1 El anarcosindicalismo en la calle

(continuación)

Guerra social

El asesinato de Salvador Seguí desató la tormenta en las calles de Barcelona, en Manresa, en Valencia, en León, en Zaragoza.

Los que formaban en tomo a Seguí un núcleo que pretendía ser de superhombres, como si hubieran oído la lamentación de Irenófilo Diarot -«Esto es el fin de todo»-, se alejaron de la Organización. De ser cierto que tanto querían a Seguí, no lo habrían hecho, porque, en aquellos momentos, Seguí y la Organización eran una misma cosa. En cambio, la Organización no fue abandonada por aquellos a quienes los reformistas sedicentes amigos de Seguí adjetivaban de «irresponsables». Los «irresponsables» pasaron a ser los únicos responsables de la Organización: los hombres de acción, obreros anónimos, militantes ejemplares que daban siempre la cara, en los comités de fábrica, en las secciones, en los sindicatos.

El enemigo, la patronal, los libreños, las autoridades, sabían bien que quienes quedaban eran los mejores, élites de una lenta selección de años. Caían a racimos a diario: Canela, Salvadoret, Albaricias, Archs, Pey y tantos otros.

¿Cómo parar aquel alud de asesinatos de los mejores militantes del sindicalismo revolucionario?

Las acciones justicieras y vindicativas se iniciaron con la audacia de quienes no estaban dispuestos a desaparecer ni a caer de rodillas. Primero fue en la calle Puertaferrisa, de Barcelona, sede principal del requeté catalán. Los anarcosindicalistas -hecha ya la fusión de Bandera Roja y Bandera Negra‑[7] irrumpieron disparando sus pistolas y dejando un reguero de muertos. En Manresa, en un enfrentamiento entre compañeros y los jefes de los sindicatos libres, resultaron cuatro de éstos gravemente heridos. En Valencia, el ex gobernador de Barcelona Maestre Laborda sucumbió a un atentado. En León, al ex gobernador de Bilbao, Regueral, le ocurrió lo mismo. E idéntico fin tuvo el cardenal Soldevila, en Zaragoza.

En la calle, la reacción retrocedió despavorida. Ya no eran los anarcosindicalistas los que abandonaban la Organización y se aprestaban a doblar las rodillas. Nunca como entonces se perfilaron en la militancia los verdaderos lineamientos de la revolución social. Se vivía y se trabajaba por y para ella, febrilmente. Por primera vez se planteó el dilema: «El terrorismo no conduce a la revolución. El terrorismo, al ser válvula de escape de la ira popular, impide la explosión revolucionaria». «Defenderse, sí; pero acelerando el proceso de preparación revolucionaria». «Ya no somos anarquistas y sindicalistas que marchan por caminos opuestos. Ahora, y en adelante, anarcosindicalismo.»

La reacción española nos llevaba ventaja. Esta vez nos ganaría. La partida se jugaba entre tres: los liberales masones, que impusieron a Portela Valladares como gobernador civil de Barcelona, para ver de contener, aunque fuese en duelo pues que se le tenía por gran espadachín, al capitán general Miguel Primo de Rivera. Este, junto con Francesc Cambó, marchaba apresuradamente hacia el golpe de Estado. Y nosotros, los anarcosindicalistas.

Un mes antes del golpe de Estado, lo más selecto de la militancia anarcosindicalista de Barcelona había sido detenido, con procesamientos por delitos imaginarios[8].

En aquella ocasión ganaron. ¿ Sería siempre el ganador el ejército?
 

Mi proceso se instruía en Manresa. Éramos tres los encausados: Roigé, Figueras y yo. En el incidente del café Alhambra habían resultado heridos cuatro individuos: el secretario general de los sindicatos libres y su tesorero general y dos pistoleros guardaespaldas. El fiscal, civil pero hechura de la dictadura militar, calificó los hechos de asesinato en grado de frustración, pidiendo para cada uno de nosotros la pena de 12 años y un día. La defensa, encomendada a Eduardo Barriobero, presentó lo ocurrido como una pelea, alegando que después del tumulto solo aparecíamos nosotros detenidos' y procesados y que, en consecuencia, lo procedente era declarar nulo el proceso y promoverlo de nuevo, procesando a todos, heridos y heridores, incursos en el mismo delito de riña tumultuaria. Eso, o nuestra absolución.

El tribunal, ateniéndose a los principio jurídicos alegados por nuestro abogado, desechó la calificación fiscal y condenó en grado mínimo a cada uno de los cuatro heridos, a un año y un día a Figueras y a mí y absolvió a Roigé. Francisco Ascaso no figuraba en el proceso[9].

Ya por entonces, el general Martínez Anido ocupaba el ministerio de la Gobernación del gobierno dictatorial de Primo de Rivera. A extinguir la condena fuimos llevados Figueras y yo al penal de Burgos. En él, los presos eran matados a palos. De hacerlo se encargaban noventa cabos de vara, reclutados entre lo peor que entraba en la prisión. La selección consistía en elegir entre los chivatos recomendados por los directores de las cárceles de origen, los soplones de la policía, los elementos que eran transferidos al penal para no salir nunca, los gitanos andarríos que instintivamente odiaban a los no gitanos, a los «payos».

El Cuerpo de Prisiones estaba magníficamente representado, desde el director, Anastasio Martín Nieto, al administrador, Raimundo Espinosa, pasando por el jefe de servicios, don Juan «El Gallego».

La disciplina impuesta en el penal de Burgos era mitad de palo y mitad de extorsión. Del palo se encargaban los noventa cabos de vara. Los presos eran recibidos a punta de vara y de la misma manera eran conducidos a la celda. Terminado el período de celda -que consistía en brutales apaleamientos diarios-, cuya duración dependía del humor del director, el preso era transferido al llamado departamento de higiene, que se encargaba de la limpieza del interior de la prisión, efectuada durante un sincronizado apaleamiento de los penados, colocados en filas de seis. Detrás de cada fila, los cabos de vara golpeaban sin cesar las espaldas de los presos agachados. Los que caían reventados eran recogidos y llevados a la enfermería, donde generalmente fallecían. El médico de la prisión certificaba fallecimiento, por congestión o ataque cardíaco casi siempre. Nunca por apaleamiento.

A punta de vara, pues, fuimos llevados Figueras y yo al departamento de Celdas. Nunca había sido tratado así. Habían sido reunidos todos los cabos de vara de celdas. Nos hicieron correr por un pasillo, para darse el gusto de apalearnos. A los primeros golpes, di un puñetazo al cabo que tenía más cerca de mí, quien cayó al suelo. Bramando de rabia gritó: «¡Hijo de puta! ¡Ahora .; verás!» Y se dedicó a darme varazos en los brazos. Le di otro puñetazo y volvió a caer al suelo.

Se armó un griterío enorme y apareció el oficial encargado de celdas:

-Manada de cabrones, ¿ qué pasa aquí?

-Este hijo de puta que se volvió a puñetazos contra nosotros.

-Pues se acabó la fiesta. Llevad a esos dos a sus celdas y que no sé les dé ni un palo más hasta nueva orden.

En la celda, el jergón era sacado por la mañana y traído por la tarde. Los cabos de vara abrían una a una las celdas y hacían llevar el jergón a una celda vacía al efecto; ellos estaban convenientemente apostados para descargar sus varas sobre las costillas del preso que iba a dejar el jergón.

Los pasillos de celdas estaban cubiertos de tablas de madera de pino. Los presos eran sacados de las celdas a diario y obligados a pulir las duelas con un trozo de manta vieja, Así estaban siempre con brillo. Para cambiar de rutina, las duelas de madera eran fregadas con tierra yagua, por lo que perdían el brillo. Era una gracia de los oficiales de celdas y de los cabos de vara, pues para que recuperaran el brillo de antes tenían que echar el bofe los presos durante días.

Una vez cada quince días el cura del penal giraba visita a los presos en celdas. Era gordísimo y no alto, se apoyaba en un bastón y se tocaba con un bonete. Siempre preguntaba lo mismo:

-¿Cómo te encuentras?

-No muy bien, señor cura. Quisiera que me llevasen a la enfermería.

-Eso es cosa del médico. Apúntate para la visita del médico.

-Tengo hambre, señor cura.

-Eso es cosa del señor administrador. Yo solamente doy auxilios espirituales...

-¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien?

-Sí, estoy bien, pero me encuentro muy débil de tanto fregar el piso.

-No te quejes. El trabajo es sano. Debes procurar no masturbarte, porque eso sí que debilita y el semen va al suelo, convirtiéndose en polvo y el polvo quién sabe adónde va a parar...
 

El período celular debía tener una duración proporcional a la condena de cada preso. Pero en Burgos dependía del humor del director la data, que era como se llamaba al día de salida del período celular. Los presos esperaban la data con frenesí para perder de vista a aquella banda de facinerosos, cabos de vara y oficiales. Las palizas de mañana y tarde, las trapeadas a los pisos de madera, la soledad y la asquerosa compañía de los ratones, la oscuridad y el mal olor de aquellas celdas sin ventana, deberían bastar para que un solo día equivaliera a un año de condena. Pero sólo valía un día.

Se salía de celdas para ir a parar al departamento de higiene: otro infierno. Cuando Figueras y yo pasamos a higiene, el cabo de vara jefe era un gitano vasco llamado Echevarría, de casi dos metros de altura, con espaldas de cargador de muelle. Echevarría tenía tres varas, cuyo diámetro iba en crescendo desde la pulgada a las tres pulgadas. Los cabos de vara sabían a qué atenerse en materia de intensidad de las palizas. Echevarría, antes de empezar la limpieza, iba a la Ayudantía a recibir instrucciones.

Todo dependía del ayudante de servicio. Si había tenido un disgusto con su mujer, si perdió la partida de chamelo o si el director le había gruñido, la orden era de pegar fuerte y sin parar. Entonces, Echevarría cogía la vara gorda y los cabos de vara en función de limpieza quedaban advertidos de que había que pegar hasta cansarse.

Ninguna mula de carga soportaría tantos palos en las costillas. ¡Lo queaguanta el ser humano!

Los que lograban sobrevivir a las palizas y a la fatiga, también esperaban su data, esta vez para dejar Higiene y salir a la vida común de los patios.

La permanencia de Figueras y mía en Celdas no fue larga. Nuestras condenas eran cortas y había ocurrido algo que contribuyó a que nuestra estancia en el penal se viese suavizada: Martínez Anido pretendía crear en torno mío un estado de alarma, pensando que la dirección del penal, dada su siniestra fama, para no tener que estar siempre pendiente de mí, optaría por acortar mi condena por el fácil camino de la muerte a garrotazos. Con nuestras personas le llegaron a don Juan «El Gallego» dos expedientes, uno del tribunal sentenciador sobre los dos condenados y otro del ministerio de la Gobernación sobre mí. «El Gallego», jefe de servicios, era feroz y muy zorro. Leyó con detenimiento el informe de Martínez Anido y calculó que mi peligrosidad estaba en lo que pudiesen hacer «Los Solidarios», de cuyas andanzas se ocuparon los periódicos. Y tomó dos decisiones: ordenar a Celdas que no nos pegasen bajo ningún pretexto y pasar los expedientes al director para que él o la junta disciplinaria decidiesen qué hacer conmigo. Así se lavaba las manos y largaba el paquete al director. Este, que era más zorro aún que «El Gallego», reunió la junta disciplinaria y le planteó el caso. Tomaron, según me informó el escribiente de Ayudantía, la decisión de vigilarme estrechamente, hacer breve nuestra estancia en Celdas y separarnos de las líneas de fuego durante la limpieza, evitando en lo posible que nos golpeasen.

