1 El anarcosindicalismo en la calle

 

Fragua de rebeldía

 Ya de mayor supe que los anarquistas se hacían leyendo las obras de Kropotkin y Bakunin; y que las variedades de socialistas -que son muchísimas- se empollaban las obras de Marx y Engels. Es posible que así fuese entre gente de la clase media, que podían aprender a leer bien, que sabían dónde comprar los libros, de los que poseían antecedentes, y que no carecían del dinero para su adquisición.

También me enteré, al correr del tiempo, de que entre los anarquistas, como entre los socialistas, abundaban las diferencias ideológicas. A veces, diferencias muy hondas. En Cataluña, las discrepancias en la interpretación de las ideas anarquistas eran notables entre los anarquistas de procedencia obrera y los anarquistas de extracción burguesa o pequeño burguesa.

A los anarquistas de origen proletario les movía la pasión de hacer pronto la revolución social e instaurar inmediatamente la justicia social mediante la aplicación de estrictas normas de igualdad. Entre los anarquistas de origen burgués o de influencia liberal burguesa prevalecía la observancia de los principios, sin conceder primordial importancia a la realización de la justicia social y a la instauración del comunismo libertario o de cualquiera de sus sucedáneos más o menos afines.

El anarquista-comunista libertario de origen obrero reaccionaba determinado por el medio en que se había creado, cercado por el hambre y las necesidades económicas. En cambio, el anarquista procedente de la clase media o de la burguesía, relativamente bien alimentado desde su nacimiento se movía por motivaciones preferentemente políticas achacando los males de la sociedad a la existencia de gobiernos de pésima dirección, recargado en la aspiración, más demagógica que realista, de admitir aquel tipo de gobierno que menos gobierne.

Escuelas, libros, espíritu de reforma más que de rebeldía, eran los caminos preferidos por los liberales un tanto radicalizados que solían aparecer en las agrupaciones de anarquistas, en las que causaban grandes perturbaciones. Algo parecido ocurría en los medios marxistas, solo que a la inversa: los elementos de origen burgués eran los que sostenían las tendencias más derechistas dentro del socialismo.

Las finalidades de los anarquistas y de los socialistas de origen proletario venían a ser las mismas, con matices, pero sin fundamentales diferencias: el anarquista de origen proletario aspiraba al derrocamiento inmediato de la sociedad burguesa y la instauración del comunismo libertario, en el que el beneficiario había de ser primordialmente el hombre. El marxista de extracción obrera aspiraba al derrocamiento inmediato de la sociedad burguesa y la instauración del comunismo dictatorial, no concediendo importancia a la mayor o menor cantidad de autoridad en que se asentase, supeditando el hombre al Estado.

Los anarquistas o socialistas de origen burgués o pequeño burgués se forman en los institutos, las universidades, las revistas y los libros.

Veamos cómo se iba formando el luchador anarquista de origen obrero.
 

Tengo siete años. Asisto a las clases de primera enseñanza en la escuela pública. A las cinco de la tarde, los alumnos salen a la calle. Sería buena hora para merendar, pero tendré que prescindir de la merienda porque en mi casa no hay nadie. Mi padre, mi madre y mi hermana mayor están trabajando todavía en el «Vapor Nou»; la pequeña, Mercedes, quién sabe dónde estará, posiblemente fregando alguna casa de ricos. A falta de merienda a jugar, a correr hasta cansarse.

En primavera, en verano y hasta en otoño, en espera de las siete de la tarde, cuando salen los obreros de la fábrica, se podía jugar a la clotxa, al belit, a las canicas, con el trompo, a las cuatro esquinas, mientras las muchachas se divertían con sus clásicos corros, para, de pronto, ponerse a correr y chillar, como golondrinas. Mientras, van llegando los padres del trabajo, subiendo lentamente las escaleras que conducen al hogar, con mobiliarios de lo más pobre, camastros con colchones de hojas de panojas de maíz, con alumbrado doméstico que, con el tiempo, ha sido una antología de la luz: candil de pábilo y aceite, palmatoria con vela de estearina, bote de carburo. Barrios de obreros, donde no ha llegado todavía el gas a domicilio, ni, mucho menos, la electricidad.

Pero cuando llega el invierno, con vientos helados que corren por las calles, se encogen los ánimos de los niños y niñas, que entonces andan arrinconados por zaguanes o escaleras. A veces, porque en invierno se siente más pronto el hambre que en verano, se forma una gavilla de muchachos que van a esperar a los padres a la puerta del «Vapor Nou». Allí, había un tramo de pared calientita por la que transpiraba el calor de la tintorería, cuyos ásperos vapores salían por un tubo de escape que daba a la calle a unos veinticinco centímetros del suelo.

Son las seis y media, siete menos cuarto. ¡Cuánto tardan en llegar las siete para los apelotonados muchachos! Porque el frío avanza en ráfagas cortantes. Cuando silbaba el viento de las montañas próximas a Reus, decía la gente: «Com bufa el Joanet de Prades!» Pegados, muy pegados los unos a los otros, pasándose el vapor de los alientos, que se mezclaba al vapor que salía de tubo de escape. Y,al fin, la sirena anunciando el término de la jornada de trabajo. Jornada larga, de las seis de la mañana a las siete de la tarde, con una hora para el almuerzo y hora y media para la comida.

Una de aquellas tardes de frío punzante, llegó en su coche tirado por dos caballos, el amo de la fábrica Juan Tarrats hijo. El amo viejo, al que ya se veía poco, era Juan Tartas padre. A un silbido del cochero se abrió el portón de la fábrica por el que penetró el coche. El amo debió reprender al portero por permitir que un montoncito de niños nos estuviésemos casi junto a la puerta, porque el portero, con disgusto, nos grito que nos fuésemos de allí.

La parvada de muchachos salió disparada calle abajo, en dirección al Bassot. Al llegar a la esquina, los contuve.

- Ya no corramos más. ¿Qué os parece si a pedradas rompemos el foco de la puerta y dejamos la calle a oscuras?

Regresamos todos, con aires de comprometidos en una conspiración. Recogimos piedras de la calle sin pavimentar. Sigilosamente nos acercamos a la puerta de la fábrica, miramos a un extremo y otro de la calle y, seguros de la impunidad, cinco bracitos lanzamos piedras al foco.

Se oyó un ¡paf! y se oyó caer una pequeña lluvia de fragmentos de vidrio. Niños todavía, habíamos empezado la guerra social. Y aunque nos lanzamos a correr en todas direcciones, lo hicimos con la agradable sensación de haber ganado la primera batalla en la vida… Porque al tercer día, volvimos a reunirnos junto a la boca de escape de vapores, y el portero no nos gritó ni nos echó.

 

La muerte de Pedro

Creo que ya había cumplido siete años. Noté una extraña manera de conducirse mi familia. Mi madre parecía más vieja que días antes y a veces se la veía esforzándose por no llorar. Mi padre, serio, muy serio, como siempre, tenía fija la mirada en un punto invisible. A mis hermanas las veía tristes y como más pequeñas, acaso por lo encogidas que andaban.

Sí, algo ocurre en la casa. Me siento a disgusto pero me esfuerzo por no llorar. No quiero que las lágrimas asomen a mis ojos. Se ha ido el médico, el Doctor Roig le llamaban. Como en un susurro ha dicho a mis padres:

 -Le veo muy mal. Tiene meningitis. En estos casos, uno casi no sabe qué decir, porque los pocos que se salvan se quedan como tontos para toda la vida.

Volvió a las once de la noche, como había prometido, y confirmó que era meningitis. A -mí me levantaron muy temprano, para ir a comprar diez céntimos de leche de vaca para el hermanito Pedro, que se estaba muriendo. La aparición de un vaso de leche de vaca en casa de obreros con enfermo en la cama era cosa tan definitiva como el viático.

Salí a la calle, todavía con las estrellas en el cielo. Era invierno y el frío cortaba. Yo no comprendía por qué la leche tenía que ser de vaca, por qué había que ir tan lejos a comprarla, cuando dos casas más allá se podía adquirir leche de cabra, recién muñida y más barata.

Pero tenía que ser de vaca. En el establo se estaba caliente, con un calorcito blando y suave, que invitaba a tumbarse y dormir. Ya en la calle, me hizo bien la leche recién ordeñada, que llevaba en un vaso de vidrio, porque sentía en las manos el calor que despedía. Yo no había probado nunca la leche de vaca, porque todavía no había estado enfermo para ser visitado por el médico.

La de cabra la había probado el invierno anterior, para ver de que se me quitase un fuerte catarro.

Tuve la tentación de probar un sorbito de aquella leche. Pero no me atrevía, al pensar que era para curar a Pedro. Y así tres amaneceres en busca de los diez céntimos de leche de vaca. El tercer día no pude resistir la tentación de tomar un sorbito de aquella leche, que aún estaba espumosa. Aquel mismo día murió Pedro. Cuando lo vi metido en su cajita de pino pintada de blanco, sentí que se me encogía el corazón. Por un momento, pensé que se había muerto al notar la falta del sorbito de leche que le había quitado.

Tuvo un humilde sepelio en un coche faetón, con el único acompañamiento de mi hermana Elvira y yo, que a pie lo seguimos hasta el cementerio.

Al día siguiente volvimos Elvira y yo al cementerio. Ella llevaba en brazos una pesada cruz de hierro fundido. La había comprado en parte con dinero de su hucha y en parte al fiado. Cuando llegamos, eran las cuatro de la tarde. El cementerio de Reus era enorme, como una gran ciudad de los muertos. A derecha e izquierda, transpuesta la gran entrada interior, imponentes monumentos, bien alineados, señalaban el emplazamiento de las últimas. moradas de los muy ricos. Impresionaba el panteón de mármol blanco, de estilo clásico, de los Odena, dueños de la fábrica el «Vapor Vell». A continuación llamaba la atención el de la familia Quer, de actividades tan diversas como la diplomacia y la vinatería, y que semejaba una pequeña iglesia de' piedra labrada en estilo gótico. y muchos más, exponentes todos de un sentido del lujo llevado hasta la tumba.

Llegamos al sitio mi hermana y yo. Era una gran zanja recién abierta, que conservaba todavía la frescura de la tierra removida. Allí, como escalonados, se veían los últimos ataúdes que habían sido depositados. Ataúdes de pobre, de tablas de madera pintada de negro. Mi hermana Elvira, nuestra segunda madre, arrodillada sobre la tierra al borde de la gran fosa, hacía un agujero con un trozo de hierro que había llevado envuelto en el delantal. Cuando hubo terminado de cavar el hoyo, hincó con fuerza la cruz. Luego fue colocando piedritas en el contorno de un rectángulo de unos 40 por 60 centímetros, como reclamando la pertenencia de aquel pedazo de terreno, que, según la costumbre, le sería respetado. Hasta que por la rotación del tiempo, serían de nuevo abiertas zanjas en el mismo sitio y de nuevo serían colocados los féretros de los pobres formando escaleras.

La muerte tiene poca importancia. Pero, ¿por qué solamente tiene poca importancia cuando se trata de la muerte de los trabajadores?

Entonces, yo no sabía nada sobre la vida y la muerte. Me pareció que, en los días de lluvia, mi hermanito y los que formaban escalera con él, se mojarían mucho. Y noté que grandes lagrimones salían de mis ojos.

 

Contabilidad de la miseria

La muerte y el entierro de Pedro provocaron algunos cambios en el seno de la familia. Antes, éramos muy pobres. Después, aún fuimos más pobres. Éramos cinco y sólo trabajaban dos, mi padre y mi hermana Elvira. Para pagar las medicinas, la leche, el médico, el ataúd y la cruz de hierro fundido, tuvimos que empeñamos. Mi padre se vio forzado a solicitar una entrevista con el viejo Tarrats, dueño del «Vapor Nou», donde trabajaba de albañil y en la que Elvira atendía, a una máquina de urdir.

Mi padre contó la entrevista en casa, dejándonos boquiabiertos por la hazaña de haberse atrevido a hablar con el «amo», ante quien permaneció de pie y con la gorra en la mano:

-Se me acaba de morir mi hijo Pedro, don Juan. Y hemos tenido muchos gastos. Para los pagos apremiantes, me prestaron, por unos días, el dinero. Pero tengo que devolverlo, y he venido a rogarle me haga un préstamo de cien pesetas, a ir descontando de mi semanal.

-Bien. Te prestaré ese dinero. Pero debes saber que en todas partes el dinero está escaso y es caro. Por tratarse de ti, te prestaré las cien pesetas, pero me devolverás ciento veinte. Te irán descontando cinco pesetas cada semana.

¿Te parece bien?

-Sí, don Juan, me parece bien y le quedo muy agradecido.

 Cargados así de enormes deudas, hubo que modificar la organización del hogar. Mi madre volvió a la fábrica como rodetera. Mercedes, que tendría diez años, se encargaría de la casa por la mañana y por la tarde haría menesteres en casa de los ricos. Yo continuaría yendo a la escuela pública. Mis padres soñaban con que yo aprendiese mucho, para poder librarme de trabajar en el «Vapor Nou», que, como el «Vapor Vell», aprisionaba dentro de sus muros a familias enteras de trabajadores.

De toda la familia, yo era el único en saber sumar y restar. Asistía a las clases de una escuela primaria instalada en los altos de un caserón de la calle San Pablo, a cuyo maestro, castellano, llamado don José, habíamos motejado de «mestre panxut».

Era buena persona el mestre panxut. Pero le teníamos ojeriza porque sentía mucha afición al empleo de una larga regla de madera, con la que nos daba en la palma de las manos si la falta era leve, o en la punta de los dedos apiñados si, a su entender, la falta era grave. En el fondo de todos los alumnos, el motivo de la antipatía provenía de que fuese oriundo de Castilla. Para los niños de entonces, quien no era catalán era forzosamente castellano. Así que, cuando nos había zurrado fuertemente, lo denigrábamos llamándolo mestre panxut o castella. panxut.

A los siete años de edad, me convertí en el contable de la familia. Y nuestra contabilidad no dejaba de ser complicada. En mi casa, desde que yo tenía memoria, se compraba todo de fiado. Para cada cuenta, tenía mi madre una libreta: la del panadero, la de la tienda de comestibles, la del casero y, últimamente, la de don Juan Tarrats por el préstamo de las cien pesetas, que hube de asentar como ciento veinte.

La noche del sábado, mi madre recibía el dinero que se había ganado durante la semana: el sueldo del padre, lo ganado por ella y por Elvira y lo que hubiese ganado Mercedes. Y se hacía el recuento, colocando lo cobrado, generalmente en monedas de dos pesetas, en montoncitos de diez monedas. En la tarea de recontar, mi madre era infatigable. Yo tenía ante mí el montoncito de libretas, en las que durante la semana, nuestros acreedores habían ido anotando las cantidades debidas. Y sacaba los totales, más el total de cada total de libreta.

-¿ Estás seguro de no haberte equivocado? Repasa otra vez las sumas.

Lo hacía. Ya estaba acostumbrado a las dudas de mi madre. Si las cantidades cobradas cubrían las deudas, mi madre se dirigía a la tienda de comestibles y a la panadería para pagar. Mas si, como ocurría frecuentemente, no alcanzaban para el pago de la cuenta, nos enviaba a Elvira y a mí a efectuar los pagos y a comprar.

El panadero ponía mala cara. Seguramente pensaba que deberíamos comer menos pan. Para ponerle freno a la boca, comprábamos el pan el sábado para toda la semana, de forma que se fuese secando. Pan blando, nos habríamos comido toda la canasta en un par de días. ¡Qué delicia comer pan tierno, casi salido del horno! Existían pastelerías en Reus. Pero no eran tiendas para los obreros. Yo las conocía todas por el tiempo que pasé con la nariz pegada a sus escaparates, contemplando los dulces exhibidos.
 

1909

 Es un verano cálido, como todos los veranos. Pero este verano de 1909 está recalentado. Circulan muchos rumores, alarmantes todos: «Allá en Melilla...» «Toda la culpa la tiene el clero...» «Hay que acabar con todo de una vez...».

Reus fue siempre ciudad liberal. Hasta rebelde. En su Centró de Amigos (un bello eufemismo para encubrir que se trataba de un punto de reunión de los anarquistas) se celebró el Primer Certamen Socialista de España (otro bello eufemismo que encubría la ideología anarquista de los que participaron), que aprobó que la canción Los hijos del pueblo fuese declarada-himno oficial del anarquismo militante.

Julio de 1909. Se había declarado el estado de guerra, porque en Barcelona ardían como antorchas las iglesias y los conventos. Apretaba el calor y la ansiedad. La Guardia civil, a pie ya caballo, patrullaba, no permitiendo que se formasen grupos en las calles y plazas. Las calles importantes, como Arrabales, San Juan, Mayor, Monterols, Plaza de la Constitución y Plaza de Prim, las únicas empedradas con adoquines de granito, habían sido regadas con arena, para que los caballos del ejército no resbalasen al perseguir a los revoltosos.

Sin ser día festivo, en mi casa había más quietud que en domingo. A causa de la huelga general decretada no se sabía por quién, nadie había ido a trabajar.

Para ahuyentar el silencio, mis hermanas empezaron a barrer los cuartos, mi madre a dar lustre a la cocina y padre sacó sus instrumentos' de albañilería y fue tapando los agujeros de paredes y suelos. Yo rondaba la puerta con ánimo de salir disparado a la calle. Mi madre rezongó. .

-Hoy no se sale a la calle. ¿Me oyes?

-Sí, mamá. Te prometo no pasar del zaguán.

Como no me respondiera en el acto, abrí la puerta y descendí los tres tramos de escalera.

No bien hube asomado la cabeza a la calle cuando cruzaron frente a mí dos obreros jóvenes,.de blusa, pantalón y alpargatas. Iban decididos hacia la calle Camino de Aleixar, que desembocaba en la Plaza del Rey e iba a dar donde empezaban los pabellones del regimiento de Cazadores de Tetuán.

Uno preguntó al otro:

-¿Seguro que te dijeron de concentrarnos en la Plaza del Rey?

-Sí, por eso me dieron los dos revólveres.

Me intrigaron los dos jóvenes obreros. De buena gana me hubiese ido tras de ellos. Los vi que llegando al Camino de Aleixar doblaron a la derecha en dirección a la Plaza del Rey. Antes de haber transcurrido cinco minutos, se oyeron gritos de vivas y mueras, seguidos de estampidos de tiros, débiles, y de otros atronadores, que debían ser los de las tercerolas de los soldados y ahora volvían los dos corriendo, desandando lo andado. Debían conocer el camino. Uno dijo al otro:

-¡Mierda! Ahí están.

Se oyó una descarga cerrada de tercerolas. Los dos jóvenes se volvieron de cara a los soldados y dispararon dos veces la carga de sus revólveres. Me quedé hipnotizado ante aquellas armas, niqueladas y brillantes. Se oyó el galope de los caballos.

-Vámonos por aquí -dijo uno.

-¡Hijos de...! No se puede con el ejército -exclamó el otro.

Y se metieron por el gran portalón del negocio de paja de los Mangrané, que, para quien conociese el camino, conducía al Paseo de las Palmeras, que llevaba a los barrios exteriores del Bassot, amontonamiento de casas humildes que se apretaban en estrechas callejuelas.

Los soldados ignoraban esta salida del negocio de los Mangrané. Eran cuatro y un cabo. Este dijo a dos soldados, que se apearon:

-Buscadlos, que tienen que estar escondidos detrás de las pacas de paja. Si ofrecen resistencia, pegadles un tiro.

Subido al primer rellano de nuestra escalera, pegado al suelo, yo podía ver algo y oírlo todo.

Al fin, cansados de buscar detrás de las pacas de paja, los dos soldados aparecieron.

-No están aquí. Seguramente escaparon por unos patios que dan al Paseo de las Palmeras. Quién sabe dónde estarán ya...

Los oí galopar y alejarse. Fueron apareciendo en las ventanas las cabezas de vecinos y vecinas, que se pusieron a parlotear.

-¡Menos mal que pudieron escabullirse por allí!...

-¡Juan, sube! -gritó mi madre desde la ventana.

 

La huelga

Aquel Primero de Mayo se celebró en Reus de manera sensacional. Una manifestación de obreros recorrió las calles más céntricas con banderas rojas y coreando canciones como Hijos del pueblo, La Internacional y La Marsellesa. En la manifestación se notaba la presencia de mujeres, la mayor parte pertenecientes a la Sociedad de trabajadores fabriles y textiles que dirigía un socialista llamado Mestres, y que estaba integrada casi exclusivamente por trabajadores del Vapor Nou y del Vapor Vello y se hablaba de la fuerte lucha entre la Sociedad de los textiles y los dueños de las dos fábricas, Tarrats y Odena.

-Mal asunto para nosotros, si vamos a la huelga -comentó mi padre.

-¿Para nosotros sólo? -preguntó mi madre.

-Para nosotros, más que para muchos. Nosotros trabajamos todos en la misma empresa. Si paramos, en esta casa no entrará ni un céntimo.

Me extrañaba que mi padre dijese tantas palabras. Por lo regular, no hablaba casi nunca. Buen padre, buen albañil, era el centro de la familia en torno al cual todos vivíamos pegados. Sus vicios se reducían a fumar caliqueños. Durante la semana no salía nunca de casa. Los domingos por la tarde se iba a su café, a jugar a la manilla con otros tres obreros. Devaneos mujeriles nunca le supimos, si bien mi madre siempre anduvo encelada a causa de chismes que no dejaban de circular debido a su buena presencia. Casado dos veces, viudo de la primera mujer, teníamos en Cambrils dos hermanos, José y Diego, y una hermana, Luisa, con quienes apenas teníamos relaciones, posiblemente por vivir en pueblos alejados casi cinco kilómetros, que en aquellos tiempos era como tener que ir al fin del mundo, por no existir aún medios de transporte públicos.

En Reus, mi padre formó otro hogar, casándose con la que habría de ser nuestra madre. ¿Qué podría decir yo de ella? ¡Pobre! Murió de dolor, muchos años después de darme a luz, al saber que yo estaba moribundo en los calabozos de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, a causa de las palizas que me propinaron los polizontes cuando fracasó el movimiento revolucionario de enero de 1933.

Al fin fueron a la huelga los trabajadores del Vapor Nou y del Vapor Vello La huelga iba para largo. Los patronos de las dos fábricas no se morirían de hambre. En cambio, sus trabajadores sí se las verían de todos los colores para sostenerse.

Estaban en huelga, pero no luchaban. La dirección de la Sociedad de resistencia que agrupaba a los huelguistas estaba compuesta por socialistas, los cuales vivían al margen de las tácticas de lucha sindicalista, cimentadas en la acción directa. Partidarios de oponer la resistencia del trabajo al capital, arrastraban a los trabajadores a huelgas que, generalmente, terminaban en estruendosos fracasos. Lo que ocurriría con la huelga de los trabajadores algodoneros de Reus. Entre tanto había que subsistir. Mi madre y mis hermanas lavaban ropa de los ricos y limpiaban sus pisos, para no boquear de hambre, por favor y teniendo que agradecerlo. Mi padre se fue a Tarrasa a trabajar de albañil, con salario muy bajo y teniendo que pagarse la pensión. Era poco lo que traía cuando algún fin de semana venía a vemos. Yo también tuve que ganarme la vida.

Tenía ocho años. Me colocaron en una pequeña industria de bolsas de papel.

El sueldo era de un real diario, una peseta y cincuenta céntimos a la semana.

Algo era. Era mi ayuda a perder aquella huelga idiota que unos idiotas socialistas se empeñaron en declarar, para dejar que se resolviera sola, sin luchar.

Pasaron meses de hambrear holgando. Al fin se dio la huelga por perdida y hubo que volver al trabajo. Suplicar al dueño, al director, a los encargados, el favor de ser readmitido.

La pérdida de aquella huelga dejó a la clase trabajadora de Reus en un estado de postración. Entre los obreros se decía que la huelga había sido traicionada, que Mestres la había vendido. Lo de la venta no debía de ser cierto porque las huelgas se perdían casi siempre.

Dejé de trabajar y volví a la escuela. Ahora a una escuela de más categoría. Todos los maestros eran catalanes y el mestre Grau era el director. Era escuela primaria pública, con maestros que sabían serio y, Grau y Huguet, republicanos.
 

Me hizo, feliz cambiar de escuela. La nueva escuela estaba bien organizada. Era de enseñanza primaria, pero dividida en tres aulas, espaciosas y altas, con pupitres para dos alumnos cada uno.

Cuando ingresé, el director me hizo un ligero examen de aptitudes: aritmética, historia, gramática y escritura. Me asignó a su clase, que era la de los alumnos más adelantados. Pero me colocó en la última mesa. Pronto fui saltando a mesas más avanzadas. Antes de llegar a fin de curso, pasé a la primera, que ocupaba desde hacía mucho tiempo Marsal, un muchacho aplicado. Inmediatamente después de nosotros venía Vernet. Todo lo que tenía Marsal de apacible, lo tenía Vernet de impulsivo. Constituimos un equipo de fútbol. Me manejaba bien con la pierna izquierda y me asignaron el puesto de extremo izquierda; Marsal de interior izquierda y Vernet de delantero centro, sitio que nadie podía disputarle, pues parecía haber nacido para el deporte. Estaba atléticamente proporcionado y poseía unos nervios que parecían de acero.

Por aquellos tiempos me dolía enormemente mi pobre vestimenta: larga bata, camisa, pantalón corto y alpargatas, la vestimenta ,de los hijos de la clase obrera. Pero yo lo sentía mucho. En mi casa, se volvía a sentir los apremios de falta de dinero, originados por la aparición de otra hermanita, Antonia. Mi madre tuvo que dejar de trabajar.

Resultaba, pues, un lujo pensar en que me comprasen ropa nueva para vestirme los domingos y festivos. Al contrario, ahora que la madre estaba en casa, nuestras ropas aparecían con más zurcidos.

No eran explicaciones lo que yo quería, sino otra clase de vida. Pertenecía a una clase de desheredados que nunca tenían la posibilidad de levantar la cabeza. «Así ha sido, es y será», solía decir mi madre.

Mi compañero de banca, Marsal, me dijo que se estaba preparando para hacer la primera comunión. La preparación doctrinal la recibía en la iglesia de San Francisco. Marsal me insistió para que fuera a las clases de doctrina cristiana que daban en la sacristía de la iglesia. Al fin me animé. En mi subconsciente anidó la idea de que, si tenía que hacer la primera comunión, en mi casa tendrían que vestirme de nuevo de pies a cabeza. .

Fui y me presenté al rector, mosén Francesc, viejo sacerdote con fama de ser un santo varón. En poco tiempo me aprendí de memoria el librito de Doctrina cristiana que nos prestaba. Pero llegó el día de la comunión del grupo y yo fui el único que no la hizo.

Consternado, mosén Francesc me dijo:

-Diles a tus padres que vengan a visitarme. Hemos de ver lo de tu primera comunión. Además, quisiera arreglar con ellos tu entrada en el seminario.

Mis padres hicieron poco caso de los ofrecimientos de mosén Francesc. No me dijeron que sí ni que no. Su aspiración no pasaba de evitar mi entrada en el Vapor Nou. Pero, perderme para siempre por pasar al servicio de Dios no entraba en sus cálculos.

-Este año no podrás hacer la primera comunión. Ya veremos el año que viene -me dijo mi madre.

Cuando dije a mosén Francesc la opinión de mis padres, contraria a mi encierro en el seminario, lo lamentó enormemente.

-No saben lo que se hacen. Ignoran lo que tú vales. Tienes una memoria prodigiosa. Eso, unido a tu magnífica voz, podría hacerte llegar a ser una autoridad en la Iglesia.

Tendría unos diez años cuando hice la primera comunión. No experimenté la gran emoción a que hacían referencia los sacerdotes en sus prédicas. Logré, sí, el par de zapatos nuevos. Cómo se las arregló mi familia, lo ignoré siempre.

Estrené un trajecito azul marino, camisa blanca y gorra azul con entorchados dorados, que parecía de almirante. Alguien nos prestó el lazo y el librito de misas. Elvira -siempre ella- me llevó al templo, compartió la misa y me condujo a visitar a varias amistades.

Los domingos y festivos siguientes salía a la calle vestido como en el día de la comunión. Pero estaba en la edad de crecer y se me quedaba corto el trajecito. Unos domingos más y ya no podría ponérmelo.

 

Trabajo y esperanza

Acabo de cumplir once años y sin más estudios que los correspondientes a la clase superior de la escuela primaria, me preparo para entrar a trabajar de meritorio -aprendiz, recadero, barredor- en las oficinas de un negocio que fue, y ya no era, una gran marca de vinos de mesa: la llamada Casa Quer, que giraba con el nombre de Viuda de Luis Quer e hijos.

