1 El anarcosindicalismo en la calle

 

Fragua de rebeldía

 Ya de mayor supe que los anarquistas se hacían leyendo las obras de Kropotkin y Bakunin; y que las variedades de socialistas -que son muchísimas- se empollaban las obras de Marx y Engels. Es posible que así fuese entre gente de la clase media, que podían aprender a leer bien, que sabían dónde comprar los libros, de los que poseían antecedentes, y que no carecían del dinero para su adquisición.

También me enteré, al correr del tiempo, de que entre los anarquistas, como entre los socialistas, abundaban las diferencias ideológicas. A veces, diferencias muy hondas. En Cataluña, las discrepancias en la interpretación de las ideas anarquistas eran notables entre los anarquistas de procedencia obrera y los anarquistas de extracción burguesa o pequeño burguesa.

A los anarquistas de origen proletario les movía la pasión de hacer pronto la revolución social e instaurar inmediatamente la justicia social mediante la aplicación de estrictas normas de igualdad. Entre los anarquistas de origen burgués o de influencia liberal burguesa prevalecía la observancia de los principios, sin conceder primordial importancia a la realización de la justicia social y a la instauración del comunismo libertario o de cualquiera de sus sucedáneos más o menos afines.

El anarquista-comunista libertario de origen obrero reaccionaba determinado por el medio en que se había creado, cercado por el hambre y las necesidades económicas. En cambio, el anarquista procedente de la clase media o de la burguesía, relativamente bien alimentado desde su nacimiento se movía por motivaciones preferentemente políticas achacando los males de la sociedad a la existencia de gobiernos de pésima dirección, recargado en la aspiración, más demagógica que realista, de admitir aquel tipo de gobierno que menos gobierne.

Escuelas, libros, espíritu de reforma más que de rebeldía, eran los caminos preferidos por los liberales un tanto radicalizados que solían aparecer en las agrupaciones de anarquistas, en las que causaban grandes perturbaciones. Algo parecido ocurría en los medios marxistas, solo que a la inversa: los elementos de origen burgués eran los que sostenían las tendencias más derechistas dentro del socialismo.

Las finalidades de los anarquistas y de los socialistas de origen proletario venían a ser las mismas, con matices, pero sin fundamentales diferencias: el anarquista de origen proletario aspiraba al derrocamiento inmediato de la sociedad burguesa y la instauración del comunismo libertario, en el que el beneficiario había de ser primordialmente el hombre. El marxista de extracción obrera aspiraba al derrocamiento inmediato de la sociedad burguesa y la instauración del comunismo dictatorial, no concediendo importancia a la mayor o menor cantidad de autoridad en que se asentase, supeditando el hombre al Estado.

Los anarquistas o socialistas de origen burgués o pequeño burgués se forman en los institutos, las universidades, las revistas y los libros.

Veamos cómo se iba formando el luchador anarquista de origen obrero.
 

Tengo siete años. Asisto a las clases de primera enseñanza en la escuela pública. A las cinco de la tarde, los alumnos salen a la calle. Sería buena hora para merendar, pero tendré que prescindir de la merienda porque en mi casa no hay nadie. Mi padre, mi madre y mi hermana mayor están trabajando todavía en el «Vapor Nou»; la pequeña, Mercedes, quién sabe dónde estará, posiblemente fregando alguna casa de ricos. A falta de merienda a jugar, a correr hasta cansarse.

En primavera, en verano y hasta en otoño, en espera de las siete de la tarde, cuando salen los obreros de la fábrica, se podía jugar a la clotxa, al belit, a las canicas, con el trompo, a las cuatro esquinas, mientras las muchachas se divertían con sus clásicos corros, para, de pronto, ponerse a correr y chillar, como golondrinas. Mientras, van llegando los padres del trabajo, subiendo lentamente las escaleras que conducen al hogar, con mobiliarios de lo más pobre, camastros con colchones de hojas de panojas de maíz, con alumbrado doméstico que, con el tiempo, ha sido una antología de la luz: candil de pábilo y aceite, palmatoria con vela de estearina, bote de carburo. Barrios de obreros, donde no ha llegado todavía el gas a domicilio, ni, mucho menos, la electricidad.

Pero cuando llega el invierno, con vientos helados que corren por las calles, se encogen los ánimos de los niños y niñas, que entonces andan arrinconados por zaguanes o escaleras. A veces, porque en invierno se siente más pronto el hambre que en verano, se forma una gavilla de muchachos que van a esperar a los padres a la puerta del «Vapor Nou». Allí, había un tramo de pared calientita por la que transpiraba el calor de la tintorería, cuyos ásperos vapores salían por un tubo de escape que daba a la calle a unos veinticinco centímetros del suelo.

Son las seis y media, siete menos cuarto. ¡Cuánto tardan en llegar las siete para los apelotonados muchachos! Porque el frío avanza en ráfagas cortantes. Cuando silbaba el viento de las montañas próximas a Reus, decía la gente: «Com bufa el Joanet de Prades!» Pegados, muy pegados los unos a los otros, pasándose el vapor de los alientos, que se mezclaba al vapor que salía de tubo de escape. Y,al fin, la sirena anunciando el término de la jornada de trabajo. Jornada larga, de las seis de la mañana a las siete de la tarde, con una hora para el almuerzo y hora y media para la comida.

Una de aquellas tardes de frío punzante, llegó en su coche tirado por dos caballos, el amo de la fábrica Juan Tarrats hijo. El amo viejo, al que ya se veía poco, era Juan Tartas padre. A un silbido del cochero se abrió el portón de la fábrica por el que penetró el coche. El amo debió reprender al portero por permitir que un montoncito de niños nos estuviésemos casi junto a la puerta, porque el portero, con disgusto, nos grito que nos fuésemos de allí.

La parvada de muchachos salió disparada calle abajo, en dirección al Bassot. Al llegar a la esquina, los contuve.

- Ya no corramos más. ¿Qué os parece si a pedradas rompemos el foco de la puerta y dejamos la calle a oscuras?

Regresamos todos, con aires de comprometidos en una conspiración. Recogimos piedras de la calle sin pavimentar. Sigilosamente nos acercamos a la puerta de la fábrica, miramos a un extremo y otro de la calle y, seguros de la impunidad, cinco bracitos lanzamos piedras al foco.

Se oyó un ¡paf! y se oyó caer una pequeña lluvia de fragmentos de vidrio. Niños todavía, habíamos empezado la guerra social. Y aunque nos lanzamos a correr en todas direcciones, lo hicimos con la agradable sensación de haber ganado la primera batalla en la vida… Porque al tercer día, volvimos a reunirnos junto a la boca de escape de vapores, y el portero no nos gritó ni nos echó.

 

La muerte de Pedro

Creo que ya había cumplido siete años. Noté una extraña manera de conducirse mi familia. Mi madre parecía más vieja que días antes y a veces se la veía esforzándose por no llorar. Mi padre, serio, muy serio, como siempre, tenía fija la mirada en un punto invisible. A mis hermanas las veía tristes y como más pequeñas, acaso por lo encogidas que andaban.

Sí, algo ocurre en la casa. Me siento a disgusto pero me esfuerzo por no llorar. No quiero que las lágrimas asomen a mis ojos. Se ha ido el médico, el Doctor Roig le llamaban. Como en un susurro ha dicho a mis padres:

 -Le veo muy mal. Tiene meningitis. En estos casos, uno casi no sabe qué decir, porque los pocos que se salvan se quedan como tontos para toda la vida.

Volvió a las once de la noche, como había prometido, y confirmó que era meningitis. A -mí me levantaron muy temprano, para ir a comprar diez céntimos de leche de vaca para el hermanito Pedro, que se estaba muriendo. La aparición de un vaso de leche de vaca en casa de obreros con enfermo en la cama era cosa tan definitiva como el viático.

Salí a la calle, todavía con las estrellas en el cielo. Era invierno y el frío cortaba. Yo no comprendía por qué la leche tenía que ser de vaca, por qué había que ir tan lejos a comprarla, cuando dos casas más allá se podía adquirir leche de cabra, recién muñida y más barata.

Pero tenía que ser de vaca. En el establo se estaba caliente, con un calorcito blando y suave, que invitaba a tumbarse y dormir. Ya en la calle, me hizo bien la leche recién ordeñada, que llevaba en un vaso de vidrio, porque sentía en las manos el calor que despedía. Yo no había probado nunca la leche de vaca, porque todavía no había estado enfermo para ser visitado por el médico.

La de cabra la había probado el invierno anterior, para ver de que se me quitase un fuerte catarro.

Tuve la tentación de probar un sorbito de aquella leche. Pero no me atrevía, al pensar que era para curar a Pedro. Y así tres amaneceres en busca de los diez céntimos de leche de vaca. El tercer día no pude resistir la tentación de tomar un sorbito de aquella leche, que aún estaba espumosa. Aquel mismo día murió Pedro. Cuando lo vi metido en su cajita de pino pintada de blanco, sentí que se me encogía el corazón. Por un momento, pensé que se había muerto al notar la falta del sorbito de leche que le había quitado.

Tuvo un humilde sepelio en un coche faetón, con el único acompañamiento de mi hermana Elvira y yo, que a pie lo seguimos hasta el cementerio.

Al día siguiente volvimos Elvira y yo al cementerio. Ella llevaba en brazos una pesada cruz de hierro fundido. La había comprado en parte con dinero de su hucha y en parte al fiado. Cuando llegamos, eran las cuatro de la tarde. El cementerio de Reus era enorme, como una gran ciudad de los muertos. A derecha e izquierda, transpuesta la gran entrada interior, imponentes monumentos, bien alineados, señalaban el emplazamiento de las últimas. moradas de los muy ricos. Impresionaba el panteón de mármol blanco, de estilo clásico, de los Odena, dueños de la fábrica el «Vapor Vell». A continuación llamaba la atención el de la familia Quer, de actividades tan diversas como la diplomacia y la vinatería, y que semejaba una pequeña iglesia de' piedra labrada en estilo gótico. y muchos más, exponentes todos de un sentido del lujo llevado hasta la tumba.

Llegamos al sitio mi hermana y yo. Era una gran zanja recién abierta, que conservaba todavía la frescura de la tierra removida. Allí, como escalonados, se veían los últimos ataúdes que habían sido depositados. Ataúdes de pobre, de tablas de madera pintada de negro. Mi hermana Elvira, nuestra segunda madre, arrodillada sobre la tierra al borde de la gran fosa, hacía un agujero con un trozo de hierro que había llevado envuelto en el delantal. Cuando hubo terminado de cavar el hoyo, hincó con fuerza la cruz. Luego fue colocando piedritas en el contorno de un rectángulo de unos 40 por 60 centímetros, como reclamando la pertenencia de aquel pedazo de terreno, que, según la costumbre, le sería respetado. Hasta que por la rotación del tiempo, serían de nuevo abiertas zanjas en el mismo sitio y de nuevo serían colocados los féretros de los pobres formando escaleras.

La muerte tiene poca importancia. Pero, ¿por qué solamente tiene poca importancia cuando se trata de la muerte de los trabajadores?

Entonces, yo no sabía nada sobre la vida y la muerte. Me pareció que, en los días de lluvia, mi hermanito y los que formaban escalera con él, se mojarían mucho. Y noté que grandes lagrimones salían de mis ojos.

