicamente exigiríamos que la limpieza se realizase suprimiendo su carácter de castigo y que los cabos encargados de vigilarla fuesen sin varas. Se exigiría a la dirección la transformación del cuerpo de cabos de vara en cuerpo de celadores, como existía en las demás prisiones centrales.

A las nueve de la noche, se abrió la puerta del dormitorio de mi Brigada y el cabo de ayudantía gritó, ton el peculiar sonsonete: «Juan García Oliver... ¡con todo!»

El barullo fue enorme. Se me acercaron Albert y el Maño, que pertenecían al Comité. Opinaban que debía negarme a salir o, en todo caso, hacerlo a la mañana siguiente, acompañado hasta el rastrillo exterior por la mitad de los miembros del Comité, o en presencia de la Junta Republicana de la ciudad. Temían que no hubiese tal libertad y que me llevaran a punta de vara a una celda de castigo.

Expliqué a Albert y al Maño que para que tal cosa ocurriese, tenía que haber fracasado en toda España la proclamación de la República. Y que de ser así, mi suerte y la de los miembros del Comité estaba echada. Creo que lo entendieron y les sirvió de alivio.

Pasé el rastrillo. En lo que correspondía al cuerpo de guardia, me entregaron un traje de los llamados de mecánico, que era el que se daba a los liberados carentes de ropa en custodia. Y ¡a la calle! Noche, muy de noche ya, posiblemente las diez.

¿Dónde pasar la noche? Se lo pregunté al sereno, no ocultándole que me habían puesto de patitas en la calle los amos del penal. Me condujo a lo que él dijo ser una posada para gente humilde, no cara, pero de confianza. Siempre fui bueno para dormir. Me acosté, y como si respondiese al toque de diana del penal, en amaneciendo me desperté.

Quería ir a Reus. Por Zaragoza tendría que hacer dos cambios de tren. Tomando la dirección de Madrid, sólo haría un cambio, en la propia capital, y me orientaría de visu sobre las perspectivas que ofrecía la recién llegada República. En Burgos hubo algo que me chocó: ninguna de las tres personas de la improvisada Junta Republicana que vinieron en comisión al penal tenía aspecto de ser obrero.

Vistos los acontecimientos, la hora y la manera como me pusieron en la calle, era como si me hubiesen sacado de la cárcel de Burgos a puntapiés.

Era la presencia de Antolín Díaz, el contratista del taller de alpargatas del penal, en la presidencia de la Junta Republicana, lo que llevaba yo como aguijón en el pecho y me tenía en zozobra ¿Estaría ya en manos de tales sujetos el destino de la recién proclamada República española? Si así fuese ‑me decía-, a los anarcosindicalistas nos aguardaban tiempos durísimos.

Solamente los anarquistas y los sindicalistas de la CNT habíamos luchado a pecho descubierto contra la dictadura primorriverista y contra la monarquía. Ahí estaban los ajusticiados a garrote vil en Barcelona por el asalto al cuartel de Atarazanas, los ejecutados en Pamplona por los sucesos de Vera de Bidasoa…

 

Conocía algo de Madrid de cuando mi visita en 1920, pero carecía de direcciones de compañeros o centros de nuestra Organización adonde dirigirme.

Pensé que llamaría la atención con el traje azul que me dieron en la prisión. Para sorpresa mía, no era yo solo quien andaba vestido así. Por el camino me crucé con algunos más que vestían como yo. Nos saludábamos al cruzarnos, con alegre camaradería. Supuse que serían compañeros de otras provincias que estuvieron extinguiendo condena en el penal de Ocaña, el más cercano a Madrid. Ya casi entrando en un café de la puerta del Sol, oí que alguien me gritaba: «¡Juan, Juan!» Era Eroles, el compañero Dionisio Eroles, de los grupos de Sans, a quien condenaron a 20 años de prisión por un atentado. Me satisfizo mucho el encuentro, porque me sentía desorientado.

Tomamos café juntos. Platicamos largamente. Eroles era inteligente, bastante culto y había sido partidario de mis posiciones en los tiempos anteriores al golpe de Estado de Primo de Rivera. Como a mí, a Eroles ya le disgustaba la República que España acababa de estrenar. La encontraba muy modosita, como menestrala en traje dominguero. Quedaban en pie y en los mandos del ejército, de la guardia civil y de la policía los que durante años habían servido a la monarquía a sangre y fuego.

-¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué no tomamos el exprés con rumbo a Barcelona?

El tren exprés salió a la hora señalada. Los andenes de la estación de Atocha estaban en orden. Nada denotaba que Madrid había pasado de capital monárquica a capital republicana. El milagro se debía a la curiosa interpretación que le dieron monárquicos y oposición a los resultados de unas elecciones municipales. Y ante el pasmo del mundo entero, aquellas elecciones fueron interpretadas como plebiscitarias. Lo que dio lugar a que se repitiese hasta la saciedad que la República había advenido sin derramamiento de sangre. Bello eufemismo para no tener que decir que estábamos en República sin haber pasado por la revolución.

No lograba dormirme. El tren hacía pocas paradas. La más larga fue en Zaragoza. Viajaba poca gente. En Zaragoza descendieron unas cuantas personas y no subió ninguna. Así llegamos a Reus.

Me despedí de Eroles con un fuerte abrazo. Fui bajando hacia la ciudad. Por ser muy temprano, no me crucé con ningún conocido. Llegué a la plazoleta llamada del Rey, con su fuente redonda y ancha; me encontré andando por el Camino de Aleixar. Tomé la calle San Elías, donde había nacido hacía 29 años. Me crucé con algunos vecinos que me reconocieron y vinieron a abrazarme.

Al penetrar en el pasillo por el que se llegaba a la puerta de la casita que ocupaba mi familia, emití el silbido que siempre lanzaba al llegar a casa. Lo reconocieron, pues que la puerta se abrió estrepitosamente, apareciendo en el umbral mi padre, mi madre y mis hermanas Elvira y Antonia.

Besos y abrazos. Me empezaron a hablar de cosas sin ton ni son, como quien tiene ganas de contarlo, todo de una sola vez. Quise desayunar. Tenían pescado frito, del que llaman burrets. Me puse a comer mientras que mis hermanas y mi madre hablaban sus cosas, de todo, de los vecinos, de los amigos, de los compañeros. Mi padre callaba, como de costumbre. Tenía cara de romano y hábitos silenciosos.

Me eché a dormir. Cuando desperté, Elvira me había lavado la ropa y estaba terminando de plancharme la camisa.

Siempre me había gustado vestir bien. A los componentes del grupo «Los Solidarios» nos llamaban «los aristócratas» porque todos vestíamos impecablemente. Tendría que salir a la calle con el trajecito de mecánico. Disimulando el disgusto, me fui a dar una vuelta por la ciudad. Era domingo y siempre hubo gran animación en la plaza de Prim los domingos entre doce y dos de la tarde.

Pero ese domingo la animación era otra. Los que estaban en la plaza no platicaban plácidamente, sino que formaban grupos, gesticulando con pasión. En el amplio zaguán del hotel de Londres, una banda amenizaba el ambiente con las notas estridentes del himno de Riego, alternándolas con las de La Marsellesa, vulgarmente conocida por «l'afarta pobres».

Muchas gentes entraban y salían del hotel de Londres. Arriba, en su larga balconada, la animación era grande; estaba ocupada por señores endomingados que se lanzaban gritos y risotadas.

Mi llegada, con mi pobre vestido de mecánico, causó alguna sensación entre los grupos de la plaza. Muchos me reconocieron y la mayoría supuso de dónde acababa de salir. Me dirigí sonriente hacia un nutrido grupo formado por lo más sólido de lo que fue nuestra CNT en Reus: José Carbonell, Borrás el ladrillero, Borrás el jornalero agrícola, Gispert el albañil, y con ellos familiares de los «Guindalla», uno alto y fornido, el otro de talla mediana y ancho de hombros, ambos carreteros de los de tiros de cuatro y seis mulas.

Cerca había otro corro, en el que reconocí a los Banqué, padre e hijo mayor, y a Talarn, que habían sido militantes de la CNT. Me sonrieron, hubieran deseado saludarme, pero se contuvieron. En otro corro vi a Francisco Oliva, joven que había pertenecido también a la CNT. El y los de su grupo también me sonrieron, pero también se abstuvieron de venir a saludarme. Después supe que los Banqué y el Talarn se hicieron comunistas del partido oficial y que Oliva se afilió al Bloque Obrero y Campesino que organizó Maurín, otro que también fue de la CNT y que siempre demostró prisa por abandonarla sin haber sabido nunca por qué perteneció a ella. Con su Bloc Obrer i Camperol hizo bueno el dicho de que mejor es ser cabeza de ratón que cola de león.

Carbonell y su grupo me explicaron que en el hotel de Londres se iba a celebrar un banquete en honor del capitán Sediles, uno de los comprometidos con los capitanes Galán y García Hernández, fusilados en Jaca tras la sublevación fracasada que llevaron a cabo. La organización del banquete había sido obra de republicanos y de socialistas, de los que había algunos en Reus.

-¿Y a ese banquete a vosotros no os han invitado en tanto que CNT?

-¿A nosotros? ¡Qué va! Los republicanos opinan que la República es para gentes bien vestidas y no para los de poca ropa, como nosotros, siempre vestidos con blusa. Mira cómo vas tú, con ropas que huelen a presidio. ¿Llevaron invitación a tu casa? Con algunos de ellos he hablado varias veces y hemos comentado que tú has sido un luchador enérgico contra la monarquía. Ahora que ya han triunfado con los votos de todos, ni te acerques a ellos.

-Quiero ver esto de cerca. Al cabo, de la conducta de ellos dependerá en gran parte la nuestra de mañana. Voy a subir al hotel de Londres. Si me dicen que la CNT sería bien recibida ¿aceptaríais la invitación?

-Yo, Juan, no dejo mis principios por un puesto en un banquete de políticos. Pero supongo que Gispert sí aceptaría.

-Bueno; sí que aceptaría. La CNT ha tenido más parte que ellos en el advenimiento de la República, replicó Gispert.

Me encaminé al primer piso del hotel de Londres. Me topé con mi maestro de primaria, republicano de toda la vida y director de un periódico republicano-posibilista titulado Las Circunstancias. Se alegró de verme.

-¡Hola, Juanet! ¿Qué haces aquí? ¿Te soltaron con la amnistía, verdad? Supongo que tendrás tu sitio en la presidencia de l'apat.

--No, mestre, ni siquiera he sido invitado. He venido a ver estas pequeñas cosas de que está hecha la historia de España.

-Espera, voy a hablar con Evaristo Fábregas, que es el presidente de la Junta Republicana. ¿Le conoces, verdad?

-Sí, le conozco, pero no le hable.

Mestre Grau estaba acongojado. Comprendía que mi presencia no era bien vista por los concurrentes al banquete, muchos de los cuales miraban hacia nosotros con verdadero desagrado. Pensarían «éste nos amargará la comida».

Me despedí de mestre Grau y di la vuelta a la mesa. Quería que me viesen bien, en mi salsa de presidiario, oliendo a rancho y a jergón de paja. En la presidencia, contemplándome, estaba Evaristo Fábregas, el liberal millonario.

Fábregas me conocía muy bien. Mejor dicho, nos conocíamos. Yo sabía que era liberal, pues había vivido unido y no casado con su mujer. Sabía también que creó y sostuvo «La Gota de Leche» para la atención de la infancia. No era mala persona Fábregas, pero se había enriquecido fabulosamente. Y cuando el Comité Regional de la CNT me llamó para pedirme que les proporcionase cinco mil pesetas para enviar a Madrid a los compañeros que iban a ajustarle las cuentas a Eduardo Dato, pensé que nadie mejor que Evaristo Fábregas para pedírselas. Como todos los hombres de negocios, se beneficiaba de la clausura gubernativa de nuestros sindicatos, y alguno de ellos tenía que aportar lo que el Comité Regional necesitaba. Y fue Fábregas.

Estaba de pie junto a la mesa, pequeño y orondo. A su lado, el capitán Sediles, displicente, recibiendo el homenaje de quienes se acercaban a estrecharle la mano. Los ciudadanos reusenses que se acercaban al capitán lo hacían como forzados, con el espíritu encogido, rumiando el poco acierto que tuvo la Junta Republicana al traerlo a Reus -ciudad liberal en la que se celebró el primer matrimonio civil en España y cuyo cementerio había sido el primero del país en ser secularizado. Reus  se había distinguido siempre por la separación entre su población y los mandos de la guarnición acuartelada en la ciudad. Nadie en Reus recibía ni alternaba con los oficiales y jefes del regimiento de caballería allí destacado. Por la especial manera de ser de los reusenses, el cuartel estaba flanqueado por dos cuerpos de edificios donde vivían desde el coronel hasta el último oficial. La única excepción eran los sargentos, que se hacían amantes oficiales de las mejores mujeres de los burdeles.

 

Cuando me reuní con los compañeros en la plaza, el grupo había aumentado bastante. Entre los del banquete y ellos, los de la CNT, había una grieta más profunda de lo que era de esperar.

Lo que ocurría en los pueblos y ciudades de España era el reflejo de lo que acontecía en Madrid. La República no era expresión de gentes nuevas, de nuevas escalas de valores políticos y sociales. Se hablaba de los nuevos republicanos del día, como Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura, monárquicos de siempre. Y hasta de Largo Caballero, el socialista que para hacer grande a la UGT había aceptado formar parte del Consejo de Estado que respaldaba a la dictadura de Primo de Rivera.

En el fondo, me hubiese gustado anclarme definitivamente en Reus. Y no haber tenido que salir nuevamente hacia Barcelona, la capital del sindicalismo revolucionario. Si hubiese sido una verdadera república de trabajadores -como después se asentó en la Constitución-, habría sido placentera mi estancia en Reus., ayudando a Carbonell, Borrás y demás compañeros a edificar una sociedad nueva, socialista libertaria, justa.

 

Pasé una semana en Reus. Dos días antes de marcharme a Barcelona fui citado al juzgado de primera instancia. Se trataba de dar cumplimiento a un exhorto del juzgado de Tafalla que, en cumplimiento de lo ordenado por la Audiencia de Pamplona, me comunicaba que había sido amnistiado. Firmé el enterado.

 

-Madre ¿tengo algo de ropa de trabajo?