Cuando pasamos al patio, Figueras y yo fuimos separados. El a una brigada dormitorio y yo a otra; él al taller de alpargatas y yo al de la palma. Me enteré entonces de que no había ningún otro preso social o político. Pero al poco tiempo llegó un compañero joven de Madrid, con una condena ligera. Se llamaba Santamaría y tenía bastante de poeta. Me. enteré de que era preso social, perteneciente a la Regional del Centro, por habérmelo advertido un cabo de vara llamado «Maceo», que había sido muy revoltoso en otros penales y que me respetaba, por lo que sobre mí corría de boca en boca en el penal; de mí hablaban los oficiales a los cabos de confianza y a los soplones, y ellos lo difundían; se me consideraba el jefe de los anarquistas catalanes, los de la «venganza catalana».

Salió al patio el compañero Santamaría y solicitó pasar a la escuela-biblioteca como ayudante del maestro.

Santamaría era listo. Por él me enteré de que el maestro, don César, podía proponer en cada reunión de la junta disciplinaria a un preso para la promoción de libertades condicionales, y que invariablemente proponía siempre al mejor lector, cuantitativa y cualitativamente, de los libros de la biblioteca.

Desde mi llegada fui un asiduo lector de la biblioteca[10].

Figueras eludía pasar a la escuela a leer. Siempre me alegaba que le producía dolor de cabeza hacerlo. Entonces. ignoraba yo que efectivamente cuando. se es corto de vista la lectura sin lentes produce dolor de cabeza. Y él tampoco lo sabía y no utilizaba lentes.

Al poco tiempo salió en libertad condicional Santamaría, propuesto seguramente por el maestro. Durante algún tiempo Figueras y yo volvimos a ser los únicos presos sociales, hasta que un día, al cruzar el claustro en el momento de la limpieza, me pareció que uno de los de la línea de fuego me era conocido.

Al terminar la limpia me dirigí a Echevarría. Iba dispuesto a ser duro.

-Oye, Echevarría. Me ha parecido ver en la línea de fuego a un amigo mío ¿Aquel bajito y delgadito no se llama Vicente Martínez?

-Mira, no me metas en líos. Sí, se llama Vicente Martínez, y está en la línea de fuego por orden del ayudante jefe. Su hoja es de muy mala conducta.

-Bueno, pero tú puedes hacer de más y de menos ¿Por qué no lo quitas del baldeo y lo pones a recoger papeles?

-¿Quieres que don Juan me envíe a celdas a punta de vara?

-No exageres. Seguro que lo harías si se tratase de un caló ¿verdad?

-Depende, depende. Pero en este caso, no puedo. Así se hunda el cielo.

-No, el cielo no se hundirá, pero, ¿qué puede ocurrirle a un gitano cuando ande con sus churumbeles por los barrancos?

-Mira... No me amenaces. Yo sé, yo sé que tú, en la calle... En fin, tú me entiendes. Pero no, no puedo.

-Está bien, Echevarría. Toma estas cinco pesetas y que los vasos de vino que te tomes a mi salud te hagan provecho.

Al día siguiente, Vicente Martínez «Artal», ya no fue a la línea de fuego. Muy campante andaba recogiendo papeles con el cesto. Cuando salió al patio, pedí que lo enviasen al taller de palma. El día que me pusieron en libertad, al despedirme de él le dije:

-Mira, Artal, ¿ sabes cuál es el mejor camino para lograr la libertad condicional? La mención honorífica de buen lector. Y más efectivo todavía si te colocas de ayudante del maestro.
 

En el taller de la palma llegué a ser el maestro primero. De lo que ganaba en el trabajo, se me hacía una deducción que iba a un fondo de ahorro, que se percibía a la salida en libertad.

¿Pasatiempos? Dos: dar de comer migas de pan a las palomas y acudir a la biblioteca a leer. La biblioteca estaba bien surtida y excelentemente organizada. En el muro del claustro -el penal había sido convento- existía un índice general de todos los libros de la biblioteca. Cada tres mesas aparecía el nombre del mejor lector, selección que se hacía por la cantidad de libros que se habían leído así como por la calidad de la lectura.

Cuando llegué a las tres cuartas partes de condena, el maestro, según su costumbre, propuso se me concediera la libertad condicional. Fue aprobada por la junta disciplinaria de la prisión y también la aprobó la Dirección General de Prisiones.

Se me puso en libertad. Bueno, es un decir. Ya en la puerta de la calle -¡otra vez!- se hizo cargo de. mí una pareja de guardias de seguridad que me condujeron a la prisión provincial en calidad de preso gubernativo a disposición del ministro de la. Gobernación.

Resultaba absurda mi detención gubernativa encontrándome en libertad condicional. El director de la prisión provincial, que no salía de su asombro ante la contradicción, comprendió el fondo político que mi situación tenía y tuvo el acierto de mantenerme preso en una pieza anexa a las oficinas, separado totalmente de los presos comunes.

¿Qué hacer? Me decidí a telegrafiar a mi familia en Reus, comunicándoles mi situación. Mi familia fue a ver al viejo Carbonell, quien cambió impresiones con los compañeros de la localidad. Entre ellos se encontraba uno llamado Caixal, camarero que trabajó en Barcelona de todo, hasta de enterrador, junto con Callejas, cuando la bohemia revolucionaria de ambos los empujaba a buscar algo de que comer. Caixal tenía relación con un abogado de Tarragona llamado Cañellas, consejero de la señora Baldrich, residente en Constantí, donde vivía en compañía de una hija y en contacto con un hijo, el dibujante Baldrich. Era la esposa del general Martínez Anido, de quien vivía separada. Tanto el hijo como la hija, considerándose desligados del monstruo llamado Severiano Martínez Anido, no utilizaban el apellido paterno y vivían como escudados tras el materno de Baldrich. Caixal visitó a Cañellas y éste se puso al habla con Martínez Anido, haciéndole presente que, aunque España viviera en dictadura, era imposible mi doble situación de preso en libertad condicional y al mismo tiempo preso gubernativo.

No sé si Martínez Anido llegó a comprender la argumentación de Cañellas, pero el caso es que envió a Burgos la orden de que me pusiesen en libertad.
 

Llegué a Reus, yendo a vivir con mis padres. Estos se habían cambiado de casa, pasando al número 4 -antes estaban en el 32- de la calle de San Elías. Visité al compañero Carbonell, quien me presentó a Caixal. Les expliqué mi situación y lo difícil que me sería desenvolverme en Reus, donde, no obstante, tendría que residir, y que la libertad condicional me obligaba a presentarme cada quince días al alcalde de la cárcel de Reus.

Le dije a Caixal que pensaba ir a Tarragona a dar las gracias a Cañellas y me proporcionó su dirección. Cuando Caixal se hubo ido, cambié impresiones con Carbonell, que me inspiraba confianza.

-Pienso ir a unirme a los compañeros que en Francia preparan la lucha contra Primo de Rivera. ¿Puedo contar contigo?

-Sí. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?

-Pienso mantenerme alejado de los compañeros de aquí. Y pienso utilizar a mi favor la posible existencia de soplones. Debes decir a todos los compañeros que pienso hacerme burgués, aceptando una oferta de crédito para abrir una librería.

-¿Te despedirás de mí?

-Sí. Cuando te diga que me vaya Tarragona para saludar a Cañellas, será la despedida. Dentro de unos quince días, hacia Navidad. Esas festividades son las mejores para ir de viaje.
 

Pasé unos días de vida apacible, visitando de Reus cuanto había recordado en mis prisiones. Me gustaba recordar mis idas al pueblecito de Castelvell, como quien dice a un tiro de piedra de Reus; la compra de un panecillo que llamábamos llengüet, que lo mismo tenía de grano de cebada en su forma que de sexo femenino, y comerlo acompañado de un trozo de butifarra blanca. Y me gustaba ir al cementerio, para impregnarme de su ambiente de paz y quietud, entreteniéndome en mirar las losas que tapizaban los nichos, leyendo las dedicatorias a los padres, a los hijos, a las novias. Me gustaba recorrer las playas de Salou, tan limpias y con arenas tan finas amarilleando al sol. Me gustaba recordar mis andanzas por la pescadería y los puestos de venta de aves y conejos ya despellejados, ensartados cabeza abajo. Y andar y andar por entre los puestos de verduras que se instalaban en la Plaza de la Constitución todas las mañanas. Y los cines, con el griterío de la chiquillería, que se agrupaban para formar unidades de diez y comprar un taco de diez entradas que salían a mitad de precio.

Me encontraba con amigos y conocidos. «Bien, me encontraba bien; pensaba utilizar una oferta de crédito para instalar una librería».

Me decidí. Fui a ver a Caixal.

-¿Cuándo piensas irte?

-Mañana.

-Te puede interesar la dirección del compañero Vidal, que ya conoces. Sé que está conectado con separatistas catalanes que van y vienen de Francia.

-Gracias. Dile a Carbonell que me fui a dar las gracias a Cañellas.

 

Visité al abogado Cañellas en Tarragona. Estaba muy interesado en conocerme. Martínez Anido le había dicho de mí tamañas cosas que le habían despertado la curiosidad. Cañellas en aquel tiempo ya tenía el pelo cano, muy bien peinado. Políticamente era liberal, más bien de la derecha.

-Le agradezco mucho la defensa que hizo usted de mí.

-No me lo agradezca, pues me comporté, en su asunto, de manera impersonal, tanto porque a usted no lo conocía como porque se trataba de una defensa obligada ante lo que yo conceptuaba de atropello jurídico, lo cual nada tiene que ver con la actuación de la dictadura política en que nos encontramos. Empeñé mi palabra de honor respondiendo por usted. Haga usted lo que crea más conveniente, porque ni usted tiene compromiso contraído conmigo ni yo considero tenerlo con el ministro de la Gobernación.

Al salir de casa de Cañellas fui a comer al restaurante Versalles y, calculando bien el tiempo, tomé un taxi que me llevó a Vendrell.

Cuando oí el pitido del tren que venía en dirección de Barcelona, me acerqué a la estación, con el tiempo justo de comprar el billete y subir al tren. Bajé de él en el apeadero del Paseo de Gracia. Tenía que pasar la noche y decidí hacerlo en una fonda de las más inocuas de la ciudad, La Ibérica del Padre, donde hacía diez años que había trabajado, en la que vivían en pensión muchos de los curas, de escasos recursos, de la catedral, la iglesia del Pino y la iglesia de Santa María del Mar.

La visita a Vidal fue cortísima. Vidal era inteligente y eficiente, y el único que quedaba de un grupo de compañeros de acción al que mandó asesinar un desdichado llamado Gil, en funciones de secretario del Comité regional de Cataluña, que había pasado al servicio de Arlegui como confidente y agente provocador. Gil citó al grupo una noche en un café que tenía mesitas en los soportales de la Plaza Real, y llevó allí a un grupo de acción que le había enviado la Regional de Aragón para ayudar a la Organización de Barcelona; les mostró a los tres compañeros que tomaban café y les dijo: «Son pistoleros peligrosos del Libre. Acabad con ellos». Llegaron los aragoneses a la mesa de los tres y dispararon a bocajarro sus pistolas. Dos se desplomaron en el acto y el tercero, antes de caer, gritó: «¡Viva la anarquía!».