 

Contabilidad de la miseria

La muerte y el entierro de Pedro provocaron algunos cambios en el seno de la familia. Antes, éramos muy pobres. Después, aún fuimos más pobres. Éramos cinco y sólo trabajaban dos, mi padre y mi hermana Elvira. Para pagar las medicinas, la leche, el médico, el ataúd y la cruz de hierro fundido, tuvimos que empeñamos. Mi padre se vio forzado a solicitar una entrevista con el viejo Tarrats, dueño del «Vapor Nou», donde trabajaba de albañil y en la que Elvira atendía, a una máquina de urdir.

Mi padre contó la entrevista en casa, dejándonos boquiabiertos por la hazaña de haberse atrevido a hablar con el «amo», ante quien permaneció de pie y con la gorra en la mano:

-Se me acaba de morir mi hijo Pedro, don Juan. Y hemos tenido muchos gastos. Para los pagos apremiantes, me prestaron, por unos días, el dinero. Pero tengo que devolverlo, y he venido a rogarle me haga un préstamo de cien pesetas, a ir descontando de mi semanal.

-Bien. Te prestaré ese dinero. Pero debes saber que en todas partes el dinero está escaso y es caro. Por tratarse de ti, te prestaré las cien pesetas, pero me devolverás ciento veinte. Te irán descontando cinco pesetas cada semana.

¿Te parece bien?

-Sí, don Juan, me parece bien y le quedo muy agradecido.

 Cargados así de enormes deudas, hubo que modificar la organización del hogar. Mi madre volvió a la fábrica como rodetera. Mercedes, que tendría diez años, se encargaría de la casa por la mañana y por la tarde haría menesteres en casa de los ricos. Yo continuaría yendo a la escuela pública. Mis padres soñaban con que yo aprendiese mucho, para poder librarme de trabajar en el «Vapor Nou», que, como el «Vapor Vell», aprisionaba dentro de sus muros a familias enteras de trabajadores.

De toda la familia, yo era el único en saber sumar y restar. Asistía a las clases de una escuela primaria instalada en los altos de un caserón de la calle San Pablo, a cuyo maestro, castellano, llamado don José, habíamos motejado de «mestre panxut».

Era buena persona el mestre panxut. Pero le teníamos ojeriza porque sentía mucha afición al empleo de una larga regla de madera, con la que nos daba en la palma de las manos si la falta era leve, o en la punta de los dedos apiñados si, a su entender, la falta era grave. En el fondo de todos los alumnos, el motivo de la antipatía provenía de que fuese oriundo de Castilla. Para los niños de entonces, quien no era catalán era forzosamente castellano. Así que, cuando nos había zurrado fuertemente, lo denigrábamos llamándolo mestre panxut o castella. panxut.

A los siete años de edad, me convertí en el contable de la familia. Y nuestra contabilidad no dejaba de ser complicada. En mi casa, desde que yo tenía memoria, se compraba todo de fiado. Para cada cuenta, tenía mi madre una libreta: la del panadero, la de la tienda de comestibles, la del casero y, últimamente, la de don Juan Tarrats por el préstamo de las cien pesetas, que hube de asentar como ciento veinte.

La noche del sábado, mi madre recibía el dinero que se había ganado durante la semana: el sueldo del padre, lo ganado por ella y por Elvira y lo que hubiese ganado Mercedes. Y se hacía el recuento, colocando lo cobrado, generalmente en monedas de dos pesetas, en montoncitos de diez monedas. En la tarea de recontar, mi madre era infatigable. Yo tenía ante mí el montoncito de libretas, en las que durante la semana, nuestros acreedores habían ido anotando las cantidades debidas. Y sacaba los totales, más el total de cada total de libreta.

-¿ Estás seguro de no haberte equivocado? Repasa otra vez las sumas.

Lo hacía. Ya estaba acostumbrado a las dudas de mi madre. Si las cantidades cobradas cubrían las deudas, mi madre se dirigía a la tienda de comestibles y a la panadería para pagar. Mas si, como ocurría frecuentemente, no alcanzaban para el pago de la cuenta, nos enviaba a Elvira y a mí a efectuar los pagos y a comprar.

El panadero ponía mala cara. Seguramente pensaba que deberíamos comer menos pan. Para ponerle freno a la boca, comprábamos el pan el sábado para toda la semana, de forma que se fuese secando. Pan blando, nos habríamos comido toda la canasta en un par de días. ¡Qué delicia comer pan tierno, casi salido del horno! Existían pastelerías en Reus. Pero no eran tiendas para los obreros. Yo las conocía todas por el tiempo que pasé con la nariz pegada a sus escaparates, contemplando los dulces exhibidos.
 

1909

 Es un verano cálido, como todos los veranos. Pero este verano de 1909 está recalentado. Circulan muchos rumores, alarmantes todos: «Allá en Melilla...» «Toda la culpa la tiene el clero...» «Hay que acabar con todo de una vez...».

Reus fue siempre ciudad liberal. Hasta rebelde. En su Centró de Amigos (un bello eufemismo para encubrir que se trataba de un punto de reunión de los anarquistas) se celebró el Primer Certamen Socialista de España (otro bello eufemismo que encubría la ideología anarquista de los que participaron), que aprobó que la canción Los hijos del pueblo fuese declarada-himno oficial del anarquismo militante.

Julio de 1909. Se había declarado el estado de guerra, porque en Barcelona ardían como antorchas las iglesias y los conventos. Apretaba el calor y la ansiedad. La Guardia civil, a pie ya caballo, patrullaba, no permitiendo que se formasen grupos en las calles y plazas. Las calles importantes, como Arrabales, San Juan, Mayor, Monterols, Plaza de la Constitución y Plaza de Prim, las únicas empedradas con adoquines de granito, habían sido regadas con arena, para que los caballos del ejército no resbalasen al perseguir a los revoltosos.

Sin ser día festivo, en mi casa había más quietud que en domingo. A causa de la huelga general decretada no se sabía por quién, nadie había ido a trabajar.

Para ahuyentar el silencio, mis hermanas empezaron a barrer los cuartos, mi madre a dar lustre a la cocina y padre sacó sus instrumentos' de albañilería y fue tapando los agujeros de paredes y suelos. Yo rondaba la puerta con ánimo de salir disparado a la calle. Mi madre rezongó. .

-Hoy no se sale a la calle. ¿Me oyes?

-Sí, mamá. Te prometo no pasar del zaguán.

Como no me respondiera en el acto, abrí la puerta y descendí los tres tramos de escalera.

No bien hube asomado la cabeza a la calle cuando cruzaron frente a mí dos obreros jóvenes,.de blusa, pantalón y alpargatas. Iban decididos hacia la calle Camino de Aleixar, que desembocaba en la Plaza del Rey e iba a dar donde empezaban los pabellones del regimiento de Cazadores de Tetuán.

Uno preguntó al otro:

-¿Seguro que te dijeron de concentrarnos en la Plaza del Rey?

-Sí, por eso me dieron los dos revólveres.

Me intrigaron los dos jóvenes obreros. De buena gana me hubiese ido tras de ellos. Los vi que llegando al Camino de Aleixar doblaron a la derecha en dirección a la Plaza del Rey. Antes de haber transcurrido cinco minutos, se oyeron gritos de vivas y mueras, seguidos de estampidos de tiros, débiles, y de otros atronadores, que debían ser los de las tercerolas de los soldados y ahora volvían los dos corriendo, desandando lo andado. Debían conocer el camino. Uno dijo al otro:

-¡Mierda! Ahí están.

Se oyó una descarga cerrada de tercerolas. Los dos jóvenes se volvieron de cara a los soldados y dispararon dos veces la carga de sus revólveres. Me quedé hipnotizado ante aquellas armas, niqueladas y brillantes. Se oyó el galope de los caballos.

-Vámonos por aquí -dijo uno.

-¡Hijos de...! No se puede con el ejército -exclamó el otro.

Y se metieron por el gran portalón del negocio de paja de los Mangrané, que, para quien conociese el camino, conducía al Paseo de las Palmeras, que llevaba a los barrios exteriores del Bassot, amontonamiento de casas humildes que se apretaban en estrechas callejuelas.

Los soldados ignoraban esta salida del negocio de los Mangrané. Eran cuatro y un cabo. Este dijo a dos soldados, que se apearon:

-Buscadlos, que tienen que estar escondidos detrás de las pacas de paja. Si ofrecen resistencia, pegadles un tiro.

Subido al primer rellano de nuestra escalera, pegado al suelo, yo podía ver algo y oírlo todo.

Al fin, cansados de buscar detrás de las pacas de paja, los dos soldados aparecieron.

-No están aquí. Seguramente escaparon por unos patios que dan al Paseo de las Palmeras. Quién sabe dónde estarán ya...

Los oí galopar y alejarse. Fueron apareciendo en las ventanas las cabezas de vecinos y vecinas, que se pusieron a parlotear.

-¡Menos mal que pudieron escabullirse por allí!...

-¡Juan, sube! -gritó mi madre desde la ventana.

 

La huelga

Aquel Primero de Mayo se celebró en Reus de manera sensacional. Una manifestación de obreros recorrió las calles más céntricas con banderas rojas y coreando canciones como Hijos del pueblo, La Internacional y La Marsellesa. En la manifestación se notaba la presencia de mujeres, la mayor parte pertenecientes a la Sociedad de trabajadores fabriles y textiles que dirigía un socialista llamado Mestres, y que estaba integrada casi exclusivamente por trabajadores del Vapor Nou y del Vapor Vello y se hablaba de la fuerte lucha entre la Sociedad de los textiles y los dueños de las dos fábricas, Tarrats y Odena.

-Mal asunto para nosotros, si vamos a la huelga -comentó mi padre.

-¿Para nosotros sólo? -preguntó mi madre.

-Para nosotros, más que para muchos. Nosotros trabajamos todos en la misma empresa. Si paramos, en esta casa no entrará ni un céntimo.

Me extrañaba que mi padre dijese tantas palabras. Por lo regular, no hablaba casi nunca. Buen padre, buen albañil, era el centro de la familia en torno al cual todos vivíamos pegados. Sus vicios se reducían a fumar caliqueños. Durante la semana no salía nunca de casa. Los domingos por la tarde se iba a su café, a jugar a la manilla con otros tres obreros. Devaneos mujeriles nunca le supimos, si bien mi madre siempre anduvo encelada a causa de chismes que no dejaban de circular debido a su buena presencia. Casado dos veces, viudo de la primera mujer, teníamos en Cambrils dos hermanos, José y Diego, y una hermana, Luisa, con quienes apenas teníamos relaciones, posiblemente por vivir en pueblos alejados casi cinco kilómetros, que en aquellos tiempos era como tener que ir al fin del mundo, por no existir aún medios de transporte públicos.

En Reus, mi padre formó otro hogar, casándose con la que habría de ser nuestra madre. ¿Qué podría decir yo de ella? ¡Pobre! Murió de dolor, muchos años después de darme a luz, al saber que yo estaba moribundo en los calabozos de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, a causa de las palizas que me propinaron los polizontes cuando fracasó el movimiento revolucionario de enero de 1933.

Al fin fueron a la huelga los trabajadores del Vapor Nou y del Vapor Vello La huelga iba para largo. Los patronos de las dos fábricas no se morirían de hambre. En cambio, sus trabajadores sí se las verían de todos los colores para sostenerse.