Mi entrada como meritorio en tan importante negocio se debía a los buenos oficios de los Coca, una familia amiga de mi madre. Los Quer eran de una familia de buena gente. Buena la vieja señora Adelaida, viuda de Quer. Buenos sus hijos José y Luis, aquél llevando vida bohemia en París y éste de secretario de la embajada de España en Berna; y buena, porque efectivamente lo era, su hija Elisabeth, con nombre en inglés por haber nacido en Londres, y a quien todos llamaban Ilisi. Buena persona don Buenaventura Sanromán, apoderado del negocio, y buena persona Juan Doménech, jefe de oficina y único oficinista que quedaba en la casa. Buenas gentes los que trabajaban en las bodegas trasegando vinos, filtrándolos, clarificándolos, envasándolos en grandes toneles y pipas. .

Entré ganando un duro al mes. Tenía once años. Iba a ganar menos que a los siete años. Y el duro al mes era como una caridad que me hacían aquel conjunto de buenas personas. Sin embargo, no tenía un momento de descanso durante la jornada de trabajo, de las ocho de la mañana a las ocho de la tarde.

Un día y otro día, siempre la misma cosa. Siempre el mismo duro de sueldo mensual. Los domingos, por la -mañana me tocaba ir al apartado de correos a recoger cartas y llevarlas a mediodía a la oficina. El apoderado, don Ventureta como le llamábamos, llegaba a las doce, se engrasaba los zapatos con brocha y crema negra, se los cepillaba hasta que parecían espejo y, pacientemente, se dedicaba a leer las cartas, si las hubo. Después, ya pasada la una de la tarde, a punto de imos, me hacía la acostumbrada pregunta, tartamudeando, que así era él:

-¿Ya... ya... ya has ido a misa hoy... hoy?

-Sí, ya fui.

-¿A qué iglesia?

-A la parroquial, de paso a Correos.

-¿ Qui... qui... quién oficiaba?

-Mosén...

Y le daba un nombre. Yo conocía, por sus nombres, a todos los curas de la parroquial de San Pedro; yendo o viniendo de Correos, me asomaba y me fijaba en el cura oficiante y la hora de la misa. De ello dependía que me diese mi domingo: una monedita de plata de cincuenta céntimos. .

La casa Quer había sido una firma importante. De su grandeza quedaban las enormes bodegas, repletas de grandes tinas de madera, algunas todavía en uso y otras vacías, en espera de mejores tiempos. El personal laborante era escaso. Don Ventura, el apoderado, hacía de todo un poco y se le tenía por uno de los mejores mustasar, catador, de su tiempo.

Me gustaba deambular por las bodegas. Acercarme al corro que a la hora del almuerzo se juntaba alrededor de la mesa del encargado -el peixeter de almacén. El almuerzo duraba una hora, de ocho a nueve de la mañana.

Cada cual sacaba lo que había traído para comer. Como eran trabajadores de una gran casa, se hacían los comedidos en el comer y en el hablar, y hasta en el beber el vino de un enorme porrón que con gran prosopopeya dejaba en el suelo el peixeter. Yo escuchaba sus conversaciones, pero no aliaba el porrón.

Para mi uso personal había decidido ir acabando con el contenido de muchas botellas que, en calidad de muestras, estaban en unos anaqueles del pequeño laboratorio adjunto a la oficina: moscateles, mistelas, vino rancio y vino de misa. Aquella ocupación no constituía un avance. Llevaba dos años de meritorio, cada día hacía más trabajo de escritorio y, sin embargo, a fin de mes seguían pagándome un duro. Sí, eran muy buenas gentes. Era como haber caído en un pozo. Siempre rodeado de buenas gentes y sin ninguna mejora en el sueldo.

¿Cuándo podría ascender en una oficina que solamente tenía un oficinista, Doménech, y un ayudante, que era precisamente yo? La casa Quer era un pozo y una ratonera. ¿Cómo hacer para salir de allí? Deseaba huir. pero muy lejos, por lo menos tan lejos como oía decir que se encontraba Barcelona. Cuando algún domingo me marchaba a pasear hasta la Boca de la Mina y miraba la salida de algún tren, no podía evitar la gran emoción que me producía aquella especie de largo gusano que se deslizaba raudo hacia Madrid o Barcelona.

Se presentó la ocasión de intentarlo. Ya llevaba tres años en la casa Quer. Me habían aumentado el sueldo a dos duros mensuales. Un día pedí al señor Ventureta si podía hacerme el favor de adelantarme el sueldo de dos meses, por estar en mi casa urgidos de dinero. Me dio los cuatro duros. Después de comer, en vez de irme a la oficina, me dirigí a la estación a tomar el tren de las dos de la tarde en dirección de Barcelona. Era uno más de los muchos hijos de trabajadores que huían de sus casas. En toda España ocurría lo mismo. En Cataluña, la cosa no era considerada grave. Se solía decir de quienes se iban de sus casas: «Se fue a vender azafrán», por eso de que los vendedores de azafrán iban de pueblo en pueblo ofreciendo su mercancía.

Llegué a Barcelona al atardecer del mismo día. Al salir de la estación compré dos panecillos y una butifarra. Serían mi cena y mi desayuno del día siguiente. Barcelona no me impresionó gran cosa. No conocía en ella a nadie y me puse a pensar dónde pasaría la noche. Al día siguiente pensaba partir en dirección de Francia, donde, por estar en guerra con Alemania, suponía que me sería fácil encontrar en qué ganarme la vida. No me preocupaba el idioma; hacía más de un año que me levantaba a las seis de la mañana para estudiar francés en un librito de preguntas y respuestas. Cené pan y butifarra y bebí agua de una fuente pública. Andando, topé con el cine «Triunfo», cerca del Arco del Triunfo, donde me metí y estuve hasta que lo cerraron. Regresé a la estación y me acomodé en una banca.

Desde que el tren penetró en la provincia de Gerona empezó a llover de manera pertinaz. Empecé a sentir cierta inquietud. A mis trece años, solo por el mundo, rodeado de gentes que no conocía y que eludía, me sumía en una vaga somnolencia que procuraba alejar, por temor a no darme cuenta de la llegada a Vilajuiga, donde debía apearme.

Y llovía cuando llegamos a dicha pequeña población. ¿Qué hacer, lloviendo y sin paraguas? Me dirigí a un tren de mercancías ya formado y me encaramé a una garita de garrotero. Esperé a que terminase la lluvia. La verdad es que me sentía hundido. Y fracasado. Mi salida no podía conducirme a ninguna parte. Me había ido de casa para librarme de la estúpida vida de meritorio. Y me di cuenta que no debía pretender ir más lejos. Tenía que regresar a casa y buscar un trabajo que me permitiese ser independiente.

Me dormí profundamente. La noche era fría. Se me debía ver porque recuerdo vagamente que alguien, seguramente algún empleado del ferrocarril, decía a otro:

-Es un niño. Déjalo que duerma.
 

Mi madre lanzó un grito de alegría al verme y me acogió con lágrimas, igual que mis hermanas. Mi padre, que de niño las pasó muy gordas, huérfano de padre y madre, me acogió cordialmente desde el camastro en que estaba haciendo la siesta:

-Poco te duró el vender azafrán.

Trabajé todavía unos meses en casa Quer, que no opusieron reparos a mi reintegro en el trabajo. Se comprende, porque tenían que recuperar los cuatro duros de anticipo que les pedí.

Al ir a recoger el correo, pasaba siempre frente a la fonda La Nacional. El dueño, que hacía de cocinero, se pasaba parte de la tarde dormitando en la puerta de la fonda. Le desperté:

-¿No me daría trabajo en la fonda?, le pregunté.

-¡Qué casualidad! Hoy nos ha dejado el xarrich de la cocina. ¿Te gustaría trabajar de lavaplatos? Con el tiempo, aprenderías a ser cocinero.

-Sí, me gustaría.

-¿Puedes empezar mañana a las siete? Son cuatro duros al mes y las tres comidas gratis.

Era duro el trabajo de xarrich de cocina. A las ocho de la mañana ya estaba con el dueño en el mercado para la compra diaria de verduras, frutas, carnes, pescado, gallinas y conejos. Todo iba siendo metido en la enorme canasta de mimbre que llevaba sobre la espalda. No era lo más pesado. La cocina de una fonda era como un infierno. Sobre el xarrich se abatían, a las horas de las comidas, montañas de platos, más la limpieza meticulosa de las sartenes y cacerolas. Me di cuenta de que la cocina era lo más duro de la industria restaurantera. Si no quería dejar la piel entre las montañas de cacerolas y de platos sucios, tendría que avisparme y pasar al comedor. Los camareros, siempre limpios y bien vestidos, trabajaban pero no echaban el bofe, y solamente en propinas ganaban más dinero que los cocineros.

La fonda La Nacional estaba en la calle Llobera. Cerca, casi entrando en la Plaza de Prim, acababa de abrirse un bar restaurante muy a la moderna: el Sport-Bar. La dueña del Sport-Bar, mujer joven y dinámica, con aires de pueblerina rica, hacía el mercado por las mañanas, acompañada de una criada que le llevaba la canasta. Se me acercó mientras esperaba en la pescadería la compra que el dueño de La Nacional acababa de hacer.

-Vente conmigo de ayudante de camarero al Sport-Bar. No tendrás que hacer el mercado.

-¿Y las condiciones?

-Una peseta diaria, las propinas y las tres comidas. Y la ropa de trabajar limpia.

-El lunes por la mañana iré.

Me gustó el trabajo en el Sport-Bar. Instalado en los bajos del caserón del Círculo Olimpo, se distinguía por su pulcritud.

Aumentó el público del Sport-Bar. Los días de mercado en Reus, los lunes, venía a servir un camarero extra, «El Chato». Me hablaba maravillas de Tarragona, con sus playas y su puerto, siempre lleno de barcos.

El mar. Yo suspiraba cada vez que me hablaba del mar y de los barcos.
 

Fui preparándome para dejar el Sport-Bar. El Chato me propuso ser ayudante de un camarero del Hotel Nacional de Tarragona, un tal Cardona, que se había formado en París. Ganaría diez duros al mes y Cardona me daría la cuarta parte de sus propinas. Acepté la oferta, despidiéndome del Sport-Bar. El martes siguiente me presentó en el Hotel Nacional. Le caí bien a Cardona. En la cocina se rieron un poco de mí cuando me presenté a pedir el desayuno. El chef se llamaba Alfredo Dolz.

Subí a vestirme a lo que dijeron ser mi habitación, un tabuco de metro y medio de ancho por tres de largo, con techo tan bajo que yo, niño de catorce años, tenía que andar agachado para no dar con la cabeza en el techo. Encima del catre de tijera tenía el paquete con la ropa nueva de trabajar.

Con excepción de Cardona, que por estar casado dormía en su casa, los demás, cocineros, camareros, cochero, recamareras y lavanderas, dormíamos en el hotel. Mi tabuco quedaba en el primer piso, junto a la cocina y tos retretes. Daba horror donde dormían los demás: habitaciones sórdidas con tres y cuatro camastros, las camas sin hacer y clavos en las paredes para colgar las ropas.
 

Pasó el tiempo. El chef, Alfredo Dolz, se fue a trabajar al Restaurante Martín de Barcelona. Poco después, se fue Cardona al Trink-Hall de las Ramblas de Barcelona. Antes de irse, ambos me prometieron ayudarme a encontrar trabajo si me resolvía a ir a Barcelona.

Al fin lo hice. Era el verano de 1917. De paso para Barcelona hice escala en Reus, para despedirme de mis padres y de mis hermanas. Dos días después me despedí de ellos y tomé el tren de la tarde. La estación estaba vacía y el tren casi también. Ocurría algo que yo ignoraba. Aquel mismo día había de celebrarse en Barcelona la Asamblea de Parlamentarios. Se esperaba que aquello terminase en revolución. No hubo tal, por el momento.

En la consigna de la estación dejé la maleta. Y en tranvía me dirigí a las Ramblas. En el Trink-Hall, bar de lujo, encontré a Cardona muy ocupado en el servicio. Me indicó dónde quedaba el restaurante Martín, en el que trabajaba Alfredo Dolz. Este me acogió amablemente. Poco podía esperar de Cardona y de Alfredo. Encontré trabajo en la fonda La Ibérica del Padre. Duré poco en ella, pues por recomendaciones de Alfredo pasé a trabajar de camarero al Hotel Jardín, que no pasaba de ser una fonda de segunda clase. Estábamos en agosto de 1917. Hacía dos meses que había llegado a Barcelona. Qué magia tendría aquella ciudad que hacía de cada uno de sus trabajadores un revolucionario en potencia. Por las noches, a la salida del trabajo, me gustaba concurrir a un teatro del Paralelo, donde se representaban obras de protesta como El sol de la humanidad, El nuevo Tenorio, En Flandes se ha puesto el sol, Sangre y arena, Amalia, o la historia de una camarera de café y otras. El teatro se llenaba todas las noches, siendo trabajadores la mayor parte de sus concurrentes. Dentro del teatro se respiraba la pasión revolucionaria.

En la calle, también. Se había declarado en toda España la huelga de los ferroviarios. Se decía que la orden de los sindicatos era de huelga general revolucionaria. Los tranvías funcionaban, pero con grupos de soldados en las plataformas, con el fusil presto a ser disparado. Se decía que por la calle de Amalia y la de Cadena se habían levantado barricadas, donde se batían los sindicalistas y los anarquistas contra el ejército y la Guardia civil.

Quise ver si era cierto. Por las Ramblas patrullaba la Guardia Civil a pie y a caballo. En la calle del Carmen se veían destacamentos del ejército. Tomé por la calle de San Pablo, pensando en llegar hasta el Paralelo. A la altura de la calle de la Cadena, en el cruce con San Rafael y pasaje San Bernardino, se levantaba una gran barricada. Pero me pareció que estaba desocupada. Pegado a las paredes, me fui aproximando a la barricada. De pronto, de una taberna de la esquina salió un hombre de mediana edad, con un revólver en la mano y disparó cinco tiros en dirección de la calle del Carmen que cruzaba al final del pasaje, y desde donde artilleros del ejército parapetados en un cañón dispararon un cañonazo en dirección de la barricada, de la que saltaron en todas direcciones esquirlas de adoquín. El que había disparado el revólver abandonó la barricada, y arrastrándose por el suelo se dirigió por la calle San Rafael hacia la de Robador. Pero antes dijo:

-¡Esos hijos de...! ¡No se puede con el ejército!

El revólver y el grito de impotencia me recordaron a los dos jóvenes obreros que en Reus dispararon contra los soldados. Alguna diferencia existía, no obstante, entre las luchas de 1909 y las de 1917. A aquéllas se las llamó «semana trágica», a éstas «semana cómica».

Tras el estampido del cañonazo se oyeron nutridos tiroteos en las partes bajas de la ciudad, hacia el Paralelo, en dirección del puerto y del Distrito V y por las Ramblas. Como pude, fui andando en dirección de mi casa de dormir. Pero tenía que atravesar la Rambla por el Pla del Os, para tomar la calle del Cardenal Casañas. No pude hacerlo, por las carreras y los tiros a lo largo de las Ramblas, en dirección de la plaza del Teatro. Con otras personas me refugié en una tienda de sombreros, desde donde vi pasar corriendo a los guardias de Seguridad, de la Guardia civil montada y a mandos del ejército, agitados y apuntando hacia las azoteas, que es de donde debían partir los disparos. Enfrente teníamos el mercado de la Boquería, al que no se atrevían a penetrar los soldados ni los guardias, por ser una verdadera encrucijada de pasadizos llenos de cajas, canastas y sacos de verduras, de patatas y de cebollas.

Las luchas, más o menos esporádicas, duraron una semana. Quizá porque la sangre no llegó al río, o porque no ardieron las iglesias y conventos fue llamada «semana cómica».

No dejaba de preguntarme: ¿Por qué, en las dos pequeñas revoluciones que había presenciado, los revolucionarios siempre aparecían solos o casi solos, dispersos y disparando al aire? En tales condiciones serían siempre vencidos.

Tenía yo entonces 15 años. 1917 era un año de mucha agitación. Primero, la Asamblea de Parlamentarios y, después, la huelga ferroviaria con su semana cómica, pero movida. Y se hablaba de la revolución rusa. Y la revolución era tópico de conversación. No olvidaré yo la conversación que sostenían dos clientes del Hotel Jardín, que se sentaban siempre en mi turno de mesas. Eran croupieres del casino «Bobinó». Uno, el de más edad, de pelo gris bien peinado y de ademanes calculados, explicaba al otro, más joven:

-No estamos viviendo una revolución. A lo sumo, se trata de algaradas. Desde un principio pensé que nada serio ocurriría, que la huelga, patrocinada por los socialistas y secundada por los sindicalistas, sería, como siempre, traicionada por los primeros, que no quieren propagar la revolución entre los trabajadores.

-¿Por qué, pues, los sindicalistas les han hecho el juego?

-Te diré; porque los sindicalistas, y sus primos hermanos los anarquistas, en cuanto se habla de huelga general revolucionaria, se conducen como ingenuos. Puedes estar seguro de que solamente ellos se han batido en las barricadas.

-¿Crees que los bolcheviques son más revolucionarios que los de aquí?

-No, de ninguna manera. Ya verás cómo allá habrán sido los sindicalistas y los anarquistas los que iniciaron la revolución.

-¿De verdad que son los más avanzados los sindicalistas?

-Sí. Si algún día se implanta la igualdad económica, serán ellos quienes la implantarán.
 

Me cansé de trabajar en el Hotel Jardín y me pasé al bar restaurante Las Palmeras, que de hecho pertenecía al mercado de la Boquería.

Fui aprendiendo que todos los trabajos eran igualmente pesados y que los dueños eran igualmente explotadores.

En Las Palmeras había que dormir en la casa. Cuando terminaba el trabajo no quedaban ganas de salir a dar una vuelta por el Paralelo o los prostíbulos del Distrito V. Uno se dejaba caer en el camastro, generalmente a medio desvestir. Nos acostábamos por turnos y por turnos nos llamaban.
 

Llegó la primavera de 1918. Me ofrecieron ir a trabajar al restaurante de la Colonia Puig, en Montserrat. Me atrajo la idea de ir a vivir en aquellas montañas de piedra trabajada caprichosamente por la naturaleza. En el ómnibus de la empresa me llegué a la Colonia Puig, emplazada entre Monistrol y Monastir. Era hotel para gentes pudientes.

Cuantos trabajaban en la Colonia Puig eran buena gente: los camareros, Serafín y Blasco; los cocineros, Carlos Sangenís y Magre, y el repostero Pablo Sangenís; el mozo de viajeros, «el Olesa», y hasta los dueños, el viejo Puig y sus hijos, altos y fuertes como cíclopes. Decíase del viejo Puig que era hombre de confianza de Lerroux y que con capital de los jerarcas del Partido Radical se había creado la Colonia. Lástima que el trabajo fuera sólo de temporada, porque resultaba agradable trabajar allí. Los moradores eran veraneantes que pasaban las vacaciones en plan de ricos. Los domingos y días festivos afluían los visitantes. Algunos jueves, por la tarde, si no me tocaba la guardia, subía a Monastir, andando a pie por la carretera. Merendaba y escuchaba el canto de la Escolanía del Monasterio.

En la montaña, como en la ciudad, iba y venía generalmente solo. Rehuía la compañía de la gente del oficio, inclinada al juego, a la prostitución, con tendencia a la explotación de las mujeres. Frecuentemente me preguntaba si no habría nacido para el sacerdocio.

Se terminó la temporada de veraneo y regresé a Barcelona. El Maño, que había trabajado conmigo en el Hotel Jardín, lo hacía ahora en el hotel restaurante La Española, de la calle Boquería. Me presentó a la dueña de la fonda, -viuda guapetona y muy apta para el negocio, que me ofreció quedarme a trabajar en su casa. Ni lo pensé y le dije que sí. Cambiar de casas era beneficioso para quien, como yo, aspiraba a aprender el oficio en todos sus aspectos y llegar a ser un buen profesional.
 

Estábamos ya en 1919. Seguía trabajando en La Española, señal de que nadie me había ofrecido nada mejor. Y eso que me afilié a la Sociedad de Camareros La Alianza, a cuyo local de la calle Cabañas concurría asiduamente las tardes que no prestaba servicio. Ello me permitió asistir a una conferencia que nos dio el líder de la Unión General de Trabajadores, Francisco Largo Caballero, quien me produjo la impresión de ser un cureta laico, apagado y gris. Le controvirtió un camarero llamado Gómez, con teorías sindicalistas más radicales que las expuestas por el líder de la UGT. A Gómez le sostuvo en su posición, con conceptos anarquistas, otro camarero llamado Alberich.

Me gustaron aquellos debates, que me recordaban la conversación de los dos croupieres en el Hotel Jardín.

En La Española estaba a disgusto porque había tenido que volver a hacer habitaciones y fregar los suelos, faenas que me parecían vergonzosas. Estuve a un paso de librarme para siempre de limpiar la mierda de los demás. Casi cada semana venía a hospedarse a La Española un hombre muy rico, a quien llamaban Companys, «el trapero rico». No vestía mal, pero parecía oler siempre a trapos viejos. Gordo y de franco hablar, solía venir acompañado de una hija, joven de 16 años, rubia y de mirar candoroso desde sus azules pupilas. Ella no me perdía de vista en mi ir y venir de una mesa a la otra. Cuando me acercaba a la mesa que ella ocupaba, me dirigía siempre una mirada alegre.

Una de las veces que se hospedó en el hotel, el trapero rico me llamó aparte.

-¿Qué? ¿No te gusta mi hija?

-Sí, me gusta mucho. Parece un ángel.

-¿Qué esperas, pues, que no te declaras a ella?

-Le diré. Me gusta para mirarla, pero no para declararme.

-No te entiendo. Si te declaras, ella te dirá que sí, y yo no he de deciros que no.

-Todavía soy muy joven.

Al siguiente viaje, ella siguió mirándome con ternura. Companys me llevó otra vez al coloquio apartado.

-¿Qué has decidido?

-Nada, no he decidido nada. Soy muy joven. ¿Qué haría para mantener mujer e hijos?

-Toma y lee La Vanguardia y en la sección de anuncios verás cuántas ofertas se hacen de venta de carro y caballo. Escoge el que quieras; te lo compro, te lo lleno de naranjas y de trozos de jabón y sales a los pueblos a cambiar naranjas y jabón por hierros y metales viejos. Así me hice rico yo. ¿Ves esta cruz de hierro? Pues la cambié por tres naranjas y un cuarto de jabón. Hoy, en una casa de antigüedades, me han ofrecido por ella veinte mil pesetas. No te puedes imaginar qué negocio es el hierro y los metales viejos.

-Sí, lo creo. ¿Me deja que me lo piense más?

-¿Qué necesitas pensar? ¿No te gusta el negocio del carro y las naranjas?

¿Te gustaría más el negocio de la fonda? Pues decídete. Te casas con mi hija y os monto en el pueblo el mejor hostal. ¿Qué me dices?

-Tendría que ir a Reus y hablar con mis padres. Todavía soy menor de edad, y acabo de cumplir diecisiete años.

Las cosas quedaron así de un día para otro. Lo cierto es que me sentía ya como pájaro a punto de ser enjaulado. Siempre tenía una excusa. Lo que no me atrevía era a darle un no, para no entristecer a su hija.
 

Por aquellos días de 1919, Barcelona vivió momentos de inquietud y de oscuridad. La huelga de La Canadiense, empresa que controlaba la mayor parte de la fuerza motriz, estaba sacudiendo la vida del trabajo. Por los comentarios que recogía en La Alianza, se trataba de una prueba de fuerza entre los sindicalistas y los capitalistas. Al abandonar los obreros sus puestos de trabajo en las fábricas de electricidad, fueron inmediatamente sustituidos por marinos y técnicos electricistas de los barcos de guerra surto s en el puerto, que eran muchos, pues por lo visto el gobierno había enviado casi todos los buques de la flota del Mediterráneo.

En La Española nos tocaron de huéspedes dos ingenieros electricistas de la Armada, designados para prestar servicio en la fábrica de electricidad térmica del Paralelo, colindante con Pueblo Seco. El primer día, la dueña me envió a llevarles allí la cena. Anduve desde la calle Boquería, cruce de la Rambla, calle San Pedro, Brecha de San Pablo y Paralelo, hasta la termoeléctrica y su sala de calderas, en la que los hornos eran alimentados con carbón por marinos.

Salí por la puerta de Pueblo Seco. Frente a la fábrica se hallaba estacionado un carro con toldo, tirado por un caballo. Al cruzar la calle salieron dos tipos, que parecían obreros, de un zaguán. Me abordaron.

-¿Sales de la eléctrica, eh? Pues monta al carro.

Otro que estaba dentro me tendió la mano y me ayudó a trepar.

-¿Para quién era la comida de las dos fiambreras?

-Para dos oficiales de la Armada -contesté.

-¿Eres de los nuestros?

-Todavía no, pero no creo que tarde mucho.

-Llevarles la comida a los oficiales es ayudar a los rompehuelgas, ¿no?

¿Quiénes trabajan dentro? ¿Solamente marinos o también hay esquiroles?

-No he visto ningún obrero civil. Todos son marinos.

-Bien, ahora vete. Pero no vuelvas a traerles comida de la fonda. ¡Que se chupen un dedo!

La huelga la ganaron los trabajadores. Los sindicalistas que la dirigieron desplegaron una actividad inusitada. Comités de huelga, como el que me detuvo, actuaban en la ciudad a docenas. Muchos de ellos fueron detenidos; pero previsoramente habían sido designados dos y tres equipos para sustituirlos, hasta por lo que se refería al Comité central de huelga.

Como yo me arrimaba preferentemente a Gómez, el más radical de ellos, un amigo suyo, jefe de camareros del Hotel restaurant Coll, del Tibidabo, me propuso ir a trabajar con él la temporada de verano.

Acepté, pues me gustaban los cambios. El Hotel restaurant Coll era establecimiento de primera clase, para las familias de los magnates capitalinos.

La fachada daba a la plaza, pero las dos terceras partes del edificio estaban en medio de un bosquecillo de pinos y, por la parte que miraba al mar, quedaba como suspendido en el aire.

Mi rápida aceptación de pasarme a trabajar al Tibidabo tenía algo de huida. Había llegado a temerle a la insistencia del rico trapero, que no cejaba en su empeño de casarme con su bella hija. Instintivamente me estaba dejando llevar hacia un porvenir del que no tenía ni idea.

De Casa Coll me gustó, en seguida, el aroma de pinos que tenían los amaneceres y el soberbio espectáculo de luces que ofrecía la inmensa vega sobre la que se asentaba Barcelona.

Se me asignó servir las comidas de dos pequeños pabellones que tenía el restaurante, reservados para dos familias de las más ricas de la ciudad, una que dirigía una gran industria textil y la otra dueña de un complejo metalúrgico, que durante la guerra europea se habían hartado de ganar millones.

La esposa del metalúrgico, a quien le gustaba platicar conmigo, todos los días me daba un duro «para sus gastitos y por el buen servicio que nos da», decía. Era simpática y agradable, de un rubio platino.

-¿No te gustaría venirte con nosotros, cuando nos vayamos? Trabajarías en nuestra residencia, solamente para mí, mi esposo y los invitados.

No era desagradable subirle el desayuno a la señora. Hasta me placía más que mis andanzas nocturnas por el Distrito V. A finales de agosto me dijo:

-¿No has decidido todavía venirte con nosotros? Nos vamos ya el próximo lunes.

-Pues, la verdad, no me atrae la idea de trabajar encerrado en una residencia. Ser camarero libre es una cosa, y muy otra el pasar a ser doméstico.

-Y yo, ¿no te gusto? ¡Qué doméstico, ni qué tonterías! Al cabo vendrás siendo lo mismo que el señor.

-Acaso tenga razón. Me lo pensaré.

-Dime que te vienes con nosotros y ahora mismo te doy quinientas pesetas.

-No, ahora no. Si me voy ahora dirían tonterías. Cuando termine la temporada, hablaremos.

-¿De veras? Te daré la dirección.

Me había escapado de la bella hija del trapero rico, y ahora me libraba de las tentaciones de la mujer ajena.

Hubiera podido quedarme a trabajar de manera permanente en Casa Coll. Me enteré de que el señor Coll, dueño del hotel, era jefe de somatenes de aquella parte de la ciudad. Cuando mataron a Bravo Portillo, comisario de policía y encarnizado enemigo de los sindicalistas, al que se culpaba del asesinato del obrero tintorero Sabater, «Tero», gran militante sindicalista, el señor Coll reunió en el saloncito de música a no menos de veinte somatenes, gentes de dinero, como él, con un miedo cerval a la revolución social que preconizaba la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña.