Los aragoneses se quedaron horrorizados. Huyeron y lograron llegar adonde les dijo Gil que les esperaría para darles nuevas instrucciones. Sonrientes, se presentaron a él, lo cachearon, le encontraron el permiso de porte de armas firmado por el propio Arlegui. En la Iglesia católica no se habla de la papisa Juana; en la CNT tampoco se habla de Gil, secretario del Comité Regional de Cataluña. Muerto, vivo o emparedado, nunca más se supo de él. A Vidal, a quien llevaron al Hospital Clínico, le salvaron la vida.

En Esparraguera y en otras partes de Cataluña, en virtud del acuerdo de la Regional catalana de la CNT de luchar conjuntamente con el Comité de Estat Cataia que presidía Macia en París, existían relaciones estrechas entre sindicalistas y separatistas catalanes. Vidal mantenía las relaciones en Esparraguera y conocía los lugares de ida y venida a Francia. Me informó con toda precisión de ello. Llegué a Puigcerdá el día antes de Navidad. Desde la estación seguí la carretera que, dando un rodeo, penetraba en el pueblo por una calle no muy ancha que desembocaba en una plazoleta; en un rincón se encontraba una casa de comida. Todo el trayecto lo pasé pegado a un cura que también iba al pueblo.

Penetré y en catalán purificado con expresiones en circulación entre los catalanistas le dije el santo y seña a la mujer que atendía el negocio: «Bon dia ens dongui Sant Jaume» [Buenos días nos dé San Jaime], «Sigueu benvingut i que Deu ens dongui la pau» [Sea bienvenido y que Dios nos dé la paz]. Era la contestación convenida.

La mujer me llevó a una pequeña habitación, pidiéndome que no saliese a la calle. Al día siguiente, aun siendo Navidad, me recogería a las siete de la mañana una tartana que me dejaría más allá de los carabineros en la frontera, cerca de Bourg Madame, donde debería tomar el tren que me dejaría en Perpiñán. Al subir a la tartana tenía que entregar al conductor veinte pesetas, diez para él y diez para el carabinero del puesto de paso.

Cené y dormí.

Me desperté a las seis de la mañana. La mujer me subió un desayuno de lomo de cerdo con judías y un vaso de vino tinto. Importe de mi hospedaje: diez pesetas. La honradez personificada.

Llegó la tartana. El conductor y dos mujeres. Le di las veinte pesetas convenidas. Cuando nos topamos con el carabinero, éste echó una rápida mirada al interior y comadreó un poco con el tartanero.

Vidal me había dado una dirección en Perpiñán. Se trataba de un catalán francés ardiente separatista llamado Batlle. Me recomendó una pensión, donde comí y dormí dos días. Tenía prisa por llegar a París. Ya allí, me dirigí a la Librería Internacional, creada con dinero del grupo «Los Solidarios». Me atendió Bertha, la compañera de Severin Ferandel, del grupo de Sebastien Faure y administrador de la librería.

Ferandel me orientó. Del grupo «Los Solidarios» quedaban únicamente en París Alfonso Miguel, que trabajaba de ebanista, y Aurelio Fernández, que trabajaba de ajustador mecánico. García Vivancos había regresado a España hacía algún tiempo y en Barcelona se había colocado de taxista. Ascaso y Durruti, con Jover -que no era del grupo- andaban todavía por América.

Ricardo Sanz, no conocido por la policía, vivía en Barcelona, donde murieron Soberbiela y Campos en encuentros con la policía. Nada se sabía de Torres Escartín; se le suponía encadenado en algún presidio español.

Al rato de estar hablando con Ferandel entró en la librería Liberto Callejas, que trabajaba de carpintero y a ratos llevaba la dirección del periódico Iberión, que después pasó a ser Liberión. Con Callejas fui al hotelucho donde tenía alquilada una habitación. No tenían habitación vacía. La dueña nos indicó la posibilidad de encontrar chambre en otro hotelucho en el Bulevar Ménilmontant. Era cerca: Callejas vivía en el antiguo pasaje de Bouchard, que estaba igual que cuando la revolución francesa del 93, según lo cuenta Michelet; al menos eso explicaba Callejas, lector de todo y romántico impenitente.

París es ciudad grande. Me llevó unos días entrar en contacto con los compañeros españoles huidos de las persecuciones policíacas. A causa del idioma, que yo dominaba muy poco, hube de desechar la posibilidad de trabajar de camarero. Opté por probar de barnizador de muebles, industria entonces en pleno florecimiento. Para prepararme, pasé quince días en un pequeño taller de barnizado de un anarquista valenciano que llevaba muchos años en París, llamado Pascal, adaptación de su verdadero apellido, Pascual. Quince días de aprendizaje intensivo, con la ayuda entusiasta de un sindicalista barcelonés que conocí en la Modelo, llamado Herrero.

Me incorporé al equipo de trabajo del compañero Vicente Pérez «Combina». Era un buen barnizador al que no le gustaba trabajar mucho tiempo en una misma fábrica de muebles. Hoy aquí, mañana allá, con espíritu de bohemio, se colocaba y por el más mínimo motivo pedía la cuenta y se largaba. Así se dejaba explotar lo menos posible.

Se podía hacer lo que él decía porque eran tiempos de demanda de muebles y de escasez de mano de obra. No se podía andar por el Faubourg Saint-Antoine con la boîte en las manos sin que media docena de patronos o encargados de ebanisterías te rogaran ir a trabajar para ellos. Pagaban desde cuatro francos la hora hasta cinco francos y medio, con posibilidad de hacer horas extras con salario doble. Estas circunstancias nos permitían llevar una vida medio bohemia. Generalmente trabajábamos hasta el jueves y pedíamos la cuenta, no volviendo a trabajar hasta el lunes.

Los compañeros estaban muy divididos. Era un fenómeno achacable a la diversidad de sus puntos de origen: valencianos, andaluces, castellanos, aragoneses, gallegos y catalanes, mayormente. No se compartían las aspiraciones ideológicas a que habíamos llegado los anarquistas y sindicalistas catalanes con la fusión de los partidarios de Bandera Roja y Bandera Negra[11]. En París, unos eran fanáticamente anarquistas y otros, procedentes en su mayoría de Cataluña, entre sindicalistas y anarquistas, resumiendo anticipadamente lo que más tarde se conocería por anarcosindicalistas.

Con dos o tres grupos de escasos afiliados se había constituido una Federación de Grupos Anarquistas de París. Frente a ella, aunque dispersos y sin agrupar, estaban los medio anarquistas y medio sindicalistas accidentalmente radicados en Francia; estrechamente vinculados a los problemas de España, lo que no ocurría con los anarquistas puros, intoxicados por la influencia decadente del anarquismo francés, polvo de pequeños grupúsculos: unos naturistas, otros vegetarianos o pacifistas; más los moaístas partidarios de un movimiento obrero anarquista [MOA], los filántropos anarquistas de Le Semeur, los eclécticos de Sebastien Faure, los sindicalistas sui generis de Pierre Besnard y Gaston Leval.

En París, la división entre sindicalistas y anarquistas -al igual que en todas las ciudades de Francia donde había compañeros españoles-, retrotraía el planteamiento del problema a los tiempos de Bandera Negra y Bandera Roja, "lo que suponía un lamentable paso atrás. Cambié impresiones con Alfonso Miguel, Aurelio Fernández, Vicente Pérez «Combina» y otros que frecuentaban la tertulia que formábamos, después del trabajo, en el café Combat, en la esquina del bulevar Ménilmontant y la rue Grange-aux-Belles. Les expuse la conveniencia de ir a la creación de una alianza revolucionaria de anarquistas y sindicalistas españoles, con la que, de lograrla, no solamente fraguaríamos un magnífico instrumento para la lucha contra la dictadura primorriverista, sino que, además, dotaríamos a los trabajadores españoles de una trabazón anarcosindicalista que nos habría de conducir a la instauración del comunismo libertario cuando se produjera la derrota de los militares.

A mi llegada a París, ignoraba muchas cosas, por ejemplo, las derivadas de la influencia de la revolución rusa, su impacto entre los sectores radicalizados de la socialdemocracia, que se deslizaban hacia los pequeños partidos comunistas de Europa, o -aunque parezca sorprendente- empezaban a ser los núcleos iniciales del fascismo europeo, por influencia del fascismo italiano, cuyo jefe, Mussolini, procedía del socialismo radical y bolchevizante de Italia.

Lo que era considerado como una confirmación por quienes sostenían que entre fascismo y bolchevismo no existía ninguna diferencia.

La influencia de la revolución rusa se manifestaba hasta entre los anarquistas. Era bien manifiesta en la manera de pensar de Archinov, anarquista ruso, y de Volin, llegado al anarquismo procedente del socialismo revolucionario.

La revolución rusa, vivida de cerca, alteraba los contenidos ideológicos, tanto entre los anarquistas como entre los marxistas y los socialdemócratas.

De los anarquistas, el primer influido fue Kropotkin, quien, antes de morir, al escribir su testamento político consignó su desencanto sobre lo que, en realidad, era la revolución social pregonada por él mismo. Kropotkin, hombre de gran cultura que había residido en Inglaterra durante muchos años, ignoraba al parecer la obra de William Morris Noticias de ninguna parte, en la que dicho autor, al describir su utopía -magnífica por cierto- no deja de consignar que se llegó a ella después de superar una etapa de terribles convulsiones sociales. Socialistas revolucionarios, socialdemócratas y marxistas, al hacerse bolcheviques, como acróbatas de la revolución daban un prodigioso salto hacia atrás y aceptaban hechos y consignas que hubiesen suscrito los rabiosos jacobinos de la revolución francesa del 93. Sólo que en lugar de a Babeuf, en Petrogrado y en Ucrania se ajusticiaba a quienes afirmaban que la revolución que no realiza la igualdad económica no es revolución.

Archinov y su grupo trataron de dejar constancia de su paso por la revolución rusa, elaborando su Plataforma, que pretende en sustancia que los anarquistas, o dejan la pretensión de ser revolucionarios, o deben organizarse de manera que la dirección revolucionaria sea «ejercida desde un principio y proseguida hasta la total eliminación de todas las causas de injusticia social».

¿Quién dijo algo parecido, sólo que excesivamente reducido a una síntesis?

Fue Salvador Seguí en la Conferencia Nacional de Sindicatos de Zaragoza, en 1922, quien, al afirmar que el comunismo libertario debía entenderse como posibilismo, creó la agitación en las aguas estancadas de los ideólogos puros.

Seguí no logró la definición correcta y se le escaparon las peculiaridades. En España, a los reformistas burgueses de Melquíades Alvarez se les llamaba «los posibilistas». El error de Seguí fue éste: llamar «posibilismo» al largo camino de las etapas de la revolución social. Porque Seguí no fue concreto, la concepción comunista libertaria está pidiendo que los teóricos expliquen la marcha y contenido de cada una de las etapas, sus tiempos y su sistema de realización.