Estaban en huelga, pero no luchaban. La dirección de la Sociedad de resistencia que agrupaba a los huelguistas estaba compuesta por socialistas, los cuales vivían al margen de las tácticas de lucha sindicalista, cimentadas en la acción directa. Partidarios de oponer la resistencia del trabajo al capital, arrastraban a los trabajadores a huelgas que, generalmente, terminaban en estruendosos fracasos. Lo que ocurriría con la huelga de los trabajadores algodoneros de Reus. Entre tanto había que subsistir. Mi madre y mis hermanas lavaban ropa de los ricos y limpiaban sus pisos, para no boquear de hambre, por favor y teniendo que agradecerlo. Mi padre se fue a Tarrasa a trabajar de albañil, con salario muy bajo y teniendo que pagarse la pensión. Era poco lo que traía cuando algún fin de semana venía a vemos. Yo también tuve que ganarme la vida.

Tenía ocho años. Me colocaron en una pequeña industria de bolsas de papel.

El sueldo era de un real diario, una peseta y cincuenta céntimos a la semana.

Algo era. Era mi ayuda a perder aquella huelga idiota que unos idiotas socialistas se empeñaron en declarar, para dejar que se resolviera sola, sin luchar.

Pasaron meses de hambrear holgando. Al fin se dio la huelga por perdida y hubo que volver al trabajo. Suplicar al dueño, al director, a los encargados, el favor de ser readmitido.

La pérdida de aquella huelga dejó a la clase trabajadora de Reus en un estado de postración. Entre los obreros se decía que la huelga había sido traicionada, que Mestres la había vendido. Lo de la venta no debía de ser cierto porque las huelgas se perdían casi siempre.

Dejé de trabajar y volví a la escuela. Ahora a una escuela de más categoría. Todos los maestros eran catalanes y el mestre Grau era el director. Era escuela primaria pública, con maestros que sabían serio y, Grau y Huguet, republicanos.
 

Me hizo, feliz cambiar de escuela. La nueva escuela estaba bien organizada. Era de enseñanza primaria, pero dividida en tres aulas, espaciosas y altas, con pupitres para dos alumnos cada uno.

Cuando ingresé, el director me hizo un ligero examen de aptitudes: aritmética, historia, gramática y escritura. Me asignó a su clase, que era la de los alumnos más adelantados. Pero me colocó en la última mesa. Pronto fui saltando a mesas más avanzadas. Antes de llegar a fin de curso, pasé a la primera, que ocupaba desde hacía mucho tiempo Marsal, un muchacho aplicado. Inmediatamente después de nosotros venía Vernet. Todo lo que tenía Marsal de apacible, lo tenía Vernet de impulsivo. Constituimos un equipo de fútbol. Me manejaba bien con la pierna izquierda y me asignaron el puesto de extremo izquierda; Marsal de interior izquierda y Vernet de delantero centro, sitio que nadie podía disputarle, pues parecía haber nacido para el deporte. Estaba atléticamente proporcionado y poseía unos nervios que parecían de acero.

Por aquellos tiempos me dolía enormemente mi pobre vestimenta: larga bata, camisa, pantalón corto y alpargatas, la vestimenta ,de los hijos de la clase obrera. Pero yo lo sentía mucho. En mi casa, se volvía a sentir los apremios de falta de dinero, originados por la aparición de otra hermanita, Antonia. Mi madre tuvo que dejar de trabajar.

Resultaba, pues, un lujo pensar en que me comprasen ropa nueva para vestirme los domingos y festivos. Al contrario, ahora que la madre estaba en casa, nuestras ropas aparecían con más zurcidos.

No eran explicaciones lo que yo quería, sino otra clase de vida. Pertenecía a una clase de desheredados que nunca tenían la posibilidad de levantar la cabeza. «Así ha sido, es y será», solía decir mi madre.

Mi compañero de banca, Marsal, me dijo que se estaba preparando para hacer la primera comunión. La preparación doctrinal la recibía en la iglesia de San Francisco. Marsal me insistió para que fuera a las clases de doctrina cristiana que daban en la sacristía de la iglesia. Al fin me animé. En mi subconsciente anidó la idea de que, si tenía que hacer la primera comunión, en mi casa tendrían que vestirme de nuevo de pies a cabeza. .

Fui y me presenté al rector, mosén Francesc, viejo sacerdote con fama de ser un santo varón. En poco tiempo me aprendí de memoria el librito de Doctrina cristiana que nos prestaba. Pero llegó el día de la comunión del grupo y yo fui el único que no la hizo.

Consternado, mosén Francesc me dijo:

-Diles a tus padres que vengan a visitarme. Hemos de ver lo de tu primera comunión. Además, quisiera arreglar con ellos tu entrada en el seminario.

Mis padres hicieron poco caso de los ofrecimientos de mosén Francesc. No me dijeron que sí ni que no. Su aspiración no pasaba de evitar mi entrada en el Vapor Nou. Pero, perderme para siempre por pasar al servicio de Dios no entraba en sus cálculos.

-Este año no podrás hacer la primera comunión. Ya veremos el año que viene -me dijo mi madre.

Cuando dije a mosén Francesc la opinión de mis padres, contraria a mi encierro en el seminario, lo lamentó enormemente.

-No saben lo que se hacen. Ignoran lo que tú vales. Tienes una memoria prodigiosa. Eso, unido a tu magnífica voz, podría hacerte llegar a ser una autoridad en la Iglesia.

Tendría unos diez años cuando hice la primera comunión. No experimenté la gran emoción a que hacían referencia los sacerdotes en sus prédicas. Logré, sí, el par de zapatos nuevos. Cómo se las arregló mi familia, lo ignoré siempre.

Estrené un trajecito azul marino, camisa blanca y gorra azul con entorchados dorados, que parecía de almirante. Alguien nos prestó el lazo y el librito de misas. Elvira -siempre ella- me llevó al templo, compartió la misa y me condujo a visitar a varias amistades.

Los domingos y festivos siguientes salía a la calle vestido como en el día de la comunión. Pero estaba en la edad de crecer y se me quedaba corto el trajecito. Unos domingos más y ya no podría ponérmelo.

 

Trabajo y esperanza

Acabo de cumplir once años y sin más estudios que los correspondientes a la clase superior de la escuela primaria, me preparo para entrar a trabajar de meritorio -aprendiz, recadero, barredor- en las oficinas de un negocio que fue, y ya no era, una gran marca de vinos de mesa: la llamada Casa Quer, que giraba con el nombre de Viuda de Luis Quer e hijos.

Mi entrada como meritorio en tan importante negocio se debía a los buenos oficios de los Coca, una familia amiga de mi madre. Los Quer eran de una familia de buena gente. Buena la vieja señora Adelaida, viuda de Quer. Buenos sus hijos José y Luis, aquél llevando vida bohemia en París y éste de secretario de la embajada de España en Berna; y buena, porque efectivamente lo era, su hija Elisabeth, con nombre en inglés por haber nacido en Londres, y a quien todos llamaban Ilisi. Buena persona don Buenaventura Sanromán, apoderado del negocio, y buena persona Juan Doménech, jefe de oficina y único oficinista que quedaba en la casa. Buenas gentes los que trabajaban en las bodegas trasegando vinos, filtrándolos, clarificándolos, envasándolos en grandes toneles y pipas. .

Entré ganando un duro al mes. Tenía once años. Iba a ganar menos que a los siete años. Y el duro al mes era como una caridad que me hacían aquel conjunto de buenas personas. Sin embargo, no tenía un momento de descanso durante la jornada de trabajo, de las ocho de la mañana a las ocho de la tarde.

Un día y otro día, siempre la misma cosa. Siempre el mismo duro de sueldo mensual. Los domingos, por la -mañana me tocaba ir al apartado de correos a recoger cartas y llevarlas a mediodía a la oficina. El apoderado, don Ventureta como le llamábamos, llegaba a las doce, se engrasaba los zapatos con brocha y crema negra, se los cepillaba hasta que parecían espejo y, pacientemente, se dedicaba a leer las cartas, si las hubo. Después, ya pasada la una de la tarde, a punto de imos, me hacía la acostumbrada pregunta, tartamudeando, que así era él:

-¿Ya... ya... ya has ido a misa hoy... hoy?

-Sí, ya fui.

-¿A qué iglesia?

-A la parroquial, de paso a Correos.

-¿ Qui... qui... quién oficiaba?

-Mosén...

Y le daba un nombre. Yo conocía, por sus nombres, a todos los curas de la parroquial de San Pedro; yendo o viniendo de Correos, me asomaba y me fijaba en el cura oficiante y la hora de la misa. De ello dependía que me diese mi domingo: una monedita de plata de cincuenta céntimos. .

La casa Quer había sido una firma importante. De su grandeza quedaban las enormes bodegas, repletas de grandes tinas de madera, algunas todavía en uso y otras vacías, en espera de mejores tiempos. El personal laborante era escaso. Don Ventura, el apoderado, hacía de todo un poco y se le tenía por uno de los mejores mustasar, catador, de su tiempo.

Me gustaba deambular por las bodegas. Acercarme al corro que a la hora del almuerzo se juntaba alrededor de la mesa del encargado -el peixeter de almacén. El almuerzo duraba una hora, de ocho a nueve de la mañana.

Cada cual sacaba lo que había traído para comer. Como eran trabajadores de una gran casa, se hacían los comedidos en el comer y en el hablar, y hasta en el beber el vino de un enorme porrón que con gran prosopopeya dejaba en el suelo el peixeter. Yo escuchaba sus conversaciones, pero no aliaba el porrón.

Para mi uso personal había decidido ir acabando con el contenido de muchas botellas que, en calidad de muestras, estaban en unos anaqueles del pequeño laboratorio adjunto a la oficina: moscateles, mistelas, vino rancio y vino de misa. Aquella ocupación no constituía un avance. Llevaba dos años de meritorio, cada día hacía más trabajo de escritorio y, sin embargo, a fin de mes seguían pagándome un duro. Sí, eran muy buenas gentes. Era como haber caído en un pozo. Siempre rodeado de buenas gentes y sin ninguna mejora en el sueldo.

¿Cuándo podría ascender en una oficina que solamente tenía un oficinista, Doménech, y un ayudante, que era precisamente yo? La casa Quer era un pozo y una ratonera. ¿Cómo hacer para salir de allí? Deseaba huir. pero muy lejos, por lo menos tan lejos como oía decir que se encontraba Barcelona. Cuando algún domingo me marchaba a pasear hasta la Boca de la Mina y miraba la salida de algún tren, no podía evitar la gran emoción que me producía aquella especie de largo gusano que se deslizaba raudo hacia Madrid o Barcelona.

Se presentó la ocasión de intentarlo. Ya llevaba tres años en la casa Quer. Me habían aumentado el sueldo a dos duros mensuales. Un día pedí al señor Ventureta si podía hacerme el favor de adelantarme el sueldo de dos meses, por estar en mi casa urgidos de dinero. Me dio los cuatro duros. Después de comer, en vez de irme a la oficina, me dirigí a la estación a tomar el tren de las dos de la tarde en dirección de Barcelona. Era uno más de los muchos hijos de trabajadores que huían de sus casas. En toda España ocurría lo mismo. En Cataluña, la cosa no era considerada grave. Se solía decir de quienes se iban de sus casas: «Se fue a vender azafrán», por eso de que los vendedores de azafrán iban de pueblo en pueblo ofreciendo su mercancía.