Al terminar la temporada de verano, cobré el sueldo de los meses que trabajé y me despedí de todos menos del señor Coll.

Al día siguiente de haber regresado a Barcelona, entré a trabajar en el restaurante del Hotel Moderno, en la calle del Carmen, cerca de la Rambla.

Tras la huelga de la Canadiense quedó un estado de agitación en todas las capas de población trabajadora de Cataluña. Entre los trabajadores de hoteles, bares y restaurantes, principalmente entre los camareros, se manifestó una corriente contra las propinas. Yo engrosé el grupo de los que presionaban por la fusión de la sociedad de camareros, La Alianza, y la de camareros y cocineros, La Concordia. La Alianza pertenecía a la Unión General de Trabajadores. La Concordia era un organismo neutro, que presumía de dar cabida en su seno a los mejores cocineros y camareros de Barcelona. Logramos que se hiciese la fusión de las dos sociedades, dando nacimiento al Sindicato de la Industria Hostelera, Restaurantes, Cafés y Anexos. El nuevo sindicato trasladó su sede a un local de la calle Guardia, en pleno Distrito V.

El primer presidente del nuevo sindicato fue un camarero bastante culto, llamado Boix, hijo de un tipógrafo que pertenecía al grupo editor de Tierra y Libertad, periódico anarquista de mucha fama. El Comité que se constituyó recibió de la Asamblea el encargo de estudiar y elaborar unas bases de trabajo para todas las secciones de la industria, incluyendo la supresión de las propinas.

Acaso debió esperarse a que la reciente unificación fraguase en una mayor consistencia orgánica. No fue así y todo fue hecho súbitamente: la unificación, la elaboración de bases de trabajo, su presentación a los patronos y, finalmente, el ir a la huelga.

Cuando entramos en huelga, todavía como entidad autónoma, sin afiliación a la CNT ni a la UGT, se planteó de manera inaplazable la incorporación a una de las dos centrales sindicales existentes entonces en España. El Comité del sindicato, convertido en Comité de huelga, entró en contacto inmediatamente Con la Federación local de Sindicatos de la CNT y se acordó la incorporación a la organización CNT.

La Federación local designó tres delegados suyos para reforzar la acción y la dirección de nuestra lucha: un tal Rueda para orientar al compañero Boix en la presidencia del Comité de huelga, Santacecilia y Daniel Rebull («David Rey»), para integrar, con el camarero Juan Doménech y yo, un Comité de acción.

Era muy tierno nuestro sindicato. Sus componentes no conocían las luchas sociales y, desde el principio, las cosas marcharon mal. Aunque habíamos entrado a formar parte de la CNT, sindical que utilizaba la acción directa, encaramos la huelga como si todavía perteneciésemos a La Alianza, que había estado afiliada a la UGT, cuyo método de acción era de resistencia. Se abrieron cocinas y comedores para los huelguistas en algunos locales de los sindicatos de la CNT.

No faltó alguna que otra manifestación de idealismo. Algunos jóvenes del oficio y del Sindicato Unico de la Alimentación, bastante influidos por un panadero llamado Ismael Rico, cuñado de Emilio Mira, militante significado entre los sindicalistas, decidimos crear un grupo anarquista, al que dimos el nombre de «Regeneración». Los componentes fuimos Rico, Bover, Romá, Pons, Alberich, otro cuyo nombre he olvidado y yo. Fui nombrado delegado ante la Federación local de Grupos anarquistas, de Bandera Negra. Existía otra Federación local, de Bandera Roja. Asistí a varias reuniones en el local del Sindicato Unico de la Metalurgia, en la calle Mercaders. Contra lo que yo esperaba, los grupos anarquistas organizados sólo se preocupaban de las relaciones epistolares con otros grupos de España y del extranjero, de la propaganda oral y escrita de las ideas ácratas, del sostenimiento y reparto de su periódico Bandera Negra. Si por algo se interesaban en las luchas que sostenían los sindicatos y los sindicalistas, era con la finalidad de analizar críticamente los discursos y los artículos de sus líderes, Salvador Seguí, Simón Piera y otros.

No por ello nos desmoralizamos los componentes del grupo «Regeneración». Sin dejarnos afectar por el talante de sacristía que tenían las reuniones de los delegados de grupos, y sin damos por enterados de que los conceptos de los anarquistas eran contrarios al desarrollo sindicalista, apoyamos con nuestros artículos a los compañeros del periódico Renovación, órgano de nuestra Sección profesional, que dirigía un camarero oriundo de Reus, llamado Valls, quien demostró poseer buenas cualidades periodísticas. Ayudamos también en lo posible al Comité de acción en sus actividades clandestinas, que se redujeron a muy poca cosa: embadurnar paredes de los establecimientos del ramo y colocar algunos petarditos, que hacían más ruido que daño.

Y se perdió la huelga. Pude evitar la humillación de reintegrarme al trabajo como un vencido, pues la vuelta al trabajo tuvo lugar estando yo preso en la cárcel Modelo, adonde fuimos a parar el camarero Hermenegildo Casas y yo, por haber sido detenidos cerca de donde se produjo una trifulca entre huelguistas y esquiroles. Tenía, entonces, 17 años de edad.
 

Pascua sangrienta

La huelga de camareros fracasó. Nos habíamos afiliado al Sindicato Unico del Ramo de la Alimentación de Barcelona al día siguiente de la declaración de huelga, que se sostuvo más de dos meses. Fue larga. Se perdió, según nos explicó Salvador Seguí, en representación de la Federación local de Sindicatos de la CNT de Barcelona, por haber sido conducida sin espíritu de lucha sindicalista, lo que era muy comprensible si se tenía en cuenta nuestro origen ugetista, de base múltiple y reformista, tan distinta de la manera de ser sindicalista revolucionaria, que funda su lucha en la acción directa, que parte del principio de que todos los afiliados a un sindicato en huelga toman parte activa y directa en la marcha del conflicto.

Salvo algún que otro incidente, el desenvolvimiento de la huelga fue pacífico. Como ya he dicho, a mí y a otro camarero, también del grupo «Regeneración», nos llevaron detenidos gubernativos. Pasamos por la comisaría de la calle Ragomir, luego fuimos trasladados a la comisaría general de Orden público, entonces cerca del puerto, y de allí a la prisión celular: inscripción, gabinete antropométrico, rastrillos en los túneles de entrada, presentación al centro de Vigilancia y, finalmente, llevados al taller número 3, que lo mismo que el número 2, servía de sala de estar y de dormitorio a los presos por cuestiones sociales.

Nuestra entrada en el taller número 3 tuvo algo de sensacional. Después fuimos viendo que siempre ocurría lo mismo al dar la bienvenida a los presos recién llegados. Un coro de compañeros presos se puso a cantar el repertorio de canciones revolucionarias más en boga, como Hijos del pueblo y La Internacional, y otras menos conocidas, que eran couplets en boga con letras claramente insurgentes.

Al terminar de cantar el coro, estallaron risas y carcajadas mezcladas con gritos de ¡Viva la revolución social! y ¡Viva la anarquía! Cuando todo hubo terminado, se nos acercó e! que dijo ser miembro del Comité Propresos, al que acompañaban Cubells, presidente del sindicato de la Madera, preso con otros tres miembros del mismo Comité, Sanarau, Guerrero y Arrnengol, que integraban el Comité Propresos.

Nos preguntaron quiénes éramos y a qué sindicato pertenecíamos. Al saber Cubells que yo tenía solamente 17 años, me dijo que por ser el preso más joven del taller me correspondía ejercer la secretaría del Comité. Y me explicó mi cometido: pasar relación diaria del número de presos sociales a la taberna de Collado, que estaba enfrente de la cárcel Modelo, encargada de enviar dos veces al día las cestas de la comida a cada preso social; investigar, en el acto de entrada de los presos, si realmente lo eran por motivos sociales, nombre, direcciones y sindicato a que pertenecían, así como dar cuenta de todo al Comité local Propresos en la visita diaria que tenía autorizada por la dirección de la prisión.
 

Los talleres eran bastante grandes: rectángulos de 60x40 metros, de una altura de 5. En un ángulo del fondo, un urinario-wáter, excesivamente pequeño para el centenar y pico de presos que cabía en cada taller, era el rincón más apestoso de la sala al que nadie quería acercar su petate. Afortunadamente, unos grandes ventanales, con gruesas rejas y celosías, mantenían la sala sin los olores característicos de las aglomeraciones humanas.

Me acomodé a mi cargo de secretario del Comité, lo que me dio la oportunidad de conocer a los presos que parecían más interesantes. Por ejemplo, tuve que atender a Perelló Sintes, natural de Mallorca, ingresado por un incidente que tuvo con su patrono, Vidal y Ribas, persona intratable y jefe, además, del Somatén.

Perelló Sintes, o Liberto Callejas, que es como él quería ser llamado, fue un problema desde el momento de su llegada, porque no pertenecía a ningún sindicato y manifestaba gran repugnancia por toda forma de organización comunitaria. El se proclamaba anarquista puro, individualista y enemigo de todo gregarismo. Sentado en su petate, se pasaba el tiempo leyendo cuanto libro caía en sus manos. Era lo único que le interesaba, leer. Estaba siempre enfermo, según decía, y de hacerle caso se iba a morir en cualquier momento. Nunca nos dijo cuál era su enfermedad ni se apuntaba para ir a la visita del médico. Pese a no pertenecer a ningún sindicato, logré que el Comité Propresos del exterior se hiciese cargo de él, lo que suponía asistencia jurídica y económica. En aquellos venturosos tiempos, la Organización confederal de Barcelona pagaba el salario semanal como si se estuviese trabajando.
 

No nos fue posible arreglar el caso de un extranjero, de nacionalidad servia según él, que pretendía ser el conde Milorad de Raichievich. Infundió sospechas -siempre según su decir- a la policía y fue detenido y preso. Era un conde arruinado, que vivía explicando en conferencias por el mundo aspectos de la vida en Rusia, China y Japón, países que decía haber visitado y conocido bien. La Rusia de que hablaba era la de antes de la revolución de 1917. Su detención se prolongaba porque ofrecía muchas dudas su nacionalidad servia.

Era sospechoso de ser un agente de los comunistas rusos, y por este motivo se encontraba entre los presos sociales. No pertenecía a ningún sindicato de España ni del mundo, negaba ser comunista y afirmaba enérgicamente pertenecer a la nobleza servia. Tampoco decía ser anarquista ni socialista. Al contrario de Callejas, que nunca pidió ayuda del Comité Propresos, Milorad de Raichievich andaba siempre a la carga para que yo pasase su nombre a la taberna de Collado. Cuando meses después, el conde logró salir en libertad, abandonó España llevándose a la compañera más guapa de cuantas venían a visitarnos, Aurea, de la familia Cuadrado, en la que todos eran magníficos compañeros.

Recibíamos también la visita de otro extranjero preso, suizo y, según él, socialista revolucionario, llamado Juvenal. Alto, fuerte, con una melena crespa, nunca aspiró a ser atendido por el Comité Propresos. Pero le placía nuestra compañía de anarquistas y sindicalistas revolucionarios, y siempre que se enteraba de que uno de nosotros daba una conferencia, acudía, nos saludaba y permanecía atento a lo que se debatía. Nuestras conferencias no terminaban cuando el orador dice «he dicho». Entonces era cuando se ponía interesante el asunto: otros compañeros tomaban la palabra para impugnar o apoyar lo dicho por el conferenciante. Y cuando intervenía Juvenal, muy comedidamente por cierto, daba gusto oírle.

Después supimos que Juvenal fue uno de los extranjeros deportados a la Rusia bolchevique, embarcando en el puerto de Barcelona en un barco que sería hundido en el Mar Negro por la oficialidad del buque, que abrió las compuertas para que se anegase, pereciendo un centenar de extranjeros que el gobierno conservador español deportó. Según se dijo, los oficiales y marineros llegaron al puerto de Constanza, en Rumania.

Había entre nosotros compañeros bastante cultos, detenidos por motivos varios, procesados o simplemente presos gubernativos. Tomás Herrero, autodidacta muy bien preparado, dueño de una barraca de venta de libros de viejo, en la que se encontraba de todo, pero especialmente lo que no se encontraba en las librerías decentes: los libros de los barbudos, llamados así por las fotografías en las portadas de sus autores, todos con luengas barbas, como Kropotkin, Bakunin, Marx, Lorenzo, Pi y Margall. Tomás Herrero era un buen platicador, aunque no buen conferenciante. También lo era Pascual, de Tarrasa, gran polemista, del que nunca supe por qué no era bien visto por los compañeros enterados de las incidencias de la lucha de tiempo atrás. Buen hablador, también lo era un tal Ferrer, «el cojo Ferrer», de la barriada de Sans.

Por los talleres pasaron compañeros muy bien preparados del sindicalismo barcelonés. Los hermanos Playans, que con García Garrido dirigían el Sindicato de Contramaestres «El Radium». Archs y Suñer, metalúrgicos de mucho misterio, recelosos de todo y de todos, tan reservados que hasta rehuían la compañía de Talens, también del sindicato de la Metalurgia, hombre de acción, que con Claramonte disolvió a tiros un mitin de Lerroux en la plaza de toros de Sevilla. Para nosotros, los del Comité Propresos, no era un secreto que Archs era presidente del Comité del sindicato de la Metalurgia, en aquel entonces uno de los sindicatos confederales de línea más dura frente a la Patronal. Su compañero, Suñer, era igualmente miembro del Comité del sindicato. Ambos, serios y hoscos. Archs era bastante más alto que Suñer, y tanto por el color blanco amarillento de su rostro como por la inclinación mongólica de sus ojos se parecía a Salvador Seguí. Suñer parecía más bien descendiente de judíos.

En Barcelona, la lucha de los sindicatos confederales con la Patronal, y de ésta contra los sindicalistas, adquiría aspectos de tragedia. La Patronal, que en un principio subvencionaba la banda de pistoleros que capitaneaba el comisario de policía Bravo Portillo, a la muerte de éste encargó de la gestión asesina a un aventurero alemán apodado «el barón de Koenig», que eliminó a tiro limpio a algunos militantes significados de los sindicatos de Barcelona. Resultaba cosa fácil eliminar a los sindicalistas. Cuando salían al anochecer del trabajo, el condenado a morir era detenido, camino de su casa, por la Guardia civil o los guardias de seguridad o simplemente la policía, que lo cacheaban y, seguros de que no llevaba pistola, lo dejaban marchar, para ser asesinado por los pistoleros profesionales.

Cuando estas luchas eran originadas por conflictos de trabajo entre patronos y obreros, el sindicato respectivo se encargaba de las represalias, colocando bombas en los talleres o fábricas, o tiroteando a los patronos. Nunca se acudía a la acción judicial, por ser ésta marcadamente favorable a los patronos. A la llamada acción directa del sindicalismo, creada para dirimir directamente los conflictos de trabajo en negociaciones entre obreros y patronos, cuando se ejercían violencias físicas sobre los trabajadores, el sindicato le daba una interpretación amplia, cobrando al patrono en la misma moneda. La Patronal eliminaba indiscriminadamente a los militantes sindicalistas. La Organización tenía que responder adecuadamente, pero había que determinar quién lo haría, si un determinado sindicato, la Federación local o el Comité regional.

Fue el Comité regional quien pasó el cometido al Comité del sindicato de la Metalurgia. Concretamente, a Archs y a los suyos, entonces los más duros de la Organización. Y Archs, con Suñer, había sido detenido, ambos como sospechosos. ¿De qué? Dos días antes, Graupera, presidente de la Patronal, había sido abatido a tiros por unos desconocidos que se dieron a la fuga. La policía se inclinaba a considerar que los ejecutores de Graupera pertenecían a los grupos de acción del sindicato de la Metalurgia.
 

La calle estaba al rojo vivo. En Barcelona y en Zaragoza. En esta última ciudad, el Comité de huelga del sindicato de la Madera había sido detenido, junto con otros compañeros de la Federación local. Subrepticiamente, fueron sacados todos de Zaragoza y conducidos a Barcelona. Llevados en calidad de presos gubernativos a la cárcel Modelo, se les asignó nuestro taller. Cuando entraron, se les tributó el recibimiento acostumbrado a cargo del coro. Después fueron invitados a exponer ampliamente las luchas de Zaragoza y las causas de su detención y traslada a Barcelona.

Pero como en la capital aragonesa el proletariado confederal respondió al atropello de las autoridades con la huelga general, dos días después los compañeros aragoneses fueron conducidos, ya en libertad, a sus hogares.

Atentados y huelgas. Este era el ambiente general en las calles. Dentro, en la cárcel Modelo, se preparaba una tragedia de la que tuvimos conocimiento con alguna antelación gracias a algunos oficiales de Prisiones que hacían honor a las enseñanzas que recibieron en la Escuela de Criminología fundada en 1903 por Salillas. Todavía no sufrían de atrofia profesional y trataban a los presos con humanidad. No ocurría lo mismo con el director de la Celular, que hacía poco sustituyera en el mando de la prisión a Artigas, en tiempos maestro de la Escuela de Criminología. Con Artigas, la vida en la prisión se desenvolvía pasablemente. Con la llegada de Alvarez Robles, que procedía del presidio de Figueras, cambió la conducta de la generalidad de los oficiales. Ya no saludaban afectuosamente cuando por las mañanas abrían la puerta del taller. Exigían la formación en dos filas para poder contamos mejor.

Nos restringían la salida para visitar el otro taller, e igualmente para ir a la peluquería, la enfermería o el economato, lo que antes hacíamos libremente.

Para Artigas, el preso era un ser injustamente privado de libertad si su situación era la de inculpado o gubernativo. Y el director era quien imponía la tónica en el trato al preso, no sólo humanamente, sino como a un ciudadano injustamente privado de libertad.

Por ello, el gobierno conservador, apremiado por la Patronal de Barcelona, nos envió a Alvarez Robles, funcionario de Prisiones de la peor fama.

Nos acercábamos a la Navidad de 1919. Los sindicatos, renovado su espíritu por los acuerdos del Congreso regional de la CNT celebrado en Sans en 1918, se lanzaron a la lucha para recuperar lo perdido durante la guerra europea, que solamente reportó utilidades a los patronos que fabricaban productos para los ejércitos aliados.

Ya en 1919 estallaron los conflictos obreros. Ese año se celebró en Madrid el Congreso nacional de sindicatos de la Confederación Nacional del Trabajo que puso en ascuas al proletariado español, principalmente en Cataluña, Aragón, Valencia y Andalucía, donde se respiraban aires de revolución. Pero la burguesía catalana, amparada por sus bandas de pistoleros, sostenida por los brazos armados del Estado, se lanzó también a la lucha, en un desesperado intento de acabar con el sindicalismo, respondiendo a las huelgas de los obreros con el lock out.

A la Modelo iban a parar Comités enteros de los sindicatos. En la Modelo había un continuo entrar y salir de presos sociales. Los talleres 2 y 3 conocieron una animación extraordinaria. Con razón se decía que el paso por la Modelo equivalía a un curso intensivo de estudios superiores de teoría y acción social revolucionarias. La Modelo para muchos era una universidad.

Gobernantes, policías y carceleros estaban de acuerdo en que había que llevar la ruda represión que se desarrollaba en la calle hasta el interior de la prisión celular. El primer paso había sido sustituir a Artigas por Alvarez Robles. Hacía falta organizar la revuelta en el interior, lo que permitiría la entrada en la cárcel del ejército y de la Guardia civil. Entre los presos comunes, la policía y el director tenían chivatos y agentes provocadores. Igualmente había quienes buscaban los favores de la dirección de la cárcel para no ser trasladados de penal y eludir las crueles palizas que se daban en el penal de Burgos a la entrada y en el período de limpieza.

Dos días antes de Navidad la tensión subió a tal grado dentro de la prisión que convocamos una reunión especial del Comité interior. Nuestros presos que habían comunicado con sus familiares regresaron inquietos. Contaban que la guardia de soldados que prestaba vigilancia en los muros y en el patio de entrada había sido reforzada, y que exigían que los familiares de los presos formasen colas para solicitar la visita y para entrar en los locutorios, cosa que antes no ocurría; también contaban que merodeaban patrullas de la Guardia civil por las calles próximas a la Modelo.

Dentro de la prisión se percibía un rumor de colmena a punto de enjambrar. Los presos se hablaban al cruzarse por los pasillos, en los patios de recreo y en las celdas, trepados a las ventanas o por las tuberías de desagüe. Comisiones de presos comunes gozaban de una sospechosa libertad de movimientos, yendo y viniendo de una a otra galería. No faltó su visita a nuestro taller, para exaltarnos a secundar un plante de protesta contra las drástica medidas que el nuevo director introducía en la disciplina y contra los maltratos de que se hacía víctimas a los familiares que venían a las visitas.

A los que nos visitaron para arrastramos al plante no les contestamos ni que sí ni que no; les dijimos que nos reuniríamos para tratar del asunto, acordamos no secundar ningún movimiento protestatario de los recluidos en celdas.

Nuestras consignas fueron: no dar motivos de protesta, pasase lo que pasase en la cárcel. Si, pese a esta actitud prudente nuestra, los talleres eran invadidos por guardias civiles o tropas del ejército, lanzarnos sobre guardias y soldados para arrebatarles las armas e intentar salir a la calle, trepando por las escalerillas de los muros. .

En los talleres dejamos de jugar al alboroto. Ni canciones ni conferencias.

Cerca de la puerta, con los oídos registrando todos los rumores que provenían del centro de vigilancia, nuestros equipos se relevaban cada dos horas. Así hasta el día siguiente, 24 de diciembre de 1919.

El día escogido por Alvarez Robles fue el de la Nochebuena. Quería darles la pascua a los presos. Anhelaba que los gritos de dolor llegasen hasta más allá de los cielos y que fuesen a perderse sus ecos en lo más profundo de los infiernos.

Día largo fue ese 24 de diciembre. No se percibía ninguno de los rumores del día anterior. Parecía que la cárcel Modelo se hubiese quedado, de pronto, vacía. Después del rancho de la tarde, los presos en galerías fueron encerrados en sus celdas con cerrojo y llave. Era evidente que no se les permitiría agruparse por afinidades en una celda.

Pensaría el director: «¿Qué se han creído? ¿Que la vida en prisión es como estar entre la familia? ¿Que se pueden reunir a cenar y cantar por ser Nochebuena? ¡Al diablo ellos y al diablo el Niño Jesús!» Un sordo rumor fue llegando desde las galerías de celdas. Se abrió como un palmo la puerta de nuestro taller, apareciendo la cara de moro valenciano del oficial de guardia. Si el director disponía de cuñas entre los presos, este oficial, con algunos otros, constituía nuestra avanzadilla para conocer lo que se preparaba.

-Ya empieza la bronca. Ustedes no se meneen lo más mínimo, porque esta fiesta fue preparada para ustedes. En el taller número 1, que está vacío, están los soldados con ametralladoras, con órdenes de disparar. Los hay también en el centro y en la boca de cada galería. En los sótanos están los refuerzos de la Guardia civil.

Fue lo que nos dijo, a Cubells y a mí, que acudimos a la puerta.

Cubells y yo nos sentamos en el jergón de Archs, con Suñer, Herreros, Playans y Ferrer. Cambiamos impresiones. Hubo unanimidad de pareceres: callarnos y estar prevenidos.

El toque de silencio trajo la paz. Cada celda se convirtió en un sepulcro.

Al empezar los presos la bronca, golpearon con cuanto tenían a mano las puertas forradas de planchas de hierro de las celdas: barrotes arrancados de las camas, banquetas, platos y botellas. Seis galerías, con tres pisos de celdas a cada lado, sacudidas por el golpeteo.

De pronto cesó el ruido de los golpes sobre las puertas. Se oyeron sucesivas descargas de fusilería y ametralladoras. Y empezó la gran danza de los garrotes. Grupos de oficiales de prisiones armados de barras de hierro fueron penetrando, una a una, en las celdas previamente marcadas con una cruz hecha a tiza. El preso que la ocupaba veía con asombro la entrada del grupo de oficiales, que, respaldados por soldados y guardias civiles, abalanzándose sobre él, en menos de un minuto lo trituraban con las barras de hierro. Unos gritos de dolor y un «¡Cállate, cabrón!». Habían entrado en avalancha y de la misma manera salían.

Durante una hora hubo un continuo golpear de espaldas y cabezas. Nunca supimos cuántos fueron los muertos ni de quiénes eran los cadáveres que sacaron en las noches siguientes. Ni tampoco el número de heridos. La enfermería estaba tan repleta que en cada una de sus celdas acomodaron, por los suelos, tres heridos más del cupo que correspondía.

Entre los extranjeros, la mayor parte sospechosos de bolchevismo, se registraron muchas bajas. Al suizo Juvenal le rompieron costillas y le partieron la columna vertebral. Unos días después, todos los extranjeros serían embarcados y en altamar ahogados en el barco que los transportaba al puerto de Odesa.

Nos sacaron de los talleres y nos fueron acomodando en la estrechez de las celdas, una para cada uno de nosotros.

A partir de entonces, ir preso a la Modelo ya no era ir a formar parte de una república de anarquistas y sindicalistas, con cursos intensivos, canciones revolucionarias y conferencias ideológicas. Ahora había que aguantar las veintidós horas de aislamiento, con una hora de paseo por la mañana y otra por la tarde, en los «galápagos», pequeños espacios amurallados.

Al salir en libertad me fui a Reus, a vivir con mi familia, y momentáneamente perdí el contacto con la mayor parte de los compañeros con quienes compartí ese período carcelario.

Después, fui encontrándome con algunos de ellos.
 

El sindicato de la Alimentación tenía un delegado en el Comité Propresos de Barcelona: Feliu, camarero, de edad avanzada, buena persona y excelente militante obrero, más sindicalista que anarquista, como ocurría en aquellos tiempos, en los que no abundaban los anarquistas puros, y menos aún entre la militancia sindical. A mediados de enero, vino Feliu a visitarme a la cárcel, para decirme que Hermenegildo Casas y yo, ambos camareros, íbamos a ser puestos en libertad. Feliu me dio la dirección de su casa, para que al salir en libertad le fuera a visitar, pues teníamos que hablar.

Llegó la hora de salir en libertad. Se abrió la puerta de la celda y el ordenanza del oficial de guardia, leyendo un papelito, gritó:

-¡Con todo!

En la oficina del oficial de Galería ya estaba esperando Hermenegildo, quien me recibió con una amplia sonrisa de satisfacción. Para él, la libertad era incorporarse a su familia. ¿Qué iba a ser la libertad para mí? Nadie esperaba mi salida, pues no había comunicado mi detención ni a mi familia. Tendría que ir a la casa de dormir que poseía en la calle de la Paja la familia Vidal.

Como fueron muy molestados los Vidal a raíz de mi detención, era casi seguro que no me habrían reservado cama en la sala en que dormíamos seis hombres, ayudantes de camarero o ayudantes de cocina.

El viejo Vidal, después de expresarme su satisfacción por mi libertad, se lamentó amargamente de las molestias que sufrieron a causa de mi detención, terminando por rogarme que le hiciese el gran favor de buscar otra casa donde dormir.

Al atardecer me dirigí a casa de Feliu. Le expliqué lo ocurrido con los Vidal. Feliu ya conocía la situación. Me dijo que podía dormir en su casa, pues también tenía la misma clase de hospedados. Pero, en tono confidencial, añadió:

-Creo que no debes preocuparte mucho por encontrar pensión en Barcelona. Ni pensión ni trabajo. Acaso tendrás que dejar la ciudad. Según me dijeron en el Comité regional, Ramón Archs informó muy bien de ti desde la cárcel. Si aceptases, te enviarían de delegado permanente a alguna parte de Cataluña. ¿Qué te parece?

-Nada. Mejor sería que me presentases a los del Comité regional. Por lo que me digan, veré lo que hago.

Al día siguiente, a hora temprana, Feliu me pidió que le acompañara.

-No vamos muy lejos de aquí. Calle del Rosal arriba ya una calle que atraviesa. No te fijes en el nombre de la calle ni en el número de la casa.

Cruzamos el Paralelo, pasamos el Chiringuito, calle del Rosal arriba, dejando atrás el Centro Republicano de Pueblo Seco, atrás también la primera calle que cruzaba, hasta la segunda, donde doblamos a la derecha. Tomamos la acera opuesta, la seguimos y, sin previo aviso, Feliu me empujó diciéndome:

-Aquí es. Te presentaré a Alberti, que ocupa el primer piso. Después me marcharé. Tú, arréglate. En casa se come a la una de la tarde.

Llegamos al primer rellano, con dos puertas, una enfrente de la otra. Llamó a la puerta izquierda. Previa identificación de Feliu, abrieron y penetramos.