Aun siendo mayoría en París los compañeros que compartían la posición de la Alianza Revolucionaria de Sindicalistas y Anarquistas que se creó, resultamos derrotados en el Congreso anarquista celebrado aquel verano en Marsella, donde fueron mayoría los grupos anarquistas que se desentendían de los problemas tácticos de las luchas sociales. El espíritu francés triunfaba sobre el realismo de los -en potencia- anarcosindicalistas españoles.

Rafael Vidiella, que representaba en París a la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña en el seno del gobierno catalán creado en torno a Macià, vino a verme de parte de éste para proponerme una entrevista, pues quería conocerme personalmente y discutir los problemas sociales de Cataluña. Vidiella me llevó a Bois-Colombes, cerca de París, donde vivía Macià con su familia, en la rue des Bourguignons. Era una casa grande con espaciosos jardines. Fui presentado a Macià, quien a su vez me presentó a Carner, Gassol, Bordas de la Cuesta, Marlés y otros catalanes, ministros unos y con cargos de importancia otros en el gobierno catalán. Antes de despedirnos, Macià me pidió que lo visitara con frecuencia.

Regresé a París con Vidiella y saliendo de la gare Saint Lazare nos metimos en un café. Yo pedí café y él cerveza. Vidiella, sin cerveza, era hombre muerto.

Se tomó rápidamente su demi y pidió otro. Y ya entonado, se explayó: la Regional Catalana lo había designado su representante en el gobierno catalán de Macià. Este, con Carner, había ido a Moscú en busca de financiamiento para un movimiento de insurrección armada de los separatistas catalanes. Si bien Macià no fue nunca muy explícito sobre el resultado de su visita a Moscú, parecía que había logrado algo en el aspecto económico, pues en Bois-Colombes se veía circular más dinero que en la época anterior. Aunque a título personal, tenía entendido que Macià aspiraba a tenerme de asesor en su estado mayor, lo que, si me era ofrecido, consideraba Vidiella muy conveniente que aceptase, pues en materia conspirativa ninguno de quienes rodeaban a Macià poseía experiencia.

-Puesto que te ha invitado a visitarlo, sería bueno que lo hicieras cuanto antes.

Al café La Rotonde de Montparnasse acudía con frecuencia el abogado de la CNT en Barcelona, Juan Casanovas, entonces republicano federal. La dictadura primorriverista lo encarceló y a la salida de la cárcel decidió exilarse.

Casanovas tenía contactos con otros políticos exilados españoles y estaba al corriente de lo que se hablaba y se hacía. Fui a La Rotonde con ánimo de que me dijera cuanto supiese sobre Macià. Había algo en Macià que me tenía perplejo: a dos pasos de París y del Segundo Buró se dedicaba a conspirar abiertamente con miras a provocar una rebelión armada que tenía por finalidad la independencia de Cataluña. Aunque se refiriese únicamente a la parte históricamente española de Cataluña, desentendiéndose de la parte catalana comprendida dentro de las fronteras del Estado francés, no dejaba de ser una franca incitación a la rebelión catalana hispanofrancesa. O Macià -me decía- es pueril o tiene arreglado su problema con el gobierno francés.

No encontré a Casanovas en La Rotonde y me acerqué a su domicilio, en el bulevar Raspail. Respondiendo a mis preguntas, me dijo:

-Yo de ti, no me fiaría mucho de Macià. Entre los exilados españoles, nadie lo hace. Claro que su concepción separatista contribuye a que lo tengan aislado los políticos españoles, y yo mismo, en tanto que republicano entre autonomista y federal, no me siento solidario de lo que hace ni de lo que piensa hacer. Menos, mucho menos, después de su viaje a Moscú y de lo que se murmura sobre dicho viaje. Considero peligroso para tu seguridad los contactos que puedas tener con él, pues sus actividades no pasan desapercibidas para la policía francesa.

-¿Opinas que Macià es sincero en sus objetivos separatistas?

-Creo que es fanáticamente sincero. Pero no olvides que se trata de un político, y ser constante no es de buen político. A radicalismo verbal nadie le ganaba a Lerroux.

Visité varias veces a Macià. El aislamiento en que lo tenían los demás políticos acrecentó mi simpatía por él. Después de todo, al hacerse político había empezado por dejar y no por tomar. Macià, que era coronel de Ingenieros, perdió su carrera en el ejército español al pasar a ser político separatista, lo que para mí no dejaba de ser un antecedente a su favor. En lo personal, era de trato afable y de una simpleza política rayana en el candor ¿Cazurrería? Porque se da frecuentemente entre los catalanes el tipo que llamaríamos murri, que oscila entre el aldeanismo y la política.

No acepté el puesto de ministro de la Guerra que me ofreció insistentemente. Él interpretaba mi negativa como prueba de que no creía en el éxito de la empresa que llevaba entre manos. Así era, y se lo dije:

-Opina que no es posible lograr la independencia de Cataluña, ¿verdad?

-Le diré. Opino que todo es posible, hasta la independencia de Cataluña. Pero, en este momento ¿quién aspira en Cataluña a la independencia?

-Aspiren o no actualmente quienes viven en Cataluña, la patria allá está, sometida al despotismo de los castellanos. Es una realidad geográfica, idiomática, histórica.

-Seamos claros Macià. Existe la realidad idiomática. En cuanto a la histórica, ¿cuántos son los que saben a qué atenerse? ¿Y cuál es la Cataluña geográfica? Cataluña es imprecisa, alcanzando a veces hasta Valencia o hasta las Baleares. Las fronteras que separan Cataluña de España no son fronteras de sangre vertida por sus defensores y sus agresores. El separatismo catalán es una manifestación burocrática de algunos pocos, a quienes los mismos catalanes llaman «els de la seba».

-Es relativo lo que me dice. Cataluña tuvo sus luchas de sangre contra España.

-Pero el peor defecto de las aspiraciones a la independencia de Cataluña es que son de valor relativo. La pérdida de la independencia nacional la selló aquello del «tanto monta monta tanto Isabel como Fernando».

- La conciencia nacional de la Cataluña de hoy empieza a formarse en las postrimerías del siglo pasado, coincidiendo con la pérdida de las colonias españolas y la decadencia de España. Como todo lo concerniente a lo español, son objeto de revisión los falsos valores de la nacionalidad española, revisión que impulsa los nuevos conceptos de Cataluña y Euskadi.

-Es buena definición, no del renacimiento de unas causas, sino del nacimiento de unas causas. El lauburu vasco tiene cinco cabezas, de las que solamente existen cuatro dentro de España, una de las cuales, Navarra, se siente tan separada espiritualmente del conjunto como lo está el País valenciano del resto de lo que podríamos llamar Cataluña histórica. Tanto Cataluña como Euskadi presentan idénticas imprecisiones en sus límites dentro de España y dentro de Francia.

-¿Y cree que eso afecta a nuestros planes?

-Sí, mucho. La conciencia nacional carece de profundidad y de extensión. Yo, por ejemplo, me siento catalán, pero me sería difícil proyectar un sindicalismo revolucionario enfrentado a toda España. Y eso que tanto el sindicalismo como el anarquismo, realizada la independencia de Cataluña, pasarían a ser exponentes de una manera de pensar típicamente catalana.

-¿Qué inconvenientes prácticos ve en nuestros proyectos de ir a una lucha armada por la independencia de Cataluña?

-Le ruego que tenga en cuenta lo que podríamos llamar vicios de origen entre usted y yo. Como militar profesional, es lógico que a toda acción de liberación de Cataluña le dé el enfoque de una operación militar, en la que se triunfa o se fracasa en el campo de batalla. Como sus ejércitos son prácticamente inexistentes, debo considerar como posible el fracaso. Por lo que a mí respecta, tengo una formación antimilitarista, que me lleva a considerar mejores los métodos de combate de los separatistas irlandeses, que, con una disciplina muy rígida, libran su batalla dentro de su país y sin jugarse la partida a una sola carta, como en el caso de una empresa militar que parta de los Pirineos. Los irlandeses pegan y se retiran, una, diez, cien veces, hasta lograr su objetivo final. Pero en esa lucha de cada día forman la conciencia nacional, tienden entre ellos y los ingleses unas fronteras de sangre.

-Quiero meditar sus argumentos. Acaso tendré que llevarlos a la reunión del gobierno catalán. Me gustaría reanudar esta conversación dentro de tres días.

¿Qué ocurría con Macià? ¿Se había convencido de que no podía ganar la independencia de Cataluña atravesando la frontera pirenaica con unas fuerzas reducidas aunque con alguna formación paramilitar? Me había enterado de que Macià instruía militarmente a unos grupos de jóvenes catalanes que vivían en París y en sus alrededores. Iban a los bosques próximos a Colombes y practicaban ejercicios de marcha, escalamiento de obstáculos, excavación de trincheras, manejo de pistola, fusil y hasta ametralladora. Todo hecho, aunque en la espesura del bosque, en las narices de la gendarmería, de la policía de vigilancia de extranjeros y de los agentes del Segundo Buró francés ¿Se trataba de inconsciencia?

El trato afable y llano de aquel viejo catalán me llevaba de cabeza. Sentía crecer en mí una gran simpatía. Su soledad y su entereza me habían conquistado. No dejaba de ser impresionante que quienes lo rodeaban, gente culta y bien preparada, estuvieran dispuestos a seguirlo hasta la muerte, con tal que fuese por la independencia de Cataluña. En nuestros medios, conocía a muchos compañeros que estaban dispuestos a morir por el ideal. Pero se trataba de gente como yo, de infancia penosa, de juventud dura, de conciencia sublevada por las humillaciones del batallar diario y sangriento contra policías y pistoleros, confidentes y jueces. Ninguna de las motivaciones que podían ser el impulso determinante en un sindicalista o anarquista se daba en quienes rodeaban a Macià. Todos eran universitarios, y no faltaba entre ellos quien, como Ventura Gassol, hubiese colgado los hábitos en el pasillo de un seminario.

Detrás de la conducta de aquella gente se ocultaba algo que no se ajustaba a las apariencias. Por su formación profesional, había que suponerle a Macià una preparación superior. Además, sus planes los debió exponer en su visita a la Unión Soviética. Y si ésta los aceptó ¿qué ocultaba la aceptación del gobierno ruso, de la Internacional Comunista y de la Internacional Sindical Roja?

Acudí a la siguiente entrevista. En el jardín, un numeroso grupo de jóvenes salían de un garaje, con paquetes de periódicos y revistas. Vino a mi encuentro Ventura Gassol, poeta, coterráneo mío, natural de Valls, muy sonriente y amable.

-Macià le espera.

Macià me presentó a su señora y su hija.

-Por lo que me dijo el otro día, he de inferir que mis planes debieran ser cambiados. No emprender la lucha en el plano militar, sino en un plano militarizado, de pequeños grupos que actúen en el interior y se escondan después de cada golpe. Pues bien, he aquí mis objeciones. No tendré capacidad para organizar esa clase de lucha. La podríamos llevar a cabo siempre que acepte usted ser mi ministro de la Guerra. ¿Acepta?

-Por el momento no contesto a esa pregunta. Expóngame las otras objeciones.

-No tengo dinero para llevar a cabo el plan, y lo poco de que dispongo me lo facilitaron para llevar a cabo el plan frontal.

-Mejor explíquemelo todo con método, empezando por el viaje a Moscú, sus antecedentes y resultados.