Llegué a Barcelona al atardecer del mismo día. Al salir de la estación compré dos panecillos y una butifarra. Serían mi cena y mi desayuno del día siguiente. Barcelona no me impresionó gran cosa. No conocía en ella a nadie y me puse a pensar dónde pasaría la noche. Al día siguiente pensaba partir en dirección de Francia, donde, por estar en guerra con Alemania, suponía que me sería fácil encontrar en qué ganarme la vida. No me preocupaba el idioma; hacía más de un año que me levantaba a las seis de la mañana para estudiar francés en un librito de preguntas y respuestas. Cené pan y butifarra y bebí agua de una fuente pública. Andando, topé con el cine «Triunfo», cerca del Arco del Triunfo, donde me metí y estuve hasta que lo cerraron. Regresé a la estación y me acomodé en una banca.

Desde que el tren penetró en la provincia de Gerona empezó a llover de manera pertinaz. Empecé a sentir cierta inquietud. A mis trece años, solo por el mundo, rodeado de gentes que no conocía y que eludía, me sumía en una vaga somnolencia que procuraba alejar, por temor a no darme cuenta de la llegada a Vilajuiga, donde debía apearme.

Y llovía cuando llegamos a dicha pequeña población. ¿Qué hacer, lloviendo y sin paraguas? Me dirigí a un tren de mercancías ya formado y me encaramé a una garita de garrotero. Esperé a que terminase la lluvia. La verdad es que me sentía hundido. Y fracasado. Mi salida no podía conducirme a ninguna parte. Me había ido de casa para librarme de la estúpida vida de meritorio. Y me di cuenta que no debía pretender ir más lejos. Tenía que regresar a casa y buscar un trabajo que me permitiese ser independiente.

Me dormí profundamente. La noche era fría. Se me debía ver porque recuerdo vagamente que alguien, seguramente algún empleado del ferrocarril, decía a otro:

-Es un niño. Déjalo que duerma.
 

Mi madre lanzó un grito de alegría al verme y me acogió con lágrimas, igual que mis hermanas. Mi padre, que de niño las pasó muy gordas, huérfano de padre y madre, me acogió cordialmente desde el camastro en que estaba haciendo la siesta:

-Poco te duró el vender azafrán.

Trabajé todavía unos meses en casa Quer, que no opusieron reparos a mi reintegro en el trabajo. Se comprende, porque tenían que recuperar los cuatro duros de anticipo que les pedí.

Al ir a recoger el correo, pasaba siempre frente a la fonda La Nacional. El dueño, que hacía de cocinero, se pasaba parte de la tarde dormitando en la puerta de la fonda. Le desperté:

-¿No me daría trabajo en la fonda?, le pregunté.

-¡Qué casualidad! Hoy nos ha dejado el xarrich de la cocina. ¿Te gustaría trabajar de lavaplatos? Con el tiempo, aprenderías a ser cocinero.

-Sí, me gustaría.

-¿Puedes empezar mañana a las siete? Son cuatro duros al mes y las tres comidas gratis.

Era duro el trabajo de xarrich de cocina. A las ocho de la mañana ya estaba con el dueño en el mercado para la compra diaria de verduras, frutas, carnes, pescado, gallinas y conejos. Todo iba siendo metido en la enorme canasta de mimbre que llevaba sobre la espalda. No era lo más pesado. La cocina de una fonda era como un infierno. Sobre el xarrich se abatían, a las horas de las comidas, montañas de platos, más la limpieza meticulosa de las sartenes y cacerolas. Me di cuenta de que la cocina era lo más duro de la industria restaurantera. Si no quería dejar la piel entre las montañas de cacerolas y de platos sucios, tendría que avisparme y pasar al comedor. Los camareros, siempre limpios y bien vestidos, trabajaban pero no echaban el bofe, y solamente en propinas ganaban más dinero que los cocineros.

La fonda La Nacional estaba en la calle Llobera. Cerca, casi entrando en la Plaza de Prim, acababa de abrirse un bar restaurante muy a la moderna: el Sport-Bar. La dueña del Sport-Bar, mujer joven y dinámica, con aires de pueblerina rica, hacía el mercado por las mañanas, acompañada de una criada que le llevaba la canasta. Se me acercó mientras esperaba en la pescadería la compra que el dueño de La Nacional acababa de hacer.

-Vente conmigo de ayudante de camarero al Sport-Bar. No tendrás que hacer el mercado.

-¿Y las condiciones?

-Una peseta diaria, las propinas y las tres comidas. Y la ropa de trabajar limpia.

-El lunes por la mañana iré.

Me gustó el trabajo en el Sport-Bar. Instalado en los bajos del caserón del Círculo Olimpo, se distinguía por su pulcritud.

Aumentó el público del Sport-Bar. Los días de mercado en Reus, los lunes, venía a servir un camarero extra, «El Chato». Me hablaba maravillas de Tarragona, con sus playas y su puerto, siempre lleno de barcos.

El mar. Yo suspiraba cada vez que me hablaba del mar y de los barcos.
 

Fui preparándome para dejar el Sport-Bar. El Chato me propuso ser ayudante de un camarero del Hotel Nacional de Tarragona, un tal Cardona, que se había formado en París. Ganaría diez duros al mes y Cardona me daría la cuarta parte de sus propinas. Acepté la oferta, despidiéndome del Sport-Bar. El martes siguiente me presentó en el Hotel Nacional. Le caí bien a Cardona. En la cocina se rieron un poco de mí cuando me presenté a pedir el desayuno. El chef se llamaba Alfredo Dolz.

Subí a vestirme a lo que dijeron ser mi habitación, un tabuco de metro y medio de ancho por tres de largo, con techo tan bajo que yo, niño de catorce años, tenía que andar agachado para no dar con la cabeza en el techo. Encima del catre de tijera tenía el paquete con la ropa nueva de trabajar.

Con excepción de Cardona, que por estar casado dormía en su casa, los demás, cocineros, camareros, cochero, recamareras y lavanderas, dormíamos en el hotel. Mi tabuco quedaba en el primer piso, junto a la cocina y tos retretes. Daba horror donde dormían los demás: habitaciones sórdidas con tres y cuatro camastros, las camas sin hacer y clavos en las paredes para colgar las ropas.
 

Pasó el tiempo. El chef, Alfredo Dolz, se fue a trabajar al Restaurante Martín de Barcelona. Poco después, se fue Cardona al Trink-Hall de las Ramblas de Barcelona. Antes de irse, ambos me prometieron ayudarme a encontrar trabajo si me resolvía a ir a Barcelona.

Al fin lo hice. Era el verano de 1917. De paso para Barcelona hice escala en Reus, para despedirme de mis padres y de mis hermanas. Dos días después me despedí de ellos y tomé el tren de la tarde. La estación estaba vacía y el tren casi también. Ocurría algo que yo ignoraba. Aquel mismo día había de celebrarse en Barcelona la Asamblea de Parlamentarios. Se esperaba que aquello terminase en revolución. No hubo tal, por el momento.

En la consigna de la estación dejé la maleta. Y en tranvía me dirigí a las Ramblas. En el Trink-Hall, bar de lujo, encontré a Cardona muy ocupado en el servicio. Me indicó dónde quedaba el restaurante Martín, en el que trabajaba Alfredo Dolz. Este me acogió amablemente. Poco podía esperar de Cardona y de Alfredo. Encontré trabajo en la fonda La Ibérica del Padre. Duré poco en ella, pues por recomendaciones de Alfredo pasé a trabajar de camarero al Hotel Jardín, que no pasaba de ser una fonda de segunda clase. Estábamos en agosto de 1917. Hacía dos meses que había llegado a Barcelona. Qué magia tendría aquella ciudad que hacía de cada uno de sus trabajadores un revolucionario en potencia. Por las noches, a la salida del trabajo, me gustaba concurrir a un teatro del Paralelo, donde se representaban obras de protesta como El sol de la humanidad, El nuevo Tenorio, En Flandes se ha puesto el sol, Sangre y arena, Amalia, o la historia de una camarera de café y otras. El teatro se llenaba todas las noches, siendo trabajadores la mayor parte de sus concurrentes. Dentro del teatro se respiraba la pasión revolucionaria.

En la calle, también. Se había declarado en toda España la huelga de los ferroviarios. Se decía que la orden de los sindicatos era de huelga general revolucionaria. Los tranvías funcionaban, pero con grupos de soldados en las plataformas, con el fusil presto a ser disparado. Se decía que por la calle de Amalia y la de Cadena se habían levantado barricadas, donde se batían los sindicalistas y los anarquistas contra el ejército y la Guardia civil.

Quise ver si era cierto. Por las Ramblas patrullaba la Guardia Civil a pie y a caballo. En la calle del Carmen se veían destacamentos del ejército. Tomé por la calle de San Pablo, pensando en llegar hasta el Paralelo. A la altura de la calle de la Cadena, en el cruce con San Rafael y pasaje San Bernardino, se levantaba una gran barricada. Pero me pareció que estaba desocupada. Pegado a las paredes, me fui aproximando a la barricada. De pronto, de una taberna de la esquina salió un hombre de mediana edad, con un revólver en la mano y disparó cinco tiros en dirección de la calle del Carmen que cruzaba al final del pasaje, y desde donde artilleros del ejército parapetados en un cañón dispararon un cañonazo en dirección de la barricada, de la que saltaron en todas direcciones esquirlas de adoquín. El que había disparado el revólver abandonó la barricada, y arrastrándose por el suelo se dirigió por la calle San Rafael hacia la de Robador. Pero antes dijo:

-¡Esos hijos de...! ¡No se puede con el ejército!

El revólver y el grito de impotencia me recordaron a los dos jóvenes obreros que en Reus dispararon contra los soldados. Alguna diferencia existía, no obstante, entre las luchas de 1909 y las de 1917. A aquéllas se las llamó «semana trágica», a éstas «semana cómica».

Tras el estampido del cañonazo se oyeron nutridos tiroteos en las partes bajas de la ciudad, hacia el Paralelo, en dirección del puerto y del Distrito V y por las Ramblas. Como pude, fui andando en dirección de mi casa de dormir. Pero tenía que atravesar la Rambla por el Pla del Os, para tomar la calle del Cardenal Casañas. No pude hacerlo, por las carreras y los tiros a lo largo de las Ramblas, en dirección de la plaza del Teatro. Con otras personas me refugié en una tienda de sombreros, desde donde vi pasar corriendo a los guardias de Seguridad, de la Guardia civil montada y a mandos del ejército, agitados y apuntando hacia las azoteas, que es de donde debían partir los disparos. Enfrente teníamos el mercado de la Boquería, al que no se atrevían a penetrar los soldados ni los guardias, por ser una verdadera encrucijada de pasadizos llenos de cajas, canastas y sacos de verduras, de patatas y de cebollas.

Las luchas, más o menos esporádicas, duraron una semana. Quizá porque la sangre no llegó al río, o porque no ardieron las iglesias y conventos fue llamada «semana cómica».

No dejaba de preguntarme: ¿Por qué, en las dos pequeñas revoluciones que había presenciado, los revolucionarios siempre aparecían solos o casi solos, dispersos y disparando al aire? En tales condiciones serían siempre vencidos.