-¡Hola, Feliu! Pasad.

-Te presento a Juan. Yo me voy. ¡Salud!

-¡Salud, Feliu! Gracias.

-Tendrás que esperar un poco. Pey no ha llegado todavía. Siéntate. Este es el compañero Nin; creo que es de tu provincia. ¿Tú eres de Reus, no?

-Sí, soy de Reus.

El llamado Nin intervino en la conversación. Tenía aspecto de oficinista, era rubio, de cabellos algo ondulados, con lentes, tras de las cuales sus ojos miraban sonrientes.

-Me alegro de conocerte, Juan. Sí, yo también soy de allá, del Vendrell. ¿Has estado alguna vez en Vendrell?

-No, nunca.

Platicamos. Nin me explicó que hacía poco había ingresado en la CNT. Que procedía de un grupo nacionalista catalán, el cual, como todos los grupos nacionalistas catalanes, estaba bajo la influencia de las sotanas y de los elementos más retrógrados de Cataluña.

Y precisó:

-Es una lástima que sea así. Es de esperar que al igual de mí, otros intelectuales catalanes tomen afición por las cosas del sindicalismo y la revolución. ¿Tú qué opinas?

-Mis conocimientos son limitados: algo de sindicalismo y un poco de anarquismo. Y la experiencia de haber estado preso.

-Pues posees más que yo. Ignoro lo que es sindicalismo y todavía no he estado preso. A veces, de lo más importante se ignora todo.

Tuve que esperar a Pey. Me entretuve viendo cómo Alberti dibujaba a lápiz el proyecto de un monumental edificio.

-Empecé este proyecto -me explicó Alberti- a sugerencia del Noi de Sucre. Se trata de la futura Casa de los Sindicatos, para ser edificada después de la revolución, o antes, si las circunstancias lo permitiesen.

El proyecto de la Casa de los Sindicatos me olió un poco a reformismo, y procediendo la iniciativa del Noi de Sucre, más. El concepto de reformismo en las luchas sociales era inseparable del concepto que teníamos sobre el Noi de Sucre aquellos que, como yo -Bandera Negra y los coros de la cárcel- nos iniciábamos entonces en la lucha. Pensábamos: si la UGT y el PSOE eran combatidos precisamente por reformistas, algo nos decía que el fondo reformista que latía en algunos miembros destacados del sindicalismo no hacía ningún bien a la Organización, y dejaba de hacerlo en las filas ugetistas, donde hubiera estado adecuadamente situado.

Estas reflexiones me tenían algo perplejo. Era un novato en las filas del sindicalismo, y mi militancia en el anarquismo, teniendo en cuenta mis escasas asistencias a las reuniones de la Federación local de Grupos de Barcelona, no pasaba de ser la de un neófito. Pero hay que tomar en consideración la influencia de mi estancia en la cárcel entre sindicalistas revolucionarios y anarquistas recalcitrantes, que abominaban por igual de cuanto oliese a reformismo.

Alberti, con su proyecto de monumental Casa de los Sindicatos, y Nin con sus displicentes paradojas carentes de sentido proletario, me produjeron una rara impresión. ¿Estaríamos equivocados -me decía- cuando arrancamos la Alianza de Camareros a la UGT, para incorporarla a la CNT?

Al iniciarse el año 1920, la grieta entre los radicalizados jóvenes que nos incorporábamos a la CNT y algunos de sus viejos dirigentes -viejos de unos treinta años de edad- se percibía perfectamente. No se cerraría nunca y sería la causa de disensiones y de escisiones.

Llegó Pey, encargado de organización del Comité regional. Ni alto ni bajo, de cabeza grande con pelo algo crespo y alborotado, vestido como cualquier obrero, calzando sandalias. Sonreía de una manera especial, que inmediatamente inspiraba confianza. Era catalán, y en catalán estuvimos hablando.

-¿Qué edad tienes?

-Cumplí 18 años en enero pasado.

-Muy joven todavía. Archs nos habló muy bien de ti. ¿Te acuerdas de Ramón Archs? Nos contó tu impasibilidad cuando la Nochebuena en la Modelo. ¿Eres valiente?

-No, no soy valiente. Pero opino que el deber debe cumplirse por encima de todo.

-Tienes madera de buen sindicalista. Deseamos que vayas a vivir a Gerona y te encargues de organizar nuestros sindicatos en toda su comarca. Es algo que queremos realizar en toda Cataluña, donde la mayor parte de los obreros están sin organizar. ¿Te gustaría?

-No me gustaría ir a Gerona. Preferiría ir a Reus. Es mi pueblo, conozco aquello y podría vivir de mi trabajo de camarero.

-¿A Reus? No te lo aconsejo. Es una población difícil para nosotros, por tratarse de un feudo de la UGT. Algunas de sus sociedades obreras, como albañiles, estucadores y toneleros, tienen precisamente en Reus sus Comités nacionales.

-Pues a Reus quiero ir. Si la labor resulta difícil, mejor.

-Piénsalo bien. A Reus hemos enviado muchas comisiones de propaganda, y todas con los mismos resultados negativos: Pestaña, Barjau, la Dolcet estuvieron de propaganda no hace mucho tiempo, y el resultado fue nulo. En Reus encontrarías muy poca colaboración, pues son pocos los compañeros y, la mayor parte, ya viejos. En Gerona tendrías muchas más posibilidades. Creo que Gerona sería un acierto, como lo ha sido enviar a Manresa al compañero Espinal.

-Lo siento, pero si no voy a Reus me quedo en Barcelona.

-Bueno, pues si insistes, vete a Reus. Allí serás nuestro representante clandestino para la comarca de Reus y para toda la provincia de Tarragona. Nadie debe saberlo. En el Comité regional encontrarás la ayuda que puedas necesitar y que esté a nuestro alcance. En Tarragona existe un comité provincial que deberás vigilar, pero sin darte a conocer como enviado nuestro. Si triunfas, nadie te dará una corona de laurel; si fracasas, caes preso o te matan, serán cosas de tu suerte. Te daré un nombre y una dirección mía aquí en Barcelona. La memorizas y la rompes. Si algo necesitas con urgencia, utilízala. Aquí, de serte posible, no vuelvas más.
 

Fui a despedirme de los Vidal. Me despedí igualmente de Feliu, quien me dijo que el Comité propresos pasaba por un mal momento en el aspecto económico, por lo que no le era posible darme el importe de las últimas semanas de subsidio de preso; pero que podía tener la seguridad de que él mismo se encargaría, de enviármelo a mi casa en Reus. Así era de honrada la recaudación que para los presos se hacía en los sindicatos. Como yo le dijera a Feliu que a mí ya no tenía que remitirme ningún dinero, me replicó:

-¡Imposible! Los acuerdos son los acuerdos.

Llegué a Reus y me alojé en casa de mis padres. Al principio, mi presencia hizo la felicidad de mis padres y de mis hermanas. Al principio también, mi actuación en pro del sindicalismo revolucionario de la CNT fue recibida con general desagrado, tanto por los elementos derechistas que se abrevaban en la capilla-escuela de los jesuitas y en la Comunión Tradicionalista y sus «requetés», como por los sectores republicanos lerrouxistas de la Casa del Pueblo y los socialistas reformistas del Ateneo Obrero.

La CNT carecía de base orgánica en Reus, donde no tenía ningún sindicato. No así en la provincia de Tarragona, donde los tenía en la misma Tarragona, en Valls, en Montblanch, en Vendrell, en el Priorato Alto y Bajo, desde su capital, Falset. De todas las poblaciones tarraconenses, solamente Reus poseía economía industrial importante, con fábricas textiles, tenerías, ladrillerías, fundiciones, aserraderos, carpinterías, talleres mecánicos, molinos aceiteros, además de ser el centro agropecuario de toda la provincia. La sucursal del Banco de España era considerada la quinta del país por su volumen de operaciones. Y, sin embargo, no existía en ella ningún sindicato único, célula orgánica de la Confederación.

En el aspecto social, Reus había decaído mucho. Habiendo sido sede del primer Certamen Socialista Anarquista de España, había perdido su rango de ciudad anarquista. Solamente quedaba en ella algún que otro viejo simpatizante, como Carbonell, los Borrás, Sugrañes, Iglesias y algún otro más.

La clase obrera estaba organizada en sociedades de resistencia que dominaban los socialistas o los republicanos lerrouxistas, que sólo servían como centros electorales. Líderes visibles de los republicanos radicales eran Simón Bofaroll, buen abogado, que evocaba a un mosquetero con su chambergo negro, su chalina negra y su gran capa también negra que el viento hacía ondear. Los líderes socialistas eran un tipógrafo llamado Badía, que había reemplazado a Mestres tras del fracaso de una huelga de los obreros textiles, que atribuían a la traición de Mestres.

Después de la huelga textil -nueve meses de paro y la miseria en las familias obreras-, dejaron de estar organizados los obreros textiles, y otros oficios tampoco se aventuraban a plantear a sus patronos nuevas demandas de mejoras. Sostenían sus sociedades obreras, de cuadros muy reducidos, pero no planteaban ninguna lucha, pues temían perder las huelgas y ser vencidos. Podía ser justa la fama de «vendehuelgas» de los dirigentes de las sociedades obreras de resistencia manejadas por los socialistas. No obstante, el mal no radicaba en la inmoralidad de los socialistas obreristas, sino en las tácticas que empleaban, basadas en el poder, muy limitado, de sus cajas de resistencia, con el que pagaban semanales raquíticos a los huelguistas. Cuando se agotaban los fondos, la desbandada no se hacía esperar.

Los sindicalistas de la CNT en sus luchas aplicaban la acción directa, una amplia gama de acciones encaminadas a doblegar la resistencia patronal. En aquellos tiempos, eran muy pocas las huelgas que perdían los sindicalistas.

Conmigo llegaba a Reus la acción sindicalista. Había que hacer saltar los tinglados obreristas de los republicanos radicales lerrouxistas que mantenían, un poco a lo chulo, los hermanos Vergés, con fama de valientes que les permitía ser los árbitros de la Federación local de Sociedades Obreras de Reus, donde los socialistas como el panadero Masip y el mecánico Salayet no se atrevían a ejercer una oposición abierta a los lerrouxistas.

Así iban las cosas desde que los socialistas perdieron la huelga de los trabajadores textiles del Vapor Nou y el Vapor Vello De aquella huelga perdida, yo recordaba el hambre que pasamos en mi casa, pues, como ya dije, toda la familia trabajaba en el Vapor Nou.

Me fue fácil entrar en contacto con los viejos elementos del obrerismo anarquizante. No eran muchos, pero se mantenían fieles a las ideas. En Barcelona, Pey me recomendó mucho a un tal Carbonell, compañero muy sano ideológicamente, que aunque siempre trabajó de peón era muy culto. Entusiasta de nuestras luchas, carecía de impulso para plantearlas. Carbonell podía ser un buen punto de apoyo para la labor que me había encomendado el Comité regional.

Y, sin yo saberlo, Pey le había escrito pidiéndole ayudarme en lo que pudiese.

Mi primera entrevista con Carbonell fue cordial. Era un viejo marrullero, de cincuenta años, soltero empedernido, no dejando nunca entrever si se debía a espíritu de independencia o a amores frustrados de su primera juventud. Buen conocedor de las ideas anarquistas, siempre tuvo inclinación por el movimiento obrero organizado. Mi llegada y mis proyectos lo entusiasmaron, y me prometió preparar una reunión de compañeros afines y simpatizantes de la localidad.

En la Sociedad de Camareros de Reus encontré una cordial acogida, tanto por ser yo nativo de la ciudad y haber empezado el oficio en ella, como por ser considerado víctima de la perdida huelga de camareros de Barcelona que me llevó a la cárcel.

La reunión preparada por Carbonell tuvo lugar un domingo por la mañana en la biblioteca del Ateneo Obrero. Se habló largamente de la situación del mundo del trabajo en la localidad: dominio lerrouxista en la Federación local de Sociedades Obreras; dominio alterno de lerrouxistas y socialistas en la mayoría de oficios organizados; influencia del Centro Obrero de San José, desde el que jesuitas y «requetés» influían sobre importantes sectores de la clase obrera, principalmente sobre las mujeres.

No logro recordar los nombres de todos los asistentes a la reunión, pero sí de algunos: Carbonell, los dos Borrás, Sugrañes, Baqué, Morey, Talarn, Banqué, Gilabert, Cinca y otros. Éramos pocos, pero procuramos rodearnos de prestigio, proclamándonos constitutivos de la Federación comarcal de Sindicatos de Reus. Para que nuestra decisión no quedase en el anonimato, publicamos un manifiesto, dirigido a los trabajadores de Reus y su comarca, invitándoles a constituirse en Sindicatos Únicos y adherirse a la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña.

Para terminar con la prepotencia de los hermanos Vergés en la Federación local de Sociedades, acordamos enviar a ésta una carta, dándoles cuenta de haberse constituido en Reus una Federación local de Grupos Anarquistas, con el propósito de velar por la radicalización de la lucha obrera, e invitando a sus sociedades de resistencia a dejar de vivir aisladamente unas de otras, yendo a la creación de Sindicatos Únicos de Ramo, de acuerdo con las resoluciones del Congreso regional de Sans de 1918.

Acordamos iniciar rápidamente la organización de sindicatos en los sectores más importantes de la clase obrera reusense y que, en aquel momento, no estaban encuadrados en ninguna clase de asociación: los transportistas y los obreros de la industria fabril y textil. Los primeros comprendían los trabajadores más fornidos de la localidad. El noventa por ciento de trabajadores de la industria fabril y textil estaba compuesto por mujeres, desde niñas de lo años a ancianas de 60. El diez por ciento restante, lo constituían los contramaestres, tintoreras, mecánicos, carpinteros, albañiles y fogoneros. Y los encargados, los capataces. Estos tenían mucha similitud con los cabos de vara de los presidios. Imponían multas a las obreras por cualquier motivo, a veces por no dejarse pellizcar las nalgas. En período de elecciones, eran los encargados de entregar a cada obrero la papeleta que tenían que depositar en las urnas electorales.

La organización del Sindicato Fabril y Textil fue rápida. Formando grupos de acción con Morey, Talarn, Banqué, Oliva, Sugrañes y otros jóvenes que se iban incorporando a la lucha, penetrábamos en las fábricas, esquivando a los porteros, y ya dentro de las salas de trabajo hacíamos un discurso rápido, repartíamos las convocatorias para asistir a la asamblea constitutiva del sindicato. Rápidamente aparecían los encargados-cabos. Para terminar con el terror que imponían a las mujeres, los arrinconábamos y, pistola en la frente, les conminábamos a que no atropellasen a ninguna obrera, y menos aún si eran nombradas delegadas del sindicato.

La asamblea constitutiva del sindicato la celebramos en una sala de la calle San Pablo, donde 15 años antes asistía yo a las clases de primaria del castellà panxut. Fue un éxito inesperado por la cantidad de mujeres y hombres asistentes. Igual ocurrió con la asamblea de los trabajadores de las tres fábricas de sedería que existían, con la asamblea de las obreras de géneros de punto, de las que existían media docena de fábricas pequeñas.

La organización de los trabajadores textiles tuvo positivas influencias. En casi todas las familias obreras, trabajaba alguien en las fábricas: casadas, solteras y niñas, que llevaron el entusiasmo a cada familia. Y nuestra táctica de acción directa, exigiendo a los encargados el respeto absoluto de las trabajadoras, y especialmente de nuestras delegadas, nos dio muy buenos resultados.

Habíamos limpiado la pestilencia que rodeaba la vida de las trabajadoras, estafadas en los pesos y metrajes si no se sometían a las propuestas soeces de los encargados. Antes de obtener ninguna mejora salarial, nuestro prestigio había subido gracias a la victoria moral lograda en el trato a las trabajadoras.

El Sindicato Único del Transporte, con sus secciones de peones de carga, transportes urbanos y transportes por carretera, había completado su organización. Constituían tres categorías de trabajadores que nunca habían estado sindicados; sus condiciones económicas eran de lo más precario. Empezamos la lucha presentando demandas de mejoras de salarios para la sección de transporte por carretera, cuyos integrantes, altos y robustos, con sus largas blusas, anchas fajas y gorras negras, imponían respeto. Pero eran gentes sencillas, sin picardía. Sus patronos sí que eran pícaros desvergonzados. Optaron por no darse por enterados. Se planteó la huelga. Quince días después, los patronos seguían impertérritos en su actitud, y los ánimos de los huelguistas empezaron a decaer. Parecía que la primera huelga que planteaban los sindicalistas de Reus iba a ser un fracaso total. Si aquella huelga se perdía, se hundirían las esperanzas puestas en el sindicalismo de la CNT. Los patronos de Reus eran muy duros. Orientados por los Odena, Tarrats, Pla, Jordana y Llopis, con las bendiciones de los jesuitas y el aliento de los «requetés», se proponían presentar una férrea oposición al sindicalismo. Yo era el más afectado. El Comité regional me había dicho: «Tendrás que hacer frente a los problemas derivados de las huelgas. Sé cauto, no te lo juegues todo a una sola carta ni confíes mucho en la eficacia de la huelga general. Pero ten presente que, si planteáis una huelga, la tenéis que ganar, cueste lo que cueste. Llegado el caso, todavía podríamos ayudarte con algo de dinero y pistolas. Los hombres, tendrás que ponerlos tú... ». Recordaba -lo recordaba bien- a Salvador Seguí, hablando en representación de la Federación local de Sindicatos de Barcelona, en la asamblea de camareros y cocineros: «La huelga la habéis perdido debido, en gran parte, al hecho de que la planteasteis y la llevasteis a cabo con una parsimonia carente del espíritu del sindicalismo revolucionario, olvidando, o ignorando, que todo el secreto de su potencialidad radica en la aplicación metódica e implacable de sus tácticas de acción directa».

Tal era el caso de nuestra huelga del transporte. Nuestros afiliados no habían pertenecido nunca a sociedad ni sindicato alguno. El Sindicato del Transporte acudió al Comité de la Federación comarcal, del que yo era secretario, y que apenas existía. Pero en la clase obrera organizada hay una especie de fetichismo por ciertos nombres, siendo uno de ellos «el Comité». Un manifiesto firmado por «El Comité» causaba más impresión que un bando del gobernador.

Me hice acompañar de los compañeros Cinca, de Tarrasa, que había actuado en Barcelona, y Gispert, del sindicato de la Construcción de Barcelona, que trabajaba en Reus. Aunque improvisado, el Comité comarcal causaría impresión en los carreteros en huelga, que eran unos cincuenta, de gran talla, y que además acudieron a la reunión con sus largas varas de avellano. La impresión que nosotros causásemos sería subjetiva, la que puedan producir unos hombres cuya fama no procedía de su altura física, sino del chisme corrido de boca en boca desde que enviamos la carta de la Federación local de Grupos Anarquistas, las entradas pistola en mano en las salas de máquinas de las fábricas textiles y los «¡alto!» que les dimos a los capataces-cabo de vara. Esa fama, bien administrada y aplicada, nos ahorraría disparar algunos tiros. Así fue al principio, porque más adelante sí hubo que disparar las pistolas.

Antes de entrar a la reunión de los carreteros, tuvimos un cambio de impresiones con Carbonell, que llevaba la secretaría del Sindicato del Transporte:

-Bueno, Carbonell, ¿cómo ves la marcha de la huelga?

-Mal, la cosa anda mal. Ya hay esquiroles, y si empujo a la violencia, estos carreteros, que siempre llevan la faca en la faja, son capaces de sacarles las tripas a algunos. Eso sería un desastre, porque tendríamos muchos presos y acaso sería clausurado el sindicato. Si se deja que todo siga igual, la huelga se terminaría pronto, porque la resistencia económica se acaba.

-Mi opinión es que la huelga debe ser ganada por los carreteros, pase lo que pase. Ellos solos no lo lograrán. ¿Qué os parece si la comarcal se hace cargo de la dirección del conflicto?

-Me parecería bien, y si lo planteas en la asamblea lo apoyaré. Advertiré a Banqué y a otros para que lo apoyen. Pero, ¿crees tener medios para poder lograr la victoria?

-Creo que sí. Facilítame los nombres y las direcciones de los patronos más recalcitrantes.

Dije a Cinca y a Gispert:

-Yo hablaré en nombre del Comité comarcal. Vosotros dos no abráis la boca. Manteneos con cara seria. Estoy seguro de que algunos carreteros mantienen relaciones con sus patronos y conviene que cuando les digan que el Comité comarcal se hizo cargo de la huelga, informen que los del Comité comarcal son unos tíos venidos de Barcelona, según se dice pistoleros anarquistas.

En la pequeña sala, repleta de carreteros, la reunión estaba por empezar.

En la mesa esperaban Carbonell y Baqué, presidente este último de la sección de carreteros en huelga.

Empezó la reunión con un informe de Baqué, explicando el desarrollo del conflicto. Se puso a discusión el informe; pero nadie pidió la palabra. Sobre la asamblea se cernía un silencio penoso. Carbonell manifestó que, antes de dar por perdida la huelga, había creído conveniente acudir al Comité comarcal, para que sus componentes diesen las orientaciones pertinentes sobre la manera de conducir el conflicto. Terminó cediéndome la palabra.

Yo tenía escasamente 18 años y mala fama entre los burgueses de Reus. Hablé en estos términos:

-Siempre creímos que la presentación de las bases sería seguida de su discusión y que, con algunas modificaciones, serían aceptadas, sin necesidad de acudir a la huelga. Pero, desgraciadamente, no ha sido así. Los patronos, mal aconsejados por los señorones de la ciudad, pensaron propinar una soberana paliza al Sindicato del Transporte. Pues bien: si sus pretensiones son el librar una batalla al sindicalismo, a la Confederación regional de Sindicatos de Cataluña, la Federación comarcal de Sindicatos de Reus admite el desafío y nos hacemos cargo del conflicto. Si vosotros, sección en huelga y Sindicato de Transportes, no tenéis inconveniente, asumiremos la dirección del conflicto y os prometemos que aunque los burgueses de Reus son de los más duros, vuestra huelga no se perderá ni se perderá ninguna huelga que planteen nuestros sindicatos. De ello podéis estar bien seguros. Por vuestra parte, en algo podéis ayudar, y pues tenéis buenas varas de avellano, medir con ellas las espaldas de los esquiroles.

Se animó la asamblea. Se aprobó por aclamación que el Comité comarcal hiciese suya la dirección del conflicto. Al día siguiente se distribuyó un «Manifiesto de la Comarcal de Reus», atacando muy duramente a los burgueses intransigentes, asegurando que la huelga sería ganada «¡costase lo que costase!».

La reacción de los patronos no se hizo esperar. Llamaron al sindicato para iniciar las negociaciones. Carbonell les advirtió que las negociaciones tendrían lugar en presencia de la Comarcal, que decidiría si se aceptaban o no los ofrecimientos patronales.

A la entrevista asistimos por la sección de carreteros Carbonell, por el sindicato Baqué, y por la comarcal yo. Advertí a mis dos compañeros que se abstuviesen, en lo posible, de intervenir en los debates. Acudieron cuatro patronos, naturalmente los más fuertes del ramo. Las deliberaciones duraron cuatro horas. Era la primera vez que yo asistía a tales debates y fui aprendiendo la manera de ser de los burgueses. Creía conocer bien a la burguesía, pero fue entonces cuando me di cuenta de que el burgués carecía por completo de pudor, de honor y de vergüenza.

Hablaban uno tras otro, incansablemente, repitiendo el mismo estribillo:

«Las demandas de los obreros llevarían a la ruina al negocio de los transportes de carga por carretera; los piensos de las caballerías se llevaban la mayor parte del importe de los fletes que cobraban; los impuestos y gravámenes del gobierno y municipio los tenían ahogados; todo se había puesto tan caro que no les quedaba ni para el gasto diario de sus casas. En adelante, con los nuevos salarios que pedía el sindicato, quedarían en la ruina; de seguir así las cosas, era preferible deshacerse de los carros y caballerías, lo que pensaban hacer en la primera oportunidad que se les presentase».

Cuando pareció que ya se estaban cansando de repetir los mismos argumentos, repliqué, más o menos, que consideraba exageradas las conclusiones que habían expuesto. Nuestro estudio de la situación de la industria transportista nos probaba los buenos negocios que eran las agencias de transporte. Cada uno de ellos había comenzado con un carro y dos caballerías y, en la actualidad, poseía ocho carros y veinte caballerías. Los impuestos y gravámenes que pagaban al gobierno y al municipio eran exiguos; era voz popular que los patronos llevaban contabilidad doble, lo que les permitía pagar poco y aparecer como unos pobretones. Sus alegatos para justificar un posible abandono del negocio del transporte no eran para ser tomados en serio; no sólo habían prosperado en el negocio, sino que éste les permitía llevar un tren de vida cuya décima parte ya quisieran para sí los carreteros. Buenos u óptimos, los negocios lo son siempre; y sin riesgos personales, lo que no ocurría con los carreteros, cuyos riesgos eran grandes, algunas veces mortales bajo las ruedas de los carros, como le había ocurrido al «Piula», por cuyo accidente nada se le dio a su esposa -vecina mía-, que, para poder mantenerse ella y sus hijos, había tenido que abrir la puerta de su casa a los hombres que quisieran traspasarla...

-Bueno, bueno. Ya veo que no tenemos más remedio que aceptar las exigencias del sindicato -dijo el que parecía cabeza de los patronos-. De haberlo imaginado, también nosotros habríamos traído un abogado.

Dejé que los detalles los solucionasen Carbonell y Banqué, más enterados que yo de los aspectos del trabajo.

La reunión empezada a las cuatro de la tarde terminó casi a la nueve de la noche. En el local social esperaban los carreteros huelguistas. Constituidos en asamblea, dimos cuenta de nuestra gestión y de nuestra aceptación de unas ligeras enmiendas a las bases aprobadas por ellos. Con la aprobación general, menos un voto en contra, fue aceptada la solución del conflicto. El trabajo lo reanudaron al día siguiente.
 

Al constituirnos en Federación comarcal de Sindicatos, nos dimos de alta en la Federación provincial de Tarragona, cuyo Comité provincial residía en la capital de la provincia. La Federación provincial estaba integrada por seis comarcales: Tarragona, Valls, Vendrell, Montblanch, Alto y Bajo Priorato y Reus. Disponía de un periódico, Fructidor, quincenal a veces, editado en Tarragona y del que era director el compañero Hermoso Plaja, que sería sustituido por el periodista liberal radicalizado -nunca quiso declararse anarquista- Felipe Alaiz.

Mi incorporación al Comité provincial dio un impulso a la propaganda oral. Eran muchos los sábados y domingos que íbamos a los pueblos a propagar nuestras ideas y organizar sindicatos de Oficios Varios. Visitamos Borjas, Falset, Mora, Marsá, Molá, Flix, Torre del Español, La Figuera, Gratallops, Constantí y muchos otros.

Para poder atender a las tareas de la Organización hube de acomodarme al trabajo de camarero, del que me mantenía, eludiendo ejercer de camarero con plaza fija en restaurante, café o bar; inscrito en la sección de trabajo eventual, me arreglé para tener trabajo casi todos los días de la semana: el lunes, día de mercado, en el restaurante del café París, los martes en el bar restaurante Botella, los miércoles en el restaurante del Hotel de Londres, los jueves y viernes y, a veces, los sábados y domingos, en cualquiera de los otros establecimientos del ramo, ya por enfermedad de algún camarero, ya por banquetes de bodas, bautizos o políticos.

Un sábado, muy temprano, apareció en mi casa el compañero Plaja. Me contó que se había comprometido con los compañeros de Constantí a organizar un gran mitin de propaganda, asegurándoles la participación de Salvador Seguí. El Noi de Sucre le había dado la seguridad de que participaría en él; a última hora, le había advertido por telegrama que no podría cumplir su compromiso. El mitin estaba convocado para aquel sábado por la noche; se había hecho la propaganda con grandes carteles y por el pregonero; se había pagado el alquiler de la sala, lo que suponía una fuerte inversión y, además, él iba a quedar muy mal con los compañeros y los trabajadores de la localidad y los pueblecitos cercanos.

-Mira, Joanet, tienes que ayudarme a salir del paso. Ya que no contaremos con el Noi, por lo menos ven y toma parte tú en el mitin...

-Sería muy precipitado. Tendría que ver al encargado del trabajo, por si se ha comprometido en enviarme a hacer un extra. Además, es de suponer que disponéis de algún otro compañero, ¿no?

-Sí, cuento con el viejo Bruno Lladó, que llegó hace unos días, y con el compañero Sardá, de Tarragona. Pero, contigo, creo que quedaríamos bien, aun sin Seguí. Si salimos antes de una hora en camión, llegaríamos a Tarragona, donde comeríamos; después de tomar café, nos iríamos en una tartana a Constantí. ¿Cuánto tiempo necesitas tú para arreglar lo del trabajo?