-Los separatistas y nacionalistas no tenemos la misma formación moral que los participantes en otros movimientos políticos y sociales. Estos, en general, se manifiestan como reformadores de las instituciones existentes. Nosotros, en cambio, no pretendemos reformar lo que existe sino crear lo que no existe. Una vez empeñados en lograr la independencia de Cataluña, hubo que vencer el primer escollo, que no era otro que la falta de medios económicos. Con las colectas que se hacían en Cataluña nunca habríamos podido empezar la lucha, a nuestra manera, no a la que usted me expuso.

Fuimos a América y lo que recolectamos no era de despreciar. Pero pronto se agotaron los recursos provenientes de América. O cerrábamos la tienda y quedábamos mal con los catalanes de América, o seguíamos adelante. Para ello, lo primero era procurarse los medios económicos. Me dirigí a los irlandeses en demanda de ayuda. No me dijeron que no, sino que debía esperar a que estudiasen el problema. Lo que hicieron fue pedir el parecer de Cambó, el cual, como es de suponer, les dijo que no tuviesen ninguna relación con nosotros. En espera de conocer las decisiones de los irlandeses, pasó el tiempo y crecieron nuestras necesidades y nuestras deudas...

Macià me miró con una expresión especial, como si estuviese llorando por dentro.

-Se trataba ya de cerrarlo todo. O de vender el alma al diablo. Fue cuando decidí ir a Moscú. Yo no soy comunista, ni siquiera simpatizante del comunismo. Soy un burgués liberal, tan ferviente nacionalista catalán que, llegado el momento de decidir, no vacilé en vender el alma al diablo ¿Qué podía hacer?

-Aprovechando el dinero de América, hubieran podido iniciar la etapa de sangre, a la manera irlandesa. Creo que, bien llevadas las cosas, hasta la venta del alma al diablo se hubiese ahorrado. Después de todo, operando como gobierno de Cataluña, si sus muchachos hubiesen saqueado algún Banco habría bastado con enviar el correspondiente recibo para cobrar después de la independencia. Mientras que ahora ¿qué puede esperar de los soviéticos? Están muy lejos de los Pirineos y usted en cambio está en Francia ¿Tiene arreglos con el gobierno francés?

-No, ningún arreglo ¿Qué puedo hacer?

-Cancelar la hipoteca rusa. No creo que sea cosa difícil. Los rusos no son tan indocumentados como para esperar una fulminante independencia de Cataluña. En cambio, considero que podría negociar con Francia. O tienen a Francia de su lado o tienen que darlo todo por perdido. Todo, menos la publicidad que se haría en torno a la causa de la independencia de Cataluña.

-Tendría que ser un poco más preciso...

-Negociar la independencia de Cataluña al sur de los Pirineos. Dar las máximas seguridades posibles de que Cataluña libre sería como una Bélgica del sur.

-Ello supondría dar cuenta a Briand de lo que llevamos entre manos.

-Francia es, desde la gran revolución, el Estado policíaco por excelencia. Es de suponer que no ignoran nada de lo que se está haciendo.

-No dudo de que tenga razón. Pero no me es posible dar un paso atrás. Los compromisos con Moscú me lo impiden. Ni aun queriendo cancelarlos, podría hacerlo. La ayuda económica que me concedieron ya fue invertida en parte. Pero vayamos a cosas concretas: ¿acepta ser consejero de Guerra de nuestro gobierno y llevar adelante su concepto de lucha a la irlandesa?

-No, no acepto.

-Si llegase el momento de cruzar los Pirineos, ¿vendría con nosotros?

-Francamente, sí. Si para entonces estuviese todavía en Francia. Yo también tengo mis proyectos.

 

Tenía proyectos y, además, me era forzoso trabajar. La ocupación de barnizador era entonces de las mejor retribuidas. Había pasado ya por varias de las grandes fábricas de muebles: Smith, Smith et Merle, Maple, Lazarovich y otras muchas. Los viernes, sábados y domingos los dedicaba a la vida bohemia, yéndome a visitar museos y monumentos por las mañanas, para recalar por las tardes en el café La Rotonde de Montparnasse, que frecuentaban algunos políticos catalanes y españoles y era lugar de cita de pintores y de sus encantadoras modelos, que aceptaban buenamente una invitación a cenar, aunque fuese en un restaurante de la cadena «Chez Pierre». Por las noches, nos dejábamos ver por Montmartre, a oír música en el café Aux Noctambules. Y platicar, invariablemente los mismos: Julio Aguilar, Alfonso Miguel y yo.

Los días de trabajo nos reuníamos algunos compañeros en el café Combat, de la place Combat: José Luis, Aurelio Arroyo, Alfonso Miguel, Carichi, Sandoval, Aurelio Fernández, Julio Aguilar y yo; a veces, algunos más. Los dueños de los cafés de París estaban molestos con las peñas de refugiados españoles. Consideraban que éramos muy habladores, que alzábamos mucho la voz y que con un café nos pasábamos horas sentados. En aquellos tiempos existían un centenar de peñas de éstas. .

En la place Combat procurábamos hablar en voz baja y al camarero le dábamos buenas propinas. Habíamos logrado que se nos tolerase. Un atardecer apareció un personaje de aspecto raro. Era alto, llevaba una gorra negra, lentes de miope, bata larga de gris oscuro. Se acercó a la mesa y dio un toquecito en la espalda a José Luis, compañero vasco simpático e inteligente, que llevaba ya tiempo en Francia.

José Luis se levantó y fue tras el personaje, a quien conocía al parecer. Se quedaron hablando en la puerta del café que daba al bulevar Ménilmontant. Regresó José Luis algo preocupado, quedando, al parecer, en espera el personaje de la larga bata. Aurelio Fernández se encontraba junto a mí. José Luis nos dijo:

-Es un anarquista ucraniano. Buen compañero, culto y prudente. Algo le debe ocurrir, pues ha venido a pedirme prestada una pistola. Se llama Schwarz ¿Qué hago, se la presto?

-¿No te dijo para qué la quería? -le pregunté.

-No, no me lo dijo.

-¿No pensará suicidarse? --comentó Aurelio Fernández.

-¡Quién sabe! Esos judíos... ¿Se la presto? No creo que esté desesperado, pues se gana bien la vida componiendo relojes.

-Si lo haces, dala por perdida -le dije-. ¿Es que te sobran las pistolas?

-No me sobran. Tengo una belga y una Parabellum que compré en el Marché aux Puces.

-Bueno, préstasela -le dijimos.

No nos acordamos más del compañero judío. Pero, transcurridos unos quince días, supimos de él. Mató a tiros al general ucraniano Petliura, verdugo de Ucrania durante los primeros tiempos de la revolución rusa y que se había distinguido organizando progroms contra los judíos. .

La acción de Schwarz fue la sensación de aquellos tiempos. Mató a Petliura y no se dio a la fuga. Fue detenido y se explicó: Petliura había, mandado asesinar a centenares de judíos, entre ellos a toda su familia. El había escapado a la matanza por encontrarse luchando con los guerrilleros de Makhno. Cuando el curso de la revolución rusa le disgustó, se refugió en Francia. Supo de la llegada a París de Petliura y decidió ejecutarlo, después de haberlo juzgado en su fuero interno y haberlo encontrado culpable de crímenes monstruosos de lesa humanidad. Pudo haberlo matado desde el primer día de verlo salir del hotel, pero iba acompañado por su hija ¿Podía Schwarz ejecutarlo en presencia de la hija? Se dijo que no. Y lo siguió varios días, hasta que, por fin, Petliura salió del hotel solo. Se le acercó y a bocajarro lo mató.

 

En París funcionaba un Comité Internacional Anarquista. A decir verdad, la internacionalidad del Comité no era mundialista, puesto que solamente contaba con la participación de algunas naciones, entre ellas Italia, representada por Schavina, y España, por Pedro Orobón Fernández. En España no existía todavía organización nacional anarquista. Los esfuerzos del grupo «Los Solidarios» por darle una organización nacional no tuvieron éxito, salvo el haber logrado celebrar en 1923, en Madrid, un Congreso nacional anarquista, de escasa concurrencia, y del que salió la creación de un Comité nacional de relaciones con sede en Barcelona, del que quedaron encargados Aurelio Fernández y Durruti. Venía siendo una dependencia del grupo «Los Solidarios». Todo se hundió con la represión anterior y durante la dictadura primorriverista. Hasta dejó de existir el grupo «Los Solidarios»[12].

La representación española en el Comité Internacional Anarquista sólo tenía el respaldo de los grupos anarquistas españoles diseminados en Francia. Con todo, la delegación española y la italiana eran las que representaban núcleos más numerosos. La italiana también representaba grupos anarquistas organizados en Francia, integrados por huidos de las persecuciones fascistas.

Pedro Orobón Femández era un buen compañero. Vallisoletano, no se había distinguido en las luchas sindicalistas. En Francia, se dedicó a trabajar mucho, pues tenía que sostener, a más de su familia, a su hermano menor, Valeriano Orobón Fernández, que estudiaba. El escaso tiempo que le quedaba a Pedro lo dedicaba a leer: era bastante culto, aunque autodidacta. Y si le quedaba algo más, asistía a las reuniones de su grupo y a las del Comité Internacional.

Conocía yo a Pedro superficialmente, de cuando intentamos crear la Alianza Revolucionaria de Sindicalistas y Anarquistas, de la que él fue oponente encarnizado, por su prurito de aparecer como anarquista cien por cien. Vino a verme al café Combat. Me rogó que le acompañase a la calle, pues deseaba hablar conmigo en privado. En la calle, me presentó a Schavina. Tenía el pelo rubio, algo rizado y los rasgos faciales como tallados con hacha. En un taxi nos fuimos los tres al café Henri IV de la place Italie. Nos sentamos en la terraza.

-Anoche se reunió el Comité Internacional Anarquista -dijo Pedro-. La delegación italiana, por boca del compañero Schavina, trajo un mensaje escrito del compañero Malatesta, llamándonos la atención sobre la gravedad que supone para el porvenir la pervivencia del fascismo italiano, el peligro de que, como ha ocurrido en España, se manifieste por contagio en otras naciones. Concluía el mensaje diciendo que corresponde al anarquismo, líder de la libertad humana, cortar la cabeza del fascismo italiano, empezando por eliminar a Mussolini.

En la imposibilidad de realizar tal empresa los anarquistas italianos, sometían el problema al anarquismo internacional, en espera de que algún grupo anarquista se hiciese cargo de ella. Los delegados internacionales debatimos ampliamente el mensaje de Malatesta, terminando por aceptarlo. Lo que equivalía a que todos aceptábamos la necesidad ineludible de ejecutar a Mussolini. Pero, ¿quién se encargaría del compromiso? Los italianos dijeron que ellos solamente podrían aportar facilidades a quienes se encargasen de hacerla, como documentaciones para el paso de la frontera, transportes seguros para llegar a Roma, casas de refugio en Roma y otras partes de Italia; pero que, en aquellos momentos, carecían del grupo o del hombre que pudiera hacerla. Y como ninguna de las representaciones internacionales se ofreció, me ví en el caso de tener que suscribir el compromiso por parte de España, pero a reserva de que yo consultase con el único grupo que podía realizar tal empresa. Sabía por Severin Ferandel que habían llegado de América Ascaso, Durruti y Jover, y que, junto con Aurelio Fernández, Alfonso Miguel y tú, formáis el grupo «Los Solidarios». Y aquí me tienes. Te lo planteo a ti y espero que lo lleves a tu grupo.