Tenía yo entonces 15 años. 1917 era un año de mucha agitación. Primero, la Asamblea de Parlamentarios y, después, la huelga ferroviaria con su semana cómica, pero movida. Y se hablaba de la revolución rusa. Y la revolución era tópico de conversación. No olvidaré yo la conversación que sostenían dos clientes del Hotel Jardín, que se sentaban siempre en mi turno de mesas. Eran croupieres del casino «Bobinó». Uno, el de más edad, de pelo gris bien peinado y de ademanes calculados, explicaba al otro, más joven:

-No estamos viviendo una revolución. A lo sumo, se trata de algaradas. Desde un principio pensé que nada serio ocurriría, que la huelga, patrocinada por los socialistas y secundada por los sindicalistas, sería, como siempre, traicionada por los primeros, que no quieren propagar la revolución entre los trabajadores.

-¿Por qué, pues, los sindicalistas les han hecho el juego?

-Te diré; porque los sindicalistas, y sus primos hermanos los anarquistas, en cuanto se habla de huelga general revolucionaria, se conducen como ingenuos. Puedes estar seguro de que solamente ellos se han batido en las barricadas.

-¿Crees que los bolcheviques son más revolucionarios que los de aquí?

-No, de ninguna manera. Ya verás cómo allá habrán sido los sindicalistas y los anarquistas los que iniciaron la revolución.

-¿De verdad que son los más avanzados los sindicalistas?

-Sí. Si algún día se implanta la igualdad económica, serán ellos quienes la implantarán.
 

Me cansé de trabajar en el Hotel Jardín y me pasé al bar restaurante Las Palmeras, que de hecho pertenecía al mercado de la Boquería.

Fui aprendiendo que todos los trabajos eran igualmente pesados y que los dueños eran igualmente explotadores.

En Las Palmeras había que dormir en la casa. Cuando terminaba el trabajo no quedaban ganas de salir a dar una vuelta por el Paralelo o los prostíbulos del Distrito V. Uno se dejaba caer en el camastro, generalmente a medio desvestir. Nos acostábamos por turnos y por turnos nos llamaban.
 

Llegó la primavera de 1918. Me ofrecieron ir a trabajar al restaurante de la Colonia Puig, en Montserrat. Me atrajo la idea de ir a vivir en aquellas montañas de piedra trabajada caprichosamente por la naturaleza. En el ómnibus de la empresa me llegué a la Colonia Puig, emplazada entre Monistrol y Monastir. Era hotel para gentes pudientes.

Cuantos trabajaban en la Colonia Puig eran buena gente: los camareros, Serafín y Blasco; los cocineros, Carlos Sangenís y Magre, y el repostero Pablo Sangenís; el mozo de viajeros, «el Olesa», y hasta los dueños, el viejo Puig y sus hijos, altos y fuertes como cíclopes. Decíase del viejo Puig que era hombre de confianza de Lerroux y que con capital de los jerarcas del Partido Radical se había creado la Colonia. Lástima que el trabajo fuera sólo de temporada, porque resultaba agradable trabajar allí. Los moradores eran veraneantes que pasaban las vacaciones en plan de ricos. Los domingos y días festivos afluían los visitantes. Algunos jueves, por la tarde, si no me tocaba la guardia, subía a Monastir, andando a pie por la carretera. Merendaba y escuchaba el canto de la Escolanía del Monasterio.

En la montaña, como en la ciudad, iba y venía generalmente solo. Rehuía la compañía de la gente del oficio, inclinada al juego, a la prostitución, con tendencia a la explotación de las mujeres. Frecuentemente me preguntaba si no habría nacido para el sacerdocio.

Se terminó la temporada de veraneo y regresé a Barcelona. El Maño, que había trabajado conmigo en el Hotel Jardín, lo hacía ahora en el hotel restaurante La Española, de la calle Boquería. Me presentó a la dueña de la fonda, -viuda guapetona y muy apta para el negocio, que me ofreció quedarme a trabajar en su casa. Ni lo pensé y le dije que sí. Cambiar de casas era beneficioso para quien, como yo, aspiraba a aprender el oficio en todos sus aspectos y llegar a ser un buen profesional.
 

Estábamos ya en 1919. Seguía trabajando en La Española, señal de que nadie me había ofrecido nada mejor. Y eso que me afilié a la Sociedad de Camareros La Alianza, a cuyo local de la calle Cabañas concurría asiduamente las tardes que no prestaba servicio. Ello me permitió asistir a una conferencia que nos dio el líder de la Unión General de Trabajadores, Francisco Largo Caballero, quien me produjo la impresión de ser un cureta laico, apagado y gris. Le controvirtió un camarero llamado Gómez, con teorías sindicalistas más radicales que las expuestas por el líder de la UGT. A Gómez le sostuvo en su posición, con conceptos anarquistas, otro camarero llamado Alberich.

Me gustaron aquellos debates, que me recordaban la conversación de los dos croupieres en el Hotel Jardín.

En La Española estaba a disgusto porque había tenido que volver a hacer habitaciones y fregar los suelos, faenas que me parecían vergonzosas. Estuve a un paso de librarme para siempre de limpiar la mierda de los demás. Casi cada semana venía a hospedarse a La Española un hombre muy rico, a quien llamaban Companys, «el trapero rico». No vestía mal, pero parecía oler siempre a trapos viejos. Gordo y de franco hablar, solía venir acompañado de una hija, joven de 16 años, rubia y de mirar candoroso desde sus azules pupilas. Ella no me perdía de vista en mi ir y venir de una mesa a la otra. Cuando me acercaba a la mesa que ella ocupaba, me dirigía siempre una mirada alegre.

Una de las veces que se hospedó en el hotel, el trapero rico me llamó aparte.

-¿Qué? ¿No te gusta mi hija?

-Sí, me gusta mucho. Parece un ángel.

-¿Qué esperas, pues, que no te declaras a ella?

-Le diré. Me gusta para mirarla, pero no para declararme.

-No te entiendo. Si te declaras, ella te dirá que sí, y yo no he de deciros que no.

-Todavía soy muy joven.

Al siguiente viaje, ella siguió mirándome con ternura. Companys me llevó otra vez al coloquio apartado.

-¿Qué has decidido?

-Nada, no he decidido nada. Soy muy joven. ¿Qué haría para mantener mujer e hijos?

-Toma y lee La Vanguardia y en la sección de anuncios verás cuántas ofertas se hacen de venta de carro y caballo. Escoge el que quieras; te lo compro, te lo lleno de naranjas y de trozos de jabón y sales a los pueblos a cambiar naranjas y jabón por hierros y metales viejos. Así me hice rico yo. ¿Ves esta cruz de hierro? Pues la cambié por tres naranjas y un cuarto de jabón. Hoy, en una casa de antigüedades, me han ofrecido por ella veinte mil pesetas. No te puedes imaginar qué negocio es el hierro y los metales viejos.

-Sí, lo creo. ¿Me deja que me lo piense más?

-¿Qué necesitas pensar? ¿No te gusta el negocio del carro y las naranjas?

¿Te gustaría más el negocio de la fonda? Pues decídete. Te casas con mi hija y os monto en el pueblo el mejor hostal. ¿Qué me dices?

-Tendría que ir a Reus y hablar con mis padres. Todavía soy menor de edad, y acabo de cumplir diecisiete años.

Las cosas quedaron así de un día para otro. Lo cierto es que me sentía ya como pájaro a punto de ser enjaulado. Siempre tenía una excusa. Lo que no me atrevía era a darle un no, para no entristecer a su hija.
 

Por aquellos días de 1919, Barcelona vivió momentos de inquietud y de oscuridad. La huelga de La Canadiense, empresa que controlaba la mayor parte de la fuerza motriz, estaba sacudiendo la vida del trabajo. Por los comentarios que recogía en La Alianza, se trataba de una prueba de fuerza entre los sindicalistas y los capitalistas. Al abandonar los obreros sus puestos de trabajo en las fábricas de electricidad, fueron inmediatamente sustituidos por marinos y técnicos electricistas de los barcos de guerra surto s en el puerto, que eran muchos, pues por lo visto el gobierno había enviado casi todos los buques de la flota del Mediterráneo.

En La Española nos tocaron de huéspedes dos ingenieros electricistas de la Armada, designados para prestar servicio en la fábrica de electricidad térmica del Paralelo, colindante con Pueblo Seco. El primer día, la dueña me envió a llevarles allí la cena. Anduve desde la calle Boquería, cruce de la Rambla, calle San Pedro, Brecha de San Pablo y Paralelo, hasta la termoeléctrica y su sala de calderas, en la que los hornos eran alimentados con carbón por marinos.

Salí por la puerta de Pueblo Seco. Frente a la fábrica se hallaba estacionado un carro con toldo, tirado por un caballo. Al cruzar la calle salieron dos tipos, que parecían obreros, de un zaguán. Me abordaron.

-¿Sales de la eléctrica, eh? Pues monta al carro.

Otro que estaba dentro me tendió la mano y me ayudó a trepar.

-¿Para quién era la comida de las dos fiambreras?

-Para dos oficiales de la Armada -contesté.

-¿Eres de los nuestros?

-Todavía no, pero no creo que tarde mucho.

-Llevarles la comida a los oficiales es ayudar a los rompehuelgas, ¿no?

¿Quiénes trabajan dentro? ¿Solamente marinos o también hay esquiroles?

-No he visto ningún obrero civil. Todos son marinos.

-Bien, ahora vete. Pero no vuelvas a traerles comida de la fonda. ¡Que se chupen un dedo!

La huelga la ganaron los trabajadores. Los sindicalistas que la dirigieron desplegaron una actividad inusitada. Comités de huelga, como el que me detuvo, actuaban en la ciudad a docenas. Muchos de ellos fueron detenidos; pero previsoramente habían sido designados dos y tres equipos para sustituirlos, hasta por lo que se refería al Comité central de huelga.

Como yo me arrimaba preferentemente a Gómez, el más radical de ellos, un amigo suyo, jefe de camareros del Hotel restaurant Coll, del Tibidabo, me propuso ir a trabajar con él la temporada de verano.

Acepté, pues me gustaban los cambios. El Hotel restaurant Coll era establecimiento de primera clase, para las familias de los magnates capitalinos.

La fachada daba a la plaza, pero las dos terceras partes del edificio estaban en medio de un bosquecillo de pinos y, por la parte que miraba al mar, quedaba como suspendido en el aire.

Mi rápida aceptación de pasarme a trabajar al Tibidabo tenía algo de huida. Había llegado a temerle a la insistencia del rico trapero, que no cejaba en su empeño de casarme con su bella hija. Instintivamente me estaba dejando llevar hacia un porvenir del que no tenía ni idea.

De Casa Coll me gustó, en seguida, el aroma de pinos que tenían los amaneceres y el soberbio espectáculo de luces que ofrecía la inmensa vega sobre la que se asentaba Barcelona.

Se me asignó servir las comidas de dos pequeños pabellones que tenía el restaurante, reservados para dos familias de las más ricas de la ciudad, una que dirigía una gran industria textil y la otra dueña de un complejo metalúrgico, que durante la guerra europea se habían hartado de ganar millones.

La esposa del metalúrgico, a quien le gustaba platicar conmigo, todos los días me daba un duro «para sus gastitos y por el buen servicio que nos da», decía. Era simpática y agradable, de un rubio platino.

-¿No te gustaría venirte con nosotros, cuando nos vayamos? Trabajarías en nuestra residencia, solamente para mí, mi esposo y los invitados.