-No sé, acaso una hora u hora y media.

-Bien, te espero dentro de una hora en el bar Esquelfa.

El camarero encargado de la bolsa de trabajo contaba conmigo para un banquete el mediodía del domingo. Se trataba de una boda importante:

-¿No perderás tu jornal del lunes en el París, verdad?

-Seguro que no lo perderé. El mitin es esta noche en Constantí y mañana por la noche ya estaré de regreso.

Salimos en el camión de las once. En Tarragona nos dirigimos a la imprenta que poseía la Organización, de la que era gerente Plaja, y donde se editaba Fructidor. En la imprenta conocí a un compañero italiano llamado Maria Montovani, cajista de profesión. También conocí a Felipe Alaiz, que llevaba un tiempo hospedado en casa de Piaja, retocando su libro Quinet y ayudando en la dirección y compaginación del periódico. Cerramos la imprenta, y Alaiz, Montovani, Plaja y yo nos fuimos a tomar el vermut al bar Versalles, en la misma Rambla.

Poco amigo de andar comiendo en casa de los compañeros, donde la comida era siempre escasa, y no queriendo angustiar con un comensal inesperado a Carmen, la compañera de Plaja, me fui al Hotel Nacional, donde había trabajado bastante tiempo; se comía bien y no era caro.

En el bar Versalles nos reunimos a tomar el café. Allí conocí a Bruno Lladó, ya entrado en años, gordo, de aspecto bonachón, algo sordo, con voz atiplada y que no debía ser atractiva perorando en público. Me fue presentado el compañero Arnau, muy delgado, de mirada penetrante y parlanchín. Alaiz era muy bajito, con tendencia a la obesidad, de cara aplanada; hablaba en aragonés, en «chapurriado», mitad castellano mitad catalán. Mario Montovani hablaba en italiano con pretensiones de catalán, pero daba la impresión de ser bastante culto.

Hablando en corro, me enteré de que, en la ciudad de Tarragona, nuestra fuerza sindical era escasa, reducida casi al Sindicato del Transporte Marítimo y Terrestre, que dirigía un compañero, al parecer no anarquista sino socialista revolucionario, según él decía. La conversación entre Plaja y Alaiz resultaba interesante.

Decía Plaja: El valor revolucionario desde el punto de vista insurreccional de la Organización en la provincia de Tarragona, lo considero escaso. Con excepción de Reus, el resto de la provincia adolece de una situación social indefinible. No es declaradamente burguesa ni abiertamente proletaria. Al frente de la comarcal de Valls, pueblo grande, integrado por artesanos, peones y pequeños propietarios, tenemos a dos buenos compañeros, bastante cultos, Padró y Fidel Martí, pero uno no sabe bien si se trata de republicanos federales o simplemente de antimonárquicos. Algo así ocurre en la comarcal del Vendrell, con algunos obreros, que o son rabassaires o medieros, y, a veces, todo al mismo tiempo. El compañero Folch y Folch es el que más descuella en dicha comarcal, pero anarquista no es, tampoco federal, y sí bastante catalanista. La comarcal de Montblanch es otra cosa, por influencia de Ramón Porté, parece francamente revolucionaria. Nos queda por analizar la comarcal del Alto y Bajo Priorato, la más fuerte en sindicatos de oficios varios, ya que existen en bastantes localidades. Joaquín Llorens es el animador de toda la comarcal, que a más de dirigir la cooperativa de consumo de Falset, promueve reuniones y mítines con bastante frecuencia. Pero el campesinado de sus pueblos tampoco tiene una condición económica bien especificada; hasta Bellmunt, con sus mineros del plomo, resulta medio minero medio agricultor. Pues bien, ni Llorens es anarquista ni lo es el doctor Font de Cornudella, los cuales parecen más bien republicanos de Lerroux o de Pi y Margal.

Plaja conocía bien las comarcas de la provincia de Tarragona. Las recorría casi todos los fines de semana, promoviendo asambleas, mítines y conferencias, vendiendo folletos y libros anarquistas, proveyendo de carnets de la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña, del libro de cotizaciones y de los Estatutos ya escritos y por firmar, a los sindicatos que habían de constituirse. Durante algún tiempo me sumé a su labor. Juntos organizamos un mitin de Primero de Mayo en Borja, pueblo de la comarca de Reus.

Cuando avanzada la tarde de aquel sábado llegamos a Constantí, donde ya nos esperaban los compañeros del sindicato local, Plaja, imperturbable, nos fue presentando, a Bruno Lladó, a Amau y a mí. Las caras de Bruno Lladó y de Amau reflejaron un profundo asombro ante la audacia de Plaja. Yo aparenté naturalidad; estaba allí para colaborar y no para tirar por los suelos su labor de hormiga.

El mitin fue presidido por Plaja, en una gran sala de un café. Primero habló Amau, compañero peluquero de Tarragona, que hacía sus primeras armas en la oratoria de pueblo. Hablaba con fogosidad, a veces esotéricamente, pues intercalaba palabras que hubiese sido menester un diccionario para comprenderlas. Le siguió Bruno Lladó, de hablar campechano y voz atiplada y ya algo cascada, pero que agradó a la concurrencia por la sencillez de su discurso.

Por último, me tocó a mí. ¡Qué digo! No a mí, sino al otro. Plaja, más imperturbable aún que cuando me presentó a los compañeros de la localidad, dijo con su voz de trompeta:

-Y ahora cedo la palabra al compañero Noi del Sucre.

El local estaba atestado de hombres, mujeres, niños y niñas. Seguramente se había hablado mucho del Noi de Sucre, porque al ser presentado yo como tal, se hizo un silencio impresionante.

Fui aplaudido. Y hasta me dieron un abrazo Plaja, Arnau y Lladó. Después, ya de regreso a Tarragona, Plaja se explayó:

-Me había comprometido con los compañeros de Constantí a traerles el Noi de Sucre. El viernes por la noche recibí un telegrama de él excusándose. Y me acordé del mitin que Juan y yo dimos el Primero de Mayo en Borja. Hubo momentos que cerrando los ojos hubiese jurado que era el Noi. Y pensé que sólo él podría sacarme del aprieto en que me puso Seguí.

Volví a Reus el domingo por la tarde. El día siguiente era día de mercado y me tocaba hacer el extra de restaurante en el café París. Los lunes, la ciudad se llenaba de forasteros procedentes de toda la provincia, por ser Reus la plaza que manejaba la compraventa de los productos de la tierra: avellanas, almendras, algarrobas, aceitunas, uvas, alcoholes, vinos y aceites.

Ese lunes me tocó servir una mesa de seis personas. Cuatro hombres, una señora y una jovencita. La joven era muy bonita. Lo noté porque me miraba con mucho interés. Por su aspecto, eran agricultores o comerciantes acomodados. Cuchicheaban entre sí cada vez que me veían pasar; por mis pretensiones de joven que se creía guapo, me pareció que la más interesada era la jovencita. Cuando llegó el momento de cobrarles la comida, la joven me preguntó:

-Oiga, ¿no es usted el Noi de Sucre?

-¡Quién, yo? No, señorita, no lo soy.

-Es que el sábado dieron un mitin en nuestro pueblo, Constantí, y uno de los que hablaron dijeron que era el Noi de Sucre. ¡Y se parecía tanto a usted!

-¿Sí? Pues no era yo.
 

La creación de Sindicatos Únicos en Reus llevaba un ritmo acelerado. Bien es verdad que llegaba del exterior mucha colaboración. Procedente de Barcelona llegó un militante del sindicato, Vicente Martínez, apodado «Artal». Era delgado y nervioso; valenciano, que igual hubiera podido pasar por un judío que por un árabe; inteligente y buen marroquinero. Con él pudimos organizar el Sindicato de la Piel, con secciones de curtidores y de marroquinería. También llegó un viejo militante del Sindicato de la Madera de Barcelona, José Batlle Salvat, excelente ebanista y hombre de acción, con quien pudimos emprender la organización del Sindicato de la Madera, con secciones de toneleros, aserradores, carpinteros, ebanistas y barnizadores. Procedente de Bilbao, con rumbo inseguro, llegó un compañero metalúrgico, Rafael Blanco, algo bizco, con tipo más de gitano que de vasco, estudioso y conocedor de la ideología anarquista; servía para todo, para organizar y escribir, para hablar y para parar en seco al más plantado; era un buen ejemplar del sindicalista de acción que entonces se daba bajo la influencia de la militancia barcelonesa. De paso también, estuvo un hermano del dirigente socialista asturiano Llaneza, que venía huyendo y estaba bastante delicado de salud. Nos contó que no quería saber nada de su hermano, a quien consideraba más bien burócrata que luchador obrero. De Tarrasa nos llegó un personaje bastante complejo, joven, inquieto, casi que sin nombre, pues era conocido por «el Nanu de Tarrasa» o «el Nanu de Reus».

Todos ellos contribuyeron a la organización de los Sindicatos Únicos. Ellos y los nuevos valores que iban surgiendo de la propia clase obrera reusense, como Manuel Morey, procedente del Partido Radical, peluquero, muy culto y abnegado. Sugrañes, mecánico, joven ex requeté, que con otros jóvenes ex requetés dieron mucho vigor a la organización. Talarn, peluquero, espíritu inquieto, que con los hermanos Banqué, Oliva, Olivera y otros, contribuyeron mucho a la obra organizadora de los sindicatos. Un sindicato y una organización obrera no es nunca el resultado de un hombre ni de un solo esfuerzo.

Se creó en Reus el Sindicato de Oficios Varios, con peluqueros, vigilantes de barrio, guardias municipales, sepultureros y otros oficios que no encuadraban bien en los sindicatos de Ramo o Industria. El Sindicato de la Alimentación fue organizado con panaderos, cocineros, camareros, fideeros, pasteleros. El de la Construcción con albañiles, peones, estucadores, pintores, mosayistas, empedradores.

En general, todos los trabajadores necesitaban lograr aumentos de salarios. Con excepción de los camareros, cocineros, estucadores y toneleros, que disfrutaban de buenos ingresos, los demás oficios, anulados sin sus sociedades de resistencia, autónomos o dirigidos por socialistas, hacía años que no habían mejorado sus ingresos. Y peores eran las circunstancias de los trabajadores que carecían de afiliación societaria. Tal era el caso de los trabajadores de la industria textil. Carecían de asociación desde que perdieron la huelga de hacía más de doce años; el noventa por ciento del trabajo lo realizaban mujeres, hasta labores que en las fábricas de Barcelona y del llano eran realizadas exclusivamente por hombres. Aquella masa de obreras textiles de las dos grandes fábricas de algodón, las tres de sedería y la media docena de pequeñas industrias de género de punto, no era de fácil manejo. Plantear una demanda general de aumento de salarios para los tres tipos de salarios hubiese sido lo ideal, pero no era lo más práctico. Habríamos determinado una asociación patronal que hasta entonces no existía. Y no existía porque había una honda división entre los obreros textiles. Las trabajadoras de la seda se consideraban de casta superior a las del algodón, pues iban mejor vestidas y, aunque no mucho, cobraban algo más. Entre los dueños de fábricas, ocurría lo mismo. Por la importancia de sus instalaciones y los volúmenes de capitales que manejaban, Tarrats y Odena, dueños respectivos del Vapor Nou y el Vapor Vell, se comportaban como si no existiesen los nuevos burgueses de las fábricas de seda y géneros de punto, que poseían instalaciones menos ostentosas y de creación más reciente.

Se imponía suma cautela en el planteamiento de huelgas. Nada consideraba yo tan peligroso. Nada consideraba yo tan peligroso como la huelga general de todos los oficios de un ramo. Mi teoría era que cada huelga tenía que ser ganada, costase lo que costase. Lo más conveniente me parecía, pues, partir de lo primario hacia lo superior. Atacar primero a los patronos más débiles y terminar con los poderosos, pero fue separado.

Recomendamos al Sindicato Fabril y Textil que procediera con calma a elaborar bases de mejoras para los trabajadores de la rama de géneros de de punto, que era la sección económicamente más débil y con salarios más bajos para los trabajos a destajo. Las trabajadoras de dicha industria eran reclutadas entre muchachas muy jóvenes y mujeres muy viejas, por lo que estaban sometidas a los salarios más ínfimos y a condiciones de trabajo pésimas.

La fábrica de géneros de punto de más reciente creación pertenecía a una sociedad cuyo capital tenía su origen en un tal Recasens, al que se consideraba gestor financiero de Evaristo Fábregas, millonario reusense que se hizo rico durante la guerra europea con las exportaciones a Francia e Inglaterra. En general, los dueños de las sederías y fábricas de géneros de punto pertenecían a gente alejada del clan Boule. Tampoco tenían vinculaciones con los viejos capitalistas Tarrats y Odena, de quienes se decía que operaban como jugadores de Bolsa, con suerte varia, ya que en cierta ocasión quedó en cueros Tarrats tras unas desdichadas operaciones bursátiles. Lo que no fue óbice para que continuara siendo duro como el pedernal. Los descendientes de Boule, más cautos, fueron colocando sus dineros en inmuebles.

La burguesía rica surgida de las exportaciones a Francia e Inglaterra durante la guerra mundial, era más audaz y bastante irresponsable. Eran los Llopis, los Oueralt, los Fontana, los Recasens, los Fábregas y los Gassull, que dominaban el mercado de aceites y granos, de la almendra y de la avellana.

Como quien dice que para pasar el tiempo, habían invertido algo en las fábricas textiles y perdido estúpidamente grandes porciones de las enormes fortunas amasadas con las exportaciones a base de comprar marcos alemanes que al terminar la guerra inundaron el mundo entero.

La burguesía comercial e industrial de Cataluña, que pasaba por ser la más inteligente de España, se conducía un poco a lo tahúr: jugadores de tapete verde, especuladores de Bolsa, inversionistas en marcos alemanes, de los que llegaron a poseer sacos de cien kilos atiborrados. En sus fábricas y talleres, los trabajadores continuaban produciendo con máquinas y equipos antiguos, con salarios de subsistencia miserable.

Los ecos de la lucha social en Barcelona, donde la militancia sindicalista se batía encarnizadamente contra los patronos y sus valedores de la policía, de la Guardia civil y los pistoleros, llegaban a Reus, donde la actividad de los sindicatos servía de caja de resonancia.
 

Los patronos de géneros de punto oponían negativas a las mejoras que el Sindicato Fabril y Textil pedía para sus trabajadores. El Comité del sindicato presentó a la comarcal las dificultades con que tropezaba. Les aconsejamos dar a los patronos un plazo para la aceptación de las negociaciones. Los patronos se avinieron a reunirse con el Comité del sindicato para entablar negociaciones. Acudimos. Nuestra delegación la integraban una obrera de géneros de punto, un miembro del Comité del sindicato y yo como representante de la comarcal. Los patronos, igualmente tres, estaban dirigidos por Recasens, hermano del gestor financiero de Fábregas, gerente de una fábrica y socialista, como su hermano.

Habló Recasens, más o menos así: «Consideramos los aumentos de sueldos que se piden francamente inaceptables. Hasta pensábamos cerrar las fábricas y no tener que discutir las bases que ustedes nos han presentado. Nos agradaría que conociesen las interioridades económicas de la industria de géneros de punto, porque sabrían que son tan escasos los márgenes de utilidades del negocio, que si accediésemos a lo que piden quedaríamos arruinados. Creemos que reduciendo a un diez por ciento lo que piden, no sólo sería suficiente, sino que además deberíamos reestudiar si lo soportaría o no nuestra industria».

El argumento era impresionante. En previsión, yo había estado días antes en Barcelona para consultar el problema. El Comité regional me puso al habla con el compañero Arnó, el militante más capacitado del Sindicato Textil de Mataró, donde predominaba la industria de géneros de punto. Arnó apreció detenidamente el estudio que le presenté y me dijo:

-Lo que han estado pagando vuestros burgueses, no voy a decir que son sueldos de hambre. Sencillamente, son una verdadera estafa. Las nuevas bases presentadas por vosotros aún resultan un veinticinco por ciento más bajas que nuestras tarifas.

Tenía, pues, la ventaja sobre los patronos de poseer una información de primera mano. Les dije:

-Es la segunda vez que asisto en Reus a una reunión con patronos para negociar bases presentadas por el sindicato de sus obreros. Los argumentos patronales de ustedes son idénticos a los anteriores, con la particularidad de que sus negocios y los de los otros difieren notablemente. Ustedes se dedican a la bonetería y los otros a los transportes. En ambos casos oigo los mismos razonamientos: consideran desmesuradas las demandas obreras; de aceptarlas se verían forzados a cerrar los negocios. Supongo que así fue siempre y que así seguirá siendo. Sin embargo, prescindiré de declarar, como argumento, que a los trabajadores nos tiene sin cuidado que sus negocios se arruinen, ya que nosotros siempre estuvimos arruinados. Utilizaré otros argumentos. Los aumentos no pueden ser nunca causa de ruina de esta rama de la industria. En Mataró, que es la localidad de más alta producción de géneros de punto, la mayor parte de las labores que aquí realizan mujeres es hecha por hombres, siendo muy superiores los jornales masculinos. Aun aceptando las nuevas tarifas, quedaría una diferencia de un veinticinco por ciento a favor de ustedes. Y si no pueden mantenerse ustedes en el mercado, no será a causa de las exigencias obreras, sino por incapacidad comercial de los patronos. No es un secreto para nadie que la enorme riqueza que la guerra europea acumuló en manos de algunos reusenses más o menos listos, no benefició a la ciudad ni a las fábricas. No fue renovada la maquinaria ni se edificaron zonas de nuevas casas para la población obrera. Esa riqueza fue arriesgada temerariamente en operaciones bursátiles o en especulaciones insensatas. Y ustedes saben que esto que digo es tan cierto que si fuesen volcados en la plaza de Prim todos los sacos llenos de marcos que hay en la ciudad, el montón cubriría enteramente el monumento al general.

Recasens, con gesto de desesperación, declaró:

-Bien, no creo que sea cosa de seguir discutiendo. Por mi parte, acepto y firmo.

Y pasó el pliego a los demás, que también firmaron. A continuación lo hicieron los representantes del sindicato.
 

La reacción patronal se manifestó. Debieron pensar que era una insensatez no ofrecer resistencia al avance del sindicalismo. Si el año 1920 había sido de fáciles éxitos en Reus y de expansión orgánica en toda la provincia de Tarragona, en 1921 la provincia tendría que volver a ser la balsa de aceite que antes fue, o sería sumergida en una tormenta parecida a la que vivía Barcelona desde hacía tres años. Seguramente estudiarían la situación para empezar por lo más fácil. La ciudad de Tarragona ofrecía circunstancias óptimas. Contaba con unos treinta mil habitantes, es decir menos que Reus, y era ciudad levítica, militar y burocrática. Gobierno civil, Gobierno militar, Comandancia marítima, dos regimientos de infantería, arzobispado, catedral y seminario. Su vida basada en el trabajo era escasa. Pero en su puerto entraban y salían buques de carga que recogían mercancías, en su mayor parte procedentes de Reus. En el puerto había vida y movimiento. Sus trabajadores de la carga y descarga estaban afiliados al Sindicato de Transportes de la CNT. El secretario del sindicato, ferrocarrilero seleccionado de la huelga de 1917, era Eusebio Rodríguez Salas, llamado «el Manco» por haber perdido un brazo en una maniobra de vagones[1]. No se ocultaba de decir que se consideraba socialista revolucionario con más simpatías por los anarquistas y sindicalistas que por los socialistas y ugetistas, por lo cual actuaba en la CNT, donde no gozaba de grandes simpatías, a excepción de entre algunos núcleos de obreros portuarios.

La reacción debió considerar que el punto vulnerable para terminar con el sindicalismo era precisamente Tarragona y su Sindicato del Transporte. Y creó un sindicato católico llamado «La Cruz Amada».

Eusebio Rodríguez, «el Manco», estuvo en Reus para hablar con el compañero bilbaíno Rafael Blanco, que se había colocado en una fundición de hierro. Blanco y sus libros se trasladaron a Tarragona, ciudad que ofrecía el encanto de su playa y del morro de su rompeolas. A Blanco debió parecerle como hecho a propósito para devorar sus libros.

El presidente del sindicato católico «La Cruz Amada» murió de varios balazos. Los jesuitas proporcionaron otro testaferro para la presidencia. Un mes después moría de varios tiros el nuevo presidente.

Rafael Blanco regresó a Reus y volvió a trabajar en la fundición. En la pensión donde se hospedaba, que era la casa de un buen compañero, lo único que observaron fue la gran cantidad de libros nuevos que se trajo. Blanco no fumaba, no bebía ni iba al cine, leía mucho. Y le gustaba hablar de cosas importantes, lo que hacía con una voz cálida y simpática. No obstante ser bizco, se captaba fácilmente las simpatías, principalmente entre las mujeres de vida fácil, las únicas que de vez en cuando trataba.
 

La represión arreciaba. La Guardia civil -un cabo y dos números- estuvo en mi casa a practicar un registro. Los camareros de Tarragona estaban en huelga, y explotó una bomba en un café, que solamente causó daños en la instalación. En Reus hizo también su aparición la militancia jesuítica, con sus «requetés» haciendo de marionetas. Después de «La Cruz Amada» de Tarragona, que se disolvió en cuanto enterraron al último de sus presidentes, pensaron en hacer la prueba en Reus. Nada mejor que aprovechar la ola de represión iniciada en Barcelona contra nuestros militantes. En la capital catalana acababan de aparecer los generales Martínez Anido y Arlegui, gobernador civil el primero y jefe superior de policía el segundo, ambos precedidos de siniestra fama, principalmente Arlegui por las tropelías que cometiera en Cuba.

Por los pueblos de las comarcas tarraconenses, los caciques hicieron perseguir y molestar por la Guardia civil a nuestros militantes. En Vendrell detuvieron al secretario de la comarcal, Folch y Folch, por haberle encontrado en su casa unas hojas impresas con la letra de la Canción del soldado, de un antimilitarismo furibundo. La detención de Folch duró mucho tiempo, ya que fue procesado por injurias al ejército y su causa tramitada por el fuero de guerra.

(Al advenimiento de la segunda República, Folch pasó a formar parte del sector obrero de Esquerra de Cataluña, por la que fue diputado.)

Por sospechas de haber sido el impresor de la Canción del soldado, detuvieron en Tarragona a Plaja, quedando con ello la Federación provincial sin secretario, función que tuve que ejercer a más de mi trabajo de camarero y de las obligaciones como secretario de la comarcal.

Corrían rumores de que había llegado a Reus un grupo de pistoleros del «Libre», protegidos por el alcalde de Real Orden, Sardá, hombre de confianza del Partido Conservador que gobernaba despóticamente España a través de Eduardo Dato, «el de mano de hierro con guante blanco».

Nuestro periódico, Fructidor, salía y dejaba de salir. Alaiz sustituyó a Plaja.

Pero si salía, sus ediciones eran recogidas por los agentes, lo que suponía grandes pérdidas para la Organización.

Los trabajadores textiles eran acosados para que dejasen de pertenecer al Sindicato Único y se afiliasen al sindicato católico que intentaban crear y cuyo primer y último presidente sería un requeté llamado Navarro.

Nos fuimos sosteniendo lo mejor posible. Se nos acechaba de día y de noche. El vigilante de mi barrio me advirtió de que anduviera con cuidado durante la noche, porque había observado a ciertos sujetos, ignoraba si policías o pistoleros, rastreando la calle San Elías, donde yo vivía. El vigilante, que pertenecía a la dilatada familia de los Gandalla, la mayoría de cuyos miembros siempre fueron rebeldes, me aconsejó que prestase atención a las señales que me hiciese, por si había peligro. Era costumbre que los vigilantes golpeasen una vez con la vara. Si lo hacía dos veces, querría decirme que aquella noche debía dormir fuera de casa.

Debimos contener la marcha ascendente del Sindicato Único Fabril y Textil. La producción de telas de algodón atravesaba una grave crisis, y los efectos de tal situación ya se hacían sentir en las fábricas Vapor Nou y Vapor Vell. Al principio, el trabajo se suspendía un día a la semana. Después, hasta día y medio o dos. La crisis era más fuerte en las fábricas llamadas «de alta montaña», establecidas a lo largo de algunos ríos de la provincia de Barcelona.

Pero también se sentía en las del llano, las de la ciudad condal y sus alrededores.
 

Aunque sorda, la represión proseguía. Plaja continuaba preso. Rodríguez Salas andaba oculto. Se anunciaba la pronta celebración del consejo de guerra que había de juzgar a Folch.

Tuve que trasladarme a Tarragona para hacerme cargo del Comité provincial. Urgía promover una intensa campaña de mítines en la provincia en favor de Folch. Era la primavera de 1921. El Comité regional nos prestó toda la ayuda posible, enviando dos grupos de oradores de mucha calidad: Salvador Seguí, Andrés Nin y Progreso Amador, de avanzadilla, más Buenacasa, Roigé y Peiró para cerrar la campaña. Con el primer equipo, que solamente podríamos utilizar en un gran mitin, se inauguró la campaña en Tarragona. Seguí, Nin y Progreso gustaron a la enorme concurrencia de asistentes. Seguí, muy orador, y Nin, muy político y ameno; Amador, que procedía del Partido Radical, ya en plan de anarquista, se dedicó a la demagogia. Me tocó a mí lo más delicado del acto: centrar el problema de la provincia en la represión que se hacía sentir y dar una detallada explicación del proceso militar incoado contra el compañero Folch y Folch.

Días después fueron llegando los otros oradores e iniciamos, con Buenacasa, la campaña en Reus, para después proseguirla en Tarragona, Valls y Vendrell. A las buenas, era cuanto podíamos hacer para defendernos de las acometidas de la represión. Nos pegaban, y protestábamos por los palos. Nos perseguían, y procurábamos eludir las persecuciones. A veces, devolvíamos los golpes con golpes a los puntos vitales del enemigo.

Un día -a finales de noviembre de 1921- llegó alguien a quien no esperaba. Venía de Barcelona en representación del Comité regional. Era Pey. Vestido simplemente, calzado con sandalias, el pelo alborotado. Siempre sonriente, se presentó donde yo vivía, en casa de mis padres.

--¿Puedo pasar? -me dijo.

-Sí, Pey, pasa.

Miró la vieja mesa y las sillas de paja. No se sentó. Al darse cuenta de que mi madre trabajaba en el fogón de la cocina, se fue hacia ella y la saludó con sencillez. Después me dijo:

-Bueno, ¿nos vamos?

Y ya en la calle: .

-Quería hablar contigo sin testigos. ¿Tienes donde podamos hacerlo?

-Podemos ir a la secretaría del Comité comarcal.

Una vez allí, se acomodó en la silla, puso el codo encima de la mesa y la mano en la cabeza, como sosteniéndola. Muy lentamente, haciendo pausas, me explicó:

-Has hecho una gran labor aquí, y sería una lástima que todo lo que habéis hecho se viniera abajo. Siento tener que hablarte de esta manera realista.

Poseemos informaciones de que se prepara una ofensiva general contra nosotros en toda Cataluña. En Barcelona, Arlegui y Martínez Anido alientan a la patronal y al sindicato Libre. Estamos preparando la Organización para resistir, aconsejando la duplicación de los comités más importantes, cosa que debéis hacer aquí vosotros. Eso nos dio muy buenos resultados durante la huelga de la Canadiense. El Comité regional está dispuesto a luchar. Claro que nos vemos obligados a ser cada día más prudentes, más cerrados. Confiamos en todos y de todos desconfiamos. Nuestra Organización es de masas y no de élites. ¿Y quién puede controlar el contenido de una masa? Esto viene a cuento de algo que debo decirte, que no es para que preguntes ni te aventures en suposiciones. Debes asistir el jueves de la semana entrante a un Pleno de Sindicatos Textiles de Cataluña, para tratar de ir a Madrid a gestionar la creación de un Comité Algodonero, que se pedirá al gobierno que sea el encargado de estudiar y dar solución al paro de las fábricas de tejidos de algodón. El Comité regional se ha encargado de convocar a los sindicatos foráneos, ya que no existe otro órgano de relación. ¿Qué me dices?

-Me dejas pasmado, Pey. Nunca me imaginé que fuese el Comité regional quien me indicase unas actividades encaminadas a ir a Madrid a pedir al gobierno la creación de un órgano para la solución de un problema que es más de la patronal que nuestro.