-Sí, Juan. Tienes un pantalón negro, dos delantales blancos, una chaquetilla y un chaleco de alpaca negra.

-Hazme un paquete con todo, madre. Mañana me iré a Barcelona.

-Sí, hijo.

 

Recuperación de fuerzas

Los ocho años de dictadura dejaron huellas profundas.  Los viejos se hicieron ancianos, los de mediana edad ascendieron a viejos, y los jóvenes pasaron a ser adultos, la mayoría casados y con hijos.

Sentado en la banca de dura madera del vagón de segunda clase que me conducía a Barcelona, reemprendía las meditaciones que ocuparon mi mente las largas jornadas de coser suelas de alpargatas, sentado en mi banco del penal de Burgos, donde no estaba permitido hablar con el compañero sentado enfrente ni con los que hacían lo propio a ambos lados: el acto de coser la suela resultaba maquinal, dejando en libertad el espíritu para lo que quisiese meditar.

Siempre me dije que la muerte empieza en el instante en que se renuncia a buscar explicación a los porqués de todo cuanto acontece. Comprendía que el peso de los años pone nieves en los cabellos y en los corazones. Estaba preparado. No me cabía duda de cuán grandes serían los cambios que encontraría entre los que habían sido la élite de los militantes de la CNT.

El viejo Carbonell me habló de ello ampliamente. Se lamentaba de la importancia adquirida por la tendencia reformista dentro del sindicalismo. Se habían adquirido compromisos en nombre de la Organización en la Conferencia Política de San Sebastián. Por lo menos, eso se decía, me aseguraba Carbonell.

La base de la Organización no había sido consultada. Había sido obra de Pestaña y de un grupo de militantes muy significados de los sindicatos de Cataluña: Peiró, Piñón, Arín, Marcó y algunos más. Lo cierto era que los viejos militantes de prestigio se estaban conduciendo como obreristas cansados, con olvido total de lo que antaño había sido su línea de activistas revolucionarios. Y valiéndose de la persecución de los disconformes con ello, los viejos líderes obreros se habían apoderado de los puestos clave del Comité Nacional, del Regional de Cataluña y del Local de Barcelona, dominando sindicatos tan importantes como el de Trabajadores del Puerto, el de Metalúrgicos y algunos más.

Los compromisos adquiridos por Pestaña y sus incondicionales no tenían nada de vagos. Concretamente, se comprometían a prestar la colaboración de la Organización para el advenimiento de la República y su consolidación. Sin reservas, sin haber condicionado el tipo de república, sino, simplemente, de la república, como aspiración de un antimonarquismo histórico.

 

Al llegar a Barcelona, me instalé en casa del compañero García Vivancos, antiguo miembro de «Los Solidarios». En su casa, en calidad de medio huésped, dormía y comía irregularmente.

Pronto entré en relación con los compañeros que trataban de crear una oposición ideológica frente a la actitud claudicante de los viejos sindicalistas. Me había trazado una línea a seguir dentro de la Organización: considerar a la república recién instaurada como una entidad burguesa que debía ser superada por el comunismo libertario, y para cuyo logro se imponía hacer imposible su estabilización y consolidación, mediante una acción insurreccional pendular, a cargo de la clase obrera por la izquierda, que indefectiblemente sería contrarrestada por los embates derechistas de los burgueses, hasta que se produjera el desplome de la república burguesa.

Crear en la manera de ser de los militantes anarcosindicalistas el hábito de las acciones revolucionarias, rehuyendo la acción individual de atentados y sabotajes, cifrándolo todo en la acción colectiva contra las estructuras del sistema capitalista, hasta lograr superar el complejo de miedo a las fuerzas represivas, al ejército, a la guardia civil, a la policía, lográndolo mediante la sistematización de las acciones insurreccionales, la puesta en práctica de una gimnasia revolucionaria.

Paralelamente a la creación de sindicatos, grupos de afinidad ideológica, ateneos, la juventud obrera debería ser agrupada en formaciones paramilitares de núcleos reducidos, sin conexión entre sí, pero estrechamente ligados a los comités de defensa de barriada y éstos a un Comité de Defensa Local, dentro del espíritu de creación revolucionaria de los militantes del anarquismo y del sindicalismo español, que al unificar sus fuerzas y sus actividades en 1923 dio nacimiento a la acción anarcosindicalista, síntesis de las tendencias de Bandera Negra y de Bandera Roja, y que debería simbolizarse en una bandera nueva, rojinegra.

 

En el local del Sindicato de la Construcción de Barcelona se reunían Parera, de Banca y Bolsa; Luzbel Ruiz, de Peluqueros; Castillo, de Artes Gráficas; Juanel, de Construcción; y algunos más, todos ellos viviendo la pasión de los puritanos, y a quienes unía el afán de impedir que la CNT cayese en el abismo de la transigencia con los compromisos que Pestaña y otros líderes sindicales contrajeron en el pacto de San Sebastián, que muchos dieron por muerto, pero que el azar de unas elecciones municipales había revitalizado.

Los compañeros que se reunían en el local de la Construcción eran la expresión activa de lo que se había salvado del anarquismo organizado: algunos grupos anarquistas de afinidad en Barcelona, en Cataluña, en España. Eran la FAI, la Federación Anarquista Ibérica. Por ellos tuve conocimiento de los motivos y circunstancias que dieron nacimiento en Valencia en 1927 a la FAI. Su aspiración era impedir que el aventurerismo político y reformista se apoderase de la CNT. Me acogieron cálidamente. Esperaban mi apoyo a su línea de militantes revolucionarios. Me puse totalmente a su lado. Y nos pusimos a laborar.

Durante los últimos tiempos de la dictadura militar, aprovechando cierta tolerancia que concedió el general Berenguer, se habían creado dos órganos de agitación: una agrupación de inquilinos y una agrupación de mujeres del servicio doméstico.

Con la participación activa de la Federación Local de Grupos Anarquistas, proyectamos dar a conocer al pueblo barcelonés una posición distinta a la sostenida oficialmente por la CNT.

Para conmemorar el Primero de Mayo, los dirigentes de la CNT proyectaron la celebración de un mitin que se celebraría en el palacio de Bellas Artes. Nosotros acordamos celebrar otro mitin, el mismo día y a la misma hora, en el paseo del Arco del Triunfo, a unos doscientos metros del otro. Contábamos con un camión de carga que nos proporcionaba un compañero para, subidos a él, instalar la presidencia del mitin y la tribuna de los oradores.

Un grupo de compañeros contertulios del café del teatro Cómico del Paralelo había ganado una fuerte participación en la lotería del 1 de enero de 1931. Entre ellos, Aubí, de Badalona, y otro que pasó una corta temporada conmigo en el penal de Burgos. Acudí a ellos en busca de ayuda económica, para asegurar mi participación en la comisión organizadora del mitin.

-Quisiera la confección de grandes banderas rojinegras, para las que se necesitarían treinta metros de tela negra y otros tantos de tela roja. Pienso que deberían repartirse octavillas con la bandera rojinegra y las siglas CNT-FAI, rematadas con la declaración de: «Primero de Mayo. Fiesta internacional de gimnasia revolucionaria».

Encargamos a un taller de carpintería las astas de las banderas. Unas compañeras se encargaron de cortar la tela y de coser sus piezas en escuadra, según dibujo que les proporcioné. Y se imprimieron diez mil octavillas.

Llegó el Primero de Mayo. Fue una mañana de mucho movimiento. Los trabajadores de Barcelona iban en grupos al mitin ¿A qué mitin? Se produjo cierta confusión. A la misma hora y muy próximos uno de otro, se celebraban el oficial de la CNT y el nuestro, mezcla de CNT, FAI y Comisiones de Inquilinos y de Mujeres del Servicio doméstico.

Algo llamaba la atención de los obreros barceloneses y de cuantos transitaban por los paseos laterales del Arco del Triunfo: las cinco enormes banderas rojinegras del anarcosindicalismo y la totalmente negra del anarquismo.

La rojinegra -un rectángulo en dos escuadras-, por el vivo contraste del negro y el rojo, fue rápidamente admitida como enseña de una revolución largamente esperada por el proletariado español. La gente, cuya mayoría saliera de sus casas con ánimo de no perderse el mitin sindicalista del palacio de Bellas Artes, como si de pronto se diera cuenta de que la promesa del futuro estaba estrechamente vinculada a la bandera rojinegra, se detenía ante nuestro camión, flanqueado por las seis enormes banderas ondeando al viento.

Y ya no se iban. Se quedaban en espera de escuchar algo distinto de lo que hubieran tenido que oír en el otro mitin, el de los líderes del sindicalismo.

No fueron defraudados. El presidente del acto, Castillo, y los oradores, Luzbel Ruiz, Parera y yo, sonamos con estrépito los clarines de la revolución social. Expliqué el significado simbólico del rojo y negro de la bandera que por primera vez aparecía en público. Hice una glosa de la significación revolucionaria del concepto de «gimnasia revolucionaria», que aparecía en la octavilla que se había distribuido profusamente, dejando sentado que la clase trabajadora sólo lograría triunfar de las fuerzas de represión de la clase burguesa si con una continua práctica de la gimnasia revolucionaria se liberaba del fetichismo de los uniformes.

La gran explanada que va del Arco del Triunfo a la parte posterior del palacio de Bellas Artes se llenó de trabajadores. Sin que hubiese acuerdo previo de los organizadores del acto, Arturo Parera, que actuó como último orador, al finalizar su discurso, en tanto que presidente de las Comisiones de Inquilinos y de Mujeres del Servicio doméstico, sacó un escrito que contenía unas conclusiones del mitin, para ser presentadas a Francesc Macià en el palacio de la Generalidad. .

La gente las aplaudió y las aceptó. Ello suponía que la presidencia del mitin se trasladaría a la plaza de San Jaime para entregar las conclusiones. Parera, militante confederal de Zaragoza, que se había trasladado a trabajar a Barcelona no había llegado a comprender la idiosincrasia del proletariado catalán, no hecho a realizar manifestaciones callejeras como remate de los actos públicos del Primero de Mayo, que en todas partes se desarrollaban pacíficamente, pero que en Barcelona podían dar lugar a choques sangrientos.

Desde el camión-tribuna dirigí una mirada a los cuatro lados de la multitud, y grosso modo, conté no menos de cien compañeros que, con su pistola entre pantalón y barriga, sólo esperaban la oportunidad de lanzarse, a su manera, a la práctica de la gimnasia revolucionaria.

La manifestación, que marchaba tras las grandes banderas, cantaba los Hijos del Pueblo, se engrosaba a medida que se acercaba a la calle Fernando. Al ir a penetrar en la plaza de San Jaime, los guardias de seguridad y los mozos de escuadra que custodiaban las esquinas y las puertas del Ayuntamiento y de la Generalidad, trataron de impedir que los manifestantes se aglomerasen ante las puertas de los dos palacios, temerosos de que todo terminase en el asalto del Ayuntamiento y de la Generalidad.

Y se desencadenó un gran tiroteo. En aquel momento, Parera y yo hacíamos esfuerzos verbales para convencer al jefe de los mozos de escuadra del interior de la Generalidad de la conveniencia de abrimos las puertas y dejarnos pasar para hacer entrega a Macià de las conclusiones aprobadas en el mitin. El jefe insistía en que en el palacio no se encontraban Macià ni ninguno de los consejeros del gobierno catalán. Como el tiroteo arreciaba, temiendo que cuantos nos encontrábamos ante la puerta fuésemos segados por una ráfaga de ametralladora, hice señas de empujar, logrando penetrar toda la comisión del mitin en el gran patio, donde, rodeado de mozos de escuadra, se encontraba el teniente de alcalde de la ciudad, Juan Casanovas, a quien en defecto de otra autoridad civil, hicimos entrega del pliego de conclusiones.

Entretanto, en la plaza y en las calles adyacentes menudeaban los tiroteos entre guardias y los compañeritos que llevaban sus pistolas «por lo que pudiera ocurrir».

Subimos a la Generalidad, cruzando el patio de los Naranjos, y un imponente y desierto salón, y nos asomamos al balcón central, desde donde pudimos ver cómo en menos que canta un gallo los compañeritos se habían hecho dueños de todas las esquinas, que defendían disparando sus pistolas. Aubí y su grupo de ganadores de la lotería dominaban la esquina de la calle Fernando; Severino Campos y su grupo eran los dueños de la otra esquina; Ordaz y su grupo estaban en la esquina de Ragomir; y así todas las esquinas, como si la acción hubiese sido ensayada previamente. De haber sido planeada la acción, y no resultado de un incidente, aquel Primero de Mayo hubiera contemplado la toma del Ayuntamiento y del palacio de la Generalidad.

Desde lo alto del balcón dimos a entender que debía cesar el tiroteo.

 

La conmoción fue enorme. Se vio que más allá de los compromisos contraídos por los dirigentes sindicalistas, existían fuerzas indómitas. Los comentarios de los periódicos y revistas de Barcelona, de España y del mundo entero, daban cuenta de la impresión producida por la aparición de aquella nueva fuerza llamada por unos «la FAI» y por otros «los anarcosindicalistas de las banderas rojinegras».

En el restaurante Avenida del Tibidabo se reunieron en banquete los jerarcas de Esquerra Republicana de Cataluña, que habían acaparado la mayoría de puestos del Ayuntamiento y del gobierno de la Generalidad. Los republicanos siempre fueron muy amantes de los banquetes. Puede decirse que por aquellos días España -la España de los republicanos- se sentaba diariamente a las mesas de los banquetes. El republicano burgués, desde los días de la revolución francesa del 93, festejaba con banquetes o hacía funcionar la guillotina.

Me tocó formar parte del equipo de camareros que servirían el banquete de los republicanos catalanistas. Entre los comensales estaba Grau Jassans, ex anarquista expulsado de los Estados Unidos, chófer de taxi que en el año 1923 antes del golpe de Estado de Primo de Rivera, utilizábamos para el traslado de bombas de mano y explosivos de una barriada de Barcelona a otra. Pero Grau Jassans, que como anarquista individualista nunca dio señales de tener apetencias políticas, se incrustó en el grupo de catalanistas de Companys y, con éstos, fue de los que tomaron el Ayuntamiento barcelonés el 12 de abril y arriaron la bandera monárquica que ondeaba en los balcones, proclamando la república catalana. Me dijo que se sentía apenado de que yo fuese su camarero en aquella ocasión. Cuando a la hora de los discursos le tocó hablar a Juan Casanovas, que de enemigo de Macià en París a causa del separatismo y del viaje a Moscú de éste, ahora desayunaba diariamente al son de Els segadors, dándose cuenta de mi presencia, recordando que yo formaba parte de la comisión del mitin del Primero de Mayo que asaltó la plaza de San Jaime, arremetió injuriosamente contra los nuevos demagogos, héroes de motín callejero, que, según él, proclamada la República, como agentes monárquicos se dedicaban a alterar el orden.