No era desagradable subirle el desayuno a la señora. Hasta me placía más que mis andanzas nocturnas por el Distrito V. A finales de agosto me dijo:

-¿No has decidido todavía venirte con nosotros? Nos vamos ya el próximo lunes.

-Pues, la verdad, no me atrae la idea de trabajar encerrado en una residencia. Ser camarero libre es una cosa, y muy otra el pasar a ser doméstico.

-Y yo, ¿no te gusto? ¡Qué doméstico, ni qué tonterías! Al cabo vendrás siendo lo mismo que el señor.

-Acaso tenga razón. Me lo pensaré.

-Dime que te vienes con nosotros y ahora mismo te doy quinientas pesetas.

-No, ahora no. Si me voy ahora dirían tonterías. Cuando termine la temporada, hablaremos.

-¿De veras? Te daré la dirección.

Me había escapado de la bella hija del trapero rico, y ahora me libraba de las tentaciones de la mujer ajena.

Hubiera podido quedarme a trabajar de manera permanente en Casa Coll. Me enteré de que el señor Coll, dueño del hotel, era jefe de somatenes de aquella parte de la ciudad. Cuando mataron a Bravo Portillo, comisario de policía y encarnizado enemigo de los sindicalistas, al que se culpaba del asesinato del obrero tintorero Sabater, «Tero», gran militante sindicalista, el señor Coll reunió en el saloncito de música a no menos de veinte somatenes, gentes de dinero, como él, con un miedo cerval a la revolución social que preconizaba la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña.

Al terminar la temporada de verano, cobré el sueldo de los meses que trabajé y me despedí de todos menos del señor Coll.

Al día siguiente de haber regresado a Barcelona, entré a trabajar en el restaurante del Hotel Moderno, en la calle del Carmen, cerca de la Rambla.

Tras la huelga de la Canadiense quedó un estado de agitación en todas las capas de población trabajadora de Cataluña. Entre los trabajadores de hoteles, bares y restaurantes, principalmente entre los camareros, se manifestó una corriente contra las propinas. Yo engrosé el grupo de los que presionaban por la fusión de la sociedad de camareros, La Alianza, y la de camareros y cocineros, La Concordia. La Alianza pertenecía a la Unión General de Trabajadores. La Concordia era un organismo neutro, que presumía de dar cabida en su seno a los mejores cocineros y camareros de Barcelona. Logramos que se hiciese la fusión de las dos sociedades, dando nacimiento al Sindicato de la Industria Hostelera, Restaurantes, Cafés y Anexos. El nuevo sindicato trasladó su sede a un local de la calle Guardia, en pleno Distrito V.

El primer presidente del nuevo sindicato fue un camarero bastante culto, llamado Boix, hijo de un tipógrafo que pertenecía al grupo editor de Tierra y Libertad, periódico anarquista de mucha fama. El Comité que se constituyó recibió de la Asamblea el encargo de estudiar y elaborar unas bases de trabajo para todas las secciones de la industria, incluyendo la supresión de las propinas.

Acaso debió esperarse a que la reciente unificación fraguase en una mayor consistencia orgánica. No fue así y todo fue hecho súbitamente: la unificación, la elaboración de bases de trabajo, su presentación a los patronos y, finalmente, el ir a la huelga.

Cuando entramos en huelga, todavía como entidad autónoma, sin afiliación a la CNT ni a la UGT, se planteó de manera inaplazable la incorporación a una de las dos centrales sindicales existentes entonces en España. El Comité del sindicato, convertido en Comité de huelga, entró en contacto inmediatamente Con la Federación local de Sindicatos de la CNT y se acordó la incorporación a la organización CNT.

La Federación local designó tres delegados suyos para reforzar la acción y la dirección de nuestra lucha: un tal Rueda para orientar al compañero Boix en la presidencia del Comité de huelga, Santacecilia y Daniel Rebull («David Rey»), para integrar, con el camarero Juan Doménech y yo, un Comité de acción.

Era muy tierno nuestro sindicato. Sus componentes no conocían las luchas sociales y, desde el principio, las cosas marcharon mal. Aunque habíamos entrado a formar parte de la CNT, sindical que utilizaba la acción directa, encaramos la huelga como si todavía perteneciésemos a La Alianza, que había estado afiliada a la UGT, cuyo método de acción era de resistencia. Se abrieron cocinas y comedores para los huelguistas en algunos locales de los sindicatos de la CNT.

No faltó alguna que otra manifestación de idealismo. Algunos jóvenes del oficio y del Sindicato Unico de la Alimentación, bastante influidos por un panadero llamado Ismael Rico, cuñado de Emilio Mira, militante significado entre los sindicalistas, decidimos crear un grupo anarquista, al que dimos el nombre de «Regeneración». Los componentes fuimos Rico, Bover, Romá, Pons, Alberich, otro cuyo nombre he olvidado y yo. Fui nombrado delegado ante la Federación local de Grupos anarquistas, de Bandera Negra. Existía otra Federación local, de Bandera Roja. Asistí a varias reuniones en el local del Sindicato Unico de la Metalurgia, en la calle Mercaders. Contra lo que yo esperaba, los grupos anarquistas organizados sólo se preocupaban de las relaciones epistolares con otros grupos de España y del extranjero, de la propaganda oral y escrita de las ideas ácratas, del sostenimiento y reparto de su periódico Bandera Negra. Si por algo se interesaban en las luchas que sostenían los sindicatos y los sindicalistas, era con la finalidad de analizar críticamente los discursos y los artículos de sus líderes, Salvador Seguí, Simón Piera y otros.

No por ello nos desmoralizamos los componentes del grupo «Regeneración». Sin dejarnos afectar por el talante de sacristía que tenían las reuniones de los delegados de grupos, y sin damos por enterados de que los conceptos de los anarquistas eran contrarios al desarrollo sindicalista, apoyamos con nuestros artículos a los compañeros del periódico Renovación, órgano de nuestra Sección profesional, que dirigía un camarero oriundo de Reus, llamado Valls, quien demostró poseer buenas cualidades periodísticas. Ayudamos también en lo posible al Comité de acción en sus actividades clandestinas, que se redujeron a muy poca cosa: embadurnar paredes de los establecimientos del ramo y colocar algunos petarditos, que hacían más ruido que daño.

Y se perdió la huelga. Pude evitar la humillación de reintegrarme al trabajo como un vencido, pues la vuelta al trabajo tuvo lugar estando yo preso en la cárcel Modelo, adonde fuimos a parar el camarero Hermenegildo Casas y yo, por haber sido detenidos cerca de donde se produjo una trifulca entre huelguistas y esquiroles. Tenía, entonces, 17 años de edad.
 

Pascua sangrienta

La huelga de camareros fracasó. Nos habíamos afiliado al Sindicato Unico del Ramo de la Alimentación de Barcelona al día siguiente de la declaración de huelga, que se sostuvo más de dos meses. Fue larga. Se perdió, según nos explicó Salvador Seguí, en representación de la Federación local de Sindicatos de la CNT de Barcelona, por haber sido conducida sin espíritu de lucha sindicalista, lo que era muy comprensible si se tenía en cuenta nuestro origen ugetista, de base múltiple y reformista, tan distinta de la manera de ser sindicalista revolucionaria, que funda su lucha en la acción directa, que parte del principio de que todos los afiliados a un sindicato en huelga toman parte activa y directa en la marcha del conflicto.

Salvo algún que otro incidente, el desenvolvimiento de la huelga fue pacífico. Como ya he dicho, a mí y a otro camarero, también del grupo «Regeneración», nos llevaron detenidos gubernativos. Pasamos por la comisaría de la calle Ragomir, luego fuimos trasladados a la comisaría general de Orden público, entonces cerca del puerto, y de allí a la prisión celular: inscripción, gabinete antropométrico, rastrillos en los túneles de entrada, presentación al centro de Vigilancia y, finalmente, llevados al taller número 3, que lo mismo que el número 2, servía de sala de estar y de dormitorio a los presos por cuestiones sociales.

Nuestra entrada en el taller número 3 tuvo algo de sensacional. Después fuimos viendo que siempre ocurría lo mismo al dar la bienvenida a los presos recién llegados. Un coro de compañeros presos se puso a cantar el repertorio de canciones revolucionarias más en boga, como Hijos del pueblo y La Internacional, y otras menos conocidas, que eran couplets en boga con letras claramente insurgentes.

Al terminar de cantar el coro, estallaron risas y carcajadas mezcladas con gritos de ¡Viva la revolución social! y ¡Viva la anarquía! Cuando todo hubo terminado, se nos acercó e! que dijo ser miembro del Comité Propresos, al que acompañaban Cubells, presidente del sindicato de la Madera, preso con otros tres miembros del mismo Comité, Sanarau, Guerrero y Arrnengol, que integraban el Comité Propresos.

Nos preguntaron quiénes éramos y a qué sindicato pertenecíamos. Al saber Cubells que yo tenía solamente 17 años, me dijo que por ser el preso más joven del taller me correspondía ejercer la secretaría del Comité. Y me explicó mi cometido: pasar relación diaria del número de presos sociales a la taberna de Collado, que estaba enfrente de la cárcel Modelo, encargada de enviar dos veces al día las cestas de la comida a cada preso social; investigar, en el acto de entrada de los presos, si realmente lo eran por motivos sociales, nombre, direcciones y sindicato a que pertenecían, así como dar cuenta de todo al Comité local Propresos en la visita diaria que tenía autorizada por la dirección de la prisión.
 

Los talleres eran bastante grandes: rectángulos de 60x40 metros, de una altura de 5. En un ángulo del fondo, un urinario-wáter, excesivamente pequeño para el centenar y pico de presos que cabía en cada taller, era el rincón más apestoso de la sala al que nadie quería acercar su petate. Afortunadamente, unos grandes ventanales, con gruesas rejas y celosías, mantenían la sala sin los olores característicos de las aglomeraciones humanas.

Me acomodé a mi cargo de secretario del Comité, lo que me dio la oportunidad de conocer a los presos que parecían más interesantes. Por ejemplo, tuve que atender a Perelló Sintes, natural de Mallorca, ingresado por un incidente que tuvo con su patrono, Vidal y Ribas, persona intratable y jefe, además, del Somatén.

Perelló Sintes, o Liberto Callejas, que es como él quería ser llamado, fue un problema desde el momento de su llegada, porque no pertenecía a ningún sindicato y manifestaba gran repugnancia por toda forma de organización comunitaria. El se proclamaba anarquista puro, individualista y enemigo de todo gregarismo. Sentado en su petate, se pasaba el tiempo leyendo cuanto libro caía en sus manos. Era lo único que le interesaba, leer. Estaba siempre enfermo, según decía, y de hacerle caso se iba a morir en cualquier momento. Nunca nos dijo cuál era su enfermedad ni se apuntaba para ir a la visita del médico. Pese a no pertenecer a ningún sindicato, logré que el Comité Propresos del exterior se hiciese cargo de él, lo que suponía asistencia jurídica y económica. En aquellos venturosos tiempos, la Organización confederal de Barcelona pagaba el salario semanal como si se estuviese trabajando.
 

No nos fue posible arreglar el caso de un extranjero, de nacionalidad servia según él, que pretendía ser el conde Milorad de Raichievich. Infundió sospechas -siempre según su decir- a la policía y fue detenido y preso. Era un conde arruinado, que vivía explicando en conferencias por el mundo aspectos de la vida en Rusia, China y Japón, países que decía haber visitado y conocido bien. La Rusia de que hablaba era la de antes de la revolución de 1917. Su detención se prolongaba porque ofrecía muchas dudas su nacionalidad servia.