-Justo, tú lo has dicho. Es de la patronal. Sólo que el Comité Algodonero deberá estar constituido por la patronal, el gobierno y el Sindicato Fabril y Textil, por algo relacionado con la apertura de un mercado de telas en el Próximo Oriente y el subsidio sobre facturas que el gobierno debería dar, a fin de vender las telas a precios inferiores a los de la competencia de otras naciones. Recuerda lo que te dije al principio. No me pidas muchas explicaciones, porque no podría dártelas. Ni debes darlas tú al Comité comarcal. Ha llegado el momento de que todos los elementos de confianza de que dispone el Comité regional en la región nos presten su colaboración y ayuda. Y de la región, aparte de los que designaría Barcelona, sois Arnó, de Mataró, Espinal, de Manresa, y tú, de Reus.

-¿Qué debo hacer?

-Hoy es lunes. Puedes convocar reunión del Comité comarcal para mañana por la noche. Yo asistiré. Informo, y tú aceptas la designación para ser el delegado de Reus en la reunión que tendrá lugar en Barcelona. El miércoles de la semana entrante debes estar en Barcelona y buscarme en el Centro de la Fraternidad Republicana de la barriada de Pueblo Nuevo, que se encuentra después de Pedro IV, a mano izquierda de la Rambla, donde te esperaré de ocho a nueve de la noche, para presentarte a dos compañeros del Sindicato Fabril.

Con la asistencia de Pey, nos reunimos el Comité comarcal y el Comité del Sindicato Fabril y Textil. Fue una reunión de información, a cargo de Pey, sobre la situación general y la muy especial que atravesaba la industria textil de telas de algodón.

Con su calma de hombre de paz, Pey, que en la íntima vida orgánica era el hábil preparador de las duras iniciativas de Archs, el secretario del Comité regional, se captó rápidamente las simpatías de los compañeros asistentes a la reunión.
 

Llegué a Barcelona en el tren ordinario que salía muy de mañana. A la hora convenida, me presenté en el local-café de Fraternidad Republicana de Pueblo Nuevo. Ya me esperaba Pey, que calmosamente tomaba su café. Con él estaban dos más que yo no conocía. Me los presentó. Eran dos militantes del Fabril, Medín Martí, tintorera, y «Jaume el Pelao», del Ramo del Agua.

-Ellos te pondrán al corriente de lo que haréis a partir de mañana.

Medín Martí, aunque sentado, daba la impresión de tener más de un metro noventa. Era de trato muy sencillo y tenía una manera penetrante de mirar, a veces con socarronería. «Jaume el Pelao», seguramente a causa de su calvicie, le miraba a uno fijamente, con media sonrisita en su ancha cara. Si Jaume estaba casi calvo, a Medín Martí le sobraban los pelos; seguramente que desnudo parecería un oso.

Volví a verme con los dos compañeros al día siguiente, en un localito que tenía el sindicato en la calle Pedro IV. Por la tarde fuimos a una reunión plenaria de delegados de Cataluña, en el local que el sindicato poseía en la barriada del Clot, llamado «La Farigola». Por la noche asistimos a un mitin que celebró el sindicato en una pista de patinaje de la avenida del Parque, más abajo del Palacio de Justicia.

Dos días después tomábamos el tren expreso que nos condujo a Madrid. La comisión la componíamos seis compañeros: Espinal, de Manresa; Arnó, de Mataró; Villena, presidente del Sindicato Fabril y Textil de Barcelona; Medín Martí, de los tintoreros; «El Pelao», del Ramo del Agua, y yo, de Reus.

Durante el viaje pudimos percatarnos de lo estrechamente vigilados que nos tenía la policía: era un continuo pasar y repasar de los mismos sujetos por el pasillo del vagón. Cuando llegamos a Madrid y nos apeamos en la estación de Atocha, al descender del tren fuimos requeridos para penetrar en unas dependencias cuyo rótulo decía: «Inspección de Policía». Uno a uno fuimos introducidos en otra salita aneja. Dentro, sentado, un policía que tenía una lista en la mano, en la que debían estar anotados los nombres de los seis sindicalistas «peligrosos» que acabábamos de llegar. Entré, fui rigurosamente cacheado, el maletín que llevaba revisado pieza por pieza, al cabo de todo lo cual el policía que tenía la lista hizo una señal en la relación y, sin haber mediado una palabra, me dejaron salir. Así a todos. Aun habiéndolo querido, no hubiéramos podido introducir una pistola ni en piezas sueltas.

En dos taxis nos dirigimos al centro de la ciudad, donde, en una calle cerca del ministerio de la Gobernación, teníamos habitaciones reservadas, de dos camas cada una.

Al día siguiente, a las doce del día, teníamos señalada la visita a Eduardo Dato, jefe del gobierno. Villena era quien organizaba todo: él sabía de la pensión y de las habitaciones reservadas, de la secretaría de la Casa del Pueblo donde nos reuniríamos y de la hora y día en que Dato nos había de recibir. Algo que me llamó la atención.

Ya reunidos, al tratar de la conducta a seguir en la entrevista con el jefe del gobierno, después de habernos puesto de acuerdo en que fuese Villena el portavoz de los sindicatos textiles de Cataluña, Medín Martí expuso que, a fin de que la comisión no apareciese tan nutrida, él y «el Pelao» no penetrarían en la Presidencia, sino que nos esperarían en la esquina del edificio, ya en el paseo de la Castellana. No nos pareció descabellada la idea y fue aceptada.

Era el día de la entrevista con Dato. Arnó y Villena ocupaban una habitación. Medín Martí y «el Pelao» otra. Espinal y yo la tercera. Muy de mañana, se presentó en la habitación Medín Martí acompañado de «el Pelao», ya afeitados, lavados y vestidos. Dijeron que tenían que hablamos. Lo hizo Medín Martí, con su cigarro caliqueño en la boca:

-Supongo que estaréis de acuerdo conmigo en que debemos aprovechar nuestra estancia en Madrid. Por lo menos, ésa fue la intención del Comité regional al aceptar la idea de que los sindicatos textiles confederales participasen con la patronal en la gestión cerca del gobierno para ver de crear el Comité Algodonero ideado por el Fomento del Trabajo Nacional.

Medín Martí se quedó mirándonos, estudiando la reacción de Espinal y la mía. Con su cara de Don Quijote en ayunas, Espinal, con su especial manera de sonreír, que consistía en mover un poco hacia arriba la parte izquierda de la boca, se limitó a responder:

-Siempre me pareció rara la conducta del Comité regional al propiciar tan buenamente la gestión cerca del gobierno. Así se lo dije a Pey cuando nos visitó en Manresa. Pero como Pey no dio más explicaciones, supongo que tú nos las darás.

Medín Martí, como quien tenía calculadas sus palabras, haciendo un gesto con la cabeza en dirección mía, me dijo:

-Y tú, ¿qué dices?

-Yo, nada. Espero a que nos aclares la situación.

-Perfecto. Ni yo ni el Pelao teníamos nada que hacer en esta delegación. Pero el Comité regional decidió otra cosa. Nos pidió que nos incorporásemos a la delegación para un trabajo. Nos dijo que Espinal y el de Reus nos ayudarían. ¿Qué decís?

-Tira adelante -contestó Espinal.

-Eso digo yo.

-Se trata de Dato. Hemos de levantar el plano del recorrido que hace desde que sale de la Presidencia. El Pelao y yo, que no entraremos con vosotros, esperaremos en la calle y seguiremos el primer día su recorrido hasta donde nos alcance la vista; desde allí, al día siguiente haremos lo mismo, y así hasta que se termine la misión en Madrid. Pero como nosotros no penetraremos en la Presidencia, uno de vosotros dos debe levantar el plano desde la entrada hasta la puerta de su oficina, anotando todo, guardias, porteros, ujieres.

-Me parece bien -dijo Espinal-, Y opino que sea el de Reus quien lo haga, pues supongo que sabrá más de dibujo que yo.

Prosiguió Martí:

-De este asunto nada saben Villena y Arnó. Y no deben saberlo. Ni ellos ni nadie más que nosotros. Otra cosa, hemos de hacer lo posible por alargar nuestra estancia en Madrid. Especialmente, prolongar todo lo posible las negociaciones con el gobierno. Otra cosa más, ¿qué idea tenéis sobre la mejor manera de asegurar la salida de quienes hagan el asunto?

-Sin saber cómo se planearía, no puedo opinar -contestó Espinal.

-Suponiendo que lo hagan a pie, hay que buscar la salida por donde exista una iglesia; en las iglesias, opuesta a la puerta mayor, siempre existe una puerta junto a la sacristía que suele dar a otra calle.

-Me gusta la idea -dijo Medín Martí.
 

A la hora señalada aparecimos en la Presidencia. Los dos guardias uniformados de la puerta nos observaron atentamente, pero no nos obstruyeron el paso. El que parecía portero, uniformado, nos atendió, oyendo con atención las explicaciones que sobre nuestra presencia le daba Villena. Hizo una llamada por teléfono interior y a continuación nos dijo:

-Sigan al ujier, que los acompañará.

Apareció el ujier, también uniformado. Subimos un corto tramo de escaleras y nos dejó en una especie de rotonda que tenía varias puertas. Penetró por una y al rato salió, diciéndonos:

-Pasen ustedes. El señor jefe del gobierno les espera.

Pasamos. Eduardo Dato nos recibió de pie. Era delgado, pulcramente afeitado, con una especie de melenita blanca muy bien cuidada que enmarcaba su pequeña cabeza.

-Estoy enterado del motivo de la visita de ustedes. Lamento mucho la penosa situación que atraviesa la industria algodonera. Creo que, efectivamente, debemos hacer todo lo posible por encontrarle, siquiera, un alivio. Pero como sobre mí pesan muchos asuntos, he pasado el de ustedes a mi subsecretario, para que los reciba, los oiga y los atienda, contando, desde luego, con mi personal aprobación en lo que conjuntamente convengan. ¿Puedo servirles en algo más?

-No. Gracias, señor Dato -contestó Villena.

Dato llamó a un ujier y le dijo:

-Acompañe a estos señores. Anuncie al señor subsecretario que se trata de la delegación obrera textil de Cataluña.

Y nos despidió, diciéndonos:

-Crean ustedes que me fue muy grato recibirles. Sigan ustedes bien. Adiós.

Pasamos adonde Canales, el subsecretario. También nos recibió de pie. Pero se condujo amablemente.

-No vamos a discutir ahora el contenido del proyecto que me entregó ayer la delegación textil patronal. Pero me aseguraron que los sindicatos textiles de Cataluña lo conocían y estaban conformes. ¿Es cierto?

-Sí, es cierto -contestó Villena.

-Pues bien, si ustedes no tienen inconveniente, podríamos hablar de todo ello mañana o pasado mañana, pues debo hacer unas consultas de carácter técnicoadministrativo antes de adoptar una resolución ¿Cuándo les vendría a ustedes bien regresar?

Tuvimos un breve cambio de impresiones los cuatro delegados. Recordando que Medín Martí nos requirió hacer lo posible por dilatar nuestra estancia en Madrid, sugerí:

-Mejor lo dejamos para pasado mañana. Así podremos dar unas vueltas por Madrid y conocer la ciudad.

Villena se lo comunicó al subsecretario:

-Hemos pensado dejarlo para pasado mañana, señor subsecretario.

-Entonces hasta pasado mañana, a las doce.

Cuando salimos de la Presidencia, me di cuenta de que Medín Martí y el Pelao montaban la guardia en la esquina de la Castellana. Hicieron como que no nos veían y nosotros nos adentramos a pie en la ciudad.

Por la tarde cambiamos impresiones los seis en la secretaría que nos habían prestado en la Casa del Pueblo.

En la mañana del día siguiente, penetraron el Pelao y Medín Martí en nuestra habitación. Les entregué el plano de la entrada a la Presidencia, con anotaciones al margen sobre guardias, portería, ujieres y puertas. Lo vieron detenidamente los dos, y Medín Martí, que ya estaba chupando su cigarro caliqueño, me hizo un gesto de aprobación con la cabeza y dijo:

-Tú, delegado de Reus, cuando entremos a desayunar y te hable Villena, si lo hace, disimula bien... Claro, tú no has leído aún los periódicos de esta mañana. En ellos viene la noticia de que en Reus han matado al presidente del Sindicato Libre. Y tanto tú como Espinal habéis de tener cuidado con Villena, porque hemos casi comprobado que es confidente de la policía.

-Esta sí que es buena ¿Sabe él algo de los propósitos de la Organización?  -pregunté.

-No, nada sabe. Pero tú desconfía, por si pretende sonsacarte algo de lo ocurrido en Reus. Hasta que lleguemos a Barcelona, no podremos tener la prueba de que es confidente.

-¿Y por qué sospecháis?

-Ayer, cuando salimos de la Casa del Pueblo, él, el Pelao y yo fuimos a dar una vuelta en tranvía. Ya sabéis que al arrancar y parar los tranvías de aquí producen una fuerte sacudida. Como íbamos de pie en la plataforma, al arrancar me fui sobre Villena y al asirme a él, para no caer, palpé que en la cintura llevaba la «pipa».

-Ya comprendo -dijo Espinal.

En la estación nos cachearon y registraron detenidamente uno por uno. Y ya me llamó la atención que, para hacerla, no lo hicieran al mismo tiempo a todos nosotros. La conclusión es lógica: si a él lo cachearon, le encontraron la pistola y no se la quitaron, sería porque también lleva el permiso de tenencia de armas, extendido seguramente por el jefe de policía de Barcelona, probablemente por el mismo general Arlegui.

-¿Y entonces qué? -preguntó Espinal.

-Poca cosa. En Barcelona lo haremos cachear por los compañeros. Si le encuentran el permiso de porte de arma, ya puedes suponer el resto…

Cuando entramos al comedor a tomar el desayuno, Villena se me acercó y tendiéndome el periódico me dijo:

-Lee y ten cuidado al llegar a la estación de Reus, cuando regresemos.
 
Nos preparamos a regresar. Nuestro cometido, por lo menos en principio, se había cumplido. Es decir, los dos cometidos: Comité Algodonero y la preparación del ajuste de cuentas a Eduardo Dato. Por cierto que Dato debió hacerse una pobre idea de nosotros. ¡Haber ido a Madrid, esos sindicalistas, a dar fuerza a la petición patronal para la constitución de un comité algodonero![2]
 

La guerra civil de siempre

Si te sometes, vivirás en paz. Si no te sometes, tendrás que guerrear. Así lo vi yo, que desde mucho antes de yo nacer, España vivió en permanente estado de guerra civil. Nuestra permanente guerra civil solamente tuvo como perdedores, hasta entonces, a los de abajo.

Desde que la CNT se lanzó a luchar por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, los de enfrente, los que eternamente habían vivido bien a costa de la mansedumbre de los obreros, se declararon en guerra contra los Sindicatos Únicos. Y no se conformaban con guerrear contra unas aspiraciones abstractas, sino que llevaron sus ataques hasta la eliminación física de los hombres del sindicalismo.

La parcialidad de los gobernantes era evidente. Caían acribillados a balazos patronos y pistoleros del Libre. Pero caían asesinados muchos sindicalistas. Lo lógico habría sido que las cárceles fueran ocupadas por burgueses, pistoleros libreños y sindicalistas y anarquistas. Pero no era así. A las cárceles solamente iban a parar los sindicalistas y anarquistas. Por decenas primero.

Por centenares después. Pero ni un solo burgués.

Cuando descendí del tren en la estación de Reus, procedente de Madrid, lo primero que vi fue a Padilla y a su grupo de policías, junto al empleado que recogía los billetes caducados; parecían una traílla de perros dispuestos a lanzarse sobre su presa. La presa era yo. Pero no lo hicieron. Pasé cerca de ellos, impasible. El jefe del gobierno y su subsecretario podían atestiguar que yo estaba en Madrid cuando en Reus fue abatido a tiros el requeté Navarro, presidente del Sindicato Libre.

Me dejaron pasar. Pero sus miradas decían claramente que no me fiase, que se echarían encima de mí al primer descuido que tuviese.

Llegué a mi casa. Mi padre y mis dos hermanos mayores acababan de irse a la fábrica. La pequeña, Antonia, se preparaba para ir a la escuela. Mi madre me recibió como siempre, cariñosa y azorada. Según ella, nuestra calle estaba siendo muy paseada por sujetos de mal aspecto, policías o quién sabe qué. Me enteró de que habían detenido al viejo Carbonell y a otros compañeros, y de que se habían quedado solamente con Carbonell, al que trasladaron al castillo de Pilatos, en Tarragona.

Restablecí mi vida normal de trabajador en bares y restaurantes. Informé al Comité del Sindicato Fabril y al Comité comarcal del resultado de nuestras gestiones en Madrid. Me informaron los compañeros de las novedades más importantes: la muerte a tiros del requeté Navarro; la detención y traslado a Tarragona del compañero Carbonell; la desaparición del compañero Rafael Blanco inmediatamente después de la muerte del requeté. Por lo que me contó el compañero Batlle Salvat -y solamente él estaba enterado-, se fue a Barcelona. Le dio la dirección de Pestaña, donde podría entrar en contacto con el grupo de Cusi Cañellas, oriundo de Reus y de armas tomar.

La ciudad vivía momentos de angustia. La Guardia civil patrullaba y sometía a riguroso cacheo a los que vestían de obreros. La policía entraba y salía por bares y cafés, deteniendo a quien le placía. Las molestias a que la policía sometía a los patronos de los establecimientos en que yo trabajaba mis días de extra, me ponían en situación de tener que cesar en mi trabajo.

Estábamos en plena guerra civil, en cuyo dispositivo nosotros ocupábamos las peores posiciones. De pronto, la situación se agravó. Dos grupos de pistoleros libreños irrumpieron en la parte más céntrica de la ciudad y, pistola en mano, repartieron por bares, cafés y plazas un manifiesto en octavillas impresas en el que se afirmaba que matarían a tiros donde los encontrasen a los sindicalistas más significados de Reus, cuyos nombres, en número de diez, insertaban en el manifiesto. Mi nombre iba a la cabeza.

El mismo día del reparto de las hojas, un grupo de aquellos asesinos se asomó a nuestro local social, que ocupaba la planta baja de una esquina de la calle San Pablo. Era la hora del atardecer, cuando acudían los obreros a pagar sus cuotas, a relacionarse entre ellos. Los pistoleros dispararon sus armas, dándose a la fuga rápidamente hacia la calle del Padró. Alguien, de piernas ágiles y larga zancada, salió del local, tomando la dirección opuesta a la seguida por los pistoleros, y al llegar a la calle Camino de Aleixar, doblando a la izquierda, se dirigió a la plaza del Rey, donde se enfrentaría a los pistoleros, bastante desprevenidos por aquella táctica sorpresiva.

El perseguidor de los pistoleros era Batista, miembro de la sección de Peones. Tendría unos treinta años, bastante alto, algo rubio, de cara pecosa y mirar de zorro. Era tenido por el cazador furtivo más audaz de la comarca. Llegó a la Fuente del Rey cuando tres de los pistoleros se cruzaban con él. Pero Batista, sacando de la faja un revólver de tambor, les gritó: «¡Eh, vosotros tres!», lo que hizo que se volviesen e intentaran sacar las pistolas. No les dio tiempo: uno cayó muerto, otro herido en un hombro, que emprendió la fuga con el tercero, que iba ileso.

Batista era muy conocido. No huyó. Fue detenido y procesado.

El debut en Reus de los pistoleros fue nocivo para ellos. Se iban a desquitar pronto. La ocasión se la ofrecieron dos compañeros, Morey y Sugrañes. Morey procedía de los jóvenes bárbaros lerrouxistas, y Sugrañes, al unirse a nosotros, acababa de abandonar el requeté. Con ellos ingresaron otros ex jóvenes bárbaros y requetés. Tal fenómeno se daba no sólo en Reus sino también en toda Cataluña y gran parte de España, por lo menos allí donde la CNT organizaba sindicatos.

Al darse cuenta la patronal de que las prisiones y asesinatos no acababan con el ímpetu proletario, exigió más del gobierno de Eduardo Dato. Aspiraba a que se dieran plenos poderes a los gobernadores civiles y facultades excepcionales a los generales Martínez Anido y Arlegui. Dato, amablemente, accedió a ello, pronunciando el histórico: «¡Sus, y a ellos!».

Estábamos a fines de noviembre de 1921. En toda Cataluña fueron clausurados por orden gubernativa los sindicatos de la CNT y declarados ilegales los pagos de las cuotas obreras a sus respectivos sindicatos. Se llenaron las cárceles de presos gubernativos. En Barcelona, los compañeros más significados, entre ellos Salvador Seguí, fueron trasladados a la fortaleza de La Mola, en Mahón. Al salir de su casa, el ilustre abogado Francisco Layret, defensor de los sindicalistas ante los tribunales, fue asesinado por pistoleros patronales.

Layret estaba físicamente inválido. Su caída fue como la de un trágico muñeco.

Me dirigí a Tarragona. Lo poco que quedaba del Comité provincial estaba sin noticias. Se acordó que fuese yo a Barcelona. Para no caer en manos de la policía en la estación del ferrocarril, en tartana me fui a Vendrell, donde tomé el tren.

En Barcelona no pude dar con el Comité regional. En el antiguo domicilio que yo conocía de la barriada de Pueblo Seco, la señal convenida -un tiesto en el centro del ba1cón- me indicó que no debía intentar llamar a la puerta.

Feliu me recomendó un número y un piso -el tercero de una casa del Ensanche. Me recibieron la suegra y la esposa de Martí Barrera, administrador de Solidaridad Obrera. Por ir recomendado por Feliu me dejaron entrar las dos mujeres. Después de muchos cuchicheos, salió un compañero que dijo ser Evelio Boal, secretario del Comité nacional. Detrás de él apareció Martí Barrera, quien me conocía por haber ido yo alguna vez a la redacción de Solidaridad Obrera, y garantizó a Boal mi condición de militante. Boal me dijo, después de leer mi credencial del Comité provincial de Tarragona:

-Debes regresar inmediatamente a Tarragona. El Comité nacional acaba de lanzar la orden de huelga general revolucionaria a toda España. No puedo decirte dónde encontrar al Comité regional de Cataluña, del que recibiréis la correspondiente comunicación. Pero puedes asegurar a los compañeros que yo te he dado la orden de huelga general revolucionaria, de quemarlo y destruirlo todo, de acabar de una vez con la porquería de burgueses y gobernantes ¡Este es el acuerdo, quemar y destruirlo todo!

O era muy nervioso Boal, o estaba muy agitado. En realidad, tenía por qué estarlo. Su vida pendía de un hilo tenue. De ser detenido por la policía, sería seguramente asesinado.

En el primer tren salí para Tarragona. Ya en la estación, descendí por la parte trasera a los andenes, algo lejos de la ciudad, lo que me permitió penetrar en ella y escabullirme hasta la casa de Plaja. Poco después, a lo que quedaba del Comité provincial -Rodríguez Salas y Alaiz, más la presencia de Maurín, que ostentaba la representación de la Federación provincial de Lérida- les expuse lo que había logrado saber en Barcelona. Maurín expresó su opinión sobre la validez orgánica de la comunicación verbal de Boal; no estando escrita, firmada y sellada, carecía de toda validez. Rodríguez Salas no opinó de idéntica manera; Alaiz se abstuvo de opinar. Estábamos en un punto muerto. Me indignaron los razonamientos de Maurín, que me sonaban a puro legalismo reformista. Así se lo dije. Y afirmé lo que tres años más tarde sería el nudo de mi posición para acabar con la acción de las pistolas, con el terrorismo: «Cuando una Organización no puede defender la vida de sus militantes en el plano individual, debe hacerlo en la acción colectiva, en la revolución».

Ni hubo revolución ni se llevó a cabo la huelga general revolucionaria. Rodríguez Salas y yo tratamos de promover una insurrección en el Alto Priorato.

No pasamos de Falset-Marsá. El resultado fue el fracaso más rotundo. Apenas si quisieron escucharnos los compañeros.

-Lo mejor -dijeron- es que nos vayamos a dormir.

Tenían razón. Y la tenía Plaja cuando nos advirtió, hacía tiempo, de que la organización que estábamos creando en los pueblos de la provincia no serviría para la revolución proletaria a que aspirábamos, porque entre el campesino de alta montaña, bracero y pequeño propietario al mismo tiempo, y el proletariado de las ciudades mediaba un mundo de diferencias.

Silenciosamente regresamos a Tarragona. En Barcelona hubo sus más y sus menos. Explotaron algunas bombas. Fueron asesinados, directamente o por la «ley de fugas», algunos compañeros. Y fueron tantos los sindicalistas detenidos, que no cabiendo ya en la cárcel Modelo, el gobierno de Dato dispuso que en cuerdas de cien y doscientos detenidos fuesen deportados a pie a La Coruña.

Para aminorar el mal efecto, se llamó a ese castigo «conducción ordinaria», es decir, a pie, bajo lluvia, bajo el sol, con nieves, polvo, vientos, atados a una larga cuerda, custodiados por guardias civiles a caballo. Cuando llegaban los presos a un pueblo, de paso o para pernoctar tirados en alguna cuadra, las mujeres llamaban a sus rapaces, los arrastraban a las casas y cerraban las puertas a cal y canto. Los guardias civiles se encargaban de explicar a las gentes: «Son malhechores».
 

En tales circunstancias, el gobierno convocó elecciones a diputados. El gobierno era conservador, con una oposición blandengue de liberales. Si ganaban los liberales, la oposición la hacían los conservadores, pero con más dureza en este caso.

A los sindicalistas nos tenían sin cuidado las elecciones parlamentarias. De los gobiernos, conservadores o liberales, sólo esperábamos palos, tiros, Guardia civil y prisiones. En aquellos momentos, con los sindicatos clausurados, prohibidas las cotizaciones, con muchos presos que atender, con la necesidad de mantener clandestinamente la lucha y la Organización, teníamos mucho en que meditar. No nos rendiríamos; seguiríamos luchando, pasase lo que pasase, cayese quien cayese. .

Como la lucha sería violenta, lo primero era pensar en cómo adquirir pistolas. Necesitaríamos dinero y carecíamos con qué poder comer. «Bueno -nos dijimos-, ya que no podemos trabajar, ni sostener a los presos, ni pagar los alquileres de los locales sociales, y nos prohíben el cobro de las cuotas sindicales, que paguen los patronos la cuota mensual que les fijemos». Tal fue el acuerdo que había que llevar a la práctica. Y que se cumplió, dando lugar a no pocos incidentes, algunos de gran violencia.

Me preparaba a regresar a Reus, para restablecer el ritmo de mi trabajo de camarero, cuando en la secretaría del Comité provincial -una simple habitación cerca del puerto- se nos presentó un extraño personaje, ilustre autor que escribía poéticamente, y de quien me gustaba mucho leer su Glosari. Era Eugenio d'Ors, conocido por «Xenius». Alto y de robusta complexión, bien vestido y de elegantes maneras, algo grises sus cabellos, ocultos por un sombrero gris claro. Venía acompañado de Segarra, que trabajaba en la imprenta de la Organización. Temiendo Rodríguez Salas que se tratase de un polizonte, me pidió que le recibiese yo solo.

-Soy Xenius -dijo presentándose-. Creo que usted y el Comité deben saber quién soy.

-Sí. He leído bastantes de sus crónicas. Siempre me han gustado.

-Me trae aquí un asunto político, digamos electoral. Ya estarán enterados de que próximamente se realizarán elecciones a diputados a Cortes. He pensado presentarme, precisamente por la circunscripción de Tarragona. Lo haría si pudiese contar con el sostén de los sindicatos que controlan ustedes.

Me quedé como viendo visiones. ¿No sería una alucinación mía? Xenius en plan de electorero, cuando Layret acababa de morir vilmente asesinado, la flor de la militancia sindicalista estaba deportada en el castillo de La Mola, la Modelo estaba llena de compañeros y las carreteras eran holladas por las cuerdas de quienes bajo las estrellas iban conducidos a Galicia. ¡Pensar en elecciones cuando en el Clínico de Barcelona se amontonaban los cuerpos de compañeros asesinados por los pistoleros y por la aplicación de la «ley de fugas»!.

-Quisiera saber hablar sin herirle. Pero no creo que lo logre. Soy sindicalista, anarquista y revolucionario. Quienquiera que le haya dicho otra cosa, lo engañó.

-Me doy cuenta de que usted está poseído por la generosa obcecación de los que afrontan la muerte y las persecuciones. Pensé poder ser el diputado de ustedes, pero ahora veo que es imposible. Le aseguro que, sea cual sea el rumbo de mi vida en lo sucesivo, jamás se me ocurrirá presentarme otra vez a diputado. ¡Adiós!
 

Regresé a Reus. A la hora de haberlo hecho, recibí la visita del cabo y de la pareja de la Guardia civil. Traían orden de detenerme y de registrar minuciosamente mi domicilio. Para ello se hicieron acompañar de un vecino nuestro, José Magrané, que tenía un negocio de venta de paja al lado de donde vivíamos.