Grau Jassans estaba lívido.

-No le hagas caso -me dijo-. Es un sin compostura. Cuando termine de hablar iré a decirle que debió agradecer los esfuerzos en pro de la República.

-No le digas eso. Dile de mi parte que tenga preparadas las dos mil pesetas que me debe, pues mañana iré al ayuntamiento a cobrarlas.

 

Al día siguiente, a mediodía, me presenté en su despacho. Por su secretaria me hizo preguntar qué se me ofrecía.

-Dígale que he venido a que me devuelva las dos mil pesetas que le entregué en la cárcel Modelo, cuando vino a pedirme dinero para gestionar mi libertad, cosa que no hizo.

Me recibió enseguida. Muy sonriente, me alargó la mano. Yo no le tendí la mía. Si yo era un agente monárquico ¿a qué tenía que tenderme él la mano?

-Estoy asombrado de lo que has dicho a la secretaria. No sé a qué te refieres con eso de las dos mil pesetas ¿No estarás confundido?

-Mira, Casanovas, no te hagas el vivo. Si no me devuelves ahora las dos mil pesetas, a mi salida de tu despacho reuniré a los periodistas y les contaré a qué he venido. Suponiendo que yo tenía dinero en mi poder, sin yo llamarte, me visitaste como abogado en la cárcel Modelo, para sugerirme que, con algo de dinero que se hiciera circular por el juzgado, te comprometías a lograr mi libertad provisional. Te di dos mil pesetas que yo llevaba para esas emergencias. Aquella misma noche fuiste detenido por la policía y conducido a la galería de presos políticos de la Modelo, donde yo fui a visitarte y a recuperar mi dinero, no logrando ninguna de las dos cosas; desde lejos me diste a entender que te comprometía. Posteriormente te traté en París y ni siquiera te hice mención del dinero, no obstante que para vivir tenía que trabajar. Y muy posiblemente nunca te lo hubiera reclamado hasta que, ayer noche, sirviendo de camarero en vuestro banquete, dijiste que quienes ahora no estamos conformes con vuestra República de tenderos somos agentes monárquicos.

-Tienes toda la razón de tu parte. Pero en este momento no puedo entregarte las dos mil pesetas que me diste.

-Perfectamente, mañana vendré a cobrarlas.

-Y ahora, ¿nos estrechamos la mano?

-Todavía no. Lo haremos mañana.

Al día siguiente me pagó, peseta sobre peseta. En aquellos tiempos, dos mil pesetas eran mucho dinero. Le di la espalda al trabajo de camarero, incorporándome al equipo de barnizadores del compañero Sanmartín, del Sindicato de la Madera, que reparaba el barnizado del mobiliario de los barcos de la Transatlántica, trabajo atrayente por realizarse flotando sobre las aguas del puerto, respirando el olor acre del mar y haciendo compañía a las gaviotas.

En ese tiempo, quienes habíamos sido miembros activos del grupo «Los Solidarios» vivíamos distanciados unos de otros, con excepción de mi contacto diario con García Vivancos. Parecía como si nos eludiésemos, como si cada cual guardase algo que no quisiese compartir. Me veía frecuentemente con Alfonso Miguel y Gregorio Jover en el Sindicato de la Madera, del que éramos miembros. Muy raramente me encontraba con Ricardo Sanz. Por lo que se refería a Durruti y Ascaso, después de haber andado con ellos un par de veces, cuando acompañaban a los anarquistas franceses Lecoin y Odeon, dejé de verlos, al parecer por estar muy ocupados ayudando a Pestaña, entonces secretario del Comité Nacional de la CNT, atendiendo a las delegaciones de sindicalistas que iban llegando para asistir al próximo Congreso Nacional de la CNT y al Congreso de la Internacional de los Trabajadores, que habían de celebrarse en Madrid.

Durante mis años de encierro en Pamplona y en Burgos no tuve noticias de Ascaso y Durruti, que, libres de los cargos que se les imputaban por el fracasado proyecto de atentado contra Alfonso XIII, andaban sueltos por Alemania y Bélgica. Sentía mucho que no se hubiesen aproximado a quienes nos proponíamos salvar a la CNT del reformismo del núcleo pestañista.

Pestaña, Peiró, Piñón y otros viejos sindicalistas maniobraban hacia la colaboración con Esquerra Republicana de Cataluña, entonces en el poder, desde el que explotaban demagógicamente la consigna lanzada por Macià de la caseta i l'hortet como programa a realizar. En el fondo de la actitud de Pestaña y de su círculo de confianza había algo más que su postura de sostenedores de la República. Ascaso y Durruti andaban muy errados rondando el círculo pestañista y lo lamenté mucho. Pero me abstuve de señalarles el error. Sobradamente se apercibirían ellos de los desaires a que se exponían. Pestaña, ni para defenderse llevaba pistola en la época de los atentados para estar siempre limpio de antecedentes penales, que constituyen un gran obstáculo para quienes aspiran a una carrera política. Fueron precisamente Pestaña, Peiró, Piñón y Marcó, componentes del Comité Ejecutivo que se constituyó a la muerte del Noi de Sucre, quienes, disconformes con el asesinato del cardenal Soldevilla, desautorizaron a sus ejecutores y exigieron la disolución del grupo «Los Solidarios» al que Durruti y Ascaso pertenecían[15]. Era algo que yo me había callado y que ellos ignoraban. Las andanzas de Ascaso, Durruti y Jover en América dejaban mucho que desear desde el punto de vista ideológico, y estorbaban francamente a quienes basaban su carrera en una limpia hoja de antecedentes penales.

No hice esfuerzos para obtener la valiosa cooperación de Ascaso y Durruti. Se alejaron de mí y buscaban hacerse querer de los líderes del sindicalismo, político. Allá ellos.

Se iba a celebrar el Congreso Nacional de la CNT, y del disuelto grupo «Los Solidarios» sólo yo asistiría en tanto que delegado, representando al Sindicato Único del Ramo de la Madera de Barcelona, y como exponente de la tendencia que iba adquiriendo fuerza como anarcosindicalismo, que muchos llamaban «faísmo», de la FAI.

 

El Congreso de la Confederación Nacional del Trabajo se celebró en el teatro Conservatorio de Madrid y constituyó un triunfo, a la hora de las votaciones, de las ponencias patrocinadas por los delegados sindicalistas reformistas. Era un congreso que se celebraba al mes y medio de haber sido proclamada la República, sin haber apenas tenido lugar la reorganización de la mayor parte de nuestros sindicatos y que ni siquiera había sido preparado con democracia sindical, dando tiempo para que la base obrera pudiera estudiar las propuestas auspiciadas desde la secretaría del Comité Nacional, obra de Pestaña y de su grupo.

Me debatí en el Congreso casi solo. Mi voz fue una aislada requisitoria ininterrumpida, hasta que un ataque de nefritis me obligó a regresar a Barcelona. Logré que la mayoría de las delegaciones asistentes al Congreso, integradas por compañeros de los sindicatos de provincias, se dieran cuenta de que en el seno de la CNT subsistía la tendencia revolucionaria sobre la que siempre se había asentado nuestra Organización, todavía en exigua minoría pero fieramente enfrentada a la tendencia reformista.

En Barcelona primero, y después en Cataluña, los anarcosindicalistas, llamados «faístas», con frecuencia pasaron rápidamente a ser mayoría en las deliberaciones públicas de los sindicatos. Consecuentemente, los puestos de los comités de sindicatos, de sección o de fábrica fueron pasando a ser cubiertos por nuestros simpatizantes. Igualmente fue ocurriendo en la regional de Aragón, Rioja y Navarra, en la de Andalucía y Extremadura, en la del Centro, en la de Baleares, hasta que finalmente pasaron bajo la influencia anarcosindicalista las de Levante, Norte, Galicia y las de Asturias, León y Palencia. Como reflejo de lo que ocurría en la base de la Organización, los distintos comités nacionales que se fueron constituyendo se veían integrados por anarcosindicalistas revolucionarios. «La FAI se ha apoderado de la CNT», decían los sindicalistas reformistas, que no salían de su asombro ante la oleada revolucionaria.

No era cierto. Empezando por mí mismo, que no pertenecía a la FAI, aunque muchos pensaran lo contrario. Por lo menos el noventa por ciento de los militantes que ocupaban cargos en la Organización no pertenecían a la FAI.

 

Cuando se constituyó la Federación Anarquista Ibérica, en el verano de 1927 en Valencia, los anarquistas españoles carecían de órgano de relación. Eran individualidades en su mayoría. En algunas grandes ciudades, como Barcelona, existían pequeños grupos de afinidad con nombres simbólicos, como «Regeneración», «Fecundidad», «Luz y Vida». Hubo tiempo en que los grupos anarquistas de Barcelona fueron muy activos y se reprodujeron bastante. Luego surgieron discrepancias y divisiones.

El año 1919, coincidiendo con la huelga de «La Canadiense» y la del Sindicato de la Industria Hotelera, el movimiento en los grupos anarquistas fue notable. Pero el impacto de la revolución rusa se hacía sentir entre los militantes del anarquismo barcelonés. Por dicho motivo, el movimiento de grupos anarquistas estaba dividido en dos federaciones locales, la de Bandera Roja, integrada por anarquistas que se definían como anarcorrevolucionarios o sindicalistas revolucionarios. Los de Bandera Negra se reunían en el Centro Obrero de la calle Mercaders.

En un mismo edificio, viejo caserón con gran escalinata de piedra labrada, había dos enormes salones. Uno habilitado para café, con venta de libros, folletos y fotografías de anarquistas y revolucionarios, a cargo de un compañero corpulento, llamado «el Trostki», que después sería uno de los primeros comunistas de España.

El otro salón servía para las conferencias y las reuniones de las Secciones del Sindicato de la Metalurgia. Por las paredes, bastante sucias, se veían los famosos conjuntos demostrativos de los perniciosos efectos del alcohol y fotografías de grandes anarquistas: Ferrer Guardia, Malatesta, Sancho Alegre -entonces en presidio por atentar contra el rey- y otros.

Detrás de la sala de actos, un cuarto minúsculo servía de secretaría, lugar de reunión de los grupos y de reparto del periódico Bandera Negra.

Los de Bandera Roja se reunían en el Centro Obrero de la calle Vallespí, en la barriada de Sans, con su pequeña sala de café atendida por el compañero Blanch de Masroig. No lejos del local, tenían la máquina plana para la edición de Bandera Roja. Era una bodeguita en la que había también una máquina Gutenberg, para las hojas clandestinas, así como un pequeño arsenal.

Las represiones de los años 1918 a 1921 desorganizaron bastante las actividades anarquistas. Dejaron de salir los periódicos de las dos federaciones locales de grupos anarquistas, y si bien no se acabaron los grupos de afinidad, como los que estábamos en torno de Bandera Negra, sí quedaron muy pocos. El anarquismo clásico fue desbordado por la nueva juventud revolucionaria que surgía de los sindicatos y de las grandes luchas de la CNT.

1923 fue un año de gran actividad en el movimiento anarquista barcelonés. Casi todos los grupos habían dejado de ser ideológicos, pasando la mayoría de ellos a llamarse grupos de acción. Se creó una Federación Local de Grupos, se formó un Comité Regional de Relaciones Anarquistas. Se fundó el periódico Crisol, con fondos del grupo «Los Solidarios», editado por Felipe Alaiz y Liberto Callejas, que se repartía gratis, siendo de gran formato y de contenido muy nuevo. Por primera vez, un periódico anarquista exponía ideas y tácticas revolucionarias sin rendir pleitesía a las concepciones del pasado ni ser tan empalagoso como los periódicos que llenaban sus páginas con biografías y hechos del príncipe Kropotkin o del conde Bakunin. En las columnas de Crisol el anarquismo se hacía revolucionario porque vivía con el latido del proletariado.

La represión de Primo de Rivera acabó orgánicamente con los sindicatos, los grupos y los periódicos. Empero, el anarquismo no desapareció por completo. Como las esporas, el anarquismo, solo o acompañado, aguantaba la adversidad, luchaba, subía al patíbulo, iba a la cárcel. Estos eran los activos.

Además existían los que, en silencio, pensaban en el mañana, como Marcos Alcón, y el mañana lo veían con bastante inquietud, porque observaban que en el seno de la CNT clandestina se estaban desarrollando tendencias ideológicas que denotaban un arrivismo político que azoraba.

Entre estos militantes, no muy sindicalistas, pero sí eminentemente obreristas, nació la idea de ir a la constitución de una Federación Anarquista Ibérica, que englobase a todos los anarquistas de España y Portugal, con la finalidad de preservar a los futuros sindicatos de la CNT de las ideologías políticas reformistas que observaban en militantes como Angel Pestaña y la élite que giraba en torno a él, como antaño lo hiciera a la sombra de Seguí y que a la muerte del «Noi» se segregaron de la CNT, como Salvador Quemades, Simón Piera, Valero, Mira, España y otros.

Los reunidos en Valencia constituyeron una FAI para que la CNT se mantuviera anarquista y revolucionaria.

Hasta el advenimiento de la República, la FAI había dado muy pocas señales de vida. Durante la dictadura de Primo de Rivera apenas si había alzado la voz. En realidad, los anarquistas que la constituyeron no habían sido nunca anarquistas de acción.

Habían tenido lugar luchas sangrientas llevadas a cabo por anarquistas que no eran ellos. Eran otros anarquistas, de temperamento y mentalidad muy distintos, y quedaba la incógnita de cuál sería su actitud cuando se hundiese la monarquía y del fondo de los presidios la amnistía los reintegrase a sus sindicatos y miraran a la cara a los que habían conservado la libertad, a los creadores de la FAI y a los que empeñaban el porvenir de la CNT suscribiendo compromisos en San Sebastián.