Era sospechoso de ser un agente de los comunistas rusos, y por este motivo se encontraba entre los presos sociales. No pertenecía a ningún sindicato de España ni del mundo, negaba ser comunista y afirmaba enérgicamente pertenecer a la nobleza servia. Tampoco decía ser anarquista ni socialista. Al contrario de Callejas, que nunca pidió ayuda del Comité Propresos, Milorad de Raichievich andaba siempre a la carga para que yo pasase su nombre a la taberna de Collado. Cuando meses después, el conde logró salir en libertad, abandonó España llevándose a la compañera más guapa de cuantas venían a visitarnos, Aurea, de la familia Cuadrado, en la que todos eran magníficos compañeros.

Recibíamos también la visita de otro extranjero preso, suizo y, según él, socialista revolucionario, llamado Juvenal. Alto, fuerte, con una melena crespa, nunca aspiró a ser atendido por el Comité Propresos. Pero le placía nuestra compañía de anarquistas y sindicalistas revolucionarios, y siempre que se enteraba de que uno de nosotros daba una conferencia, acudía, nos saludaba y permanecía atento a lo que se debatía. Nuestras conferencias no terminaban cuando el orador dice «he dicho». Entonces era cuando se ponía interesante el asunto: otros compañeros tomaban la palabra para impugnar o apoyar lo dicho por el conferenciante. Y cuando intervenía Juvenal, muy comedidamente por cierto, daba gusto oírle.

Después supimos que Juvenal fue uno de los extranjeros deportados a la Rusia bolchevique, embarcando en el puerto de Barcelona en un barco que sería hundido en el Mar Negro por la oficialidad del buque, que abrió las compuertas para que se anegase, pereciendo un centenar de extranjeros que el gobierno conservador español deportó. Según se dijo, los oficiales y marineros llegaron al puerto de Constanza, en Rumania.

Había entre nosotros compañeros bastante cultos, detenidos por motivos varios, procesados o simplemente presos gubernativos. Tomás Herrero, autodidacta muy bien preparado, dueño de una barraca de venta de libros de viejo, en la que se encontraba de todo, pero especialmente lo que no se encontraba en las librerías decentes: los libros de los barbudos, llamados así por las fotografías en las portadas de sus autores, todos con luengas barbas, como Kropotkin, Bakunin, Marx, Lorenzo, Pi y Margall. Tomás Herrero era un buen platicador, aunque no buen conferenciante. También lo era Pascual, de Tarrasa, gran polemista, del que nunca supe por qué no era bien visto por los compañeros enterados de las incidencias de la lucha de tiempo atrás. Buen hablador, también lo era un tal Ferrer, «el cojo Ferrer», de la barriada de Sans.

Por los talleres pasaron compañeros muy bien preparados del sindicalismo barcelonés. Los hermanos Playans, que con García Garrido dirigían el Sindicato de Contramaestres «El Radium». Archs y Suñer, metalúrgicos de mucho misterio, recelosos de todo y de todos, tan reservados que hasta rehuían la compañía de Talens, también del sindicato de la Metalurgia, hombre de acción, que con Claramonte disolvió a tiros un mitin de Lerroux en la plaza de toros de Sevilla. Para nosotros, los del Comité Propresos, no era un secreto que Archs era presidente del Comité del sindicato de la Metalurgia, en aquel entonces uno de los sindicatos confederales de línea más dura frente a la Patronal. Su compañero, Suñer, era igualmente miembro del Comité del sindicato. Ambos, serios y hoscos. Archs era bastante más alto que Suñer, y tanto por el color blanco amarillento de su rostro como por la inclinación mongólica de sus ojos se parecía a Salvador Seguí. Suñer parecía más bien descendiente de judíos.

En Barcelona, la lucha de los sindicatos confederales con la Patronal, y de ésta contra los sindicalistas, adquiría aspectos de tragedia. La Patronal, que en un principio subvencionaba la banda de pistoleros que capitaneaba el comisario de policía Bravo Portillo, a la muerte de éste encargó de la gestión asesina a un aventurero alemán apodado «el barón de Koenig», que eliminó a tiro limpio a algunos militantes significados de los sindicatos de Barcelona. Resultaba cosa fácil eliminar a los sindicalistas. Cuando salían al anochecer del trabajo, el condenado a morir era detenido, camino de su casa, por la Guardia civil o los guardias de seguridad o simplemente la policía, que lo cacheaban y, seguros de que no llevaba pistola, lo dejaban marchar, para ser asesinado por los pistoleros profesionales.

Cuando estas luchas eran originadas por conflictos de trabajo entre patronos y obreros, el sindicato respectivo se encargaba de las represalias, colocando bombas en los talleres o fábricas, o tiroteando a los patronos. Nunca se acudía a la acción judicial, por ser ésta marcadamente favorable a los patronos. A la llamada acción directa del sindicalismo, creada para dirimir directamente los conflictos de trabajo en negociaciones entre obreros y patronos, cuando se ejercían violencias físicas sobre los trabajadores, el sindicato le daba una interpretación amplia, cobrando al patrono en la misma moneda. La Patronal eliminaba indiscriminadamente a los militantes sindicalistas. La Organización tenía que responder adecuadamente, pero había que determinar quién lo haría, si un determinado sindicato, la Federación local o el Comité regional.

Fue el Comité regional quien pasó el cometido al Comité del sindicato de la Metalurgia. Concretamente, a Archs y a los suyos, entonces los más duros de la Organización. Y Archs, con Suñer, había sido detenido, ambos como sospechosos. ¿De qué? Dos días antes, Graupera, presidente de la Patronal, había sido abatido a tiros por unos desconocidos que se dieron a la fuga. La policía se inclinaba a considerar que los ejecutores de Graupera pertenecían a los grupos de acción del sindicato de la Metalurgia.
 

La calle estaba al rojo vivo. En Barcelona y en Zaragoza. En esta última ciudad, el Comité de huelga del sindicato de la Madera había sido detenido, junto con otros compañeros de la Federación local. Subrepticiamente, fueron sacados todos de Zaragoza y conducidos a Barcelona. Llevados en calidad de presos gubernativos a la cárcel Modelo, se les asignó nuestro taller. Cuando entraron, se les tributó el recibimiento acostumbrado a cargo del coro. Después fueron invitados a exponer ampliamente las luchas de Zaragoza y las causas de su detención y traslada a Barcelona.

Pero como en la capital aragonesa el proletariado confederal respondió al atropello de las autoridades con la huelga general, dos días después los compañeros aragoneses fueron conducidos, ya en libertad, a sus hogares.

Atentados y huelgas. Este era el ambiente general en las calles. Dentro, en la cárcel Modelo, se preparaba una tragedia de la que tuvimos conocimiento con alguna antelación gracias a algunos oficiales de Prisiones que hacían honor a las enseñanzas que recibieron en la Escuela de Criminología fundada en 1903 por Salillas. Todavía no sufrían de atrofia profesional y trataban a los presos con humanidad. No ocurría lo mismo con el director de la Celular, que hacía poco sustituyera en el mando de la prisión a Artigas, en tiempos maestro de la Escuela de Criminología. Con Artigas, la vida en la prisión se desenvolvía pasablemente. Con la llegada de Alvarez Robles, que procedía del presidio de Figueras, cambió la conducta de la generalidad de los oficiales. Ya no saludaban afectuosamente cuando por las mañanas abrían la puerta del taller. Exigían la formación en dos filas para poder contamos mejor.

Nos restringían la salida para visitar el otro taller, e igualmente para ir a la peluquería, la enfermería o el economato, lo que antes hacíamos libremente.

Para Artigas, el preso era un ser injustamente privado de libertad si su situación era la de inculpado o gubernativo. Y el director era quien imponía la tónica en el trato al preso, no sólo humanamente, sino como a un ciudadano injustamente privado de libertad.

Por ello, el gobierno conservador, apremiado por la Patronal de Barcelona, nos envió a Alvarez Robles, funcionario de Prisiones de la peor fama.

Nos acercábamos a la Navidad de 1919. Los sindicatos, renovado su espíritu por los acuerdos del Congreso regional de la CNT celebrado en Sans en 1918, se lanzaron a la lucha para recuperar lo perdido durante la guerra europea, que solamente reportó utilidades a los patronos que fabricaban productos para los ejércitos aliados.

Ya en 1919 estallaron los conflictos obreros. Ese año se celebró en Madrid el Congreso nacional de sindicatos de la Confederación Nacional del Trabajo que puso en ascuas al proletariado español, principalmente en Cataluña, Aragón, Valencia y Andalucía, donde se respiraban aires de revolución. Pero la burguesía catalana, amparada por sus bandas de pistoleros, sostenida por los brazos armados del Estado, se lanzó también a la lucha, en un desesperado intento de acabar con el sindicalismo, respondiendo a las huelgas de los obreros con el lock out.

A la Modelo iban a parar Comités enteros de los sindicatos. En la Modelo había un continuo entrar y salir de presos sociales. Los talleres 2 y 3 conocieron una animación extraordinaria. Con razón se decía que el paso por la Modelo equivalía a un curso intensivo de estudios superiores de teoría y acción social revolucionarias. La Modelo para muchos era una universidad.

Gobernantes, policías y carceleros estaban de acuerdo en que había que llevar la ruda represión que se desarrollaba en la calle hasta el interior de la prisión celular. El primer paso había sido sustituir a Artigas por Alvarez Robles. Hacía falta organizar la revuelta en el interior, lo que permitiría la entrada en la cárcel del ejército y de la Guardia civil. Entre los presos comunes, la policía y el director tenían chivatos y agentes provocadores. Igualmente había quienes buscaban los favores de la dirección de la cárcel para no ser trasladados de penal y eludir las crueles palizas que se daban en el penal de Burgos a la entrada y en el período de limpieza.

Dos días antes de Navidad la tensión subió a tal grado dentro de la prisión que convocamos una reunión especial del Comité interior. Nuestros presos que habían comunicado con sus familiares regresaron inquietos. Contaban que la guardia de soldados que prestaba vigilancia en los muros y en el patio de entrada había sido reforzada, y que exigían que los familiares de los presos formasen colas para solicitar la visita y para entrar en los locutorios, cosa que antes no ocurría; también contaban que merodeaban patrullas de la Guardia civil por las calles próximas a la Modelo.

Dentro de la prisión se percibía un rumor de colmena a punto de enjambrar. Los presos se hablaban al cruzarse por los pasillos, en los patios de recreo y en las celdas, trepados a las ventanas o por las tuberías de desagüe. Comisiones de presos comunes gozaban de una sospechosa libertad de movimientos, yendo y viniendo de una a otra galería. No faltó su visita a nuestro taller, para exaltarnos a secundar un plante de protesta contra las drástica medidas que el nuevo director introducía en la disciplina y contra los maltratos de que se hacía víctimas a los familiares que venían a las visitas.

A los que nos visitaron para arrastramos al plante no les contestamos ni que sí ni que no; les dijimos que nos reuniríamos para tratar del asunto, acordamos no secundar ningún movimiento protestatario de los recluidos en celdas.