-Es asunto muy delicado. Debo ac1ararte que, si bien en París nos encontramos la mayoría de los que lo integrábamos, «Los Solidarios» dejó de existir cuando sus miembros fuimos dispersados. Sin embargo, puedo promover una reunión de sus antiguos miembros con residencia en París y tratar el asunto.

-Ignoraba que «Los Solidarios» hubiesen dejado de existir. Claro, que me llamó la atención que nunca apareciese en la Federación Local de Grupos la petición de alta de «Los Solidarios». Supuse que era para pasar desapercibidos.

-Querría hacer algunas preguntas al compañero Schavina. Debes comprender que cuando alguien desea suicidarse no necesita de la colaboración de nadie. Nosotros entendemos que la acción no debe ser un acto suicida, sino un acto inteligente y concienzudo. Por ello le concedemos una gran importancia a los preparativos que faciliten la fuga de los que participan en las acciones. ¿Tendrían los compañeros que lo hiciesen la salida asegurada? Por otra parte, la empresa sería costosa. Digamos que se necesitarían no menos de cincuenta mil francos. Si «Los Solidarios» aportasen la mitad, ¿podríais los italianos aportar los otros veinticinco mil francos, o más?

Observé bien a Schavina. Daba la sensación de valor. Meditó y me dijo:

-Me gusta cómo planteas el asunto. Espero que la resolución de «Los Solidarios» sea afirmativa. Por mi parte, tengo que consultar a mis representados sobre el aspecto económico de la empresa. Lo mejor sería que nos encontrásemos tú y yo aquí mismo, dentro de cuatro días.

-¿El sábado que viene, a las cuatro de la tarde?

-Convenido.

 

En efecto, Ascaso, Durruti y Jover habían regresado de América. Con ellos, desde la Argentina, había llegado un compañero que decía haberse formado en Barcelona, de donde huyó por el año 1919. Se llamaba Joaquín Cortés y daba la impresión de conocer nuestra ideología. Sabiendo que huyó de Barcelona cuando las cosas se pusieron duras en 1919, se podía suponer que se trataba potencialmente de un reformista.

Por mi parte, no había visto con buenos ojos que aquellos compañeros se marchasen a América. Suponía una fuga de las responsabilidades en España. Y con menos buenos ojos veía su comportamiento en algunas de aquellas repúblicas. Sabíamos que García Vivancos los había dejado, disconforme con su proceder; y que a Toto[13] lo habían dejado preso en Cuba. «Desde el punto de vista moral -les dije- fue una empresa descabellada».

Después, se habían marchado a Bruselas, donde Francisco Ascaso tenía a su hermano Domingo; y al regreso, encontrándonos Durruti, Francisco Ascaso, Aurelio Fernández, Alfonso Miguel y yo en una mesa del café Le Thermomètre de la plaza de la República, visiblemente embarazado, Ascaso nos dijo:

-En Bruselas, Durruti y yo hemos tenido ocasión de estudiar algunos negocios que se nos han presentado. Nos gustó especialmente la oferta de traspaso de una gasolinera. Creo que la aceptaremos y nos marcharemos a vivir a Bruselas.

Sentí que la sangre me hervía. Desde pequeño había sentido asco por dos dichos populares: «Siempre ha sido así, así es y así será» y «el muerto al hoyo y el vivo al bollo».

-La verdad, para terminar en burgueses, se me antojan ridículas vuestras andanzas por América.

Me levanté y salí a la calle. Me fui andando hasta mi hotelucho del bulevar Ménilmontant.

El encargo que recibí de parte del Comité Internacional Anarquista podía alterar las cosas y hacer que se desvanecieran las tentaciones de aburguesamiento de tan excelentes compañeros. Casi tres años de no haber pisado España y de haberlos pasado en los medios anarquistas franceses. y. en naciones hispanoamericanas pudieron haber ejercido una maléfica influencia y hacerles pensar con gusto en la muelle vida de los burgueses, y hasta, ¿por qué no?, de los algo millonarios, como los beatíficos anarquistas franceses de Le Semeur, que, ya viejos, se reunían periódicamente para decidir sus donativos a los rebeldes de la sociedad.

Al día siguiente me hablaron de ello Alfonso Miguel y Aurelio Fernández:

-Hiciste muy bien, tanto en lo que les dijiste como en plantarlos.

Aurelio Fernández, muy diplomático siempre, me dijo:

-Tu rapapolvo puede hacerles vacilar en sus propósitos y hasta, creo yo, hacerlos desistir. Esta es la impresión que tengo, pues anduve con ellos hasta muy avanzada la noche y al día siguiente los acompañé a comer. Quedamos en que si era necesaria su presencia en París les pondría un telegrama a Bruselas.

 

Al separarme de Pedro Orobón y de Schavina me dirigí de nuevo al café Combat, donde esperaba encontrar a Aurelio Fernández. Pensé que no debía inmiscuir en el asunto a Alfonso Miguel, pues sabía que siempre había sido terco en sus apreciaciones y que no se avendría a actuar al lado de Durruti y de Ascaso.

Si Aurelio no encontraba aceptable participar en asunto de tal envergadura, debería reconsiderar si procedía llevar el asunto adelante, pues que de los antiguos miembros de «Los Solidarios» dos estarían en contra y solamente quedarían por decidir los votos de los que estaban en Bruselas. Sería, en el mejor de los casos, un empate, que solamente podría deshacer con mi voto. Y mi voto no podría de ninguna forma ser decisivo. Solamente con gran mayoría o con la totalidad de los votos a favor me decidiría por la aceptación.

Aurelio Fernández se pronunció por la aceptación, siempre que el factor económico fuese solucionado según mi propuesta y el asunto fuese también aceptado por Ascaso, Durruti y Jover, quienes, a fin de cuentas, eran los que disponían de medios económicos para afrontar nuestro compromiso.

Aurelio puso un telegrama a Bruselas y rápidamente se presentaron en París Ascaso y Durruti. Celebramos una reunión en la parte alta de un café próximo a la plaza de la República. Asistía también Gregario Jover, que sin pertenecer a «Los Solidarios» era conceptuado como un agregado de valía.

Estuvieron todos de acuerdo. Pesó mucho el nombre de Malatesta y también la parte de su mensaje a los anarquistas del mundo que preveía los peligros que correría la libertad humana si la influencia fascista de Mussolini se propagaba por el mundo. Hube de aclarar mi definición sobre la inutilidad de los actos terroristas: En todo proceso revolucionario planteado en una determinada nación, los actos llamados terroristas entorpecen la marcha de la revolución. Sin embargo, dado que en aquellos momentos la situación de Europa era tan calamitosa, y no podía oponer una argumentación válida a la de Malatesta, me creía en el caso de sumarme a la voluntad de la mayoría de nuestro grupo. El acuerdo recaído fue contestar a Schavina que aceptábamos el compromiso; pero que los italianos deberían contribuir con no menos de quince mil francos, comprometiéndose «Los Solidarios» a aportar el resto. En realidad, los que se comprometían a aportar los fondos eran Jover, Ascaso y Durruti, que los habían traído de América. Aurelio y yo vivíamos estrechamente del sueldo diario y solamente en lo personal aportaríamos nuestra colaboración.

El día convenido me reuní con Schavina. Procuré llegar un poco antes de la hora convenida. En su cara no leí ningún entusiasmo. Más que sentarse, se dejó caer en la silla.

-¿Puedes decirme qué han acordado «Los Solidarios»?

-Acordamos aceptar. Vuestra participación fue rebajada a un mínimo de quince mil francos.

-Pues yo no tengo tan buenas noticias. La cuota se veinticinco mil francos que sugeriste nos pareció prudente, y yo pensaba que podríamos disponer inmediatamente del dinero necesario. Pero no disponíamos de él. Me han asegurado que, a lo más tardar dentro de diez días, podremos aportado. Con la variación que habéis acordado, espero que sea más fácil resolver nuestra participación.

Comprendí que por el lado de los italianos la cosa no marchaba:

-Schavina, nuestro grupo no quiere plantearos ninguna clase de problemas. Nuestra aceptación la tienes, así como el alcance de nuestra colaboración. Están surgiendo inconvenientes por parte vuestra. Ello debería bastar para que nosotros nos desdijésemos del compromiso inicial. No obstante, esperaremos los diez días que necesitaréis, pasados los cuales marchamos todos adelante o nos retiraremos nosotros. .

Aurelio convocó la reunión del grupo. A todos les pareció muy bien que se hubiese señalado una fecha tope. Ascaso, Durruti y Jover estaban gastando su dinero y, de no hacerse nada, tendrían que tomar alguna decisión para normalizar sus vidas. Al cabo Aurelio y yo, en nuestros trabajos teníamos en qué pasar el tiempo y de donde sacar para ir viviendo.

Llegó la fecha convenida para la entrevista decisiva. Me dijo Schavina que todavía no podían dar una contestación definitiva. Y que, si algo se resolvía, me buscaría en el café Combat.

Y coincidió la expiración del plazo concedido a los compañeros italianos con la noticia de que los reyes de España estarían en París de paso para Inglaterra. En la reunión que tuvimos, Durruti se expresó de la siguiente manera:

-Hemos de consideramos desligados de todo compromiso, de lo que me alegro, pues nos restituye la libertad para darnos un objetivo propio. Y quiero proponeros el objetivo: puesto que el rey estará en París de paso para Inglaterra, sugiero que analicemos las posibilidades de acabar con él.

Tenía yo motivos más que fundados para oponerme a la propuesta de Durruti. En primer lugar, se trataba de operar en Francia, nación que nos había acogido; siempre consideré un error crear problemas de orden público en ella. En segundo lugar, la accidentalidad de querer aprovechar el paso por París del rey, excluía prácticamente la preparación del acto así como de la fuga de quienes lo llevaran a cabo. El acto tendría únicamente la significación de lo que se ha llamado «propaganda por el hecho», en lo que lo único que importa es el escándalo que produce, para lo cual sobrábamos, de los cinco comprometidos, cuatro.

No me opuse a la propuesta de Durruti. Creo que mi silencio le contrarió más que si me hubiese opuesto. Opté por sumarme a la voluntad de la mayoría. Aurelio Fernández y yo dejamos que Ascaso y Durruti se encargaran de planear el atentado, de la adquisición de los medios de locomoción y los armamentos necesarios. Ellos poseían los medios económicos, nosotros tendríamos que trabajar hasta el último momento.

Dos días antes del señalado por los periódicos para la llegada del rey, tuvimos la última reunión del conjunto. Aurelio me contó que la noche anterior le habían llevado a su casa las armas adquiridas a precio muy alto: tres fusiles de repetición y cinco pistolas Colt del 45, con abundantes municiones. Me contó también que hacía unos tres días, por mediación de un chófer de taxi, que pertenecía al Comité de grupos españoles de París, habían adquirido un imponente automóvil descubierto Fiat de segunda mano, con el que habían pensado atacar el auto del rey en la plaza de la Concordia, por donde se suponía que tendría que pasar.