-Este señor es testigo obligado, porque en nombre de la ley se lo hemos requerido -dijo el cabo.

Nada dejaron por registrar. Del tiempo de la huelga de camareros de Barcelona tenía yo un papelito con unas recetas químicas para provocar incendios, que me había dado «David Rey», comisionado por la Federación local de Barcelona para orientarnos en sabotajes. Ni me acordaba del papelito. Pues lo encontró la Guardia civil. Y bastó para que me esposasen y me hiciesen ir entre ellos al tren, camino de Tarragona. De la estación me llevaron al castillo de Pilatos.

Ya en la sala de presos sociales, me encontré con viejos conocidos. Allí estaba Carbonell, detenido hacía algún tiempo, con intención de incriminarlo en el proceso por la muerte del presidente del Libre de Reus. Estaba Plaja, que también llevaba ya algún tiempo preso en tanto que director de Fructidor.

Estuve poco tiempo preso con ellos. La Guardia civil, ante la imposibilidad de implicarme en un proceso por terrorismo incendiario, se tuvo que conformar con dejarme en situación de preso gubernativo. Ello no excluía el peligro de una larga permanencia en la prisión, que podía durar hasta que fueran restablecidas las garantías constitucionales.

Algo ocurrido en Reus hizo que el gobernador civil dispusiese mi libertad. Fue la presencia de los pistoleros del Libre, que andaban bastante desmandados por la ciudad.

Reus fue siempre ciudad liberal y sufría la imposición de tener que aguantar a un alcalde de Real Orden, es decir, designado por el ministro de la Gobernación. Cuando la situación creada por los pistoleros del Libre se hizo intolerable, un concejal republicano radical, Bofarull, excelente abogado, querido por su prestancia de mosquetero, se levantó a criticar acerbamente al alcalde, a quien hacía responsable de la presencia de los pistoleros. En un arrebato, Simón Bofarull dijo:

-¡Salvat! Me consta que eres el responsable de lo que está pasando. Sé de buena fuente que tú otorgaste el permiso para que esos pistoleros fueran traídos aquí. Y mira lo que te digo: Si no los echas de Reus, y pronto, alguien te ha de matar, y ese alguien seré yo.

Dos días después de tan memorable sesión del ayuntamiento, el alcalde Salvat caía cosido a tiros.

No se supo quién lo mató. Pero Simón Bofarull fue detenido. A las setenta y dos horas de su detención, el juez instructor de la causa por la muerte del alcalde, no poseyendo pruebas de la participación directa o intelectual de Bofarull en los hechos, dispuso su libertad. Pero la autoridad gubernativa ordenó su destierro a Valladolid.

Y unos días después, para calmar los ánimos de mis conciudadanos, fueron retirados de Reus los pistoleros y a mí me dejaron en libertad.

Reanudé mi trabajo de camarero, haciéndolo hasta los sábados y domingos, por estar totalmente paralizada la actividad propagandística y organizativa.

Los sindicatos de Reus continuaban clausurados. Las gestiones ante el gobernador civil para que permitiera reanudar la actividad sindical no tuvieron resultado positivo. El gobernador se escudaba en la suspensión de garantías constitucionales.

En Reus y Tarragona, no obstante, se cobraban cuotas para atender a lo más elemental de la Organización y a los presos y perseguidos. Estas cuotas las pagaban algunos burgueses, casi siempre a regañadientes.

Un día, el recadero entre Reus y Barcelona me trajo un cesto de frutas, con una nota que decía: «De parte de Emilia». Comprendí. El Comité regional requería mi presencia.

Siempre fui desconfiado. La vida clandestina desarrolla la desconfianza hasta convertirla en un sentido. Procuré darle un aspecto inocuo a mi ida a Barcelona. A mi familia y a los compañeros del Comité comarcal -clandestino- les dije que me iba a Barcelona para buscar trabajo. Si teníamos infiltraciones de confidentes, eso podría servirme de comprobante de lo que pensaba declarar si me detenían en Barcelona. Sólo previne a Batlle Salvat, quien me había sido enviado por el Comité regional para estos casos.

Convinimos que partiríamos en el mismo tren de la tarde, pero por separado. Cerca de Bará, me di cuenta de que la pareja de la Guardia civil que subió en Reus oteaba el compartimento donde yo me encontraba.

-No se mueva. Levante los brazos -me conminó uno de ellos ¿Con que ya lo dejaron en libertad, eh? Pues ahora verá.

Levanté los brazos, pero no les contesté. Me cachearon, registraron el paquetito que llevaba, con jabón, brocha y maquinilla de afeitar, el cepillo de dientes y algo de pasta en un tubo. Cuando hubieron terminado, ocurrió lo de siempre: me esposaron -¡malditos!- muy fuertemente las muñecas.

En el apeadero del Paseo de Gracia, Batlle cruzó por el pasillo para hacerme ver que se daba por enterado. El descendió y nosotros continuamos hasta la estación de Francia.

Me llevaron a la Inspección de vigilancia de la estación, pretendiendo entregarme en el cuerpo de guardia.

-Se trata de un anarquista peligroso. Lo hemos detenido en el tren. Se lo dejamos para que se encarguen de él.

-No, no puede ser. ¿Hizo algo delictivo en el tren? Porque si no ha hecho nada y no traen ustedes mandamiento, tendrán que soltado o llevárselo ustedes a la Jefatura superior de Policía.

Optaron por llevarme a la Jefatura de Policía, entonces cerca del puerto. Me encerraron en un calabozo pequeño.

Como a las ocho de la noche, el sargento bigotudo que me había encerrado, me hizo subir, diciéndome que mi novia había venido a verme. Era una de las Cuadrado, familia de buenos compañeros. Me traía algo de comida en un paquetito. Me preguntó:

-¿Qué te ocurrió?

-Ni yo lo sé. Es cosa de la Guardia civil de Reus. Una pareja de ellos me detuvo en el tren y sin mandamiento de arresto me trajeron aquí.

-¿Te han interrogado?

-No, nadie.

Al día siguiente, el sargento de guardia apareció de nuevo.

-Sube, que arriba tienes otra novia que viene a visitarte.

En efecto, era otra novia, María, la compañera de Angel Pestaña. Me traía también algo de comer, y me susurró: «Vendremos todos los días, para que vean que no estás abandonado».

En aquellos tiempos en que se aplicaba todas las noches la «ley de fugas» a los sindicalistas barceloneses, venir a visitarme cada día no dejaba de ser una excelente táctica. Batlle se dio prisa en correr la voz de alarma.

Ya de noche, me hicieron subir a declarar ante un comisario. Me hizo sentar y fue tomando notas.

-Eres de Reus, ¿verdad?

-Sí, soy de Reus.

-¿Qué hiciste en Reus, que la Guardia civil no te puede ver?

-No hice nada, pero parece que la tienen tomada conmigo.

-¿Esta es la primera vez que la Guardia civil te detiene por su cuenta?

-No. Ya lo hicieron otra vez.

-¿Tuviste algo que ver con la muerte del presidente del Sindicato Libre?

-Nada, en absoluto.

-¿Qué estabas haciendo cuando ocurrió el atentado?

-Estaba en Madrid, de visita al jefe del gobierno.

-¿No te burlas, verdad?

-No. Formaba parte de la comisión textil que negoció con la patronal la creación del Comité Algodonero.

-Bueno, lo verificaré. Pero puede ser que la Guardia civil crea que tuviste que ver con la muerte del alcalde, señor Salvat.

-Pues la Guardia civil es testigo de que no pude hacerlo, porque me encontraba preso en Tarragona.

-Bueno, también podemos comprobarlo. Si es cierto lo que has dicho, por esta vez no irás a la cárcel.

Debió aprovecharme la rivalidad entre policías y guardias de Seguridad y Guardia civil. No fui a la cárcel. A mediodía, antes de que viniesen a visitarme, apareció el sargento bigotudo.

-Recoge lo tuyo y vete -me dijo.

La compañera de Pestaña me había informado, de parte de Batlle, por si salía en libertad, que él iba a comer y cenar al bar Las Euras, y que allí lo podía encontrar.

Paseo de Colón adelante, pude observar que no me seguía ningún policía. Al pasar frente al café Español, penetré rápidamente, cruzando con ligereza su gran sala, más la sala de billares, que daba a la calle opuesta al Paralelo, por donde yo había penetrado, y, seguro ya de haber despistado a quien pudiera haberme seguido, me dirigí a la Ronda de San Pablo, para encontrarme con Batlle. Allí estaba, comiendo con su porroncito de vino blanco al alcance de la mano.

Me senté. Pedí arroz con conejo y pescadilla frita. También un porroncito de vino blanco. Batlle me fue hablando quedamente:

-Al Comité regional le contrarió mucho tu detención. Tienen mucho interés en hablar contigo. Me lo ha dicho el Moreno de Gracia. Cena todas las noches en una taberna de la calle del Tigre, cerca del local de Lampareros.

Encontramos al Moreno de Gracia comiendo su plata de habichuelas cocidas. Nos sentamos y cada cual comió la que le gustaba.

-Con que tú eres...

-Sí, soy yo. Y convendría que arreglases pronta mi entrevista con los compañeros.

-No creo que veas a todos. Nadie sabe dónde y cuándo se reúnen. Veré a Minguet, que es el que tiene el encargo de hablar contigo ¿Puedes estar en Barcelona todo el día de mañana?

-Sí.

-Pues mañana a mediodía nos encontraremos los tres aquí mismo y te diré lo que haya.

Nos separamos del Moreno de Gracia. Batlle se fue a dormir a casa de un compañero, un metalúrgico llamado Saborit, un tipo bien plantado, con cara muy seria, que vivía en el Paralelo. Yo fui a dormir a casa de los Cuadrado, allí cerca, en la Ronda de San Pablo.

Acudí a la cita que me preparó el Moreno de Gracia con Genaro Minguet, a las ocho de la noche, en la farola que había frente al Wonder Bar, junto a la Brecha de San Pablo.

De pie, a la sombra que quedaba más allá del círculo de luz que irradiaba la farola, tuvo lugar la entrevista que tendría como resultado una gran mejoría de la situación general del movimiento sindicalista de Barcelona y de Cataluña.

Al día siguiente, de acuerdo con Batlle, nos dirigimos en tren a Tarragona.

Para poder dar cumplimiento a lo tratado con el Comité regional, necesitaba alguna colaboración, pero convenía que no fuese de compañeros de Reus. La ayuda económica debíamos pedirla a alguien que tuviese mucho dinero y que no nos hiciese correr el riesgo de un enfrentamiento peligroso, que traería aparejado el fracaso del plan del Comité regional. Se me antojó que nadie sería más adecuado que el millonario Evaristo Fábregas, muy republicano, muy liberal y asociado en grandes negocios al socialista Recasens. Pero me tendría que rodear de vigilancia, para evitar sorpresas desagradables. Y ésa era la ayuda que necesitaba y que dadas las circunstancias sólo podía aportarme Rodríguez Salas, «El Manco», del Comité provincial de Tarragona.
 

Todo se realizó como habíamos planeado. Volvimos a Barcelona Batlle y yo. A la hora fijada, una semana después del primer encuentro, en la misma farola, le hice entrega a Genaro Minguet de lo convenido[3].

Regresamos a Tarragona, esta vez para permanecer poco tiempo en libertad. Nos sorprendió la policía a Batlle y a mí en el distrito del puerto. De la comisaría general nos llevaron al castillo de Pilatos.

Cuando aparecimos en la sala del tercer piso, destinada a los presos sociales y políticos, la encontré algo cambiada por lo que se refería al personal alojado. Quien continuaba allí era el viejo Carbonell, el anarquista más bondadoso que he conocido. También estaban tres compañeros del Sindicato de Oficios Varios de Tivisa, acusados de haber tomado parte en el atentado que le costó la vida a un personaje enemigo de la Organización. El más joven tendría unos cuarenta años, y era el secretario del sindicato; otro, que pasaba de los cincuenta años, pertenecía a la junta directiva; el más viejo, de unos sesenta años, ni siquiera era de la junta. Lo prendieron por ser el padre de Daniel Rebull, «David Rey», militante muy significado en el sindicalismo barcelonés. Se decían inocentes y es posible que lo fuesen. Según ellos, la muerte del personaje aquel se debía a causas oscuras de la política del pueblo; pero la Guardia civil aprovechó la ocasión para reprimir a los miembros del Sindicato.

También se encontraban presos otras víctimas del caciquismo pueblerino. Creo recordar a cinco ciudadanos de Bot, del partido judicial de Gandesa, acusados de motín sedicioso por una escandalera que se armó contra el alcalde del pueblo ‑también de Real Orden. Su proceso era llevado por el fuero castrense, temiéndose que el consejo de guerra les impusiera fuertes condenas.

Continuaba preso una especie de vagabundo, medio pescador de los que tiran del art y, si apretaba el hambre, se enrolaba en una barca del bou para la pesca al palangré. Le llamaban «El Chato». Creo que su presencia en la sala se debía a que le seguía proceso la jurisdicción de Marina, fuero que era más lento en sus procedimientos. Pero, en realidad, pensábamos que estaba en la sala de sociales como chivato de la dirección de la cárcel.

Toda autoridad organizada necesita de la chivatería. Era cosa de no fiarse del Chato. Si bien nadie podía pensar seriamente en la fuga de aquella prisión, había que reservar los asuntos secretos de la Organización. La sala, que se encontraba a unos cuarenta metros del suelo, correspondía a la parte más alta de aquella mole de enormes sillares que los romanos levantaron para palacio fortaleza de su pretor.

Al llegar a la sala de presos sociales, los muros tenían de dos a tres metros de grueso y estaban construidos con enormes bloques. Las rejas empotradas en ellos eran de hierros cuadrados de unos cuatro centímetros.

Para lo único que servían las tres angostas ventanas era como miradores hacia el paseo de Santa Clara y hacia el mar. Trepar a las ventanas era peligroso, pues la guardia exterior de soldados solía disparar los fusiles en cuanto le parecía ver algún preso en la ventana.

Desde la ventana que daba al Mediterráneo se divisaban los cambiantes espectáculos de aquel maravilloso mar. De día brotaban, hasta llegar a cegar los ojos, como chispas los rayos del sol. De noche, plácido a veces, fuertemente agitado otras, reflejando en su superficie la luz lunar como una ancha carretera de azogue que se iniciaba en la playa y terminaba en un punto del horizonte.

Las barcas de pesca lo surcaban, de día, con sus velas latinas, en dirección de Barcelona o hacia Salou, Cambrils y Amposta, o trazando amplios círculos para dejar encerrados a los peces dentro de la red que arrastraban entre dos de ellas.

Todo lo que tenía de aburrido la contemplación de los tejados de la ciudad, lo tenía de estimulante asomarse a la ventana de cara al mar.
 

En la calle se acentuaba la represión de las autoridades sobre nuestros compañeros. Los patronos, aprovechando la clausura de los sindicatos y la persecución de los sindicalistas, hacían cuanto podían por anular las mejoras que habían tenido que conceder a los trabajadores.

Los militantes que quedaban en libertad, escondidos o huidos, mantenían en cuanto les era posible el prestigio de la Organización. Ante la persistencia de la prohibición de cobro de cuotas, los compañeros en libertad mantuvieron en vigor la táctica de cobrar a los burgueses ricos las multas de castigo que les imponían los comités clandestinos. A veces se producían choques lamentablemente trágicos.

Eso es lo que ocurrió en Reus, estando yo preso en el castillo de Pilatos. Corrió la versión de los hechos sangrientos que tuvieron lugar en el negocio de aceites al por mayor del acaudalado Félix Gasull, llamado «Feliu de l'Oli». Gasull era de los que se enriquecieron durante la guerra europea, y también de los que se decía que habían perdido enormes cantidades de dinero especulando con marcos alemanes. Pero continuaba siendo el más importante comerciante en aceites de Tarragona, a cuyos gigantescos depósitos iban a parar los aceites de la mayoría de los molinos de la provincia.

Lo que pasó a Feliu de l'Oli se contaba como si se tratase del «Crimen de Cuenca». Decíase que se comprometió a pagar cinco mil pesetas que en visita que le hicieron en su negocio de aceites de la calle de San Juan le pidieron suavemente. No disponiendo de dicha cantidad, citó al demandante para el día siguiente. A dicha hora, al recaudador le dijeron que Feliu no estaba y que volviera más tarde. Al salir, un hijo de Feliu, apostado tras un tonel metálico de aceite, disparó su fusil contra el joven delegado, pasándole de parte a parte. Este joven, que al parecer no llevaba ninguna arma, al traspasar la puertecita se agarró a la pared, donde un compañero suyo, joven también, lo sostuvo cuanto le fue posible y, tomando la calle de San Juan, llegaron al solar del viejo velódromo, por donde desaparecieron en dirección a la barriada del Bassot.

Días después, estando ya Feliu en su oficina tranquilo y sentado en una butaca, apareció el joven que acompañó al otro muchacho, con una pistola en cada mano y disparando con una en dirección del almacén donde los hijos de Feliu se agazapaban tras los bidones para responder con sus fusiles. Con la otra pistola hizo fuego sobre Feliu de l'Oli, que cayó sobre su escritorio. El joven salió tranquilamente a la calle y por el mismo camino que había recorrido con su compañero herido desapareció. Las gentes de Reus, se lamentaban o se encrespaban, exclamando: «¿Por qué lo hiciste, Feliu? ¡Feliu, Feliu, que quien a hierro mata a hierro muere! ¡Bien merecido lo tenías! Feliu, Feliu de l'Oli, Feliu del Somatén, que Déu et lliuri dels pecats!».

Todo había ocurrido a pleno día. Quienes vieron lo ocurrido proporcionaron detalles del joven, vestido de azul mecánico, que anduvo por la calle empuñando las dos pistolas. Días después, fue cercado por los policías y detenido. Era el que llamábamos «Nanu de Tarrasa».

Con tales sucesos, no era de esperar que mejorásemos de situación los presos. Y vino a parar a la sala de sociales el compañero Torres Tribó, que firmaba sus escritos con el seudónimo «Sol de la Vida». Era muy joven y escribía magníficas poesías y admirables artículos. Había sido autor de algunas de las letras anarquistas que se cantaban con la música de canciones popularmente celebradas. Era poeta por encima de todo y durante el tiempo que estuvo preso sólo escribió poesías. Y compuso una letra para el cuplé de la Verbena de la Paloma, a la manera protestataria, que empezaba:

«¿Dónde vas con papeles y listas,
que deprisa te veo correr?
Al congreso de los anarquistas,
para hablar y hacerme entender».

Torres Tribó era un producto de la buena época de Felipe Alaiz, cuando en Zaragoza se dedicó a enseñar literatura revolucionaria a estudiantes como Torres Tribó, de los Ríos y otros que iniciaban el camino de la protesta. Fue la gran época creadora de Alaiz.

A Batlle y a mí nos llamaron para comunicarnos que cargásemos con todo lo nuestro, pues estábamos libres. Pero, traspasado el último rastrillo, tuvimos la sorpresa de encontrarnos en la puerta con dos guardias de Seguridad que nos esperaban para trasladarnos a Barcelona.
 

Llegando a Barcelona, a los calabozos de la Jefatura superior de Policía; al día siguiente, a la cárcel Modelo. Una celda para cada uno y, al día siguiente, a comprar al economato un cuarto de litro de alcohol industrial para rociarlo a las junturas metálicas del camastro y prenderle fuego, única manera de terminar con las chinches de que estaban plagadas las camas.

Por las mañanas y por las tardes, media hora de paseo en los «galápagos», reducidos espacios al aire libre.

Entrar en galería de gubernativos suponía disfrutar de menor rigidez disciplinaria. Sin embargo, era temido permanecer en ella por el peligro de ser llamados a ir en conducción ordinaria a Galicia. Todos los presos gubernativos lo primero que hacían era prepararse para la conducción, procurándose un gran pañuelo rameado para liar el macuto, con una manta, una toalla, una muda de ropa interior, jabón, brocha y máquina de afeitar.

Los presos sociales nos comunicábamos unos con otros, durante el paseo, en el economato, por las ventanas exteriores y por los excusados, vaciándolos del pequeño depósito de agua que contienen, para transmitir la voz a las celdas de abajo, de arriba y de los lados.

La celda carcelaria es absorbente. Si uno se deja llevar de la soledad, queda aniquilado. Luchar contra los efectos corrosivos de la soledad sólo se lograba distribuyendo el tiempo de manera que no quedase una hora sin nada que hacer.

Toque de diana: levantarse de la cama, arreglar el jergón y colgar el camastro; barrer la celda; media hora de gimnasia; ducha fría; recogida del agua de la ducha; lectura; desayuno y salida a paseo; lectura hasta la comida;

paseo y comida de la tarde; lectura hasta la hora de acostarse; toque de silencio; dormir hasta la hora de diana.

El tiempo que se pasaba en la cárcel era como un curso intensivo de buenas y sanas costumbres: los jóvenes sindicalistas y anarquistas catalanes resultaban ser la juventud mejor preparada de toda España.

Empero, se producían pérdidas de militantes. Eran los que no soportaban estar presos. Salían en libertad y eran militantes perdidos para la Organización. Continuaban siendo buenos obreros sindicados, pagaban puntualmente las cotizaciones, pero procuraban no ser señalados para no volver a la celda.

Otros, entraban, salían y volvían a entrar, siempre por lo mismo: por ser activistas en el sindicato, por formar parte de los Comités, por pagar las cotizaciones aun estando prohibidas, por asistir a reuniones clandestinas los sábados y domingos, en playas recoletas o en las calvas de los bosques de Las Planas y Vallvidrera, y por repartir manifiestos y pegar pasquines.

A veces, se les presentaba el dilema de continuar o retirarse. Dilema difícil de resolver, porque meses a pan y rancho -las cestas de comida de la taberna de Collado eran ya un recuerdo- y de abstinencia de toda satisfacción íntima, creaban un estado angustioso, que había que resolver en la soledad de la celda. Me lo jugué a cara o cruz. Si sale cara, me retiro. Y, salió cruz.
 

Casi cada diez días salían cuerdas de presos gubernativos en conducción ordinaria hacia La Coruña. Las conducciones procuraban realizarlas espaciadamente, de manera que en el camino la cola de una no se uniese con la cabeza de otra. Siendo cuatro las galerías de presos gubernativos, podía calcular que la orden de conducción me tocaría al cabo de tres meses, hacia mediados de abril de 1922. A no ser que fuese antes, por la avalancha diaria de nuevos compañeros que ingresaban presos. Estos siquiera estaban vivos. Muchos eran asesinados al salir del trabajo, al ir a sus casas o al ser sacados a altas horas de la noche de la cárcel Modelo, so pretexto de conducirlos a la Jefatura de Policía, y eran ejecutados a la luz de la luna o de las estrellas, por el método de la «ley de fugas» que implantó el general Arlegui.

Algo me hizo recordar mi viaje a Madrid para negociar la constitución del Comité Algodonero y los personajes de primera fila de la Organización que intervinieron: Pey, emisario del Comité regional; Villena, presidente del Sindicato Fabril y Textil de Barcelona, de conducta tan dudosa; Medín Martí y su eterno caliqueño; Genaro Minguet, del Comité regional de Cataluña y nuestra entrevista junto a la farola. Fue que a Villena lo ejecutaron después de comprobar su condición de confidente del general Arlegui. Su viaje a Madrid no le trajo buena suerte. De no haber topado su cuerpo con las manos de aquel gigante que era Medín Martí, acaso no se habría sabido nunca su condición de soplón.

Y vino la gorda. Lo único que podía poner fin a la tragedia que vivía la clase obrera de Cataluña, que tan sañudamente hubo de soportar la «mano de hierro con guante blanco» de Eduardo Dato. La mañana de aquel 22 de abril, un continuo abrir y cerrar puertas de celdas sembró la inquietud en nuestra galería. Como ya suponíamos de lo que se trataba, nuestros ánimos decayeron un poco. Cuando abrieron la puerta de mi celda, el oficial de la Ayudantía, papel en mano, me dijo:

-Hoy no tendrá paseo. Prepárese para salir en conducción ordinaria. Puede ser a primeras horas de la tarde de hoy o a primeras horas de la mañana.

Cerraron la puerta y escuché atentamente. Abrieron una puerta dos celdas más allá de la mía, la de Batlle. Por la cantidad de cerrojos que oí, deduje que saldríamos en conducción ordinaria no menos de cien presos. Se armó la algarabía de siempre que anunciaba las conducciones por carretera. Las imprecaciones no son para ser descritas.

Fui envolviendo mis escasas pertenencias en un gran pañuelo de hierbas. Después me tendí en el camastro, cosa prohibida durante el día: después de todo, ya no podían castigarme a no salir al patio ni a perder las comunicaciones con el exterior. Estando para salir en conducción.

Pero como a las cuatro de la tarde se oyó un griterío enorme.

«¡Ya, ya, ya...! ¡Mataron a Dato! ¡Ma... ta... ron... a Dato!»

Me levanté del camastro, como empujado por un resorte de acero. Recordé a Pey, a Minguet, a Medín Martí, al Pelao, a Espinal, viejos militantes de solera revolucionaria. Y los ejecutores, ¿quiénes eran? Con el tiempo se supo. Tres metalúrgicos: Mateu, Nicolau y Casanellas.
 

La precaria paz social

Ya no salimos de conducción. José Sánchez Guerra, del mismo partido que Dato, pero hombre acreditado de culto y liberal, fue llamado por el rey Alfonso XIlI para formar nuevo gobierno. La primera medida que adoptó fue la de restablecer las garantías constitucionales, lo que determinaba que, en el acto, fuesen puestos en libertad todos los presos gubernativos.

Las listas de liberados iban llegando a la dirección de la cárcel celular desde las oficinas del Gobierno civil. Los ordenanzas de los oficiales, encargados de abrir las puertas de las celdas y gritar «¡con todo!» no daban abasto. En el patio de entrada de la Modelo no cabían los familiares, amigos y compañeros de los presos que iban a ser puestos en libertad. Batlle estaba solo y soltero y yo tenía la familia en Reus. Sólo nos esperaba el viejo Feliu, del Comité Propresos. Me abrazó fuertemente y me dijo:

-Si regresas a Reus, déjate ver antes.

-¿Hay algo?

-Te diré. Hay algo que acaso te interese. Ya conoces a los compañeros Boix, Mariné, Pons, Alberich. Ellos, con otros camareros, ayudantes y cocineros, están integrando un equipo para ir a trabajar a Zaragoza a inaugurar el Saturno Park. Son como veinticinco, y sé que te dejarían encajar. Quien organiza el equipo es Doménech.

No vi a Doménech en Barcelona. Todavía tenía mis dudas sobre si me gustaría trabajar en Zaragoza, ciudad que no conocía. Pensé que en Reus me sería más fácil.

Los tiempos habían cambiado. Con la reapertura de los sindicatos, la puesta en libertad de todos los presos y el restablecimiento de las garantías constitucionales, todo parecía de otro color, como si lo rojo se hubiese aguado, quedando una tonalidad rosada.

El Comité Nacional tenía el propósito de convocar una conferencia nacional de sindicatos, ante la imposibilidad financiera de ir a la convocatoria de un congreso nacional extraordinario. Falta de dinero y premura de las circunstancias.

Pero urgía una reunión que fuese algo más amplia que un simple pleno nacional de Regionales. La tormenta pasada había dejado al descubierto muchos fallos de la Organización. Además, nadie podía prever cuándo se podría celebrar un congreso extraordinario, por estar la Organización siempre enfrentada a la amenaza de someterse o perecer. Al frente de la Jefatura superior de Policía y del Gobierno civil de Barcelona seguían Martínez Anido y Arlegui.

Yo no había concurrido al Congreso nacional extraordinario que celebró le CNT en Madrid el año 1919. Recordaba el enorme entusiasmo que despertó en las juventudes obreras. Jóvenes militantes, faltos de recursos para costearse el viaje, lo hicieron escondidos en los trenes de carga. Ahora, de ninguna manera perdería la oportunidad. Y puesto que tenía la posibilidad de encontrar trabajo en Zaragoza, que es donde se pensaba celebrar la Conferencia, decidí a fines de marzo emprender el viaje.

En Zaragoza fui a hospedarme a la misma pensión en que estaban alojados los compañeros Pons y Bober, que pertenecieron conmigo al grupo «Regeneración», ya disuelto hacía tiempo. No obstante, era firme el compañerismo. Ambos estaban trabajando en el Saturno Park, pero para mí todavía no había trabajo.