La CNT, que surgió de la clandestinidad al advenimiento de la República tuvo que soportar la enorme pérdida de militantes que fueron absorbidos por los partidos políticos de izquierdas. De la provincia de Tarragona se fueron a la Esquerra las cabezas visibles de nuestras Comarcales de más importancia como Joaquín Llorens, de Falset; Fidel Martí, de Valls; Folch y Folch, del Vendrell; y Eusebio Rodríguez Salas, «El Manco», que anduvo rodando por los grupúsculos marxistas de Tarragona.

Los comprometidos en el pacto de San Sebastián se veían casi dueños de la CNT. Su reformismo no tenía matiz ideológico. A lo sumo, se contemplaban dirigiendo una gran organización sindical, profundamente burocratizada y liberada de toda influencia anarquista, atenta a conducir las reivindicaciones de la clase obrera española por la vía de la legalidad republicana, con hileras de nuevos guardias de seguridad para los inconformes y las cabezas calientes.

Definitivamente, parecía que lo que un día fue la gran CNT se había acabado totalmente. Cuando, de pronto, la FAI, aquella FAI mortecina de los reunidos en Valencia, a la que se habían incorporado algunos de los anarquistas liberados por la amnistía -entre ellos, yo- dio el gran salto.

El nombre de la FAI estalló en el aire con estruendo. No habían pasado veinte días desde la proclamación de la República y ya, con aquel acto del Primero de Mayo[16], 1a FAI había polarizado los afanes revolucionarios de la clase obrera catalana y española.

La FAI había encontrado el gran camino. Vigía de la revolución anarquista y proletaria, tuvo una voz fuerte -la mía- en el Congreso nacional de 1931, en Madrid. Cierto que los reformistas de Pestaña, Peiró y otros se habían llevado la mayor parte de los acuerdos, que por algo fueron ellos los organizadores del Congreso. Pero se oyó la voz de la FAI, quedando perplejos la mayoría de los delegados de provincias, que llevaron a sus sindicatos los ecos de las intervenciones del delegado del Sindicato de la Madera de Barcelona.

Banderas de rebelión fueron las rojinegras de la CNT-FAI. Esperanza de la clase obrera fue la marcha hacia el comunismo libertario, incansablemente propagado al principio por la minoría de anarcosindicalistas de la FAI y luego por una mayoría dentro de la CNT.

Fue la culminación cuando aparecieron las tres banderas ondeando al aire en el gran balcón central del edificio de la antigua Capitanía general de Barcelona. En el centro, enorme, la bandera rojinegra. A su izquierda, la bandera catalana de las cuatro barras rojas sobre fondo negro, modalidad que aparecía por primera vez. Y a la derecha, la bandera de la República Española. Pero la rojinegra indicaba que allí residía el Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, que era el aliento y la seguridad para la obra revolucionaria que estaban llevando a cabo, por su cuenta, los sindicatos.

La FAI como muchos imaginaron o imaginan que fue, casi no existió, pues. Los que tomaron el acuerdo de creada en 1927 -Marcos Alcón fue uno de ellos-, tras aquella reunión apenas si dieron un paso en favor de su desarrollo. Ignoro qué grupos abarcó en la península. Sí puedo asegurar que hasta bastante tiempo después de proclamarse la República no existió actividad de la FAI en toda la península.

En 1931 no existía en Barcelona Federación Local de Grupos de la FAI, siendo posible, no obstante, que existiesen algunos grupos de afinidad. Existía, sí, el Comité Peninsular, cuyo secretario y único componente, Juan Molina «Juanel», al tener que incorporarse al ejército me hizo entrega del archivo del Comité Peninsular, encargándome circunstancialmente, por dicho motivo, de la Secretaría peninsular. Sin pertenecer yo a la F Al ni como miembro de grupo ni como individualidad, pasé a ser su secretario. «Juanel» me entregó únicamente un sello de caucho que decía: «Federación Anarquista Ibérica - Comité Peninsular». Eso era todo. Ni actas de su primer congreso constitutivo ni de reuniones posteriores, si las hubo, de carácter peninsular, ni siquiera local. Tampoco me entregó archivo de la correspondencia, si la tuvieron, ni relación de Regionales ni Locales de grupos. Alguien -no recuerdo quién- se hizo luego cargo del sello y del Comité Peninsular, posiblemente porque tuve que desprenderme de ello a causa de las persecuciones policíacas.

Pero si la FAI era prácticamente inexistente, cobraba diariamente resonancia el ser «faísta», o sea, partidario de realizar la revolución social enseguida, sin esperar a mañana ni a después.

El mañana y el después eran los puntos en que se asentaba la sedicente ideología de los reformistas de la CNT, los que se agrupaban en torno a Pestaña unos y a Peiró los otros, acabando todos ellos ‑30- por constituir un bloque, que fue adjetivado de «treintistas» por el número de firmantes de su Manifiesto, cuyo contenido se reducía a intentar demostrar que el afán de los «faístas» de realizar la revolución social había que postergarlo para mañana; mejor, para después.

Los «treintistas», carentes de ideología válida frente a los partidarios dentro de la CNT de ir a la revolución social enseguida, ahora mismo, tildaron en la polémica de «faísmo» y de «faístas» a los revolucionarios, siendo secundados , por la mayor parte de la prensa republicano-catalanista, entre la que se distinguía el periódico humorístico El Bé Negre. A cambio, los «faístas» tildaban de «treintistas» a todos los reformistas, fuesen o no firmantes del Manifiesto de los Treinta.

Ser «faísta» equivalía a ser anarcosindicalista revolucionario; ser «treintista» a ser anarcosindicalista reformista, perteneciesen o no unos u otros a la FAI o al grupo de los Treinta.

La pugna entre «faístas» y «treintistas» no derivó en violencias de tipo personal. Si fue fácil la reunificación en el Congreso de Zaragoza en 1936, en gran 1 parte se debió a que la escisión apenas si llegó a serio.

Sólo después del movimiento revolucionario de enero de 1933 se desarrolló en Barcelona la FAI, con algunos grupos constituidos a toda prisa, creándose por entonces un comité local y un comité regional de la FAI. Elementos aglutinantes de dichos grupos fueron Diego Abad de Santillán, quien se apoderó de la dirección de Tierra y Libertad y editó la revista Timón para poseer frente a la familia Urales sus propios órganos de poder; y Federica Montseny, que poseía los suyos con El Luchador y la Revista Blanca, ambos ajenos a las actividades de la CNT, pero con el propósito de apoderarse de su dirección. La CNT, por aquel entonces, parecía responder -sin ser cierto- a las directivas del llamado grupo «Los Solidarios». En realidad, lo que los miembros de aquel grupo hacían era encabezar los impulsos revolucionarios de la insurgencia latente en los trabajadores españoles, que pronto se percataron de la vacuidad de los propósitos transformadores de las élites republicanas burguesas.

Nuevos dentro de la FAI y del anarquismo barcelonés, esos grupos, en su lucha contra los miembros del todavía no reconstruido grupo de «Los Solidarios»[17], tuvieron sus artes y sus mañas:

1. Oponerse a los ensayos revolucionarios y a la «gimnasia revolucionaria», mostrándose enemigos irreductibles de toda aproximación en el presente y en el futuro al comunismo libertario; alejados incluso del «treintismo», se constituían en núcleos contrarrevolucionarios.

2. Darse a «conocer» ante las autoridades del país como oponentes de «Los Solidarios».

3. Sin hacer confesión pública de su manera de pensar ni de sus propósitos, utilizar como táctica una silenciosa campaña de insidias personales contra los miembros de «Los Solidarios».

4. Esta pequeña FAI de grupos contrarrevolucionarios -el de Federica Montseny, el de Abad de Santillán y el de Fidel Miró- no podía operar contra «Los Solidarios», porque éstos no existían como grupo ni pertenecían a la FAI como individualidades.

5. «Los Solidarios» sufrían continuas persecuciones y prisiones. A causa del movimiento revolucionario de enero de 1933, Jover, Ortiz, Antonio Martínez «Valencia» y García Oliver estaban presos y procesados. Quedaban en libertad Francisco Ascaso, Durruti, Ricardo Sanz y Aurelio Fernández. Con halagos cerca de Durruti y Ascaso fueron creando el ambiente propicio a sus propósitos. Se pediría a los dispersos «Solidarios» que se constituyeran en grupo y se dieran de alta en la FAI, «pues constituía un gran contrasentido que, en los mítines de propaganda de la CNT, hablásemos como "faístas" sin pertenecer a la FAI». Convencieron a Ascaso y a Durruti primero, y éstos a Aurelio y a Sanz. Los cuatro vinieron a la comunicación de la Cárcel Modelo y nos hablaron. A nuestras preguntas -mías, pues desconfiaba de los propósitos- nos dijeron que ellos estaban conformes si nosotros lo estábamos también. Habían pensado adoptar el nombre de «Grupo Nosotros». Accedimos a todo. Desde aquel momento pasábamos a depender de una camarilla de recién llegados.

Como siempre, «Los Solidarios» de ayer y «Nosotros» de entonces afrontamos con prisiones la represión de los movimientos revolucionarios de enero de 1933 y diciembre del mismo año, más los del octubre asturiano. Ahogada la rebelión de los mineros astures, se desencadenó una fuerte represión gubernamental en toda España. En Madrid dejó de aparecer nuestro periódico CNT; y nos dispersamos hacia nuestros lugares de origen los redactores: Ballester a Cádiz, Horacio Prieto a Zaragoza, Callejas y yo a Barcelona. Ascaso, Durruti y Aurelio Fernández fueron encarcelados en la prisión central de Burgos. A mí me alojaron en la Modelo de Barcelona, donde nos encontrábamos no menos de 500 compañeros detenidos, ninguno de los cuales pertenecía a los tres grupos contrarrevolucionarios mencionados[18].

Pero gritar «¡Viva la FAI!» era afirmar clara y concretamente la participación en un movimiento revolucionario cuya finalidad era la implantación del comunismo libertario. Igualmente, la bandera rojinegra del anarcosindicalismo se convertía en una síntesis cromática del comunismo libertario. Cuando en algún pueblo español los obreros, los mineros o los campesinos se cansaban de aguantar las tropelías de la guardia civil y se sublevaban y tomaban el Ayuntamiento, en vez de proclamas escritas, izaban la bandera rojinegra en el balcón principal. Y todo el mundo se daba por enterado.

 

Cuando Ascaso y Durruti se dieron cuenta de la falsa posición en que se encontraban, buscaron una aproximación conmigo. En una asamblea del sindicato de la Madera, en el teatrito del Centro Republicano de Pueblo Seco -calle del Rosal-, a la que yo asistía por ser militante de dicho sindicato, se me acercaron -entre junio y julio de 1931- ambos muy sonrientes.

-¡Hola, Paco, hola, Durruti! ¿Qué hacéis en esta asamblea de anarcosindicalistas y faístas?

-¿Nos vamos a tomar un café al Paralelo?

Nos sentamos a una mesita del bar La Tranquilidad. Martí, el dueño, nos sirvió los cafés. La noche era de espléndido verano, y a lo largo del Paralelo la gente, andante o sentada, gozaba de la suave temperatura nocturna. De abajo llegaban los olores salobres del puerto. Estábamos en la parte más iluminada que pertenecía por igual al Distrito V y al Pueblo Seco. Me gustaba la vida en aquella parte de la ciudad,-en la que siempre viví o anduve. Bastaba con dar unos pasos y se encontraba uno en el corazón de Barcelona, las Ramblas, a las que se llegaba por la calle de San Pablo o la del Conde del Asalto, cruzadas por callejones estrechos y escasamente iluminados, en los pisos de cuyas casas estaban las sórdidas viviendas de los obreros del puerto, de la construcción, de los metalúrgicos y los ebanistas. Los bajos eran explotados por casas de comidas, bares, tabernas, cafés de camareras, billares, burdeles de toda clase y categoría: de pobres, de ricos, con mujeres o con hombres al acecho de las dos pesetas o del duro.

-Desde París no habíamos tenido ocasión de hablar detenidamente.

Era Durruti quien iniciaba así la conversación. Siempre sería el mismo, de maneras poco amigables.

Diríase que el ego dominaba sus emociones.

Intervino Ascaso:

-¿Cómo ves la situación? ¿Cómo encuadras tu actuación dentro de los acontecimientos del país?

-El problema es complejo. Nuestro país no ha conocido una revolución. Vivimos entre trastos viejos, incluidos los hombres y las ideas. Y necesitaba hacer su revolución, siquiera para abrir las ventanas y aireamos. El advenimiento de la República, como una niña emperifollada de la clase media, ha sido un cambio de instituciones, pero no una revolución. Y la revolución hay que hacerla, llevada a cabo por los anarcosindicalistas, que somos nosotros, o por los comunistas, que si nosotros fallamos subirán como la espuma. Siempre que no se interfieran los fascistas, que son de temer. Siquiera en ello, comparto los puntos de vista de Malatesta expresados en su mensaje a los anarquistas del mundo, del que tuvimos conocimiento en París.

Ascaso apuntó:

-O dominamos la situación o la situación nos dominará a todos, debiendo entender por situación el fascismo ¿Por qué el fascismo?

-¿Por qué el fascismo y no los comunistas, quieres decir?

-Exacto.

-Pues porque los comunistas no son revolucionarios. Para serlo, es menester amar la libertad. Ellos sirven para degollar la libertad, como hicieron aplastando a los soviets. Como hicieron en Italia, creando una gran alarma, que dio motivo a que los elementos de acción de las derechas se organizasen e impusiesen el fascismo.

-Por lo que dices -intervino Durruti-, debemos considerar que los sindicalistas reformistas como Pestaña aciertan en su esfuerzo por consolidar la República.

-Sí, pero sólo en apariencia. La República, asentada en un punto neutro, sin sufrir vaivenes de derecha ni de izquierda, se consolidaría y sería la paz. Un espejismo de paz, pues, sería una república gobernada en defensa de los mismos intereses que defendió la monarquía. España necesita hacer su revolución. Y porque la necesita, la hará. Yo prefiero que sea una revolución anarcosindicalista, siquiera porque, alejados de toda influencia histórica, tendría el sello de la originalidad.