Nuestras consignas fueron: no dar motivos de protesta, pasase lo que pasase en la cárcel. Si, pese a esta actitud prudente nuestra, los talleres eran invadidos por guardias civiles o tropas del ejército, lanzarnos sobre guardias y soldados para arrebatarles las armas e intentar salir a la calle, trepando por las escalerillas de los muros. .

En los talleres dejamos de jugar al alboroto. Ni canciones ni conferencias.

Cerca de la puerta, con los oídos registrando todos los rumores que provenían del centro de vigilancia, nuestros equipos se relevaban cada dos horas. Así hasta el día siguiente, 24 de diciembre de 1919.

El día escogido por Alvarez Robles fue el de la Nochebuena. Quería darles la pascua a los presos. Anhelaba que los gritos de dolor llegasen hasta más allá de los cielos y que fuesen a perderse sus ecos en lo más profundo de los infiernos.

Día largo fue ese 24 de diciembre. No se percibía ninguno de los rumores del día anterior. Parecía que la cárcel Modelo se hubiese quedado, de pronto, vacía. Después del rancho de la tarde, los presos en galerías fueron encerrados en sus celdas con cerrojo y llave. Era evidente que no se les permitiría agruparse por afinidades en una celda.

Pensaría el director: «¿Qué se han creído? ¿Que la vida en prisión es como estar entre la familia? ¿Que se pueden reunir a cenar y cantar por ser Nochebuena? ¡Al diablo ellos y al diablo el Niño Jesús!» Un sordo rumor fue llegando desde las galerías de celdas. Se abrió como un palmo la puerta de nuestro taller, apareciendo la cara de moro valenciano del oficial de guardia. Si el director disponía de cuñas entre los presos, este oficial, con algunos otros, constituía nuestra avanzadilla para conocer lo que se preparaba.

-Ya empieza la bronca. Ustedes no se meneen lo más mínimo, porque esta fiesta fue preparada para ustedes. En el taller número 1, que está vacío, están los soldados con ametralladoras, con órdenes de disparar. Los hay también en el centro y en la boca de cada galería. En los sótanos están los refuerzos de la Guardia civil.

Fue lo que nos dijo, a Cubells y a mí, que acudimos a la puerta.

Cubells y yo nos sentamos en el jergón de Archs, con Suñer, Herreros, Playans y Ferrer. Cambiamos impresiones. Hubo unanimidad de pareceres: callarnos y estar prevenidos.

El toque de silencio trajo la paz. Cada celda se convirtió en un sepulcro.

Al empezar los presos la bronca, golpearon con cuanto tenían a mano las puertas forradas de planchas de hierro de las celdas: barrotes arrancados de las camas, banquetas, platos y botellas. Seis galerías, con tres pisos de celdas a cada lado, sacudidas por el golpeteo.

De pronto cesó el ruido de los golpes sobre las puertas. Se oyeron sucesivas descargas de fusilería y ametralladoras. Y empezó la gran danza de los garrotes. Grupos de oficiales de prisiones armados de barras de hierro fueron penetrando, una a una, en las celdas previamente marcadas con una cruz hecha a tiza. El preso que la ocupaba veía con asombro la entrada del grupo de oficiales, que, respaldados por soldados y guardias civiles, abalanzándose sobre él, en menos de un minuto lo trituraban con las barras de hierro. Unos gritos de dolor y un «¡Cállate, cabrón!». Habían entrado en avalancha y de la misma manera salían.

Durante una hora hubo un continuo golpear de espaldas y cabezas. Nunca supimos cuántos fueron los muertos ni de quiénes eran los cadáveres que sacaron en las noches siguientes. Ni tampoco el número de heridos. La enfermería estaba tan repleta que en cada una de sus celdas acomodaron, por los suelos, tres heridos más del cupo que correspondía.

Entre los extranjeros, la mayor parte sospechosos de bolchevismo, se registraron muchas bajas. Al suizo Juvenal le rompieron costillas y le partieron la columna vertebral. Unos días después, todos los extranjeros serían embarcados y en altamar ahogados en el barco que los transportaba al puerto de Odesa.

Nos sacaron de los talleres y nos fueron acomodando en la estrechez de las celdas, una para cada uno de nosotros.

A partir de entonces, ir preso a la Modelo ya no era ir a formar parte de una república de anarquistas y sindicalistas, con cursos intensivos, canciones revolucionarias y conferencias ideológicas. Ahora había que aguantar las veintidós horas de aislamiento, con una hora de paseo por la mañana y otra por la tarde, en los «galápagos», pequeños espacios amurallados.

Al salir en libertad me fui a Reus, a vivir con mi familia, y momentáneamente perdí el contacto con la mayor parte de los compañeros con quienes compartí ese período carcelario.

Después, fui encontrándome con algunos de ellos.
 

El sindicato de la Alimentación tenía un delegado en el Comité Propresos de Barcelona: Feliu, camarero, de edad avanzada, buena persona y excelente militante obrero, más sindicalista que anarquista, como ocurría en aquellos tiempos, en los que no abundaban los anarquistas puros, y menos aún entre la militancia sindical. A mediados de enero, vino Feliu a visitarme a la cárcel, para decirme que Hermenegildo Casas y yo, ambos camareros, íbamos a ser puestos en libertad. Feliu me dio la dirección de su casa, para que al salir en libertad le fuera a visitar, pues teníamos que hablar.

Llegó la hora de salir en libertad. Se abrió la puerta de la celda y el ordenanza del oficial de guardia, leyendo un papelito, gritó:

-¡Con todo!

En la oficina del oficial de Galería ya estaba esperando Hermenegildo, quien me recibió con una amplia sonrisa de satisfacción. Para él, la libertad era incorporarse a su familia. ¿Qué iba a ser la libertad para mí? Nadie esperaba mi salida, pues no había comunicado mi detención ni a mi familia. Tendría que ir a la casa de dormir que poseía en la calle de la Paja la familia Vidal.

Como fueron muy molestados los Vidal a raíz de mi detención, era casi seguro que no me habrían reservado cama en la sala en que dormíamos seis hombres, ayudantes de camarero o ayudantes de cocina.

El viejo Vidal, después de expresarme su satisfacción por mi libertad, se lamentó amargamente de las molestias que sufrieron a causa de mi detención, terminando por rogarme que le hiciese el gran favor de buscar otra casa donde dormir.

Al atardecer me dirigí a casa de Feliu. Le expliqué lo ocurrido con los Vidal. Feliu ya conocía la situación. Me dijo que podía dormir en su casa, pues también tenía la misma clase de hospedados. Pero, en tono confidencial, añadió:

-Creo que no debes preocuparte mucho por encontrar pensión en Barcelona. Ni pensión ni trabajo. Acaso tendrás que dejar la ciudad. Según me dijeron en el Comité regional, Ramón Archs informó muy bien de ti desde la cárcel. Si aceptases, te enviarían de delegado permanente a alguna parte de Cataluña. ¿Qué te parece?

-Nada. Mejor sería que me presentases a los del Comité regional. Por lo que me digan, veré lo que hago.

Al día siguiente, a hora temprana, Feliu me pidió que le acompañara.

-No vamos muy lejos de aquí. Calle del Rosal arriba ya una calle que atraviesa. No te fijes en el nombre de la calle ni en el número de la casa.

Cruzamos el Paralelo, pasamos el Chiringuito, calle del Rosal arriba, dejando atrás el Centro Republicano de Pueblo Seco, atrás también la primera calle que cruzaba, hasta la segunda, donde doblamos a la derecha. Tomamos la acera opuesta, la seguimos y, sin previo aviso, Feliu me empujó diciéndome:

-Aquí es. Te presentaré a Alberti, que ocupa el primer piso. Después me marcharé. Tú, arréglate. En casa se come a la una de la tarde.

Llegamos al primer rellano, con dos puertas, una enfrente de la otra. Llamó a la puerta izquierda. Previa identificación de Feliu, abrieron y penetramos.

-¡Hola, Feliu! Pasad.

-Te presento a Juan. Yo me voy. ¡Salud!

-¡Salud, Feliu! Gracias.

-Tendrás que esperar un poco. Pey no ha llegado todavía. Siéntate. Este es el compañero Nin; creo que es de tu provincia. ¿Tú eres de Reus, no?

-Sí, soy de Reus.

El llamado Nin intervino en la conversación. Tenía aspecto de oficinista, era rubio, de cabellos algo ondulados, con lentes, tras de las cuales sus ojos miraban sonrientes.

-Me alegro de conocerte, Juan. Sí, yo también soy de allá, del Vendrell. ¿Has estado alguna vez en Vendrell?

-No, nunca.

Platicamos. Nin me explicó que hacía poco había ingresado en la CNT. Que procedía de un grupo nacionalista catalán, el cual, como todos los grupos nacionalistas catalanes, estaba bajo la influencia de las sotanas y de los elementos más retrógrados de Cataluña.

Y precisó:

-Es una lástima que sea así. Es de esperar que al igual de mí, otros intelectuales catalanes tomen afición por las cosas del sindicalismo y la revolución. ¿Tú qué opinas?

-Mis conocimientos son limitados: algo de sindicalismo y un poco de anarquismo. Y la experiencia de haber estado preso.

-Pues posees más que yo. Ignoro lo que es sindicalismo y todavía no he estado preso. A veces, de lo más importante se ignora todo.

Tuve que esperar a Pey. Me entretuve viendo cómo Alberti dibujaba a lápiz el proyecto de un monumental edificio.

-Empecé este proyecto -me explicó Alberti- a sugerencia del Noi de Sucre. Se trata de la futura Casa de los Sindicatos, para ser edificada después de la revolución, o antes, si las circunstancias lo permitiesen.

El proyecto de la Casa de los Sindicatos me olió un poco a reformismo, y procediendo la iniciativa del Noi de Sucre, más. El concepto de reformismo en las luchas sociales era inseparable del concepto que teníamos sobre el Noi de Sucre aquellos que, como yo -Bandera Negra y los coros de la cárcel- nos iniciábamos entonces en la lucha. Pensábamos: si la UGT y el PSOE eran combatidos precisamente por reformistas, algo nos decía que el fondo reformista que latía en algunos miembros destacados del sindicalismo no hacía ningún bien a la Organización, y dejaba de hacerlo en las filas ugetistas, donde hubiera estado adecuadamente situado.

Estas reflexiones me tenían algo perplejo. Era un novato en las filas del sindicalismo, y mi militancia en el anarquismo, teniendo en cuenta mis escasas asistencias a las reuniones de la Federación local de Grupos de Barcelona, no pasaba de ser la de un neófito. Pero hay que tomar en consideración la influencia de mi estancia en la cárcel entre sindicalistas revolucionarios y anarquistas recalcitrantes, que abominaban por igual de cuanto oliese a reformismo.

Alberti, con su proyecto de monumental Casa de los Sindicatos, y Nin con sus displicentes paradojas carentes de sentido proletario, me produjeron una rara impresión. ¿Estaríamos equivocados -me decía- cuando arrancamos la Alianza de Camareros a la UGT, para incorporarla a la CNT?

Al iniciarse el año 1920, la grieta entre los radicalizados jóvenes que nos incorporábamos a la CNT y algunos de sus viejos dirigentes -viejos de unos treinta años de edad- se percibía perfectamente. No se cerraría nunca y sería la causa de disensiones y de escisiones.

Llegó Pey, encargado de organización del Comité regional. Ni alto ni bajo, de cabeza grande con pelo algo crespo y alborotado