Así de sencillo: un auto, unos fusiles, unas pistolas y cinco hombres, con Durruti al volante. Parecía darse por descontado que no existiría barrera protectora para los reyes, ni gendarmes ni policías, ni cierre del tránsito por donde sería calculada la ruta. Se descontaba la eficiente preparación de la policía parisina, que seguramente ya llevaba unos días siguiendo los pasos de los refugiados y anarquistas españoles. Al oír lo que me contaba Aurelio, estuve tentado de no asistir a la reunión y de desentenderme del asunto. Me callé.

Ignoro por qué asistió a la reunión el chófer de taxi que les había servido en las combinaciones que tuvieron que hacer para adquirir y trasladar las armas a casa de Aurelio, en la compra del automóvil y en el adiestramiento para conducirlo. Eran procedimientos en contradicción con aquellos a que nos ajustábamos los hombres de acción en Cataluña, que no dábamos jamás entrada a nadie en la intimidad de un grupo. Debí oponerme a la presencia intrusa del compañero chófer. No lo hice. Tenía el presentimiento de que surgiría una discrepancia que pondría fin al proyecto.

No fue así. Durruti fue explicando su concepción del atentado. Ascaso oía y callaba, con su expresión, mezcla de ironía y escepticismo. Jover también oía, sin entusiasmo. Aurelio, impasible, como pensando que se las había visto en más duras. Decía Durruti: «En enfilando hacia el auto del fulano, los cuatro disparáis las armas en fuego cerrado. Yo conduciré el auto y Paco se sentará a mi lado, por si algo me ocurriera, poder tomar la dirección del volante. De salida, por el camino, os vais bajando del auto, cada cual por su lado, como si nada hubiera ocurrido; muerto el rey, concentrándonos todos en Barcelona, sería muy buena salida. ¿Qué opináis?

Yo permanecí callado, en espera de que alguno hablase. En vista del silencio sepulcral de los otros tres compañeros, dije:

-Se me ocurre preguntar: ¿Habéis pensado en la manera de hacer desaparecer el automóvil? Concretamente, si el automóvil ha sido robado o contrabandeado, es asunto concluido. Pero si ha sido comprado, el vendedor, al aparecer en la prensa sus características, se dará por enterado, dirá a la policía quién lo adquirió y con el cabo del hilo pronto darán con el ovillo.

Intervino el chófer:

-El automóvil ha sido adquirido legalmente. El dueño del negocio es conocido mío y persona de confianza. Supongo que habréis pensado en hacerlo desaparecer; por ejemplo, pegándole fuego.

Repliqué:

-Hacer desaparecer un automóvil no es cosa fácil, y menos pegándole fuego. Los motores tienen la numeración en el metal, cosa que no desaparece con el fuego.

Me di cuenta, por la cara que estaba poniendo el chófer, de que no había calculado que él sería el primer inculpado. Y me pregunté hasta dónde podrían conducirlo sus cavilaciones.

No había visto todavía el automóvil adquirido. Por lo que contaron, se trataba de un raro ejemplar Fiat, descubierto, largo e imponente. Todo lo contrario de lo que hubiese convenido, siquiera para hacerlo desaparecer entre los miles de automóviles que circulaban por Francia. Me iba explicando por qué el paso por América del trío Ascaso, Durruti y Jover había estado en las primeras páginas de todos los periódicos: no daban un golpe, por insignificante que fuese, sin que apareciesen sus nombres al día siguiente en las primeras planas de los diarios sensacionalistas.

Finalmente, quedamos en que nos encontraríamos dos días después en una esquina del quai Valmy, a las ocho de la mañana, para practicar una especie de simulacro de penetrar, cruzar y salir de la plaza de la Concordia.

Aurelio y yo nos dirigimos al metro de la plaza de la República. Yo iba pensativo. Aurelio me preguntó:

-¿Te ocurre algo?

-No, nada. Estaba pensando en cómo serán las celdas de Fresnes.

-¿Tan mal lo ves?

-Lo veo como tú lo ves. Primero, la presencia del chófer en la reunión, que por lo visto está enterado de todo. Ni él ni los otros habían pensado en cómo hacer desaparecer el automóvil. Este detalle lo dice todo. Cada cual marchará por su camino, tú al taller de ajuste mecánico, yo a la fábrica de muebles; tú a tu domicilio de siempre y yo a mi chambre del bulevar Ménilmontant... Como si en París no existiese la policía. ¿Cuánto dinero tienes en tu poder? Yo tengo lo justo para la comida hasta el sábado, día de cobro, si no ha ocurrido nada.

-Pues yo, como tú, tengo también lo justo. María debe tener tres o cuatrocientos francos de ahorros de su trabajo. Por cierto, que esta noche le diré que se vaya unos días a Bruselas, con su hermana Libertad, la compañera de Domingo.

La tarde del día siguiente me encontré a Aurelio en el café Combato Había acompañado a María a la estación.

-Si quieres -me dijo-, esta noche puedes dormir en casa, de manera que por la mañana ya te lleves tu colt.

-Y tú, ¿dónde vas a dormir?

-En el departamento de al lado, donde vive una italianita que me saca de apuros sexuales, ya que María está muy enferma.

Enferma o no María, lo cierto es que Aurelio andaba siempre zascandileando por donde hubiese faldas.

A las cinco de la mañana, me arreglé, afeitándome bien. Aurelio apareció, eufórico como siempre.

-Con la noche que he pasado, que me quiten lo bailado. También yo presiento el desastre a que nos conducirá ese «chalao» de Durruti. Como ellos tienen el dinero, nosotros a callar.

Hasta las siete y media estuvimos en el café de la esquina, cerca del metro, que tomamos para ir hacia los muelles de Jemmapes y de Valmy. Vimos a Jover, que se encontraba ya en la esquina convenida. Pasamos junto a él. Nos colocamos al otro lado del sitio acordado, a más de doscientos metros, tras una barda de maderos que nos tapaba hasta la cabeza. Las ocho, y no habían llegado. A las ocho y cinco apareció un auto y después otro, de los que descendieron ocho individuos. Seguramente eran policías. A aquella hora, pocas personas transitaban por los muelles y nos fue posible deslizarnos sin llamar la atención. En la esquina siguiente, cruzamos la calle y desaparecimos. Quisimos convencernos de la chamusquina. Jover penetró en un bar y telefoneó al hotel donde se hospedaban Ascaso y Durruti, preguntando por sus nombres falsos.

Le respondió el empleado:

-Espere un momento, voy a ver si están en la habitación.

Después dijo:

-De parte de los señores, que venga usted al hotel, que aquí lo esperan.

Nos despedimos de Jover, quien nos dijo que se iba a la casa de campo con su compañera, y quedamos en encontrarnos al día siguiente.

Aurelio y yo nos fuimos al bosque de Vincennes. En adelante, teníamos varios problemas, los inevitables de quienes viven al margen de la ley. Y algo más grave: la falta de dinero para ir y venir, alquilar una habitación en cualquier «hotel meublé», para lo que hay que hacerse acompañar de una pobre trotacalles.

Era indudable que estábamos ante una acción de soplonería. ¿De quién?

Cuando se es imprudente, el menor descuido puede servir de delación. Nosotros -en fin, Ascaso y Durruti- nos habíamos conducido a la manera de Macià, que salía al bosque a practicar ejercicios paramilitares con sus muchachos y al mismo tiempo se preocupaba por la idea de que el gobierno francés pudiese enterarse de lo que estaba haciendo.

A mediodía dejamos el parque de Vincennes y nos fuimos a comer a un restaurante barato de la plaza de Clichy. Ya habíamos empezado a comer cuando a nuestro lado se sentó un señor. En espera de su comida, sacó un periódico y se puso a leerlo. Me quedé aterrado al ver en lo alto de una página las cinco fotografías de los peligrosos anarquistas que pensaban matar a los reyes de España, y le dije a Aurelio:

-Terminemos y vayámonos.

Ya en la calle, compré el periódico. Fuimos a tomar café a la avenue Clichy.

Como el que teme que se le escape un pajarito, fui abriendo el periódico. Sí, allí estábamos los cinco: Ascaso, Durruti, Jover, Aurelio y yo. ¿Por qué no estaba la fotografía del chófer?

Pagamos y nos fuimos. A partir de aquel momento, iríamos siempre juntos, pero separados uno del otro. Con urgencia teníamos que resolver la escasez de dinero. Según Aurelio, sería bueno ponernos en contacto con Severin Ferandel. Le telefoneó desde un gran café.

-Dentro de dos horas estará con nosotros en el mismo café donde tenemos cita con Jover. Así que lo mejor es ir para allá.

Jover nunca llegaba tarde a una cita. Se presentaba a ellas con un cuarto de hora de anticipación, para descubrir cualquier persona o movimiento sospechoso. Todavía no había visto el periódico. Lo vio y dijo:

-Yo me voy. Lo mejor es escondernos. Se levantó y se fue, dejándonos su café por pagar. Ni Aurelio ni yo sabíamos adónde iría a esconderse. ¿Lo sabría el chófer?

Llegó Ferandel. Hablamos solamente en francés.

-¿Puedes ayudarnos a salir de este apuro?

-¿No os habían dejado dinero antes de las detenciones?

-No, nos dejaron nada. Hasta Jover se ha ido hace un momento y no pagó su café, contestó Aurelio.

-Veré a algunos de los viejos anarquistas de Le Semeur. ¿Podemos encontrarnos aquí mismo mañana a las once?

-Sí, contestó Aurelio.

Se levantó, dejando encima de la mesa un billete de cien francos.

-Pagad los cafés y quedaros con la vuelta. Hasta mañana.

Fuimos a meternos a un cine cerca de la plaza de Clichy. Hasta en el cine estábamos separados. A la salida cenamos un bocadillo en una cervecería. Ya eran cerca de las doce de la noche y no habíamos resuelto dónde pasar la noche. Aurelio tenía su solución, podía ir a dormir a casa de una amiga, no la italiana, sino otra. Yo no podía aspirar a lo mismo. Tenía una amiga, pero no sabía de ella otra cosa que era una guapa bretona, que dos veces por semana aparecía en mi habitación.

-¿Crees poder arreglarte por esta noche?, me preguntó Aurelio.

-Sí, siempre que me dejes disponer de la vuelta del billete de Ferandel.

-No hay problema. Dispón como gustes. Nos encontraremos en el café convenido con Ferandel.

A pie fui hasta la plaza de la República. Cerca del Temple me pareció haber topado con lo que necesitaba: una mujer con quien alquilar una habitación de un hotel donde no era necesario llenar ningún formulario. Ella me dijo que sólo podría estar conmigo una hora, lo que me venía de perlas.

Se fue y me quedé profundamente dormido; en aquellos tiempos, cuantas más preocupaciones tenía, más intensamente dormía.

Cuando me desperté, ya eran más de las nueve de la mañana. Ya en la calle, fui acercándome a pie al café donde teníamos la cita. Apareció Aurelio, que entró en el café. Esperé todavía un buen rato, por si salía corriendo o entre policías. No salió y yo penetré a mi vez en el café. En una mesa estaban Aurelio, Ferandel y un desconocido, pulcramente vestido, de unos sesenta años. Se trataba de un miembro del grupo Le Semeur. Ferandel nos entregó a Aurelio y a mí un fajo de billetes de cien francos, colaboración solidaria de los miembros del grupo. Antes de despedimos, Ferandel nos dijo que el compañero Manuel Pérez, a quien conocíamos, nos esperaría sentado en un banco de la estación de ferrocarril de la Pie-Saint Maur, de cinco a seis de la tarde, para llevamos a una familia anarquista italoportuguesa que nos ofrecía refugio en su casa.