-Siempre hablas como un anarquista revolucionario, pero sin hacer mención de los argumentos de los anarquistas -comentó Ascaso- ¿Y si concretásemos? ¿Nos unimos de nuevo? ¿No crees que sería conveniente dar nueva vida al grupo «Los Solidarios» y que nos diésemos de alta en la FAI?

-Supongo que habéis hablado de lo que os gustaría hacer. Lamento no coincidir con vosotros. Las circunstancias actuales son muy distintas de cuando fue creado el grupo «Los Solidarios». Eran otros los objetivos del momento. A la desesperada, nuestra Organización luchaba por sobrevivir. Y el clima de las circunstancias determinó la creación de un grupo, que, lamentablemente, fue un fracaso en los objetivos concretos que le asignó la Organización. Afortunadamente, constituyó un éxito en aspectos que no se había propuesto; dio aliento a la mística de invencibilidad de que se rodeó el anarquismo.

-¿Y no crees que eso basta para resucitarlo?

-El grupo adoleció siempre de un gran inconveniente: sus miembros nunca fueron solidarios entre sí, posiblemente a causa de la recia personalidad de algunos de ellos, que los hacía incompatibles.

-Es posible que tengas razón. Sin embargo, hemos hablado con Ricardo Sanz y con Gregorio Jover, y ellos, si tú estuvieras de acuerdo, aceptarían que diésemos nueva vida a «Los Solidarios».

-No he visto a Sanz desde mi regreso a Barcelona, por lo que ignoro cómo piensa. No quiero opinar sobre Gregorio Jover; en lo poco que lo traté, me dio la impresión de un exceso de individualismo, aparte de que nunca perteneció a «Los Solidarios». Pero sí he hablado con García Vivancos y con Alfonso Miguel. Pues bien, no quieren ni oír hablar de una posible reconstrucción del grupo: uno porque considera irresponsables a varios de sus componentes; el otro los conceptuaba de intratables.

-¿Y tú qué opinas? -preguntó tajante Durruti.

-Pues que no éramos santos ni demonios, sino productos del medio, de las circunstancias.

-Considera lo conveniente que sería que, reconstruido el grupo, ingresásemos en la FAI para darle una orientación.

-No, Ascaso. No comparto tu opinión al respecto. De la FAI, aunque hablo mucho de ella, sé muy poco. Conozco bien a algunos de sus miembros, y por ellos sé que no llegan a media docena los grupos que componen la Federación Local. No pienso afiliarme a la FAI ni como grupo ni como individualidad. Opino que debe ser la CNT el centro de control. Para crear una mística revolucionaria, ciertos símbolos como CNT-FAI, anarcosindicalismo y banderas rojinegras se hacen indispensables.

-De donde nuestra reagrupación y afiliación a la FAI resulta inevitable, si no quieres contradecirte ‑arguyó sutilmente Ascaso.

-Te veo inclinado a agarrarte a las apariencias. Recuerda que en el restaurante de Magre me disteis la espalda. Porque las delegaciones extranjeras al congreso de la CNT y de la AIT giraban en torno a Pestaña y a mí no me hacían caso, no os sentasteis a comer a mi mesa; preferisteis hacerlo en la mesa en que comía Hem Day. Cuando os alejasteis, no pude por menos de decirme: acaba de morir el grupo «Los Solidarios». Y añadí: -Posiblemente es lo mejor que podía ocurrir.

-Te concedo la razón. Aquella noche le dije a Durruti: No debimos dejarlo solo. Después de todo, está empezando desde cero, teniendo la razón histórica de su parte. Pues bien, juntos los tres, los cuatro o los cinco que quedamos de «Los Solidarios», con grupo o sin grupo, pero compenetrados y marchando al unísono, podríamos realizar la misma obra que llevas a cabo, pero en mayores proporciones. Bastaría con que nos reuniésemos de nuevo y nos repitieses la lección como cuando la muerte del Noi de Sucre.

 

Ascaso resultaba siempre convincente. Me avine a que nos reuniésemos los que quedábamos del grupo «Los Solidarios», sin formar grupo y sin compromiso de grupo. Cambiaríamos impresiones y procuraríamos marchar lo más de acuerdo posible. Aun con la presencia de Jover, al que invitamos, la reunión fue reducida: Ascaso, Durruti, Sanz, Jover y yo, ya que, como me temía, García Vivancos y Alfonso Miguel no quisieron participar, coincidiendo ambos en decirme: «Tú cuenta conmigo para lo que quieras, pero sin compromiso con los demás».

Coincidimos en que era necesaria una profunda capacitación revolucionaria de la militancia confederal. Para aquel entonces, la mayoría de sindicatos de la CNT había adoptado la línea «faísta». La agitación alcanzaba a todos los medios proletarios. Nunca se había realizado tan intensa obra propagandística, tanto oral como escrita. Mítines y conferencias casi a diario. Folletos, revistas, manifiestos. Las asambleas generales de los sindicatos, de palabra y tribuna libre, eran eficaces transmisores de la propaganda; lo eran también las columnas de nuestros diarios, Solidaridad Obrera de Barcelona, CNT de Madrid, Fragua Social de Valencia, Solidaridad Obrera de La Coruña. Paralelamente a la CNT se creaban agrupaciones activistas: Mujeres Libres, Juventudes Libertarias, Ateneos, centros obreros...

Esquerra Republicana de Cataluña fue perdiendo influencia y prestigio. Igual les ocurría a los partidos republicanos que se crearon en España para administrar en exclusiva el nuevo régimen. El Partido Socialista se corrompía aceleradamente; muchos de sus dirigentes eran llamados «enchufistas» por el afán de acumular cargos remunerados; se fueron olvidando de la clase obrera a que pertenecían, lo que facilitaba nuestra obra de crear sindicatos anarcosindicalistas en pueblos y ciudades de rancio abolengo ugetista.

Avanzábamos continuamente y en todos los frentes. A la labor diaria y persistente de capacitación ideológica y revolucionaria de la clase obrera, añadimos la preparación insurreccional. A propuesta nuestra; el Comité Nacional llevó a un Pleno de Regionales la iniciativa de crear en la CNT los Cuadros de Defensa, con la idea de dotar al anarcosindicalismo de un aparato paramilitar con el que, en su día, poder batir victoriosamente a las fuerzas armadas[19].

A petición del entonces secretario del Comité nacional, Manuel Rivas, escribí un folleto sobre la teoría y las tácticas a que debía ajustarse en toda España la organización de los cuadros de defensa dentro de las secciones de defensa de todos los comités regionales de la CNT[20].

Que nos estábamos preparando para afrontar la revolución social, era evidente. El Estado republicano burgués apelaba a cuanto podía para obstaculizar nuestra marcha. En Madrid, Largo Caballero y su sindical, la UGT, con los comunistas. En Cataluña, de la Generalidad recibían fuertes impulsos los marxistas independientes de Moscú, llegándose a la unificación de todos ellos dentro del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), muy apegados sus dirigentes a Macià, primero, y a Companys cuando éste, por defunción del «Avi» se hizo cargo de la presidencia de la Generalidad y de la jefatura de Esquerra Republicana. De allí procedieron también los impulsos para ver de escindir a la CNT, en la imposibilidad de desplazar a la dirección «faísta». Los militantes sindicalistas reformistas, en número de treinta, se reunieron y redactaron un Manifiesto, en el que concretaban su disconformidad con la marcha que los «faístas» habían imprimido a la CNT, declarando que la clase obrera no estaba preparada para hacer su revolución. Después de hacer público su Manifiesto, los «treintistas» -así se les llamó para siempre- se dedicaron a la tarea de crear sindicatos de oposición a la CNT, lográndolo en algunos casos. Los divisionistas del Manifiesto de los Treinta, incapaces de crear una mística, perdieron su público. Su líder, Ángel Pestaña, se fue quedando muy solo, y en actos de propaganda que organizaban apenas si lograban llenar las primeras filas de las salas. Los treintistas desistieron de aparecer en actos públicos. No ocurría así en los mítines organizados por los «faístas», quienes arrastraban a grandes multitudes. En todas partes se trató de un enfrentamiento de nuestra capacidad y la de ellos. Nunca se acudió a la violencia personal. La clase obrera se inclinaba por los hombres del anarcosindicalismo y tres nombres ejercían por entonces la máxima atracción: Francisco Ascaso, Buenaventura Durruti y Juan García Oliver.

 

El acuerdo recaído en Pleno de Regionales de crear los comités de defensa con sus cuadros, lamentablemente no se plasmó en realizaciones. Únicamente en Barcelona fueron realidad. Se crearon, sí, secciones de defensa en algunos comités regionales, pero en la mayor parte de ellos no se pasó a completarlas con los cuadros de defensa. Los que se fueron creando en Barcelona constituían unidades combativas bastante perfectas. Cada cuadro de defensa se componía de diez miembros, uno de los cuales actuaba de responsable. El cuadro se reunía para tratar toda clase de problemas combativos. Organizados en forma de compartimentos estancos, no existían relaciones entre ellos. En cada barriada obrera de Barcelona un comité de defensa de barriada mantenía relación con los cuadros y con el comité de defensa local. Aunque sin formar grupo específico, el comité local de defensa, que a su vez hacía funciones de Comité de Defensa Regional en Cataluña, estaba integrado por los que habíamos sido miembros del grupo «Los Solidarios»: Aurelio Fernández, Gregorio Jover, Ricardo Sanz, Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso y yo.

Si bien no logramos una cabal interpretación y puesta en práctica de las normas de organización paramilitar de los cuadros de defensa, sí fue generalizándose la teoría de la «gimnasia revolucionaria» en todo el ámbito español donde los conflictos obreros entre nuestros sindicatos y las autoridades locales terminaban frecuentemente en enfrentamientos armados con la guardia civil, con asalto de los ayuntamientos, izado en ellos de la bandera rojinegra y proclamación del comunismo libertario.

En Barcelona, la huelga del Sindicato de la Construcción dio lugar a una lucha abierta entre núcleos de nuestras fuerzas organizadas para el combate y las del orden público. Empezó en una concentración nocturna entre San Adrián y la riera del Besós, en la que se repartió, estando presentes todos los miembros del Comité Local de Defensa, cierta cantidad de armas largas con sus dotaciones de cartuchos. La marcha sobre la ciudad fue un fracaso -aunque para los objetivos de la gimnasia revolucionaria nunca existía fracaso-, imputable a la nocturnidad y a un fuerte aguacero que cayó, empapando las ropas y los ánimos de los componentes de la pequeña columna. Sanz, Jover, Ascaso, Durruti y yo nos quedamos a dormir en una obra desocupada que encontramos en el casco viejo de la ciudad, a espaldas del Sindicato de la Construcción. A la mañana del día siguiente, al salir a la calle pudimos damos cuenta de que las fuerzas del orden, integradas principalmente por unidades de asalto, tenían bloqueadas todas las salidas frontales del Sindicato de la Construcción, que se preparaban a tomar por asalto. Con el fin de facilitar la salida de los muchos compañeros que habían pasado la noche allí, nosotros cinco, más dos cuadros de defensa de la barriada, abrimos un nutrido fuego de pistolas contra los grupos de guardias, que repelieron a la agresión disparando frenéticamente sus mosquetones en dirección a las esquinas que ocupábamos. Duró la lucha más de seis horas, logrando escapar del Sindicato de la Construcción todos los compañeros. Una ligera herida de bala en la rodilla acabó por inmovilizar mi pierna, por lo que tuve que retirarme bastante después del mediodía. El doctor Tussó, trotskista enamorado del anarcosindicalismo, me atendió la herida, acudiendo de noche a un lugar de la barriada del Pueblo Nuevo donde vivía el compañero Safón, tintorero, responsable de los cuadros de defensa de la barriada.

(La aplicación de la «gimnasia revolucionaria» tuvo sus vaivenes: unos hay que tomarlos como fracasos para ser objeto de estudio y otros como de resultados prometedores. Del estudio de la «gimnasia revolucionaria» se desprendía que los compañeros de los cuadros de defensa se comportaban bien a pleno día y a la vista de «Nosotros». De noche y dispersos por toda la ciudad, no sentían los mismos ímpetus. La lucha de la construcción duró de las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde aproximadamente. A plena luz y a pecho descubierto, sin barricadas, yendo de una calle a otra, de una esquina a otra, nosotros con pistolas y ellos, los guardias, con fusiles. Cuando quisimos la empezamos y la terminamos cuando lo creímos conveniente.)

La táctica de la «gimnasia revolucionaria» alcanzó un punto álgido en enero de 1933. La Federación Nacional de Ferroviarios de la CNT acordó lanzarse a la huelga nacional en demanda de reivindicaciones ampliamente debatidas. Y señaló como fecha para iniciar la huelga el 8 de enero. Por conducto de su delegado en el Comité Nacional de la CNT, pidió que las Secciones de Defensa Confederal de todo el país la sostuviesen enérgicamente, para crear una situación de alarma en torno a su conflicto, pues en manera alguna querían perderlo, ya que, de fracasar, la posición de la Federación ante los ferroviarios de la UGT, que eran mayoritarios, se vería seriamente comprometida. Se pidió al Comité de Defensa de Cataluña que prestara todo su apoyo a los ferroviarios. Sin pérdida de tiempo se pasaron las consignas a los cuadros de defensa. La consigna fue: «preparados a intervenir, con todos los efectivos de combate», lo que significaba un estrecho contacto de los cuadros con sus responsables, con todos los elementos disponibles en armas y explosivos. El plan fue meticulosamente estudiado por los que integrábamos el Comité Regional de Defensa de Cataluña, asignándose a cada uno de nosotros un cometido insurreccional. El plan, además de acciones frontales en cada barriada, incluía la voladura de los edificios de Capitanía General, Gobernación y Jefatura Superior de Policía, trabajo encomendado a la sección de Alcantarillas, a cargo de Ricardo Sanz, a quien se dotó de seis cilindros de envasar oxígeno, llenos de dinamita, para ser colocados en los desagües que afluían a las alcantarillas.

La preparación del plan de acción nos llevó varios días y mucho dinero. Muchos de los compañeros dejaron de asistir a sus trabajos. La adquisición y traslado de los cilindros y sus cargas, más las granadas de mano y las pistolas que hubo que repartir, supusieron una fuerte inversión de dinero. Cuando, por conveniencias del Comité de Huelga de los ferroviarios, nos llegó la comunicación de suspender las acciones, consideramos, a propuesta mía, que no había lugar a ello, por considerar que nuestras fuerzas de choque se creaban por y para la revolución, pero no para maniobras de tipo sindical. Si se incurría en maniobreos, pronto desaparecería el espíritu revolucionario de los que al entrar a formar parte de los cuadros de defensa lo hacían convencidos de que no serían utilizados por conveniencias ridículas.