Doménech, encargado y administrador del conjunto, me llevó a su casa comer, invitado -según me dijo- por su esposa Mercedes, a la que yo conocí de cuando la huelga de camareros. Doménech estaba un poco cohibido, pues siempre pensó que Mercedes había sido novia mía, lo que no era cierto. El aquellos tiempos no había pensado, ni lo pensé hasta muchos años después en tener novia. No es que no me gustasen las mujeres, y Mercedes era muy guapa. Pero sabía bien que los amoríos con mujeres formales conducían inevitablemente al matrimonio, al sentido conservador de la vida y al abandono de la militancia.

Me presenté en el hotel Internacional del Coso y fui admitido rápidamente. La dueña debía de haber sido guapa hacía años, pero tenía cara avinagrada y de pocos amigos. En cambio, sus dos hijas eran unas preciosidades, altas y esbeltas. La mayor tenía novio y la menor unas ganas locas de tenerlo.

En el hotel Internacional no tenía ayudante de camarero. Para el lavado y

secado de la cristalería me las arreglé para que lo hiciese Cecilia, la hija menor. Cecilia hacía parte de mi trabajo y se conformaba con algún beso. Gracias a ella me enteré de que el jefe de policía de Zaragoza, un comisario de muy mala fama llamado González Luna, presionó a la dueña para que me quitase el trabajo, asustándola con mi negro historial. Logró impresionar a la madre, pero las dos hijas se le encresparon, diciéndole que yo era el mejor camarero que había tenido en muchos años.

Progresaban los trabajos de preparación de la Conferencia Nacional de Sindicatos, como se la llamó definitivamente en lugar de Asamblea. En la Casa de la Democracia, lugar escogido para su celebración, se notaba bastante animación en torno al compañero Buenacasa, a quien el Comité Nacional confió el encargo de prepararla. Con mucho adelanto, llegó el compañero francés Gaston Leval, quien se las apañaba para aparecer siempre como indispensable a la CNT.

Con la inauguración completa del Saturno Park, dejé el hotel Internacional y me pasé a la limonada de la pista de patines. El trabajo de camarero de limonada nunca me gustó. Siempre había preferido el restaurant. Pero en el Saturno Park se trabajaba de cinco de la tarde a doce de la noche y ganaba uno más que un general de división. El horario de trabajo me permitía asistir a las reuniones de la Conferencia Nacional de Sindicatos.

Tenía gran interés en aprender la mecánica de los congresos. Además, suponía que los debates serían dignos de oírse, ya que acudirían los más connotados militantes de toda España. A la hora de dar lectura a las credenciales fueron pronunciados los nombres ya famosos de Salvador Seguí, Angel Pestaña, Manuel Buenacasa, Juan Peiró, Juan Rueda Jaime, Paulino Díez, Galo Díaz, Jesús Arenas. Eran mayoría los delegados de Cataluña, seguidos por los representantes de Aragón, Asturias, Galicia, Norte, Levante, Andalucía y Castillas.

Se sometió a discusión la adhesión condicionada de la CNT a la Internacional Sindical Roja. Pestaña y Leval informaron ampliamente, ambos en sentido contrario a nuestra adhesión definitiva. Se acordó la separación de dicha Internacional y participar en la creación de una Internacional Sindical que tuviese la finalidad ideológica de la que fue Primera Internacional antes de la escisión entre anarquistas y marxistas. Se pasó a analizar ciertas conductas personales y orgánicas. Era lo más esperado por la mayoría de delegados. Igualmente, lo más temido por una pequeña minoría de militantes, hasta entonces desconocida y que, durante la represión pasada, se dedicaron a sembrar infundios. Durante el largo período de persecuciones por el que acababa de pasar la Organización, habían circulado los más fantásticos rumores sobre Seguí y su integridad obrerista revolucionaria. Decíase que...

¡Bien! Seguí estuvo hablando durante más de cuatro horas. No se defendía, pero explicaba. Y sus explicaciones constituyeron unas provechosas lecciones para aquellos que, como yo, si bien concedíamos importancia a las ideas, apreciábamos enormemente las conductas[4].

Asistía yo a la Conferencia en representación de los sindicatos de Reus. Pues bien, tanto yo como la mayoría de delegaciones, nos quedamos mudos de asombro ante las revelaciones de Seguí. Eran Pestaña y Buenacasa los responsables de aquellos errores reprochados a Seguí.

A Seguí lo había oído ya en dos ocasiones. Cuando terminó la huelga de camareros de Barcelona y en un mitin en Tarragona en favor del compañero Folch y Folch, de Vendrell. Ante los camareros dijo algo que merecía ser divulgado profusamente: «El sindicalismo gana y pierde huelgas, y así será hasta el final, cuando la clase obrera, mediante la revolución social, acabe con el capitalismo y el Estado. Hasta ese final decisivo, los sindicalistas no deben sufrir en su honor si alguna vez pierden una huelga, porque el honor es un lujo de burgueses».

Su participación en el mitin de Tarragona no me gustó. Versó sobre consideraciones en torno a la violencia revolucionaria, pretendiendo dejar sentado que nuestra revolución no sería lo sangrienta que fue la burguesía en la revolución francesa, que la manchó -dijo- con verdaderas orgías de sangre. Por no ser Seguí dado a las definiciones, por falta de una definición correcta de revolucionario y jacobino, el contenido de su oración fue bastante mal interpretado. Se lo dije así en el bar donde fuimos a tomar el vermuth después del mitin. Le dije, en sustancia, que su discurso parecía sacado de la Historia de la Revolución Francesa de Castelar, quien hablaba y escribía siempre entre lirismos.

Su intervención en la Conferencia de Sindicatos de Zaragoza fue digna de ser escuchada. Seguí había madurado mucho en La Mala. Tuvo ocasión, durante el año y medio de encierro, de leer y meditar. Algo debió influir en su hablar razonado el hecho de que habló siempre sentado, liberado de la pose de orador que lo dominaba en los mítines y conferencias.

Entre muchas cosas, dijo: «El comunismo libertario debe ser considerado como un posibilismo social. Quiero decir que su realización se logrará por la vía de la experiencia. No creo gran cosa en la eficacia de las internacionales obreras. Por lo menos, hasta el presente, de nada han servido. En cambio, creo que podría resultar interesante una Confederación Hispano Americana de Trabajadores»[5].
 

Terminó la Conferencia Nacional de Sindicatos. Su clausura fue celebrada con un gran mitin en la plaza de toros. Pero una vez terminada la Conferencia, se desencadenó la tormenta. Seguí siempre fue semejante a una tormenta. Ya de joven lo era, pues fue miembro activo de un grupo anarquista catalán que tenía como nombre el de «Els fills de puta». Con otros compañeros, interrumpió a tiros un mitin de Lerroux en un teatro del Paralelo de Barcelona. Luego, sin dejar de ser tormentoso, se hizo charlista de mesa de café y había que oírle hablar de «su» mesa del café Español, rodeado de proletarios, que escuchaban con avidez sus disertaciones. Pintor de brocha gorda, Seguí alternaba la lechada de cal con disgresiones altamente interesantes.

El tiempo de sus charlas en el café Español fue el mejor de su vida. Después, cuando cambió al café Tupinamba de la plaza de la Universidad, donde alternaba con abogados, escritores y periodistas, con olvido de sus hermanos de clase, inició su decadencia. Y decadente fue su discurso de Tarragona, como lo fue su intento de definición del comunismo libertario en la Conferencia de Sindicatos de Zaragoza, porque no aportó claridad al odioso papel de los jacobinos en la revolución francesa ni precisó las etapas del posibilismo libertario.

A los pocos días de haberse clausurado la Conferencia, fue discutido hasta la saciedad el concepto de «posibilismo». Nadie quería contribuir a dar circulación al posibilismo libertario. Los puros del anarquismo colocaban a Seguí entre los arrivistas de la politiquería. Los sindicalistas puros, partidarios del «caja o faja», pensaban que se trataba de una nube que hacía borrosas las figuras del burgués y del obrero en lucha a muerte para sobrevivir, intérpretes trágicos de la guerra de clases. Los que no habían perdido la fe en los valores caducos de la sociedad tradicional, lo interpretaban como una promesa de fidelidad al pasado.

Seguí era un irreverente, pero de irreverencias susceptibles de provocar escándalo y de escasa trascendencia. Creo yo que, si bien daba por caduco el régimen capitalista, contemplaba con angustia la endeblez de las estructuras socialistas con que se pretendía entonces sustituir al sistema burgués, capitalista y estatal.

Decidí marcharme de Zaragoza. Como estaba muy desorientado, tomé el tren para Valencia. Supuse que en Valencia, a orillas del mar, la vida y el trabajo serían parecidos a los de Barcelona. No hay como vivir para ver y aprender. Valencia tenía aspectos magníficos. Sus días son soleados y sus noches transparentes.

Vora a l'estany les granotes
canten al capvespre primaveral:
¡croac, croac, croac!
Són les dolces notes
de son himne triomfal.
És a l'hora vespertina
dels grills el magic violí
¡cn, cn, cni!
qui consola i anima
qui del cor treu el verí
Les aigues silencioses
rechs a vall corren moixament
¡glu, glu, glu!
i les lluminàries pretencioses
s'hi reflexen desd'el firmamento

Sus gentes son amables y generosas. El valenciano recela siempre algo de los catalanes y de los castellanos. Es algo que ha heredado de sus antepasados, que nunca vieron con simpatía a los que tanto empeño pusieron en liberarlos de los árabes, con quienes ellos se sentían algo más que primos lejanos.

Para conocer bien a los valencianos de la capital o de los pueblecitos de sus alrededores, es menester haber comido con ellos la paella a su manera, prescindiendo de platos, cuchillos y tenedores, sólo con la cuchara frente al triángulo que cada cual traza hasta el centro de la paella. Así la comí, en compañía de Liberto Callejas, que se encontraba en Valencia en funciones de redactor de Solidaridad Obrera, y un grupo de compañeros de Picasén, cordiales y generosos. O encontrarse sin dinero en el bolsillo, no tener para comer, y ser presentado al tío Rafael, tabernero de la calle Hernán Cortés, y sentarse a comer para, al final, tener que decirle: «¿Apunta usted, tío Rafael, o apunto yo? En este momento, no tengo para pagarle». Y escuchar su respuesta: «Pues apunta tú, porque yo me haría líos con tantas cuentas pendientes».

Permanecí en Valencia unos quince días. Sin trabajo. Una paella con unos y otra comida con otros, más el refuerzo de lo que uno quisiese comer en la taberna del tío Rafael, me permitieron aguantar. Pero como aquello no podía durar, decidí regresar a Barcelona. Cuando lo decidí, me había. quedado sin blanca, y había que buscar la manera de pagar el billete. Ni que pensar en el tren, muy caro para quien, como yo, nada tenía. En cambio, podía volver en la cubierta del Canalejas, un barco que salía aquel atardecer. El billete costaba nueve pesetas. ¿De dónde sacarlas? Tenía un abrigo de invierno que había sido bastante bueno, pero que ya empezaba a estar viejo. Anduve con él por las tiendas de los que compraban y vendían ropas usadas. Al fin, después de mucho andar y de mucho regatear, lo vendí por diez pesetas.

Callejas me ayudó, pagando su billete y el mío del tranvía que había de dejarme en el puerto. En la cubierta del Canalejas, ya ocupada por varias familias, me acomodé lo mejor que pude. Por vergüenza de no poder pagarle lo que le debía al tío Rafael, aquel día no desayuné ni comí. Tampoco cenaría.

Tenía sólo veinte años, y no me cansaba de decirme que no valía la pena pasar de los treinta y cinco. Cuanto más me analizaba más faltas de las que achacaba a Seguí me reconocía. Exceso de romanticismo, me decía. No era ni quería ser como él. El romanticismo, a los españoles, nos venía de tierras adentro. A los nacidos a las orillas del Mediterráneo nos corresponde el clasicismo: sujetar los impulsos, distinguir lo que son molinos y lo que son gigantes, no confundir los rebaños de corderos con ejércitos y no liberar gentes cortando simplemente sus cadenas. De otra manera, pensaba, nunca se llegaría a la victoria.

Puerto adelante, el barquito se deslizaba suavemente. La noche se me hizo larga, contribuyendo a ello el estómago vacío y el relente de la madrugada. ¡Lástima que hubiese tenido que vender el abrigo! Fueron dieciocho horas de viaje. Todos los inconvenientes de no haber comido y del frío de la madrugada quedaban compensados por la satisfacción que experimenté al contemplar la Puerta de la Paz y el monumento a Colón, remanso adonde iban a morir las Ramblas.

El tranvía me dejó en el Paralelo, esquina con la Brecha de San Pablo, a unos doscientos metros de. la casa de huéspedes de la compañera de Feliu. Llegué allí. Su esposa me recibió con los brazos abiertos, me asignó cama y me sirvió un suculento desayuno de habichuelas con lomo. Feliu, que trabajaba hasta casi el amanecer en el café del teatro Cómico, dormía.

La mujer de Feliu me prestó veinticinco pesetas. Y a la calle, saboreando el pisar de nuevo sus adoquines. Ramblas arriba hasta la plaza de Cataluña, lentamente, como quien dispone de la eternidad. Siempre me había gustado la Boquería, mercado de verduras, frutas, carnes, aves y pescados. La anduve como si fuese la primera vez, aspirando sus aromas penetrantes y distintos. Me entretuvo la contemplación de las vendedoras de pescado, guapas en su mayoría, arremangadas hasta más arriba del codo, de brazos fuertes y mórbidos, ágiles en la manera de escamar los peces.

A pie, pues tenía que hacer tiempo, anduve lentamente hasta la plaza de Cataluña, después por Pelayo y las Rondas, otra vez el Paralelo, a tomar el vermouth en el chiringuito frente al Moulin Rouge. Pasó el tiempo y me fui al bar Las Euras, donde siempre comía Batlle si trabajaba por aquellos barrios.

Batlle no cenó en Las Euras, pero lo encontré en el bar Asiático de la calle del Rosal, al lado de un Centro republicano. Estaba con otro compañero a quien yo no conocía, pero que dijo conocerme mucho. No trabajaba en Barcelona, sino en Mataró. A mí me urgía encontrar trabajo y a él cumplir con el encargo del dueño del restaurante Americano, en el que trabajaba, de llevarle de Barcelona un buen camarero.

Llegamos muy de noche a Mataró. De la estación fuimos al Americano, que estaba enfrente. El establecimiento pertenecía a toda una familia, abuelo, padre e hijos. Todos hacían algo, hasta la mujer.

No se estaba mal trabajando en Mataró. El tiempo era todavía caluroso, y por las noches, después del trabajo, me ponía un pantalón viejo y una camiseta y me iba a bañarme a la luz de la luna o de las estrellas en un mar generalmente tranquilo y en una playa casi siempre desierta.

De buena gana me hubiese gustado quedarme en Mataró por un largo tiempo. Creo que no duré más de dos meses. Por precaución, no me di a conocer a los compañeros de la localidad. Tanto el cocinero como yo cotizábamos en el Sindicato de la Alimentación de Barcelona, y hacíamos mal, pues nuestro deber era darnos de alta en el sindicato de la localidad. Algunas veces veía pasar a Juan Peiró, que trabajaba en un horno de vidrio cerca del Americano, y aunque él me contemplaba queriendo recordar mi fisonomía -había tomado parte en la campaña de mítines que organizó el Comité provincial de Tarragona-, yo me hacía el desentendido. En Barcelona, donde todavía gobernaban Martínez Anido y Arlegui, ocurrían hechos cada día más graves.

No me sentía seguro. No hacía mucho tiempo que a Mataró vino un grupo de pistoleros del Libre y en un bar dieron muerte a varios compañeros. El atentado quedó impune, y Batlle, mi compañero Batlle, andaba en Barcelona mezclado en las luchas contra los enemigos de la clase trabajadora. Nada me dijo, por ser norma de los sindicalistas catalanes el no hablar nunca de lo que se llevaban entre manos. Me chocó el que, teniendo yo costumbre de ir a Barcelona los miércoles, día de mi fiesta semanal, en vez de encontrarle en el bar Las Euras, me esperase un compañero a quien llamaban «El Galleguito», quien me dijo, de parte de Batlle, que aquel día no podría estar conmigo, por lo que regresé a Mataró a la tarde, contra mi costumbre de hacerlo en el último tren de la noche.

Aquellos señores que subían a un auto estacionado frente a la puerta del Americano tenían todo el aire de ser policías. Y me lo confirmó el ver que uno de ellos había sido policía en Reus, en los tiempos en que luché por mi pueblo. Cuando se hubieron ido, me decidí a subir a mi habitación. El cocinero me explicó que unos policías, al parecer de Barcelona, se habían presentado, preguntando por mí y habían registrado mi habitación.

¿En qué líos andaba metido Batlle? No me cabía duda de que las andanzas de la policía tenían. sus orígenes en algo suyo, ya que me debieron de ver con él alguno de los miércoles anteriores. O en que alguien había. soplado que me reunía con él todas las semanas.

Metí mis cosas en la maleta y encargué al cocinero disculparme con el dueño del restaurante. Ya anochecido, me escabullí a la estación y tomé el tren a Barcelona, donde alquilé una habitación barata cerca de la estación para al día siguiente, en el tren ordinario, regresar a Reus.

Nada había hecho y nada tenía que temer. Algo me decía que desconfiase de las actividades de la policía rondando mi sitio de trabajo en Mataró. Cuando las cosas andaban así de confusas, era señal de que algún confidente de la policía estaba haciendo méritos. ¿Quién sería? Por el periódico me enteré del lío en que estaba metido mi buen José Batlle Salvat. Con el tiempo se supo todo. Por aquel entonces se había descubierto en el seno de la Organización un núcleo peligroso de confidentes al servicio del general Arlegui. Se trataba del abogado de nuestros presos, Homs, y del secretario del Comité Propresos de Barcelona, también llamado Batlle, pero sin parentesco con mi compañero. Algún tiempo después, Batlle Salvat y otro compañerito de Barcelona fueron detenidos, procesados y condenados por la muerte del confidente Batlle. Se les escapó Homs, quien meses después, llevó a cabo los asesinatos de Salvador Seguí y su compañero Paronas.
 

Recién llegado a mi pueblo, algo sacudió a toda la militancia de la CNT de España y aun a aquellos que no habían regresado del extranjero, no obstante, el restablecimiento de las garantías constitucionales. Desde fuera, se percibía mejor que Sánchez Guerra, al sustituir a Dato, no había restablecido la paz, porque no quiso o porque no pudo. La paz seguía amenazada por las andanzas de los asesinos a sueldo de la patronal, el miedo represivo de la jefatura de Policía y los pistoleros del requeté. Justamente a finales de agosto de 1922, Angel Pestaña fue víctima en Manresa de un atentado por parte de pistoleros, entre los que se vio al «Rabadá» y al hermano de Villena.

En uno de mis viajes a Barcelona pasé por casa de Feliu y devolví las veinticinco pesetas que me prestó su mujer. Nada debía; a no ser las sesenta pesetas que no pude pagar al tío Rafael, de Valencia. Con el tiempo le pagaría, pero ahora estaba mal de ropa de abrigo. Me urgía trabajar y reponer mi vestuario, del que solamente había podido renovar el de trabajo.

Sabía que si me ponía a activar las cosas de la Organización en Reus, mi libertad duraría poco. Opté por camuflar un poco mi personalidad. Trabajé todos los extras que me fue posible en la semana, leía cuanto podía y una vez al mes asistía a los conciertos que en el teatro Fortuny' organizaba la sección reusense de la Associació Catalana deIs Amics de la Música, de la que me hice socio. Así tuve ocasión de asistir al concierto que dio Pau Casals con su orquesta de «noventa profesores de música», que es como se anunciaba.
 

En los primeros días de enero de 1923, el Comité Regional convocó a un pleno regional, que se celebraría en el local de La Naval, en la Barceloneta. La Comarcal de Reus me nombró su delegado. Para la sesión de la mañana, fui designado secretario de actas; para la sesión de la tarde, secretario de palabras y para la sesión de la noche, presidente de debates.

Durante las sesiones de mañana y tarde,.1os debates transcurrieron normalmente. No así la sesión de la noche. Como secretario de palabras tenía al compañero Arín, de la Metalurgia. Alguien me hizo pasar un papelito que decía: «Compañero presidente, nos hemos enterado de que en la sesión de esta noche tomará la palabra el Noi de Sucre. Te advertimos que si le otorgas la palabra, lo mataremos aquí. El Grupo Fecundidad».

Me quedé lívido. ¿Cómo era posible? Del grupo «Fecundidad», que pertenecía a los grupos de Sans, conocía yo a dos compañeros: Jaime Rosquilles Magriñá y Vicente Martínez «Artal», al que había conocido en Reus, y del grupo no tenía informes de que fuese de los violentos. Arín me preguntó:

-¿Te ocurre algo?

-Sí. Toma y lee.

-Hemos de ir con cuidado. No digas nada y espera a que yo regrese. Voy a ver de arreglar algo.

Arín regresó, muy seguro de sí:

-No creo que ocurra nada. Pero hazte tú cargo de tomar las palabras y deja que haga yo de presidente.

No ocurrió nada. Se acabaron las tareas del pleno y al día siguiente, que era festivo, se celebró un mitin de clausura en el Teatro Español. En el mitin tomamos parte delegados foráneos, muy jóvenes, que por primera vez aparecíamos como oradores en Barcelona: Germinal Esgleas y yo:

Terminado el mitin, recibí la visita de tres antiguos conocidos: Medín Martí, Jaume «El Pelao» y Espinal. Nos sentamos en el café del Español. Nada se habló de nuestra gestión en Madrid; aquello era cosa, no ya del pasado, sino muerta. Hablamos de todo un poco, hasta que Espinal expuso su problema:

-Ya sabes -dijo, dirigiéndose a mí- lo que ocurrió en Manresa con el atentado a Pestaña. Desde entonces, los pistoleros no dejan de venir allí, como si se tratase de una ciudad conquistada. A vosotros, en Reus, os ocurrió algo parecido, pero os los sacudísteis de encima. ¿Por qué no vienes a trabajar a Manresa y allí estudiaríamos la situación? Hay una oportunidad, porque en el music-hall Kursaal, donde trabaja de camarero el compañero Figueras, hay vacante. ¿Qué te parece?

Fui a Manresa y me arreglé con Quimet, dueño del Kursaal. Era de los que siempre vivieron por, para y de las mujeres. Un macarra, como vulgarmente se dice. Alto y de un blanco pálido, estaba recostado en un amplio sillón, con el aspecto de quien está más para irse al otro barrio que para dirigir un establecimiento de aquella naturaleza. En esta labor era ayudado por su mujer, que todavía se conservaba de buen ver.

Con Figueras convinimos trabajar armados cada uno de la pistola, pues era de suponer que los pistoleros no dejarían de manifestarse. Estábamos dispuestos a llevárnoslos por delante, pues la Organización había decidido cobrarse el atentado a Pestaña. Especialmente Espinal, quien, por haber sido el organizador de la conferencia que tenía que pronunciar Pestaña, se sentía culpable de las graves heridas que le infligieron. Los días que Medín Martí y el Pelao estaban en Manresa, venían los tres a tomar café y permanecían largo tiempo sentados, en espera -decían- de que apareciesen los fulanos.

En los pocos meses que estuve trabajando en Manresa, los pistoleros del «Libre» desaparecieron. El trueno que nos sacudió de pies a cabeza vino de Barcelona.

Haría unos quince días que había dejado el trabajo en el Kursaal; Quimet, el dueño, que estaba enfermo de varias dolencias a cuál más grave, suspendió el funcionamiento de su establecimiento. Y yo me fui a Barcelona. Para no gastar mucho del dinero que había ahorrado en Manresa, me instalé. a todo estar en una taberna de la calle Cadena, donde comía tres veces al día, y dormía en un desván. En tres camastros de los llamados de tijera dormíamos Callejas, «Irenófilo Diarot», los dos redactores de Solidaridad Obrera, y yo. La taberna pertenecía a un compañero cocinero, Narciso, que lo montó con un puñado de pesetas, después de la pérdida de la huelga de camareros.

Irenófilo Diarot, Callejas y yo nos disponíamos a bajar a la taberna para tomar la comida del mediodía cuando un día se dejaron oír unos disparos de pistola. «¿Qué será?», nos dijimos.

Los tiros habían sonado cerca. Seguramente se trataba de un atentado. Pero aquél, cometido a la hora en que las gentes van a comer, o acaban de hacerla, no estaba llamado a ser uno más.

Narciso apareció en el dintel de la puerta de nuestro cuarto, demudado, sus ojos muy abiertos expresaban el horror y el odio más grandes que una cara humana pueda expresar.

-¡Han matado al Noi de Sucre!

-Esto es' el fin de todo. Acabarán con todos nosotros -se lamentó Irenófilo[6].

-¿Tú qué crees, será el fin? -me preguntó Callejas.

-¡Yo qué sé! Puede ser el fin y puede ser el principio. Dependerá de cómo tengamos los nervios.
 

Reviví la impresión que me produjo Seguí, hacía unos veinte días, cinco antes de que se clausurara el Kursaal, al dar una conferencia en un cine de Manresa a la que asistimos, como grupo de defensa del Noi, el Pelao, Medín Martí y yo. Fue la suya una larga requisitoria contra Alfonso XIII y su camarilla de generales y políticos que por entonces aparecían como responsables del desastre de Annual, allá en los pelados cerros del Rif.

Seguí fue duro, implacablemente detallista sobre los verdaderos responsables del desastre de Annual, y afirmó su propósito de llevar el contenido de aquella conferencia a todos los escenarios del país. Yo no pude por menos que pensar: «Si no te matan».

Y así fue. Lo mataron los de la camarilla del rey. Utilizaron el equipo de pistoleros de Homs

Aquel día no comimos. Nos acercamos los cuatro al cruce de las calles Cadena y San Rafael. Los cuerpos de Seguí y de Paranas habían sido recogidos en una ambulancia de la Cruz Roja. En el suelo, y encima de un charco de sangre, había un ramo de flores.

Seguí era muy querido. Tenía muchos adversarios, aun dentro de nuestra Organización, cosa natural en un movimiento obrero que aglutinaba todas las tendencias ideológicas del socialismo no marxista. Pero en nuestra Organización se le respetaba y se le quería. No faltaban compañeros, como Picos, implacables oponentes de Seguí. Pero Picos era eso: Picos, un zapatero anarquista que vivía por y para ladrar al más destacado de los militantes; y puesto que era el Noi el más destacado, Picos ladraba más fuerte ante sus hechos y sus intenciones.

Picos tuvo su reacción. Cuando mataron al Noi, Picos, preso en la Modelo de Barcelona, se tiró desde lo alto de la galería a la planta baja, muriendo en el acto. ¡Pobre Picos!
 

«¡Antes morir que arrodillarnos! ¡Antes morir todos que entregamos! ¿Quieren

acabar con nosotros? Pues a defendemos con toda clase de armas.» Estas eran las exclamaciones de toda la militancia, sindicalista o anarquista. De los de Bandera Negra y los de Bandera Roja.

«¡Ya no hay paz! ¡No más palabras! ¡Que hablen los rencores!»

«Tanta injusticia no debe seguir...
Si tu existencia es un mundo de penas...
Antes que esclavo, prefiere morir...»
 

[1] [NDE]. Sobre Eusebio Rodríguez Salas véanse las páginas 61, 122, 419-420.
[2] [NDE]. Sobre esta cuestión, véanse las páginas 625 y siguientes.
[3] [NDE]. Véanse las páginas 51 y siguientes; 625 y siguientes.
[4] [NDE]. Este asunto aparece tratado con extensión en otro lugar de este libro. Véanse las páginas 610 y siguientes.
[5] [NDA]. No tuve ninguna intervención personal en la Conferencia de Zaragoza. En aquellos tiempos, era muy poca cosa al lado de aquellos colosos del sindicalismo. Tampoco tenía mandato expreso de los sindicatos de Reus, que aprovecharon mi estancia para delegarme su representación. La Conferencia Nacional de Sindicatos de Zaragoza carecía de orden del día. Se trataba de adoptar las orientaciones a seguir tras la represión gubernamental. Y lo que se acordase sobre el ingreso en la Internacional Sindical de Berlín, o sea, la Asociación Internacional de Trabajadores, dependería de los información que nos proporcionasen el Comité Nacional, Pestaña, Gaston Leval. El acuerdo fue afirmativo por unanimidad. O sea, que dejamos de pertenecer definitivamente a la Internacional Sindical Roja de Moscú y pasamos a engrosar la de Berlín, que contaría con la CNT de España, la SAC de Suecia, la FAUD de Alemania.
[6] [NDE]. El autor vuelve a referirse, más ampliamente, a Irenófilo Diarob en la página 225.

Regresa