 

Allí llevábamos una vida apacible. Para los vecinos, pasábamos por primos de los portugueses. Cerca de donde vivíamos, se deslizaba el Marne y por sus riberas dábamos largos paseos. Me gustaba contemplar a los pescadores de caña, gente pacífica, que raramente lograban sacar un pez, por lo regular muy pequeño. A Aurelio le disgustaba el espectáculo de aquellos hombres, jóvenes o de mediana edad, que se pasaban horas y horas con la caña en las manos.

-Aunque no lo creas -le expliqué-, esos fulanos están ahí para disimular. Son los «gigolos» o «souteneurs» de las troteras de París; apaches convertidos en pequeños rentistas; de noche vigilan a sus pupilas y el día lo pasan pescando, en espera de la hora del aperitivo.

Aurelio se reía.

Pensaba que los francos de los anarquistas de Le Semeur se habían de acabar. ¿Y entonces, qué? Cuando el tacto me confirmaba la existencia de los billetes en el bolsillo, sentía ganas de vomitar. Era todo lo contrario del «revolucionario profesional». Nunca había gastado ningún dinero que no hubiese sido ganado por mí ¿Cómo saldríamos de aquella situación? ¿Qué hacer? Optamos por ir a Bruselas. Acaso en Bélgica podríamos normalizar nuestras vidas.

 

Estuvimos poco tiempo en Bélgica. Era difícil para los extranjeros encontrar trabajo en aquel país. Y más difícil aún lograr una estancia legal como trabajador. Domingo Ascaso y Libertad se desenvolvían difícilmente, por no serle a él posible trabajar en su oficio de panadero. La economía doméstica era sostenida por ella, que logró salir adelante como echadora de cartas.

Nos quedaba el recurso de irnos a América. Para Aurelio, por ser asturiano, la marcha al otro lado del Atlántico no ofrecía grandes inconvenientes. Existían fuertes núcleos de asturianos desde los Estados Unidos hasta la Argentina.

En cambio, las colonias de catalanes eran exiguas donde las había.

Optamos por regresar a España. En Madrid nos esperaba una gran tarea. Haríamos el regreso por etapas. París primero, a continuación Pamplona y finalmente Madrid. El cruce de la frontera pensábamos hacerla el 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar, patrona de la Guardia civil; calculamos que por esa razón estaría libre la frontera de su vigilancia y que también estarían libres las carreteras hasta llegar a Pamplona.

En París pasamos poco tiempo. Aurelio se las arregló como pudo. Yo me fui al hotel donde habitaba Callejas y compartí la habitación con una muchacha alavesa que prestaba servicios domésticos en algunas casas.

Enviamos a Pamplona a un compañero de los que acudían al café Combat, Aurelio Arroyo, para que se pusiera en contacto con Muñoz y juntos estudiasen el objetivo señalado para aquel punto. Pamplona era la primera etapa de una marcha que culminaría en Madrid, donde pensábamos ajustarle las cuentas a Primo de Rivera. Antes de partir, hice una visita a Macià en Bois-Colombes. Desde Bruselas había escrito a Ventura Gassol previniéndole de que sería conveniente que cambiaran cuanto hubieran realizado sirviéndose de nuestro chófer de taxi, que parecía ser quien nos traicionó. Era también el chófer utilizado por Macià para el transporte a la frontera de unos armamentos adquiridos en la armería Flaubert del bulevar Saint Michel.

Mi llegada a la rue des Bourguignons fue apoteósica. Quien primero vino a abrazarme fue Ventura Gassol, seguido de Comte y otros. Macià me abrazó con lágrimas en los ojos, y me explicó la causa de la sensación que produjo mi aparición. Me mostró unos periódicos donde aparecía la noticia de que «a la salida de un hotelucho de Aubervilliers, un español llamado Juan García había sido asesinado de un tiro de fusil que le dispararon desde un automóvil apostado cerca». Y como se sabía que con motivo del atentado frustrado a los reyes habían llegado pistoleros de Barcelona, Macià y los suyos habían supuesto que habían puesto fin a mis días. Después supe que en Reus mi familia se había vestido de luto.

Le pregunté a Ventura Gassol si había recibido mi carta.

-Sí, la recibí. Hemos alterado todo lo posible lo hecho.

Macià me habló aparte:

-Vidiella dejó su puesto en el gobierno catalán. El puesto ha sido asignado a Andrés Nin, que está en Berlín y ha prometido incorporarse en cuanto se lo permita la misión que está realizando allí. Por lo que he sabido, Vidiella ha regresado a España y no piensa volver a Francia. Me había prometido la colaboración de unos grupos. Ahora ya no cuento con ellos. Una vez más, le ofrezco el puesto de ministro de la Guerra, para, si fracasa nuestra empresa militar a través de los Pirineos, proseguirla a la manera irlandesa. ¿Acepta?

-No, pero se lo agradezco. Su fracaso no permitirá llevar los asuntos más adelante. Por haber utilizado como base de operaciones su suelo, lo primero que hará el gobierno francés será expulsarles…

 

Vidiella había sido sustituido por Andrés Nin, agente soviético, punta de lanza de la penetración comunista en España, convencidos ya los rusos de que sus tentativas en Andalucía estaban abocadas al fracaso. Barcelona era la verdadera capital social de España y el comunismo no había encontrado dónde asirse en ella, por estar el mundo del trabajo dominado por anarquistas y sindicalistas revolucionarios.


 
[7] [NDE]. El autor vuelve sobre este problema en las páginas 83-84, 115, 120-122, 634-635.
[8] [NDE]. El autor vuelve sobre estos hechos en otro lugar. Véase la página 633.
[9] [NDE]. Véanse las páginas 629-630.
[10] [NDA]. Siempre he leído mucho, de todo lo que ha caído en mis manos. Y también he leído sin método. Catorce años de prisiones y leyendo cuanto me era permitido por la disciplina carcelaria y por el tiempo, me han dado un conocimiento general del mundo y de los humanos que lo habitan. No he seguido cursos de literatura ni de poética. Pero sí de una orientación precisa, sin la cual acaso hubiese llegado el momento en que leer hubiese resultado pesado. Creí -y sigo creyendo- que siendo un lector lento, los conocimientos contenidos en los libros irían formando un sedimento de cultura general en mi cerebro, que podría serme de gran utilidad por la dirección que di a mis lecturas: la oratoria. La oratoria tenía que llevarme a realizar análisis politico-sociales e históricos rápidos. El ser lector lento me permitía absorber mayor cantidad de saber que si hubiese sido de lectura rápida. Aún hoy recuerdo con delectación cuando en la soledad de la celda, sumido en la lectura de una página, me detenía, me frotaba las manos y me ponía a liar un cigarrillo, colocando parsimoniosamente la pizca de tabaco en la palma de la mano, limpiaba de palos la picadura, la trituraba lentamente entre las dos palmas, la igualaba en el papel de fumar, lo liaba, por la parte engomada y lo retorcía con delicadeza, de manera que saliese un cigarrillo digno de aquella pausa. Leía y releía la página o el párrafo y finalmente le prendía lumbre al cigarrillo.
He leído en catalán, castellano y francés. Y también en valenciano, como La pau des poblets. Clásicos y franceses y castellanos, latinos del Imperio y los de la decadencia. Y más y más.
Leí a los griegos, a Tales de Mileto, a Heráclito de Efeso. Conozco a Antístenes y a Diógenes, a los cínicos. Sé de los estoicos, de Teofastro, de Marco Aurelio; de Sócrates y sus diálogos recogidos por Platón y de las anécdotas narradas por Jenofonte. Sobre Sócrates y Jesucristo, uno de los dos paralelos que me sirvieron de tema para dos conferencias en el Sindicato Textil de Barcelona. Paralelismo que causó sensación, siendo el otro paralelo el de Ulises y Don Quijote. Estos paralelos dieron lugar a que Eduardo de Guzmán escribiera en La Tierra un artículo.
Eduardo de Guzmán, entonces redactor jefe del periódico La Tierra, que cubría en aquellos momentos, con sus logrados reportajes, la accidentada vida social de Barcelona, asistió a mis conferencias en el Fabril de Barcelona, en la barriada del Clot, y de regreso a Madrid, habló de ellas con el presidente. o el secretario general del Ateneo. Este le encargó que me pidiese reproducirlas en el Ateneo madrileño. Mi contestación fue, claro, muy mía: que «yo no tenía que enseñarles nada a los intelectuales burgueses» y que «lo que yo estaba haciendo con el ciclo de conferencias agrupadas bajo el título general de El espíritu de la victoria era capacitar a la clase obrera para la lucha y el triunfo». Por aquel entonces batí los récords en mítines y conferencias en toda España. En Zaragoza, en el Palacio de la Lonja, di. una conferencia medida para un tema de treinta horas con el título de La reconstrucción del mundo. Hube de comprimirla por apremios de tiempo a seis conferencias diarias de cuatro horas cada una. Si al empezar la primera puede decirse que la mayor parte de los asistentes eran obreros, al terminar la última, la asistencia resultaba pareja entre obreros, por un lado, y profesores, abogados, ingenieros y otros representantes de la intelectualidad. Al día siguiente, domingo, dimos un gran mitin en la plaza de toros y de allí me fui a Bilbao, donde me esperaba Horacio Prieto para los mítines que había organizado como secretario de la Regional del Norte, en Bilbao, Baracaldo y Sestao. La misma conferencia de treinta horas la reproduje en la cárcel Modelo de Barcelona poco tiempo después, encontrándome preso con bastantes compañeros, entre ellos Alaiz, para responder a unos artículos aparecidos en Solidaridad Obrera.
[11] [NDA]. Bandera Roja, sin ser expresión oficial de los sindicalistas revolucionarios, había representado la tendencia más influenciada por la revolución rusa -1917-1919- y Bandera Negra, sin ser expresión oficial de ninguna tendencia dentro de la CNT, había tratado de ejercer un control sobre los militantes de élite como Seguí. Pestaña, Simón Piera y otros. La propia CNT era casi inexistente, excepción hecha de algunos sindicatos en Barcelona (Madera, Construcción, Metalúrgicos, Alimentación y algunos más de menos importancia). Fue a partir del Congreso Regional de Sans en el año 1919 cuando el sindicalismo confederal empezó a luchar en grande contra la patronal y a expandirse por toda Cataluña. Los de Bandera Roja eran propensos a ejercer el terrorismo de grupo y los de Bandera Negra lo condenaban, si bien se gloriaban de hechos individuales. Los de Bandera Roja eran partidarios de los sindicatos y los de Bandera Negra no.
Por entonces, ni los de la Roja ni los de la Negra influían considerablemente en la Organización confederal.
[12] [NDE]. Sobre «Los Solidarios» y «Nosotros», véanse las páginas 92-98, 125-128, 133-136, 161-164, 188-189, 190-191 Y 629-633.
[13] [NDA]. Buen castellano, excelente, fue de los que llegaron a Barcelona tras Durruti, todos de León. Nadie se preocupó de él cuando cayó preso en La Habana. Parece ser que salió en libertad mucho tiempo después. Pero nunca buscó contacto con sus antiguos amigos y compañeros de «Los Solidarios».

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