Y el 8 de enero se libró una de las batallas más serias entre los libertarios y el Estado Español. Fue la lucha que más impacto tuvo en el aparato gubernamental y la que determinó que los partidos republicanos y el Partido Socialista perdiesen su influencia sobre la mayoría popular de los españoles.

En Barcelona y en Cataluña, la conmoción fue enorme al enterarse la gente de las terribles palizas que nos propinaron los guardias de asalto en la Jefatura Superior de Policía, tanto a mí -pero a mí con predilección- como a mis compañeros, entre los que se contaban Gregorio Jover, Antonio Ortiz y «El Valencia», a más de otros cinco compañeros de un cuadro de defensa de la barriada de Pueblo Nuevo, que caímos presos en una muy bien preparada trampa que nos tendió la guardia civil. Pero lo que nos hicieron a nosotros en los pasillos de la Jefatura de Policía los guardias de asalto, que se dedicaron a machacar nuestras cabezas y costillas con las culatas de los mosquetones, fue pálida orgía comparado con la brutalidad con que los guardias de asalto llevaron el ataque contra el pueblecito de Casas Viejas, donde acribillaron a tiros y quemaron dentro de su casa al compañero «Seis Dedos» y a su familia.

Como piltrafas de carne machacada fuimos conducidos a la cárcel Modelo. Otros muchos compañeros habían sido detenidos en las barriadas y en algunos pueblos cercanos a Barcelona. Dentro de sus escasas posibilidades de triunfar, el movimiento de enero logró, desde el punto de vista de la táctica revolucionaria moderna, resultados extraordinarios: fue causa de descomposición de las izquierdas republicanas que usufructuaban el poder y de que perdiesen las elecciones a diputados que se celebrarían aquel año, así como de que tuvieran que abandonar la dirección de la vida nacional, pasando ésta a manos de derechistas del republicanismo.

Las repercusiones del fallido intento revolucionario de enero se dejaron sentir también en los medios confederales y «faístas».

La militancia anarcosindicalista, en los sindicatos, en los cuadros de defensa, en las fábricas y en los talleres, se preguntaba qué había ocurrido en la conducción del movimiento de enero, cuyas consecuencias represivas no habían alcanzado a Durruti, que no había sido detenido.

Como obedeciendo a una consigna, elementos raros al espíritu del proletariado catalán afiliado a la CNT procuraron infiltrarse en sus cuadros de dirección, valiéndose para ello de la FAI, a la que se afiliaron constituyendo pequeños grupos, y desde la que dominaron el periódico Tierra y Libertad, con Sinesio García Fernández (Diego Abad de Santillán) de director, tipo tan estrafalario como su seudónimo y de quien se conocía su aparición entre los anarquistas de Buenos Aires. Tras él hizo su aparición Fidel Miró, procedente también de América, de quien no se conoció qué había sido de él hasta el momento de su aparición en Barcelona. Poseía maneras santurronas y tendencias monacales que lo llevarían al visiteo del monasterio de Montserrat. Siempre buscó situarse en los puestos de dirección de la FAI, de la CNT y de las Juventudes Libertarias. Santillán y Miró engancharon a su carro al bueno de José Jiménez, quien a su vez arrastró al liberal Mestres, de Villanueva y Geltrú, y entre todos a Federica Montseny, liberal radicalizada e hija de radicalizados liberales nacidos en Reus, mi pueblo natal, que aportó la colaboración de José Peirats y de Félix Carrasquer, ambos con aspiraciones intelectuales, colocándose el primero en la redacción de Solidaridad Obrera. Entre todos formaban una rara agrupación de clase media vergonzante injertada en la médula de la clase obrera.

Raros y dispersos elementos, a quienes unía un propósito: acabar con la influencia que ejercían los miembros procedentes de «Los Solidarios», aprovechar todas las oportunidades para destruir el prestigio personal de sus miembros. Empezaron por triturar a Durruti, por su opaca actuación en el movimiento del 8 de enero. En conferencia que pronunció en México, en el local de la CNT exilada, el compañero José Jiménez[21], uno de los coligados del grupo de Miró y de Mestres, estando ellos presentes, explicaría detalladamente dicha conspiración[22].

En las postrimerías de la etapa de gobierno de las izquierdas, gracias a hábiles maniobras jurídicas que realizó el Comité Propresos de la CNT y el abogado Medina, logramos salir en libertad todos los que fuimos detenidos la noche del 8 de enero. Se hizo valer una especulación jurídica: «¿Qué responsabilidad penal cabía a quienes, según nosotros mismos declaramos, aquella noche y en el momento de ser detenidos, íbamos a la revolución social? Íbamos, pero no estuvimos ni participamos en la revolución, debido a que fuimos detenidos antes de llegar a la revolución social, que no se produjo». Y añadíamos: «Si nuestra culpabilidad correspondía a una intención, ¿qué responsabilidad le correspondía al jefe del gobierno, Manuel Azaña, por haber ordenado tiros a la barriga

Un mes antes de salir en libertad, estuvieron a visitarnos a Jover y a mí, Ascaso y Durruti. Ascaso nos planteó muy hábilmente la conveniencia de que nos integráramos definitivamente en un grupo, por haber sido requeridos a ello por los Comités Local, Regional y Peninsular de la FAI, pues consideraban una irregularidad que nosotros habláramos en los mítines y actos públicos como si fuésemos parte integrante de la FAI sin que perteneciéramos a ella ni como grupo ni como individualidades.

-¿Qué opinas? -preguntó Ascaso.

-Tenía que llegar este momento. Ahora, los que desde los Comités dominan la FAI piensan en dominamos también a nosotros -le contesté.

-¿Qué creéis que debemos hacer? -insistió Ascaso.

-¿Por qué no nos dices lo que habéis decidido vosotros, los que estáis en libertad, tú, Durruti, Aurelio y Sanz?

-Hemos coincidido en que sería conveniente constituirnos en grupo, al que podríamos dar el nombre de «Nosotros», y pedir el ingreso en la FAI, con ocho miembros, nosotros cuatro y vosotros: tú, Jover, Ortiz y «El Valencia».

Tuvimos un ligero cambio de impresiones en el locutorio y accedimos a la propuesta de los de fuera.

Se constituyó el grupo «Nosotros» e ingresamos en la FAI. Se trataba de una transigencia con quienes ya dominaban aquella organización específica. Y los que ya la dominaban constituían, en potencia, la contrarrevolución; eran los mismos tipos de liberales que ya Bakunin tuvo que combatir. Aquellos «faístas» terminarían por dedicarse al estrangulamiento de la revolución proletaria, de la que los miembros del grupo «Nosotros» aparecíamos como adelantados. Todos ellos eran fugitivos de la clase obrera que, como periodistas, maestros racionalistas o escritores, habían logrado el milagro de eludir las restricciones que imponía el acuerdo de no tolerar la duración de más de un año en los cargos retribuidos. Disponían de mucho tiempo para conspirar contra el grupo «Nosotros», cuyos componentes tenían que repartir su vida entre el trabajo en la fábrica o el taller, el agobio de la asistencia a las reuniones, los mítines y las conferencias y la responsabilidad de los cuadros de defensa. A la larga, teníamos que ser dominados y eliminados. Ellos, los componentes de la pequeña clase media intelectual o burocrática, valiéndose del acuerdo del Congreso Nacional de 1931 por el que los dirigentes sindicales no podían aspirar, ni menos realizar, a una vida profesional en cargos de la Organización, estaban adquiriendo ventaja sobre nosotros, los anarcosindicalistas dedicados a la Organización y al trabajo. Eran mucho más peligrosos que los llamados treintistas; éstos se distanciaban ideológicamente, se proclamaban reformistas, a la luz pública, y no aparentaban ser «faístas» sin serlo. Los treintistas nunca dejaron de aspirar a una vida obrera ni renegaban de los derechos de los proletarios; sólo que se manifestaban porque fuesen logrados mediante etapas de superación. No así los falsos anarquistas y faístas que aparentando un radicalismo político, que no pasaba de ser radicalismo liberal, en materia social eran retrógrados como los magnates del Fomento del Trabajo Nacional, y de ninguna manera querían oír hablar de igualdad económica como aspiración central de la revolución social de la clase obrera.

Los miembros del grupo «Nosotros» no sentíamos gran preocupación viendo cómo las aguas sucias nos llegaban ya al cuello. Obreros manuales al fin, como tintoreros, camareros, ebanistas, seguiríamos en la misma rutina de militantes no profesionales. De ser eliminados, quién sabe si no saldríamos ganando; la eliminación y la separación de los puestos de responsabilidad entrañaría el fin de tener que ir periódicamente a la cárcel, el fin de las palizas que caían sobre nuestras espaldas. Nosotros casi siempre estábamos presos o perseguidos. En cambio, la mayor parte de la pléyade de lidercillos que aspiraban a sucedernos, ninguno de ellos estuvo nunca preso. A diferencia de los «treintistas», no podía decirse qué su cultivo del liberalismo radical se debiera en ellos al cansancio de las prisiones y de las persecuciones. Eran adversarios nuestros porque, burgueses a fin de cuentas, se conducían como contrarrevolucionanos.

 

Cuando salí en libertad, hice como si me fuera alejando de la primera línea de combate. Al efecto alegaba la necesidad -y en parte era verdad- que tenía de recobrarme de las palizas que me dieron y de la gran pérdida de sangre que sufrí en el calabozo de la Jefatura de Policía, donde durante treinta horas estuve perdiendo sangre por una herida en la cabeza, gracias a lo cual me salvé, según el médico que después me atendió, de una fiebre cerebral.

Tenía el propósito de meditar sobre la situación orgánica, tanto de la CNT como de la FAI, a la luz de la nueva coyuntura creada por los recientes hechos revolucionarios. Las izquierdas gubernamentales del republicanismo estaban sumidas en el descrédito por la enloquecida actuación de Azaña, y era obvio que las derechas se harían con una mayoría parlamentaria que las llevaría a gobernar. Y lo harían tan duramente que habría que prestar atenta vigilancia a las reacciones demagógicas de las izquierdas. Me decía que mi concepción del péndulo para impedir la consolidación de la República burguesa iba a entrar en una fase decisiva. Hacía un año se había producido en Sevilla la primera manifestación, cuando Sanjurjo se puso al frente de una sublevación de monarquizantes que fue aplastada por la enérgica actitud de los anarcosindicalistas de Andalucía, que con su huelga general desbarataron el tinglado de los monárquicos.

Ahora, me decía, las izquierdas tendrán que acudir a la sublevación. Y habría que estar prevenidos, para no ser arrastrados por ellas. Nosotros no debíamos hacer el juego insurreccional de nadie. Opinaba que los acontecimientos se producirían de manera que nos permitirían hacernos con la dirección revolucionaria en España.

¿Cuál era nuestra situación al respecto? La CNT en Barcelona, en Cataluña y en la mayor parte de España tenía confianza en la dirección que seguían los miembros del grupo «Nosotros». No dejaba de ser curioso que nuestra posición, por representar un sentir revolucionario predominantemente mayoritario, por la mecánica que regula cuanto está vivo, fuese fundamentalmente de centro. Nuestros extremos, o eran conservadores, como los treintistas, o resultaban contrarrevolucionarios, como los liberales radicalizados. Los treintistas se separaron de nosotros, creando una posición débilmente de izquierda al objetar la falta de capacidad revolucionaria de la clase obrera española. Pero no se declaraban contra la revolución auspiciada por nosotros, lo que equivalía a tener que considerarlos en una actitud revolucionaria errónea ¿Quiénes se encontraban, pues, a la derecha de la revolución social? Lamentablemente, había que situar en una posición de derecha contrarrevolucionaria a quienes se habían apoderado ya, muy cautamente, de los puestos de mando de la FAI, desde los que maniobraban para hacerse con los de la CNT. Esos elementos formaban nuestra derecha.

Me propuse observarlos detenidamente. Helos aquí en plena ejecución de sus tácticas. Constantemente se dedicaron a socavar el prestigio de Durruti, a quien sabían más apegado a su egolatría que a la solidaridad con sus compañeros de grupo. No carecían de sagacidad.

Durruti callaba, pero estaba intranquilo. «¿Tú crees -me dijo en cierta ocasión- que es justo que se me acuse de haber dado la espalda a la lucha en los hechos de enero? ¿Qué culpa tengo yo de que me dejasen en la estacada los compañeros de Sants y de Hospitalet? A mí, nada me ocurrió; y a ti, en cambio, te hicieron polvo a palos, es cierto. Pero quien ha salido ganando eres tú, que ya estás en libertad ¡y hecho un héroe! Porque fuiste una víctima involuntaria, a ti nadie te critica, mientras que a mí, que si Durruti esto, que si Durruti lo otro...»

Lo que le ocurría a Durruti hizo que entrase en crisis el grupo «Nosotros». Era un tanto que podían apuntarse los liberales radicalizados que nos disparaban desde los puestos de avanzada de la FAI. De tal manera nos afectaba la sensibilidad herida de Durruti que en bastante tiempo dejamos de reunirnos o como grupo, y hasta dejamos de asistir como tal a las reuniones periódicas de la FAI, en la que teníamos como delegado a Ascaso. Volvimos a reunirnos precisamente a petición de Durruti.

En la vida nacional, las elecciones a diputados al parlamento habían dado la victoria a las derechas republicanas. Las izquierdas no daban señales de quererse sublevar. Pero alguien, entre Madrid y Zaragoza, maniobró. En Zaragoza radicaba entonces el Comité Nacional de la CNT, y en Zaragoza también, dentro de la Organización, transitaban elementos muy politizados por los efluvios masonicorrepublicanos de Diego Martínez Barrio y por los de la tendencia sindicalista del pestañismo. Celebróse un Pleno Nacional de Regionales en el que se acordó ir a un movimiento revolucionario rara impedir que el poder fuese entregado a las derechas. El Comité Nacional fue el encargado de constituir un Comité Nacional Insurreccional y pidió la incorporación del compañero Cipriano Mera, de Madrid, y de Buenaventura Durruti, de Barcelona.

Se reunió el grupo. Dada la actitud final de Durruti, cabe suponer que había pensado en irse a Zaragoza sin siquiera comunicamos su decisión de aceptar el requerimiento del Comité Nacional. Todos fuimos contrarios al proyectado movimiento revolucionario, concretando:

1. Que debíamos considerar sospechosa toda tentativa insurreccional acordada a espaldas del grupo «Nosotros».

2. Que los motivos alegados para la insurrección -impedir la entrega del gobierno a las derechas- no tenían por qué afectar a los trabajadores de la CNT, porque si los derechistas triunfaron se debía a que por nuestra propaganda antielectoral los trabajadores no habían votado.

3. Que nuestra propugnada «gimnasia revolucionaria» alcanzaba solamente a la práctica insurreccional de la clase obrera al servicio del comunismo libertario, pero nunca para derribar ni colocar gobiernos burgueses, fuesen de derecha o de izquierda.

Con el voto en contra de Durruti fue acordada la posición del grupo «Nosotros», votando a favor «Valencia», Ortiz, Jover, Sanz, Aurelio, Ascaso y yo. Durruti se fue a Zaragoza a incorporarse al Comité Insurreccional Revolucionario. El movimiento que llevaron a cabo fue de escasa importancia y de nulos resultados. El Comité, que se conducía a la antigüita, dando órdenes desde el sótano de una casa, fue finalmente detenido, pasando sus componentes a la cárcel de Zaragoza sin pena ni gloria.

Cuando los integrantes del Comité Insurreccional fueron puestos en libertad, Durruti se encontró más criticado en Barcelona que después de enero. Nosotros no pudimos ayudarlo, porque Ascaso dio cuenta en las reuniones de la FAI de la posición del grupo y de la postura antigrupo adoptada por Durruti al aceptar un puesto en el Comité Insurreccional de Zaragoza.

Entre los miembros del grupo «Nosotros», Durruti tampoco era bien visto. Solamente Ascaso, que ejercía mucha influencia en él, le toleraba su propensión egocéntrica. Los demás opinábamos que pertenecer a un grupo de afinidad para terminar por hacer lo que a uno le viniese en gana, no resultaba coherente. Nuevamente adquiría importancia la disyuntiva de García Vivancos y Alfonso Miguel: no resultaba conveniente formar parte de un grupo al que perteneciese Durruti, por su carencia de espíritu colectivo.

Y como Durruti nunca se solidarizaba con los demás miembros del grupo, sin habernos puesto de acuerdo, ninguno de nosotros adoptó su defensa. Y las críticas contra Durruti, iniciadas después de enero por los liberales radicalizados de la FAI, basadas en su ausencia de los lugares de lucha, subieron de tono después del movimiento de diciembre en Zaragoza, por la ridícula actuación del Comité Insurreccional que no salió a la calle a combatir, y por su preocupación porque no gobernasen las derechas, dando a entender que el gobierno de las izquierdas era óptimo.

Al fin, tuve una entrevista muy seria con Durruti.

-Tú sabes que la preparación de lo del rey en París no tuvo ni pies ni cabeza. Era inevitable su fracaso. A mí no me dolería si su fracaso hubiese servido solamente para reivindicaros a ti y a Ascaso de vuestras andanzas por América. Pero la situación en que quedamos Aurelio y yo, colgados en mitad de la calle sin dinero y sin siquiera poder ir a nuestras fábricas a cobrar lo trabajado, no debía habértela perdonado. Sin embargo, pese al papelito que me hicisteis al regresar a España, adoptando ostensiblemente la posición pestañista, olvidé esto y lo otro al aproximaros Ascaso y tú con el deseo de reanudar, siquiera en contactos, la vida del grupo. Durante un tiempo marchamos bien, de lo que se benefició el movimiento revolucionario. Hasta enero, en que tuve que desplazarme de la barriada de Pueblo Nuevo a la de Sants Hospitalet para ver qué te había ocurrido, pues no dabais señales de vida. Debería apuntarte en la cuenta del debe las palizas que recibí en Burgos y en la Jefatura de Policía ¿Todavía te extraña el despego que sentimos por ti los del grupo? ¿Podemos nosotros solidarizamos contigo, que siempre te comportas como si trabajases por tu cuenta? ¿Hemos de seguir sintiendo por ti la reserva de que cuando te convenga prescindirás de las opiniones del grupo?

-Creo que tienes razón en todo lo que me has dicho. Y tienes razón en que os dejamos en la calle sin dinero para poder moveros. Lo habíamos hablado Paco y yo, y habíamos decidido proveeros de dinero aquel mismo día, el de nuestra detención. En lo de enero ¿quién sabe lo que ocurrió? Lo cierto es que ningún cuadro de compañeros acudió al sitio convenido, por lo que yo y Ascaso tuvimos que marchamos a dormir. En lo de Zaragoza, fui víctima de las circunstancias. La mayoría de compañeros del Comité no conocían las tácticas nuestras de «gimnasia revolucionaria» basadas en que los jefes van delante. Pero hablemos claro: ¿crees que después de los varios fracasos revolucionarios todavía podemos esperar ver la revolución?

-Nuestros fracasos, Durruti, no nos han alejado de la revolución; antes al contrario, nos han acercado a ella. Casi podría decirse que se siente como si estuviese al doblar la esquina. La revolución se producirá como resultado de un proceso de descomposición del republicanismo burgués. Primero fue la sanjurjada en Sevilla; después el 8 de enero, que sacó de sus casillas a los jacobinos del republicanismo con sus «tiros a la barriga», dejando a la república burguesa sin tierra en sus raíces; luego, con el diciembre vuestro de Zaragoza, movimiento republicanosindicalista, que al no impedir la marcha a las derechas, abre las puertas a otros movimientos más serios que podrán producirse, lo mismo de extrema derecha que de extrema izquierda. Tenemos que aglutinar nuestras fuerzas y tenerlas preparadas para dar el salto hacia nuestra revolución, no haciéndole nunca el juego a nadie. De una vez por todas, Durruti, hemos de convencernos y convencer a nuestros compañeros de que no tenemos nada de común con los políticos, tanto de izquierda como de derecha.

-Entonces ¿continuaremos juntos?

-Hemos de continuar juntos. Ante la mayoría de la clase trabajadora española, tú, Ascaso y yo aparecemos como los tres pies de un mismo banco. Creen en la revolución de que tanto les hemos hablado. De aquí a entonces hemos de continuar unidos.

 

El Congreso de Zaragoza

Al Congreso de Zaragoza de mayo de 1936 fuimos nombrados delegados por el Sindicato Fabril y Textil de Barcelona Juan Montserrat, que era su presidente, Francisco Ascaso y yo. Entre nosotros no surgieron discrepancias. Con la conformidad de mis dos compañeros de delegación, tomé parte en los asuntos de mayor importancia y para los que llevábamos mandato de la asamblea del sindicato: la unidad con los llamados Sindicatos de Oposición y el comunismo libertario. Ganamos en el primer asunto, al ser aprobada la fusión de los Sindicatos de Oposición con la CNT[23]. Perdimos en el segundo, al ser desechado el dictamen del Fabril y Textil al pasar a ser refundido con media docena de otros dictámenes presentados.

No por ello nos sentimos molestos. Los delegados que votaron contra nosotros se comportaron discretamente, como si quisieran damos a entender que así había sido siempre la CNT, en cuyos comicios no podían triunfar los dictámenes presentados por una unidad confederal. Había que plegarse a la costumbre que era elaborar en las comisiones dictaminadoras elegidas por los Congresos un dictamen nuevo, con las posiciones más opuestas contenidas en los varios dictámenes presentados. Había que evitar que un sindicato fuese considerado vencedor.

Los trabajos del Congreso, aparte del ridículo emplaste que se guisó sobre «interpretación confederal del comunismo libertario», fueron verdaderamente positivos, y se fue al potpourri de un dictamen que contenía un poco de todos.

Yo pertenecía a la comisión dictaminadora. Cuando me di cuenta de lo que se pasteleaba, me reservé el derecho de mantener como voto particular el dictamen del Sindicato Fabril y Textil. Y fue precisamente cuando defendí ante el Congreso, punto por punto, el contenido de nuestro dictamen-ponencia, en el momento de hablar del «Ejército Revolucionario», cuando el bueno e inconsecuente compañero Mera exclamó: «¡Que nos diga el compañero García Oliver de qué color querrá que sean los galones y entorchados!» Finalmente, la votación fue favorable al dictamen de conjunto. Para mí, ello no tenía mucha importancia, y todavía hoy me pregunto cómo se le ocurrió a Horacio Prieto, en tanto que Secretario del Comité Nacional, introducir en el temario a discutir en el Congreso el tema de «concepto confederal del comunismo libertario». Dados el tiempo y circunstancias políticas en que iba a celebrarse el Congreso, en vísperas de un esperado golpe de Estado militar ¿qué podía importar lo que se pensase sobre comunismo libertario? Al cabo, todos los ensayos que se hicieron durante la revolución fueron improvisaciones de franca orientación posibilista.

¿Qué pretendía Horacio? Ni él ni el Comité Nacional presentaban dictamen alguno. Cuando todo eran preparativos para hacer frente al golpe de Estado militar que se avecinaba, cuando en Barcelona día y noche no hacíamos otra cosa que contar y recontar los fusiles, pistolas y cartuchos de que disponíamos, la presentación del tema del comunismo libertario me recuerda a la diosa Discordia, hija de la Noche, cuando después de haberse apoderado de una manzana de oro del jardín de las Hespérides, fue al banquete de los dioses y, por no haber sido ella invitada, se presentó y dejándoles en la mesa la áurea manzana, se rió y desapareció. Sí ¿por qué presentar aquella materia que había de ser motivo de continuas y desgarradoras querellas entre tirios y troyanos? ¡Meternos en las honduras de querer perfilar una teoría sobre qué se entendía por comunismo libertario a esas alturas!

En cambio, fue francamente positivo el acuerdo de reunificación de la CNT y la reincorporación de los Sindicatos separados, que era fundamental desde el punto de vista de la estrategia revolucionaria. Este acuerdo, junto con el que recayó sobre proponerle a la UGT entrar a formar parte de una unidad de acción con la CNT, ponía de manifiesto la inteligencia revolucionaria del Congreso, pese a quienes estaban poseídos de un sentido contrarrevolucionario, que no eran precisamente los «treintistas», sino los Abad de Santillán, Carbó, Federica y otros. De la misma manera que hice todo lo posible por reunificar a la CNT, para que pudiera ofrecer un frente compacto en las luchas inevitables que se avecinaban, con la propuesta de hacer una unidad de acción entre la CNT y la UGT tendía a crear una plataforma suficientemente amplia donde cupieran todos los trabajadores españoles.


[14] [NDE]. Véanse las páginas 76 y siguientes.
[15] [NDE]. Sobre los grupos «Los Solidarios» y «Nosotros», véanse las páginas 92-98, 125-128, 133-136, 161-164, 188-189, 190-191 Y 629-633.
[16] [NDE]. Véanse las páginas 115 y siguientes.
[17] [NDE]. Sobre los grupos «Los Solidarios» y «Nosotros», véanse las páginas 92-98, 125-128, 133-136, 161-164, 188-189, 190-191 Y 629-633.
[18] [NDE]. Reproducimos a continuación una entrevista que el autor concedió a Eduardo de Guzmán y que fue publicada en el diario La Tierra (Madrid, 3 de octubre de 1931).
«[...] La razón de los ataques a la FAI escapa a los que no viven en nuestros medios. La causa de la indignación que contra nosotros sienten los firmantes del manifiesto, es que los grupos anarquistas han sacudido la tutela que en ciertas épocas llegaron a conseguir sentar. La pugna, en realidad, no es de hoy. Se inició en 1923, cuando los anarquistas vieron que tanto Pestaña como Peiró y la mayor parte de los firmantes del manifiesto no tenían la capacidad necesaria para afrontar los difíciles momentos que vivía España, en cuyo ambiente se respiraba la posibilidad de una dictadura militar. En un Congreso llegamos a señalar que antes de tres meses se daría el golpe de Estado con carácter absolutista, y en efecto y por desgracia se implantó la Dictadura, confirmando nuestros temores.
Esto, la mala dirección de la huelga de transportes y la incapacidad manifiesta para hallar solución al problema del terrorismo, llevó a los anarquistas a iniciar un movimiento que si bien no tendía al desglose de la CNT, quería conseguir de este organismo que diera una solución revolucionaria a los problemas que España tenía planteados.
Los anarquistas se distanciaron entonces, no de la Confederación -por cuanto siempre han sido los elementos más activos de la misma-, sino de los hombres que como Pestaña, Peiró, etc. influenciaban la organización en un sentido fuera de la realidad.
Hoy pasa igual que entonces. Hace unos meses Pestaña y Peiró interpretaban la realidad republicana de España en el sentido de creer eficaz el Parlamento en materia de legislación social; los anarquistas, en cambio, convencidos de que la caída de la Dictadura se produjo, no por presión de los partidos políticos, sino porque la economía española había alcanzado su máxima elasticidad, discrepábamos de ellos, afirmando que los problemas sociales podrían encontrar solución en un movimiento revolucionario que, al par que destruya las instituciones burguesas, transformara la economía.
Sin precisar fecha -prosigue Oliver- nosotros propugnamos el hecho revolucionario, despreocupándonos de si estamos o no preparados para hacer la revolución e implantar el comunismo libertario, por cuanto entendemos que el problema revolucionario no es de preparación y sí de voluntad, de quererlo hacer, cuando circunstancias de descomposición social como las que atraviesa España abonan toda tentativa de revolución.
Sin despreciar del todo la preparación revolucionaria, nosotros la relegamos a segundo término, porque después del hecho mussolinesco italiano y la experiencia fascista –Hitler- de Alemania queda demostrado que toda ostensible preparación y propaganda del hecho revolucionario crea paralelamente la preparación y el hecho fascista.
Antiguamente se aceptaba por todos los revolucionarios que la revolución, cuando llama a las puertas de un pueblo, triunfa fatalmente, quieran o no los elementos contrarios al régimen imperante. Esto podía creerse hasta el triunfo fascista en Italia, ya que hasta entonces la burguesía creía que su último reducto era el Estado democrático. Pero después del golpe de Estado de Mussolini el capitalismo está convencido de que cuando el Estado democrático fracasa puede encontrar en su organización fuerzas para derrocar al liberalismo y aplastar el movimiento revolucionario.
 
La FAI ha sido tachada por los firmantes del manifiesto de aspirar a realizar una revolución de tipo marxista, confundiendo lamentablemente la técnica revolucionaria -que es igual en todos aquellos que se proponen hacer un movimiento- con los principios básicos -tan dispares- del anarquismo y del marxismo. La FAI, en el momento que vive España, representa el fermento revolucionario, el elemento de descomposición social que necesita nuestro país para llegar a la revolución.
En el orden ideológico, la FAI, que es la exaltación del anarquismo, aspira a la realización del comunismo libertario. Y tanto es así, que si después de hecha la revolución en España se implantase un régimen parecido al de Rusia o al sindicalismo dictatorial que preconizan Peiró, Arín y Piñón, la FAI entraría inmediatamente en lucha con esos tipos de sociedad, no para hundirlos en un sentido reaccionario, sino para conseguir de ellos la superación necesaria para implantar el comunismo libertario.
[...] A nosotros no nos gusta prejuzgar sobre incidencias posibles o no del hecho revolucionario, pues entendemos que quienes se valen de hipótesis para sentar teorías dictatoriales no hacen otra cosa que poner de manifiesto las reservas que en el orden ideológico tuvieron siempre.
Un hecho revolucionario es siempre violento. Pero la dictadura del proletariado tal como la entienden los comunistas y los sindicalistas firmantes del manifiesto, no tiene nada que ver con el hecho violento de la revolución, sino que, en resumidas cuentas, se trata de erigir la violencia en una forma práctica de gobierno. Esta dictadura crea, natural y forzosamente, clases y privilegios. Y como precisamente contra esos privilegios y clases se ha hecho la revolución, el movimiento ha sido inútil. Y es preciso empezar de nuevo. La dictadura del proletariado esteriliza la revolución y es una pérdida de tiempo y energías.
La FAI, en sus aspiraciones revolucionarias, no quiere tener en cuenta la revolución rusa. Queremos hacer una revolución de verdad, y esto es el hecho violento que destroza la costra de los pueblos y pone a flote los valores auténticos de una sociedad. Por eso no prejuzgamos el futuro revolucionario español. De hacerlo, tendríamos que afirmar que el comunismo libertario es posible en España, ya que nuestro pueblo es, en potencia, anarquista, aun cuando carece de ideología.
No hay que olvidar, además, que España y Rusia están situadas en los dos extremos de Europa. Entre ambos países no sólo deben haber diferencias geográficas, sino también sicológicas. Y esto queremos comprobarlo nosotros, haciendo una revolución que no tenga ningún parecido con la rusa.
 
[...] Los firmantes del manifiesto no han creído nunca en la posibilidad de la revolución española. Han hecho propaganda revolucionaria en épocas lejanas, pero hoy, cuando ha llegado el momento, se ha quebrado en ellos la ficción que mantenían.
No obstante, los firmantes del manifiesto, al percatarse de que habían sido arrollados por los acontecimientos, hacen ahora afirmaciones revolucionarias, remitiendo la realización del hecho revolucionario a fechas completamente absurdas de dos y más años, como si eso fuera posible ante la crisis general que la economía burguesa está atravesando. Además, dentro de dos años la revolución sería innecesaria para los trabajadores, porque entre Maura, Galarza y el hambre no dejarán un solo obrero vivo, sin contar con que para aquella fecha, si algún trabajador quedara, estaría oprimido por una dictadura militar, monárquica o republicana, que fatalmente se producirá visto el fracaso del Parlamento Español.
 
[...] La CNT no necesita perder tiempo en preparar el hecho revolucionario en sus dos aspectos de organización destructiva primero y constructiva después. En la vida colectiva de España la CNT es lo único sólido existente, pues en un país en que todo está pulverizado, ella representa una realidad nacional que todos los elementos políticos juntos no podrían rebasar. En el orden constructivo revolucionario la CNT no debe aplazar con ningún pretexto la revolución social, porque todo lo que se puede preparar está ya hecho. Nadie supondrá que después de la revolución las fábricas tengan que funcionar al revés, como tampoco se pretenderá que los campesinos labren cogiendo la esteva con los pies.
Después del hecho revolucionario, todos los trabajadores tienen que hacer lo mismo que el día anterior al movimiento. Una revolución viene a significar, en el fondo, un nuevo concepto del derecho o hacer eficaz el derecho mismo. Después de la revolución los obreros deben tener derecho a vivir según sean sus necesidades, y la sociedad a darles satisfacción de acuerdo con sus posibilidades económicas.
Para esto no se precisa ninguna preparación. Únicamente se requiere que los revolucionarios de hoy sean sinceros defensores de la clase trabajadora y no pretendan erigirse en tiranuelos, so capa de una dictadura más o menos proletaria.»
[19] [NDE]. Sobre la 1ucha ideológica de este periodo véanse, en los apéndices de esta parte, algunos de los artículos y resúmenes de conferencias de Juan García Oliver, publicados o pronunciadas en esta época; páginas 140-152.
[20] [NDE]. Los esfuerzos realizados para hallar un ejemplar de dicho folleto han resultado vanos hasta hoy.
[21] [NDE]. Véase la página 609.
[22] [NDA]. Y añadía Jiménez: «He de confesar, ahora, cuán desacertada y nociva había de ser la actitud de los enemigos de García Oliver y de su grupo, pues debo confesar que en el exilio y con la calma suficiente que proporciona la lejanía del medio geográfico en que nos desenvolvíamos, fruto de un riguroso análisis que he realizado de las actitudes y posiciones adoptadas por García Oliver, las encuentro justas y acertadas, propias de un compañero que demostró poseer una capacidad muy por encima de la que teníamos todos sus adversarios».
[23] [NDE]. La intervención del autor sobre este asunto, en la quinta sesión del Congreso, según la transcripción dada por Solidaridad Obrera, fue la siguiente:
«Fabril y Textil de Barcelona: Glosaremos los acuerdos de nuestro Sindicato. Aparecemos en este pleito que se ventila entre la CNT y los Sindicatos de Oposición en circunstancias especialísimas. Fue Fabril y Textil de Barcelona el Sindicato torpedero cuando estallaron las luchas entre oposición y revolución. Y fuimos nosotros, personalmente, los más implacables torpedeadores. Al venir a defender en este Congreso el punto de vista de que debe terminar el pleito de la escisión confederal no hemos perdido el mínimo grado de nuestro carácter. Por el anarquismo y por la revolución mantenemos hoy esta otra. Para solucionar el problema de una vez hubiera convenido que estuviesen representados todos los Sindicatos de Oposición. Lógicamente a este Congreso debieron de apelar contra el decreto que les apartó de la CNT. Exactamente como se hace individualmente en los Sindicatos cuando alguien se siente injustamente apartado. El pleito se hubiera resuelto por formas orgánicas y perfectamente confederales. Tenemos, no obstante, que procurar que ninguna circunstancia entorpezca el propósito de restablecer sobre bases firmísimas la unidad confederal.
Para ello es indispensable sentar las causas de este proceso diciendo la verdad sin- eufemismos. Hay una verdad de fondo y a ella vamos a referimos. En 1931, a propósito del cambio de régimen político que se produjo en España, surgieron a flote dos tendencias que bullían en el fondo de nuestras conciencias desde mucho antes. La escisión estaba de antemano determinada por las divergencias sobre la forma de encarar la realidad de entonces.
En 1931 había a favor del proletariado, a favor de nuestra revolución libertaria, circunstancias favorables a un trastocamiento de la sociedad como después ya no se han repetido. El régimen estaba sumido en la mayor descomposición; debilidad del Estado que aún no se había consolidado adueñándose de los resortes del mando; un ejército relajado por la indisciplina; una guardia civil menos numerosa; fuerzas de orden público peor organizadas y una burocracia medrosa. Era el momento propicio para nuestra revolución. El anarquismo tenía derecho a realizarla, a imponer un régimen propio de convivencia libertaria. El socialismo no había alcanzado su prestigio revolucionario con que hoy intenta rodearse. Era un partido vacilante de corte burgués. Decíamos nosotros interpretando aquella realidad: Cuanto más nos alejamos del 14 de abril, tanto más nos alejamos de nuestra revolución, porque damos al Estado el tiempo para reponerse y organizar la contrarrevolución.
Decían los de la Oposición: cuanto más nos separamos del 14 de abril tanto mejor nos habremos organizado y equipado para el combate decisivo. Ayer afirmamos que se podía hacer la revolución y señalamos las causas que posibilitaban nuestra victoria, la victoria del comunismo libertario. Hoy decimos también, como en 1931, que se puede hacer la revolución. Pero entonces la única fuerza era la CNT. Entonces existían superiores circunstancias de orden revolucionario que después no se han reproducido. Hoy hay un Estado fuerte, fuerzas disciplinadas, burguesía arrogante, etc. Y aunque la revolución es posible y tenemos en ella confianza, ya no es lo mismo que durante el periodo que vivimos en 1931.
Entonces la única fuerza revolucionaria era la CNT. Había por lo tanto más circunstancias de orden revolucionario específicamente comunista libertario. Hoy la revolución se divide con otras fuerzas y en este mismo Congreso tenemos que estudiar la posibilidad de una acción conjunta con la UGT ¿Para qué fijarse en lo que ocurrió? Ellos nos difamaron y nosotros también los difamamos (Fuertes rumores. El orador grita entonces con energía:) ¡Hay que decir la verdad! En la lucha no nos perdonamos.
Tenemos que buscar la revolución uniéndonos a los más afines, a los que están más cerca de nosotros en la táctica y en el pensamiento. Hay discrepancias superfluas. Las de fondo ya las hemos analizado. No es motivo serio crear una escisión sobre el problema de las representaciones. Una organización como la nuestra es un aluvión al que afluyen constantemente riadas de elementos nuevos. Como no hay historia escrita, los que llegan estiman cuerdo pasar por encima de las resoluciones que muchas veces ni conocen.
En lo sucesivo hay que crear la democracia obrera. Se puede mantener con energía la necesidad de que se cumplan los acuerdos pero no hacer de este incumplimiento un motivo de división. Las cuestiones personales tampoco pueden ser un motivo para crear separaciones profundas. No hay perfección entre los humanos. ¿Quién no ha sido alguna vez escarnecido en el trabajo, en el sindicato, en el propio hogar? No se puede escindir una organización por eso. Se debe trabajar desde dentro por que no prospere esa planta dañina. El voto proporcional tampoco es motivo de división. Durante el proceso que culminó en la escisión se quiso vencer a toda. costa. Vencer obteniendo ventajas unos y otros. Otra cuestión que también se alega, pero que tampoco es motivo, es la de la trabazón. Lo que piensan los Sindicatos de Oposición sobre esto lo piensan también muchos dentro de la CNT y no se separaron de ella por eso. El propio sindicato que represento propondrá un nuevo sistema de estructuración a los Comités Pro Presos por Sindicato. No ha habido supeditación de la CNT a la FAI sino al contrario. Los grupos anarquistas han servido a la CNT de instrumento en sus luchas. Pero ingerencia no existe ¿Se puede hacer caballo de batalla de un hecho cuando hoy se propugna por la alianza con los socialistas que representan al fin de cuentas un pensamiento divergente? Problemas de interpretación de doctrinas, de mayorías y minorías. Ya lo dijo Juan López. La CNT aspiraba ayer y hoya lo mismo. Pero lo que ayer era un deseo hoy tiene posibilidades de realización. [...]
Esto no es problema de discusión. Nosotros ponemos mano a la estructuración del comunismo libertario. Pero esta concreción importantísima no puede ser otra cosa que la captación de la mayor suma posible de aspiraciones manifestadas en el seno de la CNT. Porque sería una petulancia imponer criterios parciales de grupo por encima de los del conjunto.
Dos intentos revolucionarios ha realizado la CNT: 8 de enero y 8 de diciembre. Con ellos hemos desbrozado considerablemente el camino. El primero de estos movimientos pulverizó completamente a las izquierdas después del crimen de Casas Viejas. Lanzó a las masas y al propio socialismo por la vía revolucionaria. Lo removió todo. Desenmascaró el ilusionismo político. Fracasamos en estos dos intentos, es cierto. Pero estos fracasos nos demuestran que por primera vez la CNT emprende luchas nacionales de vasta perspectiva. Sabemos que la CNT fue siempre hasta entonces una organización absorbida por las luchas gremiales contra el patronato. En el mundo se ignoraba qué era la CNT. Pero ahora se nos conoce en todos los países, representamos la esperanza mundial de una sociedad comunista libertaria. Hemos dado una bandera y un símbolo reivindicador a la clase obrera.
La CNT tenía un solo diario de cuatro páginas. Después ha salido otro diario en Madrid y Solidaridad Obrera de Barcelona ha crecido primero a seis páginas, después a ocho y dentro de unos días a doce. Esta es, camaradas de la oposición, la CNT que encontráis al volver a ella. El problema de la escisión debe quedar zanjado en este Congreso. Necesitamos nuestras fuerzas sólidamente unidas para la acción revolucionaria en pro de nuestro programa.
Dije antes que durante la pugna entre Oposición y CNT empleamos todas las armas para vencer. Pero sólo en el orden individual. En lo colectivo fuimos profundamente leales. Al principio fuimos vencidos. Cuando quisimos imponer para Solidaridad Obrera directores de nuestra preferencia apenas obtuvimos unos votos. Pero no declaramos ninguna escisión. Seguimos luchando con ardor. Y fuimos al Congreso de 1931. También allí fuimos vencidos, pero ya no fuimos derrotados en las votaciones; teníamos ya una fuerza. Fuimos después al Pleno de la calle de Cabañas, vencimos esta vez y a los cuatro días aparece el manifiesto de «Los Treinta».
Camaradas de la Oposición: las minorías vencen siempre cuando tienen razón. Que aprendan todos de nosotros, que luchen todos para conquistar la mayoría como nosotros luchamos. El que teniendo la razón de su parte no triunfa es porque no pone pasión en la propaganda de sus puntos de vista. A luchar, a vencer, pero que los acuerdos que recaigan en los comicios de la Organización sean respetados por todos. Que su acatamiento sea una norma. Pero todos dentro de la Confederación